La voz de un niño. Una voz cuyo tono pronunciaba su nombre con el cariño que jamás había obtenido alguna vez, en su casi ya olvidada infancia, de su padre. Desconocida, pero a la vez tan cercana, tan próxima, impregnada de la inocencia más hermosa y pura que alguien como él podía transmitir, una admiración predilecta y leal. ¿Quién? ¿Quién era el dueño de ese sonido, de esos sentimientos? La respuesta nunca llegó, y la oscuridad que le envolvía empezó a disiparse a medida que sus párpados ejecutaban el delicado movimiento de abrirse, despacio, recobrando la nitidez del entorno que le rodeaba.
Un ambiente que no era el suyo. La confusión tomó el protagonismo como primera sensación, para después ordenar uno por uno sus pensamientos y acontecimientos que sucedieron el día anterior. Cierto. Granizo. Incapacidad de volver a su piso. Feliks. Residencia. Lección de historia. Lágrimas. Cansancio. El bostezo que tomó control de su boca fue imposible de reprimir, percatándose en la misma acción de que, algo cálido estaba cubriendo su cuerpo. Distinguió una tela aterciopelada cuyos dibujos formaban nubes blancas, y de fondo un color azul cielo. Quiso respirar, pero uno de los orificios de su nariz no reaccionaba como debía. Estaba taponado. Estuvo a punto de cerrar los ojos de nuevo, pero el olor de un desayuno despertó cada uno de sus sentidos. Una cabellera rubia invadió su campo visual, identificando de quién se trataba.
A Gilbert le resultó reconfortante ser recibido por la sonrisa de Feliks, pese a que no lo demostró. Ya no había lágrimas que corrían por su rostro, no había ni siquiera señales de lo que había ocurrido la noche anterior. En su lugar, sus labios estaban curvados, como si la tristeza no hubiera existido en ese instante, a pesar de que el albino tenía aquella molesta punzada en el pecho que le decía que era una simple apariencia. Que aunque la máscara mostrase la máxima felicidad, dentro se desarrollaba una gran tormenta de miedos, recuerdos dolorosos e inseguridades. Pero él no sería quien se adjudicaría el derecho de reprochárselo.
Le ayudaría a hacer desaparecer todo eso. ¿Eran amigos, no? Desconocía si tenía más en Berlín. Pero en vista de lo que había podido averiguar por el día a día en la cafetería, aquella persona de ojos verdes siempre se encontraba sola. Además, había obtenido una afirmación propia de él los primeros días en los que comenzaron a dar pie a conversaciones. Quitándose la pereza que le provocaba el sueño, Gilbert apartó la manta y se enderezó en el sofá, preguntándose también si había sido Feliks el que le había arropado nada más despertar.
-¿Me has preparado el desayuno?- inquirió, añadiendo un poco de burla a la situación.- Luego me anudarás bien la corbata antes de ir al trabajo y dirás: ''Suerte, mi querido y fantástico esposo''.
Mientras decía tal cosa, alzó la mano para coger un panecillo pero tuvo que detener el trayecto al recibir un golpe que le propinó el susodicho con la mano. Gilbert la sacudió, Feliks le dirigía una mirada que transmitía algo parecido entre el asco y la vergüenza, ya que cuando quiso hablar, no paraba de titubear y de intentar ponerse digno ante la insinuación del albino, aunque este lo hiciera solo para molestarle. Porque sólo era para eso ¿no?
-¿Q-qué estás diciendo?- pero en un segundo, Feliks recobró la compostura, echándose el pelo hacia atrás en un grácil movimiento, su sonrisa cogiendo fuerza de nuevo, pero esta vez no era amabilidad, sino diversión cuando dijo.- Vaya, vaya, hemos descubierto el lado cursi. ¿Debería llamarte machito gay o cómo prefieres tú?
-¿Mach-..?- ni siquiera lo pronunció todo porque nada más pensarlo, su orgullo acababa hecho mierda.-¿Y qué coño sabrás tú de mis preferencias?
-Oh. ¿Ahora estamos hablando de preferencias?- le hablaba como quien establecía una conversación con un pobre loco, porque no dirigía su mirada hacia él y estaba más pendiente de lo que iba a comer.-Tampoco es que me interesen, sabes.
Carraspeó, evitando el tema y levantándose. Él no se dio cuenta, pero Feliks le observó mientras masticaba, Gilbert se dirigía a la entrada, donde había dejado sus cosas. Enfundándose la chaqueta, logró a oír los pasos del rubio, pero no le importó. Concentrándose más en ponerse los zapatos, la expresión que invadió su rostro se tornó a una de sorpresa cuando unos brazos le rodearon por el cuello, desde atrás, y un peso adicional se acumulaba en su espalda. Iba a hablar para saber qué demonios pasaba, pero entonces un trozo de pan fue introducido justo cuando había abierto la boca para pedir una explicación. Vio la cara de reproche de Feliks, como el de un niño pequeño que acababa de sentirse ofendido.
-¿Cómo vas a irte sin comer nada? Luego no quiero que tener que recogerte del suelo, pesas mucho.- exhaló un suspiro, apartándose de él. Gilbert giró un poco, viéndole de pie frente a él, sin pronunciar nada porque aún tenía el pan. Feliks rió al verle tan desorientado.- ¡Si vieras tu cara ahora mismo! Por cierto, te acompaño de camino a tu piso, tengo que pasarme por una tienda.
Gilbert no objetó nada.
Qué idiota se estaba volviendo últimamente cuando se trataba de él.
Nieve. Demasiada nieve. El cambio de temperatura acompañado del granizo que les había cambiado los planes, ahora se había convertido en una espesa capa blanca en la cual, si te atrevías a adentrarte en ella, rebosaba por la altura de los tobillos, hundiéndote los pies. Feliks, que lo había visto por la ventana de su habitación, exclamó emocionado que estrenaría unas botas que según él, eran preciosas y además tenían una parte que Gilbert identificó como pelo, mucho pelo blanco. Cuando hubo esperado lo suficiente, analizó la clara desventaja en la que se hallaba. Feliks se había preparado, él no, principalmente porque no había dormido en su casa.
Por lo tanto, el camino hacia su piso fue tortuoso. No por la compañía, sino por las circunstancias en las que estaba. Gilbert procuró no tocar demasiado la nieve, pero le era totalmente imposible. Feliks de vez en cuando, saltaba por la nieve y le indicaba los muñecos de nieve que algunos niños hacían, alegando lo adorables que eran y que en su niñez, él también era igual. Por su parte, el albino no supo qué decir al respecto, porque si trataba de recordar, no encontraría ningún recuerdo en el que tuviese una experiencia similar. No había tenido un gran número de amigos, y era hijo único, por lo que tampoco había sabido lo que era la sensación de tener un hermano, ya fuese mayor o menor.
Una vez llegaron a su piso, se quitó de inmediato los zapatos y decidió ponerse una ropa nueva y unas botas o calzado adecuado. Feliks le insistió en que no hacía falta que le acompañase a la tienda que quería ir, pero Gilbert le mandó a callar, sacando la excusa de que él también tenía que comprar algo y así de paso irían juntos. El rubio no le contradijo, simplemente esperó en la entrada. Sin embargo, poniéndose otra chaqueta más abrigada y saliendo de su habitación, vio que permanecía en su salón, admirando algunas fotos que tenía por allí mal colocadas.
-Estaba mirando tus fotografías.- le dijo sin mirarle, tenía las manos juntas tras la espalda. Cogió uno de los portarretratos, era de él en una foto familiar, cruzado de brazos y mirando mal a la cámara.- O sea, como que tenías cara de estreñido desde pequeño. ¿Y esto es ser un niño lindo para ti?
-Odiaba las fotos.- replicó como si eso fuese suficiente explicación, en aquella foto salía su padre, sus tíos y sus primos. Todos hombres, los hermanos de su padre y algunos de los hijos que estos habían tenido.-Solían prohibirme y obligarme a hacer cosas que no quería, pero pasaba de ellos.
-Tú como siempre.- Gilbert estuvo a punto de decirle que no le conocía tan bien como para inquirir algo así, pero entonces Feliks le abordó con una pregunta que le dejó desarmado.-¿Si hubieras tenido la oportunidad de tener otra vida o de elegir a la familia que tú quisieras, qué habrías deseado?
Extraña. Era una pregunta rara, y Gilbert aguardó silencio, cavilando en qué habría deseado si se le hubiese concedido esa oportunidad alguna vez. Y a pesar de que era imposible, indagó hasta que la voz que le llamaba por su nombre antes de despertar en la habitación de Feliks, volvió a su mente como si hubiese estado esperando esa pregunta, como si esa fuese la respuesta. Se encogió de hombros, a lo que su interlocutor alzó una ceja, pero entonces respondió:
-Un hermano.
Le quitó con cuidado el portarretrato que sostenía, volviéndolo a colocar en su sitio, dando media vuelta, cogiendo las llaves de su piso. Se detuvo antes de dirigirse a la puerta, sonriéndole de medio lado.
-¿Te vas a quedar ahí todo el día? Si no te mueves, no pienso esperarte.
Feliks le enseñó la lengua en signo de respuesta, a lo que Gilbert sólo pudo reír y cerrar la puerta tras él cuando hubo salido. Lo que el albino desconocía completamente era que, antes de haberse girado en dirección a su amigo, los ojos por un intrínseco momento, se le habían rallado, como la persona que había reprimido un sentimiento triste.
La tarde fue larga. Parecía ser que todos se habían puesto de acuerdo para acudir a la misma tienda, así que la cola para efectuar el pago les había tomado cierto tiempo. Saliendo después de que la paciencia de Gilbert terminase por agotarse y haberle gritado a una mujer que le llevó la contraria, defendiendo su posición de que ella en ningún momento se había colado, Feliks tuvo que hacer de intermediador para calmarlos, pero finalmente él también había acabado criticando el estilismo de la señora en cuestión porque esta le había dicho: ''no me de lecciones de moral'' y Feliks utilizó de sus mejores armas verbales. Tras ese anécdotico suceso en la vida de ambos jóvenes, se dispusieron a salir y a que sus caminos volvieran a separarse, pese a que en esos últimos días habían estado en la compañía del otro en repetidas ocasiones. Sin embargo, Feliks inició una táctica basada en insistir continuamente que le ganó por jugada completa, todo por culpa de los ojos de cachorro que le dirigió al pedirle que fuese con él a ver los parques y los lagos cubiertos de nieve o en su defecto, hielo. Gilbert trató de que no le hiciera el más mínimo efecto, pero finalmente tuvo que ceder porque el uso de pucheros pudo con él, refunfuñando e instándole a que caminara antes de volverse un cubito de hielo por las bajas temperaturas.
Caminaron por las amplias calles de Berlín, y Gilbert desvió su atención a la voz de Feliks, quien murmuraba unos tonos de lo que parecía una canción, de aspecto navideño tuvo que suponer, debido a que los ritmos eran típicos a los villancicos. La diferencia, era que lo cantaba en un idioma que no era ni por asomo el alemán, así que dijo:
-¿En qué idioma estás cantando?
-Es un secreto- esa fue toda respuesta de Feliks, quien giró un poco su cabeza en dirección a él, esbozando una pequeña sonrisa.- ¿Te gusta?
-Yo canto mejor- dijo Gilbert, evitando la pregunta. No estaba por la labor de admitir ciertas cosas, su orgullo se lo impedía.
La risa del rubio inundó sus oídos a pesar de la distancia en la que se encontraban en aquellos momentos, y el albino no pudo más que sonreír sin que este se diera cuenta, puesto que volvía a prestar atención al camino, mientras daba algún saltito y seguía cantando. Así, con el paisaje de un nuevo invierno y de la presencia del chico, una tranquilidad que no solía sentir muchas veces con él, le había envuelto a medida que avanzaba, sus ojos rojos fijos en su figura, en cada uno de sus movimientos, cómo su cabello de vez en cuando era movido por el viento, los tonos en los que su voz formaba una melodía, como quien viese a un niño disfrutando de su propia felicidad. Entonces, recordó una cosa.
-Eh- Feliks se detuvo, esperándole y parando la canción, mirándole. Una vez estuvo a su lado, ambos comenzaron otra vez el camino, estando al lado del otro.- Tú has visto cómo era de pequeño, pero apenas sé cómo eras tú cuando eras un crío.
Feliks pareció recibir bien esa pregunta, porque juntó sus manos enguantadas, entrelazando sus propios dedos y ladeando la cabeza, como si estuviese cavilando.
-Primero, era un niño muy adorable. Todo lo contrario a lo que eras tú, por supuesto.- tuvo que haber percibido su ceño fruncido, porque el rubio daba la sensación de divertirse con su reacción.- Era bastante guapo.
-Y estaba claro que tampoco tenías abuela.
-Habló el que nunca lo tuvo, no haces más que presumir todo el día.
-¿Y tu familia?
-Oh. ¡Mi madre era la mejor madre que un niño quisiese tener! Y ah, tenía un primo que me pegó.- los hombros de Feliks se encogieron y se abrazó a sí mismo, por lo que alzó una ceja. Esperaba que no fuese un mal recuerdo lo que le acababa de preguntar.
-¿Acaso eras un alborotador, o qué?
-¡En absoluto! Él era el que solía tener bastantes problemas con la gente. Yo quería hacerme su amigo, simplemente. Aunque yo era muy tímido, y no tenía muchos…- emitió aquel susurro con una tristeza que le provocó que algo en él se encogiera.- Y por culpa de ese primo, me enfadé con mi mejor amigo, porque no me defendió cuando me pegó. Me gustaba bastante.
Si hubiese tenido líquido en la boca, Gilbert estaba seguro de que lo habría escupido ante tal declaración, pero ante la ausencia, se atragantó con su propia saliva y tuvo que echarse mano a la boca, tosiendo. Feliks abrió los ojos en signo de sorpresa al ver su repentina acción, mientras se golpeaba un poco el pecho. Entonces estaba ya más que claro: a Feliks le gustaban los hombres. Lo había sospechado alguna vez en esos momentos en los que le hacía sonrojar, pero no lo había tenido muy claro… hasta hoy. No sabía por qué había reaccionado de aquella manera, tampoco es que eso fuese un impedimento para seguir siendo su amigo ¿no? ¿Le desagradaba el hecho saberlo? No, no era eso. ¿O era porque acababa de ver una opor…?
-Perdona, esta mierda de tiempo me va a regalar una gripe por navidades.- sí Gilbert, qué frase tan ingeniosa.-Dijiste que te gustaba. En pasado. ¿Qué pasó con él?
-¿No te lo acabo de decir? Me enfadé con él por lo de mi primo, pero también porque se enamoró de una puta…- no pudo reprimir la carcajada que se le escapó por esa mención. Feliks, entre abochornado y muy digno, respiró profundamente y alzó la cabeza.- ¡Es que estaba loca, no te rías!
-Tremendo gilipollas para acabar oliéndole el culo a una mujer así…
-Ya ves. ¡Encima yo siempre me esforzaba por protegerle, porque yo era un niño muy fuerte! Y abstente a comentarios sobre eso. Me da mucha rabia que hoy en día en los libros apenas ponga nada sobre….- Feliks rectificó, haciendo aspavientos con las manos.- Nada, no he dicho nada.
-¿Ah? Pero acabas…
-Y también había otro niño del que me hice amigo, que no hacía más que molestarme. Era un pesado el pobrecito, pero él también llegó a gustarme….
Gilbert no pudo completar la frase, ya que Feliks continuó hablando, omitiendo la frase tan rara que había dicho anteriormente, por lo que no quiso interrumpirle. Feliks, al ver que podía seguir, prosiguió con la conversación:
-Aunque, si me paro a recordarlo, y dadas las circunstancias, siempre me gustó… a pesar de todas las cosas que hizo. Muchas cosas malas, de hecho, pero nunca me decepcionó. Por su culpa lloré, lloré muchísimo, y creo que él también sufrió por ello, estaba entre la espada y la pared en aquellos tiempos. Creo que… aunque él no me dijera palabras claras, siempre procuraba demostrármelo con acciones. Llegó a ser mi novio ¿sabes? Me hacía rabiar, aunque yo también, y se ponía celoso constantemente, pero…tuvo un accidente. Pero ya ha pasado tiempo de eso.
Un color sonrosado cubría las pálidas mejillas de Feliks, y Gilbert se fijó en que evitaba encontrarse con sus ojos a toda costa. Lo que él acababa de contarle, era algo muy privado y personal, pero él sintió una sensación heladora en su pecho, independientemente del frío, y un vacío que le ocasionó incluso náuseas, y no sabía por qué. Aquella persona por la que Feliks poseía sentimientos tan grandes y difíciles de reemplazar, le habían hecho sentirse alguien sin capacidad de recursos ni fuerzas para ayudarle a enfrentar algo así. ¿Quién podría ocupar el lugar de ese chico que una vez le quiso tanto pese a sus defectos? Gilbert estaba seguro que nadie, y realmente lo sentía por parte de aquellas personas que intentasen tener algo serio con él, podría permanecer de esa manera con Feliks.
Porque tampoco era que él quisiese intentarlo. ¿O sí?
Pero sus pensamientos e inquietudes se disiparon cuando vio a una gran cantidad de personas arremolinadas frente a las escaleras del Palacio del Bundestag. Distinguió a los que eran periodistas, con sus cámaras y flashes, y otras personas que probablemente pasaban por allí y se habían detenido a mirar. Gilbert no se acercó, tampoco Feliks, no estaban muy lejos pero no lo suficientemente cerca, sin embargo, logró a alcanzar ver la escena. Unos políticos salían de aquellas puertas, ni siquiera los conocía porque nunca se había interesado en ello, pero una sola persona ocupó su atención. Cabellera rubia, facciones duras, y no supo por qué, pero Gilbert estuvo seguro que tenía los ojos azules.
El llanto de un niño se produjo en su mente. Eso fue una vez, cuando había vuelto de una guerra, y múltiples heridas cubrían su cuerpo. El albino se le había acercado, acuclillándose frente a él, acariciando su cabello y sonriendo ampliamente.
-¿Por qué lloras? ¡El fantástico Gilbert está aquí! Nadie es lo suficiente fuerte para acabar conmigo. ¡Los hombres no lloran!
-Pero…
-Tienes que ser fuerte. Un día, todo lo que yo tengo, será para ti.- el niño aún lloraba en sus brazos, pero sus ojos como el cielo le observaban, callados y atentos.- Ahora, repite conmigo ¿quién es el hermano más grandioso de todos?
Una risa. La risa de aquel niño fue todo lo que quiso escuchar en ese momento. Cuántas ocasiones le había esperado tras una dura batalla y cuántas veces le había sonreído al mostrarle que podía estar orgulloso de él como su hermano mayor. Cuántas veces, defendiéndole hasta el final, y otras, intentado que le imitase a pesar de lo tímido y callado que era, tan diferente a él. Cuando le dieron la noticia…
Lo siento….
Ha desaparecido…
Sacro Imperio Romano.
¿He sido un buen hermano para ti?
¿Has estado orgulloso de mí?
Prométeme que no lo olvidarás.
-¿Gilbert?
El tono preocupado de Feliks llegó hasta él, pero no le respondió. Se había llevado una mano a la cabeza y había desviado la mirada de aquel lugar, y sólo habló para decir:
-No me encuentro bien. Volvamos.
Y sin rechistar, Feliks le acompañó en silencio de vuelta a casa.
