Capitulo 7
Isabella abrió los ojos y una luz la cegó. Se incorporó rá pidamente, confundida, y se dio cuenta de que la luz se re flejaba en el espejo que había dejado sobre el escritorio el día anterior. No había pensado que el resplandor llegaría hasta su almohada. Ya se sentía el calor del día en toda la casa.
Se puso el salto de cama de seda que había sobre la cama, y se acercó a la ventana. Esa prenda era una verdadera creación de seda verde y encaje blanco, y hacía juego con el camisón que le había regalado su tía en Francia. Isabella había traído ese ca misón y otro parecido convencida de que se alojaría en alguna mansión; ni había imaginado que compartiría la casa de un hombre.
La única cosa inteligente que había hecho hasta ahora había sido traer ropa de verano. Todo lo demás podía conside rarse catastrófico, en especial esa decisión abrupta de abando nar su hogar. Se lamentaba al pensar que había desechado la protección y seguridad que su casa le ofrecía.
Isabella suspiró, y miró al sol que parecía esconderse tras las púas de un cactus saguaro que había en el patio. Desde allí podía ver una parte del corral, y advirtió sorprendida que la ven tana era muy baja. Cualquiera podía haberla visto en la cama.
Cerró las cortinas bruscamente, y se ruborizó. Imaginó quién podía haberlo hecho. Cerró todas las demás cortinas, luego se sentó en la cama para tratar de tranquilizarse. Todo lo que había en el cuarto le hacía pensar en Anthony, la tina que ha bía llenado el día anterior, que aún estaba llena de agua fría, la bandeja con los platos. Se quedó mirando la blusa que tanto había deseado cuidar, y ahora estaba hecha un trapo sobre una pila de ropa, donde la había arrojado en un ataque de furia La había roto para quitársela, ese era un lujo que no podía darse ya que no tenía un vestuario demasiado variado. Pero no hu biera podido pedirle ayuda a él o a Mack. Sola con dos hom bres, ¡eso era lo que él consideraba buenos chaperones!
Sobre el escritorio aún estaba la carta que había estado escribiendo hasta muy tarde. ¡Las cosas que había traído! Su papel de carta incluido, segura de que viviría en alguna villa apacible. Esto sí que era gracioso. Camisones, vestidos de lino mañaneros, vestidos para la tarde, ropa de salir, guantes, som brero, zapatos. Ropa de noche. Jabones, perfumes y talcos. Abanicos, peinetas, medias de seda, enaguas y polisones, hasta más de un corsé. Había traído las maletas repletas de cosas para encontrarse con un clima sofocante, y una región salvaje donde nunca se pondría esa ropa. Era para reír, o para llorar.
Y tenía deseos de llorar, pero no se lo diría a Rosalie. Le había llevado horas escribir esa carta, escoger cada palabra para que su hermana no advirtiera su miedo ni sintiera remor dimiento. No había mencionado las joyas, sólo le decía que no las tenía, y esa era la explicación de por qué había llegado a Arizona después de todo. En un breve párrafo describía a Anthony Cullen, y lo había descrito con bondad. Con todo, le había explicado claramente que no pensaba quedarse allí mucho tiempo. Tendrían que idear otro plan, y Rosalie se encargaría de eso.
Isabella se vistió lentamente, tratando de demorarse lo más posible para no volver a ver a Anthony Cullen. Charley aún dormía en la jofaina donde se había instalado la noche anterior. Había salido por la ventana para explorar, había recorrido el cuarto hasta que Isabella se acostó, y luego se había acomodado en la jofaina de porcelana. Isabella se preguntó si el pobre gato se acostumbraría al calor y dejaría de perder tanto pelo. Se preguntó si ella se acostumbraría a todo esto. Suspiró y salió del cuarto.
Fue un alivio no encontrar a nadie en la sala. Tenía ape tito pero no había comida _sobre la mesa, ni nada sobre el fuego, ni siquiera una cafetera. Dejó su bandeja al lado del fre gadero, y decidió buscar algo en la despensa. Supuso que allí se desayunaba temprano.
Se dirigió al fondo, pero alguien le ganó de mano y abrió la puerta. Entonces, entró Anthony. Se miraron a los ojos un mo mento. Luego, él la recorrió con la mirada, admiró su vestido color crema con encaje blanco en el cuello y en las mangas. Dos cintas de satén marrón adornaban el polisón y el cuello.
—¿Vas a alguna parte?
Isabella se sorprendió.
—No estoy vestida como para salir —dijo, como si le es tuviera hablando a un niño—. Éste es un vestido mañanero, sencillo.
—Preciosa —dijo él riendo—, ese vestido es más hermoso que el que cualquier mujer de Aro puede lucir un do mingo. ¿Dices que no puedes salir así?
Ella estaba indignada.
—Creo que no tengo nada más sencillo que esto, con ex cepción del traje con el que viajé.
—Que es demasiado abrigado —acotó Anthony, meneando la cabeza—. Veo que tendré que comprarte vestidos nuevos.
Isabella se sonrojó.
—Me bastará con los que tengo.
—¿De veras? ¿Harás las tareas de la casa vestida de esa forma?
¿Tareas de la casa?
—Sí... si tengo que hacerlas —dijo resuelta.
—De acuerdo —dijo, no quería discutir con ella—. ¿Dónde está el desayuno?
—No hay desayuno.
—Ya lo veo —respondió él pacientemente—. ¿Qué es peras?
—¡Yo! ¡Pero yo no sé cocinar!
—¿Que no sabes? Me temo que tendrás que aprender y pronto.
—¿Quién cocinaba antes?
—Yo, Mack, a veces Alice se apiadaba de nosotros y nos preparaba una verdadera comida.
—¿Alice?
—Sí, la esposa de Jasper.
—¿Quieres decir que hay otra mujer aquí?
—Claro. Está embarazada, y en cualquier momento na cerá el bebé. Ya tiene bastante con Jasper y ella misma, así que ni pienses en pedirle ayuda. Me las arreglé solo toda mi vida, Isabella. Pero ahora que estás aquí...
Isabella se quedó pasmada cuando comprendió el mensaje.
—Pero, no sé cocinar, quiero decir, nunca cociné. Siempre hubo sirvientes en mi casa. —Hizo una breve pausa. Él la mi raba serio, no tenía intención de apiadarse. —Supongo que po dría aprender... si alguien me enseñara.
—Jasper tiene que ir al pueblo hoy. Puedo pedirle que te traiga un libro de cocina. —Resopló impaciente, y se dirigió a la despensa.
—Lo siento, señor Cullen —Isabella sintió la necesidad de disculparse, aunque no sabía bien por qué.
—No importa —respondió él—, mientras tengas un buen par de brazos para las demás tareas, y aprendas rápido.
Se quedó pensando en esas otras tareas; al rato él regresó cargado de cosas.
Una hora después, el vestido de Isabella estaba sucio de harina y manchado de grasa, a pesar del delantal que Anthony le había dado. Ésa fue su primera lección de cocina y no le agra dó. Pero pudo mirarlo cuando él no la miraba. Se preguntó cómo habría hecho este hombre para adaptarse a esta tierra tan distinta del Este. A veces era rústico; otras veces era en cantador.
Después del desayuno. Anthony salió, y Isabella se sentó a tomar otra taza del café más horrible que había probado en su vida, peor aún que los brebajes que había tomado durante el viaje. El humor de Anthony cambiaba cuando tenía el estó mago lleno. Ahora hasta parecía que tenía deseos de reír. En cambio el buen humor de Isabella desapareció cuando Charley saltó sobre la mesa para meter la nariz en la harina y lo ensu ció todo.
—¡Quisiera gritar! —dijo Isabella. Charley saltó al suelo asustado, y desparramó harina por todas partes.
No era su obligación limpiar todo eso, pensó con espíritu rebelde. Pero tenía que hacerlo. Si hubiera sabido que no ha bría sirvientes, que ella tendría que trabajar como si fuera una criada...
Se sintió aliviada cuando guardó el último plato, y se dis puso a recluirse en su cuarto. Pero cuando estaba por llegar a la puerta gritó al ver a un hombre semidesnudo en la habita ción. Sus hombros eran muy masculinos, tenía un trapo atado en la frente, un chaleco de cuero que dejaba descubierto casi todo su torso, y un par de botas que lo cubrían más que el paño rectangular que llevaba sujeto en la cintura.
Era imposible decir quién estaba más sobresaltado, Isabella, de ver al salvaje, o Jasper, quien por primera vez en su vida no pudo pronunciar una palabra. Esperaba encontrarse con una mujer rubia y pequeña que saldría corriendo y gritando en busca de Thony. Pero, por el contrario, se encontró con una mu jer fuerte y más alta que él, que gritó pero no salió corriendo.
Anthony apareció de repente, atraído por el grito.
—¿Qué...? —comprendió de inmediato, y reprendió a Jasper—: Podrías haberte puesto un pantalón, Jasper, por lo me nos hasta que te conozca.
Jasper se tranquilizó un poco.
—Hace demasiado calor —dijo como si eso fuera sufi ciente explicación—. ¿Y la rubia?
—No era ésa —respondió Anthony.
—Pero me mostraste la fotografía, y dijiste que...
—Fue un error —le advirtió Anthony—. Bueno, ¿se cono cen ya?
Ambos estaban perplejos; Isabella más aún porque se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo, y de que había con fundido a Jasper con un salvaje, cuando era obvio que era un amigo de Anthony.
—Soy Jasper Whitlock, señorita, un buen amigo de Edward Cullen y ahora de Anthony —dijo con un gesto altanero.
—Isabella Swan —respondió ella, perturbada to davía.
—No quise asustarla —agregó para tranquilidad de Anthony—, sólo quería saber si necesitaba algo del pueblo. Voy para allá.
—Después de que te hayas puesto algo encima —gruñó Anthony.
—En realidad, tengo una carta para despachar si no es mucha molestia. Se la daré.
Ella entró al cuarto a buscar la carta. Jasper susurró:
—Cuando viste lo alta que era, ¿por qué no la enviaste de vuelta?
—No es tan alta —sonrió Anthony. Jasper lo miró de pies a cabeza.
—Sí, creo que su altura no te afecta demasiado. Pero por Dios, Thony, es tan delgada.
—¿Te parece? —preguntó Anthony incrédulo.
—Bueno, no quiero verte desilusionado, pero...
Isabella regresó y le entregó la carta a Jasper. Pero Anthony se la arrancó de la mano. Ella no soportó su arrogancia, no ima ginó que él la leería antes de despacharla.
—¿Trudi Baker? —Anthony leyó en voz alta, y la miró a la espera de una respuesta.
Isabella adivinó sus pensamientos. Cuando ella le dijo que no tenía a nadie a quien recurrir en Nueva York, él debió haber supuesto que sólo tenía a su padre y a su hermana.
—Trudi es una amiga de mi hermana, señor Cullen. Mi hermana, Rosalie, sólo tiene diecisiete años y aún vive con mi padre. Así que, como verá, no puede ayudarme. —No se sentía cómoda hablando de esto delante de Jasper. —Envío la carta a la casa de su amiga porque, bueno, ya le hablé de mi padre.
No dijo más nada. Se preguntó si era necesario que le ex plicara la carta. Contuvo el aliento mientras él la miraba una vez más. Finalmente, se encogió de hombros y se la entregó a Jasper.
—Encárgate de despacharla, Jasper, y no te olvides del li bro de cocina que te pedí.
Jasper saludó, y salió resuelto.
Isabella se quedó mirando a Anthony; éste le sonrió con ti midez.
—Disculpa por haberme entrometido, pero soy muy cu rioso. No esperaba que escribieras a nadie.
—Mi hermana y yo estamos muy unidas —explicó Isabella—. Aunque no puedo escribirle directamente por mi pa dre, me hizo prometerle que le comunicaría que había llegado sana y salva.
—¿Sabe por qué viniste al Oeste —sonrió—, y estuvo de acuerdo con tu decisión?
Isabella quería culpar a su hermana de todo esto, pero luego se arrepintió, a pesar de la terrible amargura que la in vadía.
—¿Qué podía decir ella, señor Cullen? Rosalie conoce mi situación.
Pasó eso por alto, y reflexionó:
—Parecía mayor de diecisiete años en la fotografía. Y luego creí que tú tenías más de dieciocho.
—Eso es porque...
Se detuvo de repente. Justo a tiempo se dio cuenta de que debía tener la edad que Rosalie había mencionado en sus car tas. ¿Qué otras sorpresas se llevaría debido a las cartas que Rosalie le había escrito a este hombre? Deseaba poder ver esas cartas antes de cometer algún error más grave.
—¿Sí?
—Porque soy alta —concluyó con dificultad—. Por eso siempre parecía mayor.
—No te agrada ser alta, ¿no es cierto?
Casi se ahogó de la sorpresa. Ningún hombre había co metido la indiscreción de mencionar el tema. ¿Cómo se atrevía a preguntarle semejante cosa? ¿No le habían enseñado buenos modales?
—No es que me desagrade —dijo para defenderse aun que en realidad hubiese deseado contestarle de mal modo—, pero ocurre que muchos hombres se sienten incómodos a mi lado por mi altura.
—No es mi caso.
—Claro que no —dijo ella terminante.
Él rió. La tomó del brazo y la llevó hasta la puerta.
—¿Salimos a caminar un rato? Tus tareas pueden esperar.
Isabella pensó en lo audaz que era este hombre. Ni si quiera esperó que respondiera a esa invitación. Luego com prendió lo que le había dicho.
—¿A qué tareas se refiere, señor Cullen? —le preguntó y logró que la soltara. Él se vio obligado a detenerse y mirarla.
—Hay que arreglar el jardín, cortar la maleza, lavar la ropa, acomodar mi habitación. Tareas de ama de casa, señorita Swan.
Pensó en negarse, pero el tono con que la llamó «señori ta Swan» la hizo vacilar. ¿Estaba enojado? Era imposible saberlo.
—No me había dado cuenta de que...
—Ya veo —dijo él amablemente—. Y haré concesiones por eso. Pero en mis cartas te advertí que la vida aquí no sería sencilla.
¿Podía decirle que había pensado que él se refería simple mente al clima? Nunca se le había ocurrido suponer que la pondría a trabajar como si fuera una criada; sin embargo pa recía que ésa sería su ocupación por el momento. Y no podía hacer nada para cambiar las cosas o él la enviaría de regreso a Nueva York. Qué idea tentadora. Pero entonces recordó que tenía que darle una oportunidad a Rosalie. Ella no admitiría que tenía miedo de enfrentar a su padre.
Logró esbozar una sonrisa, aunque en realidad quería llorar.
—Caminemos, señor Cullen.
El hizo una mueca y la tomó del brazo. Ella lo sentía cerca, su brazo sobre el de ella. No advirtió adonde la llevaba hasta que llegaron al corral. Se mostró disgustada, y él pre guntó:
—¿Qué ocurre?
—No me agradan los caballos. Y menos todavía los olo res de los caballos.
—Preciosa, en este rancho se crían caballos. Tendrás que acostumbrarte a esos olores.
—No veo por qué. —Lo miró con suspicacia. —A menos que espere que limpie el establo. Permítame decirle que...
—Un momento, nadie dijo nada acerca de limpiar el es tablo, pero sí cabalgarás.
—No, no lo haré —y sacudió la cabeza.
—¿Me estás diciendo que no sabes cabalgar?
—Exactamente.
—Tendremos que solucionar ese problema.
A Isabella no le agradaba la forma en que la miraba. ¿Es taba ansioso por enseñarle a cabalgar?
—Me trajo aquí en una carreta. Puedo llevar las riendas.
—Pero esa carreta no es mía sino alquilada, y Jasper la lle vará al pueblo hoy.
Justo en ese momento, el vehículo en cuestión apareció delante del establo, levantando nubes de polvo. Isabella se cubrió los ojos, y luego vio que ahora el indio estaba vestido como un hombre civilizado, y salía rumbo al pueblo.
Anthony advirtió su asombro y se sintió molesto. La pobre Isabella estaba viviendo demasiadas cosas nuevas de repente.
—¿Siempre estás tan hermosa después de haber pasado toda la mañana en la cocina?
Ella lo miró sorprendida.
—Se está burlando de mí, señor Cullen. Le confieso que es la primera vez en mi vida que paso toda la mañana en una co cina. —No le diría que ese color vivaz y esa belleza eran natu rales en ella.
—Entonces parece que te sientes bien en la cocina.
Sin darle tiempo a responder, la llevó a la plantación de algodón. La brisa se llevó los olores del establo, y la sombra era agradable. Había un banco para dos personas, pero él no se sentó a su lado sino que apoyó un pie sobre el banco, y el brazo sobre la rodilla. Así su figura era más imponente aún.
Ella movió la cabeza para mirarlo, y él la sorprendió con un beso. Isabella trató de apartarse, pero él la tomó de los hombros para que no se resistiera. Así la obligó a que lo mi rara a los ojos y viera qué sentía.
Entonces ella advirtió que sus ojos eran suaves. Él le aca rició los hombros y el cuello. Isabella cerró los ojos. Ella mo vió los labios en actitud provocativa hasta que él aceptó el des afío y dejó que su lengua penetrara entre esos labios.
Isabella gritó, sobresaltada:
—¡Señor Cullen!
Nunca la habían besado de esa manera. Se sentía tan in genua. Pensar que había estado a punto de hacer el amor con Antoine, y casi no sabía besar. Ni siquiera Antoine la había be sado así.
El recuerdo de Antoine le trajo a la memoria una sen sación de furia que ya estaba dormida. Todos los hombres eran iguales. Nunca daban nada honestamente. Siempre exigían algo a cambio de sus palabras galantes. En su caso siempre ha bían deseado su dinero o su cuerpo. Ahora podía agregar algo más a esa lista: servidumbre. Anthony Cullen buscaba una sirvienta para toda la vida, que, como agregado tuviera un bonito cuerpo. No había forma más delicada de decirlo.
—Creí que anoche habíamos llegado a un acuerdo, señor Cullen —dijo con frialdad.
—Considerando que... —hizo una pausa con total inten ción, y le sonrió con actitud burlona—, ¿no crees que ya po drías llamarme Thony?
—No. Y habíamos hecho un pacto —le recordó— que usted se empeña en ignorar.
Sus ojos brillaban como los de un niño travieso.
—No, señorita. Si bien recuerdo, tú dijiste que necesita bas tiempo para conocerme y sentirte cómoda conmigo. Pero parece que ya te sientes cómoda, así que... —dijo, y se encogió de hombros.
—Un día de gracia no es lo que tenía en mente.
—No sé a qué se debe tanto alboroto. ¿Te asusto? ¿Es eso?
—No estoy segura.
—Bueno, al menos debo admitir que eres honesta.
Si él supiera, pensó perturbada. Lo vio acercarse al corral. Uno de los caballos se le aproximó al ver su mano extendida. Isabella observó su cuerpo fuerte, que a pesar de la ropa se adivinaba musculoso. Sus piernas eran largas y musculosas también.
—Es que no lo conozco —dijo ella de repente. La miró un instante, y volvió a concentrarse en el ca ballo.
—¿Quieres que te cuente la historia de mi vida? Creo que es razonable que desees saberla. Después, tal vez. Ahora tengo que volver al trabajo.
¿La estaba echando? Claro que sí. ¡Qué tirano! Igual que su padre, aunque Anthony no era tan violento como el señor Swan. Este hombre sabía cómo ser arrogante. Esas perso nas son las más imprevisibles.
Isabella reconocía que ella también era arrogante, y lo consideraba un defecto. Dos personas arrogantes sólo podían hacer la guerra. Se repetiría la historia de sus padres.
Bueno, si lo que ella estaba buscando era un esposo —aun que no estaba muy segura— Anthony Edward no sería el elegido. Gracias a Dios, la situación no era tan desesperante.
