Un Buen Plan

Las pocas veces que pudo dormir las noches siguientes, fue víctima de incesantes pesadillas. En ellas se veía a sí mismo en un cementerio, frente a una lápida, pero no podía leer la inscripción. Detrás de él escuchaba la voz de Voldemort hablándole en susurros, tampoco entendía lo que decía. Sólo sentía que estaba a punto de morir y que no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Sostenía su varita con fuerza para contraatacar en cualquier momento. Una serpiente larga y enorme se arrastraba entre sus pies. De un momento a otro se veía las manos cubiertas de sangre. Sentía heridas lacerantes por todo el cuello. Poco a poco su vista se le iba nublando y sólo veía aquella solitaria lápida. Cuando estaba por descubrir lo que ésta decía, despertaba, sudando y con la respiración entrecortada. Maldecía cada noche por no poder dormir tranquilo. Las pesadillas habían vuelto.

Durante una buena temporada, las veces que había podido conciliar el sueño, éste era apacible, y nada sucedía dentro de su cabeza por unas horas.

En una ocasión, estaba teniendo el mismo sueño de siempre, pero esa vez fue diferente. No despertó cuando su vida comenzaba a desvanecerse, sino que pudo distinguir entre la neblina y el dolor, que el nombre escrito sobre el lúgubre trozo de mármol era... el suyo. Se revolvió en la cama, inquieto. Alguien se posaba frente a él, le tomaba la cara con una delicadeza abrumadora. Lo miraba a los ojos con curiosidad, decía algo incomprensible. Él trataba con todas sus fuerzas de enfocar a la persona que le estaba arrebatando la oportunidad de morir ahí mismo. Solo. Oía un canto lejano, no estaba seguro. Perdía la consciencia nuevamente, pero tenía que saber de quién se trataba. Todo pasaba con rapidez, entre imágenes confusas de su pasado y circunstancias incoherentes que nunca ocurrieron. Hasta que lograba juntar las últimas fuerzas que le quedaban para mirar al frente. Eran verdes. Los ojos eran de un verde brillante. Era Potter. No. ¿Lily? Temblaba al contacto del desconocido. No, no eran verdes. Eran castaños. ¿Por qué los vio verdes? La persona hablaba nuevamente y le acariciaba la mejilla. ¿Quién? Le volvía la poca vida que le iba quedando. La niebla pasaba, aclarando el paisaje. Despejándole el alma y las dudas. Era Granger. Los ojos marrones de ella. Le sonreía y no paraba de decir cosas que él no llegaba a entender. Le empezaba a faltar el aire a causa del dolor que le causaban las heridas de Nagini. Se estaba cayendo de lado.

Despertó al igual que las noches anteriores, pero esta vez estaba más alterado que antes. ¿Por qué el sueño había cambiado? Cuando comenzaba a habituarse a él, a aprender a coexistir con esa pesadilla, resultaba que su subconsciente parecía empecinado en no dejarlo en paz ni siquiera cuando dormía.

Volvió a tirarse en la cama, con la extraña sensación de haber soñado con Granger. Estaba seguro que primero había visto los ojos verdes de Lily, pero pronto cambiaron a los de la chica. Era muy raro. ¿Qué hacía ella infiltrándose hasta en sus sueños? Parecía que había querido apaciguarlo antes de morir, sólo que en esa última pesadilla no había llegado a hacerlo. Había sentido cómo le volvía la vida, llenando sus pulmones de aire e hinchándole el corazón.

En el sueño en que estaba Granger, él no moría.


A pesar de inventar mil excusas para no ir a La Madriguera durante las vacaciones, se vio obligada frente a la insistencia de Harry, Ginny y la señora Weasley. Así que pasó una tarde entera con la familia de su ex novio. Nada fuera de lo normal, fue una cena de lo más agradable. Los Weasley no se tomaron a mal su rompimiento, claramente estaban entristecidos, pero le tenían mucho cariño como para dejar que esa situación la alejase de ellos. Tuvo la oportunidad de acercarse un poco a él durante la velada, cruzaron un par de palabras por educación y, en el fuero interno de ambos, sabían que no necesitaban nada más para saber que volvían a ser amigos. Es más, para comprender que nunca habían dejado de serlo, que se querían demasiado como para imaginar una vida lejos del otro. Como amigos.

Hermione se sintió culpable: había estado en la casa del chico que la amaba mientras ella estaba enamorada de otro. Se sintió sucia. Por eso no quiso quedarse cuando su amiga la animó a pasar la noche allí, diciéndole que la extrañaba y que quería conversar, pero ella se negó. Elaboró una mentira para quitárselos de encima y volver a casa lo antes posible. Por lo menos había hecho las paces con Ron.

Al día siguiente tendría que volver a Hogwarts, y la idea la emocionaba tanto como la aturdía. ¿Qué haría cuando viera a Snape de nuevo, ahora conciente de lo que sentía por él? Creía que no sería capaz de mirarlo a la cara sin que el profesor se diera cuenta de sus sentimientos. Ni siquiera sería necesario que le leyera la mente para notarlo. Así que esa noche decidió practicar sus gestos frente al espejo. Estuvo horas estudiándose para poder dominar con destreza cada una de sus expresiones. Si la llegaba a descubrir... no sabía qué pasaría.

"Sólo será un tiempo", se dijo, "Se me pasará. Se me pasará y olvidaré toda esta tontería". Todavía no le cabía en la cabeza la idea de estar enamorada de su profesor de Pociones. Si le hubieran dicho un año atrás que se vería en esa situación, se hubiera desternillado de la risa. Era algo que escapaba a sus intenciones y que no tenía para nada planeado. Jamás buscó sentirlo, de hecho había intentado arduamente alejarlo de su cabeza cada vez que se descubría pensando en él, cuando no podía dejar de mirarlo, cuando se quedaba sin palabras con sólo ver sus ojos negros, cuando se le erizaban los vellos del cuerpo y se estremecía cada vez que lo sentía cerca. El asunto era un disparate total... y no había nada que pudiera hacer para cambiarlo.

"A lo mejor ni siquiera es amor. Quizá el haber roto con Ron me trastornó tanto que una parte de mí buscó a la primera persona que tuviera cerca para sentir esto", se había repetido lo mismo hasta el hastío. Por que, ¿cómo podía haberse enamorado de él? Snape era un hombre frío y arrogante, tenía muchos más años que ella, siempre la había detestado y lo seguía haciendo, tenía un pasado horroroso: había sido mortífago y había matado quizá a cuántas personas... y a pesar de todas las razones que tenía para no hacerlo, no podía distanciarse del sentimiento que le provocaba ese misterioso hombre. Le atraía en muchos sentidos.

"Ya basta de esto. Si sigo así me voy a terminar desquiciando". Se fue a acostar con la secreta esperanza de soñarlo, como había pasado muchas noches. Eran sueños inocentes. Sólo lo veía a él frente a un caldero. Algunas veces le daba la espalda y simplemente lo oía hablar. Otras, se miraban a los ojos durante minutos interminables. En sus sueños nunca se tocaban.

Por más que deseó que el trayecto de vuelta a Hogwarts fuera eterno, ni siquiera se dio cuenta cuando estaba caminando hacia las grandes puertas del Gran Salón. El tiempo parecía mofarse de ella. Aún no estaba lista para un encuentro con Snape pese a lo mucho que se había estado preparando para ese momento. Se detuvo, dejando tras de ella un gran alboroto por la enorme cantidad de estudiantes que iba en la misma dirección. Dio la vuelta, con la entera disposición de ponerse a correr escaleras arriba y refugiarse en la Sala Común, pero la mano de Ginny la sostuvo.

-¿Qué pasa, Hermione?- inquirió, con los ojos cargados de curiosidad-. Estás muy pálida, ¿te sientes bien?- Hermione asintió. Recobró la compostura justo a tiempo.

-Sí. Es que... creí que había olvidado algo... Enserio- añadió ante la mirada suspicaz de su amiga.

Al entrar al comedor, le costó horrores no dirigir la vista hacia la mesa del fondo. Se sentaron y escucharon en silencio las palabras de bienvenida de McGonagall. Veía su silueta envuelta en negro a la derecha de la directora, pero en ningún momento desvió la mirada de ella. Se sentía terrible.

"Y encima le mandé una carta. ¿En qué diantres estaba pensando?", se pasó una mano temblorosa por el cabello, intentando en vano calmarse.

Durante la comida, se esforzó como nunca antes para no mirarlo. La algarabía se extendía por todo el salón. Se oían risas y conversaciones por doquier, pero ella estaba embargada por la angustia. Comió sólo para que sus amigos no le preguntaran qué le pasaba, ya tenía muy mal semblante. También habló con ellos por cortesía, actuando con naturalidad. Incluso se había reído con los comentarios disparatados de Ron, quien se encontraba mucho más tranquilo que antes y parecía haber vuelto a la normalidad.

La cena llegó a su fin. Se pusieron de pie para ir a sus dormitorios, y justo cuando creía que lograría irse de allí sin toparse con sus ojos negros, los suyos se movieron instintivamente hacia él.

Y lo vio. Mirándola. Su corazón dio una fuerte sacudida y se lamentó por haber comido tanto, sentía que en cualquier momento se pondría a vomitar ahí mismo... pero también sintió una descarga de felicidad recorrer cada fibra de su cuerpo. Había ansiado tanto verlo de nuevo. Sin embargo, se pondría muy en evidencia si permanecía observándolo así, por lo que desvió la mirada y se encaminó con los demás hacia la torre de Gryffindor. Tenía que recuperar las fuerzas para el día que tenía por delante: la primera clase con él.


La distinguió de inmediato entre el mar de alumnos. No supo cómo, pero logró divisar su enmarañada cabellera castaña de entre tantas otras. Era inconfundible, y su comportamiento no denotaba nada extraño. Hablaba y se reía con sus amigos como si nada. Como si no le hubiera mandado una carta para navidad, como si no le hubiera dado un beso en la mejilla antes de marcharse. Seguramente para ella no había sido algo especial. Para él tampoco, por supuesto.

Entonces, ¿por qué deseaba tanto que lo mirara? Tal vez para dejarle en claro que lo que había hecho merecía una reprimenda, o para decirle con la mirada que no volviera a acercarse a él nunca más. Pero la chica no volteó a verlo en ningún momento.

Sólo cuando se iba. Sabía que lo haría, así que no lo tomó desprevenido. Se prometió que nunca más volvería a sorprenderlo con las defensas bajas. Nunca más. Le sostuvo la mirada con firmeza, frunciendo el ceño. Ella le dio la espalda y se fue. Una sensación de triunfo lo invadió. Esta vez sí la mantendría a raya, en el lugar que le corresponde.


Cuando estuvieron en la Sala Común, Hermione fue directo a su habitación con la excusa de que no le había caído muy bien la comida.

Estaba acostada encima de las mantas, con la cabeza enterrada en la almohada. Escuchó que se abría la puerta y unos pasos se le acercaron. El colchón se hundió por el peso de alguien que se sentó a a su lado.

-Hermione, ¿qué es lo que te está pasando?- preguntó Ginny. La castaña había estado muy extraña durante todo el día, tenía la mirada perdida constantemente y, a ratos, parecía que su mente se alejaba del mundo.

Hermione ladeó la cabeza para que ella no pudiera verle el rostro.

-Me tiene triste pensar que es nuestro último año.- dijo sin mucha convicción. Quería que su amiga se marchara y la dejara en paz, ya tenía demasiados problemas metidos en la cabeza como para que la molestara con su preocupación.

-Te conozco lo suficiente como para saber que si realmente se tratara de eso, estarías abajo con los muchachos divirtiéndote- Su voz sonó fuerte y clara en la quietud de la habitación-. Algo te está preocupando... lo he notado desde antes de las vacaciones.

-Sólo necesito descansar, ¿sí?

-Hermione... puedes contármelo- insistió Ginny, posando la mano sobre la espalda de su amiga-. ¿No confías en mí?

A Hermione comenzaban a ahogarle todas las cosas que no podía decir. ¿Cómo le diría que estaba perdidamente enamorada de Snape sin que la tomara por una completa demente? Confiaba en ella más que en nadie, pero simplemente no podía hacerlo. Tendría que aprender a convivir con ello hasta que se le pasara, porque sabía que, tarde o temprano, se le tendría que pasar. Era una obligación que se había hecho a sí misma. Si ese estúpido sentimiento no se marchaba por las buenas, tendría que hacerlo por las malas.

-Sí confío en ti, Ginny. Sabes muy bien que sí, pero no tengo nada más que decirte.

-Tiene algo que ver con Snape, ¿verdad?- soltó la pelirroja, más en tono de declaración que de interrogante. Hermione se sorprendió por la agudeza de la pregunta. ¿Podría Ginny sospechar algo? Se incorporó para mirarla a los ojos.

-¿Con Snape?- Arrugó el entrecejo, poniendo en práctica su sesión de expresiones fingidas-. ¿Por qué piensas eso?

-Es... una corazonada- respondió, esbozando una leve sonrisa de suficiencia.

-No digas tonterías, Ginny.

-No lo hago. Sé que algo te pasa con él y vas a tener que decírmelo- La castaña mantuvo el gesto haciendo esfuerzos sobrehumanos. Su amiga lo sabía. ¿Cómo? No tenía ni la más remota idea. Dejó salir una carcajada.

-¿Que algo me pasa con él? ¿Estás loca?- dijo, sonriéndole con incredulidad.

-Sí. Algo te pasa con él- Ginny enfatizó cada palabra para dejarle en claro que no estaba bromeando-. ¿Me lo vas a decir por las buenas o no?

Hermione estaba absolutamente pasmada. Olvidó todo lo que se había esmerado en controlar sus gestos, y sólo se quedó quieta con los ojos muy abiertos. Le tiritaba el mentón.

-Ginny...- No sabía qué decir. La había puesto en una encrucijada de la que ya no podía escapar. Aquello era un callejón sin salida. Lo fue desde el primer momento en que comenzó a sentirse distinta respecto a él. La pelirroja mantenía los ojos fijos sobre los suyos.

"Lo sabe", empezaba a desesperarse.

-¿Sientes algo por él?- Fue la pregunta decisiva, el golpe final que derrumbó sus muros. Hermione se cubrió el rostro con las manos como toda respuesta y como último recurso. Ginny ahogó un grito y se tapó la boca-. ¡Lo sabía! ¡No podía estar tan equivocada!- exclamó, victoriosa, pero calmó sus ánimos ante la imagen derrotada de su amiga-. Hermione... ¿cómo...? ¿Cuándo pasó?- Ella negó con la cabeza, aún escondiendo la cara entre los dedos.

-¿Cómo lo supiste?- inquirió, con la voz amortiguada por sus manos.

-Bueno... no fuiste muy discreta que digamos. Todos los viernes parecías más alegre, y cuando volvías por las noches no dejabas de sonreír. Leías ese libro como una obsesiva, ¡lo llevas a todos lados!- Tragó saliva para continuar la explicación-. Y... lo mirabas siempre en el Gran Salón, me pude dar cuenta de eso. También en clases, en los pasillos... y en todos lados, la verdad. Era un poco obvio.

-¡Ay, no puede ser!- exclamó Hermione, descubriendo el rostro-. ¿De verdad? ¿Crees que Harry y Ron lo sepan? Porque si lo saben me muero.

-No, por supuesto que no. No tienen ni idea- dijo Ginny, encogiéndose de hombros y negando con la cabeza-. Sabes que son unos tarados. A Harry le llamó la atención que tuvieras ese libro, pero nada más, y Ron es un cabeza hueca.

-¡Dios mío, dios mío!- Volvió a taparse la cara. Estaba al borde del colapso mental-. Esto no me puede estar pasando- La pelirroja exhaló, sin dejar de sonreír.

-Es increíble... ¿Cómo fue que pasó?

-Yo... ¡No lo sé! Sólo... pasó. Ni siquiera me di cuenta.

-Pero estás... ¿enamorada?- Hermione nunca imaginó que algún día sería Snape el motivo de mantener una conversación de ese índole. Se resignó, miró a Ginny a los ojos y suspiró profundamente.

-Creo que sí- Ella volvió a ahogar un grito y daba brinquitos en la cama.

-¡Por Merlín, Hermione!- Abría y cerraba la boca, sin saber qué decir-. ¡Por Merlín!- La castaña la calló, poniéndole una mano en la boca.

-No quiero que hagas un escándalo de esto, Ginny. Nadie puede saberlo, ¿me escuchaste?. Nadie.


La clase de Pociones del día siguiente transcurrió con normalidad. Snape estaba de un humor de perros, como siempre, y se paseaba entre ellos observando con asco sus pociones (tanto si estaban bien hechas como si no).

Hermione ponía toda su atención en el contenido de su caldero. Las miradas furtivas y constantes de Ginny la ponían aún más nerviosa.

Las clases extra que había tenido con él daban frutos, ya no tenía problemas para hacer ninguna poción y utilizaba algunas de sus artimañas para facilitar el trabajo. Snape se percataba de ello, pero no le daba importancia. Tampoco había mencionado nada relacionado con la carta que le envió.

"Tal vez ni siquiera la leyó", pensó apesadumbrada. Terminó mucho antes que el resto de sus compañeros, limpió el caldero con un ágil movimiento de varita, guardó la muestra en un frasco y fue a dejarla al escritorio del profesor. Él continuaba caminando por ahí. Hermione volvió a su puesto y se sentó. Se entretuvo leyendo por enésima vez el libro que le había prestado. Lo hacía a escondidas, como si fuera algo indebido.

Ginny se apresuró a terminar y se sentó al lado de su amiga.

-¿Cómo estás?- preguntó en un susurro.

-Bien- mintió la castaña. En verdad sentía que los nervios acabarían por matarla.

-Te estuvo mirando un rato- dijo, haciendo un gesto pícaro con las cejas.

-No me molestes, Ginny- Hermione se ruborizó a más no poder y bajó la vista al libro.

-Es verdad.

Se callaron cuando Snape pasó cerca de ellas a paso lento. Les lanzó una mirada furibunda y siguió su camino.

-¿Ves?- volvió a insistir Ginny.

-¿Qué cosa? No me pongas más nerviosa.

La pelirroja se mordió el labio inferior para contener una carcajada. La situación se le antojaba de lo más hilarante. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza que a Hermione pudiera gustarle ese hombre, y el asunto le parecía tan irracional como divertido. No sabía qué le veía su amiga al profesor (que según ella no tenía una pizca de atractivo, ni mucho menos), pero de todas formas la apoyaría.

-Deberías intentar algo, Hermione, estás contra el tiempo.

-Shhh, Ginny ya basta.

-Vamos, dile algo. Ahí viene- la urgió, dándole codazos en el brazo.

Hermione levantó la cabeza de golpe y se dio de lleno con los ojos de Snape, que volvía a acercárseles. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, bajó la vista.

-Profesor- llamó Ginny, poniéndose de pie. Él se detuvo frente a ella y frunció el ceño.

-¿Qué quiere, Weasley?- La chica tiró de la túnica de Hermione para que también se levantara. Ella se vio obligada a hacerlo y la miró con reproche. ¿Qué rayos estaba haciendo?

-Hermione quería preguntarle algo, profesor- Dicho esto, fue a ordenar sus cosas, dejándola ahí sola frente a Snape. El profesor levantó una ceja, esperando la supuesta pregunta de ella. Sentía las miradas de todos observándolos. Tenía que pensar en algo... y rápido.

-¿Recibió mi carta?- preguntó en un susurro apenas audible para que sólo él la escuchara. Snape se cruzó de brazos, y por un momento le dio la sensación de que no le respondería.

-Sí- Ella asintió con la cabeza, no quiso indagar más, con eso era más que suficiente. Después se las cargaría con Ginny-. Bastante... sobria- Abrió desmedidamente los ojos. Eso sí que no se lo esperaba. Le sonrió con nerviosismo, sin saber qué hacer.

-¿Seguiremos las clases el viernes?- preguntó automáticamente, sin haberlo meditado.

-Eso dije la última vez- respondió él, con voz ronca. Hermione sentía el calor subiéndole por las mejillas, no podía permitírselo.

-Bien- Bajó la cabeza y volvió a tomar asiento.

-¿Te fue bien?- la interrogó Ginny cuando estuvieron en el pasillo.

-Supongo. Pero preferiría que evitaras hacer el papel de cupido- rezongó la castaña, su amiga se rió a carcajadas-. Y no le veo la gracia.

-¿De qué se ríen?- Luna apareció a su lado, sonriendo ampliamente.

-Es que Snape es muy gracioso, ¿no?- dijo Ginny, conteniendo la risa.

-Vaya que sí. Creí que sólo yo lo pensaba. ¿Le enviaste una carta, Hermione?- Ella la quedó mirando sin decir nada-. Me parece que se lleva mejor contigo que con nosotros- añadió Luna, pasando por alto la incomodidad de su amiga.

-Hmmp. Voy a la biblioteca, nos vemos luego- declaró atropelladamente y se alejó de ellas lo más rápido que pudo.


Snape no podía sacarse de la cabeza las palabras de Albus. Tenía más que claro que el viejo sólo era un retrato pegado a la pared, pero no podía evitar sentir que se le revolvía el estómago cada vez que lo recordaba. ¿Granger hacerlo feliz a él? ¿Cómo? Para colmo había soñado con ella. Se sentía agobiado.

Veía crepitar el fuego de la pequeña chimenea de su habitación, sentado en la butaca en que pasó tantas noches despierto, dejando a sus pensamientos divagar libremente por una vez. Quizá le serviría para comprender lo que estaba sucediéndole. Tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas apoyadas en los labios.

"...la oportunidad de volver a sentir...".

"¿Sentir qué?", pensó. Sentía muchas cosas, menos estar vivo. Vivía porque no le quedaba otra cosa que hacer. Sin un objetivo claro, sin un motivo. Vivía por instinto. Sabía que volvería el dolor sólo para fastidiarlo. Tuvo que haber muerto aquella noche en La Casa de los Gritos, así al menos no le pesaría tanto el alma. Apoyó la espalda en el sillón, apretando los puños con fuerza. Era un milagro que estuviera con vida... para él una tortura. Su destino era morir tan solo como había vivido... y Potter y sus amigos no lo dejaron... Granger no lo dejó. Recordó la expresión conmocionada de su rostro cuando intentaba salvarlo a toda costa.

"¿Por qué?", volvió a preguntarse al igual que el día después de la guerra. ¿Por qué demonios seguía respirando? No se merecía el aire, ni ocupar un espacio en ese mundo. Tampoco merecía las sonrisas de una jovencita, ni sus abrazos... ni su beso. "¿Sentir qué? ¿Qué siento? ¿Qué podría llegar a sentir?".

Se pasó las manos por la cara. Sólo podía sentir desesperación y dolor. El maldito dolor que había vuelto sin permiso. Recordar a Granger sólo empeoraba las cosas. Por momentos conseguía apaciguarse, pero había algo que le remordía la consciencia y no sabía qué era. A pesar de todas las cientas de veces que había intentado averiguarlo, seguía sin saberlo.

Y sólo podía distinguirla a ella en todo ese caos.


-¡¿Felix Felicis?!- exclamó Harry sin poder creérselo.

Era viernes y Hermione tenía que ir en unas horas al despacho de Snape, así que decidió contarle a sus amigos lo que estaba haciendo. Todos la quedaron mirando pasmados.

-Sí, nada más ni nada menos- sentenció con un dejo de orgullo en la voz, intentando que no se le notara lo feliz e inquieta que estaba por estar a solas con su profesor otra vez.

Sus amigos sentían una evidente envidia porque ella pudiera ver la preparación de esa poción tan complicada. Se demoraba seis meses en estar terminada, y por eso no la habían hecho nunca en clases. Sólo la vieron aquella vez en sexto con Slughorn.

Hermione se percató de un extraño brillo en los ojos de Ginny, que no le quitaba la vista de encima.

-¿Cuándo va a estar lista?- preguntó Ron-. Podrías, ya sabes, sacar un poco para nosotros sin que Snape lo note.

-¡Ron!- vociferó ella, ofendida-. ¿Cómo crees que le robaría a Snape frente a sus narices?

-Tienes razón, es muy grande- Todos se echaron a reír, pero la castaña se enfureció y lo golpeó en el hombro con aquel libro viejo y gastado-. ¡Está bien! Era sólo una idea- Hermione lo observó, frunciendo el ceño.

Cambiaron el tema y Ginny aprovechó para tomarla por el brazo y apartarla de los demás. Se le notaba a leguas que algo estaba maquinando, sólo le faltaba una bombilla brillando sobre su cabeza.

-¿Qué pasa?- inquirió Hermione, intrigada.

-Se me ocurrió algo para que puedas conquistarlo.

-Ginny, ya basta con eso. Además, ¿por qué crees que quiero conquistarlo? Primero: es imposible, segundo: es Snape, y tercero: no quiero hacerlo- declaró, contando con los dedos todas las razones que tenía para no intentar algo con él.

-Ay, vamos, sé que sí quieres. Nunca te había visto así por nadie, Hermione. ¡Debes intentarlo!- Hermione la observó con ojos dubitativos. Se cruzó de brazos y alzó las cejas-. ¿Ves? Hasta tienes sus mismas expresiones.

-A ver, cuéntame tu tan brillante plan- dijo, sin reparar en el último comentario de Ginny. Se espantó de sólo pensar que realmente estaba comenzando a afectarle la compañía de Snape, a tal punto de actuar como él.

Ginny le rodeó los hombros y pegó el rostro al suyo.

-Mira, si tomas una muestra de Felix Felicis sin que se dé cuenta, como dijo Ron, no habría forma de fallar. ¿Entiendes?- Hermione contuvo la respiración-. Sería sólo... jugar tus cartas. Usar un poquito de "suerte".

- Ginny... es una locura- Comenzaron a sudarle las manos-. ¿Y si me descubre?

-Mejor pedir perdón que permiso. Perderías más si no lo intentas.

Quizá tenía razón... quizá no era una idea tan mala. ¿Pero si Snape se daba cuenta, qué le diría? Tendría que inventarse alguna coartada lo suficientemene convincente.

-¿Cuándo estará lista?- preguntó Ginny con emoción.

-En unos... dos meses, más o menos.

-Genial. Tendremos tiempo suficiente para que caiga rendido a tus pies- Hermione se ruborizó al imaginarlo. ¿Snape rendido a sus pies? Era descabellado. Miró a su amiga sin poder evitar sonreír, y comenzaron a reír a carcajadas. Aquello había sido demasiado para su imaginación.

-Gracias, Ginny- dijo cuando por fin pudo tranquilizarse. Sin la comprensiva compañía de su amiga se hubiera vuelto loca. Sabía que no podía entender por qué sentía algo así por su profesor, pero no le decía nada. Tampoco podría llegar a entenderlo nunca. Sólo ella veía en Snape algo que para los demás pasaba inadvertido. Sólo ella compartía tantas horas a solas con él, sólo ella lo había visto sonreír con honestidad y sin tapujos. Y sólo a ella la había abrazado de una forma protectora que la abrumaba. Así que sólo ella podía sentir lo que sentía. No le importaba que a los demás les pareciera una insensatez. Nadie jamás podría entenderlo.

-No tienes nada que agradecer. Que hayas perdido totalmente la cabeza no es excusa para dejar de apoyarte- La abrazó y miró al reloj que reposaba sobre la chimenea de la Sala Común-. Debes irte si no quieres llegar atrasada a tu cita- sentenció, guiñándole un ojo.

Hermione se sobresaltó, también miró el reloj y sintió que caería desmayada por los nervios. Su corazón comenzó a palpitar con violencia. Se despidió de sus amigos y se perdió de vista.


La temperatura en las mazmorras disminuía aún más durante esa época del año. Las paredes parecían congelarse.

La chica caminaba con prisa, restregándose las manos para calentarlas, veía su propia respiración convertirse en blanco vapor. Lamentó no haberse abrigado más, tenía muchísimo frío.

Cuando llegó al despacho de su profesor, vio que la puerta estaba abierta. Era extraño, Snape jamás hacía eso.

Asomó la cabeza lentamente, cruzándose la túnica sobre el pecho para aguantar el insorportable frío que comenzaba a calarle en los huesos. Snape no estaba por ninguna parte, y tampoco había atisbo alguno de que se encontrara cerca. ¿Lo habría olvidado? No, sería muy impropio de él, que prefería morir antes que dejar de lado sus obligaciones. Literalmente.

Entró, mirando en deredor. ¿Estaría en su habitación?

-¿Profesor Snape?- tanteó, sin poder dejar de temblar a causa del gélido ambiente. No oyó nada. Ni el más mínimo ruido. Se aventuró hacia su cuarto, dejándose llevar por la soledad. No supo cuánto tiempo permaneció inmóvil con la mano en el pomo de la puerta. Si se lo encontraba ahí dentro se metería en un gran lío, y probablemente el plan que había ideado Ginny se iría a la basura.

Pero... la curiosidad era demasiada. No podía con ella. Sólo echaría un pequeño vistazo a la intimidad de su habitación.

Giró la manilla con extrema lentitud, estaba abriendo cuando, sin previo aviso, una mano grande y blanca se posó sobre la suya con fuerza, obligándola a cerrar la puerta. Se asustó tanto que pegó un grito y se puso la mano libre en el pecho, como para que no se le saliera el corazón, que comenzó a bombear sangre con furor.

Trató de voltearse, pero no pudo por el estoico agarre de Snape.

-¿Qué cree que hace, Granger?- Hermione sintió la respiración de él sobre su nuca y cuello. Se estremeció. ¿Por qué no la soltaba? Giró la cabeza y se encontró con su rostro. Muy cerca. Snape estaba inclinado hacia adelante para quedar a su altura. Y el tiempo quedó en pausa. La chica tenía la boca entreabierta por la conmoción. No pudo evitarlo más y bajó la vista de sus ojos a su boca. Tan cerca. El profesor la soltó y se irguió para recuperar una distancia prudente.

-Como no estaba... pensé que... quizá podría estar aquí- explicó, enredándose con las palabras.

-¿Piensa que puede llegar y husmear así como así en mi despacho?

-No, señor. Sólo... lo estaba buscando- No podía dejar de mirarlo. Debía recobrar la compostura cuanto antes.

-No juegue con mi panciencia, Granger.

-No lo hago.

Snape la tomó del hombro para dirigirla a su habitual puesto de trabajo. ¿Era una broma? ¿No se daba cuenta de lo que le producía su tacto? Sintió cómo apretaba ligeramente sus dedos sobre ella. Si no dejaba de tocarla no podría hacerse responsable de sus actos. Por suerte la soltó justo a tiempo.

Se puso manos a la obra sin decir nada más. Cómo gozaba verlo. No necesitaba nada más que verlo, estar en su compañía. Se sintió la mujer más afortunada y feliz del mundo al estar con él... y sintió que jamás se le pasaría.

El profesor se percató de los temblores de ella, vio el vaho de su respiración entrecortada por el frío y sus labios ligeramente morados. La chica no había querido decirle lo congelada que estaba para no molestarlo. Así que él sacó la varita de entre su túnica, la agitó y un gran fuego comenzó a crepitar en la chimenea que se hallaba detrás de ella.

Hermione se sorprendió. El profesor no cruzó ninguna palabra, simplemente lo hizo... para que ella se sintiera mejor. ¿O no? ¿O él también tenía frío?

-Gracias- dijo, sin poder contenerse. Snape arrugó el entrecejo sin mirarla.


¿Qué hacía Granger entrando en su habitación? Sólo había salido por unos minutos para buscar unos ingredientes al despacho de Slughorn.

Le tomó la mano cuando estaba a punto de entrar. Chiquilla impertinente. Ya no la podía soltar. Sentía la piel fría y suave de ella bajo su mano. Su aroma. Su nerviosismo. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Volteó a mirarlo, a mirar sus labios. Se incomodó y se alejó.

¿Cómo lograba ponerlo así sólo con mirarlo? Es que lo miraba con descaro. ¿Qué rayos pasaría por su cabeza?

Al tocar su hombro, una descarga eléctrica atravesó su corazón. Apretó la mano sobre ella por impulso. ¿Impulso de qué? La soltó al percatarse de que estaba ansiando tenerla más cerca. ¿Era un pervertido o qué?

Quizá había estado demasiado tiempo solo... pero la chica no tenía la culpa de eso. Él tampoco. De todas formas seguía siendo hombre y seguía teniendo necesidades. Pero no podía permitirse pensar ese tipo de cosas por tener a Granger al lado. No era un depravado, claro que no.

La quería tener cerca... ¿por qué?

"Porque es la única persona que no me quiere tener lejos", pensó cuando la veía marcharse.


El invierno quedó atrás. El tiempo era un tanto más cálido y agradable. Estaba con Ginny bajo la sombra de un árbol, aprovechando que tenían la tarde libre y de un día especialmente soleado.

Después de una insufrible espera, por fin había llegado el día. Esa noche debía robar un poco de Felix Felicis, trazando su futuro. En esa instancia ya no sentía tanta seguridad como antes, algo le decía que todo terminaría en un completo desastre. Le expresó sus dudas a la pelirroja, que no se mostró para nada insegura.

-Esta es la noche, Hermione. Debes tener confianza, todo saldrá bien.

-¿Y si no? Me estoy muriendo de miedo.

-Por lo menos ya sabes que no es un simple encaprichamiento. Si no lo haces tú, él no lo hará, ¿eres consciente de eso?- Hermione apoyó la cabeza en una mano. Estaba completamente abrumada.

-Sí, lo sé.

-Se me ocurrió algo para asegurarnos de que, efectivamente, funcione- Ginny le hablaba con una certidumbre absoluta-. La única condición es que... Harry debe saberlo.

-¡No! ¡Nada de eso!- replicó, negando con las manos impetuosamente.

-Hermione...- suspiró-. En algún momento lo sabrá. Si él nos ayuda... hay más posibilidades de tener éxito- Hermione no sabía qué pensar. ¿Contarle a Harry? Eso era demasiado, pero, por otro lado, ansiaba saber lo que planeaba Ginny esta vez. Dudó.

-¡Pero tiene que jurar que no se lo dirá a Ron ni a nadie! De otra forma no lo haré.

-Por supuesto.

-Cuenta... ¿qué es?- dijo sin muchas ganas.

-Usaremos el Mapa del Merodeador- declaró Ginny-. Cuando hayas terminado, te dirigirás a un punto en específico del despacho, entonces nosotros llamaremos a la puerta para distraerlo y tú lo haces- Hermione reflexionó el plan con detenimiento. Podría funcionar.

-Pero... si los ve a esas horas fuera de la Sala Común, les restará puntos y podría castigarlos.

-¡Eso da igual ahora, Hermione! Nos quedan sólo unos meses para salir, ¿crees que a mí o a Harry nos importará?

-No... es que...

-¡Es todo!- exclamó la pelirroja, zanjando el asunto-. Iremos en este mismo instante con él para contarle todo- Se puso de pie tomando a Hermione de la mano.

Encontraron a Harry en los jardines, jugando al ajedrez mágico con Ron y Neville, que sólo observaba. Se acercaron a los chicos dando grandes zancadas, ellos las miraron con cierto asombro.

-Harry, necesitamos hablar contigo un momento a solas- dijo Ginny, con un tono tan grave que no daba lugar a réplicas. El muchacho la miró confundido, pero no esperó para ponerse de pie y seguirlas al interior del castillo. Les lanzó una última mirada a sus amigos, encogiéndose de hombros.

Ginny los dejó a medio camino, diciendo que lo mejor era que hablaran del tema solos.

Harry y Hermione buscaron un aula vacía, entraron y la cerraron con un hechizo para que nadie los importunara.

-¿Qué pasa?- preguntó Harry un tanto asustado.

-Harry, esto es muy difícil para mí, así que te pido, por favor, que sólo me escuches y no preguntes nada, ¿sí?- Él asintió, sin comprender. La chica tomó aire hondamente y cerró los ojos. Sería lo más directa posible-. Estoy enamorada de Snape- El impacto se apoderó del rostro de Harry. Se le desencajó la mandíbula.

-¡¿Quéee?!- vociferó.

-Te dije que no preguntaras- soltó Hermione-. Escucha lo siguiente: esta noche robaré un poco de Felix Felicis. Ginny y tú me ayudarán usando el Mapa del Merodeador. Cuando terminemos de preparar la poción, me dirigiré a una esquina del despacho, ustedes podrán verme en el mapa, entonces deben tocar a la puerta para distraerlo y así yo poder sacar un poco sin que se dé cuenta. ¿Me entendiste?

El chico la miró abriendo y cerrando la boca. ¿Hermione acababa de decir que estaba enamorada de Snape? Algo debía estar mal. No podía ser cierto.

-¿Me entendiste, Harry?- insistió ella, tomándolo de los hombros.

-S-sí...- tartamudeó él.

-Bien. Luego aclaras los detalles con Ginny porque yo estoy a punto de desmayarme- concluyó Hermione. Fue hacia la salida con su amigo agarrándolo por el brazo, ya que parecía haber sido víctima de un hechizo de inmovilización total. Le dio un fugaz beso en la mejilla y lo dejó en el corredor, solo y consternado.


Llamó a la puerta del despacho de Snape. Él la hizo pasar. Entró sintiéndose la persona más vil de la Tierra. Se había puesto un abrigo por encima de la túnica, cosa innecesaria dado que el profesor había tomado la costumbre de tener la chimenea prendida antes de que ella llegara y de que había pasado el frío del invierno. Sin embargo, no se lo había puesto para mantenerse abrigada, sino para tener una excusa para sacárselo. Lo hizo y lo fue a dejar en una repisa del rincón más alejado que encontró. Era el plan perfecto.

-Buenas noches, profesor- dijo una vez que se encontró frente a él, que respondió mirándola y haciendo un movimiento casi imperceptible con las cejas.

Los minutos le parecían años, y ya no por el hecho de estar con él. Lo veía revolver la poción sin cesar mientras movía la varita recitando palabras en un idioma que no supo identificar y agregaba algunos ingredientes. De vez en cuando le hablaba para explicarle qué es lo que estaba haciendo y cómo. Ella no entendía absolutamente nada. Sabía que tenía que prestarlr toda la atención posible, pero no podía.

Hermione mantenía la vista fija en la poción cuando sintió la mirada de Snape sobre ella. Alzó la cabeza y lo encontró observándola de una forma que no lo había hecho nunca. ¿Le estaría leyendo la mente, cómo podía saberlo? ¿Se sentía algo cuando alguien te leía la mente? Comenzó a preocuparse. Lo más sensato era dejar de mirarlo para no arriesgarse. Bajó los ojos y frunció el ceño para parecer concentrada. El estómago se le había encogido dolorosamente, y sentía que en cualquier momento podría ver su corazón palpitando furioso a través de su ropa.

El hombre continuó con lo que estaba haciendo.

"No es nada. No lo sabe, no lo sabe", se decía sin cansancio. Lo escuchó decir algo como que era el último paso, no estaba del todo segura. Él agregó unas gotas de un líquido plateado casi incorpóreo, parecido a un pensamiento. Revolvió la poción con tanta parsimonia que la sorprendió: nunca hubiera imaginado que el profesor poseyera tanta delicadeza en sus manos. Podría decirse que la trataba casi con amor. Perdió el sentido del tiempo y olvidó todo. Contemplándolo, disfrutándolo... amándolo en silencio. En ese momento no necesitaba nada más para sentirse bien, no necesitaba de planes y confabulaciones, ni de ninguna poción que la ayudara. Tan sólo así: con él, era feliz.

-Ya está- murmuró el profesor. Poco a poco la poción comenzó a tornarse de un color oro profundo. Varias gotas saltaban cual si fueran peces sobre la superficie. Había salido a la perfección. Hermione sonrió. Claro que saldría perfecta si fue Snape quien la hizo.

Harry y Ginny permanecían afuera del despacho cubiertos por la Capa de Invisibilidad por si Snape salía antes de lo esperado, observando el Mapa del Merodeador sin siquiera atreverse a respirar. El chico le hizo un millón de preguntas a su novia para poder comprender qué era lo que estaba pasando, si Hermione se había vuelto loca o qué, y luego de que ella le explicara un millón de veces más pudo asimilarlo, no sin sentirse completamente trastornado.

De pronto el pequeño punto de Hermione comenzó a moverse hacia una esquina, y supieron que el momento había llegado. Ginny se quitó la capa y llamó a la puerta; habían decidido que era mejor que Snape la viera sólo a ella, ya que podría molestarle más la presencia de Harry. Él se quedó con el mapa, y vio cómo Snape se acercaba a ellos mientras que su amiga volvía rápidamente donde había estado unos segundos antes.

La puerta se abrió, el profesor entrecerró los ojos para acostumbrarse a la oscuridad, y vio a Ginny frente a él.

-¿Weasley? ¿Qué hace aquí?- inquirió con tono de enfado.

-Lo que pasa es que buscan a Hermione, profesor- contestó la pelirroja. No se distinguió ni un dejo de mentira en su voz.

-Granger ya se iba- sentenció, y esbozó su típica mueca de triunfo-. ¿Sabe que no puede andar por el castillo a estas horas, señorita Weasley?

-Sí, señor, pero se trata de una urgencia- Él alzó una ceja y se dio vuelta. La chica sintió su corazón dar un vuelco, pero el susto se le pasó de inmediato al ver a Hermione caminar hacia ellos con la cabeza baja, a paso rápido.

-La buscan, Granger- dijo, dejándola salir, sin dejar de mirarla. Ginny notó cómo Snape ponía la mano sobre la espalda de Hermione al ésta pasar por su lado. Tuvo que esforzarse para no sonreír: era una muestra de cercanía inédita.

-¿Qué ocurre, Ginny?- preguntó la castaña.

-Te necesitan en la Sala Común ahora- Hermione se giró a ver a Snape.

-Gracias, profesor, buenas noches- soltó precipitadamente, tenía que reprimir las ganas de salir corriendo.

-Buenas noches, Granger- se despidió. "¿Se despidió?", pensó Hermione, turbada-. Weasley... cinco puntos menos para Gryffindor- No dijo más y les cerró la puerta en la cara.

-¿La tienes?- preguntó Ginny en un susurro que apenas se oyó.

Hermione se mordió el labio inferior y asintió con la cabeza. Sacó de su bolsillo un pequeño frasco que contenía la dorada poción.

Tenía la suerte entre sus dedos.


Nos acercamos al final de la historia juju Ahora todo está echado a la suerte, literalmente.

¡Espero que les guste!

Como siempre, gracias por leer.

¡Un beso!