7. "Hans el Conquistador"
Altas murallas de ladrillo y cantera, con tantas torres que pronto Anna desistió de contarlas, sobre las cuales ondeaban banderines de verde y carmín; resguardaban humildes casas de adobe amontonadas unas sobre otras. En las azoteas y ventanas colgaban alfombras y ropas de colores vivos, al tiempo que sobre las calles se asomaban verdes palmeras junto a los minaretes. Visible desde todas partes, sobre la cumbre de una colina al centro de la ciudad se erigía el majestuoso palacio del sultán; rodeado de jardines de olivo, granado, almenar y flores de mil fragancias y colores; grandes torres de mármol blanco sostenían cúpulas enteramente cubiertas de oro de tal forma que cada una parecía levantar un pequeño sol.
—Bien, amigos míos, ésta es Agrabah: la ciudad del misterio y el encanto, además de los dulces más sabrosos de este lado del Jordán. —Dijo Tárek con una solemnidad que resultó casi cómica. — Anna, creo que te gustarán mucho. Estoy seguro que si logran una audiencia con el sultán, les podrá ayudar a encontrar lo que buscan.
Al extremo oeste, detrás de la muralla, se observaba un barrio entero de casas corroídas con ventanas y puertas rotas o de plano reducidas escombros. Todas cubiertas por un espeso polvo negro, resultado de un gran incendio.
— ¿Tuviste algo que ver con eso? —Preguntó Elsa a Tárek, él bajó la mirada y asintió penosamente.
Mientras el joven insistía en convencer a las hermanas que todo había sido un accidente, Kristoff atinó a escuchar un estruendo por detrás que se hizo gradualmente más y más fuerte, haciendo vibrar la tierra. Al voltear, alcanzó a ver una masa amorfa que dejaba tras de sí una opaca nube de polvo. Soltó un grito del susto y en acto reflejo tiró con fuerza de las riendas de Sven para no ser arroyado por un grupo de jinetes que se lanzaban a todo galope hacia la ciudad.
— ¿¡Cuál es su problema!? —Exclamó, indignado. — ¿Qué no ven por donde pasan?
En verdad los jinetes veían perfectamente, pero no les importaba en lo más mínimo quién se encontrara en su camino. No pararían ni se moverían sólo por respetar a una vulgar caravana de comerciantes, que fue por lo que confundieron a nuestros viajeros. Kristoff miró detenidamente y descubrió veinte soldados de horrible estampa, vestidos con uniformes grises y fusiles en la espalda que cabalgaban hacia las puertas de la muralla. A la cabeza montaban tres hombres sobre caballos negros como el carbón, de lomo ancho y musculosas extremidades. El del centro vestía un traje al estilo agrabino, con fibras de oro y tantas joyas que rayaban en el mal gusto. En cambio, sus dos acompañantes portaban casacas, soberbios uniformes que delataban su condición de príncipes y extranjeros.
—Será mejor que no te hayan escuchado, mi amigo. Ese que va al frente es el Príncipe Ahmed Ababwa — Comentó Tárek.
Cuando Anna acertó a verlos, se puso tan colorada como si se le hubiese subido toda la sangre a la cabeza. Y si ya conoces la primera historia de Frozen, arrugarás la nariz al saber que uno de aquellos hombres era del mismo Príncipe Hans, quien tiempo atrás había intentado matarla a ella y su hermana para coronarse rey de Arendelle. El otro hombre, de aspecto más maduro, era el mayor de sus hermanos.
"¿Qué hace Hans en Agrabah?", se preguntó Elsa, La última vez que la Reina había tenido noticias de él, supo que Rey Leopoldo lo había mandado encerrar por el escándalo que armó en Arendelle.
— ¿No lo ves? — Contestó Anna. —Esto lo confirma todo. Ellos usaron el espejo y están aquí por él.
—Entonces tendremos que ser más cuidadosos. — Inquirió Kristoff. —Si tocamos la puerta y se enteran que estamos aquí, no creo que nos den una calurosa bienvenida ¿Cómo haremos para entrar? No sabemos siquiera si el Sultán está de su lado.
— ¿Dices que el Sultán sirve a unos extranjeros? — Y tanto Tárek como Darfur le arrojaron un gesto de desaprobación tal que a Kristoff no se le ocurrió volver a mencionar tal cosa.
— Sea como sea, tienes razón, habrá que ser astutos. — Contestó el bandido. —Vengan conmigo.
De modo que no entraron inmediatamente a la ciudad, sino que pasaron a una venta a las afueras a comer, descansar y elaborar un plan para entrar en cubierto. Estando ahí la ventera, una adolescente de rostro moreno y ojos coquetos, les contó la tristísima situación que pasaba el reino:
"Deben saber que Sultán y sus dos hijos siempre habían sido hombres buenos que nunca habían hecho mal a nadie. Pero el hijo mayor ¡Dios nos libre! de un día para otro se convirtió en un hombre malvado. Hace unos meses llegó un príncipe sudislandés, de piel blanca y alma bárbara, heredero de su reino y trabó gran amistad con él. Una noche, los dos regresaban de una cabalgata en el desierto cuando, de la nada, el Príncipe Ahmed se enojó contra su hermano menor y sin más razón lo mandó ahorcar. Tomó las arcas del reino para comprar vino, comida y buenas compañías. Organizó fiestas que duraron semanas en las que se mostró desmedidamente generoso con todos: bastaba con que algún invitado entrara a su casa y señalara un objeto para que el príncipe contestara: "Es tuyo".
Todo ello lastimaba el corazón del Sultán, pero nada podía hacer porque un día le había dicho: "Hijo mío, tienes derecho a hacer de tu vida lo que te plazca y yo no voy intervenir". De modo que el príncipe gastó y derrochó hasta que las arcas del reino quedaron vacías. Entonces pidió ayuda su amigo, el príncipe bárbaro. Este se fue a su reino; pero no tardó en regresar acompañado del más joven de sus hermanos y un cuerpo de soldados ofreciendo ayuda. El Príncipe Ahmed los recibió con alegría y, al ver que confiaba en ellos, los extranjeros hicieron un plan para engañarle. Lo mimaron con regalos y atenciones hasta que, un día, los sudislandeses le preguntaron: "¿No es cierto que te hemos ayudado en todo lo que nos has pedido?", el Príncipe Ahmed respondió que sí. "¿Consideras justo entonces, que cuando pidamos tu ayuda, correrás en nuestro auxilio?", el Príncipe respondió que sí de nuevo.
Desde entonces, cada noche se abren las puertas del palacio y parten de ella los tres príncipes junto a su horrible séquito de soldados. ¡Pobre de aquel incauto que ande afuera a esas horas! Si tiene la mala fortuna de encontrarse con ellos, lo atraparán, lo montarán a una bestia y lo llevarán al desierto para nunca volver a ver visto. ¡En verdad estos son tiempos tristes! — Se lamentó la muchacha. — La gente está asustada, el Sultán impotente y su hijo se porta como tirano aunque todos saben que obedece a otro rey, ese tal Leopoldo."
— Ya me estoy cansando de oír del Rey Leopoldo. —Se quejó Anna. — Si lo tuviera frente a mí, le metería un puñetazo tan fuerte que lo sentirían todos sus hijos.
—No te preocupes, ya tendrás la oportunidad de desquitarte. — Murmuró Tárek. Tomó una taza de té que humeaba sobre una bandeja que sostenía la ventera y se la bebió de un sorbo. — Por lo pronto, acérquense, esto es lo que haremos.
Cuando el joven terminó de explicar su plan, nadie quedó especialmente encantado. Sobre todo Kristoff, pues implicaba bañarlo, arreglarlo, peinarlo y hasta maquillarlo. Protestó, pero Tárek le contestó, mitad en broma, mitad en serio: "Puede que no bañarse en un país frío tenga sus ventajas, pero aquí lo consideran bastante desagradable". Mandaron a la ventera a comprar ropas nuevas y, como se les acabaron las monedas, Elsa le regaló una preciosa flor de hielo:
—Todo va a estar bien. — Le dijo la reina tiernamente. Al recibirla, la muchacha se quedó atónita, pues aquella cantidad de hielo cubría los gastos de varios meses. Se deshizo en palabras de agradecimiento, corrió a ponerle sal y se apresuró al mercado a cambiarla por oro. Elsa, Kristoff, Anna, Tárek y Darfur esperaron hasta que la chica regresó con sus encargos. Se cambiaron, dejaron en la posada los caballos y se llevaron a Sven por las riendas hacia la muralla.
—Ahora, no digan una palabra, sólo imaginen que Darfur y yo somos sus sirvientes y todo a su alrededor les parece bajo e indigno.
— ¿Quién llama? — Gritó el guardia cuando vio a los viajeros.
—La paz sea contigo, guardián de las puertas. —Saludó Tárek cortésmente. Con gesto solemne señaló a Kristoff, muy bien peinado y con elegantes ropas de seda; enderezado y con el mentón alzado montaba a Sven de un modo que a Anna, en otras circunstancias, le habría parecido una extraña mezcla entre chistoso y atractivo. —He aquí el Príncipe Gustav de las Islas del Sur, quien viene a su audiencia con el Sultán y a dar las cortesías a sus hermanos.
—El Sultán está indispuesto y no desea ver a nadie. No me han informado sobre la visita de un tercer príncipe ¿Cómo sé que dices verdad?
— ¡Vaya! Me extraña mucho que no le hubieran avisado, pero ya ve usted cómo son los mensajeros en estos días, son demasiado despistados. Ahora, si nos hiciera el favor de abrir la puerta.
—Te repito que no he sido informado de ninguna visita ¿Cómo sé que no son embusteros?
—Mi buen señor, ¿No mira usted a este magnífico reno? Un hermoso ejemplar traído desde las lejanas tierras del Norte ¡Mire, está tan bien amaestrado que hasta lo puede montar! ¿No le parece una maravilla? Un presente de Su Alteza sólo digno para el Sultán ¿Que más prueba quiere que este exquisito regalo?
Pero el guardia era de carácter necio y demasiado suspicaz. No les quitó el ojo de encima y murmuró — ¿Sabes que si mienten deberé encerrarlos en el calabozo?
— ¡Ay de ti si le pones una mano encima al Príncipe o a sus doncellas! — Le advirtió con firmeza el ladrón.
Kristoff comprendió qué estaba pasando e inmediatamente lanzó un gesto de absoluto desprecio. Las dos hermanas siguieron el juego y se quejaron de la estupidez del guardia junto al insoportable calor.
— ¡Qué horror! — Exclamó Anna. —Nunca me habían tratado así. Se supone que íbamos a darle una sorpresa a Hans y ahora no podremos por los caprichos de un vulgar guardia. Gustav, cuando lleguemos con el Príncipe Ahmed, quiero hablarle personalmente sobre este hombre.
Inmediatamente, el rostro del guardia perdió todo color. Se deshizo en disculpas a las doncellas, dio sinfín de reverencias a todos y en un santiamén hizo que las puestas se abrieran.
—Es usted un soldado ejemplar y sus servicios serán recompensados. Pero por el momento, todo esto debe permanecer en secreto, de lo contrario, el Príncipe Hans se enfurecerá y nadie desea eso. — Dijo Tárek antes de cruzar la entrada, se volvió ante Anna, Kristoff y Elsa: Tomó a Darfur por la espalda y les murmuró, con un gesto que adivinaba una inmensa gratitud:
— Aquí nos despedimos, amigos míos. Ni Darfur ni yo podemos entrar a la ciudad si no es con el perdón de Sultán. Anna, por favor no te olvides nuestro trato y, Elsa, espero que ya no haya remordimientos entre nosotros.
La Reina le sonrió gentilmente, asintió y se fue. Él la miró atravesar las puertas hasta que su delgada figura se perdió entre la multitud de personas que caminaban apurados de un lado a otro. Percibió un leve punzar en el pecho y lo sorprendió un pensamiento que no pudo explicarse: Desde que iniciaron el viaje, una de las cosas que más deseaba era apartarse de la Reina; pero ahora que realmente se alejaba, se le ocurrió que la extrañaría un poco. Elsa, por su parte, sabía que no habrían podido llegar hasta allá de no ser por él y estaba sinceramente agradecida, pero tampoco se le olvidaba que había tratado de vender a su hermana y las había ayudado sólo para ayudarse a sí mismo. Así que, más pronto que tarde, se sintió tranquila de haber dejado al ladrón atrás.
Cruzaron, con gran deleite de su parte, a través del bazar la ciudad entre personas con largas túnicas y turbantes en la cabeza que curioseaban entre raros objetos provenientes de todos los países. El aroma agridulce que inundaba el ambiente era una novedad, olor de especias y comida callejera. Comerciantes exclamaban con voz estridente, entre incesantes regateos y chismes, sobre hermosas y coloridas telas, frutas de aspecto extraño y animales de todas las especies y tamaños. Les llamaron mucho la atención las mujeres que iban cubiertas con velos de colores vivos y hombres barbudos con argollas en las orejas mientras se abrían paso entre la ruidosa jauría de caminantes, vendedores y sus mercancías.
Muchos de ellos se quedaron observando a los viajeros: al principio con recelo, incluso un poco de temor; tanto así que la reina de Arendelle comenzó a sentirse incómoda. Algunos volteaban asustados, agarraban sus cosas, sujetaban a los niños y se apartaban de ellos: "Ahí van otras de aquellas bestias del norte", murmuraban. Una pequeña niña logró zafarse de la mano de su madre y se escabulló hacia Elsa con los ojos brillando de curiosidad: ¿Quién era esa muchacha de mirada doliente, de piel y trenza tan blancas? ¿Y esa otra de sonrisa amable y pecas por doquier? No lo sabía, pero al verlas atinó a pensar que eran las criaturas más bonitas que hubiera visto.
— ¡Pero qué lindas son! — Exclamó, otra niñita repitió lo mismo y, en cuanto se dieron cuenta, una multitud de criaturas las seguía con ternura y asombro. La Reina de las Nieves sonrió y les devolvió un tímido saludo, de modo los padres de los niños se tranquilizaron. No obstante, la curiosidad no les duró mucho tiempo, pues al extremo de la calle, una potente voz obligó a todos a moverse:
— ¡Abran paso al Sultán Cassim Ababwa, de la noble raza de ladrones que se convirtieron en reyes! — Anunció el pregonero. Todos en el mercado se agitaron y arremolinaron, recogieron sus mercancías, los padres tomaros a sus niños y pronto ya nadie se acordó de los extraños viajeros. Se apretujaron los unos a otros con el fin de despejar la calle y entre la agitación, Anna perdió de vista a Elsa y a Kristoff, alguien le dio un fuerte empujón y del pecho de la princesa cayó un objeto pequeño y brillante. Se trataba del anillo que la Reina Arianna le había obsequiado en Corona y pertenecido a su madre: habían pasado por tantas cosas desde aquel momento, que la princesa había olvidado que lo traía consigo.
Corrió a recogerlo, pero cuando alzó la mirada se vio envuelta en un revolotear de cortinas de seda y campanas plateadas. Gateó como pudo entre siervas y siervos que no hacían menor reparo en ella. Un hombre a caballo bajó de su animal, tomó el anillo antes que ella y examinó la gema detenidamente. De cuerpo ancho, rostro apiñonado y afable, cubierto por la barba más blanca y esponjada que jamás hubiera visto; el Sultán de Agrabah fijó sus ojos en Anna y preguntó con voz grave y cálida:
— Niña, ¿Esto es tuyo?
La princesa respondió afirmativamente y, en menos tiempo del que tardó en reaccionar, el monarca ordenó que le trajesen otro caballo, Cuando la princesa se encontró montando junto a él rumbo a su palacio. En el camino, el Sultán le contó a Anna:
— Este anillo le perteneció a un viejo amigo. Venía de un país muy lejano de nieblas, hielo y auroras boreales. Éramos jóvenes y se lo obsequié el día que me sacó de un aprieto ¿Sabes tú quién fue su dueño anterior?
Ella le contestó que su padre se lo había regalado a su madre hace muchos años y, si lo tenía, era porque la reina de Corona se lo había entregado para dárselo a su hermana. Para su gran sorpresa, el rostro del hombre se iluminó y la llamó por su nombre, como cuando se recibe a un familiar al que no se ha visto en mucho tiempo, pero se recuerda con cariño.
— ¡Eres Anna! ¡Pero cuánto has crecido! — Exclamó contento.
Durante el camino, Anna descubrió que; cuando sólo eran jóvenes príncipes, el Rey Adgar había ido a Agrabah y pasado por muchas aventuras junto con el Sultán Cassim, lo que forjó en poco tiempo una gran amistad. La princesa, por su parte, le contó lo acontecido desde el día en que se separó de Elsa y cómo llegaron hasta allí. Habló del espejo, de su viaje, su hermana y cómo el bandido las había ayudado a llegar. El monarca la escuchó atentamente y conversaron hasta que atravesar la entrada del palacio real.
Llegaron a un verde y hermoso jardín lleno de tupidos árboles, algunos tan amontonados que parecían auténticas selvas. Entre sus ramas piaban pequeños pájaros, contentos de encontrar entre sus ramas refugio del ardiente Sol. Al centro, una hermosa fuente de mármol regaba un borboteo sonoro de agua fresca y miles de flores de jazmín envolvían el aire con aroma exquisito.
— Si ese muchacho te ha ayudado a llegar hasta aquí, no puede haber tanta maldad en su corazón. No te preocupes, haré que se anuncie que lo he perdonado. —Y en los ojos del Sultán había alegría, aunque también se percibía la dignidad de un hombre que oculta una gran pena. — Me da gusto saber que tu hermana ya controla su poder. La última vez que supe de ella, tu padre seguía muy preocupado. Es una lástima que éstos príncipes no aprecien la magia como tú y yo. Aunque eso no ha impedido que Leopoldo y sus hijos usen la magia de un espejo para lo que les conviene. Fue muy sabio quien dijo:
Cuando la ira se apodera del corazón de los hombres, es mucho más fácil controlar sus mentes.
Sí, querida, mi hijo está bajo el mismo hechizo que orilló a tu gente a expulsarte de tu reino. Y me temo que sólo una magia más poderosa puede vencer ese conjuro. De lo contrario, nada evitaría a la oscuridad en sus corazones consumirlos por completo hasta quedar irreconocibles. Por eso es muy afortunado que hayan venido en este momento, aunque, en mi opinión, no hay tal cosa como la suerte. La Cueva de las Maravillas no es como ninguna cueva que conozcan: Piensa y juzga, así que no admite cualquiera. Sólo alguien que posea una magia muy especial puede entrar y salir de ella con vida.
—Es la ventaja de tener una hermana mágica— Contestó Anna, resuelta. — Debiste ver cuando Elsa cubrió de nieve todo nuestro reino.
— No lo tomes a mal, querida, pero Elsa no podría hacer nada. —Contestó el Sultán, adquiriendo un semblante severo. —La Reina de las Nieves es poderosa y, ciertamente, parece poseer el don de un alto Donador. Pero todos los vientos glaciales no pueden contra la magia que vive en ti ¿No has visto cómo has logrado atravesar medio mundo por ella? ¿Cómo te has enfrentado a grandes peligros sin hechizos ni grandes músculos? Debes saber, pues, que tu poder viene de ser una mujer que ha conservado el corazón de una niña. Ante eso, la habilidad de congelar un reino entero o hacerlo arder no es nada. Si esa magia no es capaz de revertir el hechizo del espejo, entonces nada podrá.
Un siervo se acercó al Sultán y le susurró algo en el oído. El monarca se incorporó de inmediato y le ordenó:
— Fíjate bien, pues esto es de suma importancia. Por ningún motivo deben saber los príncipes, agrabino o extranjeros, sobre ésta señorita. A quien diga algo sobre ella lo mandaré azotar. En cuanto ti, Anna, será mejor que te escondas ¿Qué haces allí sentada? ¡Vamos, rápido, que ahí vienen!
Anna se ocultó tras un arbusto y observó entre el ramaje a los príncipes Anders y Hans de las Islas del Sur bajar desde una escalera del palacio. Regresaban de desayunar y decidieron dar un paseo a las afueras. Les agradaba esa hora, cuando ni los sirvientes o el mismo Sultán solían salir (Porque, como Anna había aprendido, sólo un loco o un tonto caminaría al Sol de Agrabah al mediodía por placer). Pero esto no les importaba, eran de esas personas convencidas que consistían entre lo más selecto que existía y trataban a los demás como inferiores, por lo que entre menos agrabinos hubiera, les parecía que el jardín se veía mejor.
No obstante, hasta ellos debían aceptar que aquel lugar era una verdadera delicia para los ojos, oídos y olfato de cualquier visitante. El Príncipe Hans admiraba con sonrisa infantil las flores y el reflejo del agua en la fuente cuando se encontraron frente al Sultán, ambos extranjeros se inclinaron respetuosamente y el joven príncipe comentó:
— ¡Es un día maravilloso, realmente hermoso! Cómo quisiera que en las Islas del Sur tuviésemos más días así.
— ¿Cómo es en su país? — Preguntó amable el Sultán.
—Allá sobran los días grises y las brumas. No me mal interprete, Excelencia, daría lo que fuera por volver al aire frío y verdor de los bosques de mi patria. Pero dentro de las ciudades, un clima así puede resultar deprimente. ¡Cuando brilla el Sol por más de una semana es todo un suceso! Dígame, Excelencia ¿Es cierto que en Agrabah nunca lleve?
—Tampoco nieva. — Rió el Sultán para sí. — Si por mí fuera, les cambiaría a ustedes algunos días de calor por otros de lluvia.
El Príncipe Anders, a diferencia de Hans, era un hombre extremadamente educado. De inteligencia brillante y gran fuerza física; excelente tirador, el más hábil con la espada y mejor jinete de todo su reino. Además tenía un magnífico don para fascinar a las personas, siempre manejándose bajo unos modales impecables; no había hombre más digno de su posición como futuro rey. El heredero inclinó la cabeza y comentó:
— Sepa, Excelencia, que nos hallamos muy satisfechos con todos los tratos que ha tenido usted y su hijo con nosotros. Se oyen muchas canciones sobre las riquezas y maravillas de Agrabah, pero lo que más he apreciado es la amabilidad y generosidad de su gente.
El Sultán hizo un gesto con la mano y la frente en señal de gratitud.
—Caballeros, me encontraba camino a mis aposentos. Siéntanse libres de recorrer el palacio y pedir a los sirvientes lo que deseen.
Los dos príncipes devolvieron la reverencia y en cuanto el Sultán se alejó, Hans se desató el corbatín, se soltó las mangas y se abrió el cuello de la camisa. Tenía la piel roja por el Sol y, aunque nunca lo aceptaba, hallaba el calor insufrible.
— Ya no aguanto un minuto más aquí ¿Cuándo regresaremos a las Islas del Sur? Estoy harto de esperar en este país de bárbaros.
— Paciencia, hermano, paciencia. Debemos cumplir con las órdenes que padre nos asingó. —Contestó el Príncipe Anders sin inmutarse. — ¿O preferirías que te hubiera dejado en la cloaca de donde te saqué?
El Príncipe Hans meditó en silencio. —No, Anders, de ningún modo. Sabes que entre todos mis hermanos, eres el único al que realmente respeto y agradezco que hayas intercedido ante padre para llevarme hasta acá. Pero entiéndeme, se me agota la paciencia. Ya una vez pudiste sacar unos pedazos ¿Por qué nos tardamos tanto ahora?
—Porque al imbécil del Príncipe Ahmed se le ocurrió ejecutar a nuestro último "diamante en bruto" para evitar que hablara de la Cueva.
— ¡Un príncipe bárbaro de costumbres bárbaras! — Se mofó Hans frunciendo el ceño.
El Príncipe Anders, sin perder la calma, comentó:
—Ciertamente este país está lleno de gente holgazana, supersticiosa y desordenada. Ya habrá tiempo de enseñarles el camino de la civilización. Pero en esta ocasión, creo que nuestro anfitrión quiso ser prudente y erró: Después de todo, como bien sabes, en ocasiones hay que mancharse las manos para mantenerse en la cima. — Anders dijo esto último con tal frialdad que Anna sintió un escalofrío que la estremeció de pies a cabeza. — Aún así, no creo que esté todo perdido. Escucha: anoche capturamos a alguien que parece ser un buen candidato, un prometedor "diamante en bruto". Esta noche regresaremos a la Cueva de las Maravillas y, si todo sale como lo planeado, evitaremos que el Ahmed lo mate y lograremos sacar cuantos fragmentos necesitemos.
— ¿Realmente era tan importante ese espejo? —Le cuestionó el Príncipe Hans ¿No nos complicamos demasiado? Arendelle es un país pequeño, hubiera bastado con rodearlo de noche y abatir a la Reina a punta de cañonazos ¿Supiste cómo huyó apenas se organizó la revuelta? Elsa pretende ser muy poderosa, pero con ello demostró ser una cobarde.
—Si no fueras mi hermano— Interrumpió el Príncipe Anders. — Diría que eres corto de inteligencia ¿Envolver a nuestros compatriotas en una batalla contra una hechicera? ¿Acaso no fue mejor que su mismo pueblo la expulsara y abrazara nuestra causa? No, no lo hubiéramos logrado sin el espejo. Mientras sigan pensando que los mágicos son un peligro, tendremos a Arendelle de nuestro lado. Un buen líder sabe que las mejores batallas se ganan sin derramar una gota de sangre.
— ¿Y cuando tengamos el espejo podremos irnos de éste lugar? — Preguntó Hans.
—No— Contestó su hermano. — Ya me gustó este país y pienso quedarme con él ¡Pero vamos, hombre, no me veas así, ten un poco de ambición! No es un secreto que el Príncipe Ahmed se ha ganado el repudio de su gente, aunque siguen siendo fieles al Sultán. En cuanto consigamos sacar más pedazos, los usaremos como en Arendelle: Se librará tanta ira contra el monarca y su hijo que terminarán degollados y nos abrirán espacio para tomar el control. Piénsalo bien, hermanito: Convertiremos al país en colonia si sacrificar a ningún sudislandés y regresaremos a casa como Anders y Hans, conquistadores de Agrabah.
Y aquellas palabras hicieron que al joven príncipe se le Iluminara el rostro — ¿Hans el Conquistador? No me molestaría ser llamado así.
"¡Esos dos! —Pensó Anna para sí. — Lo único que saben hacer es mentir y manipular"
Ya era tarde cuando Anna salió del palacio y se reencontró con Elsa y Kristoff en la venta. Les relató lo ocurrido desde que se fue con el Sultán, así como lo que vio y escuchó en el jardín.
— Estas personas son muy peligrosas ¿Segura que es buena idea seguirlos? — Dudó Kristoff.
—Ellos saben dónde está la Cueva, además creo que la vida de alguien está en riesgo.
Discutieron durante buen un rato hasta que Elsa le aseguró a Kristoff que, cara a cara, ni Hans ni sus soldados serían rival para ella. Acto seguido elaboraron un nuevo plan. Esperaron a que oscureciera y todo el mundo se fuera a dormir a sus casas.
Era una noche de luna menguante, regresó el silencio y las heladas desérticas. Cerca de la medianoche, la calma se rompió al sordo chirrido de la muralla abriendo sus puertas. Los tres príncipes salieron al galope acompañados de la misma veintena de soldados, desplazándose sin más guía visual los tenues rayos lunares. Sus caballos relinchaban con tal furia que erizaban la piel y a su paso dibujaban siluetas oscuras de polvo que parecían una visión de ultratumba. Cuando los príncipes pasaron de largo, Elsa y Kristoff montaron a Sven, Anna a Maximus y los siguieron con mucho cuidado de no ser vistos. No fue tan difícil: ya que los príncipes pensaban que no había cosa más temible que ellos en todo Agrabah, nunca se tomaron la molestia de mirar hacia atrás.
Sobre uno los caballos iba acostado un anciano atado de pies a cabeza que lloraba amargamente:
— ¿Qué quieren de mí? Nunca le hecho nada a nadie.
Pero nadie respondía a sus quejas. El Príncipe Ahmed amenazó con azotarlo si no se callaba, pero Anders intervino y lo calmó.
Subían y bajaban entre las dunas, galopando entre sombras y rincones oscuros. La Luna bajaba rápidamente entre las montañas y cada vez se les complicó seguirles la pista. Kristoff los perdía de vista a ratos y temió que se les escaparían. De no ser porque, de repente, los príncipes frenaron a mitad de un páramo polvoso y desolado. Kristoff y Elsa bajaron de Sven, Anna desmontó a Maximus y se escabulleron a gatas hasta la cima de una duna.
Anders tomó al prisionero y lo bajó cuidadosamente. Ahmed sacó de su túnica un escarabajo de oro y lo frotó hasta que el insecto cobró vida, agitó sus alas y dio tres vueltas alrededor de ellos. Entonces se lanzó hacia el piso y enterró el cuerpo entre la arena. Se escuchó un poderoso estruendo que sacudió todo el lugar. La princesa se llevó una mano a la boca y se mordió la lengua para que no se le escapara un grito, Elsa retrocedió de un susto y Kristoff abrió los ojos como platos. El ruido se hizo más fuerte, como una enorme explosión. Entonces se abrieron frente a los príncipes las fauces de un tigre con colmillos tan largos como los del elefante y ojos grades como ventanas que expulsaban llamas rojas. El monstruo elevó su cabeza entre las arenas y lanzó un rugido horrible que casi ensordeció a los presentes e hizo a los caballos relinchar enloquecidos.
— ¿Quién interrumpe mi sueño? —Dijo la bestia con voz profunda y espeluznante.
Ahora, viajera, una cosa es escuchar que una cueva piensa, juzga e incluso se traga a quienes entran en ella: podrías realmente creer que eso pasa o atribuirlo a la imaginación de la gente. Otra muy diferente es ver y escuchar en carne propia cómo se abre la tierra y surge de ella una colosal cabeza de tigre que habla con los hombres como si de otro ser humano se tratara. Ocultos tras la duna, las hermanas y el muchacho se quedaron helados del susto. Pues cueva y bestia era un mismo ser, una criatura feroz que protegía su tesoro con recelo. La Cueva observó a los príncipes y en sus ojos de fuego se adivinó un gesto de desprecio. Anna no atinó a saber si pasaron segundos o minutos, pero poco a poco su corazón volvió a palpitar a su ritmo normal. La princesa entonces pensó que el mundo aún guardaba muchos secretos.
