La Sombrerera estuvo atenta cuando Alec cruzó mirada con Tararí. Observó con sudor recorriéndole las sienes como las lágrimas que salían de sus sorprendidos ojos, como las expresiones faciales del peli negro cambiaban ante cada visión que los gemelos le hacían ver. Cuando Alec cayó de rodillas al suelo se acercó corriendo a él con el miedo de si aún seguían manos de Tararí y Tarará. Se situó enfrente del muchacho y le alzó la cabeza con cuidado para que la mirara a los ojos.
Su cabello negro se le pegaba a las sienes y a la frente a causa de del frio sudor que las recorría, su respiración estaba agitada y sus ojos azules miraban a los negros de la Sombrerera con estragos de terror y desconcierto por lo que acababa de pasar.
Pero estaba libre.
No sabía en qué momento su corazón había empezado a latir desesperadamente, ni cuando sus ojos se habían llenado de lágrimas, ni porque estaba abrazada a Alec como si su vida dependiera de ello.
Cuando al fin decidió separarse de él, este la miraba desconcertado y perdido. Ella entendió que aún seguía en shock por lo que acababa de vivir. La Sombrerera se levantó y encaró de nuevo a los hermanos, que no se habían movido un ápice de su postura inicial, lo único que había cambiado era la siniestra sonrisa que adornaba la cara de ambos.
-Curiosa reacción la tuya ¿No, Sombrerera? –dijo Tarará.
-Creíamos que a ti solo te gustaba "jugar" con las personas. –dijo Tararí burlón.
La Sombrerera se tensó al escuchar eso. No sabía cómo responder con una de sus réplicas mortales. Por un momento pensó en decirles que a ellos que le importaba, pero seguro que se lo tomarían como que se había ablandado. Cuando comenzó a notar que la ira se abría paso en su coherencia, desconecto de todo para que sus instintos más sádicos avivaran el respeto de los gemelos hacia ella.
Se acuclilló a la izquierda del árbol justo detrás de Tararí con una mirada asesina clavada en su nuca.
-Recuerdo una vez en la que empezasteis a insinuar que me estaba volviendo una blanda sentimental por haberme visto hablando con uno de la superficie. Y… también me acuerdo que os burlasteis de mi hasta la saciedad… y al final… mi paciencia se agotó… -sacó lentamente una aguja de su acerico y la poso suave y peligrosamente sobre la sien del chico y presionó sutilmente- Al día siguiente aparecisteis debajo de este mismo árbol, con signos físicos y psíquicos de tortura… y… con una aguja clavada en la sien…
La mandíbula de ambos hermanos se tenso y sus ojos se oscurecieron al recordar aquellos agónicos momentos.
-Captamos la "indirecta"- dijeron al mismo tiempo ante la amenaza.
-Me alegra oír eso- les contesto la Sombrerera a la vez que se levantaba lentamente con una sonrisa triunfante en los labios- Ahora, si me hacéis el favor, abrid la puesta –y esta vez volvió a utilizar una voz seria y cortante.
Los gemelos se relajaron, y, como si hubieran ensayado, ambos pronunciaron la misma frase a la vez:
-Azul…
Al igual que con el otro pasadizo, un agujero se abrió en la base del imponente árbol. La Sombrerera agarró bruscamente del brazo a Alec y lo hico bajar las escaleras con bastante prisa (teniendo en cuanta el estado en el que estaba). Cuando la puesta escuchó a punto de cerrarse tras la chica, se escucho la risa perturbadora de ambos gemelos…
El pasadizo estaba lleno de candelabros de todas las formas y tamaños, pero ninguno pintado de otro color que no fuera negro. Las paredes tenían pintados cuadros negros y rojos imitando un tablero de ajedrez creando una ilusión óptica que parecía que todo se moviera. El techo estaba a una buena distancia de la cabeza de Alec, por lo que no tenía que ir encorvado.
La Sombrerera Loca no había soltando el agarre de Alec, pero lo que si parecía es que se había aferrado a él con más afán y apresurado el paso a cada segundo que pasaba, logrando hacer tropezar al desorientado peli negro en diversas ocasiones. Mientras, Alec solo miraba perturbado y perdido las tétricas e inquietas sombras de los candelabros. Y, al contrario, La Sombrerera mantenía la mirada al frente, totalmente tensa y con la mandíbula apretada.
Pudo respirar tranquila en cuanto vio las escaleras que los volverían a llevar a la curiosamente deseada superficie. Hico pasar a Alec por delante (el cual estuvo a punto de caerse) para luego subir ella.
El chico no tardo en desplomarse entre las raíces de un árbol a la vez que se frotaba la cara para espabilar, fue entonces cuando se percató de que tenía las mejillas húmedas y frías. La Sombrerera lo miró con un débil asomo de pena y enfado. Se colocó enfrente de él con las manos sobre la cadera.
-Te dije que tuvieras cuidado, que intentarían meterse en tú cabeza.
Alec alzó la cabeza y el corazón de la Sombrerera pareció encogerse ante los ojos azules del muchacho. Reflejaba toda la tristeza… la frustración… la pena que había estado guardando en su interior durante cinco años, como si el chico reservado, culto y misterioso hubiera sido sustituido por un niño indefenso… perdido… que no sabe donde esta ni lo que tiene que hacer…
-Lo siento…-su voz se quebró por las lágrimas que volvieron a salir de sus ojos, pero ahora siendo consciente de ello.
Ella no dijo nada. Había enmudecido. Alec apoyó los brazos en sus rodillas y enterró la cara en ellos a la vez que sus hombros se convulsionaban en silenciosos sollozos. La Sombrerera se quedo inmóvil durante un par de segundos sin saber qué hacer, pero, entonces, fue como si su cuerpo actuara a costa de su mente. Sin saber lo que hacia se sentó al lado de del muchacho y rodeó sus hombros con su brazo. Él no hico nada, solo continuó llorando hasta que pareció tranquilizarse al fin. La Sombrerera aparto el brazo para darle su espacio y él lo aprovecho para apoyar toda la espalda en el tronco.
Miró detenidamente la cara del muchacho. Sus ojos azules se habían enrojecido al igual que la nariz y las mejillas, las que estaban totalmente mojadas y las húmedas pestañas se le pegaban. Mechones del desordenado cabello le habían caído por la frente oscureciéndole ligeramente la mirada.
Sabía que no era el momento… pero se veía condenadamente sexy.
-Dios… -susurró a la vez que se apartaba el pelo de la frente hacia atrás.
-¿Qué es lo que te han hecho ver para que estallaras así? –preguntó la Sombrerera, más curiosa que burlona.
Él tardó en responder.
-A mi padre, mi madre, mi prima… a mi…
-Vamos, a tu familia, ¿y por eso te pones así? Eso tendría que ser bonito –Alec no lo percibió, pero su voz sonaba nostálgica acompañada de una triste mirada.
-Eso es que soy especial…
-¿Osas ser sarcástico conmigo? ¿Enserio? Ni seas idiota ni te hagas derogar y cuéntame lo que te han hecho recordar… se que te lo quieres quitar de encima.
Alec giró la cabeza cruzando su cansada mirada con la perspicaz de la Sombrerera. Y sonrió ligeramente de lado.
-Me hicieron recordar escenas de cuando era pequeño y veía a mis padres juntos… hablando, riendo… A mi padre en su lecho de muerte… -su voz se volvió taciturna y su mirada fue opacada por una sombra triste.
-¿Tu padre está muerto? –preguntó ella curiosa… y sin delicadeza, logrando que Alec pareciera más deprimido.
-Sí… Los médicos no sabían lo que le ocurría, solo que de esa no salía. Él era consciente, lo tenía asumido, y antes de morir nos exigió que le juráramos que teníamos que continuar con nuestra vida, que no decaeríamos y que seguiríamos siendo felices.
Mi madre no es que cumpliera con su promesa, así que yo me jure que la haría feliz y que no dejaría que sufriera nada… así que me obligué a ser fuerte por los dos.
Entones solo tenía trece años…
La Sombrerera no dijo nada… no podía... se había quedado muda. Solo asintió dando a entender que entendía la situación.
-Volver a vivir eso fue… horrible… simplemente horrible. Durante cinco años deje ver que no me pasaba nada, como si lo de mi padre nunca hubiera pasado… como si Jonathan Blue nunca hubiera existido… Pero cuando ellos me han hecho volver a ver a mi padre muriendo… hico que me rompiera al instante.
Nuevo silencio incómodo. Alec tardó un par de minutos en volver a hablar, y la Sombrerera estaba metida de lleno en sus cavilaciones, y menos mal que el chico volvió a hablar porque sino los propios recuerdos de la muchacha hubieran provocado una escena peligrosa.
-También me mostró a mi prima, Elizabeth. Es prácticamente como mi hermana y la única persona a la que no parece afectarle mi indiferencia y la que siempre estuvo para todo lo que necesitara. Era y sigue siendo la única que me hace sonreír.
Pero parece, que no es verdad eso de que si haces el bien con la gente la vida te lo devuelve. Eli es la mejor persona que conozco… y la van a casar con un imbécil de cuidado –se removió molesto- Mis tíos solo la quieren comprometer por el dinero de la familia de ese repelente. El mismo día que la Coneja me trajo aquí, estaba en la fiesta de pedida de mi prima, y apenas un rato antes de que cayera por aquella madriguera, la estaba consolando porque se había enterado de que la fiesta era para comprometerla con… Jonas- la Sombrerera alzó una ceja ante el asco con el que había pronunciado Alec ese nombre.
-Y estas molesto porque ella no se merece eso, ¿no?
-Exacto –le contestó frustrado.
-¿Esperas que diga "pobrecilla"? –dijo con una sonrisa torcida que, sorprendentemente, hico que Alec sonriera sutilmente.
-No… simplemente me molesta.
Ella asintió.
-¿Y tu madre? ¿Qué hay de ella?
-De ella no me han hecho ver nada en particular… per en el momento de la muerte de mi padre, mi madre estaba llorando en una esquina. No es como si no lo hubiera hecho más veces, pero hacía ya tiempo que no la veía así, y siempre que lloraba yo la consolaba…
Antes de eso me hicieron ver a mis padres hablando mientras yo jugaba, y se veía tan feliz hablando con mi padre, sin poder imaginar lo que estaba por venir…
Lo pasó mal. Tres años estuvo llevando la empresa de mi padre en la sombra, a escondidas, diciendo que era mi tío. Pero a los dieciséis me hice cargo yo, ya que la mentira de mi madre cada vez era menos creíble y corría peligro. Fue difícil al principio, pero mi madre mejoro al quitarse ese peso de encima. Volvió a ser un poco la de antes…
-Una mujer fuerte… me gusta. Todas las que bajan de la superficie son unas flojuchas.
Alec soltó una risa corta pero sincera, agradecía que la Sombrerera lo intentara animar (a su manera, claro). Después se quedaron un rato largo en silencio, pero no un silencio incomodo, era reconfortante acompañándose el uno al otro. Hasta que al final la Sombrerera Loca decidió que ya había suficiente descanso.
-Bueno, más vale ponernos a caminar de nuevo- Se levantó, se sacudió el polvo de la falda y se acomodó el sombrero- ¿A qué esperas? ¿A qué te cargue?
Alec sonrió suavemente y se levanto con un poco de dificultad, no se había sentido rígido hasta ese momento.
-¿A dónde tenemos que ir ahora?
-Por los padres del caos, eres cortito de memoria. Vamos a ver a mi buen amigo la Oruga -le contestó con una sonrisa medio siniestra medio burlona.
-La Oruga… así llamare a mi hijo.
-Cuando lo veas, entenderás porque lo llamamos así –y esta vez, la sonrisa le provocó un escalofrió que le recorrió toda la espalda.
