CAPÍTULO 9
Me desperté bajo algo cálido, suave, pesado y rugoso. Parpadeé varias veces mirando a mi alrededor, esperando ver el desastre que siempre tenía en el escritorio, esperaba escuchar los gritos de mi madre diciéndome que era tarde, que hasta cuando pensaba seguir durmiendo. Esperaba un revoltijo de sábanas y mantas, y caerme de la cama. Esperaba una habitación verde pálido, con la luz entrando por la ventana.
Un momento… ésta no era mi habitación.
Estaba tumbada sobre una cama grande, pero que no llegaba a ser de matrimonio, entre unas sábanas que nunca había visto, que obviamente no olían a mí. Era una habitación pequeña, con un par de cuadros colgados en las paredes, una mesilla de noche con un libro sobre ella. La flaqueza del bolchevique, reconocí de inmediato.
Estaba en casa de Lexa.
De inmediato, una pava sonrisa curvó mis labios, recordando lo acontecido la noche anterior. Las horas hablando de mi padre, poder llorarle como nunca me había permitido, cómo me había refugiado en el dibujo clandestino tras su muerte; cómo ella me permitió conocer un doloroso recuerdo de su pasado, la persona a la que más quería en este mundo. La quiso mucho, sí; más que a nada en el mundo. Si no, ¿cómo de otra manera iba a cuidar de aquel libro que tenía sobre la mesilla como si fuese su más preciado tesoro? Costia se lo había regalado, como una muestra de su especial devoción, lealtad y amor hacia ella.
Sentí celos de ella, para qué negarlo. Dos años habían pasado, y Lexa la seguía queriendo como el primer día. ¿Qué podía hacer yo, una simple chiquilla, frente al recuerdo de su gran amor? Sí, Costia ya no estaba viva, pero sí lo estaba en la mente de Lexa, en sus sueños. No podía competir con ella.
Y sin embargo, aquel beso… Cerré los ojos al recordarlo, tragando saliva con fuerza. El recuerdo me hizo temblar, me ponía nerviosa. Fue un roce tan tierno, tan suave… que casi parecía una ensoñación. Algo que deseaba con todas mis fuerzas desde que había despertado entre sus brazos, pero que no me atrevía a pedírselo. ¿Y si me tomaba por loca, o peor, por una niñata hormonada? No podría soportarlo, no esa noche. Y hubiera sido una ensoñación, si no recordase sus mejillas enrojecidas, sus ojos verdes pidiendo perdón, sus labios debatiéndose entre una disculpa y una sonrisa. Y sus manos, sus cálidas y finas manos alrededor de las mías, su brazo sobre mis hombros, protegiéndome de mis recuerdos más angustiosos y feroces.
Y luego, todo se fundió a negro. Posiblemente Lexa me arrastraría hasta aquí, no parecía dispuesta a dejarme dormir en el sofá.
Salí de la habitación y un delicioso olor a café recién hecho inundó mis fosas nasales. De inmediato, mi estómago rugió en respuesta. Me llevé una mano al abdomen, murmurando palabrotas en voz baja.
-¿Un mal sueño?
Negué con la cabeza, la garganta se me había secado de pronto. Lexa llevaba su particular pijama hecho a trozos, una coleta alta pero algunos mechones rebeldes se escapaban de la gomilla. Estaba frente a la encimera, con un plato con pan tostado frente a ella, además de mantequilla, mermelada, miel, queso… casi cualquier cosa que pudieras imaginar. Me invitó a sentarme y me acercó una taza con algo de café y un par de tostadas. Segundos después, se sentó frente a mí.
-¿Estás mejor? Anoche… -. No fue capaz de esconder la sonrisa que amenazaba con salir, y se conformó con agachar la mirada y darle un sorbo a su café-… anoche no fue algo digno de recordar. Tanto por tu parte como por la mía. Pero he de decirte que lograste quitarme un peso de encima. Me permitiste hablar de Costia sin… sin verme obligada a parar porque me dolía demasiado. Sólo los buenos momentos.
-Jake Griffin te lo agradece, también -. Mientras Lexa hablaba, unté mantequilla y miel en ambas tostadas, aunque casi toda mi atención estaba en sus palabras. Era mujer, ¿no? Las mujeres podemos hacer dos cosas a la vez.
No mentía. Poder charlar de mi padre con ella había sido como encontrar un oasis en medio del desierto. Un paraíso en medio de la nada, en el que me regalaron cualquier cosa que pedía. Pero yo sólo quería un único regalo: a Jake Griffin. Lexa me permitió reunirme con él, aunque sólo fuera en mi cabeza.
Sin embargo, debajo de toda esa alegría que sentía por poder dejar ir a mi padre, me sentía triste. ¿Acaso Lexa se había olvidado del beso? No parecía que le afectara lo más mínimo, como si sólo fuese un juego de niños. Y yo me acobardé, no me atreví a recordárselo. Si bien era cierto que quería más; quería más besos como ése, sentir sus labios contra los míos, sin tanta gentileza y cuidado de por medio. Quería aventura, salvajismo y pasión. Quería sus labios recorriendo mi cuello, mi pecho, cada rincón de mi cuerpo. Y sus manos explorando cada curva, adentrándose… No, para. Esto no puede ser. Lexa Woods es tu profesora, no tu amante. Que anoche te besara no es más que una excepción, algo que no se volverá a repetir. ¿O es que acaso no lo ves? Cierto, mi Pepito Grillo particular, la voz de la razón que había enterrado en mis recuerdos más profundos hizo su magistral aparición. Tenía que alejarme de ella, no tenía otra opción.
La había estado evitando. Apenas participaba en clase, prefería perderme en mis propios mundos, en mis dibujos más personales y en mis propios problemas. Lexa Woods debía caer en el olvido.
Pero era tan complicado. Lexa derrochaba pasión en cada clase, disfrutaba con cada fecha, con cada hito en la Historia. Era tan complicado no mirarla, no oír su voz, que sabía que tarde o temprano tenía que rendirme y volver a ella como un polluelo herido. Ella lo intentaba, siempre era su primera opción para los comentarios; y aunque seguía haciéndolos con la misma devoción que días… semanas atrás, la pasión en mi interior se había extinguido. Se había helado, como el patio los últimos días.
-Rubia, despierta -. Raven estaba agitando las manos delante de mí, pero yo no reaccionaba. Hasta que no me dio un par de palmadas en las mejillas, no me di cuenta de su presencia-. Oye, sé que soy una diosa de carne y hueso capaz de hacerle sombra a la mismísima Afrodita, pero no hace falta que me lo recuerdes. Sé que impresiono.
Había echado de menos las bromas de Raven. Tanto que de vez en cuando reía, como años atrás.
-Sabes que eres más… como Atenea -. Cerré el libro que estaba leyendo y lo guardé con sumo cuidado en la mochila. Era lo único que me mantenía unida a Lexa: el odio al mundo, la pasión por Rosana y la obsesión por Olga-. Pero oye, ¡guerras no! ¡Ni bombas, que nos conocemos, Reyes!
-Bueno, bueno… dejemos las bombas para otro momento -. Se sentó a mi lado, en uno de esos cojines tan extraños que tenía la habitación de Octavia-. Bellamy vuelve para las vacaciones de navidad, y dice que nos trae un regalo. Para todos -. Su voz se volvió más clara en las últimas palabras, algo típico de una niña deseando tener un juguete nuevo.
-¿Y?
-Oh, vamos. Eres su mejor amiga. Dale con un palito o algo para que desembuche.
-¿Y no sería mejor que eso lo hiciera Octavia?
En ese momento, la pequeña de los Blake hizo su aparición en escena. Se sentó a mi derecha, dejándome en el centro de las dos. Llevaba su móvil en las manos, tecleando algo que no era capaz de ver.
-Ya lo he intentado, créeme. Y no suelta prenda.
Cavilé durante unos minutos, explorando cualquier posibilidad que pudiera presentarse. Bellamy Blake era mi mejor amigo desde que tenía memoria, nos habíamos criado juntos desde párvulos. El hecho de que Octavia y yo compartiéramos pupitre durante toda la primaria no hizo otra cosa que estrechar nuestros lazos, hasta convertirnos en casi uña y carne. Pero Bellamy tenía casi cuatro años más que nosotras, así que hacía tres había partido hacia la universidad en busca de un futuro mejor. Estudiaba arquitectura, siempre que estábamos juntos terminábamos en mi habitación dibujando como buenos inadaptados sociales. Otros hubieran montado una fiesta que no conocía límites, y nosotros… bueno, montábamos fiestas a nuestra manera.
Le echaba de menos. Sus pecas, sus rizos, sus "princesa". Sabía que odiaba el mote, pero la primera vez que nos vimos, cuando yo cumplía cinco años y él iba camino de nueve, mi madre insistió en ponerme una corona durante toda la tarde. Aquel recuerdo se había quedado en su retina, en su mente, y cuando quería enfadarme, recurría a él.
De alguna manera, Bellamy pocas veces se resistía a algo que yo le pidiese. Cuando Octavia se pasaba de lista y la dejaban sin cenar (y Bellamy se ponía de parte de sus padres), era yo a quien llamaba, y obligaba a su hermano a escucharme, hasta que lograba hacerle cambiar de idea y llevarle algo de comida a su hermana.
-Está bien -. Acepté, sin estar demasiado convencida-. Intentaré, e insisto, sólo intentaré sonsacarle información.
Una cabellera negra, rizada y una sonrisa que brillaba en medio de un rostro cubierto de pecas. Eso fue todo lo que vi antes de que unos cálidos y fuertes brazos me estrujaran. Casi no podía respirar, pero, para mi fortuna, Bellamy me soltó antes de que me quedase sin oxígeno. Octavia vivó algo parecido, o incluso peor.
-Vaya, parece que han pasado años desde la última vez que estuve aquí -. Con un suspiro, metió su maleta en el coche y se sentó en el asiento del copiloto, al lado de su padre.
-Dilo por tu pelo, hermanito. Te han salido canas.
-Shh, haya paz -. Martin, su padre, intervino antes de que la guerra empezara. Gracias a Dios-. Las peleas, en casa.
Volvía a llover. Y sin embargo, allí estaba, en medio de la tormenta golpeando su puerta con toda la rabia que tenía dentro. Las lágrimas volvían a caer por mis mejillas, pero para mi suerte, se confundían con el agua de lluvia que me resbalaba por cada rincón de mi cuerpo.
Estaba a punto de desistir cuando la puerta se abrió, mostrándome una Lexa que únicamente yo había tenido el placer de conocer.
-¿Clarke?
-¿Cómo? ¿Cómo puede acabar así? -. Saqué el libro de mi mochila, estrellándolo contra su pecho. Las lágrimas no dejaban de caer, y ya me había resignado a que mi aspecto era más que deplorable. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? La flaqueza del bolchevique me había destrozado, todas y cada una de las partes de mi alma.
Había releído cada capítulo varias veces, analizando cada situación hasta que logré hacerme una película en mi cabeza. Había perdido la cuenta de los bocetos que había hecho de los personajes, de sus acciones, de sus deseos y miedos más profundos. La obsesión por la Gran Duquesa Olga. El bolchevique apretando el gatillo, llorándole, implorándole perdón por lo que le había hecho. Declarándole su amor demasiado tarde.
-Los finales felices no existen -. Rápidamente dejó el libro en un pequeño mostrador que tenía cerca de la puerta y tiró de mí, alejándome del ambiente frío y húmedo de la calle.
No sabía que responder a eso. No me había imaginado un final… típico de Disney para el protagonista, pero al menos, no algo como lo que había leído. ¿Cómo era posible que un libro tan crudo, con una historia con apenas unos ápices de felicidad fuese su libro favorito? No podía ser posible. ¿Por eso su personalidad era así de oscura y reservada?
Costia. Costia era su flaqueza. Quizá no se la arrebataron de la misma manera que a él, pero lo hicieron. Y se aferra a ese final como quien se abraza al cadáver de un viejo amigo, esperando que reaccione. Rogando para que la historia cambie y no tenga que echarle de menos.
Me arrastró hasta el baño y empezó a quitarme la ropa mojada, hasta quedarme en ropa interior. Me dio un par de toallas y me dejó sola.
No se atrevía a tocarme.
Pero a terca no me ganaba nadie. Salí del baño, únicamente con la ropa interior y la toalla en la mano. Lexa estaba sentada en el suelo, frente al sofá, con ambas manos en la cabeza. Al oírme, giró la cabeza y abrió los labios, pero no dijo nada.
-¿Por qué no me tocas? Me traes aquí, la noche en que murió mi padre y me hablas de Costia. Me besas, me dejas dormir aquí. Y luego me ignoras como si no nos conociéramos. Lexa, ¿qué quieres de mí?
Vaya, vaya con la pequeña Clarke, ¿no?
Un apunte: ha pasado un mes entre el capítulo anterior y este, para que no os perdáis en la línea temporal. La navidad está a la vuelta de la esquina, y eso puede traer problemas... o no.
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