Disclamer: ninguno de los personajes es mío, obviamente... sino de la genialosa S. Meyer... la historia si, es toda mía ^^
CAPITULO VIII
Corazones Esperanzados
Esme había salido desde temprana hora para ver el progreso de Lillian, tenía verdaderos deseos de poder verla mejor, de que lo que había dicho su hija –que la operación había sido un éxito- fuese completamente cierto. Tenía un gran aprecio por esa niña, incluso estaba pensando seriamente en acogerla bajo su protección y darle ayuda económica, para que su madre pudiese respirar más tranquila. Tenía gran fe en ella.
Así que, cuando la encontró dormida y respirando con tranquilidad, pensó que lo mejor era dejarla descansar por más tiempo. Así que se puso a hacer su trabajo y vigiló que sus órdenes se llevaran a cabo dentro del hospital.
Encontró al doctor que la cuidaba –un especialista en el tipo de cáncer que se la estaba llevando-, traído desde Estados Unidos, sólo para que la atendiera.
-se encuentra bien, alteza- le sonrió sinceramente –todo parece ir bien con los últimos exámenes.
-¿tendrá tratamiento después de esto?
-sí, seguiremos vigilándola, haciendo resonancias- suspiró cansado –todo lo necesario para que no nos quede alguna duda sobre su salud. Esperamos haber pasado ya lo peor.
-bien, es lo menos que puedo hacer por ella.
-¿Alteza?
Esme sonrió.
Una de las cosas que nadie sabía –o muy poca gente estaba enterada-, era que aquella chiquilla le había salvado la vida una vez. No en el sentido literal, en el que alguien se interpone entre una bala y tú, o te arroja fuera del camino de un automóvil. No, lo que Lillian había hecho, había sido bastante diferente. Sólo bastó con demostrarle la fiera persistencia que tenía por vivir, el deseo irrefrenable de no darse por vencida.
Para Esme, era todo un ejemplo a seguir. Y eso había sido suficiente para salvarla de sus monstruos interiores.
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Edward se despertó, cuando su teléfono móvil comenzó a sonar, anunciando una llamada. Tuvo que estirarse por completo, para alcanzar la mesa de noche en la que lo había dejado –o eso había creído-; pero no lo encontró, así que tuvo que levantarse y buscarlo en el piso, entre toda la ropa que había quedado esparcida por la fina alfombra color marfil que decoraba la habitación.
-apaga eso- rogó Bella desde la cama –por favor.
Edward simplemente afirmó y contestó el teléfono, saliendo del cuarto, para dejarla seguir durmiendo.
-¿qué ocurre?- preguntó al reconocer el número.
-contacté a Jasper, le informé de los planes de Alice- Charlotte suspiró –él debe estar tomando el siguiente vuelo hacia acá desde Escocia. Edward, la recogeré yo, pero no será aquí. Alice deberá bajar en alguna de las escalas.
-ese "alguna" no me dice nada, Charlotte- Edward bufó, este plan comenzaba a parecerle muy loco e improvisado.
-ella me contactará antes de que tome el vuelo, tengo una amiga que vive en una de las escalas- Charlotte suspiró –le diré donde debe bajar del avión. No te preocupes, me ocuparé de ella, mientras Jasper llega ahí.
-Charlotte, es mi hermana menor- la voz de Edward sonó seria, tensa, nerviosa –te estoy encomendado a mi familia.
-lo sé, Edward- se hizo un pequeño silencio –te juro que cuidaré de ella mientras esté en mis manos.
-es lo menos que puedo pedirte.
-tengo que colgar.
-adiós.
Él suspiró y vio salir a su esposa con un ligero albornoz de seda rosa.
-¿qué ocurre?- le preguntó, poniéndose frente a él –te ves preocupado.
-Charlotte necesita que Alice baje del avión en una de las escalas que realiza el vuelo- se encogió de hombros -, me sentiría más seguro de saber que ella misma es quién la va a recoger, pero lo hará una de sus amigas.
-pensé que tú eras el optimista en este plan- ella le sonrió.
-lo soy…- suspiró –hasta cierto punto.
-supongo que lo mejor es pensar que todo saldrá bien- Bella se sentó en uno de los sofás de la cámara principal de la habitación y acarició su vientre, pensando -. Alice es bastante fuerte y decidida, creo que podrá con esto.
Edward sonrió.
-creo que tienes razón- suspiró y se fijo en la hora que marcaba su móvil -. Debo irme, tengo varias juntas con los miembros del parlamento, con unos inversionistas y, más tarde, deberemos ir a una cena con unos rusos.
-¿hablas en serio?
-te dije que en cuanto pisáramos suelo ingles debería volver a mis ocupaciones.
-lo sé- Bella también suspiró -, pero eso de la cena, ¿es muy necesario?
-me temo que sí, tengo negocios que atender con ellos y todos están esperando por nuestra primera salida oficial, con el embarazo y todo eso. Además, la cena se convirtió en un asunto de mucha gente, ya sabes, nobles y empresarios.
Isabella volvió a suspirar, pero esta vez resignada.
-¿quiénes son?- preguntó, cuando habían salido de la ducha.
-¿quiénes?
Ella rió un poco.
-los rusos, ¿los conozco?
Edward lo pensó un poco, mientras se ponía la camisa color gris.
-creo… que no- después negó con la cabeza y se acomodó el saco negro –no, en realidad creo que no han venido desde varios meses antes de la boda.
-entonces… ¿no estuvieron en la boda?
-no, ellas…- Edward se rascó la cabeza, intentando descubrir si era o no, una buena idea contarle todo lo que seguía de la historia –una de ellas, no estaba… feliz con lo de nuestra boda.
-¿una?- Bella, que había permanecido acomodando los listones que decoraban su blusa de maternidad, levantó la vista confundida.
-es un empresario y sus hijas, una de ellas… Irina, creo, está casada con un conde ingles…- él se encogió de hombros, buscando su móvil –tienen negocios importantes para el país, por eso tengo tratos con ellos.
-¿una?- repitió Bella, parándose frente a él, viendo el modo en que evadía su mirada y la pregunta.
Edward suspiró y miró la hora, era tarde… pero no tan tarde, como para poder escapar.
-no importa, Bella.
Ella arrugó la frente y luego, también se encogió de hombros.
-bien, si dices que no importa, está bien…- luego salió de la habitación –pero no quiero sorpresas en la cena –le dijo, desde el pasillo, con voz tranquila –no me gustaría que le coquetearan a mi marido, en mis narices.
-suenas celosa- él rió y salió tras ella.
-¿no se supone que es así cómo debo sonar?
Edward afirmó, aún riendo y ella negó sonriendo igual.
-eso parece lo que debería hacer una esposa.
-excelente- contestó ella, caminando lentamente a través de los pasillos -, sí hiciera una lista sobre las tareas de esposa y tachara las que estoy llevando a cabo, podría borrar la de "suena celosa cuando tu marido habla de sus ex novias"…
-pero ella no fue mi novia.
Isabella se encogió de hombros.
-es lo mismo.
Caminaron un tramo de escaleras en silencio y luego él sonrió de nuevo, malicioso.
-también podrás borrar "tener hijos" y "ser capaz de incendiar a tu marido con una mirada"- le murmuró al oído, haciéndola estremecer.
Ella se giró y lo retó con la mirada.
-que mentiroso eres- le dijo, intentando descubrir la broma.
-para nada- le dijo con sinceridad y la besó.
De nuevo se entregaron en aquel beso, como sólo ellos podían hacerlo. Como les gustaba hacerlo. Sin ser más que Edward y Bella, complaciéndose con cada gesto y caricia.
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-¡venga!- gruñó Lillian, observando el modo en que el doctor intentaba quitarle los catetes de los brazos. Estaba completamente desesperada, quería salir corriendo ya, de ahí.
Tenía un montón de cosas por hacer, por decir, por… disfrutar. Se sentía extraña ahora, sentada con la bata aún puesta y los tubitos de medicamentos todavía incrustados a su cuerpo. Lo que deseaba era poder ir a casa y decirle a su madre que todo estaría bien después de todo.
-recuerda que no podrás hacer esfuerzos ni cosas que puedan exigirte más de lo que puedes dar ahora- le dijo el médico, sonriendo al ver el entusiasmo de la joven -, no podrás caminar mucho, ni subir escaleras; tampoco podrás permanecer de pie por mucho ni saltar y correr, como estoy seguro quieres hacerlo. Y no solamente porque será demasiado esfuerzo para tu cuerpo, sino que tendrás molestias, quizá dolor.
-lo sé, lo sé- refunfuñó Lillian en voz baja.
-deberás permanecer en reposo absoluto, mínimamente por una semana.
-sin moverme de mi cama… lo sé- ella suspiró y sonrió. Le era suficiente con salir de ahí.
Todavía no podía creer que saliera al siguiente día de la operación, pero no podían dejarla permanecer por más tiempo en aquella pequeña clínica, había más enfermos y pacientes que requerían el espacio y ella se encontraría bien. Al menos, sabían que la reina la cuidaría, aunque fuese fuera de la clínica.
Una enfermera entró con una silla de ruedas y una pequeña bolsa de una tienda de ropa de marca, muy elegante y cara –por cierto-, Lillian estuvo a punto de preguntar de donde había salido aquello, cuando la reina Esme entró en aquel reducido espacio, contestando todas sus dudas.
-majestad- todos soltaron al unísono, haciendo una reverencia.
-buenos días- saludó ella, caminando directo hacia Lillian -¿cómo te sientes?
-de maravilla- sonrió –aunque creo que es a causa de los calmantes.
-probablemente.
El médico se despidió, dándole a la joven privacidad para poder cambiarse. Su madre sabía dicho que llegaría en poco tiempo y, mientras la enfermera y la reina le ayudaban a mudarse de ropa, por una mucho más presentable, Lillian esperaba impaciente por ver los ojos azules de su mamá y agradecerle todo lo que había estado haciendo por ella, a través de los años.
Esme le había llevado un par de pantalones de mezclilla, artísticamente deslavados, una blusa color azul pastel y un poluver de un tono más oscuro. Las vendas que protegían la herida en su abdomen podían verse a través de las finas telas, pero a pesar de eso, le parecía que tenía buena pinta.
La reina acomodó una pañoleta azul con violeta, en su cabeza y le dio unas palmaditas en la espalda, antes de darle un abrazo casi materno.
-estaremos en contacto- le advirtió la reina, mientras caminaban hacia afuera. Bueno, mientras la reina caminaba y la enfermera la empujaba en la silla -, quiero estar pendiente de tu progreso.
Lillian afirmó, mirando para todas direcciones, esperando ver a su madre aparecer en cualquier momento, eso y… si tenía algo de suerte, a cierto amigo que le había, prácticamente, jurado que iría a despedirse de ella. Después de todo, quizá esa sería la última vez que lo veía.
Una mujer rubia, alta y delgada, cruzó la sala de espera del hospital; dejó atrás a varias personas y se encontró con su hija a mitad del camino. Unos ojos color miel observaron a Lillian con todo el cariño que la niña había deseado sentir en toda la mañana. La mujer se permitió el lujo de abrazar a su hija y medio soltar un par de lágrimas de alegría, porque por fin estarían bien.
-me alegro tanto de que llegara este día- le susurró al oído –lamento haber llegado tarde.
-no importa, mamá.
-me alegra por fin poder conocerla- soltó Esme que, a pesar de haber sido ignorada, lo pasó por alto, al ver a la jovencita sonreír de verdad.
-¡majestad!- la mujer se sonrojó por su equivocación, se limpió la cara y le hizo una reverencia.
-un placer, señora Wilson- le saludó Esme.
-el placer es mío- saludó la rubia y evadió la mirada, enfocando su vista en el reloj-, lamento no poder disfrutarlo por mucho más tiempo, pero sabe que tengo que trabajar- se reprendió mentalmente, al ver que había parecido totalmente grosera y descortés con la mismísima reina -¡Oh!, no quería sonar así de grosera, perdone mi atrevimiento.
-no se preocupe, yo entiendo todo- ella sonrió para infundirle confianza y mostrar que no se había molestado –adiós, Lillian.
-adiós, majestad.
-con su permiso, alteza- la mujer hizo otra reverencia y salió de ahí, llevando a su hija consigo.
Esme sonrió igual y, cuando ambas desaparecieron rumbo a la puerta, pues a ella ya no le correspondía nada más, se dio la oportunidad de ver mejor a la madre Lillian. Era una mujer que, a pesar del cabello revuelto y algunas arrugas en el rostro, parecía tener un porte diferente al común. De hecho, parecía caminar con una galanura bastante fuera de lugar, para una mujer que llevaba un uniforme de mesera.
-Eleazar- llamó a su escolta, que no estaba a más de un metro de distancia.
-¿sí, alteza?
-quiero que consigas toda la información que puedas de la madre de Lillian.
-pero majestad, eso lo hicimos cuando quiso información de la niña- contestó Eleazar confundido.
-no, Eleazar- Esme frunció ligeramente el seño –en esa ocasión me dieron información actual. Yo quiero que investigues todo sobre ella.
-sí, alteza- respondió el hombre, haciendo notas mentales de todo lo que tenía por hacer.
-retírate y haz tu trabajo.
-con permiso, majestad.
Esme sabía que había algo realmente peculiar en esa mujer, y como a ella le encantaba mantener todo en completo control, este no sería un detalle que dejaría escapar. Ella descubriría qué era lo que ocultaba.
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Edward llegó un poco tarde al palacio, la última junta había demorado más de lo que tenía previsto y aún debía prepararse para la cena con la familia Denali. También debía buscar un modo de evitar el tema de Tanya con Bella lo más posible, mientras se le ocurría que decir exactamente y…
-¿Emmett?- se sorprendió al verlo sentado en la estancia principal.
El chico levantó la mirada hacia su primo y sonrió.
Edward le caía bien, a pesar de ser bastante más mayo que él; pero usualmente le daba buenos consejos y podía contar con él para guardar secretos. Eso y que había sido, por mucho tiempo, el blanco favorito de sus bromas. Era como el hermano mayor que Félix no era –porque él estaba demasiado ocupado con sus mujeres-.
-Edward, hola- se levantó y lo abrazó, en un contacto varonil.
-¿qué te trae por aquí?
-Esme acaba de regalarme un auto.
-¿ya está aquí mi madre?- preguntó Edward, viendo el reloj y cuestionándose mentalmente si Alice ya se habría ido.
-oh, no… ella sólo me dijo que le pidiera las llaves a una de las sirvientas- Emmett se encogió de hombros -, pero me quedé un poco… quería hablar contigo…
Edward afirmó y su vista viajó inmediatamente a las escaleras, tenía que verificar cómo era que estaba Alice y dónde diantres estaba en esos momentos. Pero Emmett tenía esa mirada que ponía cuando estaba a punto de tomar una decisión, a veces eran buenas, otras malas. Sin embargo, siempre que Emmett aparecía para pedir su consejo, solían ser cosas importantes.
-siéntate y hablemos- le apuntó uno de los sofás.
-preferiría hacerlo en un lugar más privado.
Edward frunció el seño, realmente parecía necesitar soltar, sea lo que sea que tenía guardado.
-bien, vayamos a mi estudio.
Subieron las escaleras y entraron a la enorme habitación que Edward compartía ahora con Bella, misma que contaba con un espacio acondicionado para servir como estudio privado para él. Emmett cerró la puerta a sus espaldas y se dejó caer en el acolchado sillón que tenía su primo en un extremo.
-entonces…- lo instó Edward, de verdad tenía mucho que hacer.
-conocí a una chica…
-¿ese es el problema?- cuestionó Edward, intentando encontrarle lo grave, ya que se había quedado callado. Mientras tomaba asiento tras su escritorio.
-no… bueno, sí… es que ella es…- Emmett se levantó y comenzó a caminar por todo el lugar –ella ni siquiera debía cruzarse en mi camino, la verdad es que, prácticamente la obligaron a hacerlo… ¡yo no tenía porque demonios haberla conocido!, pero lo hice y… y ahora… no sé, Edward, estoy tan confundido que…
-Emmett, realmente no estoy comprendiendo lo que dices.
Emmett volvió a sentarse, sólo que esta vez lo hizo en la silla frente a Edward. Suspiró y miró sus manos todo el tiempo.
-tía Esme me llevó a esa bendita clínica suya, quería que le hiciera compañía a una chica enferma, ya sabes, esa con la que se encariñó y no puede despegarse de ella- se encogió de hombros, intentando restarle importancia –me dijo que si lo hacía por un tiempo, me daría un auto… como una especie de apuesta. Me conoces, acepté y terminé yendo a verla diario.
Al principio era odioso, de hecho ella me odió desde el primer día, y yo no podía aborrecer más el tener que perder mi tiempo ahí. Pero eso no duró. Ella era demasiado interesante y yo tenía demasiado tiempo como para querer conocerla. Así que, poco a poco nos convertimos en amigos, ya sabes, ella me contaba cosas, yo hacía lo mismo…
Pensé que podría dejar de verla y hacer como si nada hubiese pasado, recibiría mi auto y sería el fin de todo este bendito cuento. Pero la operaron, supongo que eso ya lo sabes. Estuvo grave por mucho tiempo y yo estaba feliz por ella; luego cuando estuvo en el quirófano, yo no podía estar más nervioso, creí que moriría de la angustia, Alice tuvo que sacarme de ahí…
No sé lo que me pasa, hoy ni siquiera fui capaz de llevar mi trasero a la clínica para poder despedirme de ella. Probablemente era la última vez que la veía, pero no pude ir. Iba en camino, le iba a decir que era la mejor amiga que había tenido; pero cuando estaba a mitad de camino, me di cuenta que no podía decirle eso… que era como mentirle, pero ni siquiera sé porque.
Edward lo observó, mientras se pasaba la mano por los cabellos en repetidas ocasiones, y sonreía. Era raro ver a Emmett confundido, más cuando se trataba de algo tan evidente. Aunque eso no quitaba que la situación no fuese cien por ciento positiva. En realidad, podía llegar a ser algo malo.
-Emmett…- le llamó, al ver que su primo permanecía con los ojos cerrados –no entiendo.
-¿no lo entiendes?- Emmett abrió los ojos y lo miró con intensidad -¿qué no me escuchaste?
-no, eso sí que lo comprendí, pero no comprendo qué estás haciendo todavía aquí. ¿De verdad no alcanzas a ver lo que yo veo?
Él le miró confundido, el que no entendía era él. Realmente no alcanza a comprender qué era lo que estaba tratando de decirle Edward, ¿qué se suponía que era tan evidente?
-¿Edward?- Bella tocó levemente la puerta y luego asomó su cabeza, sonriendo –llegaremos tarde si no te apuras.
Él le hizo una seña para que entrara y le abrió los brazos, para acomodarla en ellos. Le besó el vientre –que tenía frente a él, gracias a que aún estaba sentado- y luego ella se agachó para recibir un beso en los labios.
-ya voy, sólo dame unos minutos- le dijo sonriendo.
-bien- ella sonrió y se giró para ver al muchacho que los veía con ojos entrecerrados -. Tú debes ser Emmett, ¿no?- le dijo, tendiéndole la mano.
Él afirmó y tomó la mano de Bella.
Vio como Edward besaba la mejilla de su esposa y le murmuraba algo al oído y algo en su cabeza hizo clic. Le dio vértigo y tuvo que aferrarse a la mesa. Tuvo que cerrar los ojos y negar un par de veces, antes de volver a abrirlos, para encontrarse con la mirada suspicaz de su primo.
-me pregunto cómo es ella…- inició él –debe ser muy especial para tenerte en este estado, Emmett.
-ella es…- y se quedó callado, recordando cuando ella le había preguntado sobre eso, antes de que la operaran –es…
-¿es?
-es… fantástica, sabe escuchar cuando lo necesitas y da buenos consejos, te deja decir tonterías y se ríe de ellas. Tiene una voluntad de hierro y un valor inquebrantable, creo que no le teme a nada y es fiera y dulce, es… tierna e inteligente. Ella es… bella, tiene unos ojos azules que te dejan helado en cuanto la miras y estoy seguro de que cuando le comience a crecer el cabello será tan sedoso… será rubio, he visto algunos mechones, y su piel blanca, se ve cremosa y es suave, como pétalos de rosa… es…
-Emmett…- Edward volvió a interrumpirlo, dejando escapar una sonrisa.
-hermosa – murmuró Emmett, antes de levantar la vista y ver a su primo.
-¿qué haces aquí, Emmett?- le interrogó Edward, mirándolo con alegría, porque era la primera vez que veía algo así en él.
-yo… no sé… qué…
-levántate de aquí…- le dijo Edward, poniéndose también en pie y caminando hasta la puerta, la abrió y se hizo a un lado –y ve a hablar con quien realmente debes de hablar, porque conmigo sólo estás perdiendo el tiempo. Yo no puedo ayudarte, Emmett. Soy la persona equivocada.
-¿estás queriendo decir…?
-Emmett, ¿realmente necesitas que te lo diga?
Alice entró corriendo, sorprendiéndolos a ambos, dejó la maleta en el piso del estudio y le dio un beso y un abrazo a Edward. Después corrió hacia Emmett, haciendo lo mismo, despidiéndose en susurros de los dos.
-oh, Dios- soltó a un lado de la puerta, tenía los ojos rojos y las mejillas humedecidas –los voy a extrañar tanto…
-¿a dónde vas?- preguntó Emmett confundido.
-a un sitio donde pueda estar con la persona que amo- Alice sonrió y abrazó por última vez a su hermano, estrechándolo como si se le fuere la vida en ello –júrenme ambos que lucharan por la persona que aman, que seguirán mis pasos y no se dejarán intimidar por nada ni nadie y amarán libremente. Prométanme que amarán.
-te lo prometo, Alice- le contestó Edward sonriendo, medio triste, medio feliz.
-tú más que nadie- dijo ella –porque he visto cosas y si arruinas lo que vi, me encargaré de hacerte pagar.
Él soltó una risita y la volvió a estrechar entre sus brazos.
-me debo ir ya… o no tendré otra oportunidad- le dijo, soltando más lágrimas –hay me despedía de Bella, creo que tendrá que retocarse el maquillaje.
-Alice…- soltó Emmett en voz alta –te llevo.
-¿eh?, ¿estás seguro?
Emmett afirmó y observó las llaves que tenía en sus manos. Alice estaba luchando por ir a reunirse con la persona que ella quería. Eso le hacía sentir casi vacío, porque él creía no tener cómo llenar ese lugar. Pero también se dio cuenta de otra cosa, la misma que le había dado vértigo hacía tan poco y exactamente la misma que estuvo a punto de tomarlo por sorpresa el día de la operación en el hospital.
-sí, de todos modos me voy ya- levantó el rostro para ver a Edward sonreír de nuevo, lleno de alegría –creí que Edward podría ayudarme con algo, pero él tiene razón: estoy buscando a otra persona.
-¿y quién es esa persona?- preguntó Alice, mientras los tres caminaban por el pasillo, cuidando que nadie viera la escapatoria de la princesa.
-alguien especial- respondió simplemente, cuando alcanzaron a llegar al garaje.
-¿irás a hablar con Lillian?
Emmett se giró para verla a la cara, ella parecía feliz.
-¿desde cuándo lo sabes?, acabo de descubrirlo- dijo Emmett, caminando hasta el auto que Esme le había prometido.
-bueno, que tú seas tan tonto como para no haberlo visto antes no es culpa mía- Alice se encogió de hombros y se metió en la parte trasera del mustang rojo -, pero era algo evidente.
-adiós, Ali- le dijo su hermano, besando su frente –dile a Jasper que si no te hace feliz, iré hasta donde están a patear su trasero.
Ella soltó una risa musical y afirmó, cerró la ventana y se recostó en el asiento, para no ser vista por los guardias de la puerta principal.
-llévala con cuidado- le dijo a Emmett –cuida que nadie los vea y… date prisa para buscar a la chica.
Él afirmó y encendió el automóvil con un ronroneo.
Edward los vio salir a toda prisa por el camino hasta la puerta principal y rogó porque estuviera haciendo lo correcto al dejar ir así a su única hermana. Después de todo, él era el único que estaba al pendiente de que su familia fuera feliz, ya que sus padres estaban demasiado ocupados con los asuntos reales.
-¿se ha ido ya?- escuchó cómo le preguntaba Bella desde la entrada del garaje.
-sí.
-aún se nos hace tarde, Edward.
-lo sé- suspiró y entró en el palacio, subiendo las escaleras, para prepararse para la cena de esa noche.
Cuando Bella salió de la limosina, tomó la mano de Sam, justo a tiempo para aferrarse a él y no caer, cuando cientos de periodistas se abalanzaron sobre ella, con miles de preguntas y otros cuantos flashes de cámaras le iluminaban el rostro desde diferentes direcciones. Parpadeó varias veces, esperando por su marido, antes de empezar a caminar.
Ella no dijo nada, Edward era el que iba contestando con frases cortas como "está perfectamente", "aún no lo sabemos", "les diremos pronto", "eso espero" y otras cosas así. En cuanto cruzaron la puerta del hotel donde sería la susodicha, Bella pudo respirar con mayor tranquilidad.
-están locos- murmuró, acomodándose el fino moño que se había hecho.
-sólo intentan saber sobre ti y el bebé.
Ella se le quedó mirando, con los ojos entrecerrados, pues le parecía que lo estaba justificando.
-cálmate- le besó la coronilla y sonrió –ya estamos libres de ellos, ¿ves?
Bella afirmó y se alisó el vestido de seda azul que había elegido para la ocasión, caía desde el pecho hasta debajo de la rodilla con fluidez y dejaba una linda vista de su vientre que se redondeaba poco a poco. Tenía un escote redondo y no tenía mangas, sólo estaba acompañado por una delicada gargantilla de diamantes y una estola de elegante tela, fina y cálida.
Edward la observó, mientras le ofrecía su brazo y ella lo tomaba.
Le parecía preciosa, vestida de aquel color que tanto le fascinaba en contraste con la pálida piel de su esposa. Le recordaba la primera vez que la había visto, pero le parecía aún más hermosa la ver su cuerpo albergando a su hijo, el primero.
Él había tomado una decisión, entre juntas y llamadas, había pensado mucho y había puesto todo en perspectiva. La solución a las cosas –porque no podía llamarlo problemas- era más simple de lo que él había supuesto en un principio.
Aquella intrínseca atracción y simpatía que sentía hacía ella, no era sólo cuestión de una amistad con beneficios, no eran tampoco compañeros de cuarto y alcoba, mucho menos simples amantes. Eran mucho más, o al menos, ella significaba mucho más que eso. Tampoco era como si acabara de descubrirlo todo esa tarde, por obra mágica de los astros, era más bien, la constatación de un hecho que, con el paso del tiempo, se venía haciendo evidente.
Él comenzaba a quererla, a desearla, a celarla y a un millar de cosas que le resultaban ajenas y, al mismo tiempo, le hacían sonreír cada vez.
-bien- Bella suspiró y esbozó una sonrisa, que él ahora reconocía, como falsa –hora de la función.
Edward la sostuvo un poco y sonriendo, sinceramente, le acarició el rostro.
-sólo disfruta un poco, ¿quieres?
Bella frunció la frente, ella prefería disfrutar de la comodidad de la privacidad que le brindaba estar en casa y sin un montón de gente que la rodeara. Eso sí que lo podía disfrutar.
-o… no lo hagas- Edward soltó una risita baja –nos iremos pronto, lo prometo.
-bien- Isabella sonrió satisfecha y giró su rostro a la multitud de personas.
-sonríe- le pidió al oído –o parecerá que tu marido no te consiente.
Ella se giró para contestarle con algún comentario sarcástico o divertido, no lo había decidido todavía. Pero en lugar de poder ocupar su boca en reproducir palabras, la utilizó recibiendo los dulces labios de su esposo.
El beso fue un roce rápido, pero tierno.
Bella sonrió al instante y Edward afirmó, como aprobándola.
-bobo- refunfuñó Bella.
-pero así me quieres, ¿no?
Isabella se quedó como paralizada, no sabía exactamente qué contestar. Aunque su lentitud mental no fue tan evidente, pues justo en ese momento apareció una mujer rubia, de cabellos casi plateados que le caían hasta la cintura en bucles estilizados y con unos ojos tan azules que asemejaban zafiros brillando a la luz.
La chica parecía joven y, tras ella, venía caminando un hombre de cabellos negros, largos y rizados.
-bienvenidos, altezas- saludó, con un acento bastante marcado, ella hizo una reverencia y el hombre tras ella también –usted debe ser la princesa Isabella, un placer. Soy Kate Denali y él es mi prometido Garret.
-un placer, Kate, Garret.
-¿prometido?
Ella sonrió de oreja a oreja.
-sí, ¿no es genial, Edward?
Bella abrió un poco los ojos, al ver la forma tan informal en que le hablaba a Edward. No parecían conocidos de negocios, parecían amigos íntimos.
-me alegra por ustedes, ya sabía yo que Garret terminaría reconocer en algún momento que moría por ti.
Los tres soltaron una carcajada ligera y se sonrieron de forma amistosa.
-oh, Dios- Kate pareció acordarse de algo –mi padre me ha pedido que los llevará con él, inmediatamente llegaras.
-bien, tengo ganas de saludarlo.
Ella sonrió y, tomando la mano de Garret, los guió por todo el salón, hasta llegar donde su padre se encontraba sentado. Volvieron los saludos y presentaciones pertinentes, llenas de protocolo, y luego, como antes, se desvaneció todo eso y sólo quedaron un grupo de amigos entablando una conversación, sentados alrededor de una mesa.
-… así que Irina se fue con Laurent de vacaciones- contaba el viejo Denali, mientras se rascaba el canoso cabello y sonreía –y Kate está por elegir la fecha para la boda. Lo única que no…
-¡lamento tanto la tardanza!
-no hay problema, hija- el hombre canoso sonrió con afecto y Bella tuvo que girarse para ver mejor a la recién llegada.
-oh, altezas… -hizo un reverencia y trató de sonreír, sin conseguirlo por completo –un placer tenerlos aquí esta noche.
La mujer, se dijo Bella, podía parecer modelo de revista. Con el cabello de un rubio rojizo que contrastaba con su piel blanca, le caía en ondas hasta los hombros. Su cuerpo delgado y elegante, estaba enfundado en un vestido rojo impresionante –pero nada vulgar- y tenía un maquillaje que sólo resaltaba el color azul de sus ojos, más claros que los de su hermana.
-mira, Tanya… ella es Bella- le dijo Kate desde el otro lado de la mesa -¿no se ve hermosa con su embarazo?
Y fue cuando Isabella Swan pensó que era capaz de tachar de su lista "conoce a la maldita bruja –con excelente cuerpo- que quiere –porque era imposible, por el modo en que miraba a Edward que se hubiese olvidado de él- algo con tu marido".
Y quizá también podía tachar "no sólo suenas como esposa celosa, sino que realmente sientes celos de tu marido".
wenop, he resurgido de mis cenizas moribundas para escribir este capi ^^ jajaja
la vdd es ke la escuela me tiene como secuestrada... ¬¬ tontos maestros y sus tontas tareas...
en fin, lamento la descomunal demora, espero sepan disculparme x eso y...
gracias, como siempre, x los rws, las alertas y favoritos... (ia saben ke me encantaria contestarlo, pero no tengo tiempo T_T)
ehm... gracias tmb x hacerme notar mis errores y respondiendo a la pregunta, no no me molesta ke me den crítiks, siempre y cuando sean constructivas y me ayuden a escribir mejor io las acepto con una enorma sonrisa XD
respecto a otra preguntilla ke me hicieron sobre Lillian... ¬¬ no diré nada muajajaja...
y... un peke comercial, tengo 2 historias más "Y si?" y " Mil vidas", la segunda la akbo de colgar... la otra nop, jajaja... si kieren, dense una vuelta x allá, sería lindo ^^
en fin...
besos y abrazos
clarisee
