TSUKIAKARI NI MABOROSHI

-por Jinsei no Maboroshi-

parte IX

Fecha de publicación: 27 de agosto de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.


Nijiko estaba en la misma barra de siempre, comiendo sus tradicionales cigarros, tomando su rutinaria limonada.

Vestía como siempre, con sus anchos pantalones negros, y su musculosa basquebolista con el número de la bestia en la espalda y en el pectoral izquierdo, cuyas mangas anchas dejaban entrever su ropa interior superior.

Esta vez, daba su espalda al espectáculo y sólo se concentraba en su vaso, que apoyado sobre la barra, le permitía pensar lo que hacía semanas su tutor le había dicho.

Y es que, aunque hubiera recibido aquellos consejos, ella gustaba de esas experiencias nocturnas. Quizá lentamente debía descubrir por sí misma que no eran lo que necesitaba, pero, por el momento, le bastaban. Le permitían olvidar. Al menos, le daban la sensación de que olvidaba.

Unos brazos delicados la rodearon por la cintura. Sonrió triste.

Ya había percibido el aroma de su amiga, quien apoyando el mentón sobre el hombro de la adolescente, le había susurrado una tierna invitación.

Desde aquella charla con Ken, había preferido sólo dormir con ella. Era cierto que las otras le daban intensidad, pero Nakayama era la poseedora de un detalle que aquellas desconocidas no alcanzaban ni a percibir: Mika había sido la dueña de su primera experiencia, y como ella, no había encontrado a otra joven que le hiciera sentir de igual forma. Una forma vacía, mecánica tal vez, pero con un poco más de esencia en comparación con las desconocidas. Y es que simplemente, de entre el paisaje desolador, sólo estaba escogiendo lo mejor dentro de lo peor.

Tal vez la elegía por esa tontería femenina. Tal vez el deseo frustrado de que Akimi hubiera sido la dueña de aquel detalle rondaba por su mente, una vez más, como un fantasma. Quizás sólo se engañaba.

¿Acaso Mika era una real oportunidad de olvidar a Akimi? No lo sabía. Necesitaba corroborarlo con el pasar del tiempo, con el gemido confundido de ambas, con las charlas posteriores a la liberación de las riendas de su instinto.

No lo sabía. Pero se había propuesto descubrirlo con los días. Y por suerte, Mika parecía responder a una necesidad igual.

Le invitaba cada vez que estaba sola, y ya no había vuelto a proponer encuentros con otras amigas luego de la traumática experiencia que había lastimado tan severamente a la adolescente. La espalda de Nijiko aún no estaba del todo cicatrizada y Mika se sentía culpable de las leves cicatrices que allí, parecía, irremediablemente quedarían sobre tan blanca y tersa piel.

-Neee... Nijichan... ¿vamos a un lugar más tranquilo?

-Mn. ¿No te necesita nadie? –preguntó con tranquilidad. En el fondo, ya aquella idea no la perturbaba.

-No, acabo de despachar al último.

-Mn. Estarás cansada... –comentó dejando posar una mano suya sobre las de Mika que se ceñían caprichosamente a su cintura.

-Para ti nunca lo estoy. Sabes que me gusta hacerlo contigo...

-... –sonrió sonrojada. Giró un poco su rostro, y dio su perfil a su amiga, quien aceptando la invitación, le besó en los labios. Un beso corto y tranquilo–. Ven, siéntate... –le invitó cortésmente, señalándole el asiento a su lado. Mika así lo hizo, y en menos de tres minutos, el cantinero ya le ofrecía un trago suave de sake a la joven. Tomaba para liberarse de la sensación repulsiva que siempre le atacaba luego de llevar a su departamento al último cliente de la noche. Pero esa vez, lo degustó con tranquilidad. Lo tomaba por placer, no como anestesia.

Mantuvieron el silencio por un rato, mirándose furtivamente tras sonreírse. Quizás no se daban cuenta, pero a lo mejor, la crueldad de Mika necesitaba un espacio en donde transformarse en calidez. Tal vez sólo era una chica maltratada por la vida que Nijiko podría hacer cambiar.

La adolescente suspiró. Tal vez comenzaba a ilusionarse demasiado. Y sólo cuando el sonido del koto progresivamente se apoderó de su mente, el recuerdo de Akimi afloró una vez más.

Su voz, sus gestos, sus sonrisas, y sus masajes en la espalda, tan sensuales y tiernos.

Pero aquel espejismo, fue desvanecido por una traviesa mano que se posó sobre su muslo, y que le acariciaba hacia el lado interno, muy lenta y sensualmente. Nijiko se sonrojó, y miró a su compañera.

-¡Mika! ¡Deja de hacer eso! –le pidió avergonzada.

-Te ves tan linda... –susurró divertida, y le robó un beso suave y gentil de sus labios. Retiró su mano con gracioso gesto, y se apoyó sobre la barra, para verle directamente–. ¿Te pasa algo, Nijiko?

-Mn. Sabes... pienso mucho...

-Eso mata... –le respondió con pena. Meses por comprender su situación, sin respuesta válida alguna, le demostraban cuán vana era tal acción.

-Mn. Tal vez tengas razón...

-La tengo –Nijiko le miró a los ojos directamente, gesto que mantuvo Mika con igual decisión, con un dejo de curiosidad–. ¿Mn? ¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así?

-¿Sabes? A veces creo que te desconozco... –dijo seriamente.

-¿Mn?

-Te ves tan suave a veces, otras tan irritada, otras tan violenta...

-... –miró la barra. Nijiko apoyó su mano en el hombro de la joven, e intentó persuadirla con el movimiento a que volviera a fijar su vista en ella.

-A veces me confundes... y no sé realmente a quién conozco...

-Tú no me conoces. Eso es la verdad –declaró finalmente. Nijiko retiró su brazo de aquel hombro, y volvió a contemplar su vaso. Mika copió el mismo gesto.

-¿Podré algún día conocerte? –cuestionó con voz neutral.

-No lo sé.

-¿De qué depende?

-Tampoco sé.

-¿No sabes siquiera cómo eres? –le cuestionó algo molesta por ese juego barato de palabras.

-Creo que ni eso sé.

-¡Oh! ¡Genial…! –suspiró resignada, dando un sorbo a su limonada, tras la cual, buscó en el bolsillo de su pantalón la cajilla de cigarros, de la cual tomó uno, y ofreció otro a Mika, quien aceptó de buen grado.

-¿Y para qué quieres saber eso? –cuestionó tras la primer mordida a su barra de chocolate.

-Mn. No lo sé –dijo irónicamente, provocando que Mika solamente hiciera un gesto de molestia, rodando sus ojos hacia un costado. El sarcasmo de tan pequeño ser la irritaba la mayoría de las veces.

-¿Vamos? –dijo tras unos segundos de silencio.

-Mn –afirmó, buscando en su mochila la billetera para pagar los tragos.

Sin embargo, un hombre vestido en un impecable traje blanco, se acercó a las jóvenes. Mika lo miró con curiosidad, y éste contempló a Nijiko por un segundo, y luego a su amiga.

-Señorita. ¿Usted está en horario laboral? –preguntó cortésmente el hombre a la joven. Ella parpadeó un par de veces, y miró el rostro del hombre con sumo cuidado. Sus facciones jóvenes, y su cabellera negra y abundante, acataban el prospecto de los hombres que aceptaba, sin morir de repulsión en el intento. Miró a Nijiko por un segundo, preguntándole en silencio si le era permitido el cambio de planes a último momento, y ésta, tras un suspiro resignado afirmó con la cabeza.

-Nijiko, te la debo. Mañana estaré sólo para ti –dijo juguetonamente, saltando del asiento, y ubicándose al lado del joven.

-Mn. Lo que digas. En ese caso, estaré un rato más tomando –acotó desganada.

Mika se fue con el hombre, en dirección a la salida del club. Takarai los siguió con la vista hasta perderlos por la puerta. Suspiró resignada a la aburrida noche que se perfilaba, y regresó su atención a la limonada, que en el vaso casi vacío, le exigía por una segunda copa nocturna.

El sonido de las bandas indies ya no le llamaba la atención, y simplemente se resignaba a luchar con sus pensamientos en el silencio que ella misma se generaba, cuando su mente reproducía la melodía koushi en el koto.

Recordando a Akimi, no percibió que un hombre se sentaba a su lado, y pedía con voz ronca un trago fuerte con cerezas.

-Nijichan -susurró el hombre, posando su mano en el muslo de la muchacha. De repente, Nijiko salió de su ensimismamiento y sus nervios afloraron, identificando sin duda alguna el sonido ronco de aquella perversa voz. Giró rápidamente su rostro para enfrentar a ese hombre, y de inmediato miró la mano del pérfido que se encontraba sobre su regazo. Aquella mano sujetaba una navaja aún sin desplegar su filo, apoyada sobre su parte íntima. Nijiko empezó a agitar su respiración, y regresó su semblante a ese hombre, temerosa, con cuidado, sin generar ningún movimiento que le alteraran, y que sólo provocarían que lastimaran su cuerpo.

-...

-¿Sabes? Eres linda... muy digna de tu padre... realmente si tuviera que elegir entre él y tú, creo que no podría... o tal vez sí... tú aún eres tan inocente... –sonrió divertido. Nijiko, seria, sentía que el aire se negaba a ingresar a sus pulmones.

-¿Qué mierda quieres? -preguntó en su acento osakeño más rudo.

-¡Oh! ¿Así hablas? ¡Ese ha sido Ken, se nota demasiado! –rió abiertamente, con soltura, presionando un poco más aquella navaja aún plegada sobre su ingle, provocando que Nijiko cerrara los ojos de súbito, impresionada por la sensación agresiva que aquello le generaba.

-...

-Lo que quiero, linda, es lo que deseé hace más de cinco años, y que no he podido concluir.

-... –Nijiko abrió sus ojos con terror. Había regresado por ella. Empezó a temblar levemente, tragando con gran sequedad en su garganta.

-Me pregunto si tienes las mismas alas de tu padre –comentó dejando resbalar su mano libre por debajo de la camiseta de la joven, acariciando la piel de la espalda de Nijiko, quien ante aquel toque, sentía nauseas. Estaba usurpándole los gestos de Akimi, y el recuerdo del pasado, de aquella traumática experiencia de su padre, junto con su presente, se arremolinaban en sensaciones que la destrozaban. No quería pensar en lo que sería de ella al final de la noche. Se negaba a pensarlo. Nijiko cerró de súbito sus piernas demasiado impresionada por la presión que aquella navaja ejercía. Su movimiento sólo hizo sonreír pérfidamente a Sakura, quien sacando la mano que había colado por debajo de la ropa de la joven, tomó su mentón, y la obligó a besarle. Empujó con su lengua, para que finalmente cediera, invadiéndola impunemente. Nijiko sólo realizaba quejidos de repugnancia, intentando mantener la calma, pues aquella arma aún estaba entre sus piernas–. Besas hermoso, Nijichan... mejor que tu padre, incluso –sonrió, finalizando el beso con otro más pequeño en sus labios.

Y sin inconvenientes, Sakura quitó las manos que tenía sobre el cuerpo de la adolescente, y tomó su bebida de un solo trago. Suspiró satisfecho, y contemplando el perfil de la joven, que aún atemorizada se negaba a reaccionar con algún movimiento, la tomó por el hombro, y le volvió a besar.

Nijiko aceptó, comenzando a notar el ardor que amenazaba a sus ojos, y el gusto a cereza en su boca. Aquello le estaba torturando.

Sin embargo, al finalizar el contacto, Sakura tomó de su cinturón, un celular, y lo apoyó sobre la barra. La miró con una burlona sonrisa.

-Neee. Si tienes miedo, llama a Tetchan. Los esperaré afuera –susurró disimulando, haciéndose el desentendido–. Sólo no le informes que soy yo. Si no, te pesará –dijo con amable expresión, y tras darle un beso en la cabeza, se alejó de ella, saliendo por la puerta del club.

Nijiko comenzó a temblar, creyendo que entraría en un colapso nervioso. No quería llamar a Tetsu, y hacerle caer en la trampa. No debía usar ese celular, pero no tenía otra posibilidad. No podía huir sola, lo sabía, pues la mirada de ese hombre se lo había dado a entender. No podía más que resignarse a su futuro, o usar el celular, que sería una trampa, pero a final de cuentas, eran las únicas dos posibilidades.

Abrió el móvil, y comenzó a indagar por todas las opciones del menú, buscado alguna operación de rastreo o símil. No encontró nada. Probablemente el sistema de escucha estaría dentro.

Y resignada, digitalizó el número, rogando que ese celular no permitiera grabar la conversación.

El número del departamento de Tetsu.

El timbre de la línea insistió varias veces. Nadie atendía.

Sonó 10 veces, sin éxito.

-¡Por favor! ¡Atiendan! –suplicó en el teléfono, pero justo cuando finalizaba su ruego, una voz adormilada le atendió.

-¡La puta que te parió, qué horas son de llamar! ¡Esto es una casa de gente decente, pedazo de infeliz! ¡Por qué no vas a llamar a tu abuela! –gruñó en su peor osakeño el alto japonés.

-Kenchan... –Nijiko rompió a llorar.

-¿Mn? ¿Nijichan? –su voz cambió drásticamente, y su sueño aparente desapareció.

-¡Kenchan! ¡Ven a buscarme! ¡Por favor! ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!

-¿¡Nijichan! ¿En qué te has metido?

-Por favor, sólo ven, y ten mucho cuidado.

-¿En dónde?

-En el club de bandas indies, a 50 metros de la vieja casona europea.

-¿Pero qué está sucediendo? ¿Te encuentras bien?

-¡No lo sé! ¡Sólo ven, Kenchan! ¡Tengo mucho miedo! ¡Por favor! –suplicó llorando.

-Salgo inmediatamente.

-Mn.

Ken, apenas cortó, ingresó a la habitación, donde Tetsu aún dormía adolorido por la gran violencia con la que habían realizado su panacea rutinaria aquella noche. Su sueño profundo demostraba cuán agotado estaba.

El guitarrista sólo tomó la ropa que estaba tirada por el suelo, y con gran velocidad, renqueando un poco, tomando las llaves de su coche, salió de la casa, dando un estrepitoso portazo al salir.

A los quince minutos, Ken ingresaba por la puerta del club, curioso, mirando por doquier.

Nijiko, sin dudarlo dos veces, corrió en dirección de Ken, y se estrelló en su pecho, abrazándolo con desesperación, llorando sin poder contenerse.

-¡Nijichan! –preguntó espantado, sujetando a su alumna por los hombros.

-¡Kenchan! ¡No te vayas! ¡No! ¡Tengo miedo! –gritó hundiendo su rostro en la cara del alto japonés.

-Ven, vamos a un lugar más tranquilo, vayamos al coche...

-¡No! Ven, vamos a la barra...

-¿Qué?

-¡Ven! –le dijo enjugándose las lágrimas, tomando a su tutor por el brazo, y caminando entre la gente, hasta tomar los asientos en la barra.

-¡Nijiko! ¡Por favor! ¡Me estás preocupando! ¿Qué sucedió? ¿Te hicieron algo malo?

-¡Es Sakura! ¡Sakura!

-¿Qué? –abrió sus ojos demasiado sorprendido, mirando con mayor desesperación a su alumna.

-Sakura estuvo aquí... Se sentó a mi lado... me besó, me tocó...

-¿¡Ah! ¡No, Nijichan! No me digas que ese hijo de puta...

-¡Me quiere secuestrar! Me dijo que llamara a Tetchan para que me viniera a buscar, y que nos iba a esperar afuera. Tengo miedo, Kenchan... no quiero salir... -susurró llorando, lanzándose a los brazos de su tutor. Ken parpadeó un par de minutos en silencio, totalmente impresionado por la noticia.

-¿Por qué no me lo dijiste por teléfono?

-Me sugirió que no lo dijera... no sé qué hubiera hecho... me hubiera tomado sola, probablemente...

-¡Ah! Nijichan. Tranquila, déjame pensar.

Ken cerró sus ojos por un segundo, y luego los abrió, dándose a sí mismo un respiro. Contempló con ojos detallista el ambiente completo y la salida. Había dejado el coche a una calle de allí.

Deberían ser cuidadosos, pero debían salir con rapidez. Casi como hacía ocho años, cuando el guitarrista había arriesgado su vida por aquella jovencita.

-Vamos Nijichan... –le dijo instándola para levantarse del asiento.

-¿Eh? -preguntó dudosa, mirando con terror a su maestro, sacando su rostro del pecho de éste.

-Estate preparada. Cualquier cosa, tú corre.

-¡Kenchan!

-Vamos a salir corriendo, y tomaremos mi auto que está a una calle. ¿Sí?

-Pero Kenchan...

-¿Qué quieres? Sin peros... vamos.

Insistió decisivo.

Atravesaron la puerta del club, y echaron a correr sujetos de las manos, hacia el auto. En menos de diez segundos llegaron al vehículo, y sin problemas arrancaron el motor, generando una aceleración chirriante en el asfalto.

Ken y Nijiko dentro del auto, camino a su departamento, en silencio, no podían creer qué era lo que había sucedido, ni que el escape hubiera sido tan fácil. Tal vez siempre habían sobrevaluado a Sakura.

Llegando al edificio, y aparcando en el estacionamiento del lugar, miraron a todos lados, recelosos de alguna trampa sorpresa. Con velocidad, tomaron el ascensor. Dentro, Nijiko se apoyó relajada sobre la pared del mismo, y suspiró sonoramente. Miró a Ken por un segundo, y sonrió.

El alto japonés le retribuyó el gesto, y le acarició la cabeza.

Ken había heredado un poco de ese código secreto de Yukihiro. Nijiko y él aún podían conectarse sin palabras.

El ascensor se abrió, y caminaron con paso agotado hacia su departamento. Sin embargo, Ken, que estaba revisando su bolsillo en busca de las llaves, observó la puerta semi-abierta. Nijiko frunció el ceño.

-¿No la cerraste, Kenchan?

-Tal vez... salí tan apurado que no recuerdo.

Caminaron hacia el interior, prendiendo las luces. Todo estaba en calma. Los almohadones del sofá impecables, las sillas que se podían observar de la cocina estaban ubicadas pulcramente, la alfombra de entrada prolijamente centrada, y la puerta de la habitación de Ken y Tetsu apenas entornada, como siempre la dejaban cuando sus sesiones de panacea terminaban.

-¡Naaa, paranoias nuestras, Nijichan! Tranquila –cerró la puerta de entrada con llave, y contempló a su alumna que se arrojaba sobre el sillón.

-Mierda... pensé que ese maniático me iba a tratar como a papa... me comparó con él, Kenchan... realmente...

-Tranquila, linda... ¡ya pasó! -susurró con amabilidad, acercándose a la joven, y apoyando su mano en el hombro–. Espera, que despierto a Tetchan para que hablemos de esto, y luego preparo unos cafés –dijo ameno.

-Mn. Yo los hago –asintió más calma, levantándose en dirección a la cocina.

Ken caminó hacia la habitación y abrió la puerta completamente.

Todas las cosas que siempre se hallaban en su buró estaban desparramadas por el suelo, y la cama, revuelta, carecía de la sábana.

Abrió sus ojos con terror.

Caminó desesperado por el derredor del lecho, buscando la sábana, el cuerpo de Tetsu, alguna explicación a los elementos desparramados por el recinto. Rápidamente se dirigió al baño, y con brutal fuerza abrió la puerta provocando un estrépito.

Nijiko desde la cocina, dio un respingo ante el sonido que la desconcertó en medio de aquel sepulcral silencio. Curiosa, se asomó por el umbral y vio que Ken salía con paso apurado del baño hacia la habitación que le había sido asignada a ella. Al instante, se encontró a Ken frente a ella, contemplándola con desesperación. Nijiko se asustó ante aquel gesto.

-¿Qué pasa, Kenchan?

-No está Tetchan...

-¿Mn?

-Lo dejé durmiendo... y... no está...

Nijiko tuvo un escalofrío. Ken sintió culpa.

La joven se llevó las manos a la boca, comprendiendo finalmente las palabras del pérfido ser.

-¡No! ¡No! ¡No puede ser! ¡No me quería a mí!

-¿Eh?

-Me dijo que quería lo que no había podido conseguir aquella vez... ¡oh! ¡No puede ser…! ¡Kenchan! –sollozó la joven, limpiándose con el dorso de la mano las lágrimas que caían como torrente. Ken, atónito, aún no consideraba la verdadera magnitud del hecho. Sólo recordaba cómo lo había maltratado aquella noche. Tetsu no se hubiera defendido ni aún queriéndolo. Ambos se habían lastimado en aquella brutal sesión que cada vez se alejaba más al prototipo de panacea inicial.

Casi como un autómata, caminó hasta la adolescente, la rodeó con sus brazos, cerró sus ojos, y apoyó su mejilla en la cabeza de Nijiko, quien de inmediato rompió en llanto amargo, apretando la cintura del alto japonés.

Sakura había supuesto que Tetsu no iría. Había supuesto que la niña no arriesgaría al bajista, sabiendo de la mejor capacidad física del alto Japonés.

Sakura, después de todo, era un verdadero maestro.


Él sólo la sostenía por la cintura, mientras ella buscaba el placer por sí sola, tratando de estimular a su esposo con sus gemidos. Se inclinaba sobre el rostro de Hyde, y llevaba sugestivamente sus labios al oído del cantante, para que sus sonidos le excitaran.

Acariciaba el pecho de su amante con sus manos, mientras continuaba el rítmico movimiento con sus muslos, que a cada lado de la cadera de su cónyuge, ayudaban a profundizar el gozo anhelado, pero que extrañamente, no alcanzaba nunca.

-¡Ah…! Espera... Megumi... –jadeó el cantante, tomando a su esposa por los hombros, ejerciendo una suave presión para separarla de sí.

Megumi se detuvo, y se irguió un poco para ver el rostro a su esposo. Apoyó sus manos a los costados del cuerpo del vocal que continuaba tendido boca arriba sobre la cama. Desde que habían regresado a aquel espejismo de matrimonio, Megumi siempre tomaba el control de ese cuerpo, que lentamente, se desgastaba, que lentamente, perdía el gusto por experimentar el éxtasis.

-¿Sucede algo, daarin?

-No hoy... no... puedo... –susurró mirando a un costado.

-El médico dijo que debemos intentarlo cada vez más... Hyde, no es la vergüenza de nadie, no te preocupes. A todos los hombres les pasa una vez en la vida.

-Hoy no quiero, Megumi... por favor –le pidió, ejerciendo un poco más de fuerza sobre los hombros de la mujer, quien reinició el movimiento con sus caderas, sentándose por completo sobre él, mirándole con aquel gesto de soberbia, de orgullo, de cazadora que aún conservaba, que desde lo alto de su posición, avergonzaba aún más a Hyde.

-Sólo un poco más. Si no puedes, descansamos. ¿Mn? –le dijo sensualmente, apoyando sus propias manos en sus senos, tratando de generar una imagen que provocara la lujuria en su esposo.

Hyde sólo la contempló por unos segundos, y deslizó sus manos hacia los muslos de Megumi, donde las dejó descansar, mientras cerraba sus ojos. Odiaba ese momento. Durante más de cinco años debía someterse a su cazadora, con tan indigna farsa. Recordaba aún cómo le había suplicado a Tetsu que abandonara la idea de la separación, pero a la vez, podía reconocer que su antiguo amante, sabio y perceptivo a pesar de su manía absurda generadora de culpas infinitas, había podido entender el peligro en el que se iba a encontrar su hija. Y sólo allí, con aquel pensamiento paternal que le envolvía cada vez que pensaba en su hija, resistía las eterna e inacabables sesiones de placer torturante, que se intensificaban con la disminución diaria del amor, del cariño, de algún sentimiento cálido que pudiera experimentar para con Megumi.

Su cuerpo, agotado del uso desmedido, ya no podía falsificar sentimientos de los que carecía. Su mente ya no le ayudaba a disimular la gran mentira. Y Megumi, preocupada, le había llevado hacía meses atrás al médico.

Medicinas y repetición de intentos hasta pasar la traumática etapa, había sido la supuesta cura. Sin embargo, nada parecía funcionar. La impotencia de Hyde finalmente se traducía en su cuerpo.

-Ya. Para, Megumi. No puedo... –dijo finalmente, clavando sus dedos en la blanca piel de los muslos de su esposa. Megumi se contrajo por el gesto que rayó su dermis levemente, y miró a Hyde con el ceño fruncido.

-¡Ay…! ¡Sé más cuidadoso! –manifestó sentándose a un lado de la cama, frotando con su palma las marcas de las pequeñas uñas que su marido había clavado en sus muslos.

-Ya te lo dije desde antes de acostarnos. No tengo ganas –comentó con un ligero tono de protesta. Quería que ella fuera cuidadosa con él. Pero ese deseo era una ilusión, sólo debía someterse a la tan ultrajante situación, sin querer ni poder concretar nada.

-Tú nunca tienes ganas.

-Estoy pasando por una época complicada. Las mujeres...

-¿Las mujeres qué? –replicó ya enfadada. Los meses de abstinencia ya agriaban el carácter de ambos.

-Siempre pueden... no se tienen que forzar como nosotros... –explicó vagamente. Ni él sabía lo que quería decir. Sólo buscaba una excusa. Aún tendido sobre la cama, contempló el costado opuesto a Megumi, quien no dejaba de mirarle ceñuda.

-¿Forzar? Por favor, aquí el problema es lo de siempre... –protesto, inclinándose sobre la cadera de su amante y llevando su mano hacia la intimidad de su esposo, le penetró con dos dedos sin avisos ni cuidados.

Hyde, sorprendido por aquella invasión nunca antes sospechada, gritó adolorido, y desesperado, pataleó, alejando el brazo de su esposa con un golpe que su pie le propinó, y de inmediato, se sentó en la cama, apoyado por completo contra el cabezal, respirando agitadamente, contemplando con desconcierto a su esposa. Por un momento sus recuerdos de las garras fantasmales le tajaron la piel con aquellas sensaciones amargas de experiencias violentas que aquel hombre le había producido en nombre del 'amor'. Aquel concepto extravagante con el que el oscuro y misterioso batero le había encandilado entre sangre y lágrimas.

Aún contemplándola sorprendido, comenzó a temblar levemente. ¿Y si esa mujer era Sakura?

-El problema de siempre: que necesitas que te follen bien. ¿Acaso no hay ningún proveedor cercano ahora?

-Basta... no empieces –protestó de inmediato, soslayando la mirada, comenzando a percibir el enfado que enturbiaba su sangre, que lentamente le hacía desear destrozar aquella mujer.

-¡Es verdad! ¿Por qué no vas a Toukyou a buscarte una buena inspiración con aquel puto guitarrista tuyo, eh? Total, ahora debe andar necesitado, ya que se le murió el otro. Hasta le vendrías bien tú.

-Al menos ten respeto por los muertos, perra puta –respondió con su voz más ronca, parpadeando varias veces, sintiendo aquel suave descontrol que aullaba buscando apresar su cuerpo.

-Si vas a insultarme, hazlo con algo más creativo, artista de cuarta. Ya no sirves para nada, Hyde. Ni siquiera para follar.

-... –le miró con los ojos afinados, desafiante. Una palabra más, y Hyde, saltaría sobre ella, la ahorcaría como debió de haberlo hecho 5 años atrás. Estaban solos en la casa, nadie les interrumpiría el sacro momento.

-Desde que regresaste, no dejo de notar cuán puto eres. Te tiras en la cama a que te cojan. Eres un asqueroso pasivo –espetó con soberbia, sentándose en la cama, comenzando a ponerse la ropa que había dejado tirada en el suelo. No dormiría esa noche con su esposo, preferiría la incomodidad del sofá del salón, a compartir el lecho con ser tan resignado.

Hyde sólo la observó un segundo, y con gran velocidad, se levantó de la cama. Apenas apoyó sus pies en el suelo, su mano se cerró sobre la garganta de Megumi, quien pateaba y golpeaba a su esposo. Hyde, completamente helado en sangre, miraba finalmente con soberbia a su esposa. Sus labios lentamente se curvaron, provocando una sonrisa entre endemoniada y burlona. Megumi, cada vez con menos aire en su sistema, se arrodilló frente a él, quien bajó su brazo un poco, para acompañar el movimiento. Y allí, completamente resignada a esa suerte, Megumi elevó su semblante a su asesino, y movió sus labios sin posibilidad de emitir sonido alguno, provocando que Hyde, misteriosamente extático en aquel estado místico, pudiera leer de inmediato el mensaje:

"SIN MÍ, SIN TETSU."

Ante aquel movimiento evidente, Hyde reaccionó de súbito, siendo golpeado por el recuerdo de su amante, quien le había detenido de realizar aquella mañana nefasta lo que estaba a punto de cometer esa noche. La ronca voz del bajista bañó su interior una vez más:

¡Basta, Hyde! ¡No hagas una locura!

Su mano se abrió de inmediato, escuchando la respiración desordenada de su esposa, quien tosía y se sujetaba el cuello, dejando paso del aire a sus pulmones finalmente.

Luego de un minuto, en que Megumi, levemente recuperada, se incorporó del suelo, miró con fiereza a su esposo, y acercándose al buró de su cama, sacó un diario arrugado, utilizando el mismo mueble como una silla provisoria donde terminar de recuperarse.

Molesta, se lo arrojó a la cara, y le miró con odio.

-Vete a buscar a tu verga predilecta. Ya no vuelvas aquí. Y Nijiko, ya no es tu hija.

-¿Qué? –preguntó más consciente de la realidad, y de las palabras que lo despertaban de aquel trance en el que había ingresado. Megumi sólo lo miraba con odio. Hyde, tras notar que aquella mujer no se movería hasta recuperarse por completo, bajó sus ojos hasta el suelo, donde el suplemento de espectáculos tenía un titular que le detuvo el corazón por dos segundos.

Allí, a sus pies, en una plana caprichosa, la hermosa sonrisa de su antiguo amante, al lado de un espeluznante titular: 'Ogawa Tetsuya, de L'arc en ciel, se encuentra desaparecido'.

Hyde, horrorizado, miró cuestionando a su esposa.

-¡Imbécil! Ni creas que gastaría un yen en ese puto afeminado. ¡Sólo vete! Ya no te quiero ver más. Recibirás los papeles del divorcio. Ve a buscar a tu proveedor.

Y sin más palabras, terminó de vestirse y se retiró de la habitación golpeando fuertemente la puerta. Hyde, sintiendo el sonido de los pasos de su esposa alejarse cada vez más por la escalera, volvió a contemplar el suelo. Se sentó en la cama, y recogió el papel, con cuidado, casi con la misma suavidad con la que solía acariciar a su amante.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, mirando la sonrisa que tanto amaba y necesitaba. Cerró sus ojos una vez más, cansado, y pudo recordar miles de pequeños fragmentos pasados con su amable japonés.

Su pensamiento fue interrumpido por el estrepitoso sonido de la puerta de entrada de la casa, que se había cerrado con descomunal fuerza.

Abrió sus párpados, y contempló el titular una vez más, despreciando por completo la furia y el abandono de aquella mujer.

Leyó la nota con rapidez, advirtiendo que aquella desaparición era producto de un aparente secuestro, sin nombres, sin sospechosos, sin pistas a las cuales acudir.

Apoyó delicadamente el diario a un costado suyo, sobre la cama, y miró sus pies, sus piernas, su abdomen, sus manos, sus brazos.

Ya no era la piel de hacía años.

Sonrió triste.

Y sin dar más rodeos, se levantó de la cama, y abrió su armario, del cual extrajo la ropa necesaria para vestir su desnudez delgada y pálida.

A continuación, buscó las maletas, y con gran velocidad, arrojó algunas pocas cosas dentro, para abandonar de inmediato Yokohama.

Iría a ver a su hija, a Ken, y averiguar más de cerca qué ocurría con aquella noticia.

Los problemas que Megumi le estaba dando por sentado con aquel abandono, no le importaron en primera instancia. Ya habría tiempo para eso.

Probablemente él también quedaría destrozado por los abogados de la mujer, pero no lo estaba pensando. Sólo tenía una agradable sonrisa en su mente, y por su cuerpo, sólo se resbalaban recuerdos de antiguas caricias que le erizaban la piel.

Partiría a Toukyou esa misma noche.


Un estrepitoso sonido le regresó a la realidad. Sintió el dolor en su cuerpo que tensado durante muchas horas, sometido a sexo fuerte y violento, le había dejado como consecuencia la sensación de demolición, de agotamiento y una latente punzada interna. Movió un poco sus piernas, y liberó un quejido.

-¿Ken? –preguntó inmóvil.

Sin respuestas, giró lentamente sobre la cama, e indagó el lado del lecho que ocupaba su amigo. Vacío. Frunció su ceño.

Tal vez habría ido al baño. Luego de mucho sexo solía tener esa necesidad. Tal vez Ken estaba más lastimado que él. Tetsu había sometido a su amigo a una experiencia dura, en busca, quizás, de sólo venganza por tantas noches de confusiones. Mas sólo había recibido a cambio más palabras que no eran para él.

Suspiró, y regresó a su posición normal.

La puerta del dormitorio, entornada, rechinó ante el suave movimiento de su apertura, no dejando percibir el sonido de pasos calmos.

O al menos, Tetsu adormilado, no los advertía.

-¿Ken? ¿Estás bien? ¿No te pasó nada? –preguntó curioso. El guitarrista no había dejado de nombrar a Yukihiro un solo instante, aún a pesar de la violencia de la que había sido presa. Aquella noche había sido agotadora para ambos.

Giró nuevamente para ver a Ken, pero fue entonces cuando percibió a dos hombres vestidos de blanco, que le miraban con gesto grave.

Inmediatamente se sentó en la cama, e intentó parase, cayendo al suelo producto del dolor que entorpecía su cuerpo. Uno de los hombres rodeó la cama, e intentó acorralarlo, pero Tetsu le empujó. El individuo, de mayor contextura que el bajista, no se inmutó e intentó acorralar al amable japonés contra la pared, provocando que se sentara en el buró, y junto al movimiento violento por intentar liberarse del agarre, desparramó todos los objetos del mismo por el suelo. El segundo hombre se acercó a ayudar al primero, induciendo a que Tetsu pataleara con el fin de defenderse, desparramando aún más las pocas cosas que habían quedado sobre el buró. Rápidamente, antes de permitir que entre ambos le cercasen, el bajista se arrojó a la cama, para atravesarla y salir del departamento, pero no pudo ni concluir el pensamiento que ya uno de los hombres lo había sujetado por el brazo, y de inmediato, lo había reducido en la cama, sentándose sobre su cintura y espaldas, permitiendo que el otro, sacando un paño húmedo de su pantalón, se lo aplicara sobre la nariz del bajista, quien se desvaneció de inmediato.

Cloroformo. Indudablemente.

Completamente inerte, Tetsu fue liberado del agarre de aquel hombre.

El sujeto tomó las sábanas, y cubriendo el cuerpo desnudo del bajista con ellas, lo cargó en sus brazos. El otro, abría y cerraba las puertas a su paso, para salir del departamento y depositar al japonés en la camioneta que se encontraba en el estacionamiento.

Sin más dilaciones se dirigieron al hombre que les había pedido tal trabajo. Aún les faltaba la otra mitad a cobrar.

~Continuará~


Notas:
*) Para ver las notas explicativas, entrad en Notas.


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