Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Gracias por los Reviews y por seguir esta historia, me encantan sus comentarios, no saben cuánto y gracias también a los lectores anónimos
espero sus RW chicas
disculpen los errores
Emma se sentó con las piernas cruzadas en el asiento trasero de su elegante limusina blanca. Anton no dejaba de echarle miradas de preocupación por el retrovisor, así que ella hizo un esfuerzo por parecer relajada, aunque su interior fuera un torbellino. No le culpaba por estar preocupado. Después de todo lo había llamado a las cuatro de la mañana para pedirle que viniera a recogerla en cuanto estuviera lo bastante despierto para conducir. El siempre leal Anton había salido de su apartamento al instante y se había plantado en los Hamptons en un tiempo récord.
Agotada por la falta de sueño, Emma se recostó en el asiento y ocultó los ojos cerrados tras las gafas de sol. Le había dado vueltas en la cabeza a los acontecimientos de la víspera repetidamente y seguía sin entender lo que había pasado. No tanto qué había pasado como su reacción. Estaba muy disgustada con Regina, su cabezonería y la frialdad de sus razonamientos, y le decepcionaba mucho que fuera incapaz de entenderla. Y entonces Regina se había presentado en su puerta en camisón, recién duchada y oliendo al maravilloso jabón que usaba, y Emma se había puesto en guardia, a la defensiva.
Las razones de Regina para cambiar de opinión todavía le resultaban confusas. ¿De verdad había tenido una epifanía en la ducha que la había hecho girar ciento ochenta grados, así sin más? Y de todos modos, todo eso palidecía frente a lo que había ocurrido a continuación. El beso. El dulce, único y espectacular beso con el que Regina la había puesto contra la pared sin que ella sintiera el menor impulso de defenderse. Los labios de Regina habían parecido más carnosos y suaves al rozar los de Emma de lo que habría creído a simple vista. No estaba segura de cómo el beso se había vuelto más profundo, solo que lo había hecho y que ella no había podido hacer nada para resistirse.
Tras tan solo unos segundos de intimidad con la lengua de Regina en su boca, todo resto de deseo de detenerse se había evaporado. Emma experimentó la sensación más erótica y romántica posible. Nunca había sentido nada así de bueno. El cuerpo más menudo de Regina, sus estrechas caderas y sus pechos pequeños y suaves se le hacían extraños, pero al mismo tiempo le eran familiares. Sus manos, aquellas manos elegantes con las uñas de manicura perfecta, la habían acariciado como si nunca fueran a saciarse. Emma no pudo evitar compararlas con las manos masculinas mucho más grandes que la habían tocado en el pasado y que raramente habían sido suaves y delicadas con ella.
Después de que Regina explorara apasionadamente su cuerpo, Emma se dio cuenta de que la emoción que le causaba aquella mujer tan autoritaria y excitante era solo una parte del motivo que la había llevado a reaccionar así. A lo mejor Regina no solamente la deseaba. A lo mejor era posible que la quisiera. Emma negó con la cabeza. Ya estaba metida en un lío demasiado gordo como para considerar la vana esperanza de que la amaran. Por supuesto Regina, que podría tener a cualquier mujer que quisiera, no la amaba. Y ella no estaba enamorada de Regina.
De ningún modo. No podía enamorarse de una mujer cuando todavía no estaba segura de entender cómo podía sentirse atraída por alguien de su mismo sexo. Una vocecita interior insistía en que eso mismo ya se lo había preguntado muchas veces, ya que los hombres no acababan de interesarle.
«Ahora ya lo sé, ¿no?»
A Emma se le encendieron las mejillas al pensar en lo obvia que había sido su excitación: se le habían puesto los pezones como piedras y se le había mojado la ropa interior. Seguro que Regina había notado algo.
«Como si no me hubiera puesto en evidencia con los jadeos y los gemidos.»
Al llegar a Manhattan, Anton dejó el coche en el parking subterráneo y siguió fielmente a Emma al ascensor. Emma le detuvo cuando empezó a entrar con ella.
—Oye, Anton. Necesitas dormir un poco. Este fin de semana has hecho muchísimo más de lo necesario, no creas que no lo sé. Hoy no tengo nada especial planeado, así que márchate y ve a descansar, ¿vale?
Su apartamento estaba en el mismo edificio, pero en un piso más bajo, en la parte donde vivían muchos de los empleados de los propietarios de las viviendas.
—¿Estás segura? —le preguntó Anton, mirándola como si creyera que era un farol.
—¿Crees que te mentiría, colega? —interpuso Emma, dándole un puñetazo cariñoso en los duras abdominales.
—Sí.
—Ah, bueno. Pero hoy no. Dulces sueños —se despidió, agitando la mano, y abrió la puerta.
Un muro de música tecno se estampó contra sus tímpanos nada más cruzar la puerta. Frunció el ceño ante el espantoso sonido y fue en busca de su origen. Normalmente su madre no estaba en casa a esas horas, porque trabajaba en diversas asociaciones benéficas y era la presidenta de la Asociación de Padres y Madres del colegio de sus hermanas. Ashley y Abigail tendrían que estar en clase, pero obviamente una de ellas o las dos no lo estaban.
Sus hermanas estaban repantigadas en el sofá del salón, con la música a todo volumen y, para sorpresa de Emma, con una película puesta en la enorme televisión de plasma.
—¿Qué estáis haciendo en casa? —les gritó Emma para hacerse oír por encima de la música.
Ninguna de las dos reaccionó ni apartó los ojos de la pantalla.
Emma apagó la música y el silencio repentino fue una conmoción.
Ashley se volvió; primero parecía nerviosa, pero al verla su expresión se tocó de irritación.
—Vuelve a poner la música. Estábamos escuchándola, ¿sabes?
—¿Qué hacéis en casa?
—¿Estás sorda? Estamos escuchando múuusica —contestó Ashley, enunciando cada palabra exageradamente.
—¿Sorda? Bueno, con esa «música» casi lo preferiría. Deja de hacer el tonto y dime por qué no estáis en clase.
—No es asunto tuyo, hermanita —replicó Ashley, que cogió el mando de la televisión y le subió el volumen.
Emma fue hasta la televisión y la apagó manualmente. Ashley volvió a encenderla.
—Eh, nos tapas la pantalla.
Emma no estaba de humor para los jueguecitos de Ashley.
Abigail también era culpable, pero al menos tenía la decencia de parecer avergonzada y azorada. Emma desenchufó la televisión, lo cual enfureció a Ashley todavía más.
—¿Es que no podemos ni ver una puta película sin pedirle permiso a la todopoderosa Emma? Puede que seas una gran «estrella» —gritó, haciendo el gesto de las comillas con los dedos —, pero no eres nuestra jefa.
—Sin embargo sí que pago una buena suma de dinero para que podáis ir al colegio donde van todas las niñas pijas y ricas. Si volvéis a saltaros una clase, os iréis de cabeza al instituto público tan rápido que...
—Eh, eso aún puede pasar —contraatacó Ashley con desdén, poniéndose en pie—. Si te empeñas en grabar esas estúpidas canciones cursis tuyas, Abigail y yo nos iremos de cabeza al instituto público igualmente, porque nadie las querrá comprar.
Helada ante la vehemencia de aquellas palabras, Emma abrió la boca para cerrársela a Claudia, pero una voz severa a su espalda se lo impidió.
—¿Qué está pasando aquí?
Mary M. entró en la sala con los brazos en jarras. Ashley palideció y Abigail se hundió todavía más en el sofá.
—Mamá... llegas pronto. — Ashley intentó esbozar una sonrisa radiante, pero cuando Mary M. meneó la cabeza se desvaneció.
—¿Qué hacéis vosotras dos en casa?
—No nos encontrábamos bien. Hay muchos chicos y chicas en casa con gripe estomacal. A lo mejor también la estamos pillando.
Ashley hizo una mueca, como si tuviera nauseas, pero fue un poco tarde.
—Ni se te ocurra intentarlo, señorita —la cortó Mary M.. Su voz era más baja y se le notaba el acento tejano más de lo habitual, lo cual siempre era mala señal—. Estás saltándote clases otra vez y ahora convences a Abigail para hacer lo mismo. Abigail, veo que no hace falta que te diga nada más. Ve a tu habitación y coge tus cosas. Aún puedes llegar a las clases de la tarde.
Abigail se levantó y corrió a la puerta. Ashley estaba a punto de seguirla, pero su madre la detuvo levantando la mano.
—Un momento, Ashley.
—Yo también puedo llegar a las clases de la tarde —aventuró Ashley, que había perdido la expresión de náuseas y ahora intentaba mostrar una actitud más convincente.
—No, tú me vas a escuchar.
—Ah, mamá —gimoteó Ashley —. ¿Es necesario que Miss Perfección esté aquí mientras me lees la cartilla?
—No voy a leerte nada. Sin embargo, tengo algunas preguntas que hacerte. —Mary M. se sentó enfrente de Ashley e hizo un gesto a Emma para que también se sentara—. Ahora dime, ¿qué has hecho este fin de semana?
—Ya sabes lo que he hecho.
—Dímelo igualmente.
—Fui a un concierto con Abigail.
—¿Cómo fuisteis hasta allí?
—En la limusina. Nos llevó Anton.
—¿Y quién le paga el sueldo?
—Emma —masculló Ashley, cada vez más malhumorada.
—¿Quién paga el alquiler de este ático?
—Emma.
—¿Quién te paga el colegio?
—Eso ya nos lo ha restregado ella —replicó Ashley, fulminando a Emma con la mirada.
Mary M. no se arredró.
—Contesta.
—Emma.
—¿Quién pagó las entradas para el concierto?
—Abigail y yo. Las compramos con nuestro dinero —contestó Ashley en tono triunfal, cruzándose de brazos.
—Mmm, ¿y quién os paga la semanada?
El rostro de Ashley se ensombreció.
—Emma.
—¿A quién se suponía que tenía que ir a recoger Anton cuando acabó llevándoos a Abigail y a ti?
—A Emma —musitó Ashley, en voz más queda.
—Estoy convencida de que ya te has dado cuenta. Emma nos mantiene. Podría decirme que me buscara un trabajo en donde me pagaran un sueldo de verdad, pero gracias a ella puedo trabajar en cinco asociaciones benéficas diferentes. Le he preguntado muchas veces si le parece bien. Y cada vez me asegura que vale la pena cada centavo con el que yo pueda ayudar a mujeres y niños que lo necesitan. A veces a familias enteras. Y si tuviera que encontrar un trabajo en el que me pagaran, como no tengo los estudios para conseguir un puesto bien pagado tendríamos que mudarnos a las afueras e inscribiros en un colegio gratuito y vuestras hermanas tendrían que ir a la universidad pública. No hay nada malo en eso. Montones de chicos reciben ese tipo de educación y al final les va bien. Pero aun así, esto es a lo que estáis acostumbradas y esto es lo que esperáis, ¿verdad? Y aun así, aun así, estás dispuesta a echarlo todo por la borda dándolo por sentado, comportándote como una mocosa malcriada y desagradecida. —Mary M. tomó aire—. Es hora de que llamemos a las cosas por su nombre. Sé que tienes celos de Emma. De su fama y su éxito, entre otras cosas.
—No estoy celosa —protestó Ashley, asolada.
No obstante, en el fondo de su corazón, Emma sabía que era cierto.
—No tendrías por qué estarlo —le dijo Ashley —. De verdad que no. La fama no es tan bonita como la pintan y el trabajo a veces es muy duro, lo juro.
—Eres la hija perfecta. Mamá siempre se pone de tu lado. No haces nada malo, siempre nos restriegas por las narices que eres la que trae el dinero a casa y que nos mandas a todas.
Era obvio que no se daba cuenta de que estaba contradiciéndose, porque sonaba bastante celosa, allí sentada con la barbilla temblando.
—Cariño —Emma se sentó a su lado—. Sé que es una mierda que te comparen conmigo. La gente te pregunta estupideces, intentan hacerse amigos tuyos para conocerme. Eso está mal. Primero, eres una jovencita preciosa e inteligente y tienes buenos amigos a los que les importas tú y solo tú. Segundo, no dependerás de mí y de mi cartera toda la vida. En cuanto decidas lo que quieres hacer en la vida, harás tu carrera, porque le prometí a papá que me aseguraría de que toda la familia estuviera bien cuidada. Lo mismo va por Abigail y por las demás. Cuando acabes tu carrera, dependerás de ti misma. Serás independiente y autosuficiente y podrás sentirte muy orgullosa de ti misma. Y también espero que estés orgullosa de tu madre y del resto de tu familia que ha estado siempre a tu lado, animándote todo el tiempo.
Ashley se quedó mirando a Emma como si la viera por primera vez. Tenía los ojos de color verde, parecidos a los de Emma, muy abiertos y brillantes.
—¿Se lo prometiste a papá? —frunció el ceño—. ¿Qué...? Quiero decir, ¿cuándo?
—Cuando tenías siete años —contestó Emma, que miró a Mary M. a tiempo de ver una lágrima solitaria rodándole mejilla abajo.
—¿Entonces se preocupaba por mí, por nosotras?
—Abigail y tú sois las más pequeñas y estaba muy preocupado de que crecierais sin que él estuviera aquí para protegeros. Como yo acababa de tener mi primer éxito y el dinero empezaba a entrar, recurrió a mí. También porque soy la mayor. Estaba preocupado por todas vosotras, también por mamá. Le prometí que mantendría la familia unida y que me aseguraría de que tuvierais todas las oportunidades humanamente posibles.
—Oh, Emma —suspiró Mary M, cogiéndole una mano y otra a Ashley —. Hijas, cogeos de la mano.
—¿Qué? — Ashley le miró la mano a Emma como si fuera a morderla.
—Hazme el favor.
La mirada de Mary M. indicaba claramente que no pensaba dejar que se libraran.
—Vale, vale. — Ashley le cogió la mano a Emma—. ¿Ves?
—Bien. ¿Qué ibas a decir, Emma? —la animó su madre.
—Ah, sí. Ashley, estoy segura de que te enfadarás conmigo muchas más veces —le dijo, sin apartar los ojos de los de su hermana—. Estás en la edad y no te creas que no recuerdo cómo es. Cuando eras pequeña yo era muy impetuosa. Una vez me acuerdo que me enfadé tanto que le tiré a mamá del pelo.
—¿Qué? —se escandalizó Ashley, con los ojos como platos—.¿En serio?
—En serio.
—Guau. —Emma no estaba segura de si Ashley sonaba impresionada o conmocionada—. ¿Y qué hiciste, mamá?
—La castigué sin salir de casa un mes. Podía ir al colegio y a sus audiciones, pero eso era todo. Tampoco podían venir amigos a casa. Nada de nada.
—Para que veas si era Miss Perfección —Emma torció el gesto —. Ashley, ¿podemos ponernos de acuerdo en una serie de cosas básicas que nos harán la vida más fácil a todas?
—De acuerdo, ¿en qué? —quiso saber Ashley, suspicaz aunque algo más tranquila.
—El colegio es importante. No te saltes clases. Respeta a tu familia, sobre todo a mamá. Y si te metes en líos, sea lo que sea, nada será peor que no contárnoslo. Es muy simple.
Ashley observó a Emma, pensativa.
—Vale. ¿Puedo añadir una cosa?
—Claro.
—Ahora ya sabes que sé quién lo paga todo. Si hago lo que me dices, ¿sería posible que dejaras de repetírnoslo a diario?
—Me parece bien —le aseguró Emma.
—Mientras te comportes como si lo recordaras —apuntó Mary M y las besó a las dos en la mejilla—. ¿Veis? Sabía que este método funcionaría.
—¿Qué método? —preguntaron Emma y Ashley al unísono.
—Cogerse de la mano. Es prácticamente imposible pelearse con alguien si le estás cogiendo la mano.
Emma bajó la mirada a sus manos entrelazadas.
—Eso ha sido muy taimado.
—E inteligente —añadió Mary M, que se veía exultante.
—Has estado en un seminario de esos de cómo creer en ti misma, ¿verdad?
Emma no sabía si gemir o alegrarse por que su madre hubiera llegado a casa en el momento justo. Se decidió por lo segundo.
—Pues sí. Dinero bien gastado.
—Entonces, como eres tú la que te ganas el pan aquí, también es culpa tuya lo de los seminarios a los que va —dijo Ashley, con una mueca de ironía. Le brillaban los ojos y su risa era contagiosa.
—Ah, sí, échame la culpa a mí —Emma le soltó la mano—. Mmm, a ver, si te das mucha prisa puedes estar en el colegio a tiempo para... —Emma echó un vistazo al reloj—. Para comer.
—Ah, vale. Me voy.
Ashley se levantó y desapareció por el pasillo. De repente volvió a asomar la cabeza.
—Esto... ¿cómo se lo explico al señor Delgado?
—Le enviaré un correo electrónico para explicarle que Abigail y tú habéis faltado —le contestó Mary M con una mirada serena—. No le voy a mentir, le diré que os habéis quedado en casa por asuntos familiares.
—Gracias, mamá. — Ashley titubeó—. No volverá a pasar.
—Bien. Venga, ve.
Ashley se marchó y Emma se convirtió en el único objetivo del escrutinio de su madre.
—¿Y a ti qué te ha pasado este fin de semana, cielo? Tienes una mirada que no creo que te haya visto nunca. —Mary M. entornó los ojos—. No me digas que has conocido a alguien. Es eso, ¿a que sí?
—No, mamá, no es eso.
Emma no se sentía preparada para discutir los últimos acontecimientos con su madre. Para empezar, porque no estaba segura de lo que había pasado o de cómo serían las cosas con Regina cuando se volvieran a ver. Y en segundo lugar porque, fuera lo que fuera, todavía era demasiado frágil, demasiado delicado como para someterlo al escrutinio microscópico de su madre.
—Estás acalorada, estás inquieta...
—Mamá, no he conocido a nadie. Solo hemos estado Regina, las mujeres de Chicory Ariose, y yo. Como no creas que me haya colado por su chófer sesentón, Ben... —afirmó Emma, asegurándose de no sonreír demasiado.
—Mmm, muy bien. Hay algo que no me has contado, pero no me meteré. Ya me lo dirás cuando estés lista. No quisiera yo entrometerme en los asuntos del corazón. —Mary M. le dio una palmadita en la mano—. Voy a comer algo antes de salir a una reunión. Descansa un poco, cariño.
—Vale. —Emma la besó en la mejilla—. Hasta luego.
Fue a su amplio dormitorio, se dio una ducha y se puso unos tejanos, bambas y una gorra de béisbol que le escondía casi todo el pelo. Finalmente cogió unas gafas de sol enormes, su iPod y salió a la calle. Central Park estaba animado, pero en un día de cada día tan temprano no estaría demasiado lleno de gente. De momento nadie la había reconocido con aquella ropa y le apetecía mucho darse una vuelta. El ejercicio y el aire fresco la ayudaría a despejarse... al menos eso esperaba.
