Esta historia NO me pertence, es propiedad de Julie Anne Long. Los personajes que aparecen en este fic son propiedad de Naoko Takeuchi.
Capítulo VIII
Minutos después, Serena estaba de pie entre bambalinas de un teatro oscuro, con un disfraz grotesco sujeto con alfileres, agarrando una varita arreglada apresuradamente y preparada para darle golpecitos a los traseros de chicas vestidas de forma similar a la suya mientras una gran multitud de hombres entusiasmados las miraban. Y todo por poder tener temporalmente un techo sobre su cabeza.
Pasó de un momento de pánico a uno de ironía. Todo ese tiempo había trabajado para asegurarse de que su vida no fuera como la de Ikuko y ahora resultaba que estaba exactamente igual. Era como si, por el simple hecho de que la hubiera criado una bailarina de ópera, las representaciones vulgares fueran una especie de desagüe en el que inevitablemente tenía que acabar desembocando su vida.
A la ironía le siguió otro momento de irrealidad vertiginosa: todo en su vida hasta la fecha había sido planeado cuidadosamente. Desde que Monsieur Favre descubrió una chispa de talento en la guapa niña de la sosa Ikuko Tsukino, Serena se había entregado a la danza por completo, pues sabía que tal vez ésa fuera su única oportunidad de convertirse en algo que estuviera por encima de lo común. Y bailaba y se decía que cada grand jeté, cada pirueta, cada crítica precisa y punzante de Monsieur Favre la alejaban más y más de llegar a tener el mismo destino que Ikuko Tsukino: acabar siendo pobre y solitaria, siempre luchando y casi sin energía para llegar siquiera a estar amargada. El baile le había dado a Serena un propósito. Después vino la fama y Darien. Y todo ello, hasta la última cosa, había estado planeado.
Esto (la animada audiencia del White Lily, los golpecitos en los traseros) era claramente su castigo por un momento de precipitación.
Pero había algo en el sonido del teatro antes de la representación, independientemente de la naturaleza de la misma, que le aceleraba la sangre: el rumor excitado de las voces, el chirrido de los asientos cuando la gente se removía en ellos, las luces tenues de las lámparas… Todo ello la llenaba de cierta anticipación y no podía odiarlo del todo. Le resultaba raro pensar que habían pasado casi dos semanas desde que había bailado para un público por última vez. Sintió el capricho de entrar en el escenario con un grand jeté, lo que sin duda dejaría a ese auditorio más sorprendido que cualquier canción sobre pelotas que pudieran escuchar.
Entonces sintió que echaba de menos, que añoraba realmente hacer cualquier cosa que se pareciera al ballet. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera volver a bailar, bailar de verdad.
Se asomó desde atrás del telón. Había un grupo de músicos: un violinista, un violonchelista y, sorprendentemente, también alguien que llevaba en la mano una trompeta de la que las luces del teatro arrancaban destellos dorados. Todos ellos se habían unido a Luna, que se sentaba al pianoforte vestida para la ocasión de terciopelo escarlata y luciendo una gran extensión de su escote. Serena levantó la vista hacia los palcos exclusivos; vio que las cortinas que cerraban uno se movían un poco y supo que algún hombre tremendamente rico había acudido a ver el entretenimiento de aquella noche. Tal vez era el nuevo admirador de Rei.
En un extremo del pasillo, cerca de la entrada del teatro, tan cerca de donde ella estaba en el escenario que casi podía tocarlos, estaban Seiya y El General, que parecían un par de duques recibiendo a sus invitados a algún baile. Llevaban chalecos de rayas de colores brillantes y pañuelos ahuecados. Los botones plateados de la chaqueta de Seiya centelleaban, brillantes como una hilera de ojos que inspeccionaban a los hombres que iban llegando. Ambos parecían formar un cuadro que Serena titularía algo así como "Alta y baja elegancia".
El público entraba por unas amplias puertas que había a un lado del escenario y después se encaminaba a sus asientos. Serena encontró un rincón tras el telón desde el que podía ver y escuchar lo que Seiya decía al saludar calurosamente a todos los hombres, a los que se dirigía tranquilamente por su nombre, como si no acabara de amenazar con abrirle las entrañas a uno de ellos en el camerino un momento antes.
—Buenas noches, señor Pettigrew. —Pettigrew tenía constitución media, un gran estómago precediéndole y ropa bastante conservadora. «Seguro que se la elige su esposa. Me pregunto si ella sabrá que él está aquí esta noche… », pensó Serena.
—¡Kou! Perdone que me haya ausentado tantos días. Mi esposa insistía en salir a divertirse también, así que he tenido que soportar a unas cuantas sopranos para que se quedara tranquila. ¿Qué tenemos esta noche?
—Si le cuento lo que tenemos previsto, Pettigrew, entonces no será una sorpresa. ¿Es que no le gustan las sorpresas? —Seiya se fingió espantado.
—¡Claro que me gustan! Y las que usted suele proporcionar, Kou, son mis favoritas. Está bien, me iré preparando para que me sorprenda.
—¿Y esas flores son para…? —Pettigrew llevaba un ramo de coloridas flores envuelto en papel. Parecían recién cortadas en algún invernadero. Seiya las cogió de sus manos.
El hombre se mostró un poco vergonzoso.
—Para Amy. ¿Le hablará bien de mí, Kou? —preguntó ansioso.
—Claro que sí. Le daré buenas referencias —le aseguró al señor Pettigrew, que se fue en busca de su asiento con la expresión ya relajada e iluminada por la esperanza. Seiya le pasó las flores a El General, que a su vez se las dio a un chiquillo que se ocupaba de llevar los ramos al camerino, donde competían unos con otros por atraer la atención de las afortunadas.
Seiya esperó a que Pettigrew se hubiera alejado unos metros y añadió:
—Le hablaré bien de él y de Johnstone, de Mortimer, de Carrick, de Bond, de… —Se lo decía a El General.
—Y de Lassiter también —añadió éste—. Creo que también has prometido interceder por Lassiter.
—Creía que Lassiter ahora le dedicaba sus atenciones a Rei. —musitó Seiya.
—Ah —dijo El General como si estuviera tomando nota mental de ese detalle—. Creo que Rei es la que lidera la clasificación de «recomendaciones» en este momento. Me parece que ya tiene más que Kakyuu.
Serena giró y le susurró a Amy.
—Tienes un admirador. Un tal señor Pettigrew. Te ha traído flores.
—Oh, tengo muchos admiradores —respondió Amy también en un susurro, sin una pizca de engreimiento—. Pero nada que ver con los de Rei.
Los ojos de Rei se encontraron con los de Serena y Rei sacudió la cabeza y giró.
Parecía un poco apagada. No le había agradecido a Serena que hubiera salido en su defensa, pero tal vez era porque estaba avergonzada. Sin duda su orgullo se había visto mermado. Serena la contempló preguntándose si se sentiría bien para bailar, si le dolería el ojo, pero no quiso decir nada porque pensó que a Rei no le gustaría.
Entonces volvió rápidamente la cabeza de nuevo hacia donde estaba Seiya al oír que se producía una ligera conmoción. Se asomó un poco, intrigada.
Un hombre joven y atractivo, rubio, con los ojos desorbitados y lo suficientemente joven para tener aún un grano enrojecido en la barbilla, se había plantado delante de Seiya y le estaba gritando.
—¡Deme el nombre de sus testigos, Kou!
—Vamos a ver, Tammany…
—¡Es mi esposa, maldita sea, Kou! ¡Mi mujer! Gritó su nombre en un… en un… —balbuceó Tammany, y bajó la voz hasta prácticamente susurrar— en cierto momento.
Ni el balbuceo ni el murmullo consiguieron disminuir la herida seriedad del arrebato.
—¿Dijo «Seiya Kou» en ese… momento? —Seiya pareció verdaderamente sorprendido—. Creo que son muchas sílabas para ese momento en particular. Y si sólo dijo «Seiya», hay muchos Seiya por el mundo, ¿sabe? —Giró hacia El General en busca de confirmación.
—Una docena como mínimo —confirmó El General con toda solemnidad.
—¡Gritó «Seiya»! —explicó el joven Tammany indignado—. Dijo «¡Seiya!». En concreto: «¡ Seiya!». Y yo sé a quién se refería. No deja de hablar de usted. Cree que es el tipo más encantador que ha existido desde… desde… Byron. ¿Qué le ha hecho? ¡Le exijo una explicación!
Se produjo una pausa.
—¿He conocido alguna vez a su esposa? —le preguntó a El General en voz baja.
—¡Sí, maldito canalla! —aulló Tammany. Seiya hizo una mueca incrédula—. En la tienda que vende juguetes de madera en Bond Street, la semana pasada. Se encontró con nosotros dos, le hizo una reverencia y dijo algo…
—Está bien —interrumpió Seiya, práctico y resignado—. Si significa tanto para usted, El General, aquí presente, actuará como uno de mis testigos, como siempre, y podemos encontrarnos… ¿Quiere que nos veamos al amanecer, dentro de dos días? Le dispararé y después supongo que iré a consolar a su esposa. Es lo menos que puedo hacer por usted; seguro que lo echará mucho de menos cuando esté muerto. Y yo también, porque usted es uno de mis mejores clientes. Y uno de mis favoritos (y le aseguro que no le estoy exagerando). Pero, mientras llega ese momento, sería un honor para mí que tomara asiento y disfrutara de la función de esta noche por última vez. Por los buenos tiempos ya pasados de nuestra amistad.
Seiya sonrió y consiguió parecer amistoso y a la vez gentilmente arrepentido.
Serena, todavía detrás del telón, se tapó la boca con la mano, asombrada. Había sido una actuación francamente increíble.
Tammany de repente pareció un poco menos seguro de su ofensa.
—Si se disculpa, Kou, podremos dejar pasar el incidente —dijo con mal humor.
—Señor Tammany, me disculparía sin dudarlo si creyera que he hecho algo que necesitara una disculpa —dijo Seiya con toda la educación.
A Serena le pareció que Seiya se estaba divirtiendo mucho con todo aquello. No había ni un ápice de miedo en su expresión ni en sus ademanes. Ni siquiera parecía sentirse amenazado. Era como si estuviera conversando amigablemente sobre dispararse. Ella se estremeció involuntariamente al recordar las palabras de Amy: «Es el mejor tirador de Londres».
Tammany se quedó mirando a Seiya, sin palabras. Las consideraciones prácticas (la famosa buena puntería de Seiya entre ellas) estaban claramente en conflicto con su orgullo.
Bateson, el hombre al que deliberadamente no había alcanzado con un disparo justo la noche anterior, escogió ese momento para ponerse a recorrer el pasillo que había junto a ellos con unos refrescos en la mano, ajeno al drama que estaba teniendo lugar allí.
—Tammany, amigo. Cuando vaya al club de tiro de Manton, debe pedirle al señor Kou que lo ayude. ¡Siempre da justo en el blanco! —añadió alegremente—. A mí me está dando lecciones —dijo, e hizo el gesto juguetón de apuntar a Seiya con el pulgar y el índice mientras seguía su camino por el pasillo. Seiya lo imitó.
—¡Pum! —dijo Seiya también con aire risueño. —Bateson se desvía hacia la izquierda —le explicó Seiya seriamente a Tammany—. Estuve a punto de dispararle anoche. —Tammany se iba poniendo cada vez más pálido por momentos. El grano rojo de su barbilla ahora brillaba de forma indignante—. Pero hemos preparado un espectáculo fascinante esta noche, de verdad. Y tenemos una chica nueva. Seguro que quiere animarla —intentó convencerlo Seiya—. Es muy guapa, pero un poco enclenque.
A Serena le pareció que eso era un cumplido. Creyó ver que la comisura de la boca de Seiya Kou se elevaba un poco, muy sutilmente, como si supiera que ella estaba allí escuchando.
Tammany pasó un minuto más mirándolo, pero ya no tan fijamente. Una pequeña multitud comenzaba a reunirse a su alrededor. Todos parecían ajenos a la escena o muy acostumbrados a cosas similares. Los hombres se saludaban entre ellos con una alegre familiaridad.
—¡Tammany! ¡Hola Kou! —gritó alguien, y saludó con la mano.
Tammany consiguió curvar un poco los labios en respuesta al saludo.
—Oh, vamos, Tammany. Hoy las chicas se vestirán de hadas —prosiguió Kou como medio de persuasión—. Sé que le gustan las hadas. Y no va a creer lo que vamos a tener dentro de una semana aproximadamente…
Tammany siguió mirándolo unos momentos más, pero Seiya se negó a mostrarse de otra forma que no fuera risueño, así que su mirada no tenía sitio en el que fijarse para establecer un desafío y Tammany se quedó sin combustible para su ira.
Al fin giró sobre sus talones y caminó por el pasillo hacia su asiento. Entonces se paró en seco, giró en redondo y volvió donde estaba Seiya.
—¿Qué es lo que vamos a ver dentro de una semana?
Seiya le puso la mano en el hombro a Tammany.
—Piratas… —le dijo en voz baja, fingiendo que era una confidencia solamente para sus oídos.
Los ojos de Tammany se abrieron de par en par ya anticipando los placeres que eso le iba a reportar.
—¿Y Kakyuu? —preguntó Tammany como si no se atreviera a esperar nada todavía.
—La capitana del barco —le confirmó Seiya con una sonrisa. La expresión de Tammany finalmente se dulcificó y su cara se iluminó con una brillante sonrisa.
—¿Cómo se le ocurren esas cosas, Kou?
Seiya se encogió de hombros.
Tammany se encaminó a su asiento con un paso ahora considerablemente menos beligerante. De hecho iba dando saltitos.
—No te preocupes, General. Querrá estar vivo para ver a las piratas. ¿Ves? ¿A que ahora te alegras de que se me ocurriera?
El General ignoró el comentario.
—¿Qué le has hecho a su esposa, Seiya?
—Ummmm… De verdad que no lo sé. Creo que sólo le sonreí y ella…
—No hay nada de «sólo» en tu sonrisa para las mujeres, Seiya. Siempre es así.
Seiya sonrió ante el comentario mientras intentaba recordar.
—Ahora que me acuerdo. Era guapa. Ya sabes que a las esposas de alguien sólo les sonrío. Para más cosas inventó Dios el Velvet Glove.
—No estoy seguro de que fuera Dios el que inventó el Velvet Glove, Seiya.
—Puede que no. Pero seguro que su nombre se invoca muchas veces en ese lugar…
—¿Qué es el Velvet Glove? —preguntó Serena en un susurró volviéndose otra vez hacia Amy.
—Un burdel —fue la lacónica respuesta de Amy.
Serena estuvo a punto de dar un respingo, desgarrada entre el horror y la risa.
—Seiya, un día vas a conseguir que te maten si no dejas de jugar con esos muchachos de mente calenturienta.
—¿Y qué puedo hacer yo si me veo obligado a defender mi honor? —Seiya fingió estar ofendido.
—Si no me equivoco, tú crees que el honor es un concepto que sólo le importa a los ricos aburridos.
—Oh, cierto. Yo no le encuentro ninguna utilidad. La supervivencia muy pocas veces tiene algo que ver con el honor. Pero creo que es mi misión en la vida proporcionarles entretenimiento a los ricos aburridos.
El General suspiró.
—Otra pregunta, Seiya: ¿qué demonios hacías tú en una tienda que vende juguetes de madera?
—Tammany debe estar confundido en eso —dijo Seiya con aire ausente—. Debimos encontrarnos en algún otro lugar.
El General guardó silencio, pero su escepticismo resultó a todas luces ensordecedor.
—¿En la iglesia, por ejemplo? —añadió al fin.
—No la he tocado, General. Lo juro. —Seiya sonaba ofendido.
—Algunos hombres echan raíces con una sola mujer —comentó El General con toda intención—. Sientan la cabeza y dejan de sonreírle continuamente a las esposas de otros hombres y de meterse en duelos.
—¡Qué egoísta eres, General! Al decir eso se nota que sólo te estás preocupando por tu propia paz mental y no por mi felicidad. —Seiya abrió su reloj—. Ya es hora de empezar la representación.
Unos minutos después, adelante de una multitud de hombres entusiasmados, Serena Tsukino unió sus brazos con los de media docena de bonitas muchachas, se inclinó, subió el trasero y gritó «¡Yiiiijiiii!».
Por suerte todo fue muy rápido, aunque seguro que lo iba a revivir una y otra vez durante mucho tiempo, igual que ciertos alimentos que se repiten en el estómago.
La respuesta del público ante el espectáculo (que Amy aseguraba que ella y las otras chicas habían representado docenas de veces) fue tan cálida, efusiva y escandalosa que Serena comenzó a preguntarse por qué había trabajado tan duro para perfeccionar su arte cuando agradar al público (al menos al público masculino) era claramente mucho más fácil de lo que ella creía. Aunque la satisfacción del público sólo era una pequeña parte de todo lo que justificaba que ella hiciera lo que hacía.
Cuando acabaron y Rei cantó su canción picante (acompañada de más movimientos sugerentes de la varita, lo que produjo una explosión de aplausos), un grupo de chicos se afanaron en meter empujando en el escenario una estructura larga y baja que tenía ondas esculpidas y pintadas de un verde vivo. Aparentemente eran algas.
Entonces Serena se enteró de para qué era la trompeta.
Se oyó su noble voz dorada en el teatro y se hizo el silencio.
Serena sintió un crujido y levantó la vista. Dos hombres sudorosos estaban empezando a bajar hacia el escenario desde las vigas que sujetaban del techo un gran columpio adornado con flores de seda y suspendido de un par de cadenas. Oyó el roce de varias alas y siguió la dirección de las miradas del resto de las chicas. Entonces Serena pudo ver, para su sorpresa, a una mujer increíblemente pechugona, todo curvas, de hecho casi un reloj de arena, que se dirigía hacia el columpio. Caminaba con dificultad porque la mitad inferior de su cuerpo estaba apretada dentro de una cola de sirena de un rojo resplandeciente. Tenía el pelo largo, brillante por la henna y lleno de destellos que salían de adornos de bisutería y de serpentinas que pretendían ser algas pegadas a sus mechones.
—La Reina —le informó Amy en un susurro.
—Si engorda otros cinco kilos, conseguirá que ese columpio acabe hecho astillas —murmuró Rei malévola.
Serena observó fascinada cómo se acomodaba en el columpio, cuya madera se quejó cuando ella colocó sobre él su trasero, y se agarraba a las cadenas con unas manos cubiertas por unos guantes también brillantes que le llegaban a los codos. Los muchachos se apresuraron a ponerse detrás de ella y lucharon frenéticamente durante un momento por conseguir suficiente tracción para poner el columpio en movimiento, pero todo fue en vano. Kakyuu, que soltó un epíteto muy sonoro para animarlos, al fin decidió ayudarlos un poco moviendo la cola. Así los tres hombres consiguieron que el columpio se balanceara adelante y atrás con las cadenas crujiendo musicalmente, la trompeta sonó de nuevo y se abrió el telón de terciopelo.
—¡Kakyuu! —aulló la multitud como saludo.
Kakyuu se columpió con aire regio y lanzó besos con las manos. Muchos de los que simulaban cogerlos se los acercaban a la boca y fingían desmayarse. Ella hizo un par de movimientos vigorosos con la cola y pronto el columpio volaba por encima del público mientras los hombres intentaban mirar desde debajo para poder echarle un vistazo a su magnífico trasero. Daisy llevaba el cabello, largo y teñido de rojo, sujeto por delante y tenía el torso cubierto de una tela muy tenue.
Su pelo volaba seductoramente, pero siempre permanecía dentro de los límites de lo aceptable.
Vamos, muchachos, ¿quién quiere salir a navegar
y para echarle un vistazo a mi preciosa cola se quiere acercar…?
La voz de Kakyuu, aunque llenaba la sala sin dificultad, nunca habría sido calificada por nadie de «exquisita».
—¿Una sirena en un columpio? —cuestionó Serena en voz baja, dirigiéndose a Amy.
—Es un mundo submarino, señorita Chapeau. —La voz de Seiya Kou le llegó en forma de susurro desde atrás y le recorrió la espalda como si se la hubieran acariciado suavemente con un dedo en toda su longitud. Sintió que se le erizaba el vello de la nuca—. Aquí, en el White Lily, creamos fantasía. Es un sueño, si lo prefiere… Las sirenas que juegan bajo las olas en columpios. —Y dirigió su mirada a la multitud con una sonrisa satisfecha en los labios—. Un sueño muy lucrativo.
Sus ojos se encontraron un segundo, pero él apartó la mirada para observar lo que estaba ocurriendo (Kakyuu cruzando el aire en un columpio que parecía un poco sobrepasado por su volumen) con tanta intensidad como si se tratara de un científico o un juez. Después miró a la audiencia con la frente algo arrugada, como si se estuviera preguntando cuántos hombres acabarían aplastados bajo Kakyuu si el columpio acababa cediendo.
—O una pesadilla —murmuró Serena en respuesta.
Entonces Seiya giró la cabeza hacia ella bruscamente. Su rostro era estudiadamente impasible.
—Supongo que todo está en la forma de ver las cosas, señorita Chapeau —dijo al fin—. Se ha ganado el sueldo de esta noche. Puede venir a recogerlo mañana mismo, si quiere.
Volvió a ver el brillo del reloj en la mano de Seiya, que enseguida se alejó para supervisar otros aspectos de la representación.
La función había terminado, la multitud se había ido y el teatro volvía a estar prácticamente en completo silencio. Serena vio como las chicas, una por una, iban saliendo por la puerta trasera del teatro, vestidas ya con su propia ropa y dejando atrás los disfraces, las varitas y las alas hasta la noche siguiente.
Junto a la puerta del teatro, Serena pudo vislumbrar un pequeño grupo de admiradores esperando.
Había dos hombres enormes, uno a cada lado de la puerta; al primero le faltaba un ojo y no se molestaba en ponerse un parche. A juzgar por el resto de su atuendo, quizá se sintiera demasiado elegante con uno. El otro hombre era igual de ancho que de alto y su boca deformada mostraba una media sonrisa permanente por culpa de una cicatriz que irónicamente imitaba esa forma. No tenía mano izquierda, y ese apéndice quedaba sustituido por un garfio que levantaba de vez en cuando para despedirse de las chicas que salían en parejas. Arriba, en el cielo, brillaba una luna de color acero.
Desde el interior del teatro pudo ver que un lacayo ayudaba a Rei a subir a un carruaje de muy buena calidad sin ningún distintivo; vislumbró un destello de su delgado tobillo cubierto por una media, la oyó reír con cierta timidez y después desapareció para conocer a quien le había enviado el abanico.
Ver a Rei subir al carruaje la desorientó un poco; Serena casi pudo verse a sí misma un año antes, cuando Darien comenzó su persecución: bella, arrebolada por el triunfo de su belleza. Un buen carruaje esperándola fuera del teatro y adentro un hombre increíblemente rico e importante que se deshacía en regalos.
—¡Buenas noches, Serena! —Amy levantó una mano para despedirse y se volvió para recorrer las calles de Londres hacia sus habitaciones.
—¿Quiere que la acompañe a algún sitio, señorita? —le preguntó educadamente el hombre del garfio—. Usted debe de ser la chica nueva que ha contratado Seiya. —Le sonrió; los pocos dientes que aún tenía fijados a sus encías brillaron como calaveras adentro de una cueva—. Me llamo Poe. Y éste es Stark.
Stark, el hombre al que le faltaba un ojo, se inclinó como saludo, pero no dijo nada. Serena se preguntó si Seiya habría pedido expresamente hombres a los que les faltara alguna parte del cuerpo para ese trabajo.
—Gra… Gracias, señor Poe, pero no. —Y le sonrió con amabilidad; esperaba que no fuera maleducado enseñarle toda una boca de dientes perfectos a un hombre que conservaba tan pocos. Después entró de nuevo en el teatro.
Y en el silencio absoluto Serena no consiguió encontrar una vela, así que comenzó a subir los largos tramos de escaleras hacia la parte alta del teatro a oscuras. Entonces vio una suave luz que iluminaba el despacho de Seiya Kou; parecía algún tipo de biblioteca, porque todas las paredes estaban cubiertas de estanterías. Se detuvo para observar desde las sombras. A través del hueco abierto de la puerta se sorprendió al ver a Seiya, remangado, con la pluma en la mano y la cabeza agachada, escribiendo algo tan lenta y dolorosamente que a Serena le recordó a un colegial que practica las letras recién aprendidas. Él levantó la vista y giró la cabeza mientras pensaba. Serena vio que se masajeaba los dedos de una mano con los de la otra, metódicamente, concentrado, estirándolos y flexionándolos, con una media sonrisa en la cara probablemente provocada por algo que estaba pensando.
Serena se tomó un momento para admirar la línea de su perfil; no tenía nada que ver con la de Darien, que era limpia, elegante y refinada por siglos de mezcla impoluta de sangres, igual que el mar que pule las piedras hasta que quedan completamente lisas. El perfil de Seiya era mucho más difícil de interpretar y ofrecía muchos lugares interesantes para posar la vista. Y a pesar de la versión tan personal del refinamiento que se veía en Seiya Kou y de que sus ropas rozaban lo chabacano, se dio cuenta de que ahora su persona irradiaba…, tranquilidad. Todo en él brillaba: sus ojos, su sonrisa, los botones de su chaqueta… Pero en el centro de todo eso había una tranquila variedad de… seguridad.
O tal vez se trataba de crueldad…
Se apretó las palmas contra los ojos, sólo un momento, y después volvió a coger la pluma, la mojó y continuó escribiendo diligentemente. Como si se hubiera hecho a sí mismo un encargo que tuviera que terminar esa misma noche.
«Sus memorias, quizá», pensó Serena divertida. Como Don Juan y Casanova, aunque la escena de Seiya allí, inclinado sobre el escritorio, le resultaba bastante extraña. Seguro que Londres estaba lleno de garitos de juego, bares y otros lugares donde los hombres como Seiya podían encontrar entretenimiento y compañía femenina (además de mujeres por las que pelear en los duelos). El contraste entre el Seiya del caos basto y alegre de las horas anteriores, el de la rápida violencia que había irrumpido en el camerino antes del espectáculo y este Seiya, inclinado sobre el escritorio en plena concentración, resultaba bastante incongruente.
Se preguntó por su amante; no se preguntaba si tendría una, tenía claro que había alguien. Tenía que tener una. Serena se preguntó quién sería. ¿Una viuda con un título? ¿Una cortesana profesional? ¿Qué le gustaría a Seiya Kou?
¿Estaría enamorado de Kitty, la bailarina que había desaparecido? O «había dejado de interesarle» cuando quedó embarazada como forma de dar ejemplo a las otras chicas? ¿La había dejado embarazada y la tenía en Kent, donde iba a visitarla regularmente?
De repente se dio cuenta de que no sabía qué significaba exactamente la expresión «los hombres como Seiya Kou».
Ese día había estado demasiado ocupada con todo su miedo para pararse a pensar en ello: él era un hombre que había conocido en otro tiempo a salteadores de caminos; un hombre cuyo teatro lo gobernaba un enano hosco y cuyas bailarinas habían sido sacadas claramente de la misma calle; un hombre que esa misma noche y a la velocidad del rayo había agarrado a otro hombre por el pañuelo y lo había amenazado con matarlo con toda la calma del mundo. Y en ese momento, Serena creyó que sería capaz de hacerlo, y tenía que admitir que, en el fragor de la situación, ella casi había deseado que lo hiciera.
Al ver que Nicholas alzaba la mano para golpear de nuevo, como si tuviera derecho a pegar a Rei…
Allí de pie, en medio de la alegre grandiosidad del White Lily, comenzó a preguntarse si de verdad habría sido Darien a quien vio en el puerto o si sus propios nervios y el sentimiento de culpa habrían hecho que lo viera en otro hombre alto de hombros anchos. Tampoco estaba segura de si había sido la voz de Darien la que había oído decir «Discúlpenme» en el interior del coche. ¿Habría conseguido seguirla desde París hasta Londres?
En la oscuridad del teatro casi podía creer que se lo había imaginado, que había sido otro hombre, que sólo lo que había sucedido dentro del White Lily era real.
«Un sueño», había dicho el señor Kou. «Un sueño muy lucrativo.»
De todos los sitios en los que podía estar, supuso que Darien nunca la buscaría en un establecimiento como ése. El gusto de Darien en cuanto a entretenimientos incluía lo exclusivo y lo refinado, lo mejor de todo. Lo que tal vez lo había llevado de forma natural hasta Serena Tsukino, porque ella encarnaba el arquetipo de la belleza y la gracia.
Era difícil creer que ella podría haber hecho algún daño a Darien al dejarlo tan de repente. Serena se preguntó si de verdad se podía echar de menos a alguien, si de verdad se podía amar cuando nunca te habían negado nada.
Y si eso importaba realmente.
El cansancio se enredó en las extremidades de Serena y comenzó a pesarle en los párpados. Iba a dormir como un tronco esa noche. Así que subió las escaleras en silencio, contó las puertas en el pasillo oscuro y encontró su habitación.
Se sintió agradecida de tener un sitio donde dormir y cerró la puerta con llave en un arranque de nerviosismo ante ese ambiente inusual que extrañamente ya empezaba a parecerle más cómodo de lo que ella hubiera querido. Pronto su cuerpo, en su infinita sabiduría, se sumió en el sueño.
