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Capítulo 9
La teoría
La existencia humana implicaba un conjunto de misterios jamás resueltos, un enigma universal e indescifrable a la que filósofos, científicos, escritores y hasta poetas dedicaban su estudio e inspiración. ¿Y por qué era un misterio que atraía tanta atención? ¿Por qué era tan difícil hallar el sentido de la vida como tal? ¿Qué la hacía lo suficientemente compleja para no tener un significado definido y único? Ahí recaía el problema, no había una respuesta concreta. Sin embargo, Ino Yamanaka tenía su propia teoría, una que combinaba las genialidades de grandes mentes famosas cuyas palabras trascendían la historia, pero que prefería simplificar.
A parte del proceso básico del ser humano, —nacer, crecer, reproducirse y morir—, no había otro sentido más que existir para sufrir. El sentido de la existencia humana era llegar al mundo a sufrir. Era una teoría pesimista, cruda, oscura, negativa, desesperanzadora, triste, deprimente y todos los adjetivos no positivos habidos y por haber; pero era real, y la realidad era toda esa masa asquerosa, pegajosa de dolor, desabrida y silenciosa; principalmente dolorosa.
Nadie recibía a buen gusto la teoría de Ino, al menos ninguno de sus amigos quienes eran los únicos que la escuchaban hablar al respecto. Lo cierto era que ella alguna vez solía ser realista y cortante. No obstante, optaba por reservar la verdadera conclusión de su teoría, nadie tenía conocimiento del fragmento faltante.
Las personas llegaban al mundo para sufrir, y de esa forma poder apreciar aquello que escaseaba, que surgía esporádicamente, que se asemejaba a una de esas flores que crecían en las partes más altas de una montaña, y solo se podía encontrar una vez al año.
La felicidad.
Sufríamos para ser felices, pero vivíamos para sufrir. Algo sencillo, y ese era el gran problema. Las cosas sencillas eran las más difíciles de descubrir.
El misterio de la existencia como tal era elemental, pero la esencia misma de la mente humana se moldeaba por masoquismo, lo que hacía una proeza percibir las soluciones así estas estuvieran pegadas a la nariz, así sean las más obvias; entonces se sufría en la búsqueda de la satisfacción y el olvido de los problemas. Irónicamente, el mismo motivo de vivir era la causa de que no se hallasen las respuestas, por consiguiente, se hacía casi imposible obtener la felicidad.
Ino tenía veintitrés años, casi un cuarto de siglo, insignificante ante los que tenían la mitad de cien años, y una infancia para aquellos que vivieron casi la totalidad. Pero era la edad suficiente para tener las bases que la inspiraron y llevaron a su teoría.
Un año. Doce meses. Trescientos sesenta y cinco días. Un montón de horas, minutos y segundos. En algunos minutos de ese tiempo, se contabiliza el número de meses, días y horas que conforman la edad, e Ino no fue la excepción.
Ella lo hizo durante una de tantas reflexiones, mientras pensaba en lo que había hecho y logrado hasta ese día, y sin remedio intentó rememorar los momentos felices, esos de pura y esencial felicidad.
¿Cuántos calculó? Tres. Y ese seguía siendo el mismo número hasta la actualidad, en sus doscientos setenta y seis meses, nueve mil ciento veinticinco días de sus veintitrés años. Tan solo tres momentos felices. ¿A caso no era la prueba suficiente para reforzar su teoría? ¿No era el argumento para transformar esa teoría en hecho? ¿En la definición universal y única? Para Ino sí; para el resto de la humanidad no, porque su tendencia era sufrir, para eso funcionaba su mecanismo.
Tres instantes de felicidad imposibles de olvidar, no solo por el pequeño número, sino por ser claves y conductores de lo que ella era actualmente, o al menos lo que intentaba ser.
El primero aconteció a una tierna edad, en esa época de inocencia y curiosidad. Cualquiera diría que para un niño cualquier momento de diversión era motivo para ser feliz, pero Ino entendió entre la adolescencia y la adultez que en su infancia solo hubo un momento; la soleada tarde en la que su madre le enseñó a moldear aviones de papel. ¿Increíble? Por supuesto. ¿Absurdo? En absoluto.
El trasfondo que justificaba su decisión de considerar una acción de apariencia banal como un momento de felicidad pura, consistía en lo que aquello despertó en su pequeña cabeza soñadora.
Desde el primer avión de papel que moldeó sola, que impulsó para hacerlo volar y que vio flotar por el aire lo que dura un parpadear; la pequeña Ino había decidido cuál sería su sueño. Aunque ingenuamente creía que podría convertirse en papel y volar por el mundo, la generalidad de su plan estaba en que ella quería viajar alrededor del mundo, conocer nuevos lugares, culturas y personas, muchas personas. Era un sueño que aún conservaba.
El segundo instante lo consideraba como un acto de piedad por parte del karma. Ino, la adolescente; había sido la chica popular; bromas pesadas, abuso hacia los perdedores, planes vengativos, vanidad, fiestas, chicos y alcohol en grandes cantidades. Sin embargo, por encima de todo, ella era comprometida y disciplinada con sus estudios, y, tal vez, era eso por lo que fue recompensada una noche.
Había llegado del colegio luego de un largo día de exámenes, y al ingresar a su casa se encontró con la imagen abatida de su madre sosteniendo una copa de vino, mirando a la nada. Ella notó su presencia y le dio la bienvenida con un "Tu padre se marchó". Ino no necesitó explicaciones, esas cuatro palabras fueron suficientes para comprender a lo que se refería. El alcohólico y déspota de su progenitor al fin se había largado, ella no pudo sentir más alivio en su vida; no importaba lo que eso acarreaba para su madre.
Y fue ese momento que la dirigió indirectamente al tercero.
La ausencia de aquel ser con el que compartía un lazo sanguíneo, simbolizaba su libertad. Hasta aquella noche, Ino no sabía cómo continuar su vida sintiendo la preocupación por el bienestar de su madre, ella no era capaz de dejarla sola e indefensa conviviendo con ese hombre. Por ello siempre estuvo convencida de que su sueño de viajar no podría cumplirse ¿Cómo disfrutaría un viaje al otro lado del mundo con esa situación familiar? Afortunadamente, nunca lo sabría porque el peso en sus hombros había desaparecido, y ella podría partir en cuanto tuviese la oportunidad; una que empezó a tomar forma la mañana en la que decidió dejar la universidad.
El día que prefirió sacrificar tres años de tiempo y dinero invertidos en una carrera de medicina, a cambio de unos cuantos cursos de administración para hacerse cargo de la floristería; fue su tercer momento de felicidad pura.
Y ahora, Ino estaba en búsqueda del cuarto.
— ¿Sakura aún no acepta tu invitación?
— No, pero creo que falta poco para que se rinda.
— Qué terca, nunca cambia.
— Cierto, aunque no la culpo.
— Tu mamá no puede ser tan mala. La única vez que la vi fue muy amable.
— Es porque teníamos diez años, Naruto. Además, ella era distinta en esa época.
— Vale, solo me parece extraño.
— Últimamente, casi todo lo que me rodea es extraño.
— ¿Me incluyes?
— Aunque no lo creas, eres el más normal de todos, y eso es decir mucho.
Naruto rio. Ambos lo hicieron. Una más de las ya típicas bromas que se hacían, en otra vídeo llamada que proclamaba el primer lugar como medio de contacto favorito.
Debido a las ocupaciones de Naruto por los exámenes finales, solo tenían los fines de semanas para comunicarse, ya fuese un sábado o un domingo, hablaban por horas interminables recuperando las pláticas que no tuvieron en días anteriores. Se actualizaban, bromeaban y forjaban el lazo que les unía. Era increíble la facilidad con la que hicieron química, así lo creía Ino, a pesar de que a simple vista se tratase del inicio de una amistad.
Comenzaban una amistad, sin embargo, Ino estaba resuelta a desviar el camino de su relación y ese día pronto llegaría.
— ¿Y ya tienes planes para este verano? —preguntó Ino cuando cesaron las risas.
— No estoy seguro. He pensado en tomar turnos fijos en el restaurante. —respondió pensativo. Ino evitó a duras penas el fruncimiento de su ceño; aquello no se escuchó prometedor, así no funcionarían sus planes; ni siquiera podría ejecutarlos.
Necesitaba a Naruto en Konoha costase lo que costara.
— Creí que vendrías a Konoha.
— ¿Por qué? —Cuestionó confuso. Era una pregunta para la que Ino no tenía respuesta.
— Hmm… Pues…. —Aclaró su garganta para ganar tiempo—. Escuché que el resto del grupo estaría de visita. —Informó de inmediato al recordar lo que Kiba había dicho en la fiesta.
El rubio desvió su mirada a un punto más allá de la pantalla, parecía considerarlo, Ino rogaba internamente que fuese así.
— Ha pasado tiempo desde que estamos todos, —Continuó—, Y… —Se detuvo a tiempo. Estuvo a punto de mencionar el compromiso de Hinata como una excusa, y ese sería un grave error—. Deben echarnos de menos.
— ¿Qué quieres decir? —Preguntó confuso.
— Si te hace sentir mejor, no eres el único que se ha perdido las reuniones. Sakura es quien siempre va. —respondió apenada.
— Tú vives en Konoha, Ino. —Su tono no se sentía como reproche, pero las obviedades en casos como este lo parecían.
— La floristería absorbe más tiempo de lo que aparenta. —Se excusó sin más, no tenía una buena defensa, al menos no una que quisiese confesar. A decir verdad ni ella misma sabía en qué punto se había alejado de todo.
Naruto asintió en comprensión.
— Lo pensaré. —dijo de repente. Una sonrisa brillante curvó los labios de Ino. No importaba que quedara en evidencia por su repentina muestra de emoción.
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La ejecución constante de una actividad que requiera esfuerzo físico, genera secuelas inevitables en la parte del cuerpo más utilizado. Así eran las leyes en la naturaleza, todo tenía un precio: los pies deformados de un atleta, el rostro desfigurado de un luchador, las muñecas de un informático que padecen una clase de síndrome, o su visión desgastada; y las palmas de las manos de Ino que evidenciaban los gajes de su espinosa labor. Todas consecuencias que empiedran el camino hacia el éxito, una travesía por la que se sobrepasan los límites y se da a cambio un trozo de sí mismo.
No solo las actividades físicas exigían un precio, también lo hacían las mentales. Esas que ponían a prueba la creatividad y, sobre todo, la paciencia; y que cuando se excedían los límites, amenazaba con frustración.
— ¿Quieres que te haga una lista de todas las insinuaciones que tu preciosa madre —Sakura simuló comillas con los dedos de ambas manos— ha hecho sobre mí? Puedo hacerlo. Son muchas pero las recuerdo con claridad.
— Sakura, ella no lo hace con intención. Tú sabes que no confía ni en su sombra. Conmigo también lo ha hecho.
— No recuerdo que te haya dicho zorra alguna vez.
— ¿Qué? Ella no dijo eso. —Espetó Ino con el ceño fruncido.
— Sí, lo hizo cuando me disfracé de geisha en nuestro último año escolar. "Halloween es una fiesta anual para sacar los verdaderos instintos". —Gesticuló tratando de imitar una voz de señora—. Tu madre tiene el arte de las indirectas, pero no pudo disimular la mirada que me lanzó aquella vez.
— No puedes asegurarlo. Fue un simple comentario. —Sakura enarcó una ceja. Ni Ino creía sus propias palabras, sin embargo, no podía dar su brazo a torcer. Ella necesitaba que su amiga la acompañara a esa cena, no sería capaz de afrontarlo sola.
— Entonces, ¿Qué hay de la vez que me acusó de tener un romance con Shikamaru? El mismo que era tu novio en ese tiempo.
— Las madres son así. Crean historias solo por preocupación. Yo le dejé en claro que se había equivocado.
— En primer lugar nunca debió suponer algo así cuando lo saludé con un abrazo en la sala de tu casa, contigo y ella presentes. —Sentenció con los brazos cruzados.
Ino suspiró profundamente. Estaba perdiendo la batalla.
— Ella me ha tratado de zorra, daña relaciones, vaga, inútil, y hace poco insinuó que era una ladrona. ¡En mi propia casa! —exclamó abriendo los brazos alterada—. Está claro que me odia.
— Ya, Sakura, capto tu mensaje. —dijo Ino abatida escondiendo su rostro entre sus manos sobre el vidrio del recibidor, atrás del cual, a un lado de ella, su amiga de cabello rosa estaba sentada en una silla con el uniforme verde pálido como vestimenta.
Era tarde en la noche, afuera las calles eran poco transitadas y el silencio de la jornada nocturna se maquillaba con el suave rumor de una ciudad que descansaba. Noche en la que Ino se vio sumida en otro gran encargo para el día siguiente. En las últimas semanas había recibido ese tipo de pedidos que la obligaban a permanecer en la floristería más tiempo de lo usual. Y, esta vez, Sakura había decidido llegar de la universidad para permanecer a su lado y acompañarla al apartamento.
Aunque Ino sospechaba de su repentino impulso de bondad.
— En serio quiero que me acompañes. Tú siempre haces que todo sea más fácil, y eso es decir mucho cuando mi mamá está involucrada. —pronunció esas palabras con lo último que le quedaba, con la frustración y su orgullo atorado en la garganta. Rogar no era lo suyo, pero Sakura formaba parte de muchas excepciones, especialmente en ocasiones como estas.
Pasó un minuto en silencio.
— Pensándolo bien… —Allí estaba. Eso era lo que Ino estaba esperando. La mirada distraída, los brazos y piernas cruzados en una posición relajada, el lenguaje corporal premeditado de Sakura Haruno para ceder por conveniencia. Conocía a su mejor amiga y apostaría lo que fuese a que ella siempre tuvo la intención de ceder a su pedido—. En mi facultad realizarán un evento de esos aburridos, ya sabes, trajes, viejas estiradas, tipos petulantes; —dijo rodando los ojos sin dejar de mirarla—; escuché que la directora de facultad está interesada en adornos florales, y resulta que ella también es profesora de la materia que te comenté.
— ¿Esa que la mitad de tu clase está perdiendo? —Ino apoyó su espalda en el recibidor para observarla mejor. Sakura asintió. —. Déjame adivinar. Por azares del destino tienes una amiga dueña de una floristería, a la que le pedirás un jugoso descuento que tu profesora, tal vez, agradezca en tus notas. —finalizó con una expresión inquisidora. La confirmación se plasmó en la incomodidad de su interesada amiga quien desvió la mirada.
— Si lo pones de esa forma se escucha feo. No es mi culpa que el evento y tu cena infernal técnicamente coincidan.
— Sakura, la cena es este sábado. Tu evento es dentro de dos semanas.
— Pues si quieres que te acompañe, debes aceptar el encargo. —sentenció Sakura con altivez. Ino entrecerró los ojos y negó con la cabeza. No le sorprendía. Años de amistad la habían adaptado a ese tipo de comportamiento.
La rubia regresó a su posición anterior dándole la espalda. Ceño y labios fruncidos. No estaba dispuesta a ver la sonrisa triunfante que con total seguridad Sakura dibujaría, cuando escuchara lo que estaba a punto de decirle.
Resignada soltó una sonora exhalación.
— Avísame cuando deba reunirme con tu directora.
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Konoha, capital de Kuni, conocido mundialmente como País del Fuego por poseer los volcanes más grandes del mundo; era llamada la ciudad verde gracias a los extensos terrenos de bosques y selvas que le rodeaban. Una ciudad que marcaba límites y protegía su encanto con leyes rigurosas de protección ambiental. Las zonas verdes eran el pulmón del mundo y de su economía, la principal atracción turística cuyo cuidado era un legado de Minato Namikaze, fiel defensor e impulsor de sus leyes.
El terreno pavimentado y arbolado con altas edificaciones complementaba de una forma sutil su apariencia, gracias a las divisiones exactas que se estructuraron meticulosamente a lo largo de los años, para que con sus parques que se esparcían al igual que venas, pareciese como si la ciudad misma se enlazara con los bosques.
El Parque Central, que se situaba majestuoso en todo el centro de la ciudad y era el más concurrido, por supuesto, gracias a su extensión y diversidad. El Parque Uchiha ubicado en la zona alta donde residían las familias acaudaladas, nombrado en honor a uno de los dos fundadores de la ciudad, Madara Uchiha. Y, por último, el Parque Senju, en honor al fundador Hashirama Senju; situado entre suburbios de los cuales uno fue el hogar de Ino.
Ella había crecido rodeada de verde, había visitado el verde, había acampado entre el verde y, algunas veces, se había enfiestado entre el verde. Incluso, casi se había ahogado entre el verde, justo en el lago donde aprendió a nadar y disfrutó de casi todos sus veranos junto a amigos.
Más de un año había transcurrido desde la última vez que sus ojos apreciaron la inmensidad de los árboles que conformaban su parque. Suyo porque nunca dejaría de considerarlo así, no importaba que a pesar de vivir a una hora de distancia, ella no lo visitara con la misma frecuencia que en el pasado.
Fue en la navidad de hacía dos años, el blanco había reemplazado el verde de las hojas que meses antes se habían secado, y ella visitó a su madre para la cena navideña; cena para dos, fría como el clima de la época, la última que había pasado en su casa. Su madre solía reunirse con ella en algún restaurante caro, quizás por el gusto de criticarla y actualizarla sobre novedades sin importancia, rodeadas de elegancia; eso sí no le hacía algún desplante.
— Si quieres, puedes ir primero a tu casa. —dijo Ino sin apartar la vista de la ventana, a través de la cual podía apreciar su destino cada vez más cerca.
— Quizás vaya. Le dije a mamá que vendría. —respondió Sakura a su lado igual de distraída por el exterior que pasaba a la velocidad del taxi.
Ino guardó silencio. La melancolía comenzaba a instalarse en su pecho. Demasiados recuerdos, muchas vivencias. Las casas, calles, esquinas y caminos peatonales estaban llenos de ellos; la mayoría buenos e inolvidables, sin embargo, no suficientes para que la hicieran regresar. Todos esos recuerdos estaban eclipsados por aquellos que su antigua casa simbolizaba.
Una infancia manchada de pleitos familiares, los llantos de su madre, el miedo que solo un padre alcohólico podía generar, la ira y la frustración por no poseer la fuerza para actuar, defender o intervenir; las preocupaciones, la zozobra. Las tristezas.
Ino tenía cientos de recuerdos del suburbio en que residió, pero ninguno comparable a los que vivó dentro de las cuatro paredes de su antiguo supuesto hogar.
— Es aquí. —anunció Ino al ver la casa de dos plantas que la vio crecer. Esa estructura típica de clase media, uniformada en su exterior semejante a las casas vecinas, y daba la bienvenida con un jardín bien cuidado.
— Que empiece la diversión. —masculló Sakura con sarcasmo y desgane, cuando el taxi continuaba su marcha.
Ino dejó libre un profundo suspiro. Había tenido muchos de esos en la semana, y la siguiente exhalación no se hizo esperar al estar frente a la puerta.
Ambas decidieron usar los mismos vestidos de la fiesta de Kiba, al ser las prendas más nuevas que tenían y que su mamá no tendría oportunidad de criticar, por lo menos no demasiado si creía que habían sido compradas para la ocasión.
La rubia tomó aire y tocó el timbre.
Los pasos de su madre se escucharon acercándose. Sakura se paró a su lado y bufó con fuerza cuando la puerta empezó a abrirse.
— Ah, veo que traes compañía.
— Hola para ti también. —masculló Ino resignada, dejando libre el aire que había retenido.
El cabello castaño perfectamente peinado con un moño alto y un corto flequillo ondeado sobre parte de su frente, ojos avellanas, expresión estirada con un rictus de seriedad y rectitud maquillado de elegancia; rasgos que se resumían con nombre y apellido: Noriko Yamanaka, engalanada e imponente.
— Buena noche, Señora Yamanaka. —saludó Sakura con una mal fingida amabilidad. Hasta un ciego notaría el esfuerzo que hacía su amiga por ser cordial.
— Sakura, no te esperaba aquí.
— Créame, tampoco esperaba venir. —masculló mirando de reojo hacia Ino, quien pudo sentir el peso de esos ojos jades afilados que la taladraban.
— ¿Podemos pasar? —Intervino Ino en vista de que su madre parecía dispuesta a mantener una eterna batalla de miradas con su amiga.
Noriko retrocedió renuente para darles paso e Ino pudo, al fin, apreciar la remodelación de la que su madre había hablado la última vez que se habían reunido. El cambio no era demasiado; nuevo tapizado, alfombras y muebles.
Lo demás permanecía relativamente igual, y hubiese proseguido con su evaluación de no ser por un detalle de casi dos metros, abundante melena canosa, vestido muy formal y sentado sobre el sofá.
— ¿Quién es él? Se me hace familiar. —susurró Sakura a su lado.
— Mamá… —balbuceó Ino girándose para encarar a su madre y pedirle una explicación con la mirada.
Noriko no respondió, en su lugar, bajo ojos atentos de ambas chicas, se acercó al desconocido, entrelazó su mano con la de él y le sonrió.
— Ino, —comenzó sin apartar su vista del canoso, que le llevaba casi dos cabezas de altura—, te presento a mi prometido; Jiraiya Sennin.
Nota: ¡Hola! Muchas gracias por los comentarios. Esto mejora cada vez más, lo digo también porque estoy avanzando la historia con cierta fluidez, y aspiro terminarlo en menos de lo previsto. En fin. ¿Qué les pareció la sorprecita al final? xD Me encanta dejar intrigas *Inserte sonido de risa malvada aquí*
Sin más que decir, solo me queda recordarles que comenten y agradecerles su lectura.
Chao, chao.
