¡YAHOI! Y aquí va el noveno.

Que lo disfrutéis.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Lingerie


La observó apreciativamente mientras ella estaba allí, de pie ante él, vistiendo tan solo un sugerente sujetador negro de encaje con escote tipo balconet, con un culotte a juego abrazando la perfecta redondez de su culo y parte de sus suaves muslos.

Paseó la vista por todo su cuerpo, de arriba abajo, admirando lo bien que le sentaba aquel conjunto, sintiendo a su miembro despertar ante la llama del deseo que esa chiquilla siempre le despertaba.

Se recostó en el cómodo sillón tapizado en color verde agua, entrelazando las manos sobre su regazo, fijándose en lo bien que encajaba aquella lencería en su pequeño pero bien proporcionado cuerpo.

―Da una vuelta. ―Ella obedeció, lentamente, y él quedó hipnotizado por el movimiento ondulante de sus rizos oscuros. Uno de esos traviesos rizos se le vio para delante, cayendo con gracia sobre uno de sus pálidos hombros. Pero ella no hizo amago de apartarlo.

No pudiendo resistirse, él mismo se levantó y se plantó ante la chica, enredó un dedo en ese mismo mechón azabache, para luego colocarlo suavemente detrás de una de sus pequeñas orejas, acariciando la tersa piel de su mejilla en el proceso. Notó el estremecimiento que la recorrió y él mismo tuvo que reprimir un gemido al ver que por su simple contacto los pezones se habían tensado contra la tela del sujetador, marcando el encaje que los rodeaba.

Tuvo que apartarse, o sino acabaría tomándola en medio de esa tienda de ropa, importándole un bledo las dependientas que pululaban por ahí, mirándolos de reojo, cotilleando sobre ellos, especulando sobre la naturaleza de su relación.

Se fijó una vez más en cómo el culotte cubría de fino encaje el tentador triángulo que había entre sus piernas. Recordar lo bien que esa apretada hendidura lo abrazaba cuando estaba dentro de ella, embistiéndola, perdiéndose en ese cuerpo que lo enloquecía no hizo más que agravar su problema, haciéndolo gruñir.

―Nos lo llevamos. Vístete. ―Se dio la vuelta bruscamente, oyendo como tras él ella dejaba escapar el aire que había estado conteniendo. Sintiendo el pálpito de la dura carne entre sus piernas se dirigió al mostrador para pagar.

―¿Es todo, señor?―le preguntó la dependienta que atendía la caja registradora. Él asintió, sacando la cartera del bolsillo interior de la americana.

―Cóbreme. ―Le tendió una visa oro y a la mujer casi se le salen los ojos de las órbitas al verla. Se apresuró a pasar la tarjeta por el aparatito y le entregó el ticket, que él metió despreocupadamente en un bolsillo de los pantalones.

Cuando su acompañante volvió con el conjunto de lencería entre sus manos la dependienta lo metió en una bolsa y se la entregó.

―Que tengan un buen día. ―Los despidió con una reverencia mientras ellos salían. Otra de las trabajadoras del comercio se acercó a la puerta para darle la vuelta al cartel y volver a poner el letrero de "Abierto". Aquel hombre debía de ser muy poderoso para haber podido exigir al encargado que cerraran el local mientras él y su acompañante compraban allí. Claro que no era su asunto, así que todos los empelados se habían cuidado muy mucho de comentar nada al respecto.

La pareja se subió a una elegante limusina mientras el chófer del vehículo guardaba la bolsa en el maletero, junto a otras tantas que ya había allí. Una vez la puerta se cerró, y a salvo de miradas indiscretas gracias a los cristales tintados de las ventanillas, ella se giró a mirarlo, con el ceño fruncido.

―No tendrías que haberte molestado.

―Quería hacerlo―dijo él, encogiéndose de hombros―. Además, el cliente siempre tiene la razón, y yo soy el cliente, así que chitón. ―Sintió una punzada en el pecho al oírlo. Las lágrimas quisieron hacer acto de presencia pero giró el rostro a tiempo para que él no las viera. Parpadeó para ahuyentarlas y entonces vio su rostro girado bruscamente de nuevo hacia él. Los dedos masculinos asían su barbilla con fuerza―. ¿Traes puesto lo que te pedí?

―Sí, pero…

―Bien. ―Sin darle tiempo a réplicas subió la pantalla que separaba los asientos traseros de los delanteros y, una vez fuera de la vista del conductor, la besó, metiéndole la lengua hasta la campanilla.

La alzó de los glúteos para ponerla a horcajadas sobre su cuerpo y le abrió los botones de la blusa, dejando a la vista un sujetador de encaje blanco. Le subió la falda, sonriendo satisfecho al ver que llevaba las bragas a juego.

Subió las manos para acariciar sus pechos sobre la tela de la ropa interior y ella gimió, arqueándose y contoneando las caderas, sintiendo la dureza de su sexo rozarse una y otra vez contra su centro.

―InuYasha…―gimió cuando él la acarició entre las piernas.

―¿Me deseas, Kagome?―Ella asintió, sin dejar de moverse sobre él―. Ya lo noto. Estás húmeda, preciosa―gruñó. Envalentonada por sus palabras, las manos femeninas buscaron la hebilla de su cinturón, abriéndola; desabrochó también el botón y bajó la cremallera. Metió la mano dentro de sus calzoncillos y sacó su palpitante longitud. Las pupilas se le dilataron de deseo al verlo―. ¿La quieres?

―Sí… ―gimió, acariciándolo, sintiendo como él apretaba sus pechos―. InuYasha… ―suplicó, cuando él hurgó entre sus bragas, buscando el pequeño capullo escondido entre sus pliegues. Hizo pequeños círculos sobre él, volviéndola loca de deseo.

―Parece que sí―sonrió socarrón y, retirando su mano, hizo a un lado la fina tela de encaje y se clavó en ella, sin piedad y hasta el fondo. Kagome empezó a montarlo con frenesí y él la sujetó de las caderas, acompañándola en sus movimientos, gruñendo, sintiendo como sus paredes lo apretaban, lo succionaban.

De pronto, Kagome echó la cabeza y el cuerpo hacia atrás y gritó, arqueando la espalda. Él sintió los temblores femeninos a través de su propio miembro y, con un poderoso rugido, la sujetó firme, manteniéndola quieta mientras él mismo experimentaba la liberación, llenándola de su esencia. Cuando sintió la última ráfaga salir disparada hacia el interior femenino fue que se relajó, aflojando el agarre en las caderas de la chica. Ella se dejó caer contra él, relajada, con una sonrisa satisfecha.

Él le tomó el rostro entre las manos, para mirarla. Sus ojos del color del chocolate lo observaron a su vez, brillantes. Algo saltó en el corazón de InuYasha al ver la profundidad de los sentimientos que veía en aquellos orbes que le encantaban.

―¿Estás bien?―le preguntó, preocupado. Ella asintió, pasando las manos por su largo pelo plateado. InuYasha enterró el rostro en sus pechos, abandonándose a la plácida languidez en la que siempre se sumían tras hacer el amor.

Porque eso era lo que hacía con Kagome: el amor. No era simple sexo, no era como las otras chicas a las que había pagado hasta entonces por su tiempo y su compañía.

Acarició su espalda con lentitud, siguiendo el borde de la tira del sujetador con el dedo. La escuchó reír y él sonrió al oírla, volviendo a sentir a su corazón latir con alegría al escucharla.

―Creo que tienes un fetiche con la lencería. ―Él la miró, de nuevo con esa sonrisa socarrona que la volvía loca.

―Solo con la de encaje. ―La besó, mordiéndole el labio inferior en el proceso―. Y solo cuando la llevas tú. ―Aquello hizo que las lágrimas quisieran volver a aparecer en sus ojos, así que lo abrazó una vez más, impidiendo que él se diera cuenta.

―Kagome… ―Lo apretó entre sus brazos y negó, diciéndole que ahora no quería hablar. InuYasha apretó los dientes, estrechándola con fuerza contra él y hundiendo el rostro en la curva de su cuello.

Porque aunque ambos lo deseaban fervientemente había cosas que les impedían estar juntos. Entre ellas la diferencia de edad y el que Kagome tuviera toda su vida en Japón: su hermano, sus amigos, su hogar…

Y ella no era tan egoísta como para pedirle que él también lo abandonara todo para quedarse allí, a pesar de saber que perfectamente podría hacerlo. Pero no debía, él tenía responsabilidades y una imagen que mantener. Y ella no era más que una prostituta, no una chica que lo amaba con todo su corazón.

Por eso cumpliría todos sus caprichos y todas sus fantasías encantada. Porque esa era la única que tenía para estar con él, para sentir que era suyo aunque fuera en espacios cortos de tiempo.

Fin Lingerie


*Se esconde tras el sofá* ¡NO ME MATÉIS, PLIS! ¡SI ME VIENE LA INSPIRACIÓN PROMETO DARLES UN FINAL FELIZ! (?).

Bueno, debo andar sentimental hoy, porque la otra viñeta que subí también me quedó más romántica que erótica. Pero sé que os gusta mucho lo fluffy y lo meloso, así que nada de quejas.

¿Me dejáis un review que me alegre el día? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.