Los personajes de Candy Candy no me perteneces son creación de Kyoko Mizuki y Yumico Iragaschi.

la historia no me pertenece le pertenece al autor Reid Michelle


Capitulo 9

Candy seguía mirando fijamente el teléfono cuando Terry llegó unos minutos más tarde. Él la vio nada más entrar y se detuvo al instante.

-¿Qué ocurre? -le preguntó

Con impaciencia, dándose cuenta de que Candy sufría una especie de conmoción. Candy se llevó la mano a la mejilla. La tenía helada.

-Susana acaba de llamar –le dijo-. Quiere que la llames.

Sin dejar de mirar a Terry, se preguntó si se desmayaría o se echaría a se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces había visto Candy tanta emoción en sus ojos.

Terry dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.

Luego se acercó a una paralizada Candy, la apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Candy se quedó mirándolo, haciéndose preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre ellos, además del holocausto que tenía lugar en su interior.

¿Terry reaccionaba así ante la simple mención del nombre de Susana? Candy contuvo un sollozo, negándose a dejarse llevar por lo que ocurría en su interior. ¡Al saber que Susana acababa de llamar, Terry había corrido al teléfono como un poseso!

Estaba con Michael en el salón cuando Terry entró buscándola. Estaba pálido, y,aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podía ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Kate corno hacia él para abrazado, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Sam estaba viendo la televisión y Michael estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en el cálido abrazo de su madre.

Terry miraba fijamente a Candy.

-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.

-No importa.

-¡Claro que importa! -exclamó Terry violentamente. Los niños se dieron la vuelta para míralos. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse. -Sammy ... Kate. Quedaos con Michael un momento mientras yo hablo con mamá.

Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Michael y lo dejó sobre la moqueta, entre las piernas de Sam. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.

Se dio la vuelta y agarró a Candy de la mano. Al llegar a su estudio, la soltó.

-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar! ¡Pero que ella no llamara nunca!

-Ya te he dicho que no importa.

-¡Pero sí importa! -estalló Terry ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra! -Entonces, lo que tenías que haber hecho...

Candy se interrumpió porque no quería insultado y, encogiéndose de hombros, se acercó a su mesa. -¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntó entre dientes-Si decías que todo había terminado.

-No trabaja para mí -dijo Terry-. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus compañeros.

Candy no lo creía. Tenía grabada la expresión de su cara cuando le dijo que Susana acababa de llamar. Todavía recordaba cómo la había apartado para correr a llamarla.

-Entonces, ¿por qué te ha llamado?

Terry suspiró. Candy estaba segura de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de Susana.

-Era la única que estaba en la oficina cuando llegó una información muy importante por fax -le explicó Terry-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el bufete.

-aah -exclamó Candy, que no podía pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadió fríamente, para acabar con el asunto. Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, le decía que aún no había concluido.

-El caso es que -dijo Terry con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Liverpool y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.

La compra de Harvey's y el negocio de Liverpool, ¿dónde estaba la diferencia?

-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijo con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.

Lo empujó con la intención de abandonar el estudio. Pero Terry la detuvo.

-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de Susana.

No voy a verla. No quiero veda. Estaré en la otra punta de Londres, ¿lo entiendes?

¿Entender? Sí, por supuesto, Candy lo entendía todo.

Le estaba pidiendo que confiara en él. Pero no podía. Tal vez nunca volviera a confiar en él.

-Tengo que acostar a Michael-murmuró y le empujó para salir de la habitación. Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Terry se marchó a Liverpool para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se comportaron con exquisita cortesía, Candy sintió alivio al verlo partir.

Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Terry rompió una de las estrictas reglas que se habían instituido entre ellos y le habló. Le pidió que le perdonara. Candy le dijo que se callara, para no estropear más las cosas. Terry se mordió la lengua, pero, cuando la penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se separó de ella y hundió el rostro en la almohada. Candy sintió entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudo, porque habría sido concederle algo demasiado importante.

El problema era que ya no sabía qué era aquello tan importante, porque había empezado a perder la noción de las causas que los separaban.

«Susana», recordó, «Susana».

Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerle tanto daño como antes. Los días siguientes, Candy se sumergió en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad. Ignoró las frecuentes molestias de su estómago y se dispuso a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Terry, consideró seriamente si no sería mejor meterse en la cama y descansar.

Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Terry. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su mujer y sus hijos para sostener el árbol.

-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.

Los niños abandonaron a Candy y corrieron hacia Terry. Él, fingiendo terror, cayó en la moqueta mientras Kate y Sam se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.

Candy observó la escena embobada, mientras las agujas del pino se le clavaban en la palma de las manos.

Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás había experimentado, cuando se dio cuenta del valor que tenía su vida. Amaba a su familia. Amaba el amor de su familia.

Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarla otra vez.

El Terry de aquella escena era el viejo Terry. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar de ellos.

Michael estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.

-Me rindo, me rindo -decía Terry, mientras Sam le sujetaba por los brazos para que Kate pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Terry no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras tenía a Michael sentado sobre él-¡Ayúdame, Candy! ¡Necesito ayuda!

Candy soltó el árbol, asegurándose de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Michael con un brazo y atacar a Kate con sus propias armas, dejando que Terry se las entendiera con Sam. Al cabo de unos segundos, el padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.

-¡Puaj! -protestaba Sammy, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.

No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar. Terry estaba empleando el mejor truco, porque se los daba jugando. Cuando dejó al niño en el suelo, estaba loco de felicidad, aunque sin dejar de hacer gestos de asco. Luego se moría de risa cuando su padre persiguió a Kate, que no paraba de chillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Terry la abrazara y la cubriera de besos.

Michael observaba con una sonrisa de felicidad y Candy se abrazó a él. El cálido cuerpo de su hijo la reconfortó, aunque en realidad, lo que más deseaba era esperar a que le llegara el turno de que Terry la persiguiera también a ella, como había hecho en el pasado.

Que Terry estaba pensando lo mismo quedó claro cuando dejó a Kate en el suelo y miró a Candy con incertidumbre. Ella sintió una repentina timidez y le ofreció a Michael, agachando la mirada mientras Terry se tumbaba en el suelo jugando con su hijo pequeño.

Precisamente en aquel instante, el árbol de Navidad comenzó a inclinarse. Candy lo atrapó a tiempo, pero se le echó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la suya apareció de repente para sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.

-Te ha arañado en la cara -dijo Terry, tomándola entre sus brazos y besándola en la comisura de los labios y acariciándola con la lengua- Hola -murmuró suavemente.

Candy se sonrojó.

-Hola -respondió con voz grave.

Terry la besó de nuevo, con intensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Candy cerró los ojos y se abandonó al abrazo de aquel cuerpo que conocía tan bien.

El sonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir, porque a aquella hora esperaban a Eleonor.

-Tu madre va a llevarlos a oír villancicos -dijo Candy.

-¿Sí? -replicó Terry distraídamente, sin dejar de mirar a Candy intensamente- Mejor -añadió con un murmullo y la besó de nuevo, suavemente. No se separó de ella ni cuando su madre entró en la habitación.

Candy ni siquiera la oyó. El amor que creía perdido para siempre palpitaba en el fondo de su ser, alimentando una deliciosa calidez en cada rincón de su cuerpo. Con un suspiro, que fue como el suave murmullo de una brisa, le acarició los brazos y enterró los dedos en sus cabellos.

Estaban sin respiración cuando se separaron. Terry se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Jenny sonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, era inequívoca.

Al poner los anoraks a los niños, mientras Terry estaba fijando la posición del árbol, Candy recordó los cambios que había hecho en el piso de arriba. Se mordió el labio preguntándose cómo se lo diría, y pospuso el momento hasta que no tuviera más remedio.

Se despidieron de los niños y de su abuela desde la puerta. Terry la agarraba por la cintura mientras Eleonor salía por la puerta del jardín empujando el cochecito de Michael y con los mellizos correteando a su lado y sin parar de hablar.

Terry cerró la puerta. Después del alboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.

-Ven conmigo mientras me cambio -dijo Daniel, ofreciéndole la mano a Candy. Candy la agarró dócilmente y se dejó llevar escaleras arriba hasta su dormitorio. Allí, Terry se separó de ella con un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata…

Candy lo miraba desde el umbral de la puerta, retorciéndose las manos nerviosamente. -Terry...

Él, que no la oía, se dirigió al baño.

-Pero qué... -dijo saliendo disparado y mirándola con asombro.

-Tenía que poner a mis padres en alguna parte -dijo Candy, poniéndose a la defensiva-, y ésta era la única solución -dijo señalando la cama.

Había quitado del baño todos sus objetos personales y vaciados uno de los armarios y había puesto su ropa con la de Terry. Casi no había cabido, la había metido con tanta presión que tendría que plancharla otra vez antes de ponérsela, pero...

-¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?

Candy señaló las otras habitaciones con un gesto vago.

-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Sam y otra en la de Kate. Tu madre puede dormir con Kate.

La madre de Terry siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.

-Yo dormiré con Michael y tú con Sam. Sólo son dos noches, Daniel Terry-dijo apelando a su comprensión cuando lo vio a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy excitados y...

-¡Maldita sea! -exclamó Terry-. ¿Qué te ocurre, Candy? ¿Por qué tengo que dejarles mi cama a tus padres? ¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te aviso: creo que ya he sufrido bastante.

Candy se indignó ante tal injusticia.

-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.

-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Terry, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Liverpool... ¡En Liverpool, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propia mujer, una mujer vengativa que no encuentra bastantes maneras de ... ¡No pasaría nada ... ! -continuó observando a una pálida Candy -. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudamos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y una mujer que...

Se interrumpió dirigiendo Candy, que estaba completamente pálida, una mirada furiosa.

-¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!

-¿Por qué no te vas a casa de Susana? -le sugirió Rachel con voz temblorosa- ¡Puede que ella te trate mejor!

Giró sobre sus talones y salió del dormitorio antes que Terry pudiera decir algo más. ¿Creía que era vengativa? ¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a sus hijos!

Recogió los platos donde habían cenado los niños y se dispuso a lavarlos. Podría haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad le daba la oportunidad de descargar su rabia.

Candy apareció a sus espaldas y la apretó contra el fregadero.

-Lo siento -dijo besándola en la nuca- No quería decir eso.

Candy suspiró, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.

-Entonces ¿por qué lo has dicho?

-Porque... -dijo Terry, pero se interrumpió para seguir besando a Candy en el cuello.

-¿Porque qué? -insistió Candy.

-Porque estaba decepcionado -dijo Terry-. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un suspiro-, no quiero dormir con Sam. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, Candy, la necesito.

Con un repentino sollozo, Candy dejó caer el plato que estaba fregando y se dio la vuelta para apoyarse en el pecho de Terry.

-Lo sé -dijo Terry con un suspiro abrazándola y acariciando su espalda. Apoyó su cabeza en la de Candy y, una vez más, su cuerpo se convirtió en su refugio.

Finalmente, Candy consiguió calmarse y Terry la agarró por la barbilla para examinar su rostro. Ella le dejó, tan silenciosa y petulante como Kate.

-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Candy sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.

Candy, a su pesar, le devolvió la sonrisa. Pero Terry tenía razón. Eleonor siempre se ponía de su lado cuando discutían, tuviera razón o no.

-¿Me perdonas? -le preguntó Terry, apartándole el pelo de la cara- Vamos a firmar un tregua, Candy. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé muestra maldita cama si eso te hace feliz.

-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetó Candy, metiendo las manos en el pantalón de Terry para buscar un pañuelo. Rozó con los dedos sus genitales y Terry dio un respingo.

-No me provoques, pequeña-la acusó Terry asombrado, porque sabía cuál era su intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba la vieja Rachel, la que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, Candy-le rogó con voz ronca- Por favor.

-¡Has llamado mocosos a los niños!

-¿He dicho eso? -dijo Terry, y parecía sinceramente sorprendido. -¡Y mucho más!

-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Terry-. ¿Me perdonas? Candy consideró la propuesta, complacida por el modo en que Terry le acariciaba el cuello y las mejillas. -¿De verdad eres millonario? -le preguntó.

-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.

-¿Lo eres? -insistió Candy.

-Si te digo que sí, ¿vaya ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Terry con una sonrisa. -Tal vez. -Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.

Candy se sintió dolida porque sabía que le estaba diciendo la verdad. Terry era un hombre muy rico y ella ni siquiera lo había sabido. Para ella no era más que Terry, el hombre al que llevaba amando toda su vida.

-¿Una tregua? -le preguntó Terry, rozando su boca con los labios.

-Sí -murmuró Candy y cerró los ojos.

-¿Por mis millones?

-Por supuesto -dijo Candy sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?

Terry se rió, porque, si conocía en algo a Candy, sabía que no era interesada. La besó en la frente y se dio la vuelta agarrándola de la mano.

-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -le dijo.

La habitación estaba bañada, como de costumbre. Por una tenue luz anaranjada.

-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentó Candy distraídamente, y recibió una palmadita en las nalgas.

Entraron en el cuarto de baño riendo.

Fueron unas Navidades felices, tranquilas, alegres, pero terminaron enseguida. Llegó el momento en que Candy tuvo que decidir si iba a volver a las clases de Zac. Terry no hizo ningún comentario, pero Candy no tuvo la menor duda de su opinión al ver su cara cuando la sorprendió con su bloc de dibujo. Además, ella se negó a comentárselo porque quería que fuera una decisión exclusivamente suya.

Muy lentamente, volvieron a ser dos extraños que vivían bajo el mismo techo. Candy pensaba que el noventa por ciento de la culpa la tenía el hecho de que no había conseguido una relación satisfactoria en la cama. Terry era un hombre muy sensual y su propia y continua incapacidad para entregarse por completo debía desafiar su virilidad. Odiaba las restricciones que ella imponía: la oscuridad, el silencio, su reticencia a dejarse llevar por sus sensaciones. Candy temía que, si no podía solucionarlo, una vez más, él se fuera en busca de la satisfacción a alguna otra parte.

¿La abandonaría alguna vez aquel miedo? Se preguntó una mañana, después de una noche especialmente desastrosa.

Terry había sufrido tanto como ella después de su aventura con Susana, pero saber que podía volver a caer en la tentación cuando la presión fuera demasiado fuerte, acababa con la necesaria confianza que Rachel necesitaba para volver a sentirse segura con él.

Candy era presa de una terrible inseguridad, una inseguridad que la mantenía continuamente irritada. Volvió a tener dolores de estómago, unos dolores que ya duraban meses.

Y, cuando pensaba en aquellos meses, se le helaba la sangre en las venas.

Continuara...