Capítulo IX: Injuria

– ¡Holaaaa! –Gritó George a todo pulmón desde la chimenea de La Madriguera.

Ginny tiró las servilletas sobre la mesa y fue a abrazar a su hermano mirando de reojo a la acompañante que traía con él sin saber quién era.

– Hola, Ginny, –la saludó la mujer sonriendo y con toda la confianza del mundo.

– Supongo que recordarás a Verity¿no? –Le aclaró sutilmente George mientras le rodeaba la cintura con su brazo. Ginny miró esa actitud con asombro.

– ¡Sí, claro que la recuerdo! – Contestó riéndose de sí misma por no haber reconocido la ayudante del negocio de los gemelos. –Pero admito que me costó reconocerte así, con el cabello tan largo.

–Ah… Otro invento de tus hermanos. Está a prueba todavía. Pero podemos ir dándote algunas dosis.

Ginny se rió. ­–Preferiría no aceptar nada. –Verity repuso con una cara ofendida. –No es para que lo tomes así, no confío mucho en los ensayos de los experimentos de Fred y George… simplemente es eso. Pero no me vendría nada mal tener algo así para mi cabello.

Ginny se pasó una mano triste por su corto cabello.

–Es que fuiste tú quien inspiró a esos dos gansos a hacer algo como esto. Están planeando toda una línea para el cabello. ¿Qué nombre le van a poner esta vez, George?. ¿Rapunsel?. ¿Zedal?

Geroge encogió los hombros.

–Queremos que el efecto sea permanente… pero el pelo que crece es demasiado débil y pasado un tiempo de deshace y queda como estaba originalmente. –Les explicó él.

–Espero que mis hijos no te estén obligando a exponerte a nada extraño, –agregó Molly mirando a George en reprimenda y apoyando una enorme fuente con comida en la mesa.

–Hola, mamá. –él ignoró a su madre y la abrazó fuertemente provocando que su madre se olvidara de continuar enojada. Verity también la saludó con confianza e inmediatamente estaban todos ayudando a preparar a cena.

–¿Tienes noticias de Fred?. ¿Cómo le está yendo en Japón? –Insistió Ginny.

–¡Va a traer bolas de dragón! –Exclamó Verity aplaudiendo y saltando en su lugar muy entusiasmada a la vez que Ginny y su madre se miraban entre sí, sin entender. (1)

–Son una rareza… solo algunos dragones las producen y sirven para gran cantidad de pociones. –Aclaró George. Antes de ponerse a relatar algunas de las cosas que estaba haciendo su hermano gemelo en Asia.

Sin embargo Ginny se distrajo con la voz de su padre y la voz de Harry que provenían desde afuera. Disimuladamente, se fue a la cocina para ir a buscarlos pero había algo en la manera que ellos estaban afuera que la hizo detenerse y los espió en silencio.

Harry tenía aun su uniforme de Auror, una túnica de color azul marino con un escudo del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, y se pasaba un dedo constantemente por el apretado cuello. Tenía una expresión grave y concentrada, mientras su padre le hablaba y echaba miradas furtivas hacia la casa, como esperando que alguien saliera de La Madriguera en cualquier momento.

No llegaba a entender nada de lo que decían, y Ginny se preguntó si su madre aun tendría escondidas las orejas expandibles de los gemelos en el frasco de las galletitas.

"Accio orejas expandibles" pensó inconcientemente sujetando la varita que le habían dado en el hospital. En un instante tenía las orejas en sus manos. Se mordió en interior de la mejilla y cerró los ojos al darse cuenta que el hechizo le había provocado una ola de nauseas. Después de tomar unas cuantas bocanadas de aire volvió a mirar afuera. Harry le estaba entregando un paquete a su padre quien inmediatamente miró el contenido, le sonrió y se fue a su taller después de haberle dado unas palmaditas en la espalda. Ginny observaba llena de curiosidad. Obviamente Harry le había traído alguna cosa muggle, pero no se le ocurría qué podría ser.

–¿Dónde sacaste esas? –La voz de Verity provocó que Ginny se volteara demasiado rápido y se sintió culpable de haber estado espiando. Notó que la mujer se refería a las orejas expandibles y se ruborizó.

–Mi mamá las tenía escondidas.

–Este diseño no lo conocía… –dijo ella analizando el invento. –Ahora vienen en diferentes colores y la forma es más real.

Ginny no le estaba prestando atención. Harry había entrado a la casa y su madre lo estaba abrazando y haciéndole preguntas sobre el trabajo. Era como si el intercambio de palabras del día anterior no hubiese ocurrido nunca. Por un lado eso la tranquilizo un poco. Al menos su mamá tenía algo de tacto. Y Harry no podía creer que no le estuvieran diciendo nada sobre la noche anterior. Luego le sacudió la mano a George con gusto y saludó amablemente a Verity a quien también le costo reconocer por el cabello largo que tenía.

Finalmente Harry quedó frente a Ginny. Ella amagó a abrazarlo pero él parecía nervioso y miraba a Molly como si tuviese vergüenza de ser demostrativo frente a todos. Ginny frunció los labios.

–Hola, Harry. –Lo saludó con un tono asesino que todos reconocieron y se erizaron involuntariamente.

Él la volvió a mirar y sonrió de costado con timidez. La mano de él, como si tuviera vida propia, le corrió un mechón de cabello y le habló.

– Hola, Ginny ¿Cómo estás?. ¿Cómo te fue con los hechizos?

–Bien –fue su seca respuesta.

El le sonrió más animado, ignorando el tono desagradable con que ella le había respondido y después de un microsegundo de dudas la abrazó. –Yo sabía que te iba a ir bien –le susurró al oído.

La cena transcurrió como cualquier cena en La Madriguera. Harry siempre las disfrutaba y escuchaba a todos con atención. Sus ojos siempre resplandecían con entusiasmo y si no hablaba era porque tenía la boca llena de comida. Ginny, por otro lado no veía la hora de estar sola junto a él. Lo miraba sonreír y flashes de la noche pasada se presentaban en su mente sin previo aviso haciendo que se sintiera acalorada y llena de pudor. Tuvo que comer más rápido de lo que estaba acostumbrada para no pensar mucho en su sexy novio que cada vez que la miraba le llenaba el estómago con hermosas mariposas.

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Ginny sostenía en sus manos dos tazas de chocolate caliente. Le dio una a Harry que se encontraba sentado en el banco del jardín debajo del roble. Como la mayoría de las cosas allí, se trataba de un banco mágico que al reclinarse un poco se hamacaba. Y Harry estaba haciendo eso.

–¿Es cierto? –Susurró él sin mirarla.

–¿Qué cosa?

–Que hoy fuiste a la Academia.

–Sí. –Ginny lo miró extrañada. –¿Sucede algo malo?

–No. Sí… quiero decir… –Harry carraspeó. –¿Por qué?

–¿Por qué, qué?

Ginny dejó su taza a un lado y se ajustó mejor la bufanda antes de fijar su mirada en él.

–¿Por qué fuiste a la Academia?

–Porque quiero ser Auror.

–¿Por qué quieres ser Auror?

–Porque me gusta, siempre me gustó. –Replicó ella comenzando a perder la paciencia con la conversación tonta que estaban teniendo.

–Es que… ¿Por qué no estudias Herbología… o Sanación? No entiendo por qué quieres seguir algo así… –Había un dejo de desesperación en su voz.

–¿Qué hay de malo con lo que yo quiero? –Mientras le hacía la pregunta, Ginny comprendió cuál era el problema y no dejó que él le contestara.. –¡¿ Es que es posible?!. ¡No puedo creerlo!. ¿Acaso me piensas dejar encerrada en una alta torre como a la princesa Gertrudis?

Harry la miró como si Ginny se hubiese vuelto loca.

–¿La princesa Gertrudis?

–¡Sí, maldita seas, Harry¡La estúpida princesa Gertrudis!

Harry pestañeó atónito.

–No soy una persona delicada, no soy Romilda Vane que necesita ponerse sus lociones mágicas para que su delicado cutis no se arruine con la luz del sol ni la sombra de la luna. No soy Cho Chang que necesita tener siempre un novio para sentirse bella y exitosa. No soy la delicada princesa muggle Gertrudis que se casó con un temible brujo y la encerró en una alta torre para protegerla de su mundo mágico. Soy Ginevra Molly Weasley, la séptima hija mujer después de varias generaciones de Weasleys hombres, en mi primer año Voldemort se apoderó de mí y sobreviví, cuando te fuiste en mi sexto año estuve al frente del ejercito de Dumbledore y ese mismo año te acompañé para derrotar a Voldemort. Fui capitana dos años consecutivos del equipo de Quidditch ¿Cuánto tiempo estuviste tú como capitán, Harry? Luego me enfrenté sola a Dolohov y después le hice frente a una horda de fanales. SOLA. YO SOLA, Harry… Lo hice todo yo sola. Y sé que no seré tan buena como Hermione Granger, pero sé quien soy y qué puedo hacer o no y tengo tanto talento para ser auror como tú.

Ginny pausó para tomar aliento. Tenía su dedo elevado de manera acusatoria hacia Harry y a él se le habían ido las palabras.

–…Nunca dije que no tuvieras el talento para serlo… –Terminó respondiendo él.

–Entonces déjame ser un auror.

–Es que…

–Por lo que más quieras, Harry ¿Acaso vas a continuar buscando razones para que no lo sea?

–No es eso… Me aterra la idea de volver a perderte… –Suspiró él en agonía. –No te haces idea… –Se atragantó con las palabras y dejó de mirarla.

–Harry… –lo llamó ella, su enojo desvanecido casi por completo. –Sabes que te seguiría hasta el fin del mundo. Jamás podrías perderme…

–¿Entonces quieres ser auror para seguirme?. ¿…porque yo soy un auror? –Preguntó él incrédulo. –¿Tú idea es que seamos compañeros de trabajo? Sabes que eso no es posible. No puedes decidir con quien trabajarás cuando eres auror. Y yo jamás trabajaría contigo.

­–¿QUE?

–No me permitirían trabajar con alguien que saben que me tendría constantemente distraído. –Continuó Harry como si no hubiese notado la cara estupefacta de Ginny y lo colorada que se estaba poniendo por la furia que estaba aguantándose. –Mi mente estaría todo el tiempo pensando en tu seguridad, o bueno… en otras mejores alternativas que podría estar haciendo contigo en lugar de pensar cómo cumplir con los objetivos de la misión. Si quieres puedes casarte conmigo en lugar de hacerte auror. –Harry abrió bien grande sus ojos y le sonrió a Ginny de oreja a oreja como si se le hubiese ocurrido una brillante idea. –Sí, Ginny, cásate conmigo si quieres seguirme hasta el fin del mundo. Pero no te hagas auror…

Ginny tragó saliva y contó hacia atrás desde 50, aun así no pudo parar de mantener sus puños cerrados.

–¿Eso fue una propuesta de casamiento?

–Sí… algo así… supongo. –Balbuceó él ruborizándose. –Sí. –Dijo inmediatamente con más firmeza, sus ojos verdes eufóricos. –Es una propuesta de casamiento.

–¿Con la condición que abandone la idea de ser auror?

Ginny se levantó de golpe.

Creyó que Harry había cambiado para mal antes. Luego creyó que se había confundido ella y que Harry seguía siendo como era antes. Y era cierto, Harry no había cambiado nada. Quería dejarla eternamente en una burbuja para felicidad de él. Como lo había hecho cuando fue tras esos condenados Horcruxes ¿Y ahora tenía soportar esto otra vez?

–¿Qué sucede? –preguntó él yendo detrás de una apurada Ginny.

–Déjame en paz… –le contestó más calmada de lo que realmente se sentía. Se dio vuelta de golpe y lo miró directo a los ojos, como si esos ojos pudiesen matarlo. –No quiero que me sigas. No quiero nada de ti. No me voy a casar contigo así que déjame en paz.

Entró a su casa e ignoró a quienes estaban allí tomando chocolate caliente. Fue directo a internarse a su cuarto. Pero nunca llegó.

–¡Ginny! –era Verity. –¿Estás bien?

La sala de su casa comenzó a dar vueltas a una velocidad que aumentaba con cada bocanada de aire que aspiraba, hasta que los sonidos mas simples se volvieron ensordecedores, todo se tornó negro y no supo nada más.

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Primero vio que todo era de color azul. Como la luz de la Luna cuando se filtra entre los árboles. Luego notó que el suelo era suave y mullido pero que aun así no percibía donde se apoyaban sus pies desnudos. Cuando caminaba, cada paso era acompañado por un suave coro que la tranquilizaban y la hacían continuar avanzando.

Llegó a un río de luz verde desde donde Ginny sabía que provenían las voces del coro. Quería tocar la luz y abrazarla como si se tratara de una vida que necesitaba el consuelo que solo el contacto de un humano puede dar.

–Yo no haría eso. –Escuchó detrás de ella y rápidamente se volteó.

Allí había una mujer con un extravagante peinado hacia arriba. Llevaba una simple túnica amarilla que contrastaba con lo oscuro de su cabellera.

–¿Quién eres? –preguntó Ginny aunque ya sabía la respuesta antes de que le contestaran.

–Yo soy una fanal, –sonrió cándidamente, –la primera de todas. Nací en el río de la luz ­–señalo el río que atravesaba ese espacio. –Viví buscando respuestas que nos iluminaran el camino del conocimiento mágico, ­–elevó sus manos provocando que todo resplandeciera. –Y me encerré en la oscuridad de los sueños de mis seguidoras, creyendo que así se perpetuarían mis creencias y propósitos.

–Sus creencias no han traído más que dolor y sufrimiento a miles de personas. –Le contestó ella sin entender qué estaba haciendo allí.

–Mis creencias y propósitos se han ido desvaneciendo en la neblina de los intereses egoístas.

Un ave muy similar al ave fénix solo que era blanca y cuando volaba sus plumas se hacían humo, revoloteaba encima de ellas.

Ginny comenzó a impacientarse por la falta de respuestas y las miles de preguntas que se iban formando en su mente.

–¿Qué quieres de mi? –Fue lo primero que logró salir de su boca, pero otra vez la respuesta se formaba en su mente antes de terminar la pregunta.

–Debes terminar el trabajo que comenzaste en La Florinda.

–¿Qué significa eso?. Nunca serviré a sus ideales.

–Oh… pero si has estado sirviendo a mis ideales todo este tiempo. Quizás no hayas sido conciente de ello. Pero has estado erradicando los intereses egoístas…

–¿Quieres que acabe con las fanales? –Interrumpió Ginny y se mordió el interior de la mejilla.

La mujer frente a ella se detuvo a acariciar al ave que se materializaba cuando se quedaba quieta. Tardó un rato en continuar hablando. Aunque el tiempo no parecía importar allí en ese lugar.

–Sabes que eres una fanal, Ginevra. Siempre lo supiste y no sirve que empieces a cuestionar eso. Debes responder a ese llamado o todo se echará a perder.

–Jamás responderé entonces. –La desafió causando que la otra se sonriera de costado.

–¡Jennifer! –escuchó una lejana vos y miró asustada a la fundadora.

–Es cierto que te han encontrado, están del otro lado del río. Solo debes atravesarlo…

El ave volvió a hacerse humo y rodeó la presencia de la fundadora quien comenzó a hacerse luz incandescente. Ginny cerró fuertemente los ojos. Y se despertó sola en un cuarto del hospital.

Suspiró.

Estaba verdaderamente cansada de San Mungo y de todas las razones que siempre la terminaban llevando allí.

En ese instante entró una enfermera alegre de verla despierta. La puso al tanto de su condición explicándole que se había desmayado por una descompensación repentina de magia. Probablemente causada por mucho estrés. Ginny inmediatamente se acordó de toda la magia que había hecho ese día y de la pelea con Harry. Todo parecía irse sumando. La enfermera también le dijo que su familia estaba allí en el pasillo esperando a que se recompusiera. Pero Ginny seguía agotada, la voz de la enfermera pronto se le hizo lejana y entró en un profundo sueño.

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Al día siguiente, Ginny contemplaba hipnotizada, las formas que tomaba el valor cuando se desprendían de su infusión relajante sentada en la cafetería del hospital. Estaba haciendo tiempo para no regresar a su casa y así evitar a su madre. Reflexionaba también sobre Harry, a quien no había visto desde la cena, y ya no estaba segura cómo encajaba en su vida de ahora. Todavía estaba enojada por la manera en que le había propuesto matrimonio… ¡Como si se tratara de una mera trivialidad!. ¡Y todo para que no siguiera sus ambiciones! Aunque si era honesta consigo misma, ni ella estaba segura cuáles eran esas ambiciones, y toda la cuestión la tenía sumamente confundida.

Alguien carraspeó y ella se sacudió en la silla al darse cuenta que en algún momento que no percató, Mark Sloan había tomado un asiento frente a ella. Frunció el ceño ante la grave expresión de su sanador.

– Señorita Weasley, mi hermana desearía hablarle.

Ginny tardó en responder. ¿Señorita Weasley¿Desde cuando Mark Sloan se dirigía a ella con tanta formalidad? Por un momento se le ocurrió que era uno de sus jueguitos.

–¿Y se puede saber quién es tu hermana?

Mark se puso de pie y le entregó una tarjetita negra con tipografía plateada en cursiva y unas runas en los bordes. Ginny la leyó.

"Isabella Sloan

Inefable del Departamento de Misterios.

Ministerio de Magia del Reino Unido"

–Me dijo que vayas a hablarle en cuanto puedas. –Y luego se retiró sin esperar respuesta y como si nunca se hubiesen conocido.

Ella pestañeó varias veces con la mirada clavada en donde había estado unos segundos antes su sanador. Intentaba interpretar la extraña actitud. Definitivamente no parecía haber estado bajo alguna maldición que lo controlara. Suspiró resignada.

¿Qué querría una inefable con ella? No se le ocurría nada. Quizá tenía algo que ver con la vez que fue al Departamento de Misterios a ayudarlo a Harry a salvar a Sirius (y que terminó siendo peor que una pesadilla). Ginny recordaba que Lucius Malfoy había terminado en Azkaban por ello. Pero quizás ahora querían acusarla de haber sido partícipe de la destrucción de quien sabe cuantas cosas de dicho lugar. Le tendría que preguntar a Harry…

Y otra vez se dio cuenta que estaba pensando en él. Molesta por todo, se puso rápidamente de pie para abrigarse, y allí estaba Mark sosteniéndole su capa de lana verde.

–¡Deja de asustarme así! Por lo que más quieras…

–Lo siento mucho, linda. –Ahora sonaba más como el Mark que había llegado a conocer.

–No sabía que tenías una hermana.

–¿Isabellita? Es encantadora. Perdí el contacto con ella, en verdad.

–¿Qué quieres decir con eso?. ¡Me acabas de decir que ella quiere verme y me diste su tarjeta!

–Ah, sí… es cierto… Vino esta mañana a hablarme. –Se frotaba la nuca con una mano y en su cara había una indescifrable mueca de que lo habían pillado.

–Bueno, es mi hermanastra y nos llevamos muchos años de diferencia y solo vino por cuestiones de trabajo. No es como si tuviésemos un trato familiar.

Era un tipo raro Mark Sloan, y su familia parecía ser tan rara como él. De tal palo tal astilla ¿No decía algo así el dicho?

Ginny sintió una fuerte puntada por encima de su oreja y cerró sus ojos esperando que el dolor se disipara.

–Siéntate, –le indicó él y ella obedeció sin quejarse. Esos dolores repentinos y la manera extraña que tenía su cuerpo de hacerle saber que Ginny no estaba del todo bien la estaban por enloquecer. –Dime cuando se pase el dolor… y no abras los ojos hasta entonces.

Pasó un largo rato en el que ella solo escuchaba la profunda voz de Mark recitando encantamiento tras encantamiento hasta que respiró y notó que su migraña ya se había ido. Finalmente abrió los ojos para encontrarse con Mark Sloan a pocos centímetros de su cara.

–¿Cómo te sientes? –Ginny sintió su aliento fresco en la cara e inconcientemente se reclinó hacia atrás.

–Bien, gracias.

–Creo que quiere hablarte sobre las fanales. –Le susurró sin alejar su cara de la de ella.

–¿Qué?

–Isabella, por lo que entendí quiere hablarte sobre las fanales. ¿Te gustaría que te acompañe?

–No, –soltó ella inmediatamente. –No, gracias, Mark. No-no es necesario.

¿Por qué estaba tartamudeando?

Al final él se enderezó y, sin pedir permiso, tomó una mano de Ginny para tironearla y ayudarla a que se pusiera de pie. Por hacerlo tan rápido ella perdió su balance y quedó apoyada sobre él. Mark la tomó por la cintura.

–¿Ginny?

Más veloz que la luz pero a la vez como si fuera en cámara lenta, ella se soltó de Mark y estableció más de un brazo de distancia entre los dos. Se volteó al percibir la voz del hombre que tanto quería, llena de pesar. Ahí estaba Harry con un pequeño ramo de jazmines. Su mirada saltaba entre ella y su sanador como un espectador en un partido de tenis.

–Hola Harry, –le dijo ella suavemente.

Harry entonces, fijó su mirada en ella y su rostro cambió de confundido a determinado.

–Sloan, creo que éstas, –le dijo levantando las flores hacia él, pero sin dejar de mirar a Ginny, –le van a ser más útiles a usted.

Mars Sloan se acercó titubeando hacia Harry.

Ginny estaba inmovilizada sin entender la actitud de su supuesto novio. Harry insistió que Mark Sloan recogiera el ramo hasta el punto que pareció que se trataba más como una amenaza que como un gesto de generosidad. Su sanador finalmente tomó las flores que Harry prácticamente ya le estaba refregando en la cara. En el momento que Mark Sloan puso su mano sobre los jazmines, Harry con el brazo que tenía libre, lanzó un puñetazo que al llegar a la nariz de Mark, provocó un estruendo. Mark quedó deforme y con sangre que no paraba de chorrear.

Ginny ahogó un grito en sus manos. Pero Harry no se calmaba aun, y tomó a Mark Sloan por el cuello de su bata de trabajo.

–Muchos me advirtieron sobre usted, Sanador Sloan. –Arrastró cada letra de su nombre con asco y agarró con más firmeza la ropa del sanador. –Un mujeriego repugnante, un prostituto de hospital, un verdadero hijo de puta. Pero con mi inocencia estúpida quise creer que exageraban… Tome las flores y lárguese de mi vista.

Entonces Mark Sloan recogió el ramo de flores, con su varita se arregló la nariz, dejándola como nueva y caminó como si nada hubiese ocurrido.

Ginny había visto desplegarse toda la escena ante sus ojos con cada vez más confusión y cuando por fin comprendió que Harry estaba esperando una explicación de ella. Ginny se cruzó de brazos y sintió la furia que solo Harry podía provocarle, empezar a brotarle desde la boca de su estómago. Frunció los labios y luego de tragar saliva, abrió la boca.

–Me voy, Ginevra. –Harry no la dejó hablar y cuando dijo su nombre entero, Ginny quedó rígida. –Me tengo que ir a una misión. No sé cuando regresaré.

Así Harry la dejó a ella sin palabras y se marchó antes de que registrase que estaba en la cafetería del hospital con todas las miradas de los magos, brujas y demás especies apuntadas hacia ella. Sus párpados se agitaron ante el flash de una cámara de fotos y vio al fotógrafo salir corriendo.

–¡Mierda! –maldijo Ginny al darse cuenta todo lo que había sucedido. –¡Maldita sea! –escupió más maldiciones mientras se ponía su abrigo y corría hacia la salida del hospital para decirle unas cuantas cosas a Harry.

Agitada llegó a la calle, pero no lo encontró.

–¡Sí, Harry Potter!. ¡Vete al carajo! – Gritó enfurecida provocando que varios muggles se voltearan para ver quién gritaba insultos desaforados.

Tomó aire frío para poder calmarse. Puso sus manos en los bolsillos de su capa y sintió el cartón de la tarjeta que le había dado Sloan. Volvió a leerla y se decidió a ir al Ministerio. Quizás allí se cruzaría también con Harry.


(1) Bolas de Dragón… alguno recuerda Dragon Ball? Bueno, me inspiré de ese animé, aunque en verdad nunca lo vi mucho. Me exasperaba que las peleas duraban eternamente.

Nota de autora:

¿Muchos insultos? Lo siento… es que escribí este capítulo cuando descubrimos que nos habían jaqueado (hackeado) el sitio (www – punto – amortentia – punto – com – ar). Y sinceramente creo que me hace falta mucha mas práctica para insultar a la gente. Pero bueno, de todas maneras, aquí les dejo un capítulo más y la noticia de que amortentia está felizmente de regreso.

Aunque ya mismo necesito vacaciones (Y Sandra –alias Pottercita – también las necesita!)

GRACIAS POR LEER!!!

Los quiero a todos!!!