Capítulo Nueve:
- ¿Qué pasa?- pregunté preocupada ante su gesto serio.
- Tenemos que volver ya. Ha ocurrido algo que…
Se dio la vuelta y comenzó a pasear por la habitación con un ritmo frenético, recogiéndolo todo. Se movía tan rápido que no era capaz de distinguir lo que estaba haciendo.
- Edward, por favor, dime qué está pasando.- dije, ya desesperada por su hábito de no contarme nada mientras estaba sucediendo.
- Bella, vamos. Ahora no puedo. Tenemos que darnos prisa; hay mucho camino por delante.
No, esta vez no me lo iba a hacer. Estaba harta de que me protegiera a costa de mi ignorancia. E hice la mayor estupidez que se me pudo ocurrir: Interponerme en su camino mientras corría por la habitación.
No le dio tiempo a reaccionar y me golpeó con toda su fuerza acompañada de la velocidad. Igual que chocar contra un muro de piedra a trescientos kilómetros por hora.
No sentí dolor, simplemente una sensación de estallido por dentro. Cada órgano, tejido y hueso de mi cuerpo, explotó. Caí sobre la cama como un peso muerto, incapaz de notar nada de cuello para abajo. Vi su cara, distorsionada por una mueca de horror, sus ojos muy abiertos y le temblaba el labio inferior.
Recuerdo todo lo que pasó como un borrón de cosas que pasaron demasiado deprisa, a ritmo de Edward.
- ¡No!- gritó- ¡Bella!
Abrí la boca, intentando tranquilizarle, pero lo único que me salió fue un gemido, un eco sordo de mi estado interno.
- Bella, por favor…
Creo que sonreí, pero no estoy segura de sí sólo me lo imaginé y realmente no fui capaz de mover ni un solo músculo de la cara.
- ¿Por qué lo has hecho?
Su voz sonaba suplicante, desesperada. Me acarició la cara, pero no noté sus fríos dedos, mi piel ya no sentía nada. Mis nervios debían de haberse quedado inservibles.
- Era lo que querías ¿verdad?- sonrió, triste.
Me cogió entre sus brazos y se sentó en la cama, arropándome con su cuerpo. Me meció suavemente y se puso a cantar mi nana entre dientes a mi oído.
- No quiero perderte y sólo queda una alternativa, lo sabes¿no?
Siguió cantando, dulcemente, y me besó en los labios, inertes, sin apenas vida.
Su rostro se veló ante mis ojos, sólo era capaz de verlo detrás de mis párpados, ya cerrados.
Noté como algo rozaba mi clavícula y, acto seguido, algo punzante se clavó en mi piel. Abrí los ojos súbitamente, inhalando de golpe, llenando mis pulmones de aire fresco.
Edward estaba inclinado sobre mí, robándome lo poco que me quedaba de vida para despertarme a la inmortalidad. Gemí por el dolor que empezaba a correr por mis venas. Casi noté como la ponzoña se movía, lenta, por mi cuerpo.
Si hacía escasos segundos no sentía absolutamente ninguna parte de mi anatomía, ahora percibía todas y cada una de ellas diez veces más de lo normal. Una gran sensación de quemazón me invadía, haciéndome gritar agónicamente.
Creo que eso fue lo que hizo que Edward levantara la cabeza. Mi sangre en su labios entreabiertos me asustó, pero no tenía capacidad para sentir miedo, sólo el dolor extremo y las nauseas en la boca del estómago.
Sus ojos, normalmente del color del caramelo, eran rojo encendido, del tono de los rubíes puros. Se relamió, limpiándose la sangre que le manchaba la comisura y pasó sus dedos por la herida abierta de mi clavícula, taponándola.
Ante mis gritos desaforados, me chistó suavemente al oído, intentando tranquilizarme, pero a mí nada podría haberme calmado en esos momentos; me sentía explotar por dentro, como si miles de minúsculos parásitos invadieran mis venas, convirtiéndolas en algo inservible y que atacaban al resto de mi organismo.
Me tumbó en la cama y se puso a mi lado, acariciándome y diciéndome cosas que yo era incapaz de entender. Mis gritos debían de oírse hasta en Forks. Nunca me había imaginado que pudiera doler tanto. Normalmente, cuando pensaba en la transformación, me tranquilizaba pensar en que después del mal trago estaría para siempre con Edward; pero llevaba menos de diez minutos con esa agonía y ya quería que acabara conmigo enseguida. Casi preferí la muerte antes que seguir con aquello un instante más.
Las nauseas crecían hasta tal punto que me giré sobre el borde de la cama y vomité todo el contenido de mi estómago. Edward me cogió y me devolvió a la posición original y me acunó entre sus brazos, sin dejar de pasar sus manos por mi cara y mi cuello.
Creo que perdí el conocimiento, porque lo siguiente que recuerdo es despertarme entre alaridos de dolor en medio de una noche cerrada.
- Bella- le oí susurrar, con un deje de esperanza en la voz.- Menos mal… Pensé que te había perdido.
- Edw…- intenté pronunciar su nombre, pero no pude acabar, ya que otro grito se formó en mis cuerdas vocales.
- Tranquila, estoy aquí, ya te queda menos.- dijo, descolocándome el pelo y acercándome más a su cuerpo.
Apoyé la cabeza en su pecho y, asombrosamente, la suave cadencia de su respiración consiguió que dejara llevarme por el dolor, sintiéndolo como algo más de mí misma, asumiéndolo, dejando que corriera por mi cuerpo sin afectarme. Aunque esto sólo duró unos momentos y poco después volví a gritar desesperada por la insoportable sensación que notaba en las venas.
De pronto noté como un estallido en el centro de mi pecho y abrí los ojos en un espasmo tan horrible que no fui capaz ni de chillar. Y en ese mismo instante supe que mi corazón había dejado de latir para siempre, inerte a partir de ese momento y para siempre.
Edward me levantó y me llevó a la ducha, diciendo algo parecido a que mojarme me ayudaría. El agua helada me golpeó como mil cuchillos sobre la piel. Apoyé la cara en los azulejos y cerré los ojos. Una sensación de mareo se filtró por mi mente y caí hacia un lado, golpeándome la cabeza contra la mampara; algo que seguramente antes me habría producido una brecha en la frente, pero ahora ni siquiera me dolió. Me levanté y observé, con la mirada velada por el agua, como Edward se metía conmigo. Los dos, vestidos y empapados, en una minúscula ducha.
No supe que estaba volviendo a perder la consciencia, y por tanto la verticalidad, hasta que me cogió y se sentó en el suelo, con mi cuerpo encogido sobre sus piernas.
Me desperté en la cama, tenía el pelo mojado y la ropa, a pesar de estar mojada, no me pesaba más de lo normal. Tuve que acordarme de respirar, pues mis pulmones habían dejado de albergar aire. Edward estaba a mi lado, sonriendo aliviado porque yo hubiera vuelto a despertar. Sus ojos ya no eran rojo encendido, pero si tenían un rastro tenue del color que habían tenido antes.
Me había olvidado por un momento del dolor, pero una nueva oleada de quemazón, más fuerte que las anteriores, volvió a atormentarme. Estaba convencida de que mi cuerpo no aguantaría mucho más, y cuando estaba a punto de volver a gritar con todo el aire que era capaz de reunir, se paró, de golpe. Hiperventilé, exhausta.
- Edward- susurré, abriendo mucho los ojos para no perderme ni uno de los rasgos de su cara.
- Bella, tranquila. Te queda muy poco. Cada vez va a ser más soportable, te lo prometo.
Alargué la mano y toqué sus pómulos, ya no tan fríos a mi tacto, y sonreí. Mi cuerpo estaba sin fuerzas, tirado sobre la cama, y sabía que sería incapaz de levantarme en esos momentos. Sufrí espasmos en las piernas y me sacudí, sin poder controlarme. Era como si algo más poderoso que yo estuviera subiendo por mis venas desde la punta de los pies hasta la cadera, atenazándolas, produciéndome demasiado dolor. Mil agujas se clavaban a la vez en mis rodillas, dándome la sensación de que se hundían hacia dentro. Y esta vez si que grité, agarrando a Edward del brazo, hincándole las uñas en su dura piel.
Y tan súbitamente como había empezado, acabó, dejando todo mi cuerpo flojo. Cerré los ojos y me sentí morir del cansancio. Noté los labios de Edward sobre los míos, acariciándolos con sumo cuidado. Sólo conseguí reunir suficientes fuerzas para entreabrirlos y que él hiciera el resto. Una sensación de ahogo se apoderó de mi pecho y le empujé, apartándolo de mí. Grité agónicamente. La cabeza me iba a estallar literalmente, sin posibilidades de redimir el dolor.
Me retorcí entre sacudidas de desesperación. Aquello era peor de lo que habría podido imaginar nunca, con razón Edward decía que lo que los vampiros recordaban con mayor intensidad era su transformación. Era la peor de las torturas imaginables, un suplicio agónico del que, creía, jamás iba a salir.
Edward volvió a abrazarme y yo me aovillé contra su cuerpo, pensando que cuanto más pequeña me hiciese, más remitiría mi agonía. No sabía cuanto tiempo había pasado, no era capaz de calcularlo, pero me parecía una eternidad. Abrí los ojos, que sin duda habrían estado inundados de lágrimas si en ese momento no me hubiera secado ya por completo, y le vi, y volví a acordarme de mi deseo inicial: Estar para siempre junto a él. Y en ese mismo instante me convencí de que volvería a pasar diez veces más por lo mismo sólo por que cada vez que abriera los ojos él estuviera ahí. Por toda la eternidad.
Y el dolor cesó.
Durante las siguientes veinticuatro horas no volví a desmayarme y lo único que noté fueron tenues rastros del antiguo dolor sufrido en los dos días anteriores. Cerré los ojos para descansar. Relajé todo el cuerpo y sentí como me fundía con la cama. Edward no dejó de acariciarme en todo el tiempo.
Cuando había pasado lo que a mí me pareció una eternidad desde el último espasmo, volví a abrir los ojos y me maravillé ante todo lo que era capaz de percibir. Me giré hacia la ventana y vi el bosque en todo su esplendor, mi vista llegaba hasta la carretera principal, algo impensable hacía un par de días. Inhalé el aire de mi alrededor y noté una miríada de nuevos olores, y el aroma de Edward me golpeó con la intensidad de siempre aumentada diez veces. Volví a girarme y le toqué la cara. La sensación que sentí me hizo retirar la mano, asustada. Fue como una descarga eléctrica a gran escala. Acerqué la mano con cautela y al rozarle volví a notarla, pero esta vez ya no me pilló de sorpresa y le encontré hasta cierta sensación de placer. Apoyé la mano entera y se fue atenuando la descarga. Hubo algo que me maravilló: la piel de Edward ya no me resultaba dura en absoluto y se amoldaba con la presión de mis dedos. Cerró los ojos y suspiró, respondiendo a mi caricia.
- Bienvenida a tu nueva vida.- dijo con una sonrisa en los labios.
- A mi vida contigo.- susurré, acercándome a él.
Era asombrosa la calidez que emitía su cuerpo ahora. Estábamos a la misma temperatura y me encantaba la sensación de que me transmitiera calor en lugar del habitual frío.
Metí la nariz en su cuello e inhalé, llenándome de su aroma. Era impresionante¡Olía distinto! Reconocía el habitual olor dulzón, pero ahora era más intenso y con un deje amargo que le hacía mucho más interesante. Le besé el cuello, disfrutando como nunca de estar con él. Ahora que estábamos al mismo nivel, todo iba a ser mucho más interesante.
- Bella, odio tener que parar esto, pero ahora sí que tenemos que volver.
- Oh… Es cierto ¿vas a decirme ya por qué?
- Sí, supongo que este es el momento… Esto… Victoria ha vuelto y… Jacob se ha presentado en nuestra casa exigiendo saber dónde estás.
- ¿Qué?- no podía ser…- ¿Y qué va a pasar ahora? Quiero decir, mírame, está claro que Jake no va a poder ni acercarse a mí…
- Ya… Sí, eso es un añadido a lo delicado de la situación. Sabes que me encantaría llevarte muy lejos y que fuéramos felices sin fijar nuestra residencia en ningún lado, pero hay que volver. Tu padre está en peligro mientras que Victoria ande por ahí, y queramos o no, hay que enfrentarse a los licántropos, si no sospecharán y seguramente empezarán una guerra contra mi familia.
- Nuestra familia- le corregí.
- Sí, es verdad.- dijo, sonriendo de felicidad.
- Bueno, pues si hay que irse…
Me levanté ágilmente de un salto y le tendí la mano para que viniera conmigo.
- Por lo que veo ya no voy a ser torpe nunca más…
- Nunca digas nunca.- se rió a carcajadas.
Le saqué la lengua como una niña pequeña enfurruñada y volvió a reírse.
- Anda vamos.- dijo cogiéndome la mano y tirando de mí hacia la puerta.
Cogió la bolsa que había junto al marco, que supuse contenía lo que habíamos comprado en la tienda hacía ya casi cuatro días, y me llevó a mi coche. Subí rápidamente al asiento del conductor, antes de que pudiera negarse a que yo condujera.
- Supongo que ahora eres un poco más fiable que antes.- dijo con sorna- Aunque aún no controlas del todo tus sentidos.
Apreté el pedal del acelerador y rápidamente mi coche se puso en los ciento ochenta. Pero, para mi sorpresa, no notaba la velocidad, veía claramente todo lo que pasaba a mi alrededor y no me sentía insegura por ir a más de lo que jamás me habría parecido normal. Llegué a los doscientos veinte en cuestión de segundos y me encantó la sensación del aire azotando mi rostro. Empezaba a salir el sol, así que Edward me cortó la diversión dándole al botón para subir la capota. Un tenue rayito impactó sobre mi mano izquierda y vi como brillaba igual que si miles de pequeños diamantes estuvieran incrustados en ella.
- Guau- fue lo único que fui capaz de articular.
Otra cosa más que me acercaba a lo que era Edward y yo tanto anhelaba.
oOoOooOooOoOo
Hola!! Quería hacer un pequeño comentario ante el review que me dejó Distraida. No es que tenga contenido de Luna Nueva, es que es la continuación, vamos como si dijeramos mi versión de Eclipse, el tercer libro.
Y además, agradecer a todo el mundo que me ha dejado algún comentario que está semana he estado super liada y no he podido contestaros. Lo siento.
Sin más: Un beso para todos!!
Kai
