Kuu estaba preparándose un tentempié a media tarde, de esos que requieren cantidades industriales de mostaza, jamón, queso y pan como para un regimiento, cuando entró Kuon a buscar una botella de agua.
Kuu dejó la comida a un lado, se limpió las manos en un paño de cocina e 'invitó' a su hijo a sentarse. Kuon entrecerró los ojos, pensando quizás en que iba a ser una de esas charlas paternas llenas de preguntas sobre los acosos en el trabajo. Seria tener que ser la cosa para que su padre dejara la comida intacta en la encimera.
Pero no. No iba a ser esa clase de charlas.
—Hijo —empezó Kuu, mirándolo desde el otro lado de la mesa—, tú sabes que yo soy japonés.
—¿Papá? —preguntó Kuon con extrañeza, pareciendo preocupado—. ¿Estás senil ya? Pobrecillo…
—No seas tonto, Kuon… —respondió Kuu agitando la mano en el aire con ganas de borrarle de la cara esa sonrisa burlona—. Bueno, soy japonés. Ahora, escúchame bien —le dijo. Kuon enderezó la espalda como si estuviera atendiendo en clase—. En Japón la edad legal en que una muchacha pasa a ser considerada mujer y tiene derecho a casarse (con consentimiento paterno, eso sí) son los 16 años.
—Ya… ¿Y? —preguntó Kuon, ahora sí sinceramente preocupado—. Estás raro hoy, papá…
—Hijo —cruzó las manos sobre la mesa y cerró los ojos, exhalando aire muy lentamente. Cuando los volvió a abrir, su mirada era fría y aterradora. Kuon sintió un escalofrío recorrerle la espalda, porque era como si fuera otro el que tenía frente a él, un desconocido y no su amoroso padre—, con esto quiero decir algo muy sencillo: Kyoko tiene catorce años.
—¿Eh? —dijo, porque no entendía el proceso de pensamiento de su padre… Parpadeó un par de veces, intentando comprender qué tenía que ver la edad legal en Japón con Kyoko… Ah, pero su padre no había terminado.
—Y como te atrevas a tocarle un pelo de su linda cabecita —añadió con la voz mortalmente grave y seria—, te los corto en un pispás y solo tendré los nietos que me dé mi legalmente desposada hija…
Kuon se encogió internamente y bajo la mesa, apretó las piernas como acto reflejo.
—Pa-pa-pá… —balbuceó—. ¿Pe-pero…
—Ya me has oído… —le interrumpió su padre.
—¿Pero a qué viene esto? —le preguntó.
—¿Que a qué viene esto? —repitió Kuu poniendo bruscamente las manos sobre la mesa, haciendo que Kuon diera un salto del susto y echara la espalda hacia atrás—. ¿Te crees que no te he visto mirarla? Túúúú… —dijo alargando la palabra, moviendo un dedo amenazador delante de su cara—. Si pareces un cachorrito reclamándole afecto, y la miras con ojos de cordero enamorado…
—Papá, te confundes… Yo… —trató de defenderse Kuon.
—No me confundo… —replicó Kuu—. Y no trates de engañarme, jovencito, que soy perro viejo… —el dedo amenazante volvió a aparecer. Esta vez a centímetros de su nariz—. Con Kyoko no se juega… Ella no es una muchacha de esas desvergonzadas que frecuentas… —dijo con desprecio.
—Te equivocas… —le contradijo, atreviéndose a replicarle a su padre—. Y me ofendes, papá… Sabes bien que no he tenido más novia que Miranda…
—Ya… —dijo con tono seco Kuu—. ¿Debo recordarte a Lorraine la psicópata?
Kuon no pudo con la culpa que aún cargaba sobre sus hombros, y exhalando un suspiro hondo, enterró la cabeza entre sus brazos, sobre la mesa. A Kuu se le enterneció el semblante y acarició los rubios cabellos de su hijo. Quizás había sido algo duro con él por haber metido en el mismo saco a todas las que rondaban a Kuon, y no es que no tuviera confianza en su hijo, pero es que no debe olvidarse que seguía siendo un adolescente… Y los adolescentes eran el tipo más peligroso…
—Dime la verdad, Kuon… —le dijo con voz suave—. ¿La amas?
Kuon levantó la cabeza y miró a su padre directamente a los ojos. Kuu le aguantó la mirada, retadora, desafiante, buscando en ella si había falsedad o no…
—Creo que siempre la he amado… —respondió Kuon finalmente.
Kuu dejó que esas palabras se las llevara el silencio. Por el rostro abatido de su hijo, los ojos tristes, la arruga de preocupación en su frente joven, y el rictus de inquietud en sus labios, estaba seguro de que era la primera vez que Kuon las decía en voz alta.
—¿Pero solo ahora te diste cuenta? —le preguntó de nuevo, usando ese mismo tono suave, para que Kuon no se cerrara en banda, y menos ahora, que por una vez le estaba hablando con el corazón en la mano.
—Sí —respondió él con sencillez. Tampoco hacía falta más. Aunque su padre parecía opinar lo contrario.
—¿Y? —preguntó Kuu. Su hijo suspiró, vaciando el pecho lentamente, dejando salir por fin aquel pensamiento que le llenaba de zozobra.
—Kyoko solo me ve como su hermano… —dijo.
—Eres su hermano, sí… —le confirmó su padre, encogiéndose de hombros.
—Pero yo quiero ser más… —añadió, con la voz un tanto quebrada al final. A Kuu se le apretó el corazón al ver a su hijo así, roto de amor por aquella niña que rescató hace tanto tiempo atrás. Pero ya no es una niña, no. Y que es su hermana, pero que tampoco lo es…
Kuu extiende los brazos sobre la mesa para tomar las manos de su hijo.
—Dale tiempo al tiempo, hijo mío… —le dice, mientras aprieta suavemente sus manos, tratando de infundirle fuerzas—. Y espacio…
—¿Eh? —preguntó Kuon, ladeando la cabeza.
—Eres casi su sombra —le explicó Kuu, de nuevo en sus ojos esa mirada preocupada, por los dos, por sus dos hijos—, la monopolizas en cuanto llega a casa, y si sale fuera, procuras acompañarla… Buscas cualquier excusa para mantenerla a tu lado constantemente… La estás ahogando… —Kuon cerró los ojos, avergonzado. Así que era así como se le veía desde fuera…—. Tienes que darle espacio y dejar que viva su vida…
—¿Y si me la roban? —Kuu notó esa chispa de miedo en su voz, de angustia…, por más que Kuon tratara de ocultarla—. ¿Y si otro la enamora?
—Ah, hijo mío… —le dijo con un suspiro—. Kyoko tiene todo el derecho del mundo a tener sus propias experiencias… No puedes cortar sus alas antes de que crezcan…
—Papá… —y de nuevo, ese temor en la voz…
—Entre ustedes dos siempre ha habido una conexión especial —le dijo—. Tienen una comprensión del otro que va más allá de los lazos entre hermanos, hijo. Algo parecido a lo que tenemos tu madre y yo… —Kuon le miró con los ojos llenos de esperanza—. Pero incluso así…
—¿Incluso así? —preguntó Kuon, con miedo de saber la respuesta.
—De momento, solo puedes ser su hermano… Debes esperar a que ella te vea de la misma forma en que tú lo haces… Aunque puede que eso nunca suceda…
