Disclaimer: Dragon Ball/Z/GT es y será de Akira Toriyama hasta el final de los tiempos; yo solamente tengo amables sugerencias de como pervertir su magna creación en la forma de un fanfiction sin fines de lucro.

Nota de Autor: Yay, me enorgullece anunciar que todavía quedamos en los límites del Rating T con todo y la inclusión de una importante palabrita de cuatro letras (de hecho, tuve que bajarle de tono a la primera parte). Disculpen por las numerosas insinuaciones sensuales de este capítulo. Schala S tiene la culpa, sí, por escribir esas grandiosas y maravillosas escenas de coqueteos y juegos en su "Triángulo". Se las recomiendo ampliamente.

Besos y abrazos y amor y apapachos, amistad o romance o lo que gusten en este 14 de Febrero. No tengo chocolates para ustedes, pero bien, aquí va un nuevo capítulo.


"CÓMO SANGRA EL SUBSUELO"

Capitulo VIII:
Hasta la sepultura

Un Darkfic de la Red Ribbon

Por

Esplandian

"Es más fácil quedar bien como amante que como marido; porque es más fácil ser oportuno e ingenioso de vez en cuando que todos los días."
Honoré de Balzac

Se recargó en la pared esperando su turno, arreglándoselas para parecer imperturbable y dirigir una mirada intimidante al mismo tiempo. Finalmente, terminó por ser olímpicamente ignorada…

Misión fallida.

—Selva Peck-Peck, amor. Sí. Clientes adinerados… ya sabes como son, quieren el tour completo… ¿Y los chicos? A Nickel ya le salió su primer diente… Jo, jo, pequeño diablillo… En cuanto a Orange y Beige, ¡ya me escucharan cuando llegue!… La graduación de Creme… El partido de Bronze y Copper y los gemelos… La obra de teatro de Azafrán… Diablos, me he perdido de tantas cosas… pero la paga es buena y asegurará la universidad de los chicos, a fin de cuentas es lo único que podemos dejarles… Sé que es difícil para ti, mi amor: si estuviera contigo te daría un masaje…. Te extraño. Estoy en medio de la nada, rodeado de hombres todo el tiempo—una mirada picara a su compañera, quien le respondió poniendo los ojos en blanco—. Créeme, mi amor, los hombres de sudorosos cuerpos trabajados no tienen el mismo atractivo para mí que para ti…. —la risita se acercó a un seductor ronroneo—. Goldie, cariñoooo… … Amor mio… No puedo esperar para…

La clara y aparentemente inexpresiva cara del Coronel Violeta subió unos cuantos tonos al escuchar el resto del marital y telefónico intercambio amoroso. La ronca voz de su camarada pronunciando tan eróticas y sensuales descripciones la hizo ruborizarse hasta los hombros. Estar rodeada de atractivos hombres (humanos o zoomorfos) "de sudorosos cuerpos trabajados" las veinticuatro horas del día era como estar rodeada de agua y estar permanentemente sedienta.

—… cuando pienso en ti me siento en casa… y cuando te escucho…

Pero el trabajo era el trabajo: la Armada de la Patrulla Roja era muy clara en cuanto a sus oficiales o soldados involucrándose románticamente entre ellos.

PROHIBIDO.

Lo que Violeta habría dado por una ronda de sexo duro y rudo; aunque fuera comparativamente malo y aburridamente conservador y decadentemente sentimental como con… mejor ni pensarlo… No era nadie ni nada que una tira de goma de mascar rosa no pudiera remplazar.

—Yo también te amo, panquecito.

Después de casi hora y media, el aviador zoomorfo colgó, finalizando otra de sus largas, larguísimas llamadas de igualmente larga distancia a su esposa. Tanta cursilería ameritaba otra tira de goma de mascar, sin duda. ¿Cómo era que Yellow era tan descuidado en cuanto a revelar información y datos personales frente a ella o Silver? ¿Acaso les tenía confianza? ¿Absurda y sincera confianza? Pero bien, ahora lo importante era que el teléfono estaba desocupado y a un tigre de distancia.

—Vaya, el Coronel Yellow finalmente aterriza a la realidad. Tengo suerte de que el chico no utilice el teléfono y recorte mi llamada familiar…

—No te pongas celosa, aquí hay felino amor para dar y repartir. Entre tú y yo, el teléfono puede esperar —la expresión del tigre era una de bromista y divertida picardía, y sus uñas negras se extendían, dispuestas y acechantes, sobre los desnudos y femeninos hombros. Las peludas zarpas bajarían en cualquier momento a reclamar a su presa…

A Violeta no le causaba gracia. Ninguna.

La mujer, con toda seriedad, abanicó con una mano enguantada para desalentar los avances de aquellas "sucias garras" que planeaban darle amor y compañerismo no solicitado por partes iguales, causándole un par de risas juguetonas al imponente tigre.

—Ya me temía que hubieras sucumbido a los encantos intelectuales de nuestro magno jefe de científicos—bufó ante su sola ocurrencia, modulando su tono a uno todavía más profundo—, recuerdo que te dijo, "Oh, Coronel Violeta, podría contribuir a mi satisfacción visual y a mi rendimiento laboral si tan sólo usted accediera a teñirse el cabello de rubia". Un caballero muy sutil sin duda… Dime, linda, ¿qué tiene el Doctor Maki Gero que no tenga yo, aparte de un título universitario?

Violeta fingió ignorarlo, dándole la espalda al chancero aviador y marcando los números con su característica eficiencia, rozando con el auricular su corto y violáceo cabello, con el gesto ausente de una secretaria que dicta una orden con desgana.

—Bien, tú te lo pierdes—rio el piloto, retirándose con fingido despecho—. Más vale tenerme una vez que nunca haberme tenido. Créeme, ya te enteraras en que otros sitios soy un tigre aparte de mi alcoba...RAWR.

—Déjate de cursilerías, que le estoy llamando a mi hermana—una sonrisa, leve y elusiva, asomó en el perfil de aquella bella mujer. Eso era más que suficiente: alegrar la vida cuando era tan incierta.

Él no pensaba nunca en seducir a su audiencia. Él se concentraba en desplegar el encanto de la historia. Cuando cambia su mascara dejaba de cortejar la irrealidad y encarnaba al personaje: era él y no era él como el pícaro Rey Mono. El bastón rojo era el mar bravo y el arma del héroe, era la nube que lo llevaba, y el pilar de la mano de un Buda confundida por montañas.

Los aplausos llovían al igual que las monedas en Aldea Aru. Inclinaciones y reverencias de aquel extranjero de las Montañas del Este, exótico y extraño para los pieles rojas y los rubios ojiazules de las fronteras de Monte Paoz. Pero como siempre, no faltaban los curiosos.

Lee, Hedge y Hawk—infantiles cabelleras en negro, naranja y morado— rieron cándidamente al lanzar zenis a los pies de aquel abuelito. Con el tiempo, seguro que se convertirían en jovencitas arrebatadoramente guapas, del tipo que los monstruos barbajanes suelen raptar y llevar a sus guaridas.

—Gracias, maravillosas y preciosas princesas— ante el halago, las niñas rieron y corrieron en sentido contrario, cuchicheando.

Un niño rubio, Johnny, moqueando pero no por ello con menor arrojo, presentó una tenaz crítica artística con resortera en mano, todo para el horror de su madre: obviamente no había disfrutado de la baja producción teatral amateur de un payaso vagabundo. La madre de Johnny se disculpó encarecidamente antes de jalarle la oreja a su agresivo retoño.

—Señora, no se preocupe, al menos es sincero. Pero los tomates serían mejor bienvenidos por mi estomago que por mi cara.

De entre la audiencia, la última niña, morena y tímida y dulce, con la típica pluma de su tribu adornando sus trenzas, dejó una moneda. Para Pochawompa era extraño descubrirlo de nuevo, tal y como era: ya no tenía el porte de Son Goku, era anciano y tranquilo como azul de verano, y olía a montaña, a hierba y a rocío de madrugada.

Observandolo, la cara del abuelo de ojos rasgados era arrugada, cuadrada, de ojillos negros y tranquilos, y nariz chata… nada fuera de lo ordinario…. Pero tal vez en el artificio de su arte aquel hombre hacia magia, pues momentos atrás había creído ver en él a un héroe verdadero. Pero en los cuentos de Abuela Paozu los héroes no eran viejos ni encorvados ni tenían bigotes blancos…

Pochawompa, la hija del Shaman, le sonrió al viajero anciano como soló los niños saben hacerlo, y se retiró sin esperar su gracias.

—Como me gustaría que conocieras a mi nieto; se llevaría muy bien contigo; pero tal vez en otra ocasión, bonita.

La función había terminado. Con manos manchadas por la edad y el sol, recogió sus pertenencias en un canasto que acomodó en su jorobada espalda, sirviéndose de su bastón rojo para llegar hasta la tienda general. Cada año que pasaba parecía ir de mal en peor. A veces echaba de menos ser joven.

Entre tantos domos blancos le fue difícil encontrar la tienda de artículos generales— ¡los lugares y la gente cambian tanto con los años!—. Con el dinero reunido compraría algunas cosas, y aunque el anciano no era precisamente muy ordenado llevaba consigo una lista de las mercancías necesarias: telas, agujas, hilo… un par o dos de zapatos y algo todavía más necesario y urgente…

— ¿Vacunas?

—Abuelo, mejor vaya a la casa del Sherman, el Shaman. Puede que la Abuela Paozu tenga las medicinas que busca.

—Muchas gracias, jovencito—una sonrisa y ojos soñadores adornaron tan venerable cara. El viajero del Este, en sus años mozos, había conocido a la Abuela Paozu cuando todavía era la Señorita Paozu. Y para él, ella siempre sería la hermosa y encantadora Miss Paozu.

Tarareó felizmente hasta la puerta de la vivienda del Shaman. Kami-Sama sabía lo enamorado que había sido ese anciano en sus años mozos, y exactamente por eso el anciano asomó primero la nariz, temiendo que lo asaltara un hacha o una escopeta de algún marido celoso: la fuerza de la costumbre.

—Genio y figura hasta la sepultura. Benditos los ojos que te ven, querido amigo mío. No te he visto en casi diez años—asomó una abuela detrás del mostrador—. Pensé que te habías olvidado de mí.

La voz ni la piel eran tersas, pero él forastero las encontraba tan frescas como aquella lejana primavera de antaño. Con artritis y joroba y arrugas de por medio, y los pechos más caídos que como los recordaba (aunque a él le seguían pareciendo hermosos), ella seguía siendo radiante con sus retazos de ardiente piel morena.

—Te recuerdo todavía más que aquella primavera y aquel beso—le confesó con sentida melancolía que pasó a coquetería—, especialmente a la afilada hacha de Sherman Priest. Y recuerdo que hace diez años Sherman Priest se consiguió una escopeta nueva, sí. Aunque no estuve muy de acuerdo en que la estrenara conmigo.

—Mi querido Sherman—suspiró la anciana con un dejo de amor al ruborizarse y llevarse las manos a las mejillas—, seguro se levantaría de la tumba si supiera que estás aquí. Mi pequeño Sherman seguro haría lo mismo si te reconociera, es la viva imagen de mi esposo. Pero de no haber sido por ti, mi querido Sherman nunca se hubiera animado a cortejarme. Fuimos muy felices, y ahora tengo una nietecita que es la dicha de mi vida—a su edad, y siempre, se había hecho cargo de la botica del pueblo, así que generalmente la buscaban por negocios—. Y a todo esto, seguro que no viniste a visitarme para hacer memoria de los buenos tiempos…

—Tan perceptiva como siempre—le guiñó un ojo a manera de cumplido.

—Junm, como si no te conociera… ¿Qué será esta vez? ¿Medicinas? ¿Desinfectantes? ¿Antibióticos?

—Vacunas—el anciano le mostró la lista escrita en caligrafía del Este.

La Abuela Paozu examinó con detenimiento el listado, murmurando para si misma, y buscando en los estantes, hasta llegar a uno que estaba completamente vacío.

—Vienes en mala época. No nos han resurtido las vacunas. Pero tal vez las encuentres en Reino Gourmet, pero en estos días los caminos se han vuelto muy peligrosos. Ven en tres meses y te las conseguiré, eso si no nos asaltan en el desierto…

—Es muy generosa tu oferta. Pero el tiempo es un inconveniente.

—Bueno, bueno. En ese caso, los muchachos del pueblo viajaran hoy a Brown County en carreta. Puedes ir con ellos, y puede que ahí encuentres las vacunas, aunque no es garantía. En todo caso, podrías tomar el tren a Gourmet.

—Te lo agradezco encarecidamente, pero puede que un anciano como yo solamente sea una carga en el camino. Con eso dicho, viajare solo. Fue un verdadero placer verte, belleza.

La Abuela Paozu tuvo un presentimiento extraño. A la edad de ambos, tal vez nunca se volverían a ver: el tiempo parecía más contado y más valioso con la vejez. No estaba para desperdiciarlo en los tapujos y las preguntas no dichas.

—Querido amigo, nunca supe a ciencia cierta quien fue aquella que te robó el corazón—el viejo del Este tuvo que voltear por la intensidad de las palabras—. Todas las chicas del pueblo nos lamentamos. Estuvimos en luto general por que ya no trepabas por nuestras ventanas.

El anciano enrojeció y tosió ante el comentario tan indiscreto. Le creyeran o no, él también estuvo de luto cuando le robaron el corazón en toda regla. No había vuelto a ser el mismo desde entonces.

—Lo mejor para ti y tu familia, dulce amiga. Me alegra haberme cruzado contigo. Te quiero y lo sabes. Y tienes razón cuando dices que me robaron el corazón, pero el nombre no es uno que pueda pronunciar sin extrañarla.

Arrojo, amistad y cariño y las cosas que la orillaron a pronunciar lo que dijo.

—No sé quien fue la merecedora de tu corazón, y bendito su nombre aunque no me lo digas, pues creo que si no la hubieras conocido nunca te habrías convertido en héroe, ni salvado a mi aldea ni al mundo. Aunque los niños de ahora hayan olvidado tu nombre… yo te conozco, así que no me digas que iras solo por los caminos. Te subirás a esa diligencia y le enseñaras una cosa o dos a los muchachos. Y créeme, conservo la escopeta de mi querido Sherman, ¡así que no trates de pasarte de listo!

El anciano suspiró. A sus 89 años de vida, su gran e inmensa debilidad seguían siendo las mujeres.