Justo cuando empezaba a sentir el calor del perdón, ya no era más un ciego, sabía perfectamente el siguiente paso a seguir.
Sabía perfectamente que, por mis errores, se nos fue de las manos el amor…

El sol a punto de esconderse le da a todo el lugar una agradable tonalidad naranja, el clima se torna cada vez más fresco gracias a la brisa que sopla sin prisas meciendo los árboles que poco a poco se están despidiendo de sus colores, observo como los vientos de otoño arrastran las hojas secas por el suelo, respiro profundamente tratando de llenar de aire puro mis pulmones aunque sea por un momento, en este sitio se inspira muchísima tranquilidad.

—¡Alcánzame, Akemi-chan! —escucho a una de las hijas de Miroku decir entre risas mientras corre junto a su gemela escapando de una niña de alrededor de unos tres años que corre tras de ellas sin parar de reír y con los brazos extendidos.

Doy una simple calada a mi cigarrillo y alzo la mirada hacia Miroku quien observa a las niñas jugar mientras Sango, a su lado, acurruca cariñosamente a su hijo un año mayor que Akemi en sus brazos. Yo los observo desde la lejanía con mi espalda recostada en uno de los árboles de aquel tranquilo parque.

No pasa mucho tiempo cuando escucho el crujir de las hojas secas dispersas por el suelo, anunciando los pasos tranquilos de alguien que se acerca hacia mí, honestamente me importa muy poco de quién se trate así que continúo fumando sin inmutarme. Escucho como los pies se detienen firmemente a mi diestra, entonces escucho la voz de Koga cargada de una buena dosis de sarcasmo:

—¿Así pasas tus tardes, pulgoso? — yo le dedico una mirada rápida para comprobar que se trata de Koga: por su ropa tan formal asumo que ha llegado de su trabajo a buscar a su hija, antes de regresar mi mirada hacia las niñas que juegan le dedico una sonrisa fugaz, fumo por última vez mi cigarro y lanzo la colilla al suelo donde mato el fuego de un solo pisotón.

—Sango trajo a todos los niños al parque cerca de nuestro trabajo, pero creo que desentonaba en el cuadro, así que me alejé para fumarme un tabaco —me explico encogiéndome de hombros tratando de sonar lo más natural del mundo. Él suelta su característica risa fanfarrona y se cruza de brazos, recostando su cuerpo en el mismo árbol en el que estoy yo.

—Un año difícil, ¿ah? —me pregunta con cruel ironía, yo sonrío entendiendo su sarcasmo—. Sé que sueles ver a Akemi cuando está en casa de Miroku, no me molesta en lo absoluto pero sería genial si dejaras de esconderte de mí, InuYasha.

Me quedo callado por casi un minuto, la verdad es que desde que Akemi y su padre se instalaron definitivamente en Tokio yo marqué mi distancia con Koga pero, simplemente no pude abandonar a la hija de Kagome así que solía aprovechar cuando Sango la llevaba a su casa o la traía al parque con el resto de sus hijos para poder verla, para poder consentirla un poco. Quizá fui muy ingenuo al pensar que Miroku no le diría nada a Koga, después de todo es su responsabilidad decirle todo lo que sucede con Akemi cuando está bajo cuidado de él y de Sango.

—Ya ha pasado más de un año, y jamás fui capaz de pedirte una disculpa por mi comportamiento antes y después de lo de Kagome —le confieso, un poco incómodo y sin atreverme a mirarle a los ojos—, es por eso que preferí mantenerme al margen.

—¿De verdad crees que soy yo quien necesita tus disculpas? —me pregunta suspicaz al mismo tiempo que busca mi mirada y arquea una ceja—. Supe que Kikyo huyó de ti, siempre la he considerado una mujer inteligente, ¿sabes?

—Nos divorciamos poco después que pasó todo —confieso con pesadez, escondiendo mis manos dentro de mis bolsillos encogiéndome levemente de hombros—, no podía seguir haciéndole daño.

—Y tú sí que disfrutas dañándote a ti mismo, ¿verdad? —Indica sin moverse de su lugar, yo le dirijo una mirada curiosa intentando adivinar lo que me ha querido decir—, Sota me confesó que habló contigo en el funeral de Kagome, sé que te dijo exactamente lo mismo que a mí.

—Sota me puso en la cara todo aquello que me negaba a ver —reconozco sin mucho ánimo.

—¿Es por eso que crees que me debes una disculpa? — su voz suena bastante incrédula, esta vez no contesto directamente con un "sí" sólo asiento con un movimiento de mi cabeza.

—Después de perder a Kagome, me comporté tremendamente egoísta… —escucho cómo él se ríe abiertamente de mi confesión.

—InuYasha, tú no perdiste a Kagome de la misma manera de la que lo hicimos Akemi y yo —me dice con un tono más serio del que había estado utilizando—. Sí, fuiste tremendamente egoísta pero, ¿sabes?, entiendo que el dolor puede llevarnos a hacer o decir cosas estúpidas.

Bajo mi mirada en silencio, sin atreverme a decir nada más, sólo escucho a los niños del parque jugar mientras se hace cada vez más tarde, varias familias comienzan a retirarse una a una del lugar.

—Sé que no la perdí de la misma manera que tú o Akemi pero…

—InuYasha —me interrumpe firmemente—. No puedo creer que te permitas ser lo tremendamente patético para que sea yo quien te aconseje sobre lo que sigue para ti, pulgoso de mierda, pero te lo dijo Sota y ahora por una jodida razón me toca a mí: Kagome deseaba para ti lo mismo que tú para ella.

El tono de voz que adopta Koga en sus últimas frases deja ver una reprimida frustración, tiene razón, él no tendría ninguna obligación en levantarme los ánimos sobre la muerte de su esposa. En todo caso no está equivocado, yo había perdido a Kagome muchísimo antes de que la tragedia sucediera.

—La hiciste muy feliz, Koga —susurro aceptando sus palabras—. Te merecías todo de Kagome. Te merecías que ella te hiciera feliz.

—Ella sigue haciéndome feliz, perro idiota —me sonríe con jactancia—, quizá eso es lo que te hace falta para encontrar tu paz, darte cuenta de que Kagome no se fue.

—¡Papi! —antes de que yo pudiera sentirme siquiera confundido por esa última frase de Koga escuchamos una infantil voz frente a nosotros y ambos volteamos la vista para ver a la dueña de aquella inocente voz. Veo a Akemi correr con los brazos abiertos hacia nosotros sin parar de reír, yo me quedo helado en mi lugar pero Koga reacciona y corre hacia ella.

—¿Pero quién es esa niña tan hermosa? —pregunta emocionado, agachándose un segundo para cargar a Akemi, se pone de pie con ella en sus brazo, extendiendo estos y elevándola. Akemi ríe a sinceras carcajadas con los brazos extendidos simulando ser un avión mientras su padre baja los brazos y la abraza con dulzura contra su pecho— ¿Te has portado bien con tus tíos? ¿Has sido una niña buena?

Yo permanezco con los pies clavados en el suelo observando aquella escena, la risa de Akemi es tan sorprendentemente idéntica a la de Kagome que puedo sentir cómo causa aquel mismo efecto reconfortante en mí. No importaba qué tan difícil fuera mi día, ver la sonrisa de Kagome siempre aliviaba mi pena. Permanezco tan hipnotizado por aquella escena que ni siquiera noto cuando Sango, Miroku y sus tres hijos se acercan hacia nosotros y de pronto vuelvo a sentirme totalmente fuera de cuadro.

—Iremos todos a cenar, InuYasha —volteo hacia Sango como primera reacción a escuchar su voz, inmediatamente noto que me dedica una sincera sonrisa—, ¿vienes?

Yo muevo la cabeza de un lado a otro: en parte para despabilarme de mis pensamientos, en parte para negarme a la invitación de mi amiga.

—Creo que ya debo irme —me encojo de hombros—, será otro día.

—Vale, si cambias de opinión, estaremos en casa —acepta Miroku, yo sólo asiento con mi cabeza y doy unos pasos hacia atrás antes de darles la espalda para caminar hacia mi coche.

—¡Adiós Inu-chan! —escucho a Akemi despedirse de mí lo que me obliga a regresar la mirada hacia atrás, la veo mover su mano de un lado a otro con una sincera sonrisa mientras sigue en los brazos de Koga, yo le doy una fugaz sonrisa y hago un movimiento con mi mano derecha imitando su gesto.

Quizá es lo que me hace falta para encontrar mi paz…

-o-

Hoy es una de esas noches en las que simplemente me es imposible dormir, abro mis ojos con una especial pereza y trato de percibir mi propia existencia en este mundo: permanezco sentado el suelo de tatami de mi pequeño departamento, doy una vista rápida a mi alrededor hasta que fijo mi mirada a la ventana más cercana a mí tratando de distraerme en las luces de la calle, saco el último cigarrillo del empaque que, una vez vacío, simplemente es lanzado por mí a algún lugar de la habitación.

—Qué desastre —me digo a mi mismo con el tabaco entre los labios observando con detenimiento las paredes de mi departamento, ahora mismo estoy seguro que soy el cuadro más deprimente del planeta: la habitación estaría completamente a oscuras si no fuera por la luz del alumbrado público que se cuela desde la calle hasta una de las ventanas, mi vista se ha acostumbrado a esas tenues tonalidades y puedo distinguir lo poco limpia que luce la pieza entera, así como también distingo el fuerte olor a cenizas de tabaco que impregna todo el lugar. Le resto mucha importancia a mi triste realidad y acerco la llama del encendedor a la punta de mi cigarrillo y comienzo a fumarlo tranquilamente.

Quizá otra de las razones por las que evitaba a Koga era precisamente por esto, sabía que hablar con él provocaría en mi mente un huracán de pensamientos. Tal vez pensamientos muy necesarios, reflexiono un poco, pero bastante pesados para digerirlos en pocas horas.

Dejo el cigarrillo a la mitad en el cenicero casi repleto que mantengo a mi derecha y llevo mis manos hacia mi rostro cubriéndome los ojos. El silencio es tan profundo que puedo sentir el palpitar de mis oídos desesperados por escuchar algo, lo que sea.

Respiro profundamente y me armo de valor para ponerme de pie, saco todo el aire que había reunido con una pesada exhalación y doy una vista rápida a la ventana moviendo un poco la cortina blanca. En unas horas más se hará de día.

Enciendo la lámpara de mi escritorio lo cual me permite ver todo a mi alrededor: basura en el suelo, pocos muebles y un ambiente tristísimo. De verdad soy una persona muy patética en estos momentos.

Kagome no se fue…

Esas fueron las últimas palabras que me dedicó Koga. En serio quisiera que tuvieran un significado para mí, una motivación. Claro que he visto a Kagome, recuerdo su sonrisa, recuerdo sus consejos, sueño con ella muy a menudo pero todo eso sólo me hace sentir peor, ¿cómo se supone que todo eso me hará encontrar mi paz?

Supongo que debo también poner de mi parte.

Camino hacia la cocina de mi departamento y busco una bolsa grande para basura. Meto en ella las latas vacías de cerveza sobre el escritorio, los envoltorios de comida, las colillas de cigarros consumidos, poco a poco voy limpiando el enorme desastre que es mi apartamento, el lugar que me cuesta muchísimo llamar mi hogar.

—Tú tenías un hogar, InuYasha… —me recrimino—, pero, ¡Oh, sorpresa! Lo echaste a perder.

Aquel lugar, aquel espacio con el que tanto empeño mi esposa se esforzó en transformar en un hogar. Y nunca lo valoré.

Es un ciclo que no dejo de repetir una y otra vez, la vida me presenta la oportunidad para ser feliz y la dejo pasar por lamentarme de mi pasado no dándome cuenta de lo que he perdido hasta que es demasiado tarde.

¿Cuántas veces más haré lo mismo?

Camino hasta el cuarto de baño, me coloco frente al lavabo al mismo tiempo que abro el grifo de agua fría. Formo un cuenco con mis manos acercando mi rostro para lavarlo, el agua tan fría despabila mis ojos haciéndome sentir mejor. Levanto mi mirada hacia el espejo del lavabo y me quedo observando esa imagen por unos segundos: el agua gotea por mi cabello y mi rostro luce completamente empapado.

—¿Tú deseabas para mí lo mismo que yo para ti, Kagome? —lanzo la pregunta al aire sabiendo que no recibiré respuesta sin apartar mi fija mirada del espejo—, no estoy haciendo un buen trabajo cumpliendo tu deseo, ¿verdad?

Dame una señal para comenzar de nuevo, para un nuevo día…

Por un instinto que no alcanzo a reconocer dirijo mi mirada hacia la pequeña ventana de la habitación y alcanzo a distinguir como el cielo se está tornando de un azul cada vez más claro.

Salgo del cuarto de baño casi corriendo y vuelvo a acercarme a la ventana de la estancia, el sol nace poco a poco anunciando que se acerca la mañana.

Kagome no se fue…

Ella deseaba para ti lo mismo que tú para ella…

Todo eso se repite en mi cabeza una y otra vez, como un bucle sin fin.

De eso hablamos la última vez que nos vimos, ¿no es así? Yo deseaba con toda mi alma que fuera feliz, que su camino jamás se volviera a ver opacado por la tristeza, que siguiera teniendo la entereza de hacer felices a los demás sólo con su presencia. Y ahora puedo comprenderlo mejor, eso último aún puede hacerlo aunque no pueda verla.

Estás eternamente conmigo.

No sabría decir cuánto tiempo me tomó correr del baño a la puerta principal de mi departamento, pero sólo recuerdo como me puse una simple gabardina, tomé las llaves de mi automóvil.

Sé que fuiste feliz, tan feliz como siempre lo deseé.

Ella deseaba lo mismo para ti, InuYasha, anda y selo…

Detengo mi coche frente a una sencilla casa de dos pisos, las lucen permanecen apagadas dejando entrever que no hay nadie despierto dentro. Volteo hacia el cielo donde el sol ya está cada vez más arriba anunciando la mañana. Sus rayos tocan mi cara y siento el calor que estos me trasmiten. Cierro los ojos dando un largo y pesado suspiro, el cantar de los pájaros que comienzan a despertar saludando a la mañana me llena de valor para abrir los ojos y presionar repetidas veces el claxon de mi coche frente a la tranquila casa.

Dejo de aplastar el ruidoso claxon cuando veo que una de las luces de las ventanas se enciende dejándome ver que cumplí con mi cometido, indicándome que ya puedo detenerme. Sonrío con satisfacción y bajo de mi coche, camino lentamente hasta sentarme en el cofre cruzándome de brazos.

Veo su rostro aún adormilado asomarse por la ventana que está justo al lado de la puerta que me dedica una mirada incrédula, yo sólo me río triunfante. Ella cierra la cortina de la ventana y escucho como quita los cerrojos de su puerta.

La primera imagen que tengo de ella es en su bata para dormir de color blanco, de pronto siento ternura cuando se talla los ojos con la manga de su ropa para despabilarse aunque sea un poco.

—¿InuYasha? —pregunta sin dar mucho crédito.

—¿Te he despertado, Kikyo? —pregunto con un poco de cinismo sin parar de sonreír.

Ella me sonríe de vuelta, se acomoda un mechón de cabello detrás de su oreja y camina lentamente hacia mí.

Incluso puedo sentir como se detiene el tiempo creando la imagen de Kikyo acercándose a mí que siempre permanecerá en mi memoria: su sonrisa, su incredulidad ante esta situación y cómo el sol brillaba a sus espaldas mientras terminaba de posicionarse en el cielo.

En algún lugar tú vas a esperarme, pero por ahora sólo permaneces en mi memoria y con eso es suficiente para iluminar el camino que debo de recorrer.

FIN.


Justo al terminar de escribir esta historia he soltado un suspiro tan grande que me he quedado sin aire en los pulmones. Me han temblado los dedos justo al final. Y es que con la conclusión de esta historia acabo de cerrar un ciclo muy pesado en mi vida. Este fanfic es el reflejo de lo que fue, para mí, uno de los peores y más dolorosos momentos de mi vida y creo que puede casi palparse capítulo tras capítulo, no les miento cuando hay capítulos que incluso los escribí sin poder parar de llorar, es por todo eso que escribirle un "Fin" es todo un suceso para mí. Un suceso que sinceramente no creí que viviría.

Este final puede que no les guste a todos pero sólo quiero dejar claro que es lo que mi corazón siente que es la manera correcta de poner punto final a esa etapa de mi vida. Es por eso que no habrá epilogo para esta historia. Ha terminado.

Quiero agradecer todos y cada uno de sus reviews, en este y en otros fanfics míos (los cuales estoy comprometida a mejorar-continuar-terminar). Gracias por su apoyo, su comprensión, por acompañarme en esta evolución. Gracias por todo.

Ahora seguimos adelante.

Lo mejor está por venir.

-Kao no nai Tsuki.