Dos capítulos, uno tras otro. Un regalo por haber tardado tanto tiempo en actualizar. Que lo disfruten.

CAPÍTULO IX

Personajes: Asmita, Shaka, Deuteros, Aspros, Saga, Kanon, Aiolia, DeathMask, Afrodita, Kardia, Manigoldo

Género: Yaoi, Romance, Angst, Lemon, Comedia

Resumen: Trabajar en una agencia de modelaje durante el día, y ser stripper en un club nocturno durante la noche no era difícil... al menos hasta que, por primera vez, un par de ojos azules hicieron que la vergüenza se apoderase de ellos. De haber sabido que conocerían a alguien así, habrían elegido el trabajo hacía ya mucho tiempo.


Los minutos se volvieron horas, y las horas poco a poco se volvieron días, semanas, meses... años.

Aquel día en que Asmita se enteró de esa relación de Deuteros con la joven Hilda, fue tan catastrófico que ciertamente sería difícil olvidarlo.

Aspros determinó que, si Hilda sabía que el rubio había sobrevivido a tal ataque, seguramente ella buscaría la forma de quitarlo definitivamente del camino, y lastimaría a más de uno en el proceso. Tenía que evitar a toda costa que más gente saliera el hospital, se las arregló para sacar al hindú de ahí, hacerlo pasar por una víctima más de un accidente automovilístico, al haber colisionado un autobús de pasajeros con un auto. Dejó la billetera del joven en el bolsillo de un cadáver, con el rostro irreconocible y, afortudanadamente, el mismo tono de cabello que poseía Asmita.

Tenía que apartarlo de todo, hacerlo pasar por muerto para que, de esa forma, no fuese capaz nadie de herirlo de nuevo, así tuviese que guardar el secreto de lo que ocurrió realmente.

Él mismo, también, se hizo pasar por muerto, con tal de que su hermano menor no lo buscase, que no supiera del paradero de aquel muchacho que le había robado el corazón desde el primer momento.

Shaka se enteró del accidente, y de que uno de los pasajeros llevaba el nombre de su hermano mayor.

La noticia golpeó con tantas fuerzas al muchacho que tuvo que ser internado en un hospital.

Deuteros no se hallaba en mejores condiciones.

Y no le quedó más remedio que olvidarse de todo, de su amor por Asmita, de las promesas hechas, sus sonrisas, su voz, su mirada, todo.

Hilda se volvió la única persona en su vida, su esposa, cumpliendo así con las exigencias de Youma al unirse ambos en matrimonio.

Pronto, todo comenzó a marchar tal como el padre de Aspros lo había planeado, gobernar completamente la fortuna de su familia, volver de gran prestigio el apellido Alzir, como hubiese sido en un principio, con un heredero fácil de manipular, un nieto próximo a nacer, y una de las más grandes fortunas en sus manos.

Y el mundo se volvió gris.

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¿Cuánto tiempo pasó entonces?

¿Cuatro años? ¿Cinco?

Deuteros dejó de contarlos el día que nació su primogénito.

Una niña, de tez morena, y cabello claro, tan delicada como una flor en pleno invierno, a la que bautizó con el nombre de Ariadne, el nombre de su abuela, la mujer que tanto cariño le otorgó hasta el día de su muerte. La niña nació con una malformación en el corazón, enfermedad que se fue acrecentando con los años, y que amenazaba con terminar su vida a una edad bastante temprana. El médico les dijo, tanto a Hilda como a Deuteros, que podrían solucionar el problema de la pequeña una vez que ésta cumpliese los seis años, cuando su corazón tuviese la fuerza suficiente para resisitir una cirugía de ese tipo.

Y a pesar de las cosas vividas en su desastroso matrimonio, el moreno sentía deseos de continuar, nada más que por el bienestar de la niña, por que no sufriese, que tuviera todo lo que necesitaba.

No negaría que, en un principio, y conociendo a Hilda, ésta hubiese hecho cualquier cosa con tal de tenerlo a su lado, incluyendo engañarle con la paternidad de la criatura que esperaba.

Hizo pruebas de ADN apenas su hija nació, comprobando que, en efecto, era su hija.

Además, el parecido era innegable. El mismo tono de piel, la misma mirada, exactamente la misma personalidad introvertida.

Y bien decían también que la sangre llamaba, y que el corazón jamás se equivocaba.

A Hilda la despreciaba como a nadie, por ser una mujer manipuladora, egoísta y ególatra, que no pensaba en nada más que su propio beneficio, aún si pasaba por encima de su propia hija, su propia sangre.

Esa pequeñita no merecía el desprecio de su propia madre, si a esa mujer se le podría llamar de esa forma.

Aunque agradecía inmensamente que Flare le diese ese cariño de madre que tanta falta le hacía, que Siegfried se convirtiese en más que sólo un tío para ella, y que Minos la tratase como trató, en su tiempo, a Hilda, cuando esta tenía la edad de la pequeña Ariadne.

Deuteros, con ese porte suyo, tan salvaje e imponente, era el padre más amoroso del mundo. Todas las noches, cuando su pequeña no podía dormir, él le leía un cuento, la arrullaba, le contaba historias inventadas por él mismo, que dejaban más que encantada a esa niña, ese diminuto y frágil pedacito de cielo, como él solía llamarla para consolarla cuando estaba triste.

Como la llamaba cuando Hilda mostraba abiertamente su desprecio.

— Papi, ¿mamá no me quiere? — era tan complicado responder a esa pregunta cada vez que la escuchaba.

— ¿Por qué lo dices? — y era tan difícil no repudiar más a Hilda de lo que, desde hacía años, la había despreciado.

— Porque me dijo que yo no debí haber nacido — las lágrimas en tan bello y angelical rostro estrujaban el corazón del moreno.

— Mamá sólo está estresada, no le hagas caso — lo hacían despreciar su vida, cada segundo de ésta, a su padre, su esposa, todo el mundo por haberle quitado a las dos personas que más amaba en el mundo, las únicas dos personas en las que podría confiar.

Pero tenía que ser fuerte, por ese pequeño rayito de luz que ahora refugiaba entre sus fuertes brazos, y que apoyaba aquella suave y sonrosada mejilla en su pecho, buscando el calor tan característico que podría ofrecer Deuteros. Porque podría verse como un hombre peligroso por fuera, pero por dentro no era más que un manojo de emociones, escondiendo muchas más cosas de las que mostraba.

"¡Mi hermano no puede haber muerto, debe haber un error!"

Las pesadillas lo atormentaban.

"Lo sentimos mucho, señor... Esto fue lo que se encontró entre los cadáveres."

La culpa y la impotencia.

"¡Pueden hacer un maldito exámen de ADN! ¡Ese no puede ser mi hermano!"

Y los fantasmas del pasado siguiéndole...

"Lo hemos hecho ya, los resultados no mienten."

...dispuestos a terminar con la poca humanidad que le quedaba intacta.

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— ¡Te he dicho muchas veces que te amo! ¿Cuántas veces más debo repetirlo? — entre risas, regocijo y alegría, aquella dulce voz respondía a las preguntas de su acompañante. Un joven rubio, de hebras doradas un poco más arriba de su nuca y flequillo cubriendo el tilak que adornaba su frente, caminaba por el centro comercial, sosteniendo la mano de quien, al parecer, era su pareja.

— Tendrás que repetirlo hasta que me lo crea por completo, o hasta que yo me canse de preguntarte si me amas.

Cinco años pasaron desde ese incidente.

Aspros hizo lo posible por esconder por completo la presencia de Asmita, borrarlo del mapa, volverlo un simple recuerdo.

Cuando sacó al rubio de ese hospital al saber que estaba con vida, lo llevó directamente al hogar de uno de sus mejores amigos, un hombre bonachón que daba asilo a aquellos que más lo necesitaban, de facciones agradables, sonrisa cálida, y cabello cano, que daban fe de los años que tenía encima, años cargados de sabiduría, que reflejaban lo bien que la vida lo había tratado. Tenía esposa e hijos, sí, pero él no se negaría a tender la mano a quien lo necesitase.

Y Aspros realmente necesitaba su ayuda.

Hasgard, como se llamaba aquel gigante, cuidó a Asmita, trató sus heridas, e hizo lo posible por hacerle recuperar su vida.

No obstante, fue prácticamente imposible.

Asmita había perdido todo recuerdo anterior al accidente, incluida la existencia de su hermano menor.

Aunque sabía que era un error ser tan egoísta, Aspros decidió hacerlo por el bien del rubio. Mintió acerca de su vida, de todo, diciéndole que él era su pareja, que había tenido una fuerte caída de las escaleras, y que ahora estaba completamente recuperado.

Hasta que el rubio recobrase la memoria, aquella sería otra mentira, otro secreto que guardaría celosamente.

Tan grande era la luz que emanaba Asmita que simplemente Aspros no podía dejarse llevar por la culpa, por lo que había hecho para mantenerlo a salvo, alejarle de su hermano, a sabiendas de lo mucho que sufría, de lo complicado que sería también para Shaka el haberse quedado completamente solo.

Y temía que, para entonces, y por la falta de presencia de Kanon, Saga hubiese hecho ya alguna locura.

Si Deuteros no estaba presente, si él desapareció, y si su hermano estaba en la cárcel, era imposible que su primo recordase tomar sus medicinas, completamente probable que perdiese la cabeza.

El Síndrome de Géminis, como los médicos lo mencionaron, era una enfermedad que sólo podía ser controlada con medicamentos, ambientes tranquilos, y en compañía de las personas más allegadas al enfermo. Saga no tenía a nadie, y Shaka seguramente no tenía pleno conocimiento del desorden que aquejaba a ese hombre que le jurase completo cariño cuando sucedió lo de su hermano gemelo, el menor... su sombra, su reflejo, y su luz también.

— Dime algo, ¿quisieras ir conmigo a ese nuevo parque de diversiones? Lo abrieron hace unos días, pero como estabas ocupado en el trabajo, pensaba que era mejor decirte cuando estuvieses libre.

— ... No seas ridículo, eres el jefe, bien puedes darme días libres.

Cuando ocurrió el accidente, y aprovechando su situación, fue de nuevo con Pandora. Días después de que ésta los hubiese despedido, ocurrió también una tragedia en esa familia. Ella estaba pasando por momentos complicados, con su marido recién fallecido, y una deuda inmensa con el banco que debía pagar a como diera lugar.

Y consiguió la oportunidad perfecta, especialmente porque estaba segura de que Aspros le dejaría las ganancias que necesitaba.

Siempre, junto con su gemelo, en aquel club nocturno, habían sido los más solicitados. La señora Heinstein no podía negar que sí, eran realmente atractivos, y que sabían cómo sacar provecho de su apariencia física.

Día tras día, y mientras el hindú recuperaba poco a poco su vida normal, Aspros fue reuniendo el dinero suficiente para obtener lo que necesitaba. Un nuevo hogar, un nombre distinto para Asmita... una nueva vida, lejos de su hermano gemelo, lejos de Hilda, de Youma, de todo.

Y Deuteros no pasaba nunca por ahí, no tenía por qué, si ya no trabajaba en el lugar.

Pandora pagó las deudas, todas, hasta el último centavo, y antes de perecer debido al cáncer que le aquejaba desde antes de la muerte de su marido, dejó todo lo que tenía a nombre de Aspros, la persona en quien más parecía confiar.

Obviamente, él no iba a ser el dueño de un club nocturno, sino que lo transformó, lo reformó completamente, volviéndolo nada más que un despacho de abogados. Pondría su apellido en alto, y levantaría el resquebrajado orgullo de su familia, todo desde las sombras, a espaldas de Youma, para renacer, como un verdadero fénix, de entre las cenizas.

Al recuperarse, entonces, Asmita se convirtió en su colaborador, su socio, todo para él.

Se mantuvo a su lado, como desease desde un principio.

Pero saber que se lo había arrebatado a su hermano aún creaba congoja en su pecho.

"¿Era acaso lo correcto?"

A veces, pensaba, para hacer lo correcto, se requerían de sacrificios.

Sacrificios que no sólo involucraron a su familia, sino también a la familia que Asmita había formado a lo largo de los años, desde su llegada a Grecia.

En el lugar donde él trabajaba, al enterarse de su accidente, y de su posterior muerte, no hubo día en que no se le recordara como un gran amigo.

Alessio, que le guardaba enorme respeto, comenzó a decaer, producto de la tristeza.

Kardia, su mejor amigo, no volvió a sonreír por un tiempo. Asmita se había vuelto su confidente, en todo sentido.

Albafica quizás se volvió más hermético.

Y Shaka... Shaka estaba inconsolable.

Su hermano mayor había muerto, lo dejó solo... rompió la promesa que le hizo cuando era un niño.

Aiolia, Adam y Angelo no supieron sinceramente si el rubio se había vuelto una marioneta más de la sociedad o si estaban tratando con un muñeco de porcelana capaz de romperse con el más mínimo roce.

El más afectado, por obvias razones, resultaba ser Aiolia.

Desde que le conoció, Shaka fue su interés amoroso, su mejor amigo, el único en quien quizás confiaba más de lo necesario.

El día que lo vio entrar de la mano, con Saga, a la cafetería, y luego muy cariñosos detrás de los vestidores, sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. Aiolos no supo, sinceramente, de qué manera animar a su hermano, mucho menos lo sabría Regulus, que solía ser quien más fácil sacaba sonrisas a su hermano mayor.

Y Sasha, su madre, no estaba segura si lo que quejaba a su hijo era la depresión de Shaka o su misma indiferencia.

Porque se portaba indiferente, vacío, ignoraba todo a su alrededor.

Saga era el dueño de sus sonrisas, sus miradas, absolutamente todo. No dudaba que también hubiesen llegado a la cama.

— Ya es suficiente, todos sabemos que Saga le lavó el cerebro — comentó de repente, mordaz, Angelo—. Ya olvídalo, ¿quieres? El hecho de que ande con Saga después de decir que lo odiaba no es por nada.

— Angelo, considero que es mucho mejor que cierres la boca— retrucó Adam. Aiolia no estaba en condiciones de recibir, de muy buena gana, los regaños que le otorgaba el italiano.

— Porca miseria! ¡Estoy hasta el cuello de sus estúpida indiferencia! — farfulló el muchacho, ganándose de parte del castaño una mirada recriminatoria—. ¡Y no me mires así, que bien sabes que no es justo! Desde que está con Saga, ni siquiera nos voltea a ver, y si lo hace, nos mira como si fuésemos nada más que la plebe, y créeme, que yo no soy de la plebe.

— ¿Quieres ya callarte? Él no tiene la culpa, su hermano murió.

— Cazzo, murió hace cinco bastardos años, ¿quieres que me trague esa excusa? Húndete tú solo, Aiolia, yo no lo haré contigo, por más amigos que seamos.

— Tiene razón... — apoyó Adam al ponerse de pie, poco a poco—. Si quieres que Shaka sea el de antes, deja de lamentarte por lo que es ahora, que de esa forma no va a ponerte atención ni aunque le ruegues. Lo perdiste — finalizó el sueco con un suspiro cansado.

Al quedarse solo, mirando hacia la puerta de la biblioteca, donde pasaban Saga y Shaka la mayor parte del tiempo, Aiolia sintió su corazón ser estrujado cruelmente, cual si buscasen sacarle cada pizca de emoción que había ahí.

No lo dejaría con Saga...

...así tuviese que matarlo.

Ya la noche se cernía, bella y tranquila, en las calles de aquella bella ciudad de Grecia.

¿Cómo era posible que nadie reconociese a Aspros? Él no se cambió el nombre, jamás buscó realmente esconderse.

¿Por qué Deuteros jamás lo encontró?

¿Por qué nunca lo vio por las calles?

Era sencillo reconocerlo si se le veía con aquella larga melena característica de los Alzir.

Aspros cortó su cabello, muy a su pesar. Lo dejó pulcro, corto hasta las orejas, y casi siempre cubría ese color característico con un gorro, una boina, o un Fedora. Siempre elegante, con la barbilla en alto, un verdadero agasajo para cualquiera que lo mirase, fuese hombre o mujer.

Ahora mismo, se le veía recorriendo aquel hermoso parque de diversiones, rebosando de visitantes, uno tras otro ávido de conocer las atracciones que ahí se abrían, nuevas, recién construídas, probadas hasta el punto de la perfección... supervisado por él mismo.

Con esas habilidades claramente heredadas de su abuelo Arles, él era un verdadero magnate.

Abogado, empresario, inversionista.

Y jamás resultó descubierto por su hermano, ni por su propio padre.

Aún cuando su rostro estuviese en cada revista de negocios existente.

Sólo era una promesa más.

¿Tanta era la reclusión en que se mantenía su hermano menor que nunca supo de su nueva vida?

Youma sí que lo tenía comiendo de su mano.

— ¡Papi, papi, llévame allá, quiero subir a los caballitos! — pidió una niña al tirar de la mano de su padre.

— Está bien, Ariadne, pero por favor, no vayas a correr, sabes que no te hace bien.

Se pudo escapar de Hilda, aprovechando que ésta había viajado junto a Minos a Los Angeles, por un caso que éste debía resolver. Aprovecharía también que Youma estaba en un viaje de negocios... aunque realmente estuviese despilfarrando dinero en Las Vegas o Montecarlo.

El moreno subió a los caballitos, como pedía su pequeña, manteniéndola en todo momento en sus brazos.

Ella era más que feliz en ese lugar. Sin los regaños y gritos de su madre, sin la presión de su abuelo Youma.

Solamente Deuteros a su lado, su padre, su incondicional y único amigo.

— ¿Podemos ir a la playa después, papá? — tal como Kanon, como cualquiera de su familia, ella disfrutaba la playa, disfrutaba de escuchar las olas, de sentirlas acariciar sus delicados pies, la brisa golpeando su rostro, la tranquilidad llenándole por completo.

— Sí, podemos, pero que no se entere mamá, sabes que no le gusta que vayamos.

— Lo prometo.

La noche pasó veloz, ya entradas las nueve de la noche, y era tiempo de irse, de regresar a casa.

Pero ocurrió lo que más temía Deuteros.

Su niña, su pequeñita se desmayó de la nada, dándole tremendo susto al moreno.

Y por más que trataba de hacerla reaccionar, ésta no parecía mostrar señales de ello.

Palidecía, no respiraba.

— ¡Ayuda, un médico, ayuda!

Afortunadamente, había alguien cercano, y se acercó, velozmente, a ayudar al joven padre, que tenía a su pequeña en brazos, asustado.

— Apártese, yo me encargaré —escuchó Deuteros.

El joven que ayudó llevaba la cabeza cubierta por un gorrito de color negro, y el cuello cubierto por una bufanda. Utilizó la misma para que sirviese como almohada a la niña al recostarla en el suelo. Había mucha gente a su alrededor, curiosos más que nada, queriendo saber lo que ocurría en tan infartante escena.

Primeros auxilios, RCP, presión en su pequeño pecho para hacer el corazón latir.

La niña dio un profundo respiro, aliviado, cuando el aire pudo regresar a sus pulmones, cuando su corazón volvió a funcionar como debía, con la sangre corriendo con normalidad.

Había estado terriblemente cerca de perder la vida.

— Muchas gracias por salvarla.

— No se preocupe, no es necesario agradecer.

Levantó la vista, dispuesto a agradecerle al extraño, a quien no había visto el rostro en todo el tiempo que ayudó a su hija.

Ahora fue el corazón de Deuteros el que se detuvo, y el abrazo a la niña se aflojó, poco a poco.

Reconocería esa sonrisa, esos ojos... ese cabello, aunque corto, donde fuese.

Asmita estaba ahí, frente a él, vivo.

—...¿Asmita? — y sintió, por primera vez, que su mundo recuperaba el color que Hilda le robase.

Sintió que estaba en medio de un sueño.

Sueño del que no deseaba despertar.


¿Review? :3