Cartas a Julieta

Capítulo 9

"Recuerdos agridulces"

Terry estaba un poco desorientado y buscaba a Candy con la mirada. Hacía calor en el auditorio por lo que ella se había quitado la chaqueta.

Como si sintiera sus ojos en ella, se volvió hacia él. Terry la miraba con la expresión de un hambriento. Él era perseverante. Candy entendió entonces que él era muy tenaz; que nunca se rendiría con ella. Se preguntó por milésima vez ¡¿por qué se habría casado con otra mujer?! Tal vez debió haberlo escuchado, pero ¿qué tendría que decir? ¡Había prometido que vendría y le pediría que se casara con él y él volvió pero con una esposa! Había roto todos sus sueños; ella no quería escucharlo.

Vio a Terry subiendo al escenario; caminando hasta llegar a su hermana y reemplazarla. Su cabello brillaba con la luz de los proyectores. Él sonrió y eso la hizo sonreír también. Candy se derritió desde su primer encuentro. Reemplazó a su hermana frente al público para anunciar que ahora comenzaría la sesión de las preguntas y respuestas del programa. Hablaba con confianza y tranquilidad, su carisma se desplegaba por todo el lugar.

Candy, perdida entre la multitud, lo admiraba desde lejos. Pensó que era perfecto cuando ella tenía 12 años; también había sido la cita perfecta en ese infame baile escolar cuando tenía 16 años...

Las preguntas comenzaron.

- ¿Cómo organizas tus días para escribir? -preguntó una mujer al fondo del auditorio.

-Teresa por lo general se despierta muy temprano, -respondió Terry- ella va de su cama a su computadora, sin olvidar su taza de café. Después regresa a leer lo que escribió la noche anterior y luego trabaja hasta el mediodía. Come delante de su pantalla, escribe durante otra hora, tal vez se toma un descanso de dos horas para caminar y correr en la playa, bañarse, vaciar su mente... Entonces, ella escribe de nuevo hasta la hora de la cena y a veces hasta muy tarde en la noche.

- Es bastante intenso, -dijo Teresa- pero es mi método y me funciona. Cuando me sumerjo, me siento a la vez como emergiendo. Cuando escribo, sólo hago eso y cuando termino, hago un alto total y me voy de viaje.

Otras manos se levantaron para hacer mas preguntas. Candy alzó el brazo y Terry se concentró en ella inmediatamente.

- ¿Sí Candy?

Candy se aclaró la garganta y trató de hablar lo suficientemente alto como para que todo el mundo la escuchara.

- ¿Qué haces cuando estás bloqueada y no sabes dónde está el problema?

El la miró seriamente.

- ¿Estás escribiendo una novela, Pecas?

Había usado ese nombre de mascota que siempre sonaba tan agradable cuando salía de su boca y que dejaba en claro la intimidad que había entre ellos. Se sentía orgullosa. Ella asintió con la cabeza.

- No me lo habías dicho.

A pesar de que el micrófono se escuchaba en todo el auditorio, se sentía relajada, como en una charla íntima. Era como si el resto del mundo no estuviera allí; como si sólo estuvieran ellos dos.

- No lo habías preguntado, -ella respondió.

Candy sintió todas las miradas en ella y como si acabara de darse cuenta que no estaban solos, Terry levantó la vista y miró a los demás espectadores.

- Pues hay muchas soluciones, -dijo- puedes dejar tu escrito a un lado y hacer otra cosa. Una vez que has terminado lo que estabas haciendo, puedes volver a tu escritura y mirar el texto que te estaba dando problemas con una nueva perspectiva.

Sus ojos volvieron al rostro de Candy.

- También puedes encontrar un colaborador crítico. Trabajar con alguien, valorar su opinión... En ocasiones todo lo que se necesita es los ojos de alguien más para obtener una nueva perspectiva y entonces todo queda en su lugar. Lo que parece un problema tal vez sólo necesita algunos pequeños ajustes.

Terminó su respuesta con una hermosa sonrisa para ella. Ella sentía que se estaba derritiendo de nuevo.

- ¿Preguntas siguientes?

Pasó otros veinte minutos contestando preguntas y luego dio un discurso de agradecimiento a los responsables de la conferencia. Se había terminado. La organizadora habló con Dinah por un rato mas, describiendo a detalle la impresión que tuvo de sus libros. El auditorio se estaba vaciando y Terry vio a Candy caminar hacia la salida mientras hablaba con otra joven mujer. Reconoció a Annie, a quien había conocido el primer día cuando fue a buscar a Candy.

Las puertas eran pequeñas y la gente salía muy despacio; las dos jovencitas tuvieron que detenerse y esperar varias veces. Platicaban y también reían. Terry escuchó la risa franca y cristalina de Candy que salió de entre el barullo de la gente en el auditorio y llegó directamente hasta su corazón.

Se volvió hacia la organizadora, la interrumpió y dijo:

- Siento interrumpirte, pero tenemos que irnos. Teresa tiene otra cita y...

- Oh sí, por supuesto, -dijo la señora ruborizándose un poco- Fue fantástico conocerlos. Gracias de nuevo…

Tomó a Dinah por un brazo y su bolso con la otra mano para bajar por las escaleras y subieron por un pasillo al frente del auditorio que estaba reservado a los invitados para que no tuvieran que estar entre la multitud.

La gente ya se había ido, volviendo a sus asuntos. Annie había desaparecido y Candy seguía en el amplio recibidor, todavía estaba lloviendo fuerte y ella se estaba preparando para salir a la lluvia con su paraguas.

- ¡Candy! ¡Espera!

Era la voz de Terry, ella se giró para verlo caminando hacia ella.

- Voy a llevarte a casa. No creo que desees salir en la lluvia para esperar el tranvía...

Ella lo miró y pensó en lo guapo que se veía cada vez que lo miraba. Candy se puso de buen humor después de la conferencia, así que respondió:

- ¡Está bien!

Ella vio el destello de sorpresa en los ojos de Terry. ¡Esperaba que ella dijera que no! Tendría que decirse que después de la manera en que lo había tratado desde que llegó a Chicago, habría sido de esperarse.

- Voy a buscar el auto, -dijo él muy rápido, como si tuviera miedo de que ella cambiara de opinión- Espérame aquí Dinah, ¿de acuerdo?

Y salió corriendo en la lluvia, Candy se quedó con Dinah quien la estaba mirando.

- Nunca habría pensado que fueras Teresa George. Me gustan mucho tus libros.

- Gracias, -dijo- levantando los hombros casualmente.

Parecía como si a Dinah no le agradara mucho Candy.

- ¿Terry también escribe? Siempre fue su sueño...

- Te gusta mucho, ¿no es así? -Preguntó la hermana de Terry mirándola atentamente.

Era el turno de Candy de levantar los hombros, desvió la mirada y fingió buscar el coche de Terry.

- Sí... bueno, fue mi mejor amigo durante años. Eso siempre deja un cierto vínculo.

- Entonces, ¿por qué le haces ver su suerte?

Candy se sorprendió un poco. ¡Por supuesto Terry confiaba sus asuntos a su hermana! Candy se volvió y la miró, mientras buscaba una respuesta el coche de Terry se detuvo frente a la acera frente a ellas, ¡Salvada por la campana! pensó Candy, así que contestó:

- Vayamos bajo mi paraguas.

Caminaron juntas al auto bajo el paraguas. Dinah fue a sentarse en la parte de atrás y Candy tuvo que sentarse en el frente, junto a Terry. Sacudió su paraguas antes de doblarlo y cerrar la puerta. Terry, que había salido sin un paraguas para ir a buscar el coche, estaba empapado. Su pelo estaba escurriendo por la lluvia y gotas de agua rodaban sobre su bello rostro.

- Voy a dejar a Dinah en el hotel, -anunció- y me gustaría cambiarme antes de salir a cenar. No te has olvidado de que vamos a salir... espero...

- No estoy vestida para salir a cenar, -comentó Candy- Creo que sería mejor que...

- No es por ponerme otro tipo de ropa, voy a ponerme ropa seca, -la interrumpió- estoy empapado y caminé sobre charcos de agua, mis calcetines están mojados.

Él se echó a reír y añadió:

- ¡Sabía que tenía una buena razón para no ponérmelos!

Candy no pudo evitar reírse con él.

- ¡Y todo ese tiempo pensé que querías reducir tu ropa!

Dinah los miraba. ¡La confianza entre ellos era palpable! Estaban paseando por la ciudad.

Candy se sentía cómoda en el asiento de piel, miraba la lluvia por la ventana y dejaba que los viejos recuerdos la llevaran hasta la última vez que se había encontrado a sí misma con él en un auto...

Eran las 5 de la mañana. Terrence y Candice estaban estacionados cerca de la playa. No decían nada durante la calma antes del amanecer. Después de ir a tres fiestas diferentes, el silencio era muy relajante.

Después de la última fiesta, estaban sentados en el auto, tomados de la mano. Habían platicado bastante y le había dicho que quería ser escritor; quería probar de todo; novelas, cuentos, guiones, pero siempre con un toque de humor y siempre con un final feliz. Él también le había contado muchas historias sobre su adolescencia. Después se quedaron callados, seguían tomados de la mano. Se miraron y Terry se inclinó para besar sus labios; el contacto lo hizo emitir un suave gemido y de repente retrocedió.

- Candy, creo que es mejor que volvamos a casa, -dijo con una voz ronca.

Ella sintió que su corazón entraba en pánico, pero también sentía la emoción de jugar con fuego. Fue bastante emocionante saber que eran capaces de sentir ese tipo de deseo.

- Por favor Terry, no justo ahora... ¿por qué no vamos a la playa a dar un paseo?

No esperó la respuesta; ella se quitó sus zapatillas, rodó hacia abajo sus medias y se las sacó. Cuando salieron del coche sintieron la fresca brisa del amanecer. El cielo se estaba poniendo más claro cada vez y el sol estaba a punto de levantarse. La imagen de la playa, el océano, el amanecer era algo hermoso para apreciar. Ella suspiro profundamente. Terry se había quedado cerca del coche, indeciso. Corriendo hacia él Candy tomó su mano con la suya y lo jaló hacia ella para caminar sobre la suave arena.

- Espera, me voy a quitar los zapatos, -dijo él inclinándose para hacerlo.

Los dejó cerca del auto y tomó su mano para caminar junto al agua. Ella comenzó a temblar por lo ligero de su vestido, Terry se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros, abrazándola hacia él para darle un poco más de calor. De vez en cuando una ola venía y tocaba sus pies, se reían y corrían para evitar las siguientes. Candy se sentía como si estuviera en el paraíso.

"¡Si esto es un sueño, no quiero despertar jamás!" -se había dicho a sí mismo.

Ella estaba tan feliz que no pudo evitar decir en voz alta:

- Desearía que esta noche no terminara nunca, -dijo suspirando.

Terry dejó de caminar; haciéndola darse la vuelta y la atrajo hacia él.

- Yo también, deseo...

Entonces la besó y ella sintió que él estaba haciendo un esfuerzo para controlar su pasión. Candy tenía en sus brazos una explosión apenas contenida. Se apretó contra los músculos de su pecho, se atrevió de repente a abrir su boca bajo de la de él y probó sus labios con la punta de su lengua. El doloroso gemido de Terry se escuchó de nuevo y sintió cómo sus brazos se apretujaban alrededor de ella, los labios de Candy se abrieron luego para dejarlo entrar. Su boca tenía un sabor maravilloso, la besó y ella sintió que estaba perdiendo la cabeza poco a poco. Cada beso era más largo, más profundo y más ardiente que el anterior. Sus manos estaban sobre ella y el saco estaba ahora tirado en la arena sin que ellos supieran cómo. Una de sus piernas estaba presionando contra la suya. Habrían sido incapaces de explicar cómo había ocurrido. Luchaban por acercarse el uno al otro, para convertirse en un solo cuerpo. Ella sintió las manos de él en sus cabellos, él soltó los broches dejándolo caer como una cortina y después puso su rostro en ellos. Luego, encontró el cierre de su vestido y la sensación de su dedo en la piel desnuda de ella lo hizo gemir.

Terry detuvo su avance sin aliento, pero como atraída por un imán ella volvió a pegarse a él. En su amplio pecho, su corazón latía con fuerza.

- Dios mío, Candy...

Ella tomó su rostro entre sus manos, atrajo su boca a la de ella y lo besó de nuevo. El se resistió por un momento, pero después le devolvió el beso. Candy estaba contenta, él se estaba dejando llevar, estaba perdiendo el control. Ella lo amaba, él era el amor de su vida, si acaso llegaban demasiado lejos, él se casaría con ella de todos modos, él lo había prometido. No amaría a otro hombre como lo amaba a él; entonces se abandonó en sus brazos. El parecía dudar de nuevo, y se detuvo. Ella besó su barbilla, su cuello y presionó su pierna contra su muslo sintiendo de nuevo otro beso. Él tomó sus labios con deseo y la recostó sobre la arena, ella rodeó con sus brazos su cuello y lo besó de nuevo, saboreando, como una victoria, el peso de su cuerpo sobre el de ella. Candy ya no estaba pensando con claridad, de lo contrario se habría detenido... Las manos de Terry la estaban tocando de nuevo pero ahora de diferente forma, ella estaba mareada. La mano de Terry subía por su muslo, levantando su falda...

Fue justo en ese momento cuando Anthony apareció y la mágica noche se convirtió en una pesadilla.

Su hermano estaba enloquecido por la rabia, empujó a su casi amante lejos de ella.

- ¡Me lo juraste! -Gritó Anthony- me diste tu palabra de caballero, ¡bastardo!

El día estaba llegando y la luz del sol empezaba a aclarar el cielo. Los primeros rayos de sol del amanecer aparecían por el horizonte. Candy notó el rostro de Terry entrando en pánico...

- No pasó nada, -dijo Terry- Anthony...

Anthony saltó sobre él y le dio un puñetazo. Terry dejó que lo hiciera y cayó sobre la arena. Quería levantarse de nuevo pero Anthony le dio una patada y volvió a caer sobre la arena. Candy miraba la escena aturdida. Terry logró ponerse de pie y golpeó a Anthony, los dos amigos comenzaron a pelear por un rato. Candy les gritaba que se detuvieran, pero los dos hombres parecían no escucharla.

- ¡Anthony, Terry! ¡Deténganse! -Ella lloraba y saltó sobre la espalda de su hermano para tratar de detener la pelea.

Terry dejó de golpear a Anthony cuando vio a Candy en la espalda de su hermano. Ella bajó de la espalda de Anthony y corrió hacia Terry.

- Oh Terry, lo siento, -ella seguía llorando.

El la miró con amor.

- No te disculpes; fue mi culpa, ¿estás bien? ¿No te lastime? Por favor, perdóname... No sabía que se me vendría encima...

Su hermano la tomó por el brazo para llevársela de regreso por la fuerza.

- ¡Aléjate de él! -Él le ordenó- ¡o voy a darte una bofetada para hacer que pienses!

Levantó la mano para darle una bofetada, como solía hacerlo cuando eran más chicos. Ella lo miró sorprendida haciendo instintivamente un gesto para protegerse, entonces Terry saltó sobre Anthony y le dio un puñetazo. Anthony cayó en la arena.

- ¡Golpéala, -dijo Terry- y voy a arrancarte la cabeza! ¿Me escuchaste?

- ¡Está bien! -Dijo Anthony- ¡de acuerdo!

Terry se sentó junto a él en la arena. Anthony miró a Candy.

- Ve y espérame en el auto, Candy, -dijo él.

- No, yo quiero regresar a casa con Terry, Anthony.

Anthony la miró furioso.

- Terry ya no es bienvenido en nuestra casa.

Se volvió hacia su mejor amigo y le aclaró:

- Voy a enviar tus cosas a tu casa.

- De acuerdo, -dijo Terry.

Candy quedó atónita. ¿Él iba a quedarse tan tranquilo? ¿No iba a hacer algo?

- Se suponía que ibas a ayudarme, -dijo Anthony con un tono acusador.

Candy se quedó inmóvil. ¿Qué significaba todo eso?

- Se suponía que debías ayudarme; estabas llevando a Candy al baile de la escuela para yo poder salir con Anabeth. Eso era todo. ¡Me juraste que no la tocarías, patético perdedor!

¿Así que Terrence la invitó sólo para darle una mano a su hermano? De repente sintió ganas de vomitar. Se había comportado como si estuviera enamorado desde el principio y prácticamente le había propuesto matrimonio. Había prometido venir en 686 días, 685 ahora, para pedirle que se casara con él. Sabía que la amaba. ¡Estaba segura!

- Terry, -ella empezó con un tono triste.

- Candy, ¡entra en mi auto! -Dijo Anthony.

- Ve Pecosa, -dijo Terry con una voz suave- Te llamaré más tarde.

Caminó descalza hacia el auto de su hermano. No sabía qué pensar, esperó unos 20 minutos para que Anthony viniera. El viaje a su casa ocurrió en un silencio incómodo. Una vez en casa, salió del auto y fue a su habitación directo a dormir, pero no pudo hacerlo. Durante horas y horas, esperó la llamada por teléfono de Terrence.

Pero él nunca llamó. Nunca volvió para llevarla al cine tampoco, o para todas las otras citas que habían planeado antes del baile escolar.