¡Hola!
Realmente, lamento la tardanza. Tuve un imprevisto de salud, y una diría que con un descanso obligatorio tendría tiempo para escribir, pero no. No estuve adolorida, pero ¡cómo incómoda una herida en el vientre!
Ojalá les agrade este capítulo. :)
Disclaimer: HP no me pertenece.
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Capítulo IX
Yo era la misma sombra, yo era menos, yo era/ una cosa durmiente que ni sueña ni espera, / cuando el vuelo de aquella mariposa celeste/ me hizo gorjear de pronto como un pájaro agreste. *Alfonsina Storni, Fiero Amor
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Ante una situación tan devastadora como aquella, Hermione solo tenía una opción: poner su cerebro a trabajar. Ella no era mujer imprudente, ni se dejaba llevar por sus emociones. Ella pensaba, razonaba, analizaba, resolvía… casi nunca se equivocaba. Quería decir que siempre pensaba sus palabras antes de decirlas… Ahora necesitaba una solución.
Ella no había querido presentarse ante Draco Malfoy como su salvadora, como la única persona capaz de hacer algo por la familia Malfoy, por lo que quedaba de la Gran Familia Malfoy. Su intención jamás fue que él tuviera una impresión equivocada de ella. Y menos esa impresión.
Por supuesto que había un interés en el caso. Un interés que la sobrepasaba a ella misma, que abarcaba a personas de todo tipo, desde quienes se consumían en Azkaban, hasta grandes empresarios ansiosos de hacer buenos negocios. Hermione estaba interesada, por supuesto que lo estaba. Llevaba casi un año trabajando en el mismo caso, esperando poder abrazar a una mujer libre.
Si bien, nunca creyó llegar a sentir tanta estima por un Malfoy, no había nada malintencionado en sus planes, ni en sus palabras. Simplemente, Draco la había sacado de quicio y ella había hecho un reclamo injusto.
La única solución que encontró fue contarle del problema y de su imprudencia a Narcissa, antes de que Draco lo hiciera. Le dolía el pecho cuando pensaba en la impresión que tendría Narcissa Malfoy de ella. Pero debía aclarar todo.
Por eso, había llegado temprano a la oficina en Azkaban y había "confundido" a la señoritas Gray y Riverside. Por eso, fue Hermione Granger la persona que apareció en la sala de reuniones cuando Cissy esperaba a su hijo.
―Sal, querida―le pidió Narcissa a Hermione, en cuanto Draco apareció. Cissy le apretó con cariño la mano que sostenía y dejó que Hermione la alejara despacio, notó el temblor que invadió a la muchacha. Draco le dio espacio suficiente para que saliera, sin embargo, no la alzó a ver. Narcissa Malfoy le dirigió una sonrisa a Hermione, que casi resbala por las escaleras en su huida.
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―Todo esto ha sido revelador, muy revelador, Granger. ¿Así que te dedicas a llorarle a la gente para salvarte el pellejo? Imagino que siempre le andabas lloriqueando a MacGonagall o a Dumbledore para que te perdonaran cuando te ibas a hacer travesuras con tus amiguitos―.
―Ya cállate, Malfoy―dijo ella seria. La estancia era muy pequeña para los dos, para el enojo de ambos, para el ego herido de ambos.
―Pues, inexplicablemente―continuó el muchacho, Hermione había captado toda su atención. El día anterior había decidido olvidarla, y ese mismo día no podía apartar sus ojos de ella―Le caes bien a mi madre, y es por respeto a ella que permito que continúes tu trabajo―.
―Podrías dejarme sola, realmente no necesito a alguien como tú en esto. Puedo hacerme cargo―su tono no era precisamente conciliador, pero era sincero.
―Tentador, pero no―se acercó a ella. La mirada inquisidora que Meredith Gray les lanzaba desde su escritorio le molestaba, por lo que habló más bajo y más cerca de la castaña―Aún tengo que comprobar tus verdaderas intenciones en todo esto―.
―Mis intenciones son claras, Malfoy. Sabes bien por qué estoy aquí―.
―Reconozco que fue valiente hablarle de tu comentario idiota a mi madre. Veré―su voz se convirtió en un susurro, en un suave susurro muy cerca de ella―si continúas siendo valiente―.
―¿Qué quieres? ¿Qué te plante un beso?―dijo ella, exasperada por la cercanía de Malfoy y porque realmente estaba nerviosa. Se sintió mil veces peor cuando habló con Narcissa sobre lo ocurrido que cuando Draco le reprochó haberlo dicho.―Porque eso no sería valiente―para sorpresa de Hermione, Draco dijo suave, cerca de ella:
―Pues no―.
Ella continuó, la voz le tembló, sonó un poco chillona:―Sería un …nosería―sintió que no le quedaban palabras, Draco tenía una mirada extraña clavada en ella, en sus labios; agitó sus brazos tratando de apaciguar el denso aire de la habitación. Debía retomar el control:―Así que por favor, deja de probar si el Sombrero Seleccionador se equivocó al escogerme Casa. Yo no me inmiscuyo en tus amistades, para ver si encontraste a tus verdaderos amigos―.
―Te falta poco―sonrió Draco―Apuesto que es lo siguiente en tu lista―.
Hermione rodó los ojos. ―Sal ya―dijo y le puso la mano en el pecho en un intento por empujarlo.
Draco salió de la oficina y se dirigió a la bruja pelirroja. Ella con una expresión embelesada en el rostro le ofreció una pequeña moneda plateada, que sacó de su gaveta siempre cerrada con llave. Hermione los miró perderse por el pasillo, camino al lugar de apariciones.
oOoOo
―Sudor y feromonas masculinas―dijo Draco al cabo de unos instantes. Se había estado paseando en silencio por todo el espacio libre de la oficina tratando de descifrar el olor―Sin duda: Krum―.
―De haber preguntado te habrías ahorrado el ejercicio―.
―¿Hiciste el encantamiento para alejar insectos, o si te gusta aparecer con Krum en las revistas? ―se detuvo en seco, observó con atención la reacción de la castaña, mientras jugueteaba con su varita. Ella lo ignoró.
El Malfoy llevaba cuatro días sin acercarse a la oficina de Hermione desde el encuentro en Azkaban y para fastidio de la mujer, fueron los cuatro días más improductivos que tuvo. No encontró ni un solo papel, llegó tarde a todas sus citas y tuvo que triturar dos pergaminos por errores ortográficos. Todo porque no podía despegar su vista y atención de la puerta, esperando la llegada del Malfoy.
―¿Qué tal si vamos a mi oficina, Granger? Me siento desplazado con este olor a macho que inunda todo por aquí―miró socarrón a la castaña. Estaba harto de que la mujer lo ignorara. Hasta había dejado caer muy intencionadamente la preciada fotografía que tenía del Weasley y cambiado el orden de las ilustraciones que llevaría el próximo libro de Hermione, y ella ni se inmutó.
―Me parece bien, pero yo me quedo―.
―Necesitará más aire esta oficina, si quieres que yo permanezca aquí―.
―Es una indirecta, Malfoy. No quiero que permanezcas aquí―.
―No sabes lo que quieres―siseó él. Los ojos grises brillaron, Hermione por fin parecía dejar de ignorarlo, ella movió un poco la cabeza visiblemente incómoda.
―Bueno, bueno―apremió ella de pronto, sorprendiendo al hombre, parecía un poco más alegre―No te veo haciendo nada provechoso con tu vida, Malfoy―sonrió ella, no sin algo de sarcasmo―Tienes trabajo acumulado―.
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Hermione decidió no pensar en el comportamiento del Malfoy. No se engañaría a sí misma pensando que actuaba de alguna forma amable o que le lanzaba discretas miradas cuando creía que ella no lo estaba viendo. No. Hermione Granger no se haría ilusiones, no se llenaría la cabeza de situaciones que solo existían en su cabeza. De situaciones que ni siquiera en su cabeza, que pensaba en todo, debían existir.
Por eso no estaba pensando en que Draco Malfoy se había encargado del trabajo "acumulado" con cierta docilidad, ni que a pesar de haber pateado la fotografía de Ron bajo algún archivero del fondo, estaba ordenando unos expedientes ajenos al caso de Narcissa que anteriormente había tratado de incinerar alegando que obstaculizaban su vista, o algo parecido.
Eso fue el primer día, el segundo día no había pretzels ni dragones. Porque ilusamente Hermione había pensado que Draco podría regalarle algo. El hombre tan solo se sentó en su respectivo espacio de oficina y se dedicó a revisar correspondencia y de algunos trámites menores, sin alzarla a ver, ni una sola vez. Por su parte, ella también hizo las suyas. Porque no debía pensar en el comportamiento del Malfoy.
Sabía que si pensaba demasiado en eso, creería que el muchacho había cambiado, que estaba haciendo algo que no hacía antes y que ese cambio significaba algo que la involucraba a ella. Se imaginaría suspiros, miradas lujuriosas, frases con doble sentido… Porque Hermione sabía que no podía perder aquella batalla, aunque estuviera algo alterada por el extremadamente inusual comportamiento del Malfoy el tercer día.
Hermione no tenía inconvenientes con su rostro. Pero ese tercer día, quiso no tener cara. Así el Malfoy no tendría nada que observar. Porque apenas llegó, se sentó en la silla de invitados, al frente de ella y la observó. No, la examinó con la mirada. Hermione sintió que tenía manchas, verrugas y granos en el rostro, o ya había notado el ojo más grande, la ceja menos tupida, o aquellas manchitas en su nariz, que no sabía muy bien si eran pecas. Solo algo terriblemente vergonzoso pintado en su rostro podría atraer la atención del hombre de aquella manera.
Sin embargo, ella, como los días anteriores, no lo alzó ver. Porque ella sabía.
Sabía que era una cuestión de etapas. La primera etapa fue la negación, o el olvido. Quizá Draco lo negó. Ella, optó por no recordar. Solo a alguien como Ginny, con algunas copas de más, se le ocurriría que Hermione había besado a Draco Malfoy en medio pasillo del Ministerio.
En todo caso, la siguiente etapa: indiferencia, llegó muy pronto. Lo había besado ¿Y qué? ¿Se le olvidó que él le decía sangre sucia, que la miraba con desprecio, que él nunca estaría con una mujer-muggle como ella? La gente se besaba, y eso no significaba nada. Porque no había nada entre ellos. Pasó, ¿y qué? Solo quedaba la sensación de alguna reprimenda en la oficina del superior del Malfoy. Nada más. ¿Qué importa?
El cuarto día, Draco se encontró nuevamente con acumulación de trabajo. Hermione respiró tranquila cuando el muchacho se concentró en su espacio de escritorio, sin alzarla a ver. Hermione se imaginó muchas cosas, incluso entre sus imaginaciones aparecían fugaces imágenes de Ron y Lavender, y ella se erguía, levantaba una perspicaz ceja y se preguntaba qué hacían Ro-Ro y Lav-Lav en sus imaginaciones de ese día. Escuchó ruiditos, pero todo era parte de su imaginación. El Malfoy no había suspirado.
La siguiente etapa la estaba mortificando. No tenía que imaginar nada, solo debía recordar. Una lluvia de recuerdos y sensaciones: el calor del cuerpo, el olor a limpio, la fragancia masculina. La sensación de la piel que se erizaba, el tacto suave del cabello, bien recortado en la parte baja de la cabeza, el pecho que la cobijó por unos instantes. Los labios delgados, irresistibles, incansables, cálidos. Lo recordaba todo.
El quinto día, Hermione lo observó acariciar distraído el ala del hermoso búho y ahí se dio cuenta. La última etapa era el anhelo. Anhelaba besar a un Malfoy.
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Draco observó contrariado la escena. No había escritorio, o quizá las cenizas sobre las que Hermione se destornillaba de la risa, era el escritorio. La onda explosiva, así catalogó él el ataque, había alcanzado otros muebles de oficina, pero llamaba la atención la falta de escritorio y Granger riéndose como maníaca en el suelo, rodeada de una nube de polvo y ceniza.
Malfoy la observó con atención, desde su posición en la puerta no le veía el rostro completamente, pero entre la maraña de cabello y el hollín distinguió una mueca de sufrimiento, ¿o era verdadera felicidad? Sin duda, se trataba de algún tipo de polvo de la risa que la tenía así desde quién sabe cuándo.
Con su varita convocó a su lado la razón de aquello. Se aseguró de mantenerlo lejos de él, entre sus planes no estaba participar en el deplorable espectáculo que estaba dando Granger ahí tirada. Una GW se dibujaba al final de la carta que levitaba a unos centímetros de su rostro, tan solo decía:
―Tenías razón, el polvo de la risa es más barato en Estados Unidos―.
Draco supuso con éxito que mañana tendrían trabajo extra, por ahora, que Granger se las arreglara. Tal vez a alguno de los ujieres le diera pena y la ayudara, de seguro, lo harían si ella no los hubiese insultado. Sonrió y contempló por última vez el rostro desencajado de Hermione que se partía de risa, en sonoras carcajadas, pero con una terrible mueca de cansancio. –Pobre, Granger―pensó con malicia.
Se devolvió, tenía mejores cosas que hacer que escuchar a Hermione diciendo incoherencias o riéndose como desquiciada. Se acercó al elevador y percibió algo. Le faltaba algo, instintivamente se llevó la mano a la bolsa de su túnica donde solía guardar la varita, ahí estaba. Entonces, ¿qué había olvidado?
Se detuvo en seco, cosa rara estaba pasando. Él nunca olvidaba algo, pero la sensación de pérdida, de ausencia, no lo dejaba tranquilo. Para evitar las dudas, regresó nuevamente sobre sus pasos rumbo a la oficina de Granger, no necesitó cruzar el umbral porque lo recordó al instante. Era ese sonido. Lo que echaba de menos era ese sonido.
Se giró con rapidez, que Granger no se diera cuenta que había regresado. Una vez en la seguridad del ascensor, supo que extrañaba la risa de Granger. Quizá un efecto secundario de los polvos de la risa, a lo mejor aspiró un poco. Sonrió.
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No le importó la presencia de Draco Malfoy, ni los comentarios que su apariencia podrían provocar, entró a su oficina con un zapato en la mano y no tardó en deshacerse del otro.
―Estoy muerta―susurró, a modo de explicación, de saludo y de liberación de penas.
Draco la observó. Tenía los pies pequeños, ¿quién diría?
―Creo que Neville y Luna terminaron―continuó ella mientras se giraba para colgar su abrigo en el perchero.
―¿Estás compartiendo chismes de tus amigos conmigo? ―.
―Te cuento el próximo artículo de Parkinson, creí que te alegraría. Ya no serás el centro de atención de esa revista―.
―Eterna gratitud a Longbottom―gruñó Draco.
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―Vamos, Granger. Quiero esto terminado para hoy―siseó él, cerca de la oreja de la mujer.
―Ya lo terminé―murmuró ella, visiblemente incómoda. Malfoy caminaba junto a ella, golpeándola con su costado cada cierto tiempo, cada vez que debían girar en una esquina. La larga túnica del hombre rozaba la de ella y de vez en cuando, la mano de él se colocaba detrás de su cuerpo, como si quisiera empujarlo, tocarlo. Hermione sentía la sombra de la mano en su espalda baja. Era una tortura.
Adelante caminaba el asistente del juzgado, un hombre joven y extremadamente delgado, de mejillas sobresalientes y lengua sin trabas. Hablaba y hablaba sin darse cuenta del hostigamiento del que era víctima Hermione.
Draco había esperado el momento oportuno para lanzar su pedido a Granger. En una circunstancia normal, la muchacha tendría todo un arsenal para negarse con presteza, desde un rotundo no, imposible de cambiar, hasta un hechizo silenciador. Caminando en los pasillos del Ministerio, rumbo a las mazmorras, en compañía del bocazas del asistente, Granger tendría que aceptar.
Aceptaría realizar un informe sobre los negocios Malfoy.
―No quiero las mismas palabras del informe del Weasley. Mis negocios son distintos―siseó él por lo bajo. Mantenía su vista clavada en la prematura calva del asistente que hablaba sin prestarse más atención que a sí mismo.
―No me dejaste ver tus negocios. Solo me diste datos poco fiables―gruñó ella.
―No seas necia, Granger. Sólo haz tu trabajo bien―.
―Ese no es mi trabajo―.
―¿Qué dice, señorita? ―preguntó el asistente.
―Me comentaba la elegancia de su túnica―contestó rápidamente Draco―Me parece que está interesada en ella―le dijo al hombre con cierto tono de complicidad.
El hombre no disimuló su alegría y en seguida, empezó a parlotear de nuevo. Hermione pudo haber sobrellevado bien la situación, si no fuera por la terrible invitación que le hizo a visitar la tienda donde compró la túnica, dado el enorme interés que tenía―Esta tarde, señorita Granger. Estoy seguro que su incomparable opinión me será de gran ayuda para encontrar una túnica, para una ocasión especial, usted sabe―.
Draco sonrió para sí mismo.
―Oh, debe encantarte la idea, Hermione―.
La mujer lo fulminó con la mirada. Odió la forma en que pronunció su nombre. Odiaba toda la situación. Odiaba que la estuviera obligando. Odiaba estar al lado de un hombre como Malfoy, que hacía cualquier cosa por lograr lo que quería. Y ella era el premio. Bueno, el trabajo que hiciera era lo que Malfoy quería. Eso: trabajo. Ella era trabajo, buenos resultados en el trabajo.
―Lo lamento, no podré asistir hoy. Es día de trabajo y salgo hasta tarde―sonrió amable.
―Pero usted debe cenar, ¿no? La invito a cenar, señorita Granger―.
Hermione miró con molestia a Draco. Él le sonrió. Si bien era una invitación absolutamente ridícula que nunca aceptaría, le incomodaba la presencia de Draco Malfoy. Él había creado la situación y de seguro, aprovecharía para burlarse de ella después con algún comentario sobre las citas.
―Estoy seguro que le encantaría―intervino Draco, al extender el brazo en un ademán elegante, rozó la cadera de Hermione. Intencionadamente, ella lo supo.
―Por supuesto―gruñó ella.
―Oh, pero debes entregar un informe―dijo Draco, su sonrisa se encrudeció.
―Lo terminaré pronto. No hay problema―sonrió ella.
―No lo creo―se giró hacia el asistente que los miraba expectante―No podría permitirme la falta de ella esta noche―. Y Hermione comprendió el doble sentido que llevaba aquella frase, el asistente también.
―Por supuesto―el hombre reanudó el paso, algo cohibido. Dos pasos después, había retomado su monólogo sobre los juicios a encantadores de animales del Siglo XVII.
―Como no tienes vida sexual, sé que olvidarás esto pronto―sonrió Draco por lo bajo. Hermione le dio un codazo.
―Ni loca haré un informe tuyo―.
―No te quiero loca―susurró Draco.
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―¿Tienes todos los nombres? ―Hermione asintió. Draco la observó con atención. En algunas ocasiones, Granger no llevaba túnica a la oficina. Draco podía conocer la carga de trabajo por la vestimenta de la mujer. Cuando llevaba ropa muggle, como los vaqueros y la blusa rosa-pálido que se había puesto ese día, había mucho trabajo. Mucho. Llevaba el pelo en una coleta alta, permitiendo que mechones se le escaparan por los lados y el rostro concentrado. ―Déjalo, yo me encargo―.
Ella no le prestó atención.
―Granger, no seas necia―dijo malhumorado, se acercó a la mujer y para su sorpresa, todo estaba en orden. Al parecer, Hermione no había desperdiciado el tiempo. Todos y cada uno de los nombres y señas características de mujeres desaparecidas o aún cautivas en Azkaban estaban en completo orden.
Todo buen abogado sabe que no se puede salvar el mundo, pero se puede tratar de hacer lo correcto. Un paso a la vez. Hermione pretendía mejorar la situación de una mujer. Una única e insignificante mujer, un único caso. Pero que podría dar pie a toda una reivindicación de derechos y libertades a otras mujeres, que Hermione se había encargado de identificar, enlistar, archivar.
―Yo me encargo―repitió Draco, ante la negativa de Hermione agregó molesto―¿O conoces a suficientes abogados londinenses que puedan hacerse cargo de los casos? ―.
Hermione dejó el expediente al alcance de la mano de Draco, que lo clonó con el conjuro Gemini y lo colocó bajo el brazo.
―Coméntale a mi madre lo que has hecho―.
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―¿Qué tienes en la cabeza? ―gruñó Draco.
Hermione lo miró molesta. Algunas personas que iban pasando por el pasillo, se le quedaron viendo. Hermione se apresuró a entrar a la oficina, Draco hizo lo mismo. Se giró para contestarle, pero el hombre no le dio tiempo:
―¿Por qué le contaste a mi madre que me habías besado? ―.
Ella se ruborizó. ―Me gusta contarle cosas―se arrepintió al decirlo.
―Prefiero que no le cuentes cosas sobre mí―dijo cortante.
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Irritado. Se preguntó por qué había tardado tanto en encontrar una palabra que describiera su estado de ánimo. Realmente, Hermione Granger lo estaba sacando de las casillas. Con un violento ademán abrió la puerta de su oficina, no escuchó las quejas de su asistente, decía algo sobre un almuerzo. Solo quería estrechar el cuello de la abogada de su madre.
De pronto se giró, encaró a la hermosa bruja que trabajaba como su asistente y le lanzó con furia:
―Nadie entra a mi oficina―.
Encontrar a Hermione Granger con la cabeza metida entre un grueso libro no aplacó su molestia. La muy descarada hasta lo ignoró.
―Mejorarás tus modales o traeré todos mis enseres a esta burda oficina―Hermione levantó la cabeza, lo miró burlona. Draco Malfoy, usualmente elegante y pálido, llevaba el cabello despeinado y la mirada ardiente; el tono de voz, que le conocía tan bien, se acentuó.
―Baubo te trajo un paquete―sonrió Hermione, saboreó el segundo que duró la mueca de estupor y sorpresa que corrompió el rostro del Malfoy.
Draco apretó con fuerza sus puños. No le preguntaría a la desfachatada de Granger quién era Baubo, no caería en el jueguito de ella. Sintió un profundo calor bajar por su garganta, recorrer todo su cuerpo y acomodarse en sus puños. Él jamás, jamás, llamaría a Niágara, su hermoso ejemplar de búho negro, como la vulgar diosa griega de la obscenidad: Baubo. Granger se las pagaría.
―Quiero de regreso mis dragones, Granger―gruñó él, le sonrió con malicia―Tienes el día de hoy para devolver mis dragones a mi oficina. Una única oportunidad para que mejores tus modales―.
A la mujer se le escapó una pequeña sonrisa. Había tardado un poco en perfeccionar y en llevar a cabo su plan de rescate de sus dragones, pero por fin, tenía todos bajo su poder, seguros en su biblioteca. No había sido nada difícil escurrirse en la oficina del Malfoy y tomar lo que le pertenecía, sin que él lo notara.
―Entre mis enseres, cuento a mi elfo doméstico―dijo Draco, con aquel arrastre de palabras.
Hermione se irguió completamente, lo miró molesta.
―Liberaré al elfo doméstico que ponga un pie en esta oficina, Malfoy―el Malfoy siguió con cautela el veloz movimiento de la varita de la muchacha, que hizo aparecer un gorro tejido de lana. Ante la ocurrencia de la mujer, Draco Malfoy estalló en una sonora carcajada, su cuerpo se liberó de la tensión. Era el gorro de lana más horrible que había visto en todo su vida.
―No estoy bromeando―.
―Ni yo, Granger―dijo él, elegantemente recobró el aire―Tienes el camino libre para ir a la pocilga que tienes por casa…―Draco se detuvo, miró con atención el paquete que le habían enviado a través de su búho Niágara, recordó que había estado intercambiando cartas con sus compañeros del colegio.
El paquete envuelto en seda verde, sujeto con listones plateados, en el centro tenía plantado el sello de la familia Zabinni.
―A la Mansión―murmuró Draco mientras atravesaba la oficina hasta el paquete, el búho ululó―Dije que los quería en la Mansión―dirigió una sombría mirada a la castaña. Él había revisado, minuciosamente, tantas veces la correspondencia de Granger, que era imposible que ella no hubiera hecho lo mismo con la de él.
La castaña intuyó los pensamientos del Malfoy, porque le riñó con los ojos. Ella era incapaz de hacer tal vileza.
―Son felicitaciones, Granger―gruñó él, se sentó en su silla y abrió el paquete―De la madre de Blaise, espera que puedas hacérselas llegar a mi madre―.
―Entiendo―dijo ella en voz baja. Le daba mucha curiosidad aquel extraño paquete, tan personal, tan íntimo. Lo miró de reojo, realmente no quería parecer maleducada, pero la tentación por saber más le estaba ganando.
Malfoy apartó la cajita rectangular, presente para su madre, que guardaba seguramente un libro, o bombones, y leyó la carta con detenimiento.
―Debo partir―dijo Draco al terminar de leer. Hermione alzó las cejas, se miraron, sorprendiéndose de encontrar la misma expectativa en los ojos de ambos.
Una separación. Algún asunto absolutamente personal del Malfoy lo llamaba, algo impostergable, importantísimo. ¿Qué podría ser? Ni siquiera se atrevía a imaginar qué podría ser tan importante para requerir la presencia del Malfoy. Descartaba cuestiones familiares, si algo ocurría en la familia de Draco, que se limitaba a Narcissa y Andrómeda, ella sabría. Sobre el trabajo, después de haber hecho el informe de los negocios del Malfoy, estaba bien enterada de lo que ahí ocurría. El paquete celosamente decorado con seda verde, el sello de la casa Zabinni… era un asunto personal de Draco. Un tema del que ella desconocía por completo: sus amistades.
¿Le quedaban amigos a Draco, algún Slytherin mantendría contacto con él de forma desinteresada? Se reprochó sus pensamientos. Ella no era quién para juzgar, para opinar de aquel asunto. En la vida de Draco Malfoy, ella era una mujer –seguramente considerada inferior-crucial para la libertad de Narcissa, nada más. Nunca una amiga.
Se iba. Draco Malfoy se marchaba. Hermione podía ver la misma turbación que ella sentía, arremolinada en su pecho, en los orbes grises de Draco. El mismo suspenso, la cadencia de la respiración de ambos, amortiguada por la densidad del aire, atiborrado de expectativa, de temor, de dos soledades que se necesitan.
Hermione supo que había algo más. No era un simple capricho, todo tenía un significado, respondía a un orden, especialmente trazado, desde que se cruzaron en los pasillos del Expreso a Hogwarts, cuando tenían once años. Ella no quería que se fuera, lo mismo él. Pero ninguno de los dos estaba encaprichado, ni uno quería molestar al otro. Simplemente, era seguir juntos.
No se veían como amantes que se deben separar; los ojos de ambos, se perforaban como almas que se quieren retener.
―Blaise se casa―habló Draco, seco.
―¿Con quién? ―.
―Daphne Greengrass―.
Conversación que no debía interesarle a la castaña, pero la necesitaba para retenerlo, para acercarse a él. Draco necesitaba decir algo que le permitiera faltar a la boda.
―Claro, la recuerdo―dijo Hermione, seca.
Antes de que Draco pronunciara la fecha de la boda o de su partida, Hermione habló:
―La audiencia preliminar es el 27―.
―¿Está todo listo? ―.
―No―. Quiso mentirle, pero no pudo.
Draco dejó de lado el paquete y buscó los expedientes preparados para el juicio, la necedad de Hermione con el tema era tanta, que había planeado todos los escenarios posibles y todas las posibles palabras que podría pronunciar el juez. Habían varios tomos por revisar.
―Yo… cre…―empezó tímidamente Hermione―Debes ir―.
―Si Blaise ha heredado algo de su madre, ese matrimonio no durará mucho. Dará lo mismo un matrimonio que un entierro―.
Hermione lo miró horrorizada, pero se sintió aliviada. Con premura los dos se prepararon para afilar los últimos detalles. Draco Malfoy rechazó la invitación, alegando su necesaria presencia en el juicio de su madre. Con aquella decisión, se perdió de conocer a la encantadora Astoria Greengrass.
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―Hablé con Ron―dijo Hermione cuando el muchacho entró. Draco supo que él había sido el tema de aquella conversación.
Hermione soltaba esas frases cuando necesitaba justificarse, seguramente, se esperaba que Draco la riñera por pasar tiempo con sus amistades en horas laborales. El hombre la miró insistente, sin dejar de notar los ojos rojos y las mejillas encendidas de ella.
―Bueno, a pesar de tus serias falencias yo no lloré con el beso que me diste―dijo él, sentándose en su silla. Hermione lo miró entre sorprendida y molesta, se ruborizó levemente y trató de esconder el pañuelo con que había estado secando sus lágrimas. Bufó.
―Hablamos sobre George y sobre él y yo. No todo gira alrededor de ti―gruñó Hermione―Y no estoy llorando―. Desde su lujoso asiento, Draco expandido cómodamente, le dirigió una mirada un tanto oscura.
―Míralo como quieras. Pero sé que tus pensamientos, y lamentablemente, los de ese tienen mi nombre―.
Hermione rodó los ojos. ―Te equivocas, Malfoy. ¿Hablaste con la seguridad del Ministerio? No permitiré que la silla de los testigos tengan caden…―.
―Sí, Granger. Ya me echaste esa parla y ya se la repetí a los ineficientes del Tribunal―antes de que Hermione le exigiera que le contara todas las muecas que hicieron los funcionarios, agregó: ―¿Qué opina Potter? ―.
―Ya sabes, me pareció que leíste la carta que me envió―Hermione lo miró molesta, reclamándole nuevamente. El día anterior Malfoy había leído las sinceras felicitaciones y pareceres que Harry le escribió sobre el caso de Narcissa.
―Leí la carta, Granger―dijo el rubio sin pizca de vergüenza, ello lo fulminó―Pero me refiero al asunto de tus pensamientos―le sonrió―El otro tema que hay entre nosotros―siseó.
―No hay otro tema entre nosotros―rezongó ella―Te permito la entrada a esta habitación porque eres el hijo de Cissy―.
―Ya―interrumpió él, le sonrió―llevas este caso, porque es mi madre―dijo burlón. Hermione se sorprendió. Giró el rostro y trató de encontrar su pluma en una de las gavetas colaterales del escritorio.
Minutos antes había discutido fuertemente con Ron sobre el beso que le dio al Malfoy. Ron le pedía cordura, fuerza, que evitara el hechizo del Malfoy. Le habló en buenos términos de Narcissa, pero le pedía más mesura con el hijo. Hermione no entendió el término mesura y la explicación que Ron le dio, no le hizo mucha gracia. Ron no sabía nada de mesura: ¡él se comía vivas a sus novias, cada vez que podía!
―Estoy cansada―.
―Son horas de trabajo, Granger―no estaba dispuesto a permitir que Hermione se saliera con la suya―Y deja de llorar―.
―No te importa lo que haga o deje de hacer. Si me da la gana, lloro, Malfoy. No creas que tu indeseada presencia me amedrantará―gruñó ella, tenía muchas sensaciones reprimidas y lo último que necesitaba era otra discusión que haría florecer unas cuantas lágrimas más.
―Indeseada presencia―protestó Draco, el ambiente se tensó―¿Indeseada presencia? ¿Eso soy? ―Hermione adivinó el tono de molestia y desprecio que utilizó. Decidió no pensar.
―No―dijo Hermione rendida. ―No importa lo que yo piense ―.
―Pero sí importa lo que piense la comadreja―Draco cambió de posición en su asiento, erguido, tenso, listo para atacar―Porque Ron Weasley sabe quién soy―dijo lleno de sarcasmo―Si él decide que no soy bueno para ti, le obedeces. Seguro te enojaste por la forma grosera en que lo dijo, pero no por el mensaje, ¡compartes el mensaje! ¿Necesitabas que alguien me catalogara de indeseado?―.
―Ya, cállate―dijo Hermione.
―No volverá contigo, Granger―dijo Draco, sus labios se fruncieron―Sortilegios va bien, Brown está en Londres. No necesita a una mujer que piensa en mortífagos al lado de él―.
―No te estoy pidiendo consejo―.
―No te lo daría―dijo por lo bajo. ―Sólo quiero que veas la realidad―.
―¿Y cuál es la realidad? ―preguntó burlona ella.
―Esto, Granger―la miró profundamente, expandió los brazos, como señalando la oficina―Que tratas de sacar de la cárcel a mi madre, que Potter te felicita, que Weasley no entiende de esfuerzo ni ve todo tu trabajo, y que yo estoy aquí―.
Hermione le devolvió la misma mirada intensa. ―Será mejor que veas la realidad también―dijo ella, seria. ―Tengo mucho trabajo que hacer y quiero estar sola―.
Draco rodó los ojos, tomó su abrigo y se dispuso a salir. ―No tendrás tanta suerte, Granger. Los hijos de tus próximos clientes no serán tan atractivos como yo―.
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―Deberíamos recibir algún tipo de bonificación por nuestro trabajo―.
―No hemos hecho nada, Malfoy―repuso Hermione.
―Que no consideres trabajo tu trabajo no es mi asunto, pero sí hemos trabajado en esto―.
―Lo hemos apoyado con un poco de asistencia legal. No pediremos ningún tipo de compensación, Nos basta con que sea feliz―.
―Te basta a ti, Granger. A mí eso me trae sin cuidado―.
Hermione rodó los ojos.
Habían llegado a un acuerdo tácito, una especie de tregua. Permitían que sus ojos transmitieran sus sentimientos, que el otro los viera y decidiera qué hacer. Sin embargo, como ninguno cedía o hallaba camino que seguir, volvían a lo de siempre. Sin más.
Ignoraban todo lo que había pasado. Se esmeraban en no recordar besos, ni insultos, ni las caricias que Draco daba al aire y que Hermione rechazaba. Ignoraban todo, y se quedaban con los momentos donde no había tensión, simplemente hablaban, como si no hubiera más entre ellos.
―Por eso lo presentaste a ciertos conocidos tuyos que han publicit…―.
―Granger―la detuvo―Ya veo porque te gustan las idioteces que escribe Pansy. No tienes ni idea de cómo hacer negocios. Obviamente estos conocidos míos me están agradeciendo el cliente que les conseguí de alguna forma―.
―Yo no hice ningún favor. Cumplí con mi trabajo y no le cobraré nada a George―respondió ella, retomando su argumento principal.
―Entiendo―sonrió Draco, se acercó un poco más a ella, dijo suave: ―Yo no trabajo aquí, pero te ayudo con tus asuntos―Hermione lo miró desconfiada―Dado que no somos amigos y dedico tanto de mi valioso tiempo a corregir tus fallas, creo que debo cobrarte, Granger―Hermione sintió reseca la boca, la mirada gris, clavada en los labios femeninas.
Y los momentos sin tensión se acababan.
oOoOo
Y una mierda. Hermione Granger jamás aceptaría algún tipo de contacto físico con él. Se habían besado, y a ella no le importaba. Seguía siendo la misma, la misma Granger que no permitiría que él la tocara.
Su comportamiento fue más que comprometedor, revelador. Si Hermione guardaba alguna duda, ya no le quedaría ninguna. No debió levantarse con tanta violencia del asiento. Hermione abrió mucho los ojos, luego los entrecerró, frunció los labios, y en menos de un segundo, ya estaba concentrada en su trabajo, ignorándolo. Decidida a no darle ni una explicación, ni a concederle nada.
Estaba atrofiado, socialmente atrofiado. Necesitaba salir más, hablar más, socializar, algo estaba mal en él. Porque solo a un subnormal se le ocurriría tratar de acariciar a Granger. Una mierda, ni siquiera fue una caricia, simplemente quería tocarla.
Y qué demonios significaba un: ―No quiero, Malfoy―. ¿Quién le estaba preguntando si quería o no? A él nunca le preguntó, simplemente lo agarró por la nuca y lo besó. Poco le importaba si ella quería o no.
En medio del estupor y la molestia que sentía al haber sido rechazado tan abiertamente por Hermione, revivió el recuerdo del beso. Trató de explicarse a sí mismo, por milésima vez, aquella desconcertante actuación. Granger se equivocó. Aquel día, en el Ministerio, Granger había besado a la persona incorrecta, y aunque la pregunta que lo torturara debía ser: ¿con cuál de los fracasados amigos lo había confundido?; porque Granger debía amar en secreto a Potter o al insulso de Longbottom; solo pensaba en lo que Granger podría sentir por él.
Lo besa, y después, que no quiere. Esa era la vida de Hermione, un día se despertaba, decidía darle un beso, el otro día, lo rechazaba y apartaba la mano como si él quemara, como si él fuera la plaga personficada. ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? Se veían todos los días, y nunca se habían tocado. Porque ella no quería.
Aquel día, en el Ministerio, Granger, deseosa por besar a la comadreja, cierra los ojos y lo besa a él, Draco Malfoy. Y él le responde el beso, recuerda el beso y anhela el maldito beso. Pero ella no quiere un simple toque.
Porque ella era la perfecta Granger, la que siempre cumple las reglas, la amargada Granger, la que riñe a todo el mundo, la santa Granger, la que lo desprecia. La maldita Granger que espera a quien sabe cuál papanatas se fije en ella, cuando lo tiene a él.
Cómo saber si se había enfurecido o estaba azorada, si escondió el rostro entre la maraña de pelo y el libro que leían juntos, escasos tres minutos. Cómo saber qué hacer con Granger ¿Le odiaba y simplemente le toleraba por educación? A veces, retomaba sus primeros pensamientos, todo era parte de la venganza de Granger contra su familia.
Sobre el aprecio a su madre no tenía dudas, Granger la quería. También había querido a Sirius Black y sentía aprecio por su tía Andrómeda y su prima Tonks. Inclusive guardaba respeto por el terrible elfo doméstico de los Black. Él también era un Black, y ¿qué recibía de Granger? Desprecio. Y bien merecido.
―Qué manía, Granger―dijo―Ni que dieras asco―.
―Creí que a ti sí te daba―respondió ella inmediatamente, lo miró desdeñosa.
―Hay cosas que me molestan, pero no lo definiría como asco―ladeó un poco el rostro.
―¿Y debo mostrarme alegre? ―dijo ella sarcástica.
―Agradecería que te mostraras interesada―.
―¿Interesada en qué, Draco? ―.
―Qué sé yo, Granger, ¿en la vida fuera de esta oficina, en el azul del cielo? ―.
Hermione hizo una mueca despectiva. ―No me liaré contigo―.
―Vamos, Granger. Que no te estoy pidiendo matrimonio―.
―¿Y qué me estás pidiendo? ―la muchacha lo apremió con un movimiento de cejas, levantándolas exageradamente.
―Un beso―dijo él, serio―Y que me dejes tocarte―.
―Ya―Hermione lo pensó. Draco la observó atento, realmente la muchacha lo estaba pensando. Cuando pensaba algo con detenimiento, su rostro se veía concentrado, sus ojillos agudos y la lengua lista para responder:
―No me liaré contigo, porque eres un cliente, es poco profesional―Draco bufó―Además, eres hijo de Cissy, creo que me daría pena contarle―el bufido que procedió a este comentario, estuvo cargado de burla―Ron y Molly me matarían, Ginny me haría esa cara de "te lo dije" que no me agrada―él sonrió―Ah―dijo suavemente, con algo de inocencia, sin embargo sus orbes estaban endurecidos―No quisiera que me reprocharas todo, cuando estés pensando con la cabeza―.
Se maldijo a sí misma por no haberle podido decir lo que realmente quería. Que le daba miedo que la llamara sangre sucia, después de besarse, después de que él supiera lo que ella sentía.
―¿Y con qué se supone que pienso? ―dijo él―Creeré que es obra de una de tus famosas pócimas de amor ya que dudas de mis capacidades mentales―.
―Mira, Malfoy. Toda la vida he dudado de tus capacidades mentales. Pero ahora más―.
Para desagrado de la castaña, él sonrió.
―Debo salvar el poco orgullo que me queda contigo―dijo suave, en un ronroneo―Tendré que probarte otras de mis capacidades―y ahí estaba la pedantería. Hermione rodó los ojos. Él continuó:
―La oferta no durará por siempre―ella asintió―No pido una cita, ni nada que implique verte la cara después del horario de oficina―ella bufó―Solo quería besarte, Granger. Ni siquiera corrías el riesgo del ridículo o que tu jefe te viera. Yo no te expondría a eso―.
―Lo siento―murmuró ella, con sinceridad. Él lo supo.
―En fin, retiro la oferta―ella lo miró con seriedad―Granger―atrajo la atención―Créeme que entiendo bien las indirectas, cuando son claras, por supuesto―sonrió. Y aquella sonrisa no le gustó nada a Hermione, nunca se la había visto, parecía resignado, dolido.
―No es un buen momento―.
Draco ladeó el rostro―No me das asco, tienes la misma piel que cualquier persona―Hermione supo que sería lo máximo que obtendría de él sobre el reconocimiento como una igual―Lamento que mi roce te moleste―.
Hermione se repitió por enésima vez que su actuación estuvo bien. La rapidez con que apartó su mano y su cabeza fueron las correctas, las adecuadas. Pero en el fondo, sabía que se había apartado como si le diera asco que Draco la tocara. A ella, una sangre sucia, ser tocada por el representante del desprecio y del racismo, le dio asco. O le dio miedo. No estaba segura ni de cómo catalogar al Malfoy.
No tenía palabras para responderle al Malfoy, asintió a modo de despedida y continuó con su lectura. Draco Malfoy salió de la oficina, con paso firme. Lo había intentando, al menos.
oOoOo
Tenían fecha para el juicio. Dos magos y una bruja se encargarían de juzgar. El caso se había anunciado en el diario El Profeta, y para sorpresa de Hermione, no habían hecho mucha bulla.
Hermione observó todas las cosas listas sobre su escritorio, hasta la túnica que usaría ese día estaba escogida.
Draco desde la ventana sonreía satisfecho.
―Creo que vamos a ocupar unas vacaciones de negocios―sonrió la castaña.
Draco la miró como si hubiera dicho algo terrible. Todos las mañanas se repetía esas mismas palabras. Él tendría sus ansiadas vacaciones de negocios con su madre, en cuanto esta estuviera libre. Nada de Granger. Un terrible pensamiento lo atravesó, debía idear una solución.
Su plan para ahuyentarla del caso, nunca funcionó. Sus intentos, le dieron más vida al esfuerzo de la mujer. Debía encontrar una forma para evitar las visitas de cortesía, los encuentros inesperados, el correo...
¿Cómo haría para librarse de Granger cuándo el juicio terminara?
Hola. Debo admitir que me he sentido nerviosa al escribir este capítulo, espero seguir manteniendo su atención.
Hace poco estuve en vacaciones y ahorita finalizo una semana de descanso obligatorio; llegué a la conclusión de que soy productiva –para los fics- en época de exámenes finales de la u. Pido disculpas por las demoras en la actualización, mi intención era hacerlo rápido. Pero me topé con una operación y debí guardar cama por unos días. No es nada grave, así que tranquilas, todavía no se podrán librar de mí :P
Les doy mil sinceras gracias por su lectura y por el tiempo que se toman dejando un review o agregándolo a favoritos. Realmente, uds hacen que la vida brille más (:
Pues, Narcissa ayudó a conciliar a estos dos y se acerca la fecha del juicio. Seguimos con este "estirayafloje" hehe. Traté de mantener el comportamiento de Draco y de Hermione como de adultos. Yo creo que a cierta edad uno deja de ruborizarse por todo y se hablan las cosas más claramente, bueno, estos chicos están en media veintena, y traté de que la conversación fuera de "adultos". Uds dirán si lo fue, (:
Les pido que recuerden que Draco lleva mucho tiempo solo, alejado de la comunidad mágica, y Hermione está entregadísima a su carrera, realmente no hay pretendientes a la vista para ninguno, solo se tienen ellos, pero es que son necios y no se quieren bien, jeje.
Ya saben, cualquier duda, sugerencia, comentario, será bien recibido, y prometo responder. :) se les aprecia mucho, todas y cada una de sus opiniones son muy valiosas para mí.
Estoy como loca por Pottermore, amo mi Nick y ya quiero entrar, ¿a alguna ya le llegó el correo de ingreso? Tengo ganas de ser una estudiante de Hufflepuff, me encantaron las fotos de la Casa Común, ¡tan agradable! Pero espero que los miles de test que he hecho no me engañen, y finalmente sea una Ravenclaw. ¿Uds en cuál casa quieren estar?
Chicas, y chico! :D Mil gracias por su lectura, por el tiempo dedicado y por tenerme paciencia con la actualización de nuevos capítulos.
Se les quiere. Saludos, espero que estén bien.
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PD: el próximo capítulo tal vez Hermione se vea amenazada y muy vulnerable, y Draco sabrá lo que es la impotencia. No lo sé, lo estoy pensando. Hice un esbozo y no me gustó mucho, pero prometo esmerarme en este tema.
PD 2: Los reviews son gratis :D
¡Saludos!
