INFERNUM. REDEPMTIONIS.
Capítulo 9
Amor a primera vista
Sentir el ligero peso de Candice sobre su hombro durante el vuelo fue el perfecto antídoto al miedo de Archie. Ella parecía comprenderlo; siempre había sido una parlanchina, sin embargo, había comprendido el limitado deseo de Archie para conversar. Y es que… los vuelos seguían provocando que sudara frío, las horas le eran eternas y su pecho se henchía -aunque de miedo-. Ella sostenía su mano con tal firmeza y ternura que Archie no podía dejar de maravillarse de la extraña mezcla de fuerza y delicadeza que siempre había encontrado en Candy.
Por un instante, solo por un breve y maravilloso instante ella era nuevamente una chica con entereza y Archie olvidó la observación de Patricia sobre el mal momento que sospechaba en la vida de la rubia. Tal comentario pesó solamente hasta que la voz del piloto les anunció el descenso en el aeropuerto O´Hare. La sintió temblar con cierta delicadeza, entonces, dejó de percibir que la unión de sus manos era para darle apoyo; un helado escalofrío lo recorrió a toda prisa cuando ella apretó su unión con tal necesidad y miedo que no se dio cuenta que se había quedado petrificada.
La elegante y formal personalidad de Archie le impidió bromear para relajarla; buscó algo lindo para decirle, algo agradable para distraerla, algo tierno para reconfortarla. Levantó delicadamente el rostro de la mujer para obligarla a mirarlo y el innegable sufrimiento que encontró en la verde mirada lo paralizó por un momento. Se sintió casi desesperado porque todo lo que se le ocurría le parecía poco; ella merecía sonreír por siempre, no tener la vista obnubilada, mucho menos, por esa lágrima que se esforzaba en ocultar.
Candice descubrió la paradoja de Archie; la dulzura en los ojos detrás de la montura de los anteojos Prada frente a ella la desarmó por completo. Ni siquiera percibió que una sonrisa se esbozaba en su rostro. Archivald se sintió poderoso al haber provocado una sonrisa en la mujer de sus sueños, jamás imaginó que con solo mirarla lograría semejante reacción en ella. La atrajo con delicadeza hacia su pecho y sin decir palabra alguna cubrió la menuda figura femenina con sus brazos. La sintió tranquilizarse, ella confiaba en él, de eso no cabía duda; él se prometió que jamás traicionaría esa confianza. Fue un extraño momento; él podía tener los más eróticos deseos, los más atrevidos pensamientos, podía desnudarla una y otra vez en su imaginación, podía pretender hacerle el amor de todas las maneras durante las húmedas noches de insomnio por ella, pero esta tarde, mientras la luna empezaba su nocturna travesía, Archie solo quería mantenerla segura en sus brazos, hacerle saber que ya no estaba sola y al mismo tiempo convencerse a sí mismo de que él tampoco estaba solo. La soledad de ambos era parte del pasado.
Sintieron el tren de aterrizaje hacer contacto con la pista. Esta vez fue Candice quien sintió el estremecimiento de Archie. Él la ciñó con mayor firmeza y permanecieron así hasta que la avioneta se hubo detenido.
Archie no quería parecer demasiado aliviado por el aterrizaje, deseaba ser fuerte para ella; aquellas palabras de advertencia de Patty sonaron nuevamente en su memoria, sus ojos se ensombrecieron, tenía que averiguar lo que apesadumbraba a Candice, pero le daría tiempo para que ella tomara la iniciativa.
- Vamos Candice – él se puso de pie y le extendió la mano para ayudarla a levantarse.
Tan pronto estuvo de pie, tomó su mano y la posó con delicadeza sobre su brazo; ella se sonrojó al percibir los bien trabajados músculos. Durante el vuelo, enfrentándose a sus respectivos temores, ninguno de los dos había prestado atención a tales detalles, sin embargo, era imposible no hacerlo en este momento. Archie notó de inmediato el suave rubor en las mejillas de Candy y su ego se fue hasta el cielo; finalmente, ella era uno de sus motivos principales para mantenerse atractivo.
Ninguno de los dos se había preocupado previamente por el pronóstico del clima y, a decir verdad, tampoco prestaron atención al reporte del piloto cuando anunció su llegada, así que, tan pronto la portezuela se abrió, un aire helado irrumpió hasta la médula de la pareja. Para Candy no fue una sorpresa sentir de inmediato el calor del abrigo Gucci de Archie arropándola con ternura y devoción. Un muy extravagante y sofisticado aroma bailó en su nariz penetrando hasta aquél travieso rincón que despertaba en ella sus más atrevidos sueños; todo lo que deseó por un momento fue envolverse en Archie… de ser posible, dormir a su lado esta noche.
La limusina avanzó abriéndose paso bajo una suave nevada. Archie estaba viviendo la más grande de sus fantasías. Se sentía un adolescente que lleva por primera vez a una chica a su cama. Esta mujer lo enloquecía, y esta noche la tendría para él, tan solo para él.
-Pero es Candice -meditó- quizás debería ir más despacio; ella no es mujer de una sola noche. No, ella es la que ha deseado para siempre en su vida.
Ella ni siquiera se atrevió a proponer que Archie la llevara a su antiguo departamento; en silencio se preguntaba si su compañero tendría las mismas interrogantes que ella; en la intimidad de sus pensamientos solo imaginaba en revivir aquella noche parisina.
Él deseaba ser un caballero con Candice y se debatía en la ardiente necesidad por ella. De hecho, moría de ganas por poseerla ahí mismo si fuese posible, por estrujarla, morderla, succionarla, hasta que hubiese tomado todo de ella. En realidad, con tales pensamientos, fue incapaz de evitar ese delicado dolor en su entrepierna. Afortunadamente, el abrigo escondía muy bien la causa, no deseaba que Candice lo descubriera. Quizás, si hubiese adivinado que los pensamientos de la médico no eran nada castos y que ella misma se sonrojaba con la humedad que sin previo aviso invadía su más íntimo rincón… quizás… quizás si lo hubiese descubierto, ese asiento trasero habría sido testigo de la explosión de un deseo que había sido sentenciado a permanecer cautivo durante años.
Él la abrazó como quien cuida su tesoro más preciado, ella se sonrojó y él se sintió el hombre más afortunado de la tierra. Levantó cariñosamente su rostro mirándola fijamente con total veneración, acarició el rubor de su mejilla y después, obedeciendo a sus impulsos, Archie la besó como nunca antes lo había hecho. Ella sintió sus labios sensuales ardiendo y bailando sobre los suyos y respondió permitiendo el paso de su lengua para que él la invadiera; él se sintió más vivo que nunca cuando con escrutinio atrevido exploró cada rincón húmedo de la boca que le correspondía cada vez con mayor urgencia. Las manos de ambos se movieron olvidándose de toda decencia: él primero acarició las piernas de Candy odiando esos jeans que protegían sus bien torneadas piernas, subió lentamente por debajo del abrigo y la sintió estremecer cuando con delicadeza posó su mano varonil en atrevidas caricias sobre sus firmes senos. Él tuvo miedo y de inmediato retiró su mano como respuesta pues lo último que deseaba era ofenderla con su atrevimiento; para su sorpresa, la mujer que ya temblaba en sus brazos emitió un gemido que lo estremeció más allá de lo imaginable. El cuerpo de Candy se acercó peligrosamente, como si deseara de una vez por todas fundirse con él, como si ella no estuviese dispuesta a esperar más. Para Archie era muy complicado intentar controlarse, de hecho, no deseaba hacerlo, quería explotar con ella.
Para cuando llegaron al edificio del departamento de Archie ya ambos estaban ebrios de deseo, a la expectativa de lo que pudiese ocurrir, ninguno de los dos se atrevía a pensar, o siquiera a planear el encuentro… jamás había deseado tanto Archie que la noche fuese lenta.
Ella se quedó de una sola pieza cuando entró al departamento. De inmediato sintió celos imaginando, tratando de adivinar cuántas mujeres habían estado ahí, pero se apresuró a sacudir su cabeza para eliminar semejantes pensamientos. Hoy ella era la protagonista de su más loca y a la vez real fantasía… al diablo con todas esas hermosas mujeres que sin duda habían estado ahí antes que ella.
-¿Qué te parece? – los ojos de Archie hablaban solos. Era obvio que estaba esperando un halago por tan bello departamento.
-Es justo como te veo. Éste eres tú – le respondió mientras con aire de orgullo pasaba su dedo índice por una de las medallas de esgrima –. Todo esto, cada pieza, cada detalle en su lugar correcto, con elegancia, con el balance perfecto entre sencillez y opulencia, todo me grita que eres tú quien habita en este departamento. Si hubiese llegado aquí por casualidad, de inmediato habría pensado en ti – ella se acercó curiosa a la espada dentro de la caja de cristal y sonrió con nostalgia. Archie supo que lo había descubierto.
Él la atrajo hacia él con recelo. Había tal posesión en su abrazo que no percibió que la fuerza era demasiada.
-No, Candy, no – pensó – ni siquiera por un segundo quiero que pienses en ese actorcillo de quinta. No lo hagas, mi gatita-.
-¿Qué sucede Archie?
-Nada – él, con desmedida caballerosidad quitó su pesado abrigo de los hombros de Candy y después lo puso con cuidado sobre el sofá que gobernaba la estancia -. Te serviré una copa de vino – Archie no dudó ni por un instante tomar de su pequeña y por demás exclusiva y elegante cava un Richebourg Grand Cru. Lo había estado guardando como un tesoro, y solo sería capaz de compartirlo con ella.
Ella estaba anonadada con la elegancia de los movimientos de Archie. Aunque se esforzaba por sonreír y por supuesto que estaba feliz, ella era capaz de reconocer que había un velo de tristeza en sus ojos. Quizás era porque finalmente, se leería el testamento de Stear, eso significaba que tenía que dejarlo ir.
La piel se le erizó cuando los ojos de Archie viajaron con seducción sobre su cuerpo. Se sintió femenina, deseada, bella. Él extendió la copa hacia ella y ella la aceptó extasiada por el arrebato de la presencia masculina. Él estaba a punto de volver a besarla cuando alguien llamó a la puerta. Ambos se sintieron como niños descubiertos en una travesura y sonrieron con picardía.
-Pasa, Danny – un joven de elegante traje ejecutivo apareció con aire ceremonioso mientras que un mozo empujaba un carro de servicio. Ambos, tras una ceremoniosa reverencia, en completo silencio, se dirigieron al comedor, y abrieron las cortinas para dar paso a la bella vista nocturna de la bahía a través de los grandes ventanales; era una postal bastante romántica, aún con los suaves copos de nieve cayendo sensualmente.
-Entonces… - él acercó para atraerla hacia él por la cintura y ella sonrió divertida tras la seductora pose de Archie - ¿En qué nos quedamos?
-Creo que ibas a besarme – respondió ella ofreciéndole sus labios.
-No.
-¿No? – respondió decepcionada.
-No – él la ciñó más a su cuerpo – eras tú quien me besaría.
-Cierto – ella se puso de puntitas y para Archie fue la gloria misma. No tenía suficiente de esta mujer. Adoraba sus besos apasionados, pero también adoraba este beso fugaz, tierno y dulce que ella le había regalado.
-La mesa está servida, señor – invitó Danny tratando de ser discreto. Después se dirigió hacia el control de temperatura del departamento y se aseguró de fuera agradable a la pareja.
-Pueden irse, yo atenderé a la señorita – Danny no podía creer lo que escuchaba; Archie jamás había hecho tal cosa.
-¿Señor? – fue la lógica pregunta, aún Danny dudaba de la orden.
-Ve a descansar Danny. Te daré libre el fin de semana, que lo disfrutes.
-¿Señor? – el asistente doméstico de Archie no podía creer lo que escuchaba. Como única respuesta Archie lo miró con autoridad, el joven, aún turbado respondió con un "gracias" y luego ambos hombres salieron del departamento.
Candice se sentía como en casa en compañía de Archie. En su interior meditó que quizás por eso no quería ponerse cómoda en ningún otro lugar, quizás siempre había estado esperando el momento de estar en el lugar correcto, con la persona correcta. Su lugar correcto era cualquiera en donde Archie estuviera. Archie era capaz de entender que Candy estaba feliz, aunque esa nube en sus ojos no terminaba por desaparecer. No pudo evitar recordarla delirando en sus brazos aquella noche que volvió de New York. Una noche como esta: fría y con nieve.
-¿Será posible que ella siga sintiendo algo por él? ¿Por qué sufre todavía? – Archie se llevó su copa de vino a los labios mientras la tomaba del brazo para conducirla al comedor. Por unos momentos, sin que siquiera lo percibiera, había estado ausente, tratando de adivinar los pensamientos de Candy.
-¿Archie…? – él se sobresaltó al escuchar su nombre con tal demanda.
-Lo siento, Candy… ¿decías? – preguntó aún turbado.
-Te preguntaba si estás preocupado por algo, pero ya tengo mi respuesta. ¿Quieres contarme? ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
-No… no… no… -fue la única respuesta. Era incapaz de traer a colación el apellido Grandchester esta noche. Se sacudió la cabeza y le retiró la silla para que ella se sentara.
-Iré por el vino – se disculpó – ahora regreso.
-Pero Danny dejó esta botella dispuesta – ella le mostró la etiqueta del vino pero él desaprobó la elección. Candice merecía solo lo mejor.
-Iré por el que elegí para ti… - le sonrió cariñoso y luego se acercó para besarla – tus labios saben deliciosos, sofisticados y dulces – le susurró mientras saboreaba con atrevimiento el beso improvisado – ahora vuelvo.
Ella no pudo evitar seguirlo con la mirada. No supo dónde detener su escrutinio: En su fuerte espalda o en sus nalgas.
La cena fue deliciosa a ambos paladares. Era ligera. Un rollo de salmón en crema de champiñones con guarnición de verduras. Aunque ya era de noche, Candice no dejó pasar el pastel de chocolate, incluso logró convencer a Archie de que probara un poco. Solo ella podía lograr que Archie ingiriera más calorías de lo que su estricta dieta le permitía, él decidió disfrutar esa pequeña porción y se prometió que no lo volvería a hacer en toda la semana, aunque qué ganas tenía de comer lentamente las migajas de chocolate que estaban en los labios de Candice. No pudo evitarlo y se acercó a ella para probar esos sensuales labios sabor vino y chocolate. Terrence Grandchester quedó en el olvido a partir de ese momento.
Archie estaba en una disyuntiva, se moría por hacerla suya, pero la amaba demasiado. Deseaba darle lo que siempre había soñado. Lo que le había prometido en aquel hotel de París. Él la sentía temblar en sus brazos como ninguna mujer, todo su cuerpo respondía a su presencia, sentía su máxima erección ante la desesperada cercanía de ella. Sabía perfectamente que ella deseaba lo mismo que él, ella estaba respondiendo a su excitación de tal manera que sus manos viajaban acariciando su espalda, estrujando sus brazos, acercando su cadera peligrosamente.
La tenía aprisionada. Sin saber cómo, habían caminado en ese maravilloso encuentro y ahora estaban en su recámara; ella estaba soberbia, con su cabello libre y desordenado, con sus pupilas dilatadas, mirándolo con tan deseo que él se quemaba, él ardía en unas flamas desconocidas hasta el momento. Él entonces se sentó en su cama y la atrajo para sentarla en su regazo sin dejar de besarla, de acariciarla. Ella usaba un vestido ceñido con cierre al frente y él no dudó en abrirlo delicadamente, sin perderse uno solo de los gestos de la mujer que siempre había deseado. Ella le sonrió para animarlo a terminar con la tarea, pero él se detuvo cuando un delicado sostén negro quedó al descubierto. El color negro de su lencería contrastaba perfecto con el blanco de sus senos.
¡Cielos! Archie se sintió mareado ante tantas emociones. La miró como pidiendo permiso para invadirla, para conocerla, para conquistar ese par de montes que hoy se mostraban esplendorosos a sus ojos. Esos montes que en sus más eróticos sueños había succionado y mordisqueado con urgencia hasta secarlos, hasta que no quedaba más de ella. Ella sonrió y arqueó su espalda para ofrecerlos a su boca, él tomó valor y descubrió uno de sus botones rosas; estaba duro, presto y dispuesto por él y solo para él.
Ya no pudo más y decidió terminar con su tortura. Archie llevó su boca hasta el botón rosa y se sintió en el cielo mismo. La escuchó gemir su nombre y se supo bienvenido. Ella lo deseaba tanto como él a ella. Tomó valor y continuó deslizando el cierre del vestido hasta que tuvo frente a sí libre acceso al otro seno que se esforzó por acariciar sin dejar de besar el primero. Era un monte suave, firme y grande. Su enorme mano era apenas suficiente para cubrirlo por completo. Sintió su varonil excitación erigirse con tal deseo que pensó que explotaría, ella respondió con una sonrisa, sujetándose de los hombros de Archie para arquear más su espalda; estaba a merced del más seductor invasor y lo estaba disfrutando.
Él entonces buscó los labios de Candy y con ambas manos deslizó las mangas del vestido por cada brazo femenino hasta que descansó sobre la cadera; se detuvo a contemplarla, ella era tan bella ante sus ojos. La sujetó con fuerza por la espalda para ponerla de pie y permitir que el vestido cayera el piso. Archie había estado con muchas mujeres bellas, pero ella era la mujer que amaba y lo que estaba sintiendo era superior a todo sentimiento experimentado anteriormente. Sus ojos recorrieron todo el cuerpo de Candy, ella estaba sonrojada, pero conservaba la seducción en sus pupilas. Archie comenzó a desabrocharse la camisa y ella se acercó a besarlo, entonces lo sorprendió cuando sus pequeñas manos se hicieron cargo y uno a uno los botones fueron abiertos. La camisa fue a parar también al piso, muy cerca del vestido de Candy.
Él se volvió a sentar al borde de su cama y la atrajo hacia sí con la intención de llevarla al cielo en ese mismo instante. Ella se sentó a ahorcadas sobre Archie sintiendo su máxima masculinidad en un firme contacto con la humedad de su entrepierna; él la tomó por la cintura para ceñirla más a su cuerpo y ella entonces se aferró a él con mayor fuerza, como quien se aferra a la vida; sin pudor alguno, las manos de Archie se posaron en el trasero de la rubia y la embistió con el varonil movimiento de su cadera.
-Archie, oh Archie – la sensualidad de su nombre en los labios de Candice casi lo enloqueció.
-Candy – él continuó embistiéndola suavemente, aún faltaba la mejor parte y no deseaba que aquello terminara tan pronto. Tenía todo el deseo de realizar con ella todas sus fantasías, desde las más románticas y puras, hasta las más atrevidas.
Ella se refugiaba en sus besos, mordiendo sus labios, saboreando su lengua, mientras sentía una y otra vez la suavidad con que la masculinidad de Archie acariciaba su entrepierna provocando en ella espasmos que exigían más y más su cercanía.
Él abandonó sus labios para besar su cuello, sus hombros, su cuerpo entero. Se sintió el amo del mundo. Había vivido deseándola toda su vida y después de años, por fin la vida era justa con ellos. No la dejaría ir. Serían uno solo de ahora en adelante.
Cuando el momento apropiado llegó se entregaron mutuamente. Fue ardiente, fue dulce, fue sensual, sobre todo: fue auténtico. Tocaron el cielo sintiéndose vivos, satisfechos y completos. Ya nada más hacía falta en sus vidas, estaban juntos y eso era todo lo que importaba.
A la mañana siguiente, como cada sábado, Archie se despertó tarde, con el peso de una pierna femenina sobre su cuerpo. Pero esta vez no tuvo el deseo de retirarla o de él mismo alejarse. Por el contrario, abrió los ojos en la mañana más feliz de su vida y contempló los desordenados rizos cayendo caprichosos sobre la almohada, acarició la pierna que lo aprisionaba con delicadeza, hasta llegar a la cadera y subir entusiasmado a su cintura por debajo de las sábanas. Contempló su respiración durante unos segundos, antes de que ella iluminara su día con el verde de su mirada. Ella era una hermosa mujer envuelta en las sábanas blancas de su cama mostrando sus formas, sabiéndose bella e idolatrada. Tenía también treinta y cuatro años, pero para Archie era imposible no pensar en ella como una chiquilla. Conservaba la inocencia que le caracterizaba, al mismo tiempo que la fuerza de su mirada sobrepujaba todo lo que él hubiese conocido.
Recordó su entrega total, sin miedo, sin tapujos e incluso sin pudor. En un instante revivió el sonrojo de su ahora mujer cuando Archie descubrió que ella seguía siendo tan virgen como cuando nació.
-¡Cómo no lo adiviné! ¡Debí saberlo! ¡Debí saber que eres mujer de un solo hombre! ¡Debí haber preparado algo especial para ti! – pensó mientras acariciaba su cabello con suma ternura y la atraía hacia él. Ella siempre lo sorprendía.
-Buenos día, Archie – ella se despertó al sentirlo estremecer.
Él no pudo evitarlo y lo primero que hizo fue confesarle sus primeros pensamientos del día.
-No digas eso, Archie – buscó refugio en su pecho mientras dibujaba delicadamente círculos con su dedo índice alrededor de sus pezones.
-Fue la noche más maravillosa y especial de mi vida – declaró con sus ojos brillantes.
-Pero tú merecías algo que hubiese sido planeado para ti.
-Shhhh… -ella puso su dedo sobre los labios de Archie para silenciarlo – lo más especial que podías hacer por mí era no esperar ni un minuto más – confesó sin pudor.
-Candy – él le sonrió con ternura. No estaba seguro si lo decía solo por hacerlo sentir mejor y ella descubrió su incertidumbre.
-Archie – ella se enrolló en la sábana y se dirigió al baño – no te muevas, necesito un momento.
Él adivinó que ella tomaría unos minutos para bañarse así que aunque por su mente le pasó la idea de alcanzarla, decidió darle su espacio. Estaba seguro que llegaría el momento adecuado. Se levantó y cambió las sábanas para que ella no se sintiera incómoda por la natural evidencia de su noche apasionada, después se dirigió al cuarto de visitas y se bañó tan rápido como pudo.
No sabía qué hacer con Candy. Era ya la hora del desayuno, pero él no quería desayunar, quería hacerle el amor una y otra vez durante todo el día. Decidió que harían lo que ella deseara. Regresó a su cuarto envuelto en una bata de baño y oliendo a vainilla de Tahití con sándalo de la India. Se sonrió ante su elección, casi nunca usaba el perfume más caro del mundo, pero esta ocasión lo ameritaba, hoy era un día especial así que Clive Christian había sido el elegido. Candy le había declarado con vehemencia que nada habría sido más especial para ella que el hecho que él no esperara más para tomarla, así que él correspondería.
Con la felicidad a flor de piel la esperó paciente hasta que ella saliera del baño. Cuando lo hizo, Archie no estaba preparado, aún con toda su experiencia, para detener la loca carrera de su corazón ante la visión de Candy envuelta en una diminuta toalla con el bronce de sus rizos cayendo sobre sus hombros desnudos. Ella no estaba usando perfume, pero olía como una mañana de primavera.
-Ven aquí – él la tomó de la mano y la sentó en un lujoso sillón.
Sin pensarlo más, se arrodilló y le mostró a Candice una caja abierta con un anillo en forma de corazón de color D, sin detalles internos, engarzado sencillamente sobre un par de aros de oro blanco.
-Sé mi esposa, Candy – le pidió, con sus ojos brillando y su voz por demás emocionada.
Ella se quedó muda. Estaba sorprendida. Si Archie la había complacido durante la noche como mujer, hoy estaba cumpliendo su sueño a plenitud.
-He guardado esta joya durante años, te confieso que estuve a punto de deshacerme de ella, pero no tuve el valor. Habría sido como deshacerme de mi esperanza de reunirme contigo. La compré para ti, solamente para ti.
-Archie, nunca imaginé que estarías arrodillado frente a mí – le confesó.
-En cambio yo… siempre quise arrodillarme así frente a ti – sonrió con los colores en el rostro – entonces… Candy. ¿Te quedarás en mi vida? ¿Cumplirás mi deseo de no perderte? ¿Serás mi gatita por siempre?
-Claro que sí, Archie. Es lo que más deseo.
-Esta joya se llama "Amor a primera vista" desde que supe de su existencia supe que era para ti – por supuesto que Archie no le explicó que había tenido que viajar a Ginebra para participar en una subasta en donde había pujado hasta los doce millones de dólares por conseguir la joya de más de cincuenta kilates.
-Gracias Archie – ella se sintió halagada por haber despertado semejante sentimiento de amor en un hombre como Archie. Había comprobado que él podría haber elegido entre muchas mujeres bellas y de la alta sociedad, sin embargo, hoy le decía que la amaba que deseaba compartir su vida con ella.
Ella besó a Archivald con mayor pasión que nunca. Fue fácil quitarle la bata de baño y él deshizo el amarre de la toalla que la rodeaba con igual facilidad y urgencia. Los dos estaban desnudos y se entregaron nuevamente; Archie ardió en plenitud al tenerla en sus brazos completa tan solo para él, portando el anillo que tanto había anhelado entregarle, pero sobre todo, viendo la misma plenitud en sus ojos.
Ese día hicieron el amor toda la mañana y luego desayunaron, después volvieron a hacer el amor y comieron, luego… por supuesto… volvieron a la cama hasta que quedaron exhaustos y felices.
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Archie delegó a Paul el informe que debía prepararse para el corporativo. Por supuesto que Paul estaba bastante entusiasmado y agradecido por la confianza. Si entregaba un informe certero, posiblemente podría ser considerado para un ascenso, un lugar en el que tuviera que tomar decisiones por su propia cuenta.
Además, aunque tenía su corazón un poco triste, le reconfortaba mucho ver a este nuevo Archie que recién conocía. Esta había sido la primera noche en que había asistido solo a los antros de moda, pero había sido suficiente para comprender que su popularidad con las chicas había disminuido notablemente sin su compañero de fiestas.
Este Archie era diferente. Aún no era capaz de saber en qué forma, pero sus ojos tenían un brillo nunca antes visto; no se había separado de Candy ni por un momento, la tenía de la mano incluso mientras había visitado la oficina en pleno domingo para darle las instrucciones de lo que debía hacerse durante su ausencia. Y ella: Ella lucía simplemente hermosa. Le había parecido hermosa en jeans, zapatos industriales y casaca de minero, pero verla enfundada en caros vestidos Gucci, o Channel, pisando fuerte un par de Manolos conservando esa mezcla extraña de seducción e inocencia… comprendía plenamente la sonrisa y felicidad que emanaban por cada poro de la piel de su amigo.
Paul suspiró profundo antes de tomar el Whisky en las rocas que la guapa bartender había dejado sobre la barra.
Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no se percató que un hombre moreno, de menuda figura y una sonrisa retorcida lo miraba con escrutinio mientras conversaba con una guapa acompañante.
-Te será fácil, Elisa – comentó con superioridad – es un pobre diablo. Si eres hábil puedes sacarle mucha información.
-Ya te dije que no me interesa tu plan, Neil – ella le dedicó una mirada de desprecio al hombre del otro lado de la barra – olvídate de esa huérfana de establo – ella se levantó con la intención de divertirse un poco, pero su hermano la detuvo del brazo.
-No olvides que Anthony está muerto por su culpa – los ojos de la joven pelirroja se nublaron ligeramente, su hermano sabía muy bien cómo manipularla.
-Sólo por hoy, Neil – se soltó con fuerza del agarre de su hermano, se alisó su vestido y se alborotó ligeramente su cabello – solo esta noche. Si no logro nada, buscarás otra forma de obtener información. Deja de meterme en tu estúpida venganza.
-Harás lo que yo te diga, cuando yo te diga – él la sujetó de nuevo con fuerza y ella ya no hizo ningún esfuerzo por liberarse, tan solo sostuvo su mirada con discreción.
-No te engañes, Neil, no tienes poder sobre mí. Si esta noche me acerco a ese pobre diablo será mi decisión, no porque tú lo ordenes.
Después de unas horas Elisa entró a su lujoso departamento, su hermano la esperaba con impaciencia.
-Nada, Neil. Te equivocaste: Ni es un pobre diablo, ni es indiscreto. Tendrás que buscar otra fuente de información.
Neil no tuvo que esperar mucho tiempo, esa misma mañana, antes de salir rumbo al club campestre, encontró una tarjeta elegante, escrita a mano por un hábil calígrafo; al frente tenía el emblema de la familia Andrew. Era la participación para el funeral de Alistar Cornwell Andrew.
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De mi escritorio: Pues ya no sé qué decirles para disculparme por ser tan lenta para actualizar; solo decirles que no tengo opción. No dejaré la historia, tengo muchas ideas. Gracias por su paciencia y apoyo.
Malinalli. Torreón, Coa., 17 Septiembre 2017.
