VII

La Leyenda de los Ocho Dragones

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— ¿Las tierras exteriores —preguntó Ranma—, y dónde queda eso?

En el enorme estudio de la dama Freya con sus altos ventanales que tenían de fondo una hermosa panorámica de la ciudad del Valhalla y del otro extremo las repisas con centenares de libros que alcanzaban el lejano techo de piedra, se encontraba la dama y sus dos oficiales einjergars discutiendo sobre un tema que definiría muchas cosas en el futuro, aunque en ese momento no lo pareciera en absoluto.

—Son las tierras al este cruzando el océano de Asgard —respondió Belenus —, y sí —agregó al notar la mirada perdida de Ranma—, existe un océano en Asgard.

Ranma se quedó en silencio unos segundos pensando, o aparentando hacerlo, antes de volver a hablar.

— ¿Así qué el problema es recuperar algo que no sabemos exactamente lo que es, en un lugar que no conocemos enfrentando quizás qué enemigos de los que no tenemos la más remota idea? ¿Algo más? ¿No? Ah, perfecto, ¡demonios!, esto me da un excelente presentimiento.

— ¡Teniente! —lo reprendió la diosa al escucharlo maldecir con tanta liviandad en su presencia.

—Yo, ah, lo siento, dama Freya —se disculpó algo apenado pero no muy arrepentido —. ¡Maldición!, ¡juro que yo no quise decir eso! Eh, ¿lo acabo de hacer de nuevo, verdad?

Belenus se encogió de hombros mientras que la dama Freya suspiró irritada. Ranma optó finalmente por guardar silencio, un silencio que pronto fue compartido por ellos cada uno en sus propias cavilaciones. Freya parecía realmente preocupada por la situación difícil que tenía entre manos y no cesaba de recordar con molestia a su hermano Freyr como el único responsable de haberle heredado semejante tarea.

—Definitivamente no podemos enviar a un contingente, salir de la ciudad bajo la prohibición de Odín ya es una falta grave —dijo Belenus rompiendo el silencio—. Pero ir a las tierras exteriores es algo mucho peor, a ningún einjergar se le perdonaría algo así, romper el bloqueo que existe con las tierras de los exiliados, ni siquiera a un dios se le perdonaría tal falta.

Ranma escuchó la explicación del capitán con atención y no pudo evitar mirar a la dama cuando ésta inclinó el rostro pensando lo mismo que él.

—Entonces, si tratáramos de ir y nos descubrieran, a la dama Freya podrían...

—Cómo señora del escuadrón asumiría la completa responsabilidad por nuestras acciones —respondió el capitán con una seriedad que causó temor—, sin contar que ya nuestra señora no se encuentra en la mejor disposición hacia el consejo de los Aesirs por lo sucedido con su hermano, nuestro señor Freyr.

—Ah, oh —un extraño sentimiento de culpa afloró en el corazón del joven, inclusive él podía notar el dolor que cubría los ojos de la diosa cada vez que recordaban lo sucedido con Lord Freyr y no podía evitar sentirse cómplice de todo lo ocurrido—. No, eso sería muy malo, no podemos permitir que algo malo le suceda a… eh… "nuestra señora", por muy importante que sea "esa cosa".

Freya reaccionó con un ligero sobresalto y extrañeza cuando notó la forma tan seria y varonil en que Ranma había hablado, entonces le dedicó una emotiva sonrisa olvidándose de todo el protocolo que regía entre ellos.

—Mi querido teniente, ¿realmente se preocupa tanto por mí bienestar?

Ranma dio un paso atrás algo nervioso cuando se vio acosado por la diosa que lo tomó de ambas manos acercando peligrosamente su rostro no dejándole escapar.

—Ah, sí, sí, claro, me preocupo, como todos, supongo…

Soltó las manos de Ranma para tomarse las mejillas sonrojadas actuando como si fuera una chiquilla enamorada.

—Oh, mi noble caballero, acaso no siente como se acelera mi corazón cuando habla de protegerme con tal gallardía.

— ¿Su qué, yo qué, con qué? —repitió el joven entre balbuceos.

—Mi corazón, por supuesto —Freya se acercó arrinconándolo contra los estantes, sonrojada llevó las manos al pecho tirando coquetamente de los bordes del insinuante escote—. ¿No quiere comprobarlo usted mismo, lo fuerte que salta mi corazón cuando usted habla de esa manera?

— ¡Definitivamente no!

Ella rápidamente aferró una mano de Ranma entre las suyas antes de que pudiera escapar y la tironeó queriendo llevarla a su escote, él reaccionó al instante queriendo retroceder, provocando un ridículo y evidente forcejeo entre ambos.

Belenus tosió con fuerza, la diosa actuando más como una cría que como la señora de la magia que acostumbraba a ser delante de todos no pareció escucharlo, menos Ranma que seguía forcejeando por proteger la castidad de su preciosa mano. El capitán volvió a toser con más fuerza, pero entre palabras cruzadas, disculpas de Ranma que parecían más una amenaza y las palabras dulces de una enajenada Freya que parecía estar viviendo su propia historia romántica sin prestarle atención a las negativas del joven ni a lo forzada de la situación terminaron por hacerlo perder la paciencia.

Golpeó con fuerza la superficie del escritorio. Ranma y Freya se detuvieron al instante, con él sentado en el suelo tratando de huir y la diosa prácticamente sobre él con el vestido desarreglado y tirando del brazo del joven como si no estuviera unido al resto del cuerpo, giraron las cabezas al unísono mirando al capitán. Entonces Belenus dándose cuenta de su exabrupto llevó una mano a la boca y por tercera vez fingió toser de manera más que evidente, pero esta vez con descarada tranquilidad.

En aquel momento la diosa y el mortal miraron al capitán como niños avergonzados ante un adulto por su comportamiento tratando rápidamente de ordenar sus ropas y arreglar en algo la perdida dignidad. Tratando de aparentar normalidad Belenus los ignoró un momento, empujó los libros sobre el escritorio con el brazo y extendió un viejo mapa sobre la superficie. Ranma, acomodándose todavía la camisa de oficial, aquella que odiaba porque tardaba más de tres horas en encontrar como usarla con algo de comodidad que ahora por culpa de la diosa había perdido, se acercó mirando con atención el bosquejo.

— ¿Asgard?

—Parte de él, o lo más conocido por los habitantes en general hasta aquí.

El mapa mostraba parte del continente principal del mundo de Asgard, dibujado con líneas sepia sobre un papel pajizo muy descolorido, con trazos más oscuros para las montañas y costas, líneas delgadas para los detalles e inscripciones que indicaban bosques ya desaparecidos y pueblos inexistentes en los tiempos actuales era el único mapa que mostraba más allá de las costas del mar de Asgard. El este del continente era la parte dominada por los señores de Asgard, en el mapa se veía el valle del Valhalla, Yggdrasil, más hacia el este las costas dominadas por Folkvang, la ciudad costera más importante después de la capital; el oeste el país divino era circundado por el país verde de Gimle, casi tan amplio en extensión como todo el fértil dominio de los dioses, lugar de hadas, espíritus y leyendas. Más allá del bosque comenzaba el cordón montañoso de Jotumheim que delimitaba el país divino con la tierra fría de Nifelheim, reino de "yotes" o gigantes de las escarchas y lugar en el que se asentaba el antiguo palacio de Loki desde la tregua que acabó con la guerra entre gigantes y Aesirs siglos atrás. El dibujo se perdía hacia el oeste indicando tierras desconocidas. Hacia el sur, bajo las tierras de Nifelheim y del bosque de Gimle se encontraba una tierra devastada y muerta, un desierto negro de ceniza que delimitaba al mar de fuego de Muspellheim, cuna de demonios y fortaleza del rey Sultur, gigante de fuego dueño de la espada del mismo nombre con la que fueron forjadas las estrellas según cuentan las leyendas. En la intersección del desierto de las cenizas y del mar de fuego comenzaba el valle muerto de Nilfhel, lugar oscuro y fortificado por afiladas montañas donde reina Hel, hija del Aesir Loki, señora de las almas pecaminosas y enemiga declarada de Asgard y de todo lo viviente.

Sin embargo la atención de Ranma y Belenus no se encontraba al oeste de Asgard como sucedía con el resto de los habitantes de la ciudad divina, sino más bien hacia el este, donde el mapa mostraba una tierra inexplorada del otro extremo del océano de Asgard. La escritura rúnica a lo largo de aquellas costas desconocidas que al igual que el extremo oeste se perdían en un inquietante vacío la llamaba "las tierras exteriores". Un único lugar estaba indicado en aquel mapa, el puerto de Jarnvidr, una ciudad de elfos fundada originalmente como una colonia para explorar las desconocidas tierras, pero abandonada a su suerte por los dioses cuando no hallaron mayores riquezas que eternos bosques y ásperas montañas. El comercio con la ciudad de Jarnvidr era frecuente a pesar de ello, alimentada por los seres más pequeños que veían en ella algo de libertad que no tenían en Asgard, pero que ahora bajo el estado de sitio impuesto por Odín, por la renovada guerra con Hel, había interrumpido del todo el tráfico de naves dificultando todavía más la misión que ellos se tenían entre manos y haciendo desconocida la situación de las tierras exteriores desde hacía varios años ya.

Toda esta información se la iba relatando Belenus a Ranma, tanto del oeste como del este de Asgard con tal dedicación como si el muchacho algún día pudiera necesitarla.

—No tenemos muchas opciones —dijo finalmente el capitán.

—Tengo una idea —Ranma alzó la voz—. Es simple, si el único problema es la prohibición, entonces vayamos sin que se enteren.

—Eso es fácil decirlo, teniente —respondió Freya—, creo que ya todos aquí pensamos en lo mismo; el cómo es el problema.

Ante lo que Ranma no se desanimó.

—Ahora recuerdo que Rashell, el otro día, me habló sobre las tierras exteriores; bueno, no exactamente pues ni siquiera sabía de lo que me estaba hablando, pero mencionó algo sobre que algunos mercaderes elfos venían de allá y que también contrataban a einjergars mercenarios como escolta.

—Sí —agregó Belenus no muy seguro—, es verdad que el tráfico ilegal sigue existiendo como en todos los mundos.

—Pues podríamos ir unos pocos disfrazados como mercenarios. ¿No me dijo una vez, capitán, que los einjergars mercenarios y desertores les importaban menos a los dioses que los gusanos del estiércol? Sería el disfraz perfecto, a nadie llamaría la atención.

— ¡Brillante, como no haberlo pensado antes! —Freya se veía nuevamente entusiasmada.

La dama buscó entre sus libros y pergaminos hasta que encontró lo que buscaba.

—Aquí tengo una lista de mercaderes en los que mi hermano confiaba ciegamente, algunos de ellos operan en Folkvang —dijo Freya, cuando repentinamente una sombra cubrió su rostro y la sonrisa amable que coronaba sus pequeños labios se tornó en una forzada y escalofriante—. Recuerdo cómo mi hermano anunciaba sus visitas a mi morada en los puertos celestes, pero lo hacía solamente para cubrir sus turbios negocios en la ciudad, ¡cuántas veces me dejó plantada y jamás siquiera se disculpó!

— ¿Lo siento? —Ranma no sabía de qué manera reaccionar ante los descargos de Freya.

—Ranma, escúchame bien —Belenus ignoró por completo los berrinches de la diosa y se dirigió seriamente a su descendiente obligándolo a prestarle atención—. Necesito que te hagas cargo del escuadrón en mi ausencia.

— ¿Capitán?

—Y luego se paseaba todo pomposo por mi mansión para apenas saludarme como si fuera una doncella del servicio. Yo también tenía muchas actividades, ¡pero las dejaba a todas de lado para recibirlo! Lo esperaba horas y horas y él jamás hacía acto de presencia, únicamente hasta el final del día sólo para no poder sacarle en cara su mentira. ¡Podría por lo menos haberme regalado chocolates como disculpa! Cómo amo los chocolates, son tan… ¡pero él ni caso me hacía!

Belenus y Ranma la observaron un segundo, sin responder la dejaron hablar para continuar en lo propio.

—Ranma, no puedo encomendar esta misión a alguien aparte de mí, muchas cosas podrían salir mal, demasiadas si hiciera una lista. Considerando en dejar las costas de Asgard, lo que ya es difícil, encontrarse en las tierras exteriores sin ayuda alguna ante lo desconocido y sin una ruta clara para regresar, es una situación en la que un líder jamás debería abandonar a sus hombres. No puedo enviar un grupo al peligro si no me encargo personalmente de la situación.

— ¿Me están escuchando? —Freya reclamó repentinamente mirando a los hombres.

Belenus y Ranma se miraron entre sí y al unísono se irguieron marcialmente.

—Sí, eh, mi señora.

—Atentamente, mi señora.

— ¿Se puede saber qué fue lo último que dije? Teniente, espero su respuesta —se cruzó de brazos impaciente.

—Pues, usted dijo que, a ver, si mal no recuerdo…

— ¿Teniente?

— ¿Era algo de la misión?

—Sobre su exquisito gusto por los chocolates, mi señora —agregó rápidamente Belenus—. Me aseguraré de traerle algunos cuando retornemos a salvo de la ciudad de Folkvang, pues tengo entendido que esos son sus favoritos.

—Mi capitán, usted sí que es un hombre como los que ya no existen, a excepción de "otros".

Aunque a Ranma no le gustaban los acosos de Freya esa comparación lastimó profundamente su orgullo, pero prefirió guardar el rencor que no pudo evitar derramar a través de los ojos, lo que la diosa celebró con una infantil sonrisa de triunfo. El capitán suspiró.

—Pero lamentablemente —dijo la diosa cambiando drásticamente la actitud infantil por una más seria, volviendo a ser la atemorizante señora de la magia de Asgard, acompañando sus palabras por un ligero temblor que acusaban un poco de tristeza—, usted, mi capitán, no será quién pueda mimarme en mi mezquino anhelo.

— ¿Mi señora?

—Usted no puede dejar el cuartel. No, no me discuta, conoce tan bien como yo que el famoso einjergar Belenus Saotome sería reconocido rápidamente en Folkvang tanto como dentro de los muros que nos aprisionan en esta ciudad. Si alguien ha de partir no será usted.

—No estoy de acuerdo —Belenus se apresuró a responder con una ansiedad poco común en él—. Es demasiado peligroso, no podrían ir muchos y no tendrían apoyo en caso de una emergencia, tendrían que actuar por su cuenta. Me niego a abandonarlos, necesitan a alguien con experiencia en Asgard.

En el momento en que el capitán nombró la palabra "experiencia", una extraña mirada se apoderó de Ranma como si hubiera adivinado en qué dirección los llevaba aquella situación, una deducción que Belenus quería evitar a toda costa.

—Además, ahora que Ishkoo no se encuentra con nosotros, no tenemos un segundo oficial que se encargue de…, ah.

Sus propias palabras lo hicieron callar, había olvidado que ya contaban con un segundo oficial en el escuadrón y miró a Ranma dolorosamente. La dama Freya también se dio cuenta de ello y no pudo evitar desviar la mirada hacia la ventana como si temiera que sus ojos revelaran más de lo prudente sobre sus sentimientos.

"Un lugar al que los dioses nos prohíben ir, en calidad de criminales si nos descubren y por si fuera poco sin ningún resguardo", pensó Ranma, recordando varios momentos de su vida imaginó que sería inoportuno prolongar más lo evidente. Por una vez sería bueno creer que era él quién escogía y no su caprichoso destino. Recordó las enseñanzas de Freyr, o lo poco que le había enseñado, y pensó que si era por una buena causa, en la cual incluso la dama Freya arriesgaba su noble posición en Asgard, él no podría hacer menos. Se encontraba seguro que se arrepentiría de todo esto, pero ya no era el joven egoísta que únicamente velaba por su bienestar más directo, ¡ahora era un teniente dispuesto a todo por sus ideales!, o eso parecía, por lo menos cuando tenía claro cuáles eran esos famosos ideales. Rememorar la emotiva ceremonia con que fue honrado hace apenas un par de días lo hizo desear ser aquel Ranma al que habían alabado y no éste de ahora al que las dudas lo carcomían por dentro. Tendría que hacerle justicia a su nuevo título y honores que le habían otorgado. "Demonios, qué más da, de todas formas yo no me podría quedar viendo partir a alguno de mis amigos", concluyó finalmente dándose valor para lo que iba a hacer.

—Yo iré, dama Freya, soy el nuevo teniente de los Dragones Rojos y me encargaré de cumplir esta misión.

Belenus no podía ocultar su preocupación por su descendiente a quien casi consideraba un hijo, dejarlo a cargo de un grupo de soldados sin mayor experiencia en el liderato del escuadrón y enviarlo a las tierras exteriores desconocidas inclusive en gran parte para él mismo no era algo que quería tener en mente.

—Pero con una condición —agregó el joven no dando lugar a respuestas—; no quiero a ningún soldado obligado en mi grupo, sólo voluntarios.

—Teniente, ¿se da cuenta que quizás nadie quiera acompañarlo?

Ranma sonrió otra vez dueño de sí mismo, perdiendo la palidez que lo había invadido un minuto atrás. Respondió con tal seguridad que arrancó una mirada de admiración de la diosa y del capitán que no notó.

—Ya mucho he tenido que sufrir por los caprichos de otros y no quiero eso para los que estén a mi cargo. Mientras dependa de mí no quiero que los demás pasen por las mismas estupideces que yo.

Freya lo observó de una extraña manera, ese no parecía ser el mismo mozuelo que recién comenzaba a conocer. Era grande, más de lo que él mismo pensaba de sí y creyó entender el porqué su hermano había puesto todas sus esperanzas en ese joven. Si había llegado el momento en que ella también tenía que creer no habría otra mejor ocasión. Quizás, pensó, de todas formas ella tampoco tendría otra oportunidad; Los dioses también eran esclavos del destino.

—Sabias palabras, mi teniente —respondió Freya con tal solemnidad que incomodó a Ranma—. Se hará como usted lo desee pues ahora el mando absoluto de esta misión recae exclusivamente en su persona, tiene todo mi respeto y voluntad para asistirlo en lo que estime conveniente.

—Gracias, bueno, no tiene que molestarse tanto. Apenas he aceptado, no creo que sea algo del otro mundo —guardó repentino silencio al pensar en la ironía tras sus propias palabras.

—No se imagina cuánto está en juego—murmuró la diosa lastimosamente.

— ¿Cómo dijo?

—Oh, olvídelo, era algo sin importancia.

— ¿Está segura? —Ranma la miró acusadoramente, podía ser lento para muchas cosas, pero su oído estaba acostumbrado a escuchar toda clase de murmullos, especialmente aquellos de Akane cuando criticaba a escondidas sus geniales ideas.

— ¡Oh, pero qué apuesto se ve cuando actúa así, tan autoritario y varonil!

— ¡Eh! Y yo que pensé que ya se le había pasado.

— ¿Por qué dice eso, acaso no gusta de mis atenciones?

—Para serle sincero, sin tener que ofenderla, pues…

— ¿Entonces no le basta mi persona? —Freya gimió mordiéndose la manga—. ¡Debe ser porque tiene a otra!

— ¿Qué demonios le picó ahora?, ¿otra? De qué habla ¡si estoy comprometido!

—Claro, eso lo explica todo, ¿con que prefieres a una mortal por sobre mí?

—Ah…

— ¡Qué espanto, y ni siquiera lo niega!

—Pero yo no he dicho nada.

Belenus no pudo hacer más que reír por lo fácil que parecía ser manipular a Ranma. El invencible guerrero que derrotó al señor de los gigantes era ahora un manojo de nervios por una simple actuación y un par de fingidas lágrimas de una dama. Había crecido, pero no en esa dirección y ante las mujeres el pobre seguía siendo una víctima sencilla. A pesar de ello se sintió orgulloso de su descendiente y de la decisión que había tomado.

—Mi señora, ¿me tomaré la atribución de reunir al escuadrón?

Freya dejó de gimotear al instante y Ranma que con las manos alzadas hacía nerviosos aspavientos para que se calmara se quedó frío al ver el repentino cambio. La diosa se irguió con toda la solemnidad de siempre como si fuera una persona completamente distinta para dirigirse con excelsa gracia al capitán.

—No esperaría menos, mientras más rápido podamos disponer de los preparativos mayores serán nuestras posibilidades de éxito. ¿No lo cree así, mi teniente?

— ¿Qué cosa? Un momento, ¿estaba fingiendo?

—Por favor, teniente, guarde la compostura —Freya lo instó con una mirada seria, pero que no pudo evitar un culpable rubor en las mejillas.

Ranma gruñó, se sintió timado, más todavía cuando vio como Belenus parecía contener el deseo de reírse en su cara.

— ¿Teniente?, ¿me está escuchando?

—Ah, sí… Sí, atentamente, "mi señora".

—Si nuestra señora no requiere más de mi presencia, procederé a convocar a los hombres —el capitán realizó una solmene reverencia, Ranma rápidamente lo imitó y quiso seguirlo cuando la diosa los detuvo.

—Mi capitán, si no le importa quisiera que dejara al teniente conmigo unos minutos más, él me escoltará luego al salón. Deseo tener unas palabras a solas con él.

— ¿Y ahora qué?

— ¡Ranma! —Belenus lo regañó al instante.

—Lo siento.

El capitán suspiró. Luego observó a la dama y sabiendo quizás lo que deseaba hablar con Ranma volvió a hacer una reverencia y se marchó no sin antes advertirle al joven a que mantuviera la compostura con una única y estricta mirada. Ranma no sabía que pensar, pero por la extraña mirada de Freya no parecía que esta vez se tratara de otro de sus juegos; inclusive casi podría jurar que la diosa se encontraba emocionada por algo mientras se sentía inquietantemente examinado por esos ojos esmeralda, pero no podría adivinar la razón, no hasta que fuera demasiado tarde.

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Como era acostumbrado en el cuartel un llamado al salón significaba un mar de botas tronando por todos los pasillos del edificio, entre saltos sobre los muebles, caídas desde el extenso balcón del segundo piso, floreros estrellándose contra el suelo, maldiciones y reclamos, empujones, tirones de capas entre otras nimiedades cuando el escuadrón en pleno apareció por distintos lugares corriendo hasta quedar formado en el centro del gran salón.

Todos vestían tenidas distintas de influencia medieval, nórdica y algunas asiáticas mezcladas con el estilo de Asgard. Al encontrarse en un día de descanso, uno de los grandes inventos de Lord Freyr, podían dejar de lado el uniforme y recordar los viejos días como mortales aunque fuera en la vestimenta. Los casi cien hombres como era habitual se formaban en dos columnas de cuatro filas cada una, ante ellos Belenus como siempre no dejaba de vestir su uniforme de batalla pero cambiando la chaqueta gruesa por una sin mangas más delgada de color negra que dejaba ver las amplias mangas de la camisa blanca.

—Méril —susurró Rashell—, ¿has visto a Ranma?

—Para nada, esto me preocupa. Normalmente en los descansos se pasea por el mercado, pero hoy no lo vi salir.

—Tampoco se reunió conmigo para ayudarme a sacar frutas de la cocina… —fingió un repentino acceso de tos—, quiero decir, apoyarme en una "misión táctica de reabastecimiento logístico".

— ¿Ustedes son los que estaban robando la fruta?

— ¡Geez! ¿Quieres anunciarlo más fuerte? No me mires así, Ranma era el único que comía, yo soy inocente.

—Te creo.

— ¿Me crees? —Rashell preguntó inseguro.

—No te gusta la fruta, pero sí las hadas del servicio de la cocina, ¿no?

—Geez, como siempre eres dueño de una mente profunda y afilada, mi amigo.

—No sé cómo podré mirar a la señorita Nabiki la próxima vez que nos encontremos.

—Ella no tiene porqué saberlo.

— ¿Quieres que mienta?

—Mentir no, pero omitir algo de información innecesaria no entra en la clasificación específica de lo que llamaríamos una mentira. Además todo son bromas, geez, sabes que no he hecho nada de lo que tenga que arrepentirme.

—Sí, sí, te volveré a creer. Después de todo si Ranma iba contigo él no permitiría que engañaras a la señorita Nabiki.

— ¿De qué estás hablando? Ranma es el que robaba la fruta ¿y me miras a mí como criminal y a él como una blanca paloma jugando a ser mi niñera?

—Te conozco más años.

—Eso es cierto, pero esta conversación no nos lleva a saber qué ha sido de nuestro amigo.

—Estás cambiando de tema —suspiró Méril.

—No creo que sus responsabilidades de teniente lo tengan tan ocupado, ni siquiera estamos llamados al frente de batalla, ¿qué tanto papeleo podría estar haciendo? O tal vez… ¡geez!, realizando alguna actividad especial con la dama Freya, ¡maldito afortunado!

—Él no es como tú, además, ¿haces como que no me oíste?

— ¿Te refieres a tu ironía sobre mi intencionado afán por dejar de hablar sobre mis aventuras en la cocina?

—Sí.

—Tienes razón, sí lo hacía, te ignoraba intencionalmente.

—No tienes conciencia.

— ¿Debería? —Rashell agregó con una gran sonrisa.

— ¿Podrían guardar silencio, soldados? Suponía que me encontraba en un cuartel militar, no en una plaza llena de señoras chismosas —dijo Belenus regañándolos desde el frente, provocando la espontánea risa del resto del pelotón. Méril se sonrojó avergonzado, en cambio Rashell rió también pero de forma mecánica, con la vista perdida en sus propios pensamientos.

—Atención... ¡firmes!

A la potente voz del capitán los hombres guardaron silencio dirigiendo las miradas hacia las escaleras principales del gran salón de los Dragones Rojos. La dama Freya descendió lentamente, en cada paso irradiaba tal gracia y sutileza que parecía haber hipnotizado a los rudos soldados, se apoyaba en la mano de un pensativo Ranma que con mirada melancólica a pesar de su perfecta y erguida postura no parecía estar presente, cosa que preocupó al instante a sus amigos. Al igual que el capitán Ranma vestía su uniforme de chaqueta roja y pantalones negros, con un broche de oro con forma del emblema del escuadrón sosteniendo la capa.

La diosa deslumbraba por su sola presencia, nadie reparó que ella no vestía sus acostumbrados y opulentos atuendos reales, sino que cubría su delicado cuerpo con un vestido más sencillo de los que utilizaba para trabajar en el estudio que era de su hermano Freyr, el cabello lo tenía tomado con simpleza y algo de descuido por sobre la cabeza y lo como siempre llevaba colgando del cuello la pequeña piedra azul de la que nunca se desprendía. Sin embargo, los soldados jamás repararon en la humildad que ese día ella demostraba, sino que eran ellos los que se sentían avergonzados de estar delante de su presencia en atuendos informales.

Freya se instaló al lado de Belenus donde se separó de Ranma, el joven tomó su posición a un costado de una de las columnas, separado por un metro para dar a entender su posición de líder subalterno. La señora de los Dragones Rojos los observó durante un momento, los ojos esmeraldas recorrieron cada uno de los rostros y pocos pudieron resistir a su encanto; fue en ellos principalmente en los que más se mostró interesada, no por ser los más altos, apuestos, erguidos y orgullosos del escuadrón, sino por la indiferencia que mostraron ante ella, ante un dios de Asgard.

—Los he convocado por un asunto realmente delicado —dijo al fin la dama rompiendo aquel silencio mágico en que se sentían todos inmersos—, no estaría equivocada en afirmar que podría ser de vida o muerte.

Las miradas de todos se posaron en la diosa demostrando en cada uno de ellos un distinto grado de temor, no por la amenaza de peligro pues como escuadrón especialista jamás luchaban al frente de una guerra abierta, pero sí en situaciones donde las posibilidades se encontraban la mayoría de las veces en contra, el temor era por la seriedad y oscuridad en las palabras de la dama Freya a quien jamás habían visto dirigirse en ese tono al escuadrón, de hecho, si algo se avecinaba sería la primera vez que enfrentarían una misión desde su nueva administración. La señora de la magia de Asgard procedió entonces a darles una escueta pero bastante clara explicación de lo que iba a suceder.

Pasados algunos minutos, Ranma observó detenidamente al silencioso escuadrón, tras la corta exposición de la dama Freya no había ninguno que no pensara detenidamente si querrían ir de voluntarios en una misión de ésa índole, más cuando los únicos detalles relatados eran el que iría un grupo reducido a las peligrosas tierras exteriores, en una situación hostil y sin ninguna ayuda. El joven viendo que los minutos pasaban sin respuesta alguna, se animó a hacer uso de la palabra en público, diciendo:

—Tal como dijo la dama Freya, esta misión se encuentra en absoluto secreto y podré compartir mayores detalles únicamente con los que acepten ir. Pero es verdad que cualquier error nos dejaría solos en medio de las tierras exteriores y quizás ni siquiera podamos regresar con vida. Pero es muy importante que lo hagamos, se los puedo jurar, por eso yo seré el primer voluntario de la misión y dirigiré al grupo.

— ¡Como si alguien quisiera ser dirigido por un mocoso directo a la muerte! —dijo Garum con insolencia.

Las voces del escuadrón se alzaron en ese preciso momento diciendo cada uno algo distinto, provocando un caótico bullicio que ni siquiera respeto la presencia de la dama. Freya se mostró indignada, apunto de interrumpir, pero Belenus le hizo un ademán como seña de que guardara silencio. Casi le suplicó con la mirada a la molesta diosa que dejara a Ranma encargarse de esto. Ella suspirando con resignación permitió que continuara el escándalo.

A diferencia de Freya, Ranma observaba la situación con tal serenidad como si estuviera acostumbrado a esa clase de desorden, con la misma calma esperó un tiempo prudente antes de intervenir.

— ¡Silencio!

Todos callaron inmediatamente, la mirada de Ranma distaba mucho de la del joven inexperto que antes los trataba de dirigir, sino que podría causar temor más grande que el mismo capitán. Rashell que se había mantenido en silencio y observando todo ese tiempo recordó esa mirada en su amigo, la reconoció como aquella que tenía desde que comenzaron sus aventuras cuando se encontraban al filo de la muerte, entonces comprendió que él hablaba en serio y una entusiasta sonrisa se dibujó en sus labios llevándose una mano al mentón pensativo.

—No estoy pidiendo la opinión de ninguno de ustedes, ¡lo único que les digo es que yo iré a esa misión aunque tenga que hacerlo solo! Pero si alguno quiere ofrecerse como voluntario tendrá mi eterno respeto y lo llamaré por siempre como a un amigo —dijo el joven teniente con una seriedad que enfrió el aire pero que enardeció los corazones.

La manera de hablar de Ranma había cambiado completamente, era notorio que Belenus era un excelente maestro. El silencio nuevamente inundó la gran sala, después de las palabras de Ranma muchos pensaron seriamente en tomar aquel desafío que ahora veían como glorioso, pero también pensar en la seguridad de la muerte que les esperaría en una aventura esa los hizo titubear; era obvio pensar que a los einjergars jamás se les había dado a escoger si ir o no en una misión. Tales dudas los inundaban, excepto para Rashell y Méril, quienes mirándose entre sí sonrieron sabiendo que es lo que debían de hacer.

Un brazo se levantó en la segunda fila con lentitud, casi desgano, como si lo que estuviera haciendo fuese lo más natural del mundo.

—Yo me ofrezco, teniente —dijo Rashell llamando la atención con un sonoro silbido—. ¡Geez!, aunque nos lleves a las mismísimas entrañas de Nilfhel, ten por seguro que te seguiré, amigo.

— ¡No se olviden de mí! —Méril, sonriendo, alzó también la mano de manera despreocupada.

Los demás soldados no podían seguir mirando sin sentir vergüenza por su cobardía al ver a los más jóvenes del escuadrón hacer semejante acto de valor llenando sus nombres de honra para los siglos venideros. Ranma sonrió emocionado, sabía perfectamente que tendría el apoyo incondicional de sus amigos, aunque el imaginar llevarlos en semejante hazaña no le gustaba mucho que digamos, pero también conocía que sin ellos sus posibilidades ya mínimas de éxito no existirían; aquel Ranma que creía poder lograrlo todo sólo a base de orgullo comenzaba a desparecer. Pero algo lo tenía inquieto, que en total serían solo tres, ¿acaso nadie más se atrevería a seguirlo?

Il est foul! —Tras la tercera fila del segundo bloque se escuchó el exaltado reclamo en un perfecto francés.

Los hombres alrededor observaron la exclamación del particular soldado. Era un joven que no aparentaba más de veintidós a veintitrés años de edad, cabello castaño oscuro muy liso que le llegaba hasta los hombros con una marcada partidura en medio de su cabeza, usaba un pequeño y delgado bigote que le sumaba años a su imagen junto con la pequeña barba en el mentón, a pesar de ser día de descanso él vestía el uniforme común de los Dragones de la forma más impecable que pudiese haber.

Je jamais haría algo tan arriesgado como eso —el fuerte acento francés parecía dominar cada una de sus palabras cuando no hablaba en su lengua natal—, ¿me creen tan loco como él? Mejor conservarse con vida y útil que morir y no servir para nada.

A su lado se escuchó solamente un largo gruñido como respuesta que provenía de un einjergar extraño y silencioso. Vestía el uniforme negro de entrenamiento pero se veía sucio y maltratado, era un hombre maduro de unos treinta y siete a cuarenta años de edad aproximadamente, de cuerpo alto y fornido bastante bronceado producto del sol del campo de batalla. La cabeza estaba coronada por una perfecta calvicie y el rostro y los gruesos brazos estaban marcados por muchas cicatrices. La peor de todas era la gran cicatriz que cruzaba el rostro en diagonal por donde debería estar su ojo izquierdo, el cual lo tapaba con un parche de cuero café. Pero nada de esto era comparable a la mano derecha porque no estaba, mutilado en una antigua batalla contra demonios usaba una pieza de metal como un brazalete de acero de la que nacía una prótesis con forma de garfio de extraño diseño dentado, también era vistoso el pesado cinturón lleno de armas y bolsillos que traía alrededor de la cintura y que le cruzaba también el pecho.

— ¡No!, ¡no!, ¡no!, no me hagas esto —gimió en acento francés el joven einjergar mirando a su tuerto compañero —, ¡ni lo pienses!, no quiero cometer un suicidio...

Pero otro largo gruñido lo hizo callar, uno del tipo nada amistoso, haciendo temblar al francés hasta los huesos.

Oh! Oui, oui, creo que quizás no lo he pensado con necesario detenimiento, después de todo no habrá nada tan divertido como viajar por las tierras exteriores y convertirnos en héroes.

Al ver la obligada aceptación de su amigo galo, con una maliciosa sonrisa seguida por otro de sus gruñidos, el tuerto einjergar levantó el garfio en alto haciendo sonar con un golpe de su bota en el piso para llamar la atención.

Mon ami aquí dice querer ser partícipe de vuestra osada campaña —dijo el francés al tener las miradas de todos sobre ellos y en especial de un contento Ranma por la aparición de nuevos voluntarios—, y... —con notorio sudor miró el rostro amenazante de su amigo tuerto y tragando con dificultad aceptó que ya no tenía elección—… creo que yo... también... voy —terminó diciendo casi en un murmullo.

— ¿Acaso las tierras serán devastadas por la venenosa oscuridad de las fuerzas malignas sin que nadie ostente la luz de la justicia y alce la espada de la verdad para enfrentarlos?

Los hombres reaccionaron con sorpresa y rápidamente los de la primera columna retrocedieron dejando ver a un extraño joven que con una rodilla en el piso y la mirada perdida en el cielo tenía una mano empuñada sobre su corazón levantando con la otra un pesado mandoble medieval. ¿Acaso estaba imaginándolo?, Ranma se frotó los ojos cuando creyó ver una columna de luz sobre ese extraño soldado cuando sintió que todo el ambiente oscurecía a su derredor.

—Yo, guardián del débil, representante de la justicia divina, del amor y la bondad, máximo ejemplo de virtud y encarnación del valor, guarda de los más nobles preceptos de este insigne escuadrón, renovaré mis más solmenes votos durante la hora crucial. ¿Acaso seré yo el que abandone a mis más nobles camaradas en la fatídica lid? ¡No! —su grito fue tan repentino que asustó a los más cercanos—, ¡no!, si mi alma fuera consumida en las llamas de los abismos del rey Muspel o apaleado mi cuerpo por los miserables gigantes, o…

Los einjergars comenzaron a mirarse entre sí con gestos de cansancio, mientras que el esbelto einjergar continuaba con su emocionado discurso. Como la imagen viviente de los héroes románticos de las novelas de caballería aquel joven lucía un rostro cuidado y perfecto, con una larga cabellera rubia que caía por la espalda hasta la cintura, tomada en una gruesa trenza enredada por una cinta de un vibrante azul, por delante dos delgadas trenzas adornaban los costados de su rostro y caían por encima de los hombros. Giró el mandoble apoyando la punta de la espada contra el suelo, tomando ahora la empuñadura con ambas manos como si hiciera un juramento.

—... Si los mismísimos dioses de la oscuridad quisieran enfrentar el bien de mi valiente alma entregada a las virtudes de la justicia, en el nombre de las tierras de Asgard, del hermoso Yggdrasil que nos cubre con su frescor, de las doncellas a las que defendemos con nuestras vidas, de Odín y su magnífico séquito de justos señores Aesirs, de...

De pronto Ranma ya no se sintió tan entusiasmado por el nuevo valiente. Con notoria cara de fastidio se acercó a la dama Freya y le habló en voz baja como no queriendo interrumpir el discurso, más por costumbre que por deseo.

— ¿Es necesario que vaya?

—Lléveselo —respondió la diosa con voz cortante y el rostro pálido.

—Pero, ¿no soy yo el que debe decidir si…?

—No me importa, se ofreció de voluntario, debe ir.

— ¿Acaso no ve que un idiota como él podría ser un peligro para la misión? Lo más seguro es que consiga que lo maten si se pone a hablar en vez de combatir…

—Principalmente —continuaba el einjergar—, por el maravilloso amor que nuestra señora despierta en el corazón de sus más fieles seguidores, por la perfección de la belleza esculpida en forma de una mujer, con la virtud de una diosa, la gracia de un pétalo de rosa ensalzado por la ciega adoración de sus más fieles seguidores…

— ¿Qué lo maten? —Los ojos de Freya brillaron—, por favor, ¡lléveselo con usted! Y si se pierde en el camino, no tema, déjelo.

— ¿Dama Freya? —Ranma preguntó espantado.

—No se preocupe, estará bien —respondió fingiendo ahora una dulce e inocente sonrisa al estilo de Kasumi—, además que se pierda uno u otro soldado en una misión sucede con frecuencia.

— ¡Ah! —Belenus apareció interrumpiendo la bizarra conversación—, ahora creo suponer quién era el soldado que le enviaba todas esas cartas anónimas de amor, mi señora.

Freya enmudeció, pero respondió con una mirada asesina.

— ¿Cartas de amor?

—Así es, Ranma, nuestra señora ha debido de soportar el incómodo resultado que sus virtudes despiertan en un grupo de hombres como lo es nuestro escuadrón. No me considero un conocer del corazón femenino y sus secretos, pero me aventuro a suponer que tal admiración debería ser bien recibida por nuestra señora.

—Podría serlo —respondió Freya lastimosamente—, pero no cuando encuentro más de cuarenta cartas románticas en un único día y todas escritas por la misma prosa empalagosa.

— ¿Cuarenta cartas?

—La última tenía ciento siete páginas —dijo casi en las lágrimas—. Antes adoraba gestos de admiración como esos, pero ahora… ahora…

—... Y por el nombre de los inmortales Dragones Rojos y de nuestra amada y hermosísima como ninguna otra señora en el universo, pidiendo su bendición preciada que es como un tesoro para mi alma, me aventuraré junto a este grupo de valerosos hombres a dejar huella en las eternas leyendas con las que se forjaron los pilares de la ciudad sagrada. Si me lo permitís, noble líder, ¡dejadme viajar con vosotros a las tierras extrañas y plagadas de peligros a buscar nuestro grandioso destino!

Apenas terminó de hablar se quedó en su sitio observando a Ranma con una atención que casi le causó miedo al joven.

—Mi teniente —dijo Freya poniendo una mano sobre su hombro con ternura—, es todo suyo.

Ranma se dio cuenta de que el silencio se mantenía como si esperara una respuesta de su parte. Miró al capitán buscando ayuda y éste le respondió encogiéndose de hombros. Luego a la dama, pero ella lo evitó mirando los vitrales de los tragaluces del techo como si estuviera aburrida. Se llevó una mano al rostro y lo frotó con fuerza para tratar de despabilarse después de haberse adormecido un poco, entonces movió la mano como haciendo una seña con ligereza.

—Bueno, creo que no habrá problema con que vayas…

— ¡Los cielos os agradecerán este gesto de confianza que vuestra prudencia a colocado en mi persona! Al permitirme…

—No de nuevo —murmuró Ranma golpeándose la frente. Belenus sonrió y Freya suspiró con tanta fuerza que cambió de lugar sobre su rostro uno de sus mechones dorados.

Después de la "entusiasta" perorata del parlanchín einjergar, exactamente cuándo los que lo rodeaban saltaron sobre él atándolo de pies y manos para amordazarlo, otro brazo se alzó en medio del grupo.

—Si me disculpan, también quisiera ofrecerme, si todavía queda lugar para mí, mi teniente.

La voz ronca y suave, muy respetuosa, contrastaba con el enorme tamaño de su dueño; Era un einjergar de raza negra como lo fuera Shaka Ishkoo y tantos otros en el escuadrón, algo maduro de edad pero con un increíble físico, compitiendo con Garum por ser el más alto del escuadrón, pero a diferencia de él este einjergar no tenía un solo gramo de grasa en su cuerpo, por el contrario, la ropa ligera apenas podía ocultar una sólida masa de músculos. El cabello lo tenía peinado en pequeñas y delgadas trenzas con adornos de colores que le caían por la espalda hasta casi la cintura. Pero lo que más sorprendía eran su mirada amable y gestos educados en todo momento, que producía un increíble contraste con su imagen más salvaje.

—Como verán, camaradas míos, no soportaría quedarme en el cuartel sabiendo que mis compañeros corren grandes peligros. Si me lo permite, mi teniente, podría agregarme a esta intrépida misión —la amabilidad de este einjergar causó complacencia en Ranma, por fin alguien en quién pudiera confiar, pensó el joven que mirando a Rashell rápidamente volvió a pensar: sí, definitivamente alguien de confianza.

Pero Ranma no sólo confió en la educada amabilidad, sino también en el gran tamaño, evidente fuerza y en el par de hachas gemelas que llevaba cruzadas en la espalda como si no le pesaran en lo absoluto.

— ¡Estás adentro! —Ranma no dudó un segundo al decidirse.

—Muchas gracias, teniente, será un placer servir en el grupo con fidelidad y devoción por nuestra causa.

—Eh... sí, claro, como tú digas —Ranma no sabía cómo responder muy bien todavía a los tratos caballerescos.

— ¡Espere, aún falto yo!

El grito de un hombre notablemente ebrio los hizo mirar a todos hacia el extremo más alejado del grupo, de hecho no estaba allí, sino que las miradas siguieron hasta dar con la escalera opuesta de la sala donde Sergus estaba sentado cómodamente en los primeros peldaños con una botella de vino en la mano y un par de botellas vacías descansando a sus pies. Acostumbraba como siempre a usar un pañuelo rojo en la cabeza que cubría casi todo el cabello a excepción de los mechones rizados que se escapaban por los bordes, a pesar de su juventud los mechones mostraban dos colores, negro y blanco, que contrastaban notoriamente entre ellos. El cuerpo de Sergus se tambaleaba notoriamente de lado a lado, cuando quiso beber de la botella no podía acertar pues su boca se movía en la dirección opuesta.

—Sergus —dijo Ranma incrédulo—, ¿estás seguro que sabes de lo que estamos hablando?

El joven demostraba unos veinticinco años de edad, tez blanca y ojos oscuros, con las mejillas bastante coloradas al igual que su nariz, miró al teniente como sintiéndose ofendido.

— ¿Qué si no sé? ¿Qué si no sé a qué vamos? —Sergus suspiró enojado—; Viajar a las tierras exteriores para arriesgar nuestras ya perdidas vidas, desafiar el cierre de fronteras y el estado de sitio ordenado por Odín, lo que significa que lo haremos de contrabando, eso nos obligaría a confiar en algún estafador mercader que nadie conoce. Ser dirigidos por usted, sin ofender mi teniente, que sabe tanto de las tierras exteriores como yo lo que es estar sobrio un domingo... ¿algo que no haya escuchado?, ¡hip!, ¿mi teniente?

Ranma se quedó con la boca abierta, se rascó la cabeza tratando de recuperarse antes de poder responder.

—Y… y sabiendo todo eso ¿aún así quieres ir?

Sergus rió entre dientes siseando algunas palabrotas luciendo su notable estado de ebriedad.

— ¡Si parte sin mí, teniente, olvídese de que se lo perdonaré algún día! No le regalaré nada en su próximo cumpleaños —terminó dando una risotada. Ranma, Freya, Belenus, Rashell y Méril reaccionaron cada uno de distinta manera ante esta terrible revelación que Sergus había hecho pública. Pero por suerte los demás einjergars no entendieron o rieron creyéndolo solamente parte de una broma.

Ranma suspiró aliviado, por un momento creyó que se haría público su secreto de que era un mortal y no un einjergar como el resto, luego pensó que cómo Sergus podría haberlo sabido, después de todo ¿tendría algo de ingenio oculto bajo esa capa de alcohólico sin remedio?

—Sergus, puedes venir si quieres —no sabía si lo aceptaba en el grupo porque lo creería útil o para hacerlo callar antes de que dijera algo más comprometedor

—Sabia decisión, mi teniente. ¡Je!, ¡tierras exteriores, allá vamos!

Volvió a zamparse la botella bebiéndosela al instante ante la vista y paciencia de todos.

Entre risas, gritos, discusiones y comentarios en los que se había convertido la con anterioridad formal situación, Freya dio unos pasos para detenerse al lado de Ranma.

—Con ocho voluntarios bastará, teniente, no sería conveniente un mayor número si queremos que nuestros movimientos pasen desapercibidos ante los ojos del consejo de los Aesirs.

Ranma asintió.

—Que los voluntarios pasen al frente —dijo autoritariamente. Los soldados callaron al instante y volvieron a sus posiciones recuperándose la marcialidad de la escena—, quiero conocer mejor a mis nuevos compañeros.

El primero en adelantarse fue Sergus saludando con relajo como si no supiera donde se encontraba en realidad. Mientras todos los hombres seguían atentamente el tambaleo de su cuerpo, apostando en secreto si se caería o no al piso delante de la dama Freya.

—Sergus Rostov de Vitebsk a sus órdenes...

Todos lo siguieron con la mirada a medida que se inclinaba notoriamente hacia un lado, pero a punto de caer volvió a enderezarse causando un suspiro generalizado de desilusión.

—... ¡a sus órdenes, teniente Saotome!

—Sólo espero que no te arrepientas cuando estés sobrio.

—Mi teniente, volveremos de las tierras exteriores antes de que esos suceda, ¡hip!

Ranma suspiró profundamente pidiendo algún milagro que lo ayudara, pero si la mismísima dama Freya parecía pedir lo mismo siendo una diosa, ¿entonces a quién podía rogar?

El siguiente en aparecer fue el gran soldado de raza negra, casi una montaña de músculos portando sus dos fieras y pesadas hachas gemelas colgando de la espalda. Se acercó realizando una reverencia con una amabilidad que llegaba a impacientar.

—Mi Teniente —dijo solemnemente ante Ranma—, mi nombre es Kertos Simarik de Kenia, juro servirle con toda mi voluntad.

Ranma no pudo menos que responder automáticamente a la reverencia intentando mantener el mismo respeto, aquella nobleza y paz que irradiaba obligaban a cualquiera a mantener la compostura.

A continuación llegó el rubio einjergar, aquel de porte y estatura que lo harían bastante atractivo para las mujeres, siempre y cuando se quedara callado. No se veía muy contento al tratar de recomponer su uniforme después de haber sido atado, pero el encontrarse delante de la dama Freya lo insufló de nuevos ánimos, cuando la diosa evitó mirarlo como si se sintiera hastiada.

—Mi noble y gallardo líder, os agradezco esta dichosa oportunidad de medir mis poderes superiores de la luz dirigidos por las bendiciones divinas en bien de la creación que con amor y devoción defendemos...

— ¡Muchas gracias por tu valor! —Ranma lo interrumpió bruscamente tratando de sonreír—. ¿Cuál es tu nombre?

El einjergar se quedó algo confundido por la interrupción de su discurso, pero intentando esconder su molestia respondió.

—El guerrero de la luz, el enviado de las fuerzas divinas, el protector de...

— ¿Tu nombre?

Ranma insistió irritado y no era el único, pues ya todo el escuadrón miraba con ojos asesinos a su compañero. El einjergar notando cierto ánimo negativo en el ambiente prefirió ser un poco más directo esta vez.

—Mi nombre es Dante Trieguel, caballero de la luna plateada, el magnánimo, el amado, el...

—Agradezco enormemente tu cooperación en esta difícil misión.

—El honor es todo mío, mi noble líder, pues…

— ¡Gracias! ¿Quién sigue?

El silencioso einjergar de ojo parchado y su garfio en vez de mano se plantó con atemorizante firmeza ante los demás, había una oscura presencia que emanaba de su cuerpo y que causaba un aire gélido y mortal a su derredor. Con tantas cicatrices sobre la morena piel parecía más amenazador que el más fiero de los Trolls. Aunque lo que más llamaba la atención era como arrastraba de su camisa al otro voluntario, el joven delgado de acento francés. Una vez frente a Ranma el einjergar del parche hizo una brusca reverencia acompañada por un amenazante gruñido.

—Él dice —dijo el francés a su lado— que es un honor pertenecer a este grupo de valientes guerreros.

Otro gruñido llamó la atención de Ranma, que no conocía bien a este misterioso einjergar.

—Y también dice que su nombre es Orrish Zerdrish —volvió a hablar el francés—, y que lo seguirá hasta el fin del mundo, mi teniente.

Ranma sonrió al entender recién que era el joven francés quien traducía aquellos raros gruñidos, aún no se podía imaginar porqué no hablaba, pero con la alegría de sentirse respaldado eso ya no le importaba.

Adieu!, creo que eso fue todo, si me disculpan ya no les seré de mucha utilidad.

El francés dio media vuelta pero en su intento de retirarse fue detenido por un profundo y atemorizante gruñido. Orrish lo jaló de la camisa y lo obligó a girar para que se quedara a su lado.

—Oh, qué vergüenza, olvidaba que yo también iré, ¡qué despistado soy!

La fingida sonrisa no convenció a nadie.

Je suis André Mitrard, a su servicio, mi teniente —dijo haciendo una graciosa reverencia.

Luego llegaron los jóvenes y ya famosos einjergars, amigos personales de Ranma y compañeros en la leyenda que éste ya comenzara a forjar en sus primeras escaramuzas contra las fuerzas de Hel, quienes no necesitan mayores presentaciones para todos nosotros.

—Rashell Kandurias al servicio de nuestra hermosa señora, por quien la vida entregaría cien veces si esta cruel mortalidad no me lo impidiera.

La forma tan amable en que se dirigió para impresionar a la diosa fue notoria, hay malas costumbres que jamás se pierden. Freya no pudo evitar sonreír ante la galantería del joven, no por sus palabras, sino por ese fuego en los ojos que parecía conmover incluso a una experta en esas lides como ella.

—Méril, Méril Llewelyn.

Como siempre Méril llevó el ejemplo de humildad ante los demás sin hacer mayores intervenciones y retrocediendo rápidamente dado su carácter más tímido, aunque sin destacar Ranma podría jurar que de todos, el más esforzado y fiel siempre sería él.

Así la reunión especial de los Dragones Rojos terminó con la selección de los siete valientes que acompañarían a Ranma en el peligroso viaje a las tierras exteriores. Ocho en total eran los Dragones Rojos que no imaginarían nunca la importancia de la misión que tenían entre manos, ni mucho menos que su leyenda sería escrita con sangre.

.

Rashell se encontraba a altas horas de la noche en su habitación con un varias docenas de libros abiertos sobre la cama, también tenía otros tanto sobre el escritorio mientras él se encontraba haciendo anotaciones sobre unos pergaminos. Con una recordada agilidad de otro tiempo y vida usaba la pluma junto con regla y compás para trazar algunos improvisados mapas y apuntes con la poca información que lograba reunir de los textos.

—Si Méril estuviera aquí sería mucho más sencillo, ¡geez! ¡No sé cómo pueden gustarle tanto los libros!

Pero una mirada seria y preocupada lo dominó.

—Mientras más información tengamos sobre las tierras exteriores, más posibilidades tendremos de volver. Ranma no tiene experiencia dirigiendo ejércitos o trazando rutas militares, pero me aseguraré que tenga toda mi experiencia a su disposición. Supongo que algo bueno aprendí en esa mala vida con los Touni.

Regresó a su duro trabajo, acumuló un pequeño grupo de pergaminos sobre la mesa mientras continuaba revisando nuevos volúmenes en busca de mayor información. Pero sin que se diera cuenta la puerta se abrió lentamente a sus espaldas y una silueta se asomó entrando lentamente en la habitación.

— ¿Rashell Kandurias leyendo? Creo que lo he visto todo.

El joven Rashell no alcanzó a reaccionar cuando sintió que alguien le sacó la silla con fuerza y rapidez tal, dejándolo caer de espaldas al suelo.

— ¿Geez? —apenas exclamó mirando el techo cuando quedó tirado en el piso.

Sobre él vio el rostro sonriente de una vieja conocida, una valquiria muy especial con una fuerte voz de mando.

—Me desaparezco un tiempo y el mundo se vuelve de cabeza, ¡dime que es una broma o no dormiré tranquila con la aterrorizante imagen de haberte visto trabajar, Kandurias!

— ¿Nina?

— "¿Nina?" —repitió con burla la valquiria—, ¿y a quien más esperabas, inepto?

Nina Dalange, la primera valquiria de los Dragones Rojos se encontraba de brazos cruzados, vestía su característico uniforme con una falda corta de tono amarilla y dorado, botas cortas, y pequeñas piezas de armadura que cubría los antebrazos, hombros y un ajustado peto moldeado para su vibrante anatomía. El cabello rubio como melena caía un poco más abajo de los hombros cubriéndolos. En resumen, toda la imagen de una dulce y hermosa joven rota por la más fiera de las mirada, agresivo gesto y ácido vocabulario.

— ¡Geez!, ¿pero que no se supone que deberías estar en Midgard con la familia Tendo?

Rashell se levantó de un salto desafiando con la mirada a la temperamental Nina.

—Por si no lo sabías ahora vengo a dar mi reporte a la dama Freya y me encuentro con que ustedes se meterán en líos por no sé qué motivo dando un paseo por las tierras exteriores, y lo que más cólera me da ¡es que no podré ir!

Rashell suspiró antes de regresar a su trabajo con los mapas ignorando el berrinche de Nina, pero al pasar los minutos la valquiria ya más calmada sacó un sobre escondido de no imagino qué parte de su minúsculo vestido.

—Como te veo tan ocupado Kandurias, algo excepcional en ti, supongo que esta carta de Nabiki puede esperar un poco.

Rashell se cayó de espaldas otra vez antes de pararse de otro salto tratando de arrebatársela de las manos, mientras que la valquiria retrocedió entre risas usando su cuerpo como escudo. Había que aceptar que Rashell, a pesar de todo, era un caballero y se encontraba en desventaja.

— ¡Geez!, ¡no seas tan odiosa como un ogro y dámela ya! —le gritó en la cara.

Cosa que detuvo la risa de la valquiria, sólo para terminar enfureciéndose.

— ¿Así que un ogro?

—Perdóname, no lo decía por tú personalidad.

— ¿No?

—Más bien hacía mención de tu "particular belleza".

—Tú…

Unos minutos después Nina abandonó la habitación dejando a un muy golpeado Rashell en el suelo con su querida carta entre sus temblorosos y adoloridos dedos.

.

La tarde avanzaba lentamente en el país de los dioses. Ranma algo solitario se encontraba mirando desde uno de los grandes balcones bajo arcos de piedra que se encontraba en uno de los pasillos del gran cuartel. Veía con atención los distintos seres cruzar por las calles del Valhalla desde su cómoda posición en el tercer piso, algunas hadas lo saludaban como conocidas, pertenecían al servicio del cuartel y Ranma se había hecho rápidamente popular entre ellas sin saberlo. Él les respondía con un suave movimiento de la mano tratando de sonreír, pero se veía ausente en sus propios pensamientos.

— ¿Preocupado? —Belenus descansó su cuerpo en la baranda a su lado.

—No mucho— respondió sin mirarlo.

—No te creo.

Un largo silencio se formó entre ellos, hasta que el capitán fue el primero en hablar.

—Sé que debe ser difícil, cuando la dama Freya termine de hacer los preparativos tendrás que dirigir a un grupo a través de tierras que ni siquiera conoces. Tendrás que tratar por tu propia cuenta con los mercaderes de Folkvang sin nunca haber conocido antes los puertos celestes.

—No tanto, capitán —respondió el joven con nostalgia—. Mi padre desde que tengo memoria me hizo viajar por todo Japón y otros lugares, me he acostumbrado a sobrevivir en tierras siempre desconocidas. No debe ser tan distinto ahora, creo.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Ranma lo pensó detenidamente.

—Jamás me he preocupado por nadie durante mis viajes, ni siquiera por el inútil de papá, pero ahora es distinto. ¿Si algo malo sucediera, si uno de ellos no regresara?

—Ya veo, sufres de un mal que aqueja por lo menos una vez a todos los que nos ha tocado estar al frente como líderes. No te pongas nervioso, sólo has lo de siempre, lo que sabes hacer y aprende a apoyarte en tus hombres.

Otro largo silencio se formó entre ellos, mientras observaban el suave movimiento de las gigantescas ramas de Yggdrasil en las alturas y escuchaban el sonido de las infinitas hojas meciéndose semejante a las olas del mar.

— ¿Y no piensas en tu vida? —Belenus preguntó repentinamente.

Ranma suspiró cansado.

—Es extraño, después de lo que me dijo la dama Freya, eso de que no debería de arriesgarme en exceso sé que debo tener precaución cuando utilice ahora la magia.

—Siento tener que escucharlo, no sabíamos que Jezi guardaba otras sorpresas y me duele saber que por eso ahora te encuentres en una situación difícil.

—No importa, aunque hubiera conocido antes el precio lo hubiera pagado de todas maneras.

—Lo sé, eres un Saotome. Ya encontraremos una solución, no creo que te dejes vencer por una maldición como ésa.

—Una más, una menos, qué puedo decir; pareciera que soy experto en maldiciones.

Belenus rió ante la ocurrencia de Ranma, era increíble lo bien que se tomaba encontrarse tan cerca de la muerte.

—Pero…

— ¿Pero? —preguntó Belenus.

—No sé si me entiende, capitán, es sólo que siento que preferiría morir yo antes que uno de ellos. Jamás me había sentido así, de pronto dejó de importarme lo que pueda suceder con mi propia vida.

—Te entiendo, Ranma, te entiendo perfectamente.

El joven teniente miró a su capitán con sorpresa.

—Es lo mismo que siento en cada momento que dirijo una misión por cada uno de los del escuadrón. Cualquiera de ellos que muera será mi responsabilidad, sea cierto o no, siempre pensaré después en cómo podría haber evitado una muerte, o que debería de haber hecho para cambiar algo que no pude. Si no aprendes a aceptar la culpa como parte de tu trabajo, te volverás loco.

Ranma se sintió un cobarde en ese instante, Belenus trataba con casi cien hombres desde hace más de ochocientos años, mientras que él se quejaba únicamente por dirigir a un grupo especial de no más de siete. No importando lo que harían ni lo que pasarían, no dejaba de sentirse inferior en todo a Belenus. Entonces, mirando el comienzo del atardecer en la hermosa ciudad del Valhalla sonrió.

—Capitán —dijo Ranma—, pase lo que pase le prometo que regresaré, con todos ellos.

Belenus no respondió al instante, lo observó por un momento tratando de capturar en su mente el perfil del joven contra la luz del atardecer y una sombra de tristeza cubrió su rostro. Tratando de evitar oscuros pensamientos Belenus sacudió un poco la cabeza e intentó sonreír.

—Eso me alegra, pero recuerda que una vez que estés en el campo de batalla ya no importarán las órdenes que te hayan dado. Tú estarás a cargo y debes dejarte guiar por lo que crees, o lo que piensan tus hombres que será lo mejor. Quién no esté allí en el minuto de la verdad, no tendrá nunca un juicio más correcto que aquel que tienen los que sufren en carne propia el dolor del momento. Llegado el momento si tienes que cambiar todos los planes e incluso desobedecer una orden directa, no temas hacerlo; la absoluta autoridad y responsabilidad por todo lo que suceda recaerá únicamente en ti.

Ranma se quedó mirándolo fijamente, el capitán no había terminado.

—Ni siquiera debes dejarte llevar por lo que yo haya dicho. Sólo lo que tú creas o decidas será lo mejor en ese momento. Estoy seguro que la próxima vez que nos veamos serás un líder mucho más grande que yo.

—Capitán…

— ¿Acaso no eres un Saotome? Está en nuestra sangre superar lo insuperable, no lo olvides jamás —entonces Belenus se marchó dejando a Ranma pensando en aquellas palabras.

Ranma se quedó embelesado con la belleza del fresno sagrado, después como recordando algo importante hurgó con la mano bajo la chaqueta y extrajo un pequeño sobre blanco que no había tenido tiempo de abrir, pero su nerviosismo ahora se lo impedía. Se quedó algunos segundos mirando el nombre escrito en el sobre como si tratara de creer en algo que no era cierto. A veces imaginaba que su vida en Asgard había durado años, que lo sucedido en Nerima no era más que un recuerdo tan lejano que se hacía irreal, que él no era distinto a los demás einjergars. Ese pequeño sobre impregnado con ese perfume que se le hacía tan conocido, ¿cuántas veces sintió esa fragancia en casa y jamás le prestó atención como algo especial? Todo lo que ahora lo hiciera recordar sus días con Akane valía más que oro y gemas preciosas. Era la primera cara que recibía de Akane desde que se encontraba en Asgard y todo se lo debía a Nina.

—Akane —murmuró entre labios.

Finalmente se atrevió a abrir el sobre y se encontró gratamente sorprendido de que contuviera cinco largas hojas llenas de texto por ambos lados, se notaba que ella se había esforzado por escribirle de todo. Quizás Akane sabía lo que él estaba viviendo y lo mucho que necesitaba en ese momento sentirse parte de esa Nerima que ocurría día a día en pequeños detalles que ahora no podía recordar. Cada línea lo hacía sentir como si todavía viviera en casa de la familia Tendo. ¿Quién mejor que Akane, que lo conocía tan bien, podía hacerlo sentir acompañado en ese momento?

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Continuará