Capítulo 09

Mycroft se encontraba en el sofá mirando el techo mientras se acariciaba el vientre, su teléfono móvil comenzó a sonar, pero como estaba un poco lejos se excusó en eso para no cogerlo. Cuando sonó por tercera vez, se incorporó y fue a cogerlo, quizás fuera importante. Cuando leyó el nombre de su hermano en la pantalla suspiró.

—Sherlock, ¿qué quieres? —preguntó con un deje de cansancio en su voz.

—Señor Holmes, soy el Inspector Lestrade…

—Dios, ¿qué ha hecho esta vez? —preguntó el pelirrojo algo desesperado.

—Agresión a un miembro del equipo forense. Al parecer le molestaba el chico que hacía las fotos y le empujó, el problema es que el chaval se cayó de lado y rompió el cristal contra el que se cayó. Dos puntos en la cabeza. Es un accidente, lo sé, pero igualmente lo tenemos encerrado hasta que venga alguien a por él.

—¿Y no puede llamar a el Doctor Watson?

—Lo hice, pero palabras textuales "No piensa faltar a mi trabajo porque a ese idiota se le crucen los cables" —respondió Lestrade —. Si no está ocupado, ¿puede venir a por él? Como siga gruñendo de esa manera los presos le van a correr a hostias.

Mycroft suspiró profundamente y se pasó la mano por la barbilla.

—Voy enseguida —dijo antes de colgar el teléfono.

Quince minutos después, ya estaba en Scotland Yard. Se había puesto su clásico traje aunque la parte superior había procurado que fuera lo más grande posible, dejándolo así un poco suelto. Lo que fuera por ocultar lo que empezaba a notarse.

Fue directamente al despacho del Inspector Lestrade y llamó a la puerta.

—Hola —saludó fingiendo una sonrisa.

Greg se levantó inmediatamente de la mesa y se acercó a él, extendió la mano y el mayor de los Holmes se la estrechó.

—Gracias por venir, de verdad.

—Ya… ¿A cuánto asciende la multa? —preguntó Mycroft.

—A nada en realidad, pero tendré una satisfacción personal al ver que le hemos llamado a usted. Estoy casi seguro que no quiere que su hermano mayor venga a recogerle.

Mycroft rotó los ojos y emitió un suspiro.

—Vayamos entonces, tengo que irme.

Lestrade le hizo un gesto para que fuera detrás de él y bajaron a los calabozos. Sherlock estaba en la celda más próxima a la puerta, callado y mirando fijamente al preso que tenía justo en frente que, además de ser dos Sherlocks de ancho, estaba crujiéndose los nudillos.

—Sherlock, vienen a por ti —dijo.

El detective se giró esperando ver a John, pero al fijar la vista en su hermano mayor palideció y apartó la mirada, avergonzado. Su hermano le había pedido que no se metiera en líos porque no quería ir a buscarle a ningún sitio, y él estaba allí, metiéndose en líos

Cuando Lestrade se dio cuenta de la mirada de Sherlock, sonrió victorioso. Cogió las llaves que estaban encima del mostrador y abrió la puerta de la celda.

—Vamos Sherlock —dijo sonriente —. Ya puedes irte —dijo.

El detective se levantó inmediatamente y salió por la puerta.

—¿Dónde está Anderson? —preguntó sin ser capaz de mirar a Mycroft.

—En el depósito —le respondió Greg —. No vayas a… —empezó, pero Sherlock ya había salido de allí rumbo a la sala de autopsias.

—Intentamos enseñarle modales de pequeño, pero fue un poco difícil —comentó Mycroft mientras andaba por el pasillo.

Greg sonrió.

—Puedo imaginarme a un pequeño Sherlock argumentando el por qué comer verduras es mala idea… —dijo divertido.

Mycroft sonrió de medio lado, aunque se le borró en seguida. Se sentía ligeramente extraño, molesto. Se paró y apoyó una mano en la pared. Aquello no era una buena señal. Nunca lo había sentido y si lo sentía era porque algo iba mal.

—Señor Holmes, ¿está bien? —preguntó Greg, que se había parado y estaba mirándole.

—Yo… Necesito ir al baño —dijo antes de andar rápidamente al final del pasillo y entrar en el.

Se abrió la chaqueta y miró el vientre. Lo tocó varias veces, esperando que aquello cesara, pero al hacerse más intenso bajó la mano rápidamente a los muslos. Esperando encontrárselos húmedos o algo. Pero nada.

Tragó saliva. En ese momento la puerta del baño se abrió y entró Greg.

—¿De verdad que se encuentra bien? —preguntó el inspector mirándole fijamente.

—Sí… —murmuró Mycroft en un susurro notando como perdía color de manera alarmante —. Necesitaría hablar con…

—¿De cuánto está? —preguntó Greg acercándose.

—¿Disculpe? —preguntó Mycroft confundido.

—Quizás pueda ayudarle —dijo Greg acercándose —. Tengo cuatro hermanas mayores, y todas ellas han estado embarazadas. No soy médico, pero ¿me deja? —preguntó.

Mycroft le miró asustado y se apartó un poco.

—¿Qué está insinuando inspector? —preguntó Mycroft.

Greg no le respondió, dio un paso largo hacia Mycroft y le puso una mano en el vientre, dejándole clavado en el sitio. Lestrade, presionó con suavidad la zona donde estaba el ombligo y sonrió.

—Dame la mano —pidió.

—¿Qué…? —murmuró este alzándola en dirección a Greg —. ¿Qué va mal? ¿Lo sabes?

—Nada va mal —dijo Greg con una sonrisa, le cogió la mano y la dejó justo donde él había tenido la suya.

Puso la mano derecha sobre la de Mycroft y ejerció un poco de presión sobre el vientre.

—Está dando patadas —le dijo.

Mycroft abrió los ojos sorprendido y tanteó el vientre con ambas manos.

—¿Cómo lo sabes…? —preguntó confundido.

Greg rió.

—Se lo he dicho —respondió Greg con una sonrisa —. He tenido demasiados embarazos en mi familia. Mis hermanas eran muy pesadas cuando comenzaban a dar patadas y uno se acaba acostumbrado a identificarlas. Estás de casi cinco meses, y suele ser la época en la que lo hacen así que…

Mycroft asintió y sonrió tontamente al sentirla.

—Da patadas… —susurró.

La puerta del baño se abrió y Sherlock apareció en ella.

—Mycroft, ¿nos va…? —preguntó, aunque al ver a los dos hombres agitó la cabeza —. ¿Pasa algo? —preguntó preocupado mientras se acercaba.

Lestrade apartó las manos y rió.

—Tu sobrino da patadas —informó Mycroft mientras le cogía una mano y la ponía justo debajo de la suya.

Sherlock arrugó el entrecejo al no sentir nada, pero cuando notó como la zona donde estaba su mano se movía sonrió tontamente mientras abría los ojos de la sorpresa. Greg, se apoyó en los lavabos. Mirándoles.

—¿Cómo…Sabias esto? —preguntó Sherlock alzando la cabeza hacia Greg.

—Eso —dijo Mycroft —. ¿No se lo dijiste tú? —preguntó mirando a Sherlock.

El detective miró a su hermano y negó con la cabeza, luego ambos giraron la cabeza al inspector.

—Ningún embarazo es fácil de ocultar, sobre todo cuando se pasa el tercer mes… —se excusó.

—Me refería a como sabías que mi hermano se podía quedar embarazado —dijo Sherlock mirándole.

Greg se rió entre dientes.

—Los hermanos Holmes sois muy egocéntricos —dijo —. A ver si te crees que mi puesto me tocó en la tómbola. Lo sé desde el primer día que le vi.

Sherlock arrugó el entrecejo.

—¿Y cómo lo averiguaste? —preguntó Sherlock confundido.

—Haré como los hermanos Holmes y me volveré un hombre misterioso —dijo divertido —. Adiós.

Movió la cabeza y salió por la puerta con una sonrisita de superioridad en el rostro. Mycroft miró a Sherlock confundido, aunque el hombre no dijo nada, solo se separó de su hermano.

—Siento haberte hecho venir —se disculpó.

Mycroft miró a su reflejo y se acarició de nuevo la barriga.

—No pasa nada, en serio —dijo sonriendo.

Sherlock ladeó la cabeza.

—Bueno, me voy al laboratorio —le dijo antes de salir apresuradamente del baño.

Mycroft se colocó correctamente la chaqueta y luego salió también. Cuando hubo salido del edificio, cogió su móvil y abrió la opción de mensajes.

"Te invito a cenar. ¿Te apetece?" M

Unos minutos más tarde el teléfono vibro en su mano.

"¿Por algo en especial?" JW

"No. Solo me apetece quedar contigo." M

Y tomo aire antes de enviar la respuesta.

"Entonces déjame que te invite yo. ¿Vale?" JW

"Como quieras" M

"¿Qué te apetece comer?" JW

"Creo que voy a quedar como un paleto, pero tengo ganas de comer pizza" M

"Entonces no te arregles demasiado. Pasa por la clínica a las cinco y media" JW

"Nos vemos" M

Mycroft miro su reloj y sonrió. Aun le quedaban dos horas para ir a casa, tomar una ducha y encontrar algo informal que ponerse. A saber si eso existiría en su armario.

Una hora y media más tarde, salió de casa con unos vaqueros y una camiseta de manga corta de color marrón oscuro que tenía la silueta de un trébol estampada.

Se miró al espejo varias veces antes de salir de casa, no muy seguro de si la camiseta era lo suficientemente ancha o no. Aunque acabó saliendo sin cambiársela, total, iría en coche y luego estaría sentado así que dejó de darle vueltas.

Cuando llegó a la clínica, esperó a que John saliera por la puerta para abrirle la puerta del coche. Aunque el médico rápidamente se acercó a él y le miró.

—Vamos, está solo a dos calles, demos un paseo —pidió al abrir la puerta.

Mycroft suspiró y salió del coche, indicando a su chófer que podría ir a recogerlos en dos horas. Mycroft y John se saludaron con un apretón de mano algo flojo, porque verdaderamente, ninguno de los dos sabía cómo saludarse.

—Me sorprende que me llamaras —comentó John cuando se echaron a andar hacia la pizzería.

—Ya bueno —murmuró Mycroft —. Es que tengo preguntas.

—¿Acerca del pequeño Mycroft o la pequeña Joana? —preguntó John divertido.

—En realidad es acerca de nosotros. Aunque ahora que sacas el tema es Sherlock quien le va a poner el nombre.

—¿En serio? ¿Dejas algo tan importante a Sherlock?

—Fue él quien eligió el mío, así que creo que es un acierto —comentó Mycroft mirándole de reojo.

—¿Cómo te llamabas al nacer? —quiso saber John.

—No te lo pienso decir.

John rió y se metió las manos en los bolsillos.

—Mycroft… Me gusta Mycroft. ¿Sabes de dónde lo sacó? —quiso saber el médico.

—Era el apellido de tres hermanos jugadores de críquet —explicó —. De principios de 1900.

John alzó las cejas sorprendido.

—¿A tu hermano le iba el críquet?

—Le encantaba. Incluso tenía el trajecito… Pero cuando creció quemó todas las fotos.

—Oh… ¿No queda ninguna? —preguntó John divertido.

—Bueno, mi madre guardó una en un álbum familiar, pero como desaparecieron misteriosamente, no sé dónde puede estar.

John asintió y le abrió la puerta del restaurante.

—Oye —preguntó mientras lo dirigían a una mesa —. ¿Tus padres siguen vivos?

—Mi madre sí, mi padre falleció hace cinco años.

—Lo siento.

—No tiene importancia —dijo Mycroft encogiéndose de hombros mientras se sentaba en la mesa —. Un sitio… Peculiar.

John se sentó justo en frente y rió.

—Estás demasiado acostumbrado a los restaurantes caros, que quieres que te diga.

—Ya, claro —dijo Mycroft rotando los ojos mientras cogía la carta.

Una chica, de unos 20 años, se acercó a tomarles nota.

—¿Han decidido? —preguntó.

—Eh… —murmuró Mycroft mirando la carta —. Una pizza familiar de peperoni y jamón y un refresco.

La chica sonriente lo apuntó en la libreta.

—¿Y usted señor? ¿Qué desea beber? —preguntó.

—Eh… Odio el peperoni —dijo John mirando a Mycroft.

—Esa pizza es entera para mí —corrigió Mycroft ofendido mientras cerraba la carta.

—Ah…Vale —dijo John divertido —. Yo quiero una pequeña de cuatro quesos y una cerveza.

—¿En serio se va a comer una familiar señor? —preguntó la chica sorprendida —. Es… Familiar.

—Tengo hambre —respondió Mycroft mirándola.

La chica asintió ligeramente, cogió las cartas y se fue casi corriendo a la cocina. John apoyó los codos sobre la mesa y miró sin parpadear a Mycroft mientras sonreía.

—No me mires así, ¿acaso cuando tienes hambre no comes?

—Si… Pero como porciones pequeñas y si tengo ganas de más voy aumentando —contó John con tranquilidad —. Así que te pide comida…

—Siempre he sido de comer —dijo Mycroft mirando la mesa —. Pero dado que voy a engordar igual me aprovecho.

John rio y agitó la cabeza. Un rato más tarde, cuando ya estaban servidos y Mycroft comía su pizza familiar ante el continuo asombro de la joven camarera, John se atrevió a comentar su situación.

—¿Estamos saliendo?

Mycroft tragó el trozo de pizza mientras pensaba meticulosamente en lo que quería responder.

—Podría considerarse una cita, sí —dijo después de tragar el cacho, John sonrió —. Aunque, no sé qué demonios has visto en mí como para querer salir conmigo.

John rió entre dientes.

—Al parecer muchas más cosas de la que no ves tu —respondió sonriendo.

—¿Seguro que es por eso y no porque seas el padre…? —preguntó n un susurro.

—Eso ha influido, pero no es solo por eso Mycroft. No poder sacarte de la cabeza en cada momento del día, soñar con tus ojos azules, pensar en abrazarte y no soltarte porque me resultas adorable. No sé, esas cosas.

Mycroft miró avergonzado el plato mientras tragaba oro trozo de comida.

—Ojalá tenga tu nariz —murmuró.

—¿Disculpa? —preguntó John confundido.

—Que ojalá mi hijo tenga tu nariz —dijo algo más alto —. Nuestro —se corrigió.

John sonrió orgulloso.

—Nuestro —afirmó sonriente antes de inclinarse sobre él y darle un beso en la mejilla.