Escena 09. Las diosas guerreras de Asgard
El teatro Bolshói, entero, irrumpió en aplausos al escuchar la última pieza interpretada por las jóvenes estrellas de la Sinfónica de Asgard, en conjunto con los veteranos artistas de la Orquesta Sinfónica de Berlín. El último concierto de la "Berliner" en territorio ruso. El último concierto de las cinco talentosas chicas de Asgard. El último concierto dirigido por el prodigioso alumno de Sir Rattle, Bud Zhukovski. Para cerrar con broche de oro, habían premiado a la audiencia con una joya de la composición rusa, Petrushka, del maestro Igor Stravinski. Y para hacer la noche aún más esplendorosa, habían culminado con una presentación del famoso ballet ruso.
Mientras ponían alma, vida y corazón en sus instrumentos para generar la más bella melodía que la audiencia hubiera escuchado en mucho tiempo, las consciencias de Helena, Tarja, Milenka, Svetlana y Ekaterina viajaron a su amada tierra de Asgard. Porque la hora estaba cerca y los Siete Mantos Sagrados de las Estrellas de la Osa Menor esperaban por ellas.
Kochab…
Pherkad…
Yildun…
Alifa al Farkadain…
Anwar al Farkadain…
Am…
Calvera…
Las sagradas vestiduras habían despertado, después de milenios de dormir, en las profundidades del hielo de la mítica tierra congelada de Asgard. Listas para vestir a sus dueñas. Sedientas de la emoción de la batalla. Porque era la hora de que las estrellas de la Osa Menor resplandecieran nuevamente, tan impresionantes como las estrellas de su constelación hermana, la Osa Mayor. Ahora, sólo restaba que su regente, la comandante de las guardianas, recuperara su consciencia, sus memorias, sus poderes.
Luego del exitoso concierto de despedida, las cinco estrellas de Asgard se reunieron en las afueras de la ciudad, junto con Bud. Allí, en medio del frío de aquella noche nevada, un jet de color negro aterrizó. La puerta se abrió y un hombre, idéntico a Bud, apareció. El recién llegado se presentó como Sid de Mizar Zeta, hermano gemelo de Bud. Las cinco mujeres abordaron el transporte que las llevaría de regreso a su tierra.
No pasó demasiado tiempo para que el transporte descendiera en las tierras congeladas de Asgard. Las cinco mujeres salieron y de inmediato pudieron darse cuenta de que las cosas no estaban nada bien en su tierra. Cosmos extraños, invasores, era lo que podían sentir. Un ambiente de confusión, temor y expectación.
– Hogar, dulce hogar – mencionó Helena.
– "Dulce" no es la palabra que yo hubiera usado en este momento, – comentó Milenka – pero comprendo tus sentimientos.
– Casi es hora – dijo Sid – No perdamos más tiempo.
Y los siete se internaron en lo profundo del bosque, esperando por "el despertar" de aquella que se convertiría en la guía de las esas estrellas.
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No podía dormir. No podía comer. No podía pensar en nada más que no fueran aquellos extraños sueños. Sueños que al final terminaban volviéndose tormentosos. Estaba segura de que significaban algo importante, y, tal como había dicho Alberich, ella no era una joven ordinaria. Porque guardaba un misterioso poder en su interior. Un poder que amenazaba con liberarse. Pero tenía miedo, miedo por lo que pudiera venir. Miedo de sentirse inútil de nuevo. No estaba segura de qué debía hacer.
Así, cansada de dar vueltas en la cama, Fler se levantó y abrió las ventanas de la habitación. Una gélida brisa meneó sus cabellos, trayéndole, contrario a lo que había pensado, una sensación de profunda inquietud. Se volteó para mirarse en el amplio espejo. Su figura lastimera le devolvió la mirada. Suspirando, cerró los ojos un momento, para volver a abrirlos y encontrarse con… el reflejo de una guerrera, muy parecida a ella.
Pero es que decir "parecida" estaba incorrecto, porque más bien debía decir que se trataba de ella misma. Vestía una túnica de color azul pálido. Sobre esta, una armadura azul cobalto con ornamentos de plata la protegía. El casco, del mismo color, lo sostenía en su mano izquierda, mientras en su cintura reposaba una espada. La capa blanca y el cabello rubio caían graciosamente por su espalda. La mujer de brillantes ojos verdes le devolvió una sonrisa.
– Buenas noches, princesa Fler, de Asgard.
La aludida abrió la boca un par de veces, intentando componer una respuesta coherente, pero ningún sonido salía de sus labios. Asustada, la rubia retrocedió un par de pasos, llevándose ambas manos a la boca.
– No te asustes, por favor – la dama hablaba con voz suave, como la suya – Nos hemos visto en sueños antes, ¿lo recuerdas? – los ojos de Fler se abrieron, con la sorpresa.
– Entonces… eres tú – balbuceó – Eres la doncella que me ha estado mostrando esos extraños sueños. Pero, ¿quién eres?
– Princesa Fler, ¿sabes cuál es el nombre de este espejo?
– Brisingamen, se dice que este espejo es un regalo de la diosa Freyja para su pueblo de Asgard – respondió – Es un tesoro de nuestra tierra, un presente divino, que… – entonces la chica se dio cuenta – No puede ser…
– Así es – contestó la mujer, sonriendo – Mi nombre es Sigrdrifa, valquiria hija del señor Odín, nacida bajo la protección de la Osa Menor. Fui bendecida por la diosa Freyja, para ser su representante en la tierra. La leyenda cuenta que mi ser renace cuando es el momento de combatir nuevamente, cuando la oscuridad se cierna sobre la tierra, es entonces cuando despertaré junto con mi hermana, la valerosa Brunilda, para vencer al mal. Yo soy tú, tú eres yo.
– Pero… cómo… Una simple mortal como yo…
– Déjame mostrártelo – le tendió una mano a Fler que extendió su brazo, hasta que su mano atravesó el espejo y, envuelta en un brillante resplandor, desapareció de la habitación.
Cuando Fler finalmente abrió los ojos, se encontró delante de un imponente castillo de altas murallas, rodeado por hermosos bosques. A Fler se le pareció inmensamente al Valhalla. El sol brillaba en lo alto del firmamento y, a su alrededor, carruajes, vendedores ambulantes, niños corriendo. Fler se hizo a un lado, cuando una multitud comenzó a aglomerarse en la entrada principal del castillo. Pronto se dio cuenta de que, extrañamente, parecía que nadie podía verla.
– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? – se preguntó.
– Esta es la sagrada tierra de Asgard, – respondió Sigrdrifa – cuando nuestro señor Odín aún caminaba entre nosotros. En aquellos tiempos, el pueblo venía directamente al Valhalla para rogar por el consejo y la piedad del dios padre. Mira.
Sigrdrifa señaló al frente. Se trataba de Odín. De su brazo iba una hermosa mujer de largo cabello plateado y ojos verdes. Su vestido blanco caía delicadamente por su figura, ornamentado con una cadena de flores y piedras preciosas alrededor de su cintura. Detrás de ellas, aparecieron las primogénitas del dios, sus hijas gemelas, Brunilda y Sigrdrifa. Fler se fijó de inmediato en la mayor, Brunilda.
– ¡Pero si es mi hermana Hilda!
– Así es. Observa con atención.
Brunilda tenía un largo cabello plateado y unos hermosos ojos llenos de calidez. Llevaba un vestido azul celeste con algunas joyas de plata, mismo atuendo llevaba su hermana gemela, la hermosa Sigrdrifa. Pronto la multitud se dividió en dos filas, a ambos lados de los recién llegados, para dejarles el camino libre.
– ¡Salve, familia real de Asgard! – exclamaban todos.
– Nuestra madre, la poderosa Frigg – Sigrdrifa señaló a la mujer que iba del brazo de Odín.
– Señorita Sigrdrifa – decía una anciana, arrodillándose ante la rubia – por favor, cure la herida de mi niña – la mujer sostenía en brazos a una niña de unos tres años, que al parecer había sido mordida por una serpiente venenosa. Sigrdrifa colocó su mano sobre la pierna de la niña y le infundió su calor. Pronto, la herida se había cerrado y la niña abrió sus ojos – ¡Gracias, mi señora, mil gracias!
– Sigrdrifa, la hija menor de Odín – habló la propia Sigrdrifa que acompañaba a Fler – era conocida como "la protectora". En todo Asgard, nadie tenía tan extraordinarios poderes de curación. Una valquiria noble, que prefería resolver los conflictos por medio del diálogo, antes que tomar las armas y combatir. Claro que eso no significaba que no tuviera los poderes o las habilidades para pelear, al contrario, la fuerza de su espada ahuyentaba a los enemigos del pueblo, que temblaban ante la llegada de la dama estratega de Asgard.
Pronto la imagen se desvaneció. Ambas mujeres se encontraban ahora en el interior del Valhalla. Odín, Frigg y las valquirias gemelas estaban ahí también.
– Gran Brunilda, hemos detectado a un grupo de invasores en las fronteras del reino, en la zona que normalmente usted patrulla – anunció uno de los guardias del palacio.
– Iré allá de inmediato – anunció la mujer que era idéntica a Hilda. Abrió uno de los armarios de madera que estaban en la habitación. Dentro se encontraba una armadura de color azul marino. Se la colocó de inmediato y tomó su espada – Hermana, encárgate de organizar a nuestros ejércitos. Te estaré esperando en el campo de batalla.
– Pronto te alcanzaremos, Brunilda – respondió Sigrdrifa.
Brunilda ya se encontraba en el campo de batalla, junto al resto de la guardia real, compuesta por sus "hermanas", valerosas valquirias que no podían ser igualadas por nadie en poder. Cada paso que Brunilda daba provocaba que los ejércitos enemigos retrocedieran dos. Casi habían hecho retroceder a los invasores del mar de vuelta al sitio del que habían venido, pues Brunilda era capaz de derribar a cientos de sirenas – criaturas híbridas de mujer y ave – con sólo agitar su espada. Pensaba que los ejércitos de Asgard tenían la victoria asegurada, cuando escuchó la voz de su hermana:
– ¡No te confíes, hermana! – exclamó – Esto ha sido tan sólo una distracción.
Sigrdrifa montaba su caballo con gran maestría, seguida por cien soldados más, de los cuales iba a la cabeza, con un grupo de cuatro valquirias más.
En ese momento, Brunilda comprendió el significado de las palabras de su hermana. Se dio cuenta de que las sirenas retrocedían, para dar paso a un hombre vestido completamente de oro, con una flauta en su mano. Tenía el cabello celeste y los ojos rojizos y caminaba con paso lento pero firme, viniendo desde el mar. Tras él, mujeres con cola de pez nadaban hasta la orilla. Sus colas de pez se convertían en piernas cuando alcanzaban tierra firme.
– ¡No puede ser! Ese hombre… – dijo Fler – Ese hombre es… Sorrento de Sirena.
– Hemos venido a conquistar esta tierra, en el nombre del Señor Poseidón, Emperador y gobernante absoluto de los Mares – anunció Sorrento – Nosotros, los Oceánidas, reclamamos esta tierra congelada que yace sobre los mares de Poseidón…
Sorrento tuvo que retroceder, porque Brunilda se había arrojado sobre él, blandiendo su espada. El impacto logró que la flauta del hombre se partiera en dos. Sorrento se asombró por un momento, pero rápidamente giró su cuerpo para patear a la valquiria, que esquivó ágilmente el golpe. Pero pronto se notó la diferencia de poderes, Brunilda era demasiado rápida para Sorrento, que a duras penas podía evadir los golpes. Hasta que el Oceánida cayó al suelo, pero antes de que Brunilda pudiera darle el golpe de gracia, una lanza dorada la alcanzó, hiriéndola en la mejilla.
– Ya te he dicho que no te confíes, Sorrento – dijo el hombre de tez morena que había atacado a Brunilda.
– Krishna, ya te estabas tardando – dijo Sorrento, con una media sonrisa.
– Mientras estemos en este lugar, cerca del mar, nuestros ejércitos tienen la ventaja – comentó el moreno, señalando el campo de batalla, donde los ejércitos de Poseidón claramente tenían el control de la situación, empujando a los ejércitos de Asgard hacia su propio territorio.
Sigrdrifa se unió a la batalla. Finalmente las gemelas del Valhalla estaban juntas. Finalmente se podría liberar el verdadero poder de las hijas de Odín. Juntas, eran tan poderosas, tan veloces, que tan sólo se podía ver el resplandor de sus espadas cuando derribaban a sus enemigos, que no tenían tiempo siquiera de defenderse. Pronto se unieron el resto de Oceánidas de Poseidón y la batalla se tornó más pareja, pues habían logrado separar a las gemelas y ahora Sigrdrifa curaba a los soldados caídos en batalla, mientras Brunilda dirigía a las valquirias, que luchaban contra los hombres de Poseidón.
– No entiendo qué le toma tanto tiempo a Dragón Marino – se quejó Kasa – ¿Es que no puede siquiera traer al emperador hacia aquí? ¡Incompetente!
– ¿A quién llamas "incompetente", Kasa? – la voz de Dragón Marino retumbó en el campo de batalla.
Las aguas de mar se agitaron, las olas se alzaron, imponentes, sobre las cabezas de los soldados de Asgard, que eran derribados de sus caballos y arrastrados hacia el inmenso mar. Al sentir dos cosmos amenazadores, Brunilda, Sigrdrifa y el resto de valquirias hicieron retroceder a los demás soldados, colocándose ellas en el frente de batalla.
Desde el mar llegaban dos hombres, cuyos ropajes brillaban como el oro. Del primero era difícil conocer su identidad, pues el casco impedía ver su rostro, pero por su Scale, se podía deducir que se trataba de Dragón Marino, que había escoltado a su señor, el Emperador Poseidón, que estaba ansioso por entrar en batalla, después de dormir por milenios. Poseidón y Dragón Marino se plantaron enfrente de las valquirias. Entonces, el emperador de los mares tomó la palabra:
– Traigan ante mí al señor de esta tierra, aquel que se hace llamar Odín.
– Invasor, no eres digno de enfrentarte al gran Odín, señor de Asgard – dijo Brunilda – Yo, como la mayor de sus hijos, lucharé contra ti, pues me ha sido encomendada la tarea de proteger estas fronteras. Además, es bastante descortés de tu parte exigir la presencia de nuestro señor, sin siquiera dar tu nombre.
– Claro, ustedes necesitan conocer el nombre de su futuro gobernante – dijo Poseidón, con una sonrisa – Pues, bien, ¡escuchen con atención! ¡Yo soy Poseidón, Emperador de los Mares! Comandante de las aguas. Esta tierra yace sobre mis dominios, así que he venido a reclamar lo que por derecho me pertenece.
Indignada, Brunilda se lanzó al ataque, pero Dragón Marino la bloqueó hábilmente y, con un movimiento de su brazo, la mandó a volar. Brunilda dio una vuelta para volver a caer de pie, al tiempo que se sorprendía con la fuerza de aquel general. Ahora, al ver a su señor entrar en batalla, los ánimos de la armada de Poseidón estaban encendidos, por lo que retomaron el ataque, con energías renovadas.
Ahora, Brunilda había quedado sola contra Dragón Marino y Poseidón. Y, aún cuando el Oceánida era el único que luchaba, Brunilda podía percibir la diferencia de poderes. Tendría que ponerse seria o de lo contrario sería derrotada, pero, por otro lado, ponerse seria podría poner en peligro a su propia gente. Poseidón notó entonces que la valquiria no estaba luchando con todo su poder, por lo que le hizo una seña a Dragón Marino para que retrocediera.
– Brunilda, hija de Odín – la mujer se sorprendió de que le dios conociera su nombre – Dime, ¿qué debo hacer para enfrentarme con tu padre?
– Si no eres capaz de superarme, jamás podrás siquiera hacerle un rasguño a la capa de mi padre.
– Muy bien, así que eso es – sonrió – Lucharé contra ti, entonces, si te derroto, me llevarás ante Odín.
Sin darle tiempo siquiera de replicar, Poseidón se abalanzó sobre la valquiria, y con movimientos elegantes y precisos la obligó a retroceder. Cada golpe del tridente de Poseidón hacía vibrar la espada de Brunilda, que apenas y era capaz de soportar los crueles ataques del dios.
– Mujer, ¿es esto todo lo que puedes hacer? – preguntó Poseidón – Había escuchado leyendas magníficas acerca del valeroso pueblo de Asgard, pero ahora veo que se trataba de un mito nada más. Brunilda, cuya espada puede cortarlo todo, cuyo aliento lo reduce todo a cenizas, ¿dónde está esa poderosa guerrera?
Encolerizada, Brunilda elevó su cosmos y su espada resplandeció. Sus golpes se volvieron más precisos, más veloces, más pesados. La lucha estaba más pareja, pero Poseidón no iba a ceder. Sus dos energías chocaban una y otra vez, produciendo explosiones, destrozando todo lo que estaba a su alrededor. Brunilda no era consciente de lo que sucedía, pues toda su atención se centraba en el dios que estaba combatiendo. Ni siquiera escuchaba la voz de su hermana, hasta que…
– ¡Retrocede, Brunilda! – la voz del mismísimo Odín hizo vibrar la tierra. La valquiria se volteó para darse cuenta de que su padre estaba a su lado y había detenido su espada con la mano desnuda.
– Mi señor Odín – dijo Brunilda.
– Hazte a un lado, hija mía – ordenó Odín – Yo me haré cargo de él – Poseidón sonrió, complacido. Brunilda iba a replicar, pero Odín señaló a sus espaldas. Brunilda observó, horrorizada, cómo sus poderes habían reducido los bosques a cenizas y cómo su hermana atendía a varias valquirias, que tenían terribles heridas causadas por su espada, en un intento por defender a los soldados más vulnerables – Retrocede y reflexiona sobre tus actos, no es sabio dejarse llevar por las provocaciones del enemigo, Brunilda.
La valquiria caminó de regreso a donde estaba su hermana, enfrascada en su labor de sanación. A su lado, su madre, Frigg, la miraba con gesto serio. Brunilda bajó la mirada y su madre colocó en sus manos un collar con siete zafiros de color oscuro. La valquiria la miró, confundida. Su madre dijo:
– Ese inmenso poder que guardas en tu interior y aún no puedes controlar, debe ser compartido con alguien. Impregna esos zafiros con tu cosmos, Brunilda, y escoge sabiamente con quién compartirás ese poder.
– Nadie podía superar a Brunilda en combate, nadie excepto los dioses – la voz de la Sigrdrifa que la acompañaba hizo salir a Fler de su ensimismamiento – Sin embargo, sus poderes eran tan inmensos que, cuando no era capaz de controlarlos, causaba desastres. Por eso, Brunilda siempre iba al frente, sola. Sólo permitía que yo la acompañara, pues era la única en Asgard, además de nuestros padres, capaz de soportar el impacto de su cosmos. Esos zafiros, más adelante sería conocidos como "los zafiros de Odín". La misma Brunilda los usaría para forjar los mantos sagrados de los dioses guerreros guardianes de su constelación, la Osa Mayor. De igual manera, la gran Frigg me otorgó siete zafiros, "los zafiros de Frigg", los cuales darían nacimiento a los mantos sagrados de mis guardianas.
– Eso significa que yo…
– En efecto. Tú eres yo, Sigrdrifa, hija de Odín, la protegida por la Osa Menor. Una guerrera valerosa, que debe levantarse para luchar de nuevo. Tus guardianas se han reunido en Asgard. Es momento de que las honres con sus mantos sagrados, princesa.
Las imágenes comenzaron a desvanecerse, mientras la presencia de Sigrdrifa iba desapareciendo. Fler la llamó, pero la mujer no respondió. Tan sólo le sonreía y se despedía con la mano, deseándole buena suerte. Quiso llorar, pero el recuerdo de aquella batalla la llenó de nuevas fuerzas. Mientras regresaba lentamente a la "realidad", su semblante cambió a uno lleno de seguridad.
– Yo soy Sigrdrifa, la valquiria protectora, la dama de las estrategias, comandante de las estrellas de la Osa Menor.
Cuando Fler finalmente abrió los ojos, se encontró entre los fuertes brazos de un preocupado Hagen. Quiso incorporarse, pero la cabeza le daba vueltas y no tenía la fuerza para hacerlo. Hagen la tomó en sus brazos y la colocó suavemente sobre la cama, arrodillándose a su lado. Antes de que ella pudiera decir algo, Hagen exclamó:
– ¡Señorita Fler! ¿Está bien? ¿Qué le sucedió?
– Hagen… tú…
– Lamento mucho haber entrado a su habitación sin permiso, pero la señorita Hilda me envió a dejarle un libro, sin embargo, al no obtener respuesta al llamar a la puerta, me preocupé y…
– Gracias por preocuparte siempre por mí, Hagen – lo interrumpió ella, con una dulce sonrisa, que provocó que las mejillas del guerrero de Merak Beta enrojecieran – Ahora, necesito que me hagas un favor, Hagen – él asintió – Quiero que me lleves al Bosque de los Espíritus.
– ¿A-Al Bosque de los Espíritus? – preguntó él, extrañado – Señorita Fler, ¿por qué…?
– Hay algo importante que debo hacer en ese lugar.
Hagen no se dio cuenta del momento en que Fler se había levantado de la cama y se había colocado una capa azul oscura, sobre el vestido blanco. El rubio se sorprendió aún más cuando notó la forma en que la luz de la luna se reflejaba en el rostro de su protegida, dándole un aire casi divino. Aturdido, el joven salió de la habitación tras ella, rumbo al bosque.
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Olimpo. Mansión de Hestia.
El corazón de la diosa Hestia se rompía al escuchar los gritos de dolor y desesperación que emitía su amado hijo, Milo. Había pasado ya un tiempo desde que la diosa había enviado a su hijo al interior del fuego sagrado y los resultados no eran alentadores, de momento. El cosmos de Milo se imponía, por momentos, al poder de las llamas divinas, pero aún no podía sobreponerse al abrasador calor del fuego de los dioses. Hestia sacudió la cabeza, tratando de alejar de su mente la idea de liberar a Milo de su tormento, repitiéndose, una y otra vez, que todo lo hacía por su propio bien.
Incapaz de meditar estando en la sala del fuego sagrado, lugar donde se encontraba Milo, Hestia se encaminó a su habitación. Llamó a tres de sus Hestianas y les pidió que permanecieran a su lado, mientras ella se tendía sobre su cama de sábanas blancas. Las tres guardianas se colocaron alrededor de la cama, velando el sueño de su señora, que había cerrado los ojos y entrado en los dominios del dios del sueño.
– Eritia – llamó la diosa a una de sus guerreras, antes de caer en un profundo sueño – si algo me sucede, por favor protejan a Milo. No permitan que sea consumido por las llamas divinas.
– Mi Señora, confiamos plenamente en usted – respondió la hestiana – y también en el joven Milo. Estamos seguras de que ambos regresaran sanos y salvos.
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Saori caminaba por los pasillos desiertos de su mansión, que estaba sumida en la profunda oscuridad. Se guiaba apoyando las manos en las paredes, en un intento por no tropezar con ningún mueble. Finalmente logró alcanzar una lámpara. Aliviada, la encendió, pero pronto deseó jamás haberlo hecho. Un grito ahogado escapó de sus labios, al tiempo que las lágrimas salían a borbotones de sus ojos.
Frente a ella se encontraba el cuerpo empalado de su abuelo, de sus caballeros de oro, de los caballeros de bronce, incluso de Hilda, Fler y los dioses guerreros de Asgard. Los cuerpos estaban distribuidos por toda la amplia sala de la mansión Kido. En las paredes, amenazantes mensajes estaban escritos con la sangre de las víctimas.
"La tierra es mía"
"Muerta a la traidora Atena"
"Esta es la era de los dioses"
"Tu incompetencia ha arrastrado a aquellos que amas a la perdición"
Los mensajes escritos en griego cubrían todas las paredes de la estancia. La mujer retrocedió sólo para encontrarse atrapada entre las garras de Medusa. Las serpientes se enroscaban alrededor de su cuerpo. Se asfixiaba, no podía ni siquiera gritar, no podía elevar su cosmos para liberarse. Y entonces los cadáveres comenzaron a abrir los ojos.
– Mocosa incompetente, inútil imitación de diosa – decía Máscara de Muerte, con una sonrisa cínica.
– Debiste haber muerto congelada en Asgard – decía a su vez Hilda – Todo esto es por tu culpa. Maldita la hora en que nos conocimos, Atena.
– Siempre has sido una niña mimada, que no puede hacer nada por sí misma – comentó Seiya – Te aprovechabas de nosotros sólo porque Mitsumasa te daba todo lo que querías.
– Nunca has podido hacer nada por ti misma, Saori – dijo Shun.
Saori negaba con la cabeza, forcejeaba, intentaba gritar. Pero era inútil, no tenía fuerzas ni siquiera para mantenerse en pie. Además, ¿acaso no era cierto todo lo que le decían? No podía hacer nada por sí misma, los demás tenían que sacrificarse por ella siempre, y es que ¿qué había hecho ella por aquellas personas que la rodeaban? Saori pronto se rindió, se desvaneció. Y todo se volvió oscuro.
Cuando la diosa abrió los ojos, se encontró en medio de la tierra congelada de Asgard. El frío le calaba hasta los huesos y no parecía haber nadie cerca. Pronto se percató de que había un rastro de sangre bajo sus pies desnudos. La mujer siguió aquel rastro, y con cada paso que daba podía escuchar más fuerte y claramente los gritos de dolor de… ¡No podía ser! Saori apuró el paso y se encontró con Saga. Alrededor de él yacían los cuerpos ensangrentados de los caballeros dorados de Aries, Tauro, Leo, Virgo y Escorpio.
– Ya es demasiado tarde, Atena – le dijo Saga, arrojando el cuerpo de Milo lejos – Aquellos a quienes se les consideraba como los más fuertes de tu orden han perecido. Yo no queda nadie que pueda protegerte. No puedes hacer nada por ti misma, mejor únete al señor Zeus y no tendrás que sufrir más.
– ¡Nunca! – exclamó la diosa – Esta guerra sólo traerá sufrimiento a personas inocentes. Jamás podría apoyar los deseos egoístas de Zeus.
– Respuesta equivocada.
Saga capturó el cuello de Saori con su mano derecha, levantándola del suelo, sin mucho esfuerzo. El cuello de la mujer traqueó, por la inmensa presión que el peliazul ejercía sobre él. Saori colocó sus manos alrededor del fuerte brazo de Saga, que aumentaba la presión cada vez más. Cuando estaba a punto de desvanecerse, sintió que la presión disminuía y caía de bruces al suelo.
– ¡Quién ha sido! – exclamó el ahora guerrero de Zeus.
Saori levantó la mirada, notando que la protección del brazo de Saga se había quemado. Alguien acababa de salvarla, una silueta femenina se acercaba a ella, pero sus fuerzas cedieron y no pudo distinguir de quién se trataba. Nuevamente, oscuridad total, pero antes de quedar inconsciente, escuchó una voz que la llamaba:
– Lucha Atena, lucha contra tus temores.
En el Olimpo, en el palacio de Zeus, Hela miraba su mano lastimada por el fuego. Frunció el ceño y se dirigió a su padre:
– Alguien acaba de interferir con mis poderes – Loki se volteó sorprendido – Maldición, estuve tan cerca. La pequeña Atena estaba a punto de caer, pero… – le mostró su mano quemada.
– Una quemadura con el fuego sagrado – reflexionó Loki – ¿Quién en el Olimpo podrá tener el poder suficiente para interrumpir tu meditación y herirte de esa manera?
– La diosa Hestia – irrumpió la voz de Aioros.
– ¿Hestia? – preguntó Hela, confundida.
– La primogénita de los titanes – aclaró Aioros – La mujer que era venerada como la más sabia y poderosa de los Olímpicos, Hestia. Sólo hay un poder entre los dioses, capaz de rivalizar con los suyos.
– ¡Tonterías! Eso simplemente fue un golpe de suerte – replicó Hela, que odiaba que se pusieran en duda sus poderes – Un momento de desconcentración de mi parte. Esa diosa marginada no puede hacer nada contra mis poderes oscuros, ya lo verás, Kaus – hizo una pausa – Por cierto, ¿qué rayos haces aquí? ¡Largo!
– Estoy aquí por órdenes de mi señor Zeus – respondió Aioros, de forma cortante – Y le aconsejo, señorita Hela, que se olvide de mí y se concentre en su deber.
Hela se levantó de golpe, furiosa y sujetando a Aioros por su túnica, estampó su cuerpo contra una pared de piedra. Aioros se retiró la máscara para mirar a la diosa directamente a los ojos. Esa mirada llena de furia que le dedicaba la diosa no inmutaba al ex caballero de Sagitario.
– Escúchame, principito, no me importa que seas el ángel, arcángel o lo que sea de Zeus, pero no permito que nadie inferior me diga lo que tengo que hacer – Aioros sujetó la muñeca de la diosa y se liberó de su agarre con facilidad, empujándola hasta el futón donde reposaba antes, colocándose sobre ella.
– ¿Ser inferior? Tenga cuidado con sus palabras, señorita Hela.
Se levantó y abandonó la habitación, dejando a Hela furiosa. Ningún hombre jamás había tenido tal atrevimiento con ella. La diosa iba a seguir al arcángel, pero su padre la haló del brazo y la miró con rostro severo.
– Haz tu trabajo, de una vez por todas, Hela.
La mirada amenazante de Loki hizo retroceder a Hela, que volvió a ocupar su lugar. Esta vez, se encargaría de destrozar la mente de Atena, a cualquier costo.
Atena volvió a abrir los ojos sólo para encontrarse frente a otra pesadilla, esta vez peor que las anteriores. Tenía en su mano su báculo, en la otra mano el escudo de Atena y… su cuerpo se movía por sí solo sin que ella pudiera controlarlo. Se encontraban en el Santuario, frente a la estatua de la diosa de la guerra. Sus caballeros de oro y bronce estaban ante ella, con miradas asustadas, miradas que ella no comprendía.
Pronto su cuerpo se movió y con su mano izquierda arrojó el inmenso escudo de oro, derribando a los cinco caballeros de bronce. Una vez que estuvieron en el suelo, su báculo se convirtió en una espada, con la cual atravesó el cuerpo de Shun, justo en el corazón. El chico se había interpuesto en el camino del arma que se dirigía hacia su hermano Ikki.
– ¡No! – gritó desesperadamente la diosa, mientras su espada cortaba a Mu, Aldebarán y Shiryu – ¡No! ¿Qué está pasando?
El dedo índice de Aioria señaló a espaldas de la diosa, mientras un gesto de terror se dibujaba en los rostros de los guerreros que quedaban. Atena volteó su rostro lentamente, sólo para darse cuenta de que el dios Loki era quien controlaba su cuerpo, como si de una marioneta se tratara.
– ¡Vamos Atena, hora de acabar con Acuario! – el cuerpo de Camus fue atravesado por la filosa espada dorada de la diosa. Al acuariano pronto lo siguieron Escorpio, Virgo, Géminis y Sagitario.
– ¡No, no, detente, por favor! – gritaba la mujer, llorando desesperadamente.
Pero, haciendo caso omiso de las palabras de la mujer, Loki usó su cuerpo para quitarle la vida a los caballeros faltantes. Los demás guardias del santuario, incluidas las amazonas y los caballeros de plata, la declararon como enemiga y se abalanzaron sobre ella, dispuestos a acabar con quien representaba una amenaza para el santuario. Pero todos perecieron a manos de la diosa que se supone debía protegerlos.
Atena agachó la cabeza, ya que el control de Loki impedía que se derrumbara en el suelo. Una perversa risotada retumbó en los oídos de una derrotada Atena, al tiempo que Hela aparecía, subiendo las escaleras que daban a aquella zona sagrada, lentamente.
– Muerte, destrucción, venganza, ¡qué belleza! – decía la mujer, con una gran sonrisa en sus labios – Atena, qué hermoso espectáculo me has regalado. Sabes, nos parecemos más de lo que crees, te ves inocente por fuera, pero escondes un alma llena de maldad.
– ¡Te equivocas! ¡No, no es mi culpa!
– ¿Dices que no es tu culpa? – Hela volvió a reír – ¡Claro que lo es! Porque eres débil, no puedes proteger a nadie, ni siquiera a ti misma – se arrodilló al lado del cuerpo inerte de Seiya – Tomemos por ejemplo a este hombre, el Pegaso. Tengo entendido que ustedes han tenido una fuerte conexión desde épocas mitológicas. Él ha arriesgado su vida por ti, desde siempre, pero tú, ¿pudiste protegerlo?
– Yo…
– Yo más bien creo que NO quisiste protegerlo. Sabes, en eso eres igual que yo. Una vez que te cansas de uno de tus amantes, simplemente lo desechas y te consigues uno nuevo. Dime, ¿quién será esta vez? Bueno, ya no puedes escoger a ninguno de estos hombres, porque todos están muertos. Pero, ¿sabes qué es lo mejor de todo esto? ¡Que todos ellos son míos ahora!
– ¡Cállate!
Hela sintió su mejilla arder. Atena se había librado del control de Loki un momento sólo para asestarle una fuerte bofetada. La mujer colocó su mano en la mejilla y se acarició la zona lastimada. Dirigió ahora una mirada demente hacia Atena y le devolvió el golpe, ocasionando que se le rompiera el labio.
– ¿Qué dijiste? – dijo Hela, con tono amenazante.
– Dije que te callaras, maldita – argumentó con cólera – Deja de hablar de los seres humanos como si no fueran más que objetos. ¡No soy igual que tú! Yo… me preocupo por las personas, los aprecio, no sólo porque sea mi deber como diosa protectora de la Tierra, sino…
La risa de Hela interrumpió el discurso de Atena.
– ¡Oh vamos, pequeña! ¿Es en serio? ¿Acaso estás escuchándote? – Hela no podía parar de reír – "Diosa protectora de la Tierra". Pues tu amada Tierra es un caos y no veo que estés haciendo algo productivo para protegerla – la sujetó por la barbilla para obligarla a que la mirara – Diosa, ni siquiera mereces llevar el título de "diosa", mucho menos el de una "olímpica", mocosa insignificante. No hay nada que puedas hacer, la tierra se convertirá en un campo de batalla y tú no podrás hacer más que mirar.
Los hilos de Loki que controlaban sus movimientos empezaban a enrollarse en su cuerpo, apresando sus extremidades, limitando por completo sus capacidades motoras. Un fino hilo se enrolló en su cuello.
– Pero como soy una diosa muy bondadosa, te daré una oportunidad de elegir – continuó Hela – Conviértete en mi sirviente y te perdonaré la vida, ¿qué tal suena eso?
– Nunca – contestó Atena, con voz segura. Y aquellos hilos afilados como una espada, se enterraron en su cuerpo, cortándola.
– Disculpa, creo que no te escuché bien, repítelo.
– Prefiero morir antes que servir a una diosa despiadada como tú – Hela chasqueó los dedos y la presión en el cuerpo de Atena se incrementó. La mujer profirió un leve gemido de dolor.
– ¡Ja! Eres una egoísta, Atena. Prefieres morir antes de soportar la humillación de servir a una "diosa inferior", siendo tú una grandiosa olímpica, ¿no es así?
– Nunca le he dado importancia a mi posición de diosa – continuó Saori, con dificultad – No me considero inferior o superior a nadie… Sólo por… sólo por haber nacido como… reencarnación de Atena, yo sólo…
– ¿Sabes qué? Me cansé de tanta charla – la interrumpió Hela – Me repugnas, débil mujer. Así que, acabaré contigo, aquí y ahora.
Hela chasqueó los dedos y diez espadas europeas aparecieron a sus pies. Tomó una de las espadas y la enterró en el abdomen de Saori. La mujer gritó de dolor, al tiempo que el agarre de los hilos se volvía más fuerte. Hela y Loki rieron y la primera continuó atravesando el cuerpo de la mujer con las espadas.
Después de un tiempo, solamente quedaba una espada. La espada con la que Hela atravesaría el corazón de Saori, para darle muerte. Hela cortó la mejilla de Atena con su arma, lamiendo la sangre que había quedado impregnada en la hoja. Apuntó con ella el pecho de la indefensa mujer, que cerró los ojos, esperando su muerte. A punto de dar la estocada final, una voz llegó desde el cielo:
– ¿Qué es esto? ¿Una diosa que se resigna ante su muerte? ¿Jovencita, quién eres? Tú no puedes ser mi sobrina Atena, porque la Atena que yo conozco jamás se rendiría, jamás le otorgaría su vida al enemigo sin pelear. Una diosa que ha perdido su espíritu combativo, no merece portar el nombre de la diosa de la guerra.
– ¡No puede ser! ¿Tú otra vez, interfiriendo? – espetó Hela – ¡Muéstrate, maldita mujer! – pero la voz no se escuchó de nuevo.
– E-Esa voz… s-sólo puede tratarse… de…
– ¡Muy bien! Observa, observa bien desde el sitio donde estés, maldita Hestia – gritó una enfadada Hela – Mira cómo le quito la vida a esta insignificante diosa.
Y justo antes de que la espada de Hela atravesara por completo el cuerpo de Saori, el cuerpo de la diosa nórdica comenzó a arder en llamas. Hela chillaba de dolor, retorciéndose en el suelo. Atena escuchó el grito ahogado de Loki, al tiempo que la presión de los hilos disminuía. Sin embargo, lejos de estar segura, Atena se dio cuenta de que los hilos habían empezado a quemarse junto con el cuerpo de Loki.
Asustada, Saori elevó su cosmos hasta el límite, sin importante las heridas o lo agotada que se encontraba, por la pérdida masiva de sangre. La presión del cosmos de la diosa rompió los hilos, librándola de las ataduras. Cayó lentamente al suelo de piedra, pero una figura la sujetó, antes de que se golpeara contra el suelo. Abrió sus ojos y se encontró con la mirada brillante de Hestia.
– H-Hestia…
– Definitivamente no eres la misma de antes, pero no todo es tu culpa – Hestia sonrió – Lamento no haber podido llegar a tiempo, pero Hela tiene un poder en verdad terrible. Un poco más y esa mujer habría destrozado tu mente por completo – Saori parpadeó, despacio – Atena, no puedes darte por vencida, recuerda que muchas personas cuentan contigo, no las defraudes.
– P-Poderosa Hestia… N-Necesito, necesito… encontrar a la… Madre Tierra, sólo ella…
– ¿La Madre Tierra? Una apuesta arriesgada, sin duda, Atena – dijo – Pero es un riesgo necesario. Todos estamos arriesgándonos en esta guerra, incluso Zeus y Hera. El destino de la humanidad está en juego. Quisiera poder hacer algo más por ti, pero, por el momento, sólo puedo mostrarte el camino hacia la poderoso Gaia.
Saori abrió los ojos lentamente, encontrándose rodeada por sus caballeros, que la miraban con increíble preocupación. Parpadeó varias veces, tratando de tomar consciencia del sitio donde se encontraba, después de vagar por largas horas por las pesadillas de la perversa Hela. El Santuario. Sus guardianes estaban con vida, ella no los había asesinado. Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, al tiempo que se incorporaba, ayudada por Shaka.
– ¡Saori! ¡Estábamos tan preocupados! – exclamó Seiya, arrodillándose a su lado – Gritabas desesperadamente y no despertabas, pensamos que…
– La gran Hestia me ha salvado de las pesadillas de Hela – dijo la diosa – Le estoy en deuda. Es por eso que debo ir con Gea ahora mismo
– ¿Con Gea? – la interrogó Mu, sorprendido.
– Gracias a Hestia, la he encontrado.
Mientras tanto, en el Olimpo, Hela maldecía una y otra vez a Hestia, furiosa, fuera de sí. De no ser por la barrera sagrada de Zeus, los poderes de Hela lo habrían convertido todo en cenizas. A partir de ese momento, Hela declaró a Hestia como su mortal enemiga, a la cual TENÍA que ver muerta, destrozada. Y para eso, la atacaría de la forma más dolorosa, amenazando aquello que la diosa del fuego más amaba.
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Habían llegado finalmente al Bosque de los Espíritus. Pronto, siete sombras rodearon a Fler y Hagen. Siete cosmos desconocidos, que sin embargo no parecían malignos. Aún así, el guerrero se colocó enfrente de la rubia, con su cuerpo a modo de escudo. Fler posó una mano sobre el hombro de su protector y le sonrió. El rubio se relajó y se dio cuenta entonces de que las siete sombras se habían arrodillado delante de ellos.
– ¡Salve, princesa Fler, aquella que ha nacido bajo el resplandor de la Osa Menor! – exclamaron las siete figuras, al unísono.
Hagen entornó la mirada y se dio cuenta de que se trataba de siete mujeres. Siete mujeres que no le resultaban del todo desconocidas.
– Amigas mías, por fin nos encontramos – dijo Fler, sonriendo – Ha llegado el momento de que nosotras, las regidas por la Osa Menor, nos preparemos para el combate – Hagen se sorprendió al ver el altivo porte que la rubia exhibía – Es por eso que yo, en este lugar donde yacen los siete árboles sagrados de Heimdal, planté, desde la época del mito, las semillas, los siete Zafiros de Frigg, mi madre, para que, cuando llegara el momento, los mantos sagrados rebosaran del poder de la diosa madre.
El tronco de los siete árboles más grandes de aquella sección del bosque se resquebrajó. Cada uno de los árboles resguardaba un manto sagrado, perteneciente cada uno a una guerrera. Hagen se limitó a observar lo que sucedía, algo apartado.
– Por el brillo de mi constelación guardiana, despierten, guerreras de la leyenda de Asgard.
El brillo de la Osa Menor alumbró la oscuridad del bosque.
– La guerrera más valerosa, Vor de Kochab Alfa. Te honro con el manto divino de Gram.
La armadura de Vor tenía la forma de una imponente espada, de color plateado con detalles azulados. Gram era el nombre de la mítica espada que el héroe de la leyenda, Siegfried, había blandido para derrotar al dragón Fafner.
– Helena, maga de hielo y fuego. Guardiana de Pherkad Beta, cúbrete con el manto sagrado de Svaoilfari.
El manto sagrado de Svaoilfari tenía la forma de un corcel, y era de color blanco, como la nieve.
– Tarja de Alifa al Farkadain Gamma, con el puño que destroza hasta los hielos perpetuos, te honraré con el manto sagrado de Angrboda.
Esta armadura, de color turquesa, tenía la forma de una mujer con cuerpo de serpiente. El manto de Angrboda incluía dos poderosas lanzas.
– Con el brillo de una imponente joya, Andvari, yo te nombro guerrera de Yildun Delta. Revístete con el manto de los Nibelungos.
El manto de los Nibelungos era de color rojo, con forma de un elaborado anillo.
– Ekaterina, solitaria como el lobo que persigue el brillo del Sol. La protegida por Calvera Epsilon, cúbrete con el manto sagrado de Skoll.
Skoll, el manto del lobo del Sol. Armadura con forma de lobo, de color azul cobalto.
– Svetlana, la tigresa de los hielos, te honraré con Lynx, como la protegida por Am Zeta.
Lynx era un manto con forma de lince boreal, de color bronce.
– Milenka, la que todo lo ve, estrella de Anwar al Farkadain Eta, la que todo lo atraviesa con el manto sagrado de Gungnir.
El manto de Gungnir tenía la forma de la imponente lanza de Odín y era de color púrpura.
Las guerreras sagradas de la Osa Menor se revistieron con sus mantos sagrados, que resplandecieron bajo la luz de sus estrellas guardianas. Las mujeres se arrodillaron una vez más ante su señora, presentando sus respetos. Finalmente las estrellas de la Osa Menor habían renacido y estaban listas para la batalla.
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La región del Cáucaso. En la cima del monte Elbrus se erguía imponente la morada del primer titán que se preocupara por la humanidad. No era una construcción demasiado elaborada, ya que Prometeo no se consideraba amante de los lujos, pero era lo suficientemente grande para ser considerada un palacio.
Zeus ascendió al palacio, en su carruaje de oro tirado por caballos blancos. Al sentir su presencia, un hombre apareció y se sentó en las gradas de la edificación. Tenía la apariencia de un hombre adulto, edad media, cabello castaño y rizado, a juego con el bigote y escasa barba, piel morena y sencilla túnica blanca. Llevaba los pies descalzos y una mirada cansada en su rostro.
– Vaya, vaya, chiquillo, ha pasado mucho tiempo. ¿A qué debo el "honor" de la visita del "padre de los cielos? – Zeus notó al instante el sarcasmo en las palabras del hombre.
– He venido humildemente a pedir la ayuda del gran Prometeo.
El aludido arqueó una ceja y comenzó a reír a carcajadas. Jamás en toda su existencia, se imaginó que el hombre que lo castigó tan dolorosamente en el pasado, ahora llegara a humillarse ante él, rogando por su ayuda. Lo único que se lo ocurrió era que se tratara de una "broma" del "pequeño Zeus", como a él le gustaba llamarlo. Queriendo escuchar más detalles de aquella absurda petición, Prometeo le hizo una seña para que continuara.
Zeus tomó aire y se aventuró a pedirle ayudar al titán que antaño castigara cruelmente. ¿Cuál sería el desenlace? Ni él mismo lo sabía.
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Referencias mitológicas e históricas del capítulo en mi blog, en un par de días… Gracias por leer!
