Los personajes no me pertenecen, son de una industria millonaria y yo pobre como las ratas.
Decisiones.
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La consciencia le llegó junto a un agudo dolor de cabeza, el sueño lo había abandonado dando paso a una presión insoportable sobre sus sienes cuyo efecto sugería que alguien le estaba presionando la cabeza para hacerla saltar en mil pedazos. Era como si el cerebro se le hubiese convertido en piedra, aumentando considerablemente el peso de su cráneo y volviendo frágil su cuello, cuyos músculos llevaban resentidos desde hacía un par de días.
Intentó abrir los ojos pero le costó más de la cuenta, los sentía hinchados y le escocían cuando lagrimeaba debido a la congestión, le dolían sus articulaciones y la espalda crujía cuando intentaba cambiar de posición en la cama. Se sentía como un saco repleto de huesos rotos y músculos inflamados, tal era su malestar que ni siquiera había reparado en el enorme hueco de su estómago que el hambre dotaba cada día de mayor profundidad. Su congestión le impedía hacer uso de los sentidos del gusto y el olfato, lo que para bien o para mal lograba mermar un poco sus ganas de comer y hacer más llevadero el paso de los días sin un mendrugo de pan que le aportase al menos un poco de energía.
Estaba muy enfermo y no paraba de tiritar, Hans era consciente de que su fiebre había aumentado durante las últimas dos noches, incentivada obviamente por el estado tan débil en el que se encontraba, y cuando intentaba levantarse de la cama sentía que estaba pegado al colchón o, en cambio, que un gancho tiraba de su camisa para que no pudiese incorporarse más de unos pocos centímetros. Había intentado articular palabra para comprobar el estado de su garganta, decidiendo no volver a hacerlo nada sentir el horrible dolor que le producía intentar forzar aunque fuese al mínimo sus fuerzas vocales. Incluso le dolía al tragar saliva, era como si la parte interna de su cuello se hubiese hinchado por alguna reacción alérgica. En algunos momentos del día, cuando su estómago le gritaba a todo pulmón que tanto él como el resto de su cuerpo necesitaban comer algo, la fiebre hacía su aparición estelar y los múltiples dolores que acosaban a sus músculos parecían ganar fuerza conforme él la perdía, Hans sentía que no se recuperaría. Tenía la firme sensación de que moriría cuando subiese un poco más su temperatura corporal, agonizando en unas sábanas que llevaban sin ser cambiadas desde hacía más de una semana, recluido en aquel zulo exiliado de cualquier zona habitada por humanos. Y lo cierto es que cuando aquella idea se le pasaba por la mente le entraba una risa histérica y demente que solo podía ser apaciguada por la incapacidad de su garganta para emitir sonidos sin que él se muriese de dolor. Pero es que en el fondo tenía su gracia, podía ser una muerte tan ridícula como dramática.
Se preguntaba cuántos días habían pasado ya desde que su padre le impuso el castigo, cuántos quedarían para que pudiesen servirle comida de nuevo. Con lo mal que se encontraba no había llevado la cuenta, y quizás su cuerpo no aguantase hasta el séptimo. El castigo de su padre no le hubiera supuesto mucho problema en condiciones normales, pero con aquella gripe del demonio lo estaba matando, literalmente.
Abrió los ojos al fin, topándose con el techo pedregoso de la habitación y respiró con dificultad por la boca, sus fosas nasales estaban totalmente congestionadas y llevaba días sin poder aspirar. Lo peor de todo era, pensó, que incluso sin castigo tenía totalmente vetado que le viera un médico. Quizás su padre era consciente de lo mal que estaba pasando y solo esperaba a que muriese. Tampoco sería muy extraño, en la corte no existían los secretos para el rey así que debía estar al tanto del estado de salud de su último hijo.
Frunció el ceño y colocó los codos sobre el colchón, sintiendo como los músculos de sus brazos se resentían ante aquel movimiento, los tenía agarrotados e inflamados debido a su fiebre de la última noche, en la cual había tenido hasta alucinaciones. Apoyó todo su peso corporal en los brazos y con un movimiento rápido se incorporó, soltando un quejido de molestia en el intento. Jadeó unos instantes, quedándose petrificado en la posición que había adquirido, y tras recobrar el aliento apoyó su espalda sobre el cabezal de la cama, echándose hacia atrás y cerrando los ojos de nuevo. Era un maldito cadáver viviente, un patético moribundo.
Su estado físico era tan lamentable que ni siquiera tenía ganas de maldecir a la estúpida reina del hielo por haberlo metido en aquel aprieto. Sin ella, no habría pillado aquel horrible resfriado ni se habría ganado un castigo, al príncipe no le hubiera extrañado que se tratase de una especie de venganza, pero viniendo de aquella mojigata sin media torta no le hubiese resultado coherente, y eso era lo más fastidioso. Hans podía aceptar que uno de sus enemigos se la jugase y saliese victorioso en alguna batalla, era algo que podía suceder, una posibilidad como cualquier otra y le parecía bien, la venganza era algo coherente. Pero que le ganasen sin pretenderlo... eso ya no. Elsa era tan inconsciente que ni siquiera sabía ponerse recta con las personas que habían intentado hacerle daño, y que alguien como ella, tan débil de carácter e inconsciente en sus decisiones, lo hubiese reducido a un estado tan patético lo carcomía por dentro. Pero no tenía ganas de pensar, no quería dedicarle más tiempo del necesario a la rubia de los poderes, no se sentía con fuerzas para arremeter contra nadie, ni siquiera mentalmente.
De hecho, Hans agradecía que nadie pudiese visitarlo, se encontraba en un estado tan delicado que su fuerza mental estaba exhausta, relacionarse con alguien implicaría tener que adoptar alguna de sus múltiples personalidades y estaba tan agotado que no sabía si podría sacar las fuerzas necesarias para actuar como requiriese la situación. No podía bajar la guardia, era una norma que se había impuesto desde siempre, mantenerse continuamente en alerta, con los ojos bien abiertos para verlo todo ingeniándoselas para que nadie pudiese ver sus intenciones, esa era la única forma de vida que conocía aunque ahora carecía de recursos para que esta le resultase lo suficientemente útil.
Tosió ligeramente y notó un dolor punzante en la garganta. Quizás hubiese sido mejor largarse del castillo cuando vio que la situación no tenía pinta de ir a mejor, año y medio atrás, tras meses de castigo. Lo pensó entonces al percatarse de que su vida nunca volvería a ser la de antes, que no tenía opciones y el castigo sería irrevocable. Se planteó largarse de allí y comenzar de nuevo pero desechó la idea porque resultaba de lo más estúpida, ¿adónde podría haberse marchado? ¿Cón qué recursos? Ser ignorado, desde luego, era algo que le fastidiaba más que cualquier otra cosa pero al menos tenía un sitio en el que hospedarse, una cama y comida -cuando no se la quitaban- diaria. Podía mantenerse limpio y acceder a la biblioteca o a ciertas zonas del castillo, estaba amparado por unos muros que lo protegían del mundo exterior. Fuera, sin dinero, sin título y siendo un prófugo no le esperaba nada bueno, y Hans sabía que desde abajo pocas cosas podían lograrse, uno debía mantenerse arriba -aunque fuera en el escalafón más bajo de ese cielo- para poder moverse con libertad. Resultaba irónico que pensase así dadas las circunstancias, pero algo siempre era mejor que nada.
Ahoraya daba igual en realidad, llevaba varias noches durmiendo fatal, sin poder descansar bien, asolado por los dolores y la fiebre que diezmaban sus fuerzas paulatinamente y sin comida con la que reponer fuerzas. Se sentía como un auténtico pelele y ni siquiera le apetecía maquinar nada, lo único que deseaba era cerrar los ojos y dormir bien de una buena vez. Ya ni ponerse mejor le importaba realmente, en realidad hacía tiempo que las cosas habían dejado de tener mucho sentido en general, pero solo cuando se encontraba tan mal que no le apetecía ni luchar contra sí mismo se atrevía admitirlo.
Elsa llevaba desde el día anterior intentando averiguar dónde se encontraba la recámara de Hans, pero el trabajo desde luego no era sencillo. Necesitaba hablar algunas cosas con el príncipe y si este continuaba encerrado sin poder salir, entonces ella iría a buscarlo, el problema era que todo el mundo dentro del castillo tenía absolutamente vetado hacer el más mínimo aprecio de su existencia, y evidentemente Elsa no podía recurrir ni al rey ni a los príncipes porque entonces podría levantar sospechas. Ese era otro problema, el de hacer sus averiguaciones sin que sus movimientos llegasen a oídos ajenos, y la joven reina no estaba acostumbrada a los tejemanejes de palacio, por lo que no se le daba especialmente bien ser discreta.
Estaba realmente frustrada, había intentado poner la oreja en algunas conversaciones de criados para ver si estos decían algo sobre el tema, pero nada. Puede que al no tener que servirle durante aquella semana tampoco les interesase mucho hablar de él, y pensar en eso frustró todavía más a la ya de por sí desesperanzada reina.
Elsa sabía que Hans estaba recluido en un ala especial del castillo, apenas habitada por gente, pero no podía acceder a ella e indagar en todas las habitaciones hasta encontrarlo, eso sería una tremenda estupidez.
Frunció el ceño, la comida estaba a punto de concluir y Elsa deseaba retirarse a sus aposentos antes de que alguien la interceptase para sacarle algún tipo de conversación. Estaba comenzando a arrepentirse de haber marchado tan pronto hacia las Islas del Sur, muchos de los invitados no llegarían hasta la víspera del Solsticio y quizás hubiese sido mucho más prudente hacer lo mismo. Pero bueno, las cosas ya estaban hechas y ella no podía cambiar el pasado, desgraciadamente.
Recurrir a Hans, desde luego, era un acto desesperado pero la joven se sentía bastante insegura en aquel lugar, todos murmuraban a su paso, la miraban con una mezcla de recelo y curiosidad, le hacían preguntas de lo más indiscretas sobre su silencio durante los años anteriores a la coronación, acerca de su hermana o sobre la economía de Arendelle. Además, el rey se mostraba excesivamente amable con ella y todos los príncipes exceptuando a Joseff parecían bastante intimidados con su presencia, observando a su padre a la espera de aprobación antes de entablar ningún tipo de conversación. Elsa estaba muy perdida en aquel sitio, y Hans parecía controlarlo a la perfección, quizás si llegaba a un acuerdo con él la convivencia podría ser beneficiosa para los dos. No le hacía ninguna gracia tomar una medida tan desesperada, pero tampoco le quedaba otra.
¿Pero cómo saber dónde estaba Hans?
Frustrada consigo misma, Elsa se alzó de la silla conforme el rey declaró la comida por concluida y se marchó en cuanto le fue posible, disculpándose con los invitados que habían decidido quedarse para disfrutar de un pequeño concierto privado en el comedor.
La reina se dirigió a su habitación, desviándose ligeramente antes de girar hacia la derecha para acceder al pasillo que la llevaría a sus aposentos, y marchó en dirección a las cocinas. Llevaba varios intentos pero quizás aquella vez consiguiese algo. Espiar en la cocina era la opción más prudente, si alguien la veía podía alegar que le había sentado mal la comida e iba para pedir una infusión de hierbas o cualquier otra excusa que podía colar sin mucho problema, además allí era donde se reunía todo el servicio del castillo para hablar de sus cosas, por lo que las probabilidades de escuchar hablar de Hans se multiplicaban considerablemente.
Al llegar a la puerta se aseguró de que no hubiese nadie merodeando por allí y acercó la oreja para ver si podía escuchar algo. El ruido de cazuelas, agua y el sonido de las sartenes se fusionaba con los murmullos y los gritos transformándose en una interesección de sonidos casi inteligibles, la reina se percató a tiempo de que dos criadas pretendían salir y corrió a esconderse tras una de las muchas columnas que adornaban los pasillos del castillo. El corazón le latía a mil por hora, si la encontraban en aquella situación sí que se vería obligada a inventar cualquier tipo de excusa y no sabía si podría contar con su imaginación.
Salieron de la cocina dos mujeres cargadas con bandejas repletas de vasos, parecían ajetreadas y algo descontentas, seguramente la llegada de todos aquellos invitados a palacio había supuesto un aumento considerable del trabajo y una intensificación del servicio. Elsa las observó por el rabillo del ojo, pegándose más a la columna para pasar desapercibida aunque tampoco hubiese hecho falta demasiada descreción, las mujeres estaban tan ensimismadas en su tarea que no repararon en el entorno que las rodeaba. Sin embargo, entre las quejas a media voz y los bufidos que soltaban, la joven reina escuchó algo que llamó su atención.
—¿Entonces hoy tampoco comerá? —preguntó una, haciendo malabarismos para que las tazas no se le resbalasen de la bandeja, la llevaba completamente llena.
La otra negó con la cabeza.
—Lo matará de hambre —prosiguió, aunque no parecía darle demasiada importancia—. Buenos estaremos todos como dentro de unos días nos encontremos con su cadáver.
—¡No digas eso! —exclamó su compañera—, ¡qué horror!
—Lo que yo te diga, ese torreón está embrujado —asintió la mujer muy convencida—, ¿o es que ya no te acuerdas de los gritos que escuchó Jon aquella noche? El rey lo ha encerrado ahí porque saber que el torreón está maldito, quiere que los demonios se lleven a su hijo.
—¡Basta ya! —parecía bastante atemorizada—, ¡atraerás al mal fario!
—Tú dale tiempo al tiempo, hazme caso.
Se alejaron a paso ligero y Elsa pudo salir de su escondite sin poder apartar la vista del lugar por el que habían desaparecido ambas doncellas. ¿El torreón? Frunció ligeramente el ceño, estaba claro que hablaban de Hans, ahora solo debería encontrar la oportunidad para escaquearse cuando nadie fuese a echarla de menos e ir a hacerle una visita. Desde luego a la tercera iba la vencida.
Un escalofrío le recorrió la espalda, señal de que la fiebre estaba subiendo. De repente le embargó una insólita sensación de frío y comenzó a tiritar. Detestaba encontrarse en un estado tan patético, se sentía inútil, un mero pelele a merced de su enfermedad que parecía ganarle el terreno poco a poco, aunque sus fuerzas eran tan míseras que ni enfadarse consigo mismo podía, lo que todavía le daba más rabia.
Había hecho el intento de levantarse en un par de ocasiones sin éxito, cada vez que se ponía en pie su espalda se curvaba sin que pudiese erguirse decentemente y terminaba por desfallecer encima de la cama. Si tan solo pudiese comer algo para reponer fuerzas, eso no le quitaría la enfermedad pero no parecería un maldito cadáver andante.
Se cubrió con la sábana hasta la barbilla, tenía mucho frío y por más que se tapaba no lograba entrar en calor. Una sopa caliente le hubiese venido tan bien en aquel momento... seguro que también ayudaba a paliar el dolor de su garganta. Dios, tenía tanta hambre, y tanto frío, y se encontraba tan mal...
El sonido de la puerta se le antojó lejano, diluido en la atmósfera, y lo creyó fruto de las alucinaciones que a veces tenía por la fiebre, pero al percatarse de la insistencia en el mismo se dio cuenta de que era real. De repente sus sentidos se pusieron en alerta, aunque no logró más que revolverse en el colchón pues estaba en un momento bastante nefasto para ponerse en guardia. ¿De verdad estaban llamando a la puerta? ¿Habría pasado ya la semana? Recordó entonces que nadie entraba a su cuarto, los criados no tenían autorización para darle la comida en mano, siempre la dejaban al lado de la puerta en una bandeja y él debía salir a recogerla. Pero Hans no podía levantarse de la cama, ¿sería posible que su padre se hubiese apiadado de él y que dada su situación física no fuese capaz de alcanzar aquello que tanto necesitaba?
Tenía que comer, era algo de primera necesidad. Aunque no estuviese en condiciones era preciso que ingiriese algo para que su cuerpo ganase fuerza y tuviese alguna oportunidad para vencer aquella horrible gripe que lo estaba matando. Era una cuestión de supervivencia.
Se destapó y el frío lo invadió con más fuerza, intentó apoyarse en sus brazos pero estos apenas tenían fuerzas. Hizo algún amago por incorporarse, cayendo varias veces sobre el colchón, e intentó sacar fuerzas de donde no las tenía. Tenía que ser la comida, ya debía haber pasado la semana, no podía dejarse vencer ahora. Se incorporó a duras penas, notando como el dolor de sus articulaciones se había incrementado con la fiebre, y se sentó sobre la cama, dejando caer su tronco hacia delante y apoyando las manos sobre sus rodillas para que no cediese el peso. Estaba fatal, incluso se encontraba algo mareado.
Alzó la vista, habían vuelto a llamar. Tenía que levantarse.
No supo muy bien como logró ponerse en pie, pero tuvo que apoyarse rápidamente contra la pared porque apenas podía sostenerse y había estado apunto de caer al suelo. Sin dejar de apoyarse, avanzó a duras penas los escasos metros que lo separaban de la puerta y cuando al fin pudo abrirla se encontró con algo que desde luego no esperaba, y se preguntó seriamente si todo aquello no sería -como había pensado en un principio- una mera alucinación fruto de la fiebre.
Elsa no pudo evitar un gesto de sorpresa al ver la figura de aquel hombre frente a ella. Si no fuera por lo cerca que lo había tenido en más de una ocasión jamás habría dicho que aquella persona pudiese ser Hans.
Estaba totalmente pálido, como un muerto, y en apenas media semana había adelgazado considerablemente. O al menos eso era lo que parecía, porque estaba tan demacrado que daba la sensación de haber perdido una buena parte de su masa corporal. A la piel lívida de su rostro se le sumaba una incipiente barba descuidada que lo dotaba de un aire sucio acompañado por su rojizo pelo hecho un matojo. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre, bordeados por unas enormes y amoratadas ojeras que todavía le distorsionaban más el rostro. Tenía los labios cortados y la nariz enrrojecida, estaba hecho un auténtico desastre.
Con una mano apoyada en el quicio de la puerta y la otra sosteniéndose la frente, Hans la observó como si no la reconociese, jadeando sonoramente mientras la escrutaba de arriba a abajo con una mirada que se alejaba mucho de aquel ojo cínico y socarrón al que la tenía acostumbrada. La reina se había quedado lívida ante aquella aparición, horrorizada por lo que estaba viendo.
—Q-qué —el sonido que emergió de los labios del pelirrojo no tenía nada que ver con su voz, era un siseo rasgado y débil que se alejaba completamente de aquel sonido aterciopelado y meloso con el que se dirigía a la gente—. Qu-qué... qué -tomó aire, se notaba que le costaba articular palabra- ¿qué haces a-aquí?
Sus palabras eran pausadas y tragaba saliva constantemente. Elsa se dio cuenta entonces de que aquel horrible estado en el que se encontraba el príncipe no era solo por el hambre que había estado pasando. Hans estaba enfermo, y por el temblor de su cuerpo y el sonido de su voz podía verse que no era solo un mero resfriado.
Elsa no supo qué contestar, no se esperaba eso. Podría haber presupuesto encontrarse a un Hans debilitado por la falta de comida, algo demacrado por haber estado encerrado sin poder tomar bocado, pero eso... verlo así, tan débil, totalmente frágil era algo que la había pillado totalmente desprevenida. Cualquiera diría que aquel hombre había logrado engañar a todo un reino, ni ella misma era capaz de reconocer a la persona que se había intentado cobrar su cabeza hacía un par de años. Estaba tan debilitado, hubiese sido muy sencillo hacerlo trizas sin tener que hacer ningún tipo de esfuerzo.
¿Qué debía hacer? ¿Esperar a volver más adelante? ¿Marcharse de allí y hacer como si no hubiese sucedido nada? Elsa no estaba preparada para esa situación y no tenía muy claro como debía actuar. Hans estaba encerrado en un habitáculo sin comida ni posibilidad de airearse con un estado de salud que claramente no era el mejor, y nadie le había dicho a Elsa como actuar en un caso semejante. Se merecía que lo ignorase, cualquiera le hubiese dicho a la reina que borrase de su mente lo que acababa de ver para marcharse de allí y no volver. Hans era un asesino y no se merecía ningún tipo de piedad, y menos la suya, pero Elsa tampoco tenía valor para ignorar lo que estaba sucediendo.
Hans la observó, su mirada era cansada y los párpados se le caían sin que él pudiese evitarlo. Cabeceó un par de veces y Elsa sintió un nudo en la garganta.
—Márchate -susurró—. No... —tosió secamente—, no tengo tiempo para... para tus tonterías.
La reina se mordió el labio inferior con indecisión mientras observaba como Hans intentaba mantenerse en pie, impedir que las fuerzas le vencieran cayendo al suelo.
Era la decisión más lógica en realidad, ¿no? ¿Qué iba a hacer ella sino? Desde luego, el príncipe no estaba como para entablar una conversación y a ella no le incumbía su estado de salud. Si estaba enfermo era cosa suya, si se moría también era cosa suya. ¿Pero era ético dejar a una persona así? Él lo habría hecho, Elsa, se repitió a sí misma, te habría dejado a ti y a cualquiera, no se merece ni que te plantees lo que deberías hacer.
Sí, largarse de allí era lo más acertado. Además, Hans había abandonado a Anna estando ella al borde de la muerte, la había dejado tirada a su suerte. ¿A caso no era esa razón de más para que ella diese media vuelta y le pagase con la misma moneda? Hans realmente no se merecía otra cosa. Elsa debía ser justa, estaba pagando por sus pecados. Además, en un par de días llegarían los criados y se encargarían de él, seguro que el rey no sabía nada y por eso permitía que su hijo estuviese sin atención.
Decidió marcharse, era lo que se merecía. Sí, Hans se merecía que lo ignorasen, aquel castigo podía ser cruel pero se lo había ganado. Elsa no dejó de repetirse aquello mientras se volteaba para huir lo más rápido posible, intentando autoconvencerse de que abandonarlo no era algo malo, porque no se trataba de una persona cualquiera, sino de un maldito asesino, de un mal bicho. Pero cuando las fuerzas de Hans cedieron y este perdió el equilibrio precipitándose hacia el suelo, los reflejos de la reina surgieron de sus manos a modo de ráfagas azules que sujetaron al príncipe en el aire, el cual había estado al borde del desmayo.
Sujetado por una enorme barra de hielo flotante, el príncipe recobró la consciencia unos instantes más tarde, y alzó la vista para mirar de nuevo a Elsa que se arrepintió en ese mismo momento de su naturaleza compasiva. No se lo merecía, de verdad que no.
—¿Sigues... aquí? —preguntó, parecía no tener una conciencia muy clara de la realidad.
Elsa se dio cuenta de que Hans estaba tan débil que ni siquiera podía procesar lo que estaba sucediendo. Se percató también de que los temblores de su cuerpo habían ido a más, debía estar ardiendo de fiebre.
Suspiró mientras con un movimiento de mano hacía que la barra lo transportase hasta la cama, dejándolo justo encima. Con otro movimiento rápido, la barra desapareció de repente, haciendo que el príncipe quedase sentado sobre el colchón. Hans se echó hacia atrás, dejando caer el peso de su cuerpo sobre la cama, y emitió un sonoro quejido cuando su espalda impactó sobre la superficie de la alcoba.
—Tienes un aspecto lamentable —observó la reina cruzada de brazos.
—Pensé... —la voz de Hans sonaba muy lejana— que serías comida... alguien con comida... tengo tanta... hambre.
La reina desvió la mirada, no era plato de buen gusto observar a un hombre joven descomponiéndose justo delante de ella. Se preguntó cómo alguien podía ser tan mala persona de no inmutarse cuando alguien parecía agonizante delante de ella y su odio hacia Hans se reavivó momentaneamente al pensar en aquel episodio con Anna. ¿Por qué sentía ahora ella lástima por aquel sujeto si él tuvo tan poco corazón de dejar a una chiquilla al borde de la muerte, abandonada totalmente a su suerte? No se lo merecía, ¡es que no se merecía que nadie sintiese la menor lástima por él! Y pese a no merecerlo, Elsa era incapaz de marcharse, no podía dejar a una persona así, sola al borde de la muerte.
Volvió a reprenderse una vez más por ser tan emocional, sus sentimentalismos no la llevarían a ninguna parte y menos con gente como Hans correteando por el mundo. Decidió que lo más prudente sería marcharse de allí, llamar a alguien para que se hiciese cargo de él y olvidarse del tema.
—Avisaré a tu padre, necesitas un médico —anunció.
La reina se dio la vuelta para marcharse, pero un quejido la detuvo justo antes de salir por la puerta. Al girarse, pudo ver como Hans había levantado uno de sus brazos y hacía un movimiento con la mano indicándole a Elsa que se acercase. La joven comprendió que le estaba pidiendo ayuda para levantarse, y aunque no estuvo muy segura de hacerle caso en un primer momento, finalmente se adentró de nuevo en la estancia.
Cuando le cogió la mano al príncipe para tirar de ella, pudo notar que estaba realmente caliente. Si una de sus extremidades estaba así significaba que la fiebre debía ser muy alta, y si continuaba subiendo Hans corría peligro de morir.
Tras lograr incorporarlo, Elsa se echó hacia atrás en un respingo mientras Hans apoyaba todo el peso de su cuerpo en los brazos que había colocado sobre sus rodillas y se echaba hacia adelante, tambaleándose. Sus ojos, vidriosos y rojizos por la fiebre, la observaron implorando clemencia y Elsa sintió que por primera vez el príncipe de las Islas del Sur estaba siendo realmente sincero.
—No avises... a nadie —le pidió con aquella voz que parecía sacada de ultratumba—. A mi padre... no... a mi padre le da igual. Él... él me ha... estoy aquí por él.
—Te ha castigado, sí —asintió—, pero no sabe lo enfermo que estás. Deja que yo se lo diga, no seas cabezota.
—¡No! —y aquel no sonó al rugido de un león moribundo—. Él... no quiere... yo... —hizo una pausa, le costaba bastante hablar y jadeaba constantemente—. A mi padre le da igual.
—Cómo va a darle igual —Elsa rodó los ojos—, podrías morirte, ¿sabes?
—Y le... daría... igual —Hans volvió a mirarla fijamente y a Elsa se le encogió algo dentro al ver que le estaba diciendo la verdad—. No... no lo llames. No... no puede saberlo nadie.
—¿Quieres que te deje aquí muriendo?
—Comida —respondió finalmente—. Solo... comida. Tengo tanta... tanta hambre.
Los ojos del príncipe se entrecerraban, sus párpados luchaban por bajar del todo y él parecía sumido en una batalla interna por no dejar que le vencieran.
Elsa no debía hacerse cargo de aquello, no era su problema. Hans había intentado matarla, Hans fue tan cruel de dejar a su hermana a punto de morir tirada en una habitación, Hans había engañado a todo un reino, Hans no se merecía que nadie sintiese ni un ápice de compasión por él. Le estaba empleado, todo aquello. Elsa se lo repetía una, y otra y otra vez, constantemente para acallar a todas las voces de su conciencia que se agolpaban junto a sus oídos para gritarle que debía hacer algo, que ella no era un monstruo como aquel hombre y que debía demostrarlo. Que era mucho mejor que un miserable como él y si lo dejaba abandonado a su suerte estaría cayendo igual de bajo. Pero luego su parte racional le advertía del peligro enemigo, de los problemas en los que se metería y lo absurdo que resultaba ayudar a una persona que había intentado terminar contigo.
Estaba aturdida, toda la situación la había pillado por sorpresa y no tenía muy claro lo que debía hacer. No obstante, había algo que le rondaba la cabeza sin cesar y la perturbaba más que cualquier otra cosa. Si dejaba morir a Hans, o agonizar en aquella cama, ¿no estaría en lo cierto su conciencia y se rebajaría a lo mismo que él? ¿No se convertiría en un verdugo ella también? Sí, era cierto que Hans no se merecía tener ayuda, pero ella no podía dejar que el odio la cegase, consumiéndola y haciendo de ella una criatura igual o peor que el pelirrojo.
Suspiró entonces, tomando una decisión.
—Está bien, iré a por comida y te traeré también un médico —y se arrepintió de sus palabras nada más decirlas, porque se estaba metiendo en un lío que no le incumbía en absoluto.
—No... no puedes...
—Oye, sé que lo estás pasando mal —la reina frunció el ceño—, pero para mí no es fácil tener que ayudarte, suficiente hago avisando a un médico así que no te quejes de...
—No... —la interrumpió, jadeante, mientras alzaba ligeramente la mano para que se detuviese—. No puede verme... el médico. No puede hablarme nadie.
Elsa abrió los ojos, acababa de entender.
—¿Quieres decir que ni los médicos pueden dirigirte la palabra? ¿Qué eso es parte del castigo o algo así?
Hans no habló, respondió con un movimiento afirmativo de cabeza.
La reina se quedó horrorizada, ¿cómo era capaz un padre de negarle algo así a su hijo? Entendía el castigo y no lo reprochaba, Hans había cometido una falta gravísima y se lo merecía, pero esa falta de humanidad por parte del rey... Elsa estaba segura que por muy mal que ella o Anna se hubiesen comportado, si sus padres estuvieran vivos jamás les denegarían algo tan importante como la oportunidad de ver a un médico.
Elsa palideció, si no podía siquiera avisar a alguien que ayudase a Hans, ¿entonces cuál era la solución?
—¿Qué hago entonces? —preguntó, nerviosa.
Hans tardó casi un minuto entero en responder.
—Comida —le pidió, su voz sonó a súplica—. Solo... comida.
Chasqueó la lengua, en qué mala hora se le había ocurrido ir a verlo. Podría haber esperado unos días, aunque sintió como se le oprimía el pecho al pensar que quizás, si no hubiese subido al torreón en ese instante, se habría encontrado un cadáver encima de la cama y esa imagen se le antojó de lo más desagradable.
Hans estaba tan mal que apenas podía sostenerse sobre sí mismo, su cabeza daba tumbos de un lado a otro y estaba totalmente inclinado hacia delante porque no podía mantenerse erguido. Era una imagen de lo más penosa.
Elsa suspiró, sí que era mucho mejor que él porque sabía que no podría cargar con la responsabilidad de haber dejado morir a alguien, aunque la persona en cuestión fuese una de las más despreciables del planeta.
—Está bien —accedió, más resignada que otra cosa—, te traeré algo de comer, pero no se si eso te ayudará del todo, estás muy enfermo Hans. ¿Seguro que no quieres avisar a tu padre? Quizás si le explico lo mal que...
—Tú no debes estar aquí —la interrumpió, clavando sus ojos verdes en ella—, y él lo sabe.
La reina abrió la boca para protestar pero entonces entendió lo que Hans deseaba decirle. Era cierto, ella había subido allí a escondidas, sin pedir permiso ni avisar, sabiendo que si alguien la encontraba podría levantar sospechas y más con todas las habladurías que se habían formado entorno a su escapada con el príncipe hacía algunos días. Si avisaba al rey, este sabría que la joven le había hecho una visita a su hijo y eso desde luego estaba fuera del protocolo.
Si el rey era un hombre tan mezquino como para dejar a su hijo sin comida y sin atención médica, entonces Elsa debía andarse con mucho más cuidado del que había creído preciso en un primer momento. Aquella corte se le escapaba, no era capaz de comprender todo lo que estaba sucediendo pero su instinto le decía que debía andarse con mucho cuidado, y aunque Hans no era ningún apoyo, sí que podía tomarlo como un recurso, una medida desesperada para asegurarse una estancia medianamente tranquila. Pero en ese estado...
Elsa llegó a la conclusión de que si quería pactar con Hans, este debería seguir vivo, y para ello tendría que reponerse. Aunque se le antojase una tarea desagradable, Elsa tendría que ayudarlo a no perecer con la fiebre, aunque solo fuera para un fin futuro. Además, era muy fácil justificarse así que asumir la hipersensibilidad que tenía y que la había llegado a compadecerse del joven.
—De acuerdo —suspiró—, entonces iré a por comida y ya está. Quizás pueda encontrar algo que te calme un poco o te ayude a mejorar, aunque no se nada de plantas medicinales.
—Tú solo... comida.
Debía estar realmente hambriento, ya eran cinco días los que llevaba sin comer y en ese estado desde luego la falta de alimentos se estaba cobrando un gran precio.
La reina respiró profundamente y tomó la decisión de salir de la recámara.
—Volveré a la noche, cuando nadie pueda verle —le dijo mientras se acercaba a la puerta—. No hagas tonterías.
—No voy... no voy a morir —respondió el pelirrojo—, por ahora.
Aquella última frase sonó como un mal augurio y a Elsa se le pusieron los pelos de punta, Hans podía ser siniestro incluso cuando no lo pretendía.
—Bien, nos veremos a la noche entonces —balbució la muchacha.
Antes de irse, escuchó la voz de Hans a sus espaldas.
—Sois muy buena, reina Elsa —se escuchó un ruido sordo, Elsa supuso que se trataba de Hans tirándose nuevamente sobre el colchón pero prefirió no girarse—, la gente buena es carne... es carne fresca para la corte... Los monstruos siempre tienen hambre y... nunca... nunca muestran piedad.
La joven se volteó para responderle pero cuando lo hizo Hans ya se había dormido. Comprobó que respiraba, el movimiento de su pecho le indicó que sí, y mientras salía de la habitación y descendía por las escaleras del torreón, Elsa pensó que quizás Hans tenía parte de razón. Pero ella prefería morir antes que convertirse en un monstruo.
En alguien como él.
El capítulo anterior y este los tenía escritos ya, así que me he permitido subir este para compensar el haber tardado tanto, que soy un desastre y lo sé.
Espero que os haya gustado, a partir de ahora pues bueno, comenzará a hacerse un poco más amena la historia. PERO NO OS OLVIDÉIS DE DARME VUESTRA OPINIÓN QUE A UNA SIEMPRE LE GUSTA SABERLO.
Bueno, muchísimas gracias por leer, espero que os haya gustado. Y aunque queráis tirarme tomates o lo que sea, eso también lo podéis hacer a modo de review. Es masoquismo y eso jajajajajaj
¡Un saludo!
