¡Hola a todos! Siento por el retraso en la publicación de este capítulo. Normalmente lo subo por la tarde, pero hoy me fue casi imposible. Quería deciros que me emociono como una niña pequeña leyendo vuestros reviews, aunque eso creo que ya os lo he dicho mil veces. Jeje Pero es verdad, adoro leer vuestras muestras de cariño ^^ Me alegro un montón de que os guste el fic y en concreto que os haya gustado el capítulo anterior. Es uno de mis favoritos, aunque el segundo capítulo de la historia siempre estará por encima de todos los demás. :)
Este capítulo te lo dedico a ti, Paola. Sabes porqué razón. Pero además de por esa que tú estás pensando, te lo dedico por estar ahí cuando te necesito. Puede que no hablemos mucho, pero sé que lo que tenemos no se perderá. Simplemente, gracias. :)
Y aquí llega otro capítulo del fic. Y nuevamente, los pensamientos de Sam y Mercedes están escritos en letra cursiva. Sé que no será como los últimos dos capítulos, porque es imposible, pero ojalá que consiga al menos sacaros una sonrisa este domingo. Muchas gracias por leerlo, de verdad.
Ah, se me olvidaba. He encontrado al Scott Evans perfecto. Se trata de Josh Dallas, más conocido como David Nolan o Prince Charming en la serie "Once upon a time" Aquí os dejo una foto del parecido con Sam/Chord. Sentíos libres de imaginároslo así o buscar otro actor que os guste más. :)
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Quitadle los asteriscos para poder abrirla ;)
Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario estos dos últimos capítulos de la serie, hubiesen estado cargados de escenas Samcedes :P
Si tú no estás:
Eres suave brisa, sol que brilla en cada amanecer.
Lluvia de caricias, una estrella al anochecer.
Se que ya no habrá más oscuridad, nada que temer
si eres mi guía.
Vivo porque habita en mí tu amor, muero sin tu aliento
y tu calor. No hay nada más después de tí,
no puedo imaginar qué sería de mi vida si no estás.
Cuando por fin consiguieron bajar a desayunar, su hermano Scott ya se había terminado la fuente de galletas que su madre les había preparado para el desayuno. Él y Mary Ann se tomaban sendos cafés mientras los demás que permanecían sentados a la mesa, Stevie, Stacy y el abuelo, disfrutaban de sus chocolates calientes.
- Llegas tarde, hermanito. Me las he comido ya todas – oyó decir a Scott, mientras este engullía el contenido de su boca.
- No todas – dijo Sam, en voz baja, provocando que Mercedes bajase la cabeza avergonzada.
El chico la ayudó a sentarse, separando la silla de la mesa y colocándosela después como un perfecto caballero.
Samuel Riley observaba la escena con una enorme sonrisa en su rostro, esperando que lo que fuese que hubiese ocurrido entre ellos la pasada noche, hubiese dado resultado. ¡Deseaba tanto ver feliz a su nieto! Desde el mismo momento en que sus ancianos ojos se posaron en ella, supo que sería la mujer ideal para su pequeño. Mercedes conseguiría que él no volviese a marcharse de su casa. Se olvidaría del camión por fin y sería feliz con ella, dándole biznietos a él y hermosos nietos a su madre.
- Buenos días – dijeron Sam y Mercedes a la vez, mirándose de refilón y rompiendo a reír.
- Buenos días, chicos. ¿Cómo habéis dormido? – preguntó su madre.
La pareja volvió a mirarse antes de darle una respuesta.
- Bien – dijeron a la vez.
- No han dormido, mamá. Créeme. Han estado muy ocupados... – dijo Scott, tomándose un trago de su café.
- ¡Scott! ¡Come y calla! – chilló su madre, sobresaltando a todos los de la mesa, incluido el abuelo.
El chico observó como Mercedes trataba de aguantar su risa, mientras Sam les servía un poco de café en sus tazas. Se encogió de hombros y siguió removiendo el contenido de su taza, ante la mirada molesta de su madre. Ella podría silenciarle, pero Scott estaba más que seguro de que esa noche, su hermano había hecho las paces con su novia. Y con hacer las paces obviamente no se refería a un simple apretón de manos. Se rió por lo bajo, notando la mirada de Mercedes clavada en él. Y observó a su hermano, celoso enfrente de él. Celoso de la mirada que su novia le estaba regalando. Scott le guiñó un ojo a su hermano pequeño, esperando que se relajase en su asiento, mas éste no lo hizo, arqueando las cejas confundido.
Confundido, totalmente confundido. Así estaba Sam mientras observaba como la sonrisa más hermosa que había visto jamás, se formaba en los labios de Mercedes. Estaba sonriendo, se estaba riendo. Pero había sido gracias a su hermano Scott. Confundido y celoso. Así se sentía, viendo como su hermano se lo tomaba todo a broma mientras su madre se enfadaba una vez más. Scott nunca cambiaría.
Pensativo, observó como Mercedes giraba su rostro ahora en dirección a él, regalándole la misma sonrisa hermosa que le había dedicado a su hermano segundos antes.
Eres preciosa.
Sam cerró los ojos, durante unos segundos, guardando ese momento en su memoria mientras escuchaba como su madre volvía a hablar de nuevo.
Cuando los abrió, Mercedes ya no le miraba a él, removía el café de su taza con su cuchara, mientras colocaba un mechón de pelo detrás de su oreja izquierda, acariciándola con suavidad. Ella no era consciente de todo lo que eso significaba para él. No era consciente de que había pasado poco tiempo desde que había probado sus labios por última vez, y aún así, no deseaba otra cosa que hacerlo de nuevo. Ser él quién le colocase el pelo detrás de sus diminutas orejas, mientras se las besaba también. Hacerle de nuevo el amor. Hacérselo una y otra vez hasta caer rendidos. Hasta no recordar sus propios nombres, solo las sensaciones que ambos provocaban el uno en el otro. Hacerle el amor lento. Dulce. Rápido. Apasionado. No había sido sexo, no para él. Y no descansaría hasta demostrárselo.
Mercy...
- Mary Ann – oyó decir a su madre, sacándolo del sueño en el que se encontraba perdido – A las doce viene la nueva doctora para revisar a Furia... ¿Podrías atenderla tú?
- No puedo, mamá. Recuerda que tengo que ir al pueblo y...
- Oh – Su madre abrió la boca, preocupada – Vaya, pues... tendré que recibirla yo entonces.
- ¿Qué pasa conmigo? ¿No existo? – preguntó Scott, divertido.
Las dos le miraron esperando que no lo dijese en serio.
- Asustaste a la última, Scott. Lo que dijo antes de irse fue "Estúpido cabrón, no pienso volver aquí ni muerta" – le recordó Mary Ann.
- Estás exagerando, hermanita – respondió él, negando con la cabeza.
Mercedes miró a Sam, esperando entender algo de lo que allí hablaban, pero el chico tenía la misma mirada de confusión que ella.
Steve y Stacy empezaron a reírse a carcajadas, confundiendo aún más a la pareja.
- La mojaste de arriba abajo, Scott. ¡En el estanque! ¡La tiraste al estanque! – le reprochó su madre.
- Le estuvo bien. Estaba haciendo daño a Trueno – se defendió él.
- ¡Le estaba sacando sangre, zopenco! – chilló Mary Ann, alucinada.
- Haberlo dormido primero, pobrecillo – respondió el chico, poniendo cara de pena.
- Ohhh – Oyeron decir a Mercedes, mientras le miraba con cariño.
Adoraba a los hermanos Evans.
Sam había terminado matando a las pobres gallinas tratando de que no pasasen hambre, mientras su hermano Scott había tirado a la pobre veterinaria al estanque por haberle hecho daño al caballo mientras le sacaba sangre.
¿En que familia de locos se había metido?
- Lo que te fastidia es que no te hiciese caso, hermanito. Admítelo, no le gustas a las mujeres – se rió Mary Ann.
- Por supuesto que les gusto, Mary Ann. Da gracias que seas mi hermana, sino acabarías rendida a mis pies – se burló él.
- Mamá, dile que se calle – le pidió la chica, poniendo los ojos en blanco.
- Cállate, Scott.
- ¿Entonces qué? ¿Me dejáis atenderla a mí? – preguntó el chico por enésima vez.
- ¡Que te calles! – chillaron todos en la mesa, excepto Sam y Mercedes que se habían abstraído de la conversación y ahora no podía evitar comerse con la mirada.
Tan distraídos estaban, que no se habían dado cuenta de que todos se habían quedado en silencio, observándoles. Viendo como Sam removía su café mientras observaba a su novia y ésta jugaba con su cuchara encima de la mesa sin apartar su mirada de sus hermosos ojos verdes.
Samuel Riley empezó a toser de repente, provocando que todos girasen sus cabezas rápidamente para mirarle a él.
- ¡Papá! ¡Dios mío! ¿Estás bien? – preguntó la señora Evans, a la vez que Sam se levantaba de su silla e iba a su lado, no sin antes acariciar inconscientemente con sus dedos el suave cuello de Mercedes, haciéndola temblar.
- ¿Estás bien, abuelo? ¿Necesitas algo? – dijo el chico, preocupado, mientras los demás les miraban.
- No, no... Tranquilo Sam. Estoy bien. Me he atragantado con la leche, pero estoy bien – le respondió el anciano, limpiándose con la servilleta.
- No nos des esos sustos, papá – le pidió Mary, mientras él le indicaba ya a Sam que regresase a su sitio en la mesa.
Todavía con el corazón en la boca, Sam se sentó en su silla. Notando como Mercedes le animaba, acariciándole el hombro suavemente y regalándole una de sus sonrisas curativas.
- ¿Puedo estar presente cuando revisen a Furia? – se atrevió a preguntar la chica.
- Claro que sí, Mercedes – respondió Mary Evans, obteniendo un bufido como respuesta por parte de Mary Ann.
- ¡Ay! No es justo. Mercedes puede estar y yo no – protestó Scott, como si fuese un niño pequeño.
- ¿Qué le ocurre a Furia? – quiso saber Sam.
Todavía no lograba entender qué era lo que había hecho que la yegua le hubiese tirado al suelo la tarde anterior. Había montado en ella cientos de veces y esa había sido la primera vez que ella no se lo había permitido. Jamás habría sucedido tal cosa. A no ser...
- Está preñada – le dijo Scott, corroborando lo que Sam ya había descubierto de por sí.
- Podrías habérmelo dicho cuando te pregunté ayer. No habría intentando subirme en ella – le reprochó su hermano.
- ¡Oh, cariño! – Exclamó su madre, preocupada - ¿Te hizo algo? ¿Estás bien?
- Se cayó en el cercado – oyeron decir a Mercedes – La yegua no le dejó subirse apenas.
- Menos mal – Respiró aliviada Mary Evans – Oh, Sam. No vuelvas a intentarlo. Por favor. ¡Y tú! Scott Evans, podrías habérselo advertido – le regañó, señalándole con el dedo.
- ¡Lo hice! ¡Se lo advertí! Pero él tenía que impresionar a Mercedes, mamá. Ya sabes como es, más terco que una mula – Scott, empezó a reírse, provocando que Sam quisiese atizarle con todas sus fuerzas mientras sus mejillas se teñían de rojo.
- ¡Yo no sabía que estaba preñada! – le gritó Sam de nuevo, tratando de salvarse de la situación.
Y a la vez, sintió como Mercedes le acariciaba la mano por encima de la mesa, como un gesto de cariño.
Poco a poco, todos observaron como el chico se relajaba ante el contacto con su mano.
- Bueno, afortunadamente no ha pasado nada – les dijo su madre, levantándose de la mesa – Voy a ver como sigue vuestro padre. Probablemente se haya despertado y quiera comer algo.
Scott seguía negando con la cabeza, alimentando el enfado que Sam aún sentía y que Mercedes no había podido desaparecer.
Scott no dejaría de hacerlo. Había comprobado que ridiculizar a Sam, hacía que Mercedes quisiese protegerle de sus burlas. Protegerle de él, de Mary Ann, de su propia familia. Así que aunque le pesase a su hermano, Scott no pensaba dejar de hacerlo. Además, había comprobado que Sam se ponía celoso cada vez que él se colocaba a su lado o le dedicaba una sonrisa. Sam sentía celos de él. Celos que no tenían sentido, pero que animaban a Scott a no rendirse. Mercedes haría que su hermano no volviese a marcharse de esa casa. Scott estaba completamente seguro de ello.
Desde ese momento, Scott comprendería que disculparse con Sam como había hecho la tarde anterior, pasaría a ser su pan de cada día. Solo esperaba que el mal humor de su hermano no llegase a sus manos.
Mercedes se encargaría de calmarle, desaparecer el enfado en él. Protegerle de ellos, de las burlas de Mary Ann y los chistes de su hermano mayor. Ella le protegería hasta de él mismo y de sus ganas de impresionarla, evitando que volviese a ponerse en evidencia delante de todos. Sam tenía suerte de tenerla a su lado. Ojalá Scott sintiese al menos la cuarta parte de la felicidad que ellos parecían compartir.
Se levantó de su asiento, dejando la servilleta en la mesa y con la mano en alto, se despidió de todos, saliendo ya de allí. Directo a su cuarto, donde se lavaría los dientes y se prepararía para un nuevo día.
Su reflejo le recibió en el espejo, observando las ojeras de su rostro, mientras agarraba su cepillo de dientes y echaba dentífrico en él.
- Un nuevo día comienza – dijo en voz alta.
Le habían prohibido atender a la nueva veterinaria, pero poco le importaba que lo hubiesen hecho. Él estaba decidido a aparecer allí como si nada hubiese pasado. Tenía ganas de hacer rabiar a alguien. Era su pasatiempo favorito. En el fondo, él y Mary Ann no eran tan distintos. La única diferencia que existía entre los hermanos, era que la chica era una amargada. Al menos eso era lo que pensaba Scott.
Puede que él tampoco fuese feliz. Puede que él también se empeñase en fastidiarles la vida a los demás como ella hacía, pero al menos, de vez en cuando, él se divertía con alguna chica.
Su hermana había rechazado a Dave nuevamente. ¡Qué estúpida había sido! Él podría haberla hecho tan feliz. Pero eso ya no importaba. Habían perdido esa oportunidad.
Se lavó la boca con una pizca de agua y colocó el cepillo en su sitio, mirándose por última vez al espejo. Su corazón le decía que esa mañana se iba a divertir y cuando se lo decía, llevaba siempre razón.
- ¿Doctora Harbor? – Preguntó Dave, detrás de la chica morena que observaba el cercado sin entrar en él - ¿Es usted...?
- La Doctora Harbor, sí – respondió ella, girándose y echando un vistazo rápido al hombre que tenía delante de ella. Estiró su mano, ofreciéndosela, observando como él se sacaba su guante de la mano derecha y se la aceptaba.
- David McCain – dijo él, dejando ya libre su mano – Trabajo para los Evans. Me han dicho que viene usted a ver a Furia.
- Sí... Creo que llego algo temprano – dijo, mirando su reloj – Aún quedan diez minutos.
- No se preocupe. Supongo que alguien saldrá ahora a atenderla – le respondió él, observando como Mary Ann y su madre salían ya de la casa y se aproximaban allí.
Sin embargo, Mary Ann torció su camino antes de llegar, diciéndole algo a su madre mientras jugaba con las llaves de su camioneta. Al parecer se marchaba a la ciudad. Perfecto, pensó Dave.
Lo menos que necesitaba ahora era una discusión a primera hora de la mañana.
Vio como su ex amante se subía ya a la camioneta, contoneando las caderas y dejando que el viento despeinase su larga melena rubia. ¡Demonios! Estaba preciosa. Con una camisa de cuadros roja y blanca y unos vaqueros demasiado ajustados.
Ella cerró finalmente la puerta de la camioneta, de volviéndole a la realidad. Mary Evans ya había saludado a la doctora y ahora ambas entraban ya al cercado.
- Dave... – le llamó la señora Evans.
- ¿Sí?
- ¿Puedes avisarle a Mercedes que la Doctora Harbor ya está aquí? Estaba dentro acabando de desayunar.
- Claro, señora Evans. Ahora mismo – dijo él, bajando ligeramente su sombrero con sus dedos a modo de saludo.
Salió de allí, entrando en la casa por la puerta trasera y dirigiéndose ya hacia la cocina.
- Buenos días – dijo en alto, quitándose el sombrero y observando que solo Sam, Mercedes y Stacy permanecían en la mesa.
- Buenos días – le respondieron los tres.
- ¿Quieres un café, David? – le ofreció Stacy, pero él rechazó la oferta, fijándose rápidamente en Mercedes.
- La doctora ha llegado ya. La señora Evans me ha llamado para que te avise.
- Oh – La chica sonrió al oírle – Voy ahora mismo. Gracias, Dave.
- De nada – dijo, colocándose el sombrero de nuevo y girándose ya hacia la puerta de salida.
- ¡Ey, Dave! ¡Espérame! – le llamó Scott, entrando en la cocina.
- Buenos días – le dijo a su amigo, esperándole en la puerta.
- ¡Buenos días! – le respondió Scott abriendo la puerta y saliendo con él al exterior – Cuéntame, ¿está buena?
- ¿Quién? – preguntó Dave, despistado.
- ¿Cómo que quién? ¡La veterinaria!
- Ah – Dave se rió al oírle. Debía haber supuesto que se trataba de ella – Pues no sé. Supongo.
- ¿Supones? ¿Cómo es? – preguntó Scott, intranquilo.
- ¿Por qué no vas allí y sales de dudas?
- Porque me lo han prohibido – le respondió, molesto.
Dave no pudo evitar reírse a carcajadas. Por supuesto que se lo habían prohibido. A la última la había tirado al estanque y a la anterior... Mejor ni recordarlo.
- Muy inteligente por su parte – respondió al final.
- No es justo.
- Ya... Ayúdame con el ganado, anda – le pidió Dave, mientras pasaba por delante del cercado. No lo bastante cerca como para ver el rostro de la nueva veterinaria pero sí lo suficiente como para observar su perfecto cuerpo dentro de sus apretados pantalones.
- ¡Joder! Tengo que verla de cerca – dijo Scott, observando como ella se inclinaba hacia delante para agarrar algo de su maletín, regalándole una buena oportunidad para admirar su trasero.
- No. No tienes. Tienes que ayudarme con el ganado – le recordó Dave. – Además, tu madre no dejará ni que te acerques.
- Sí si tú vienes conmigo – Le dijo Scott, esperanzado.
- Me debes una... – dijo resignado, tras unos segundos en los que su amigo no dejó de mirarle como un corderito indefenso. Llevarle la contraria a Scott era imposible y lo sabía perfectamente.
- ¡Gracias! – dijo él, andando ya hacia allí.
- ¿Scott? – Dave le llamó, mientras cruzaba los brazos y se quedaba parado donde estaba, dando pequeños golpes en el suelo con su pie derecho.
- ¿Qué?
Scott se dio la vuelta malhumorado.
- Ponte las botas primero – le dijo, tratando de sonar serio.
- Cierto. O mi madre me matará incluso antes de que pueda cruzar media palabra.
Y diciendo esto último, salió a la carrera hacia el cobertizo.
Ponerse las botas. Eso haría. Ponerse las botas con la nueva veterinaria.
A punto estuvo de arrollar a Mercedes por la prisa que llevaba.
- ¡Lo siento! – le oyó decir Sam, mientras sostenía a Mercedes para que no se cayese, al apartarse rápidamente de Scott.
- ¡¿Qué te pasa? ¡¿Estás loco? – gritó cabreado, abrazando a Mercedes. Sin darse cuenta de que ella ya no se encontraba en peligro de caerse.
Quiso apartarse de ella, entrar en el cobertizo para dejarle las cosas claras al demente de su hermano, pero ella no le dejó. Sostuvo las manos del chico en su cintura y las cubrió con las suyas, recostando su cabeza en su pecho y haciendo fuerza para que él no la soltase.
- Sam... Estoy bien – Trató de tranquilizarle con su voz suave.
Esa voz que conseguía calmarle todo el tiempo. Esa voz que había impedido que entrase en ese cobertizo y golpease a su propio hermano con todas sus fuerzas.
- Pero... – quiso protestar.
- Estoy bien – repitió ella, levantando su cabeza hacia arriba y hacia atrás, para buscar su mirada.
- Mercedes...
Ella le sonrió a modo de respuesta, haciéndole olvidar.
Su sonrisa causaba ese efecto en él. Su hermosa sonrisa conseguía que él borrase sus malos recuerdos y desease perderse en ella todo el tiempo.
- ¡Sitio, sitio! ¡Haced sitio! Que llevo prisa – dijo Scott, volviendo a salir por la puerta.
Pero ellos ya no le oyeron esta vez. Se encontraban perdidos en su mundo de ilusiones. Allí, donde Scott planeaba perderse con la nueva veterinaria. Sonrió, alejándose de ellos. Tal y como había supuesto, la sonrisa de Mercedes Jones conseguiría que Sam no cometiese ninguna estupidez, empezando por pegarle a él.
Dave ya le esperaba junto al cercado, apoyado en la puerta.
- ¡Qué rapidez! – Dijo, al verlo llegar – Intenta no atropellar a Mercedes la próxima vez o Sam hará un estofado con tus pelotas.
- Si no fue nada... Además, forma parte de mi plan – respondió Scott, guiñándole un ojo.
- ¿Que Sam haga un estofado con tus pelotas forma parte de tu plan? Me gusta ese plan – dijo Dave, divertido.
- Ya te lo explicaré luego. Tú solo acompáñame.
- Vale, vale. Te acompaño.
Dave estiró la mano, dejándole paso a la vez que murmuraba un "Las mujeres, primero" que esperaba que su amigo no llegase a oír. Y se rió por lo bajo siguiéndole hasta el interior del cercado.
- Esto va a ser divertido – murmuró para sí.
- Buenos días – dijo Scott, nada más llegar al lugar donde tenía lugar la visita.
- Buenos... ¡Scott! ¿Qué haces aquí? – preguntó su madre, viendo a quién había estado a punto de darle los buenos días.
Contrario a lo que pensaba, la veterinaria no habló. Ni siquiera le miró. Se limitó a seguir con su trabajo, que al parecer consistía en decirle cosas bonitas al oído de Furia para conseguir calmarla.
- Hemos venido a ver el reconocimiento, ¿verdad Dave? – Scott miró a su amigo, esperanzado.
- Sí, señora Evans. Teníamos curiosidad y...
- Ya... – Frunciendo los labios en desacuerdo - ¿Avisaste a Mercedes?
Dave trató de responderle, pero Scott se le adelantó, tratando de ganarse la confianza de su madre.
- Ella y Sam vienen para aquí. Casi estamos todos.
Su madre negó con la cabeza. Más tarde ajustaría cuentas con su hijo mayor. Si pensaba que se iba a tragar el cuento de que tenía curiosidad, estaba muy equivocado.
- Espero que no hayáis venido a molestar.
- Por supuesto que no, mamá. – Protestó Scott, mientras observaba como Sam y Mercedes llegaban agarrados de la mano.
- Mercedes, cariño. Ven aquí, verás mejor – le dijo Mary Evans, separándola de su hijo.
Sam sintió como sus dedos se soltaban de los suyos, luchando por no hacer una escena y agarrarla de nuevo. Su madre les había separado sin ni siquiera darse cuenta que agarrarse de la mano significaba tanto para ellos. Todo había cambiado desde lo que había sucedido entre ellos la noche anterior, pero ella todavía seguía agarrando su mano por la mentira en la que vivían. Solo por eso.
Mercedes te quiere, hijo. Solo que aún no lo sabe.
Le quería.
Su mente le recordaba una y otra vez las palabras de su abuelo.
Le quería.
Por eso había buscado agarrar su mano una vez habían salido del cobertizo. Por eso le había detenido para que no terminase golpeando a su hermano. Ella le quería y Sam deseaba tanto que se diese cuenta de ello.
Poco a poco, bonita. Te querré tanto que no podrás separarte de mí. Lucharás por seguir agarrando mi mano, tanto como yo deseé luchar por la tuya.
Mercedes se colocó al lado de la señora Evans, curiosa de ver lo que la veterinaria pretendía hacer.
- ¿Qué es lo que hace? – se atrevió a preguntar.
- Le va a sacar sangre – dijo Mary Evans, sonriéndole.
- ¿Va a sacarle sangre? – preguntó esta vez Scott, preocupado.
- Pero no le va a doler – respondió la veterinaria, mirándole por fin – No se preocupe.
Scott sintió como el suelo se abría de repente bajo sus pies y le engullía. Delante de él se encontraba la mujer más hermosa que sus ojos habían podido ver. Morena, de pelo largo. Con rizos traviesos a cada lado de su rostro. Moviéndose y cayéndole sobre la frente cada vez que se agachaba. Unos hermosos ojos y unos labios...
Y su voz.
Dulce, como las galletas que se había comido esa misma mañana.
- No se preocupe – repitió Sam, burlón. Mientras le cerraba la boca a su hermano, para evitar que la baba se le escapase.
Pero ella ni siquiera había podido ver su reacción. Tan pronto como le había dicho que no se preocupase, se había girado hacia la yegua, jeringuilla en mano para extraerle la sangre.
El animal no se quejó. No esa vez. Y la veterinaria consiguió extraerle la sangre suficiente para realizar el análisis.
- Chica buena – le dijo a la yegua, mientras le daba unas palmaditas en su cuello de forma cariñosa – En unos días tendré los resultados, señora Evans. Pero yo la veo bien. Se alimenta bien. El número de latidos es normal. No creo que exista ningún problema. De todos modos, si nota algún cambio en su estado de ánimo o en su comportamiento, hágamelo saber.
- Claro – respondió Mary Evans, esperando a que la chica recogiese todas sus cosas y las guardase en su maletín. Luego, le tendió por fin la mano.
- Eso sí... No la monten o puede que se vayan directos al suelo – les advirtió.
- ¿Has oído, Sammy? Directos al suelo... – Se burló Scott.
Sam reunió fuerzas para no atizarle en ese mismo momento. Se estaba pasando y Scott era consciente de ello pero a pesar de todo, no se detenía. ¿Qué demonios le pasaba a su hermano?
La veterinaria, sin duda. Eso era lo que le pasaba. La nueva veterinaria le había vuelto rematadamente loco. ¡Pues bien! Si Scott planeaba ridiculizarle, alguien tendría que ridiculizarlo a él y no iba a ser Sam precisamente.
Ojalá te rechace.
Y al momento de pensarlo, se odió a sí mismo. Le estaba deseando a su hermano lo mismo que él estaba recibiendo de Mercedes. No era justo, pero no podía olvidar el hecho de que su hermano de la noche a la mañana se hubiese convertido en la versión masculina de Mary Ann, ridiculizándoles a todos y haciéndoles la vida imposible.
Echo de menos a mi hermano.
- Gracias por venir, Doctora Harbor. Le acompaño – le dijo la señora Evans.
- No se preocupe, no hará falta. Gracias.
Con una sonrisa, la chica abandonó el cercado, pasando por delante de Scott sin ni siquiera despedirse.
Pero Scott no dejaría que tal belleza se marchase tan fácilmente. Corrió detrás de ella hasta alcanzarla, justo donde había aparcado su camioneta. Nada le importaba que todos le estuviesen mirando. Estaba completamente seguro de que conseguiría una cita con ella. Esa misma noche, la llevaría a cenar.
- ¿La Doctora Harbor tiene nombre? – preguntó con chulería, apoyando su mano en la puerta de la camioneta, impidiendo que ella la abriese y se metiese en el coche.
- Lo tiene – le respondió, secamente.
- Ajá... ¿Y cuál es? – preguntó de nuevo, levantando ligeramente su sombrero para mirarla fijamente a los ojos.
- No le interesa – respondió ella, tratando en vano de abrir la puerta - ¿Me permite?
- ¿Así que no vas a decírmelo? ¿Me vas a dejar con la duda? – Scott le dedicó su sonrisa seductora.
- ¿Tanto le interesa?
La veterinaria se movió, acercándose a él, peligrosamente.
- Me gustaría saberlo. Así podría invitarte a cenar y... – Trató de hablar notando su proximidad. Era más baja que él, pero no demasiado.
- ¿Invitarme a cenar...? – Dijo la chica, invadiendo su espacio y provocando que él se echase hacia atrás, alejándose de la puerta.
- Sí – respondió nervioso.
¡Demonio de mujer! ¡Qué manera de tentarle! No sabía su nombre y ya se moría por llevársela a la cama. O introducirse en ella encima del capó de la vieja camioneta que ella conducía. Claro que eso tendría que ser cuando no hubiese testigo alguno.
Si seguía acercándose más a él, terminaría besándola delante de toda su familia. Y francamente, no le hubiese importado en absoluto.
Pero no fue así.
No pudo siquiera reaccionar a tiempo. La puerta de la camioneta se abrió y atacó sin compasión sus partes bajas.
¡No! No se había abierto sola. Ella lo había hecho. Ella misma había abierto la puerta y había golpeado sus pelotas con ella. Ella misma se había subido al coche segundos después, mientras él se retorcía de dolor sosteniéndose en la camioneta. Ella misma bajaba ahora la ventanilla del coche para responderle.
- Primero, soy la Doctora Harbor, ¿entendido? La Doctora Harbor. Segundo, no le he dado permiso para que me tutee, así que no lo haga. Y tercero, no cenaría con usted ni aunque me pagasen, Scott Evans.
Dicho eso, arrancó el motor y subió la ventanilla, esperando que él se apartase del coche para pisar el acelerador y marcharse de allí.
Scott se dejó caer finalmente, en la gravilla viendo como la camioneta ya se alejaba por el camino.
- ¡Alguien le ha hecho un estofado a tus pelotas y no ha sido Sam! ¿Estás bien, tío? – Dave llegó corriendo, tratando de ayudarle a levantarse.
Todavía retorciéndose de dolor, Scott Evans consiguió decir lo único que había entendido de toda aquella lista de cosas que ella le había enumerado.
- Sabe como me llamo...
Dave negó con la cabeza, antes de levantarle del suelo.
- Oh, Dios... Ya empezamos.
La mañana se había terminado y también la mayor parte de la tarde. Aunque todavía se veía lo suficiente como para recibir esas clases de equitación que tanto habían logrado despertar la curiosidad de Mercedes. Había estado ocupada todo el día, tratando de aprender con la señora Evans el trabajo de la granja y apenas había tenido tiempo de sentarse. Sin embargo, no estaba cansada. Lo único que necesitaba era subirse ya a ese caballo y dar unas vueltas por dentro del cercado para relajarse.
Tampoco había tenido mucho tiempo para ver a Sam. Él también había estado ocupado con Scott y Dave en los claros donde pastaba el ganado. Solo lo había visto a la hora de la comida y no se habían dirigido la palabra. No estaban enfadados. No después de lo que había sucedido entre ellos la noche anterior.
Simplemente, no podía hablarle.
No podía decirle que se había sentido en el cielo con sus manos. No podía confesarle que, esa misma mañana, había podido ver esas estrellas de las que él se había reído. Que solo deseaba que él volviese a acariciarla. A amarla como había hecho la noche anterior. Con cariño. Con dulzura.
No. No podía.
La chica golpeó con la punta de su pie derecho, la puerta del cercado, pero apenas consiguió moverla.
Había decidido construir una barrera que le impidiese llegar a su corazón. Había decidido no dejarle entrar en él y sin embargo, le había entregado su cuerpo sin dudarlo, para que jugase con él. Para que la llenase de besos y caricias. Para que lo recorriese con su boca y con sus grandes manos.
Le había sostenido, evitando que cometiese la estupidez de golpear a su propio hermano.
Scott había llegado como un huracán y le había empujado haciéndola perder el equilibrio, pero Sam la había abrazado, impidiéndole que se cayese. Como un ángel guardián. Un ángel que siempre estaba dispuesto a salvarla de todo y de todos.
La había abrazado y luego, había querido encararse a su hermano. Pero ella se lo había impedido, juntando sus manos y colocando las de ella sobre las suyas. Como si de verdad creyese que una simple caricia suya pudiese calmarle. Como si...
¡Basta!
Mary Ann tenía razón en todo lo que había dicho. Sam era un chico solitario y lo seguiría siendo. Y ella... Ella no quería quedarse sola. Eran tan diferentes. No tenían nada en común. Nada más que un viaje que ya había llegado a su fin y un trabajo por delante que perdería cuando el padre de Sam se recuperase del todo. No quería pensar en ello. No quería pensar en qué sería lo que haría después.
No quiero.
Y no quería que él la amase de nuevo. No quería. A pesar de desearlo con todas sus fuerzas.
Es sexo. Es solo sexo. Solo...
- ¿Mercedes? – Dave llamó su atención, sacándola de sus pensamientos.
- ¿Sí?
- He traído mi caballo. Creí que a lo mejor querías ir a dar una vuelta con Relámpago y Trueno.
- ¿Relámpago? ¿Todos tienen nombre de fenómenos del tiempo? – se rió la chica.
- Bueno, sí. Digamos que no nos estrujamos mucho el cerebro cuando los bautizamos – le respondió él, acompañándole en sus risas.
- Me encantaría – dijo finalmente Mercedes.
- Bien.
Dave empezó a abrir la puerta del cercado, sin llegar a hacerlo. A lo lejos pudo ver como Scott llegaba corriendo llamándolo a gritos.
- ¡Dave! ¡Tengo que hablar contigo!
- Veo que ya estás mejor, Scott – dijo Mercedes, divertida, una vez que el chico había llegado donde ellos se encontraban. – Siento que te hayas quedado sin hijos.
- Muy graciosa, Mercedes – dijo él, acomodándose la entrepierna delante de ella sin ningún tapujo. Girándose hacia Dave, después. – Necesito tu ayuda.
- Ahora no puedo. Estábamos a punto de...
No pudo siquiera completar su frase. Scott le sacó de allí, casi a rastras, dejando a una Mercedes totalmente confundida a las puertas del cercado.
- ¿Qué te pasa ahora?
- Deja que vaya Sam – respondió Scott, con un susurro.
- ¿Adónde?
- ¿Adónde va a ser? A pasear con Mercedes.
Dave le miró confuso. Vale, no entendía nada. Pero estaba hablando con Scott así que eso era lo más normal en él.
- ¿Forma parte de tu plan?
- Exacto.
- No me gusta tu plan, Scott. Mercedes se enfadará conmigo.
- No se enfadará., haz lo que yo te digo. Voy a buscar a Sam. Invéntale una excusa.
- Ya me debes dos – le recordó a su amigo, mientras veía como se alejaba ya hacia el cobertizo donde Sam se encontraba.
- ¿Ya estás libre? – preguntó Mercedes viéndole llegar, cabizbajo.
- En realidad, no. La señora Evans me ha pedido hacer un trabajo de última hora, pero... te he encontrado reemplazo.
- ¿Reemplazo? ¿Quién? – preguntó, viendo como Scott y Sam se dirigían ya hacia ellos.
- Tu novio – sonrió Dave. - ¿A que es el mejor reemplazo que existe?
- Sí, claro – contestó ella, tratando de sonar convincente.
¿Cómo podía ir a montar a caballo con Sam como acompañante? ¿Cómo podía hacerlo? Si lo único que deseaba era mantenerlo lejos de ella. Lo más lejos posible. No quería sufrir. No quería salir lastimada y eso era lo que sucedería si seguía permitiéndole el paso a su corazón.
- Llévate tú a Relámpago. Le gustarás – le dijo Dave, haciendo que se volviese a mirarle.
- No estoy muy segura de ello.
Sam llegó por fin al cercado, con Scott como escolta. Le sonrió levemente y entró en él directo hacia donde Trueno estaba, colocando rápidamente la silla de montar y subiéndose en el caballo. Con destreza. Como lo hubiese hecho el día anterior si Furia no hubiese resultado estar preñada.
Scott y Dave le abrieron los portales, dejándole salir al exterior y colocándose al lado de Mercedes. Esperando a que ella también se montase en el caballo de Dave.
Mercedes no podía dejar de mirarle. Alto, esbelto, subido a lomos de Trueno. El sol le regalaba sus últimos rayos, iluminando su pelo rubio que él ahora había vuelto a tapar con su sombrero. Estaba guapísimo. ¡Era guapísimo! Y Mercedes debía dejar de mirarle si no quería que él se diese cuenta de todo lo que le hacía sentir.
- Te ayudo a subir – dijo Dave, mientras afirmaba la silla a la medida de la chica.
- Ésta vez no te caigas, Sam – le dijo su hermano, burlón. – No estaré allí para ayudarte a levantarte.
- Agradece que estoy aquí subido, Scott... – No quiso continuar la frase, no delante de Mercedes.
Le daba vergüenza sentir la necesidad de golpear a su propio hermano. Pero así era. Día tras día, palabra tras palabra, burla tras burla.
- Pasadlo bien, chicos – les dijo Dave, acercándose a Mercedes para susurrarle al oído. – Y recuerda...
- Lo sé – dijo ella nada más oírle. – Lo sé.
Claro que lo sabía.
Paciencia y firmeza.
No debía tener miedo. Relámpago no le haría ningún daño.
Sostuvo con firmeza las cuerdas e instó al caballo a andar hacia delante. Después de unos pasos, los temores desaparecieron. No lo estaba haciendo nada mal y Relámpago le estaba obedeciendo como si el propio Dave fuese montado en él. El paseo no estaría mal, después de todo.
Sin embargo, todavía quedaba el hecho de que Sam había resultado ser su acompañante.
Diez minutos después, habían salido ya de la granja y de sus terrenos, adentrándose en los pastos del ganado. Ninguno de ellos había dicho ni una sola palabra y el silencio reinaba en el camino. Un silencio apagado solo por las patas de los caballos al rozar la hierba seca.
Deberían hablar, deberían aclarar todo lo que había sucedido entre ellos. Pero cada uno tenía razones suficientes para no hacerlo.
Sam no hablaría hasta que ella lo hiciese, para poder mimarla y cuidarla como deseaba. Y Mercedes tampoco lo haría. Ella necesitaba alejarse de él. Alejarse de ese fuego que él despertaba en ella. Alejarse de sus ganas de sentirlo y acariciarlo. Pero no podía, ahí estaba él una y otra vez, cuidándola, protegiéndola como siempre lo hacía.
No supo como sucedió. Ni siquiera pudo reaccionar.
En un segundo, caminaba montada en Relámpago al lado de Sam, y al segundo siguiente, se había alejado varios metros a la carrera tratando en vano de detener al caballo.
Relámpago galopaba velozmente, sin recibir las órdenes de la chica que no hacía más que gritarle y rogarle que se detuviese.
Se había asustado.
El caballo se había asustado y galopaba como un loco con ella en su lomo, asustada y aterrorizada.
- ¡Mercy! – chillaba Sam, tratando de alcanzarles.
Pero no podía, Relámpago iba tan deprisa. Era imposible alcanzarles. Trueno no era capaz de alcanzarles por más que lo golpeaba con sus botas.
¡No corría lo suficiente!
- ¡Sam! – gritó la chica, asustada, mientras trataba de frenar al animal.
Mercedes casi no veía por donde la conducía el caballo a la carrera. Era imposible. Las lágrimas habían conseguido nublarle la vista. Y por más que trataba no conseguía abrir lo suficiente sus ojos. Tenía miedo, estaba aterrada. Y sus piernas se encaramaban al animal con fuerza, pidiéndole que se detuviese. Rezándole a Dios y gritándole a Sam para que lo parasen.
- ¡Sam!
No podía parar de gritar su nombre. Hacia unos minutos había reinado el silencio entre ellos y ahora luchaba por su vida mientras gritaba su nombre una y otra vez.
- ¡Mercy! ¡Tira de las riendas, tira! – gritó de nuevo con todas sus fuerzas. ¿Es que ella no le oía acaso?
- ¡No puedo!
- ¡Tira fuerte!
-¡No puedo, Sam!
- ¡Por favor!
Mercedes oyó su grito desgarrador, al tiempo que intentaba por última vez tirar de las riendas con fuerza. El caballo relinchó, galopando todavía unos metros. Y luego se levantó sobre las patas traseras, a punto de tirarla al suelo. Sin embargo, apenas estuvo unos segundos en el aire y luego, se detuvo por fin, respirando entrecortadamente.
¡Había conseguido pararlo!
Pero las piernas le temblaban y no se atrevía a bajar de él. ¡Estúpida, idiota!
Debería bajarse de él antes de que el animal volviese a arrancar a la carrera, pero las piernas no le respondían. No...
- Bonita... – oyó como Sam la llamaba despacio, a su lado. Ni siquiera se había dado cuenta de que había conseguido llegar donde ella estaba y ya se había bajado de su caballo.
- Bonita – la llamó de nuevo con voz suave.
- Sam... – Mercedes agarró su mano, buscando un apoyo, tratando de guardar en su interior más lágrimas que amenazaban con ser derramadas.
- Ven conmigo – le susurró, pidiéndole que se bajase del caballo, mientras él sostenía las riendas impidiendo que el animal siguiese moviéndose en círculos.
- Sam...
- Ven conmigo, por favor – Una lágrima rozó su cuello enfriándoselo, pero eso no impidió que dejase de mirarla.
Lentamente, Mercedes se bajó del caballo y Sam la sostuvo contra sí, ayudándola a mantener el equilibrio.
- Sam... – repitió su nombre, abrazándole. Apoyándose en él, mientras el chico la rodeaba con sus brazos y le acariciaba el pelo.
No podía parar de llamarle. No podía. Estaba ahí con él. Viva. Cuando había creído que ese sería su fin, que ese sería el día de su muerte y que no volvería a ver sus ojos verdes brillar mientras la miraba sonreír.
- Sam... – las lágrimas que había estado tratando de guardar se empeñaron en defraudarla. Empezando a llorar sin descanso escondida en su pecho y resguardada en esos brazos que tanta felicidad le habían dado.
- Creí que te perdía – se lamentó él, abrazando su cintura.- Creí que te perdía y que... ¡oh, Dios! ¡No vuelvas a hacerme esto! – dijo, apartándola y acariciando su rostro con sus manos, mientras secaba sus lágrimas con sus dedos. – Por favor.
- No quiero – respondió ella, mirándolo fijamente, mientras acariciaba esas manos colocadas en su rostro. – No quiero volver a montar. No quiero... – le dijo, resguardándose de nuevo en él. En sus fuertes brazos, en su cálido abrazo.
- No dejaré que lo hagas, bonita. Nunca más. Prométeme que no lo harás, por favor.
- No lo haré, Sam – le respondió ella, apartándose de nuevo. – Te lo prometo.
Y no lo haría. Jamás volvería a hacerlo. Había visto tan de cerca su muerte. No habría vuelto a ver sus bonitos ojos verdes ni su hermosa sonrisa. No le habría vuelto a ver, jamás.
- No lo haré... – dijo en un susurro, mientras se dejaba besar.
Mientras él la besaba con todo el amor que sentía dentro de su corazón. Con dulzura, con cariño. Pegándola por completo a él, tratando de retenerla allí para siempre. Con él. A su lado.
Te quiero. Te quiero, Sam.
Quiso gritarle.
Pero no podía, no debía.
Te quiero.
Le besaba lento, despacio. Enamorándola con cada uno de sus besos. Mientras sus manos acariciaban su rostro y sus mejillas sonrojadas.
Le amaba.
A pesar de que había luchado para alejarle de su vida y de su corazón, él se había colado poco a poco en ellos. Ganándolos. Haciéndole perder por completo el sentido.
Su corazón gritaba su nombre. Solo reconocía su rostro. Su corazón le animaba a amar. Romper esa barrera inexistente que ella se había empeñado en construir, y permitir que la besase. Que la amase.
Le quería tanto.
Pero él no la amaba.
- La quería, pero no la amaba. No como ella deseaba, al menos.
Eso había dicho él acerca de Anna.
La quería pero no la amaba. No había sentido amor por Anna y tampoco se enamoraría de ella. Mary Ann tenía razón. Sam era un chico solitario al igual que su hermana.
Un chico solitario del que estaba perdidamente enamorada.
Un chico que había estado a punto de no ver jamás. Su vida podía haberse terminado ese día y ella jamás volvería a ver su rostro de nuevo.
Estaba enamorada de él.
¿Cómo había podido siquiera negar sus sentimientos? Si cada parte de su cuerpo se lo decía a gritos. Cada parte de ella lo llamaba a él. Le necesitaba. A él. Solo a él.
A sus manos, que ahora acariciaban su cuello. A sus labios, que ahora la besaban sin descanso. A sus brazos, que la habían protegido de todo. De sus pesadillas, de sus malos recuerdos.
Le necesitaba.
Él nunca sentiría nada más que cariño, pero ella ya no podía dejar de amarle.
Te quiero. Te quiero y te necesito, Sam. Quiéreme, por favor.
Necesitaba sentirle de nuevo. Deseaba que él le hiciese de nuevo el amor. Allí, donde había estado a punto de perderle para siempre. Le deseaba tanto.
- Sam... – suspiró la chica, mientras se alejaba ligeramente de él.
Ahora el chico atacaba su cuello, lamiéndolo y besándolo sin compasión, mientras acariciaba su espalda.
- Bonita... – susurró junto a su mandíbula, antes de besarla de nuevo.
Te quiero tanto. Creí que te perdía. Déjame amarte, Mercy. Tú me enseñaste lo que es amar, déjame que yo te lo enseñe.
Acarició su pelo negro mientras la besaba una y otra vez. Allí, donde había estado a punto de perderla. No podía parar, no podía detenerse. Su cuerpo le pedía que la amase. Su cuerpo le empujaba a acariciarla. Deseaba volver a sentir su piel en contacto con la suya. Deseaba sentirla debajo y amarla hasta que ella dijese su nombre.
- Sam... – gimió la chica, llenando el corazón de él de amor.
- Sí... – dijo él, deslizándolos poco a poco hasta recostarla sobre la hierba.
No podía dejar de besarla, no quería. Sus besos eran tan dulces y a la vez tan apasionados. Y sus manos diminutas acariciaban su rostro y removían su pelo mientras él trataba de levantarle su camiseta.
- Ummm – intentó hablar Mercedes, notando ya sus manos sobre su piel.
Sam se la levantó finalmente, buscando sus pechos y acariciándolos suavemente con sus dedos por encima de su ropa interior.
- Sam... – Mercedes cerró los ojos, al notar sus dedos rodeándolos y acariciándolos ligeramente, para luego calmarlos con su boca por encima de su ropa.
Pero no siguió adelante. El chico se separó de ella y bajó su camiseta rápidamente.
¿Por qué la torturaba? Ella solo quería que él la besase. Solo deseaba que él la amase con todo su corazón.
- Por favor... – le suplicó.
- No puedo – dijo, levantándose de encima de ella.
- ¿Qué ocurre?
Mercedes se enderezó, colocándose a su lado. Y le miró a los ojos tratando de entender qué era lo que había hecho que él se detuviese.
Sam sostuvo su rostro entre sus manos, acariciándola con cariño, y la besó de nuevo lentamente. Provocando que ella se pegase a él, acariciando su espalda.
- No puedo. No aquí.
- ¿Por qué? – preguntó ella en un susurro, arrepintiéndose al instante.
¿Cómo podía preguntárselo? ¡Que tonta! ¡Estúpida!
Agachó la cabeza, avergonzada. Mirando luego a un lado y otro. No había nadie. Nadie que les viese. Estaban en un lugar solitario. Ellos y los caballos.
¡Los caballos!
Por eso él se había negado, ¿verdad? Era por eso.
Volvió a agachar la cabeza. Él se había acordado de los caballos y se había detenido. Sin embargo, ella se había abandonado por completo a sus caricias. Olvidándose de todo. ¿Cómo podía siquiera mirarle a la cara? Por un momento no le había importado donde estaban. Solo necesitaba sentirle de nuevo junto a ella. Solo deseaba que él le hiciese el amor otra vez.
- No tengo protección.
- ¿Cómo? – Mercedes le miró, atónita.
- No puedo hacerte el amor, no tengo preservativo.
- ¡Oh, Dios mío! – La chica notó como sus mejillas enrojecían.
- ¿Qué?
- Nada.
- Mercedes... – la regañó, levantándole el rostro para que le mirase.
- Los caballos, Sam.
- ¿Qué pasa con los caballos?
- Creía que lo decías por ellos – se animó a confesarle.
- ¿El qué?
- Sam... – la chica enrojeció todavía más si eso era posible.
- No entiendo de qué hablas, de verdad que no – le respondió él, acariciando su nuca.
- Creía que no podíamos por los caballos.
- ¿Qué les pasa a los caballos? – preguntó, confuso.
- ¡Que estaban delante!
- ¡Dios Santo, Mercedes! ¡Deseaba hacerte el amor! ¿Crees que estaba pensando si los caballos estaban o no, aquí?
- No... – susurró la chica, tratando de esconder la sonrisa que quería formarse en su rostro.
- Aún lo deseo – le dijo, besándola de nuevo mientras tiraba de ella para acomodarla entre sus piernas.
- Yo también – suspiró ella, junto a su boca, entre beso y beso.
Le había permitido que sus manos acariciasen de nuevo su piel y si seguían así, esa vez no se detendrían.
- Vayámonos a casa – consiguió decir, separándola un poco.
- Sí – Su boca consiguió formar la pequeña palabra mientras se levantaba, alejándose de sus brazos.
- Quiero hacerlo contigo – le dijo, una vez de pie. Besándola de nuevo.
- Sam... Deja de besarme o no llegaremos nunca.
- Lo siento – dijo, dándole un último beso.
Ella le dedicó su hermosa sonrisa, provocando en él, la necesidad de quedarse allí con ella, para siempre.
Eres preciosa.
Echaron a andar, cada uno sosteniendo las riendas de su caballo.
Sam agradeció que el camino que aún tenían que recorrer fuese lo suficientemente largo como para calmar la excitación que había nacido en sus pantalones minutos atrás. Lo que menos necesitaba ahora era oír como su madre le gritaba al entrar por la puerta o las burlas de sus hermanos mayores.
Cuando lleguemos a casa, bonita.
Pensaba una y otra vez, observándola caminar a su lado.
Cuando lleguemos a casa volveré a amarte. A sentirte con mis manos. Cuando lleguemos a casa...
¿Qué os ha parecido? :) ¿Qué pasará de ahora en adelante? Lo sabréis el próximo domingo. ^^ Animaos a dejarme un review, gritándome o amenazándome, lo que queráis jeje. ¡Buenas noches!
La canción que da nombre al capítulo es "Si tú no estás" de Chenoa.
