Nueve: Intercambio
Era un momento incómodo luego de las fotos y del beso sorpresa, ¿en qué estaban pensando? Los hizo reflexionar sobre sus verdaderos deseos.
Braginsky había decidido que era en ese momento o nunca. No había tenido desde hacía mucho tiempo oportunidad de acercarse tanto como lo estaba haciendo ahora, y no quería desperdiciarlo. Quería absorber cada momento compartido con su piel y que quedara como un tatuaje para toda la eternidad.
Por otro lado, Jones no sabía exactamente qué era lo que quería, su ser interno le decía que le diera la oportunidad de acercarse cuanto quisiese, y en la superficie los estigmas de la más reciente guerra entre ellos seguían ardiendo. No le perdonaba un montón de cosas, pero cuando sonreía de esa forma… Todo el odio y el resentimiento se eliminaban y quedaba indefenso.
Se odiaban y se querían –porque amarse lo consideraban casi imposible- de una manera que sólo ellos conocían. Esta Navidad juntos era la prueba, el incómodo silencio que reinaba entre ambos era el testigo.
El ruso fue el primero en darse cuenta de todo ello, y recordarlo justo cuando las palabras se habían acabado. Se puso de pie, excusándose un segundo. El muchacho de lentes creyó que estaba molesto y que se iría, pero su personalidad orgullosa le impidió moverse.
Iván se dirigió a la bolsa que había llevado, en donde guardaba su paraguas –en caso de que nevase- y un gran paquete colorido, infantil, casi de mal gusto. Esto último le llamó la atención al rubio y no pudo quitar los ojos de allí. Sí, era su regalo por parte del invitado.
Oh demonios, eso significaba que él también tendría que darle el suyo.
Se puso nervioso por enésima vez en el día y simplemente se paralizó. Observó cada movimiento del muchacho y le pareció que iba en cámara demasiada lenta, efecto secundario de la ansiedad.
Y quien le iba a entregar el regalo se sentía igual o peor. Simplemente ambos podían disimularlo bastante bien…
-Umm, Alfred… -comenzó tímidamente- Yo te compré algo por esta Navidad… Espero que te guste.
Le entregó el paquete, suave, colorido, adictivo. Lo aceptó con miedo, temblaba un poco pero era casi imperceptible; aun así se sentía como teniendo elefantes en su cavidad abdominal.
-Thank you. –le dijo por lo bajo.
Cuando el regalo estuvo al fin en sus manos, miró atentamente el envoltorio. ¿Qué sería? Podía ver una silueta, pero no se le ocurría nada. Sólo quedaba una opción, y ésa era abrirlo y satisfacer su curiosidad.
Así lo hizo.
Comenzó a romper el papel por un extremo y así dejar el contenido libre. Cuando finalizó, los pedazos yacían en el piso y una mirada sorprendida contemplaba el regalo.
Era un sombrero de cowboy, con una grande y hermosa estrella amarilla en el centro que tenía su nombre plasmado.
Un momento.
Ése no era su nombre.
-¿Alfred Fucking Jones? –dijo, incrédulo- No me esperaba algo así…
Tampoco esperaba algo romántico de él- ¡En qué estaba pensando!
-Me pareció divertido. –respondió sincero y sonriente.
-G-gracias… -comenzó a ubicarlo en donde debía ir. Cubrió sus rubios cabellos con el sombrero y le sonrió.
Demonios, ¿por qué esos momentos tenían que durar tan poco? Quería congelar esa sonrisa como el General Invierno congela la sangre de quienes se atreven a desafiarlo para así poder conservarlo un tiempo más, contemplarlo.
Con un "Enseguida regreso" se puso de pie y fue a buscar el regalo que le correspondía a Iván. El sombrero se mantenía firme en su cabeza, y le gustaba como lo hacía sentir.
"Fucking, ¿eh? Bueno, mi tarjeta no se queda demasiado atrás."
Se dirigió a su habitación y del escritorio sacó la caja perfectamente envuelta con la tarjeta escrita a mano. Volvió y allí Iván esperaba, la impaciencia se le veía en la sonrisa.
-No te hubieras molestado. –le mintió.
No le respondió.
Sus ojos se clavaron en la letra algo aniñada de Alfred en la tarjeta; leyó en silencio y no pudo evitar sonreír con más ganas y que la curiosidad le picase fuerte.
Abrió el envoltorio con delicadeza. La tarjeta había quedado sobre la mesa.
Una hermosa cajita delgada que tenía una parte transparente anunciaba que era una corbata de Oscar De La Renta. El color lo hipnotizó, pero no esperaba que algo tan sobrio y tan formal se le hubiera cruzado por la cabeza.
-Es hermosa. –dijo cuando la sacó de su jaula de cartón y la pudo tocar.
-Me alegra que te guste… Iván. –el nombre había sonado forzado, nervioso, impaciente, todas las sensaciones que Alfred no podía descifrar pero que sentía.
No llevaba una camisa para usarla, pero eso no fue impedimento: la anudó por encima de su inseparable bufanda. Desesperado por vestirla, ansioso por llevar algo que el americano había escogido sólo para él.
-Muchas gracias, Alfred. –habló mientras le dedicaba otra sonrisa, cálida, llena de "quiero abrazarte mucho porque tengo este sentimiento dentro de mi pecho que no soporto más".
Sin darse cuenta se abrazaron, muy fuertemente. Compartieron e intercambiaron los sentimientos dentro de sus pechos mientras afuera comenzaba a nevar, y el reloj marcaba las tres de la madrugada.
