Con desdén

La jornada laboral había comenzado a transcurrir dentro de ese estado de cosas que solemos calificar como "normal". Pero siempre algo estrafalario acaba por arruinar las mejores noches. E incluso a veces, llega a estropear ciertas tiernas y sensibles vidas. Algo así estaba a punto de suceder, y al no saberlo, no podía hacer nada para neutralizarlo.

Volvía del primer ajetreado reparto que me llevó más de dos horas. Subí la escalera tranquilamente, y cuando estaba a punto de introducirme por la puerta principal de la pizzería, recibí el brusco empujón de un hombre rubio muy alto, que llevaba a una joven esbelta a su lado.

- Permiso…- sentí que me decía con prepotencia- Los sirvientitos pasan al final…

Me mordí para no decirle nada ni molerlo a patadas. Sin embargo, me parecía repulsivo tener que aguantar de cualquier estúpido esa clase de cosas, que habitualmente no aguantaba de nadie, sólo por preservar el trabajo. Me apuré un poco y disimuladamente, lo jalé por el cuello de la camisa, levantándolo del suelo. La tela comenzó a apretar su pronunciada nuez por lo que no tardó en quedarse sin aire. Sacudió sus pies tratando de tocar le piso. La joven que venía con él procedió a golpear estúpidamente mi espalda, sin que eso causara en mí ninguna clase de preocupación. Cuando el revuelo comenzó a suscitarse en la puerta, en virtud de que había gente que quería entrar y otra que debía salir, decidí soltarlo, no sin alardear de una "amable" brusquedad.

- Los ricachos cobardes y con poca personalidad no me asustan- le dije, antes de reencaminarme hacia el mostrador a retirar nuevos paquetes para entregar.

Me concedieron un montón de cajas calientes destinadas al reparto. Casi tropecé con Rika, que llevaba una bandeja llena de platos y cubiertos sucios en cada mano. Nos esquivamos hábilmente, gracias a algo que pareció una especie de paso de baile.

- Perdona, linda. Casi te llevo por delante…- susurré en su oído de pasada, aspirando el delicado perfume de su shampú.

- La culpa fue mía… pero por suerte no pasó nada… ¿nos vemos luego?

Le hice un gesto afirmativo con la cabeza, mientras desaparecía entre la gente que pasaba a través de la puerta principal.

La joven dejó las bandejas y se dirigió a una de las mesas de su zona, donde unos clientes, para saber si necesitaban algo. Ante la negativa, dio una mirada lánguida al resto de las mesas. Una mano comenzó a hacerle señas, y sin pensarlo, se acercó corriendo.

- Buenas noches, aquí tienen la carta, enseguida los atiendo…- musitó sin prestar demasiada atención a los recién llegados comensales, mientras les ofrecía el cuadernillo con el menú.

- Gracias, señorita…

Aquella voz tan conocida… La muchacha levantó la mirada y ante sus ojos estaba él, él nuevamente… Matt… Matt con una mujer… Matt con una chica… ¿con la chica con la que la había engañado?

"Mierda, mierda, mierda, mierda, mil veces caiga mierda sobre tu cagada cabeza, Rika Nonaka…, trágame mierda", pensó con desesperación. Sin embargo, la expresión de su rostro era la misma que la de una piedra, y el rubio no encontró excusa para decirle nada, puesto que el hermoso semblante no transmitía más que esa seriedad y recato exclusivamente comercial propio de los empleados de un negocio.

Se alejó sumamente turbada de allí, a cobrarle a un matrimonio que estaba por irse. Guardó el dinero y el gesto de Matt llamándola la desanimó nuevamente, y tuvo que acudir a su mesa.

- Hola, Rika… cuánto tiempo… ¿cómo estás? – comenzó él con un tono no muy diferente al que se dirigía a ella en el pasado. La pelirroja reconoció en esa voz toda la ironía con la que Matt le hablaba. Sin embargo, decidió no inmutarse.

- ¿Qué les interesó del menú?- se limitó a preguntar con sequedad.

- La napolitana para dos- intervino la joven compañera del rubio algo hastiada- Y dos cervezas…

- Así será…- respondió Rika, retirándose, con la cartilla del menú en una mano y el corazón en la otra.

Dos gruesos lagrimones escaparon de sus ojos almendrados, mientras encargaba el pedido a uno de los jefes de cocina.

- ¿Te sientes bien? – preguntó el muchacho de ojos grises, que había tomado nota del plato que solicitaba.

- Sí, no te preocupes…- mintió ella, limpiando sus mejillas mientras se dirigía hacia el freezer para retirar las cervezas.

Llevó ambas botellas y un par de vasos y los depositó sobre la mesa de Matt y su chica. Abrió con rapidez las bebidas y vertió una parte del contenido de cada una en cada vaso.

- ¿Dónde queda el baño?- preguntó la castaña, mirando a Rika con inocencia.

- Allí- señaló la pelirroja- Enseguida salen las napolitanas…

- Espera, Rika…- murmuró Matt, tomando del brazo a la muchacha que se alejaba.

- Disculpe, señor, suélteme. Si quiere llamarme me hace una seña con la mano…- explicó ella con brusquedad. Hecha un manojo de nervios.

El rubio levantó su mano. Rika se detuvo.

- No puedo creer que no me recuerdes, Rika…

- Estoy trabajando y espero respetes eso.

- Pero te acuerdas de mí, ¿cierto?- insistió Matt comenzando a desesperarse.

- Uno puede no percibir ciertos aromas… Pero el olor a podrido es universal y desagradable a todo el mundo por igual- respondió procediendo a alejarse, esta vez exitosamente.

La castaña retornó a su lugar frente a Matt y Rika los observaba a los dos sonrientes bebiendo cerveza desde la distancia. Se besaron allí mismo, en medio de la pizzería, y él embobado, no dejaba de acariciar sus piernas por debajo de la mesa, y ella su entrepierna con su piel descalzo en un ritual rítmico y monótono.

Y Rika no podía dejar de mirarlos ¿con rabia? ¿Con dolor? ¿Con bronca? ¿Qué era realmente lo que sentía?

Apurada, en medio del asco y el desdén, les dejó las napolitanas. Y rápidamente se movió a un lado de la puerta de entrada, puesto que el odio que corría por sus venas comenzó a sofocarla.

Yuri no estaba muy lejos de allí, y con disimulo se acercó a ella. La pelirroja reconoció la gravedad de su expresión. Pero lo único que el cliente que comenzó a reclamar a la morena le dio tiempo de decir a su amiga fue un sincero "te compadezco".

Mientras, tanto, luego de estacionar cuidadosamente mi motocicleta, ingresé lentamente al local. Las anchas caderas y sus correspondientes piernas larguísimas no me engañaban. Acaricié suavemente una de esas caderas cubiertas con la tela negra del pantalón.

- Volví preciosa, ¿estás bien?- pregunté en su oído, aprovechando el gran embotellamiento de gente que inconscientemente nos encubría.

La pelirroja me miró de reojo y leí la tristeza y el reciente llanto en su expresión. Besé su mejilla húmeda con ansiedad, sintiendo que mis vísceras se consumían en la flama de su angustia infinita.

Pero sin decir nada, se alejó de mí, al ver el llamado de uno de sus clientes. Observé con atención al sitio al que se dirigía y recordé que ese rubio al que se acercaba, era el mismo con el que había tenido un encontronazo más temprano. Y no sé porqué se me ocurrió pensar en que podría ser Matt.

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Por fin llegó la hora de irnos. Eran cerca de las dos y media de la madrugada. Esperé a que la pelirroja saliera del local, sentado debajo de la baranda de afuera.

La vi bajando la escalera.

- Rika…- murmuré con congoja, tomándola de la mano - ¿Estás bien? ¿Qué sucedió?

- Creo que no saldré hoy, Ryo… Discúlpame…- dijo ella, visiblemente desanimada y triste.

- Lo imaginé, mi amor – se me escapó involuntariamente.

La joven me miró.

- ¿"Mi amor" has dicho?- inquirió sorprendida.

- Lo siento…

- No es nada…

La muchacha retomó la marcha y yo me apuré para alcanzarla.

- Al menos podrías contarme qué te sucedió…- murmuré, buscando sonar preocupado y no ansioso.

- No me siento bien, Ryo. Eso es todo…- respondió sin demasiado interés.

- Entiendo… ¿quieres que te acompañe? No me gustaría que te sucediera algo en el camino…

- Por favor…- admitió ella, en tono casi que suplicante.

Ambos llegamos silenciosos a su casa. Me invitó a pasar. Era un lugar pequeño, perfecto para ella que vivía sola. La empujé hacia el baño y le pedí que se duchara, mientras yo le servía algo para comer. Me dijo que buscara algo en la nevera.

Improvisé un menú rápido con la masa de unos tacos que encontré. Y cuando salió envuelta en una vaporosa salida de baño, no pudo evitar sonreir.

Le corrí la silla y la invité a sentarse. De verdad me estaba comportando de una manera muy atrevida, puesto que no era mi casa. Pero aún así, ella no hizo ningún reproché y me obedeció y disfrutó conmigo de la cena.

- Perdóname, Ryo…

- ¿Por qué? Estas cosas me ponen contento… y veo que a ti un poco de mimos también te ponen contenta… más aún cuando estás así de triste… - expuse convencido- Ah… y algo más…- añadí- No quiero que me pidas perdón a cada rato, como si fuera Dios…

La joven sonrió. Sin decir nada, terminó de comer.

- No quiero que me expliques nada hasta que te sientas mejor. Sólo quiero que me dejes consentirte…- musité, mientras la ayudaba a levantarse de su silla y la acompañaba al baño – Lávate y haz lo que tengas que hacer que yo te espero aquí…

- Gracias, Ryo…

La joven desapareció detrás de la puerta y yo me recargué con pesar en la pared. "Espero que algún día sea más confianzuda conmigo y no tan cerrada", pensé, alertándome al verla salir.

- ¿Quieres quedarte conmigo o tienes que salir a hacer algo?- inquirió Rika, enarcando sus cejas claras.

- Por educación tendría que decirte que es muy tarde y debo ir a dormir a casa, pero… bueno… no es algo que desee en este momento. Sin embargo, estoy en tu casa, así que dime tú qué prefieres.

- Quédate conmigo… esta noche solamente…- pidió con timidez.

- Por supuesto que sí… por supuesto…

La seguí hasta su habitación y le quité la salida de baño y la toalla de su cabeza. Su piel desnuda ya estaba completamente seca. Ante su rostro atónito me desvestí quedando en ropa interior. La tomé en brazos y la deposité suavemente sobre la cama. Sentí su respiración agitada por lo nerviosa que se encontraba. Me recosté a su lado y la envolví con mis brazos. El aire que exhalaba sobre mi pecho se sentía delicioso. Acariciando sus bucles húmedos me dormí. Y así fue como el alto sol del mediodía nos sorprendió al día siguiente.