Capítulo 7

Isabella yacía en la cama a la mañana siguiente, observando el raudal de luz solar que atravesaba la habitación a través de la pequeña ventana de media luna que se arqueaba sobre su cama. Por vez primera, se le ocurrió que Edward podía mirar dentro a través de ella cuando llegara a aquella parte de la casa. La idea la dejó más preocupada de lo que ya estaba.

Si no hubiera echado un vistazo para ver su ropa esparcida por el suelo como si se la hubieran arrancado de pasión, tal vez no se habría creído que la noche anterior había ocurrido de verdad. Tal y como estaba, le recordaba lo tensa que se había sentido al llegar finalmente a casa; se había desvestido apresuradamente, había cogido un camisón de seda de una percha y se había acurrucado bajo la colcha sin ni siquiera pensar en desmaquillarse o cepillarse el pelo. Sólo quería dormir, olvidar y dejarlo atrás.

Justo entonces, Isadora trepó en la amplia cama y se acercó a ella.

—Hola Izzy —dijo, buscando una pequeña sonrisa para la gata.

Isadora no era la mascota más afectuosa del mundo, así que sorprendió a Isabella cuando la gata se hizo un ovillo a su lado, acurrucándose en la curva de su cintura. Ella rascó tras de la oreja de Izzy, preguntándose locamente si la gata sabía, de alguna manera, que no le vendría mal un poco de consuelo.

Casi se había traicionado a sí misma la noche anterior con Edward Cullen. Cerró los ojos para apartar los dolorosos recuerdos, pero planeaban en su mente tan vividamente como si hubieran sucedido cinco minutos antes.

En su mayor parte, había sido su culpa, lo sabía. «¿Dónde más lo has hecho aparte de a caballo?». Hizo una mueca al recordarlo. Si miraba atrás, la única conclusión que podía extraer era que había sido un intento cutre y desesperado por ver si existía algún tipo de extraño vínculo cósmico entre ellos, si sus fantasías estaban conectadas a él de alguna manera. No sabía exactamente cuándo se le había metido aquella idea en la cabeza (en algún momento entre su historia del caballo y las palabras «confía en mí»), pero había sido lo más parecido a una explicación que podía darse. Y, si realmente creía en tales cosas, él le había dado la respuesta correcta la noche anterior: el océano.

La primera vez que la había besado, había sido como un pequeño rayo inyectado en sus venas, viajando por todo su cuerpo antes de que pudiera pestañear. Incluso entonces, ella había seguido teniendo algún tipo de control, consciente de que una aventura sin sentido con un tipo atemorizante a nivel sexual no era lo que quería. Es decir, hasta que había oído su oscura y seductora voz. «Déjame besarte, Princesa». Después de aquello, no recordaba nada excepto sensaciones, más calientes y pesadas, su cuerpo anhelando más con cada beso, cada caricia. Cerró la mano fuertemente alrededor del costado de Izzy mientras recordaba cómo se intensificaba el calor, su lengua acariciándole el pezón mientras sus ojos se encontraban, sus dedos acariciándola donde más lo anhelaba.

Detenerlo había sido una agonía. Pero algo en su interior se había encendido de repente, recordándole todo lo que le había dicho después a él: no podía acostarse con un tipo que no le importaba; el sexo era importante, especial. No era como Jessica, no importaba con cuánta locura deseara a Edward. Oh, Dios...

—¿Cómo me voy a enfrentar a él ahora, Izzy? —susurró—. ¿Cómo?

El revelador sonido de una escalera apoyada contra la pared respondió, crispándole los nervios. Se estremeció e Izzy huyó de la cama.

—Desertora —dijo suavemente.

Edward volvía a estar ahí fuera. Haciendo que se sintiera prisionera en su propia casa.

Pero era viernes y, si podía evitarlo aquel día, el fin de semana ya estaría allí y quizás para el lunes algo de la vergüenza y el horror de la noche anterior se habría mitigado.

El pensamiento la propulsó fuera de la cama y hacia la ducha, donde se negó en redondo a pensar en Edward Cullen, sus manos o su boca. Tras vestirse rápidamente, se dirigió a la oficina, donde reunió algunos archivos y su portátil. Se iba a pasar el día fuera de casa. Tenía mucho trabajo por hacer, pero lo podía realizar fácilmente en las oficinas de Swan en un cubículo vacío o en una sala de conferencias. Si alguien le preguntaba, diría que los trabajos en su casa eran demasiado ruidosos como para que se concentrara. Y si aquella persona era Sue... bueno, se inventaría otra cosa.

Simplemente no podía soportar estar cerca de él en aquel momento, no podía arriesgarse a verlo. Seguía enfadada con él por esperar que no dijera que no, avergonzada de haber dejado que las cosas llegaran tan lejos... y, lo peor de todo, todavía lo deseaba. Todavía lo anhelaba cada vez que respiraba. No podía negarlo, sólo huir de ello. Parecía tan buena defensa como cualquier otra.

Tras detenerse en la cocina lo justo para cambiarle la comida y el agua a Izzy, apiló su trabajo en el coche y huyó, por suerte, sin ver a Edward.

Edward se sentó en la cómoda silla de su oficina, con el libro rojo en una mano. La culpa era aún un factor que le seguía hiriendo (la total maldad de lo que hacía le seguía palpitando en las venas), pero, después de la noche anterior, aquélla parecía la única forma de descubrir cómo hacerse merecedor de ella, arreglar lo que había estropeado entre ellos en la playa. Parte de él no podía creer que hubiera vuelto una vez más, pero, aquel día, la necesidad de redimirse ante los ojos de ella pesaba más que la vergüenza.

Tras abrir el libro al azar, sus ojos cayeron sobre una entrada escrita en tinta roja. Se acomodó en la silla, preparado para sumergirse un poco más en el mundo de la princesa.

Estoy tumbada y desnuda sobre sábanas de satén blanco en una cama de bronce, en el centro de una habitación que, por lo demás, está vacía. Ventanas altas y estrechas alinean las paredes a ambos lados. Las ventanas están abiertas y dejan entrar una brisa fresca que baña mi piel como una caricia y hace que las cortinas de blanco puro ondeen. Auque lo único que puedo ver fuera es el cielo azul, huelo el mar cerca.

Como la brisa me adormece, se me cierran los ojos, pero, cuando estoy a punto de quedarme dormida, noto un cosquilleo minúsculo, casi imperceptible, en el estómago, como un beso. Al abrir los ojos, veo un pétalo de rosa solitario, del tono rosa más pálido, descansando allí. Miro arriba para encontrarme con un hombre musculoso sobre mí, desnudo y espléndidamente erecto. Sostiene la rosa entre los dedos, del color de una leve insinuación de rubor.

Comenzando por mi tobillo, desliza delicadamente la rosa, suave como un susurro, pierna arriba. Tras rozar apenas la piel de la cara interior de mis muslos, la arrastra suavemente por el sitio sensible que hay entre ellos. Tiemblo de placer y la rosa continúa barriéndome como la respiración de un amante por mi ombligo, mi estómago, mis pechos, haciendo que mis pezones sientan un hormigueo cuando los toca.

Tras sentarme, cojo atrevidamente la flor de su mano y coloco su abundancia de pétalos en la base de su pene. Lentamente, lo paseo por la dura vara hasta la punta, satisfecha cuando él también se estremece.

Tras volver a arrebatarme la rosa, me monta en la cama, inmovilizándome las piernas. Dice «cierra los ojos», y yo obedezco. Pienso que me va a hacer el amor, pero, en vez de eso, siento más sensaciones suaves como plumas, como la primera, gotitas tan ligeras como besos por mi cuerpo.

Me siento fascinada por las suaves caricias y, con cada una de ellas, mi piel se vuelve más sensible. Abro los ojos y veo su mano sobre mí, espolvoreando los pétalos de rosa por mis pechos, mis hombros, mi estómago y más abajo.

Sigue sosteniendo la misma rosa en la mano, pero los pétalos nunca se acaban; van cayendo más y más sobre mí, esparcidos, hasta que casi estoy cubierta por ellos. Finalmente, los pétalos dejan de caer y cierro los ojos una vez más. La rosa me acaricia los labios.

Cuando entra dentro de mí, todo a nuestro alrededor es suave: el satén que hay debajo de mí y los sedosos y pálidos pétalos sobre mi piel. Con cada sacudida, el satén y la seda se mueven conmigo, acariciando cada centímetro de mi piel.

Temo que pronto me volveré loca... pero, entonces, veo la flor aún en su poder. Tras separarse un poco de mí, sigue haciéndome el amor mientras me acaricia ahí con los suaves pétalos de la rosa.

Cuando, finalmente, alcanzo un climax lento y agotador, vibra por cada poro de mi cuerpo; mi piel parece aspirar y exhalar con cada oleada de placer. Después de que mi amante alcance también el climax, me abraza, todavía sosteniendo nuestra rosa, y deja que se enrosque elegantemente sobre mi pecho mientras caemos en un sueño sereno y dulce.

Edward cerró el libro con la respiración entrecortada.

La maldad que había sentido al llegar a la sala lo saturaba completamente en aquel momento. En cierto modo, sumergirse en sus pensamientos secretos empezaba a ser una adicción, algo a lo que no podía resistirse. Pero, cada vez que lo hacía, se quedaba impregnado de la sensación de invasión que había cometido y, en aquel momento, le hizo cerrar el libro, recordándose que le pertenecía a ella, y que debía seguir siendo sólo de ella.

Sin embargo, en vez de entretenerse en la culpa o en la tentadora imagen de la piel desnuda de Isabella Swan cubierta de pétalos de rosa, pensó en la forma en que la fantasía terminaba. La forma en que siempre terminaban, con ella y su amante imaginario acurrucados juntos, cariñosos y satisfechos.

Le confirmaba las cosas. Todo lo que había dicho en la playa era verdad: no era como Jessica; para ella el sexo era especial. Pero también lo deseaba mucho, lo que quedaba claro por su diario rojo y, también, por la forma en que solía mirarlo; y había deseado hacerlo con él la noche anterior. Lo había querido con él hasta justo el momento en que lo había llamado «nadie».

Al principio, querer seducirla había sido algo relacionado con la atracción mutua y la pasión, nada más y nada menos. Y, cuando habían llegado a la playa, la seducción había tenido que ver con todo aquello y, tenía que admitirlo, con los extraños celos que se despertaban en él cuando pensaba en ella con otro hombre. Después de eso, se había extendido más aún: había querido toda su pasión, pero también su inocencia y su dulzura; lo había querido todo de ella.

A pesar de cómo lo había apartado de ella, a pesar de sus súplicas de olvidarlo todo, no pensaba que las cosas se hubieran terminado entre ellos. Y, cada vez que se rebajaba a entrar en su oficina, descubría otro de sus secretos, unos secretos que lo harían parte de su mundo.

Cuando Rosalie sugirió que hicieran otra visita al supermercado a por hamburguesas para hacer a la parrilla, Jazzy se alegró de ir, aunque habían comprado provisiones justo el día anterior. Pero, cuando pasaron por la sección de floristería y Mary Alice Brandon no estaba allí, su corazón se había encogido. Habría querido volver a ver cómo clavaba flores en la espuma.

En ese momento estaba aburrido porque llevaba mucho rato de pie delante del mostrador de la carne, escuchando a Paul, el carnicero, hablar con Rosalie sobre chuletas de cerdo. Y ni siquiera iban a comprarchuletas de cerdo. El observaba las cejas de Paul mientras hablaba; eran espesas como orugas y se movían mucho arriba y abajo, especialmente cuando se reía.

Cambió el peso de un pie al otro y dio golpecitos a Rosalie en el hombro.

—Voy a mirar revistas.

—De acuerdo. No tardaré mucho —le dijo, pero, según estaban yendo las cosas, él lo dudaba.

Buscó a otros trabajadores de Albertson's que conocía mientras caminaba por el pasillo de las sopas y fue hasta la parte delantera del supermercado, pero no vio a ninguno. Cuando llegó al estante de las revistas, echó un vistazo rápido al jardín, y casi se le para el corazón.

Mary Alice Brandon estaba sentada en su mesa, trabajando con las flores de nuevo.

Sin querer mirarla fijamente o, al menos, sin querer que lo pillaran haciéndolo, cogió una revista, algo con un gran camión en la portada, y miró por encima. Su respiración se volvió débil.

Llevaba una blusa de color rosa muy vivo que era bonita contra su piel oscura. Tenía el cabello recogido en una coleta baja, así que él pudo ver su cara mejor que antes. Sus rasgos eran delicados, como los de un duendecillo, pensó, o un hada.

Sus ojos se desviaron hacia sus manos, con sus delicados dedos de duendecillo. Verla girar y retorcer la espuma, para un lado y para otro, pinchando una flor aquí y otra allá (ese día eran rosas y limonios amarillos y claveles), era como observar a alguien tocar el piano o ver a Eduardo Manostijeras darle forma a un árbol. Le encantaba Eduardo Manostijeras porque él sabía lo que era ser diferente, pero al menos tenía su arte. Y aquello era lo que Mary Alice Brandon también tenía. Un arte que le salía de las manos, y también de los ojos, suponía él, ya que nunca se desviaban de las flores.

Deseaba conocerla como conocía a Paul, el Cortador de Carne, o al señor Pfister. Deseaba poder simplemente caminar hasta ella y decirle «hola», y hacer que pareciera normal. Pero el estómago le dolía demasiado, sabía que no parecería normal. Deseaba ser más como Edward; Edward sabía cómo hablar con chicas. Por supuesto, Jazzy sólo lo había visto una o dos veces (Edward era muy discreto con esas cosas), pero se imaginaba que Edward tenía montones de novias. En ocasiones, estaban en algún sitio y una chica lo llamaba por su nombre o se le acercaba y, aunque Jazzy nunca había oído a Edward decir nada que pareciera especialmente brillante, veía que Edward sabía qué hacer y que funcionaba.

Se preguntaba qué le diría Edward a Alice e intentó recordar saludos que le hubiera oído decir en tales situaciones.

«Eh».

«¿Cómo va eso?».

«Tienes buen aspecto, como siempre».

Pero no se llegaba a oír soltando esas frases, ya que Edward siempre las decía con un cierto brillo en los ojos, como si realmente estuviera diciendo algo más.

Suspiró y miró las manos de Alice, que se movían casi rítmicamente. Entonces, intentó otras frases diferentesen su cabeza, cosas que pensó él solo.

«Me gusta ver cómo trabajas».

«Las flores son bonitas, pero tú las haces aún más bonitas».

«Encajas aquí, en el jardín, porque eres la flor más bonita de todas».

Tras respirar hondo, cerró la revista de camiones, la volvió a colocar en el estante y volvió a practicar las frases en su mente. Se decidió por la primera, porque era sencilla y totalmente cierta.

Después, se giró y caminó audazmente y a grandes zancadas hasta ella... sólo para ver que era demasiado tarde; ella ya se alejaba en su silla de ruedas.

Eran las nueve y el sol se ponía con rapidez tras el arbolado. Una canción de un CD antiguo de Prince flotaba suavemente por el patio, a través de los altavoces exteriores, mientras Isabella flotaba desnuda de espaldas bajo el cielo oscuro, con las luces de la piscina iluminando el agua bajo ella dándole un color turquesa oscuro. Se daba ese capricho algunas noches, por la sensación de libertad que le daba y porque el gran muro de privacidad que había alrededor del patio lo hacía tan seguro. Como su diario sexual, era una forma prudente de liberar algo de su sensualidad.

Por supuesto, ni siquiera había pensado en nadar desnuda en su piscina desde que Edward Cullen había entrado en su vida. Pero, al llegar a última hora de la tarde y ver que la furgoneta de Edward no estaba, y la casa estaba tranquila excepto por una gata maullando, se había sentido tan agradecida que había querido disfrutar de la intimidad de alguna manera. Ahora también tenía ganas de que llegara el fin de semana, que sería tranquilo.

Aunque había esperado que relajarse en el agua la haría olvidarse de él, siguió allí, como una mancha que no pudiera lavar. Por desgracia, huir no había resuelto eseproblema. Así que quizás sería más constructivo si hacía algunas piscinas lentas; tal vez algo de ejercicio la ayudara a eliminar sus frustraciones. Empezó a nadar de espaldas, mientras miraba la forma en que la oscuridad cubría rápidamente el cielo.

Aunque antes había sido fácil decirse que Edward era sólo otro perdedor arrogante y guaperas y que podía resistirse a él, ya no era tan simple. En la playa, resistirse había sido casi imposible. Sólo podía esperar que él hiciera lo que ella le había dicho, olvidarlo, y que dejara de lanzarle esas miradas oscuras y sexy, que dejara de esperar que ella fuera la criatura puramente sexual que no era. Mientras se giraba, al final de la piscina, se elogió por haber sido lo suficientemente lista como para irse de la casa aquel día.

Por supuesto, trabajar en la oficina no había sido muy agradable. Aro le había hecho preguntas sobre lo pronto que se había marchado de la fiesta y ella se encontró musitando una excusa sobre un dolor de cabeza y demasiado humo en la sala. Después, su padre había insistido en llevársela a comer, cuando ella habría preferido comer sola, teniendo en cuenta su humor.

Él también le había sacado el tema de la noche anterior.

—No parecías tú misma cuando te vi fuera de la casa de Aro. ¿Te encontrabas mal? ¿Con quién me dijiste que estabas en esa motocicleta?

—Simplemente... tuve una discusión con un tío que estoy viendo. Nada importante.

Por alguna razón, las excusas sobre el dolor de cabeza y no encontrarse bien habían empezado a sonar trilladas, hasta para ella.

—¿El tipo de la motocicleta? —preguntó su padre—. ¿Quién era? ¿Alguien que conozca?

Se había metido algo de ensalada en la boca para darse un poco de tiempo.

—No, papá, sólo uno de los subcontratistas. Un pintor.

Su padre había ladeado la cabeza.

—¿Desde cuándo has empezado a salir con los subcontratistas?

Ella rió suavemente.

—Sólo uno, no todos. Y sólo desde que resulta que conocí a uno, eso es todo. No es nada importante.

Por fortuna, eso lo había tranquilizado en ese tema. Su relación era, por lo general, lo bastante abierta como para que él diera por hecho que ella se lo diría si algo iba realmente mal, y probablemente ella lo habría hecho, si no tuviera que ver con su vida sexual, un área en la que no quería entrar con él.

Sue también le había preguntado, no sobre la fiesta, sino sobre su decisión de trabajar en la oficina. Cansada de ambigüedades para evitar la verdad, fue sincera.

—Pasó algo con Edward Cullen anoche, así que quería huir de la casa hoy mientras siga allí.

Sue abrió mucho los ojos y hasta había tocado el brazo de Isabella.

—¿Estás bien, cariño? ¿Va todo bien?

Se mordió el labio y asintió y, entonces, se sintió culpable, por miedo a que hubiera sonado como si él la hubiera forzado a algo, cosa que no podría estar más alejada de la verdad.

—Fue culpa mía, Sue, no suya. Pero sólo quería un cambio de paisaje, ¿sabes?

La mirada preocupada de Sue no desapareció cuando dijo:

—Claro, por supuesto. Pero recuerda que estoy aquí si necesitas hablar o lo que sea, ¿de acuerdo?

Isabella sonrió, le dio las gracias y puede que hasta deseara poderhablar con Sue sobre Edward, pero toda la historia era demasiado personal. Había intentado hablar de ello con Jessica el día anterior, por teléfono, pero se había imaginado rápidamente que alguien que no tenía los mismos sentimientos con respecto al sexo nunca la comprendería o podría ayudarla. Si bien Jessica se encontraba a un extremo del espectro, sospechaba que Sue estaba más cerca del otro. Estaba sola en aquello.

Dando una voltereta en la parte profunda de la piscina y continuando con su estilo de espaldas, Isabella vio salir las estrellas, con la oscuridad total de la noche sumándose a su sensación de soledad. Su cuerpo se movía con precisión constante por el agua. «Piensa en otra cosa, algo que no tenga nada que ver con Edward Cullen». Pero era más fácil decirlo que hacerlo, por supuesto, especialmente con Prince cantando una indirecta sexual tras otra.

Y Monet. El hecho de que conociera las obras de Monet seguía volviendo a su cabeza, como si le susurrara que había más en aquel hombre de lo que veía.

Tras dos piscinas lentas más, se sintió un poco más calmada, más en paz. Lo seguía teniendo en la cabeza, pero seguía recordándose que la noche era sólo de ella. La idea de entrar, ponerse una bata y acurrucarse con un buen libro e Isadora (si la gata quería) sonaba como un pedacito de cielo.

Tras acercarse al extremo poco profundo de la piscina, puso los pies en el suelo y se puso de pie, usando ambas manos para alisarse el pelo. El agua le caía por los brazos, los pechos y por el estómago mientras caminaba suavemente hacia los escalones.

Fue entonces cuando advirtió la gran sombra cerca de la puerta trasera.

Edward.

Por alguna razón, increíblemente, ella ni siquiera parpadeó.

El llevaba otra camiseta oscura y vaqueros azules desgastados. Sostenía la gruesa toalla blanca que ella había sacado en una mano y una rosa en la otra, mientras la observaba. La habíaestado observando, Dios sabe cuánto tiempo.

Por dentro, estaba muy nerviosa, pero tomó la determinación de que él no lo notara. Por una vez, no iba a dejar que él viera el efecto que tenía sobre ella, ni siquiera cuando se había entrometido en la santidad íntima de un baño desnuda.

Se concentró en respirar regularmente mientras seguía caminando, con movimientos fluidos, subiendo pronto los escalones, con más agua resbalándole por la piel mientras los ojos de Edward absorbían cada secreto de su cuerpo. Pero ella no podía pensar en eso, no podía dejar que nada la perturbara. Quería que él viera lo poco que la afectaba, lo fuerte que era.

Pero, entonces... ¡Dios! La rosa que sostenía. Hasta con la tenue iluminación del patio vio que la rosa era de color rosa pálido, «del color de una leve insinuación de rubor».

¿Cómo podía saberlo? ¿Qué podía significar?

«Aspira. Respira. Aspira. Respira. Sigue caminando. Cálmate, cálmate».

Aun así, la visión de la rosa casi la deshizo, anulando la sorpresa y la vergüenza completamente. Empezaba a sentir como si sus fantasías ya no fueran totalmente suyas, como si fueran algo compartido, aunque nunca había compartido ninguna con otro ser vivo. Apenas podía juntar pensamientos coherentes mientras se acercaba a él, centrándose más y más en la pálida rosa. Las palabras destinocósmicose le vinieron a la mente. ¿Podía ser aquello algo extraño, mágico y cósmico que iba más allá de su comprensión? En aquel momento, ya ni siquiera pensaba que sonara como una locura.

Tras detenerse delante de él, movió los ojos hasta los suyos... no tenía otro remedio; su mirada era un imán. El, sin mediar palabra, le pasó la toalla y ella se envolvió suavemente en ella, cerrándola con un puño sobre los pechos. Sin embargo, cubrirse el cuerpo no hizo que sus ojos fueran menos penetrantes, y se dio cuenta de que se había dirigido hacia él y hacia la toalla con la impresión equivocada de que lo haría. Pero su mirada siemprela afectaba de aquella forma, y la desnudez no tenía nada que ver con ello.

Le ofreció la rosa y ella la cogió con cautela, evitando las espinas. «Del color de una leve insinuación de rubor».

—¿Por qué la has traído?

—Para compensar lo de anoche. —Su voz seguía siendo tan oscura y seductora como lo había sido en la playa.

—No. ¿Por qué has traído estaen concreto? ¿Por qué has elegido esta rosa?

Él ladeó la cabeza y miró largamente a Isabella a los ojos. Aunque su mirada la pusiera nerviosa, también la hacía sentir como la mujer más bella y cautivadora del mundo.

—Me hizo pensar en ti.

«Destino cósmico». Su mirada cayó de nuevo hacia la flor, con sus pétalos abiertos. No podía reflejar más su fantasía. «Sigue respirando, Isabella. Sólo sigue respirando».

—¿No sabes que es peligroso nadar así? ¿Que cualquiera podría entrar?

Ella parpadeó y lo miró.

—La mayoría de las personas llaman a la puerta principal.

—Yo lo hice.

—Bueno, entonces, la mayoría de las personas se rinden y se van cuando no obtienen respuesta.

—Yo no soy la mayoría de las personas.

—Me estoy dando buena cuenta de eso.

—Y no me rindo con facilidad.

—De eso también me estoy dando cuenta.

—Sobre anoche... —comenzó a decir él.

Ella simplemente lo miró boquiabierta. Ella había esperado que la noche anterior hubiera quedado atrás, pero parecía que no iba a ser así. La rosa que había entre sus dedos le recordaba, una vez más, que nada era sencillo con aquel hombre; de hecho, todo parecía estarse complicando a cada minuto que pasaba.

—Dijiste que lo olvidáramos —dijo él—, pero eso no va a suceder.

Ella aspiró profundamente y, después, respiró lentamente.

—¿Por qué?

Su voz fue grave y determinada.

—Porque... joder, te deseo tanto que apenas puedo respirar.

El aire de la noche se detuvo a su alrededor mientras sus palabras viajaban a través de ella como una onda expansiva. Deseaba poder apartar la mirada de él, pero no podía; ella también lo deseaba. Era un puro tormento, y había sidoun puro tormento desde el momento en que lo había conocido. Él era exactamente el último hombre que necesitaba, y lo sabía... ¿pero estaba empezando a ver un alma dentro de él? Y ahora le había traído una rosa, la rosa. Todavía estaba aturdida pensando cómo podía ser, pero quizás las preguntas empezaban a no importar tanto como las respuestas que ya tenía.

El día anterior, Jessica le había dicho que, quizás, por una vez en su vida, debería olvidarse del significado y pensar en la diversión. Su cuerpo, sus necesidades físicas. Dios sabía que lo deseaba tanto que dolía, que deseaba la liberación que, por alguna razón, entendía que sólo él podía darle. Y, aun así, ¿cuánto la devastaría traicionar aquello en lo que creía, dejar que el sexo no fuera más que un acto físico, nada que importara cuando hubiera terminado? ¿Cómo podía permitirse hacerlo? ¿Cómo podía arriesgarse de esa forma?

Respiró hondo al darse cuenta de que, a la luz de toda la incertidumbre que rodeaba a Edward, necesitaría tanta fuerza para decir simplemente que sí a todos sus deseos que otra mujer para decir que no, porque era tan contrario a todo en lo que creía, a todo lo que consideraba sagrado entre hombre y mujer. Decir que sí no era la respuesta fácil, sino la difícil. Decir que sí no era rendirse; era exponerse, atreverse, ser más osada de lo que probablemente lo había sido en la vida.

Deseaba a Edward Cullen con cada fibra de su ser y romper todas las promesas que se había hecho a sí misma de repente parecía tan fácil como... dejar caer la toalla.

Cayó en un montón a sus pies, pero los ojos de Edward nunca abandonaron los suyos.

Sus labios temblaban mientras el miedo y la salvaje expectación la llenaban.

Edward alargó la mano para coger la que ella tenía libre y se la llevó a la boca. Besó la palma de su mano y, después, la bajó lentamente hacia la parte delantera de sus vaqueros. La caricia la sacudió; Dios, estaba tan duro, tan preparado, y era todo por ella.

—Bésame —susurró ella desesperadamente.

Rodeó su cara con ambas manos mientras le daba un beso firme y apasionado y su lengua se hundía más allá de sus labios; el beso la engulló. Ella acarició sin pensar a través de sus pantalones y lo oyó gemir en su boca.

Tras dejar escapar un suspiro que le hizo saber que ella lo afectaba tanto como él a ella, Edward levantó su cuerpo desnudo en sus brazos y giró hacia la puerta. Tras dejar libre una mano para abrirla, empujó la puerta y la llevó dentro.

«Esto está sucediendo», pensó ella, «sucediendo de verdad. Y estoy permitiendo que pase». La expectación se mezcló con el alivio, el final del suspense. Los tres días que hacía que lo conocía parecían más bien tres años. Finalmente lo tendría.

Tras envolver su cuello con sus manos mientras caminaba, lo arrastró a otro beso febril. No parecía momento para ser tímida o ir despacio. Un beso se disolvió en otro hasta que Edward hubo cruzado la sala de estar para sentarse en una silla de cuero blanco, de manera que ella estaba sentada a horcajadas encima de él.

Tras dejar caer la rosa en una mesa cerca de ellos, buscó algo que decir, alguna forma de que aquello pareciera más de lo que era, pero no encontró nada. Deseaba que aquello fuera más que sexo, incluso en aquel momento, todavía, pero no lo era.

Él pareció leerle la mente.

—No digas nada. Sólo déjate llevar.

Sus manos, ásperas por el trabajo, acariciaron su cuerpo y, cuando llegó a su trasero, la hizo ponerse de rodillas. Ella se alzó para él, mirando mientras él le besaba los pechos y, después, arqueó la espalda y levantó los brazos sobre la cabeza para darle mejor acceso. «Little Red Corvette», de Prince, sonaba en los altavoces, grave y potente, diciéndole que iba demasiado rápido, que todo aquello era demasiado rápido, pero la razón y la decisión ya no importaban en aquel momento.

Mientras una de las manos de Edward cogía el pecho que succionaba, la otra serpenteó por la parte trasera de su muslo y sus dedos se enterraron entre sus piernas. Ella se sacudió y gritó, aturdida ante la intrusión inicial, pero, mientras deslizaba dos dedos dentro y fuera de ella, se vio envuelta en las sensaciones y empezó a moverse con ellas.

—Oh, cielos, Edward —jadeó, sólo para oírse decir su nombre. Era todo lo que tenía de él, todo lo que realmente sabía de él. Era la única conexión que podía hacer con él.

—Shhh, nena —murmuró contra su pecho y, después, sopló en su pezón, haciendo que contuviera la respiración.

Tras hundirse en su regazo, puso las manos entre su pelo y lo arrastró a un fuerte beso. Sus dedos, dentro de ella, la habían enloquecido, y quería ir más lejos, más rápidamente. Cada poro de su cuerpo hormigueaba de excitación y se encontró retorciéndose contra la parte delantera de sus vaqueros, ávida por unirse con aquella parte increíblemente dura de él. El la hizo retroceder, se movió con ella, con las manos en su trasero, atrayéndola hacia él, mientras seguían intercambiando duros besos. El le mordió el labio una vez, haciéndola chillar, y ella le mordió el suyo, durante más tiempo.

—Eso me ha dolido —susurró él.

Ella se inclinó para susurrarle al oído:

—Pero también te ha gustado.

—Sí —dijo en voz baja.

Le mordisqueó el lóbulo de la oreja con los dientes.

—Te deseo, Edward —dijo con voz ronca, abrazando totalmente lo que estaba pasando en aquel momento. No había otra forma.

—Bájame la cremallera.

La respiración de Isabella se volvió áspera mientras movió las manos hacia la parte delantera de sus vaqueros azules. Le desabrochó el botón con dificultad y, después, deslizó la cremallera hacia abajo; se liberó de su reclusión justo por encima de su mano, con la punta de su erección sobresaliendo por sus calzoncillos.

—No te pares ahí —susurró él, jadeando igual que ella.

Sus ojos se encontraron y ella se mordió el labio, reuniendo la última pizca de valor que tenía. Bajó la mirada y observó cómo los dedos de ambas manos se acercaban al borde de su ropa interior para bajarla.

El sonido ahogado que oyó fue su respiración. Era magníficamente grande y hermoso. Debería haber estado asustada, porque nunca había estado con ningún hombre que tuviera aquel aspecto cuando estaba excitado, pero, en vez de eso, sólo lo deseaba más que antes.

—Oh, cielos, Edward. Yo...

—No —susurró él—. No hables.

Ella quería tocarle ahí, pero no llegaba a tener fuerzas para hacerlo. En su lugar, le levantó la camiseta sobre el pecho y pasó las manos sobre sus pezones duros y su musculoso estómago. Y, mientras deslizaba las palmas de las manos más abajo, las dejó pasar por su abdomen, pero nunca las dejó desviarse hasta la columna dura como la roca del centro y, en su lugar, pasó las manos por los lados.

Mientras sus labios temblaban, mientras la pasión de su interior aumentaba más aún, pensó en su fantasía... y alargó la mano para coger la rosa. Tras coger el tallo con cuidado, entre sus dedos, bajó la flor a la base de su pene.

Lo notó tenso, lo oyó contener la respiración. Ella también la contuvo. Después, rozó lentamente los suaves pétalos hasta llegar a la punta, donde usó la rosa para recoger la gota de humedad.

Cuando él se estremeció y cerró los ojos, conoció un poder que sólo se había atrevido a soñar que alguna vez podría sentir con él. Y, cuando los volvió a abrir, con la mirada más animal que había visto jamás, ella tampoco quería hablar más.

Edward cogió la rosa y la lanzó a un lado, en la alfombra. Después, tras colocarle las manos en el culo, la levantó hasta él, dejando que la punta de su erección apenas rozara su carne deseosa, pero se detuvo justo antes de entrar, como si le diera la oportunidad de cambiar de opinión.

No había ninguna posibilidad de ello, no era posible. Negó con la cabeza y susurró:

—No me hagas esperar.

Colocó las palmas de las manos sobre sus hombros y miró fijamente aquellos ojos oscuros y peligrosos. Él apretó sus caderas y la empujó dentro de él. Ella gritó ante el rápido estallido de dolor (había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo había hecho), pero el placer intenso, la plenitud de tenerlo dentro de ella, anuló cualquier molestia en un momento.

Quería susurrar su nombre, susurrar locuras como «te quiero», porque aquello era lo que hacía cuando le hacía el amor a un hombre. Pero aquello no era hacer el amor, tenía que recordárselo una y otra vez. Aquello era sólo sexo, no trataba de nada más que de sensación física, de cómo se sentía. Y se sentía increíblemente pasional y potente, así que en eso intentaba centrarse. Seguía siendo consciente de su maravilloso tamaño mientras él seguía empujando en su interior. Ella sentía lo húmeda que estaba, podía oírlo. Le recordaba crudamente lo que hacían, pero siguió mirando a Edward a los ojos y simplemente se permitió sentirlo todo, cada parte pasional, sexy y obscena de ello.

No pasó mucho tiempo antes de que se notara ascendiendo, subiendo más y más alto en una montaña de calor, placer y necesidad. Y, entonces, todo fue más lento; se encontró ávidamente con los ojos de Edward mientras se movía en círculos tensos y deliberados que funcionaban de la forma correcta en su interior. Ah, sí.

—Oh, Dios —dijo cuando empezó el climax. Había alcanzado la cima de la montaña y ahora caía rápida y frenéticamente al otro lado, sin una pizca de control—. Oh, Dios, Edward... Oh, Dios. —Dejó el mundo atrás por un momento y dejó que el placer en estado puro la consumiera, palpitara en su interior.

Y, entonces, se terminó, dejándola agotada y aliviada, pero demasiado consciente de lo que acababa de pasar, de lo que acababa de hacer. El orgasmo había terminado, pero los sentimientos que dejó en ella eran sólo el comienzo.

Era imposible (¡debería haberlo sabido!). Era imposible que se acostara con alguien sin sentir aquella conexión enorme, irrompible, y aquello era lo que sentía en aquel momento por Edward, así de rápido. En los pocos latidos que había tardado en llegar al orgasmo, había caído... no sólo montaña abajo, sino con él.

Ahora la necesidad no era sólo física; incluso aunque no tuviera ningún sentido, simplemente era así. Se inclinó para reposar la cabeza en su hombro y rezó por no llorar. Elpasó las manos por su espalda y susurró:

—Eres realmente preciosa. —Ella dejó que aquello la impulsara, que fuera suficiente para acabar con aquello.

—Quiero hacer que tú también llegues. —El minúsculo susurro salió de ella sin pensarlo, cerca de su oreja, y todo su cuerpo se estremeció bajo ella.

—Oh, nena —susurró apasionadamente, mientras contenía la respiración—. Oh, nena, sí. —Entonces se estremeció una vez más, presionando las caderas con fuerza, y lo sintió vaciarse dentro de ella. Y pensó: «Oh, cielos, ¡no hemos usado condón!», mientras, al mismo tiempo, pensaba: «Me alegro, porque lo siento tanto».

Cuando ella se apartó, él levantó sus grandes manos hacia su cara, la besó intensamente y la miró fijamente. Ella pensó que aquel momento helado de silencio nunca terminaría, y casi deseaba que nunca acabara. La estaba volviendo a hacer sentir hermosa.

Pero, finalmente, él bajó las manos hasta su cintura para levantarla suavemente. Ella se puso de pie torpemente, preguntándose qué iba a suceder y, de repente, sintiéndose más tímida por su desnudez de lo que lo había estado desde su llegada.

Edward se puso de pie, se puso los calzoncillos y se abrochó los pantalones. Entonces, caminó en silencio hasta donde había dejado caer la rosa y se agachó para recogerla. Al volver, se la alargó.

Ella la volvió a aceptar, pero se pinchó el pulgar con una de las espinas y gritó «¡Oh!», antes de encontrar un sitio mejor por el que coger el tallo.

—Cuidado —susurró. Sus ojos se encontraron y, por vez primera, ella pensó que vio algo más que pasión en ellos. Algo como tristeza, desesperación, preocupación... algo que ella no entendía.

—Edward, yo...

—Shhh. —Alzó un dedo suavemente a los labios de ella.

Después, se giró hacia la puerta trasera y salió.

La dejó allí, sin otro beso, sin otra palabra, sin nada a lo que aferrarse excepto una rosa que, antes de aquella noche, sólo había sido imaginaria.