Personajes originales de la señora S. Mayer

Underneath,

by Staci-Diane603

Traducción de Dulzura Letal

¡No tienen idea de lo que me costó este capítulo! Y no lo pienso revisar más, porque si sigo así, no lo voy a publicar nunca!

Con todo mi corazón, para mis lectores,

D.L.

Capítulo Ocho: Problemas del corazón

Alice lo vio, por supuesto. Alice lo veía casi todo.

Quiso a Bella porque Edward la quiso; y por el bienestar de su hermano y el propio, mantuvo su ojo mental en el futuro de Bella. Y lo vio, vio ese futuro sin Edward. La vio tomar la decisión de confrontarlo, después de oir el reporte del lobo de boca de Charlie; y la vio, semanas después y años después, ya no en Forks, y ya sin Edward.

Alice nunca cuestiona sus visiones, como tampoco las da por hechas. Jamás las menciona, a menos que sienta que es absolutamente necesario. A veces, esas visiones la lastiman; a veces, ve cosas que no quiere ver. Como cuando vio morir a Bella, y también a Edward, no mucho después. Cuando ve sufrir a Jasper; cuando vio a James; o cuando vio a Bella -que ha sido como una hermana para ella, y a quien quiso muchísimo-, sufriendo, como en la última visión. A veces, es difícil soportar su don, pero siempre lo ha agradecido, de todos modos. Aunque no sea un medio para hacer feliz a su familia, sí lo es para mantenerla a salvo. Puede mantenerlos unidos, seguros, y eso es valioso.

Perder a una amiga como Bella la hizo sentirse muy mal, pero se lo atribuyó al destino. Alice era una gran creyente en el destino.

Bella se fue. Edward subió las escaleras del sótano sin mirar a nadie, y siguió subiendo a su cuarto. Alice no necesitó su don para saber que él se iba.

Observó lo que pasaba como en un trance. Tenía que mantenerse alejada de Edward, porque él podía leerle la mente y sabría que ella lo supo y no se lo advirtió, y en este momento él no estaba en condiciones de manejar bien ese conocimiento. Así que Alice se mantuvo lejos, escuchando y repitiendo letras de canciones en la mente, una y otra vez, para evitar que él la oyera. Apoyó la espalda contra la puerta de la despensa, en la cocina; no respiró, no se movió, sólo escuchó. Escuchó cuando Edward bajó las escaleras, con las llaves del auto en la mano y una mochila al hombro -pudo oír cómo se movía contra la tela de su jean-. Carlisle y Esme salieron a su encuentro, y Rosalie, y Emmett, y también Jasper; pero fueron Carlisle y Esme quienes lo enfrentaron. Podía imaginarse la desaprobación, la preocupación y la desesperación en sus rostros. Edward es el predilecto; siempre lo fue y siempre lo será. Es algo tierno y a Alice le agrada que así sea.

-Edward, no hagas esto-. Dijo Carlisle, con su voz suave.

-Tengo que hacerlo-. Dijo Edward. Alice puso los ojos en blanco; por supuesto que tiene que hacerlo, es Edward, y tiene que rumiar las cosas antes de manejarlas. Como siempre.

-Edward, por favor-. Dijo Esme.

-Voy a volver-. Prometió Edward, sonando cansado y dolido. El corazón de Alice sufría por él. –Es que...no puedo estar cerca...- Se interrumpió, y Alice sintió deseos de patear el piso por la frustración. ¿Cerca de qué? ¿de quién? ¿de Bella o de Jacob? ¿Está enojado con el lobo? Si lo estuviera, sería comprensible, por supuesto. No tendría sentido, por lo menos no completamente, pero sería comprensible.

-Ten cuidado-. Dijo Carlisle.

-Lo tendré-. Murmuró Edward, con la voz aún más ronca. Alice pensó en Bella, saliendo de la casa y llorando, y se mordió el labio. Eran hermosos, en verdad, y ella pensó...había estado tan segura de que durarían...de que Edward había hallado a su compañera. Para siempre.

-Regresarás-. Dijo Carlisle, asegurándose. Edward no respondió y Alice lo imaginó asintiendo con un gesto, luego Carlisle volvió a hablar. –Partiremos a Italia en cuatro meses. Aro nos esperará entonces...Si planeas ir...

-No estaré lejos tanto tiempo-. Dijo Edward. –Regresaré antes...trataré de regresar antes.

No dijeron nada más. Esme lo abrazó -Alice pudo oirlo-, probablemente también lo hizo Carlisle, y luego la puerta se cerró un minuto después, dejando la casa en silencio. Alice esperó a que el sonido del Volvo de Edward se oyera lejos, para salir de la cocina. Jasper la esperaba en el pasillo; le sonrió tristemente y la envolvió con sus brazos. Ella le devolvió el abrazo, hundiendo la cara en su cuello y respirando hondo. Su Jasper. Su 'para siempre'.

-Lo sabías-. Susurró Jasper.

-Sh- Dijo Alice, suavizando la orden con una sonriosa. –Te amo.

-Yo también te amo-. Respondió Jasper, con ternura. Se lo decían mutuamente en cada oportunidad y nunca se cansaban de hacerlo. –Regresará, ¿verdad? ¿No será...?

Alice hizo un sonido suave, recordando que ahora que Edward no estaba cerca del hombre lobo, podía verlo. Se sostuvo en Jasper y sus ojos se nublaron. Le tomó unos segundos encontrarlo y algunos más, verlo; luego sus ojos se aclararon y le sonrió a Jasper. –Regresará en tres semanas. Sólo necesita tiempo de duelo.

-¿Puede vivir sin ella?- Preguntó Jasper.

Alice suspiró. –Sí. Y ella puede vivir sin él. Sólo tomará tiempo, sólo tiempo.

Jasper la abrazó, acercándola más y la besó con gentileza. Alice hizo un sonido suave y se apretó contra él, dejándose envolver en su calidez. Cuando se separaron, él apoyó sus labios sobre la frente de ella. –Estás triste.

Alice sonrió, melancólica. –La echaré de menos. Quisiera...

No terminó la frase, porque no estaba segura de qué era lo que quería decir, pero Jasper pareció comprender. La apretó una vez más y la soltó, después giró y regresó por el pasillo, hacia la sala de estar. Alice lo observó alejarse, sonriendo, y sólo cuando dejó de tenerlo a la vista, cruzó el pasillo y abrió la puerta del sótano.

Jacob seguía en la salita de estar de allí abajo, sentado en el sillón con las manos sobre su regazo y la cabeza baja. Era tan buen mozo. Ella no podía evitar que le afectara; hasta lo había notado cuando lo vio en casa de Bella, meses atrás, y creyó que había matado a su hermano. Era tan bello, con sus rasgos esculpidos, su rostro dulce y sus ojos sabios. Tenía el cuerpo de un dios, y una voz aún mejor. Jasper está completamente encantado por él, como Emmett y Carlisle, y Esme, y Edward. Hasta le agrada a Rosalie. Alice es la única que se había mantenido al margen hasta ahora, y ya era tiempo de que eso cambiara. Él iba a ser parte de sus vidas, de ahora en adelante. Alice podía sentirlo, ella lo sabía. Era hora de que empezara a portarse bien...era hora de conocer a su nuevo hermano.

Jacob levantó la vista cuando Alice se aclaró la garganta. Lucía triste, muy triste, y parecía sentirse culpable. Tenía ojeras, pero esas las tenía desde hacía tiempo. Ha pasado por tanto en estas últimas semanas... Ella abrió la boca para hablarle, para decirle algo, pero él le ganó de mano.

-Lo siento-. Dijo, con su voz ronca. –Sé que ella significa mucho para ti. No quise lastimarla. Creí...- Se detuvo, se encogió de hombros y desvió la mirada. –No importa lo que haya creído, estaba equivocado.

Alice se sorprendió. Jacob era directo con el hecho de que se equivocó y esa es una virtud admirable. Caminó y se sentó en el suelo, frente a él. Jacob la miró como si estuviese loca. Ella estaba acostumbrada a que la gente la mirara así, pero viniendo de Jacob, era tierno. -¿Crees en el destino?- Le preguntó.

Jacob pareció confundido. -¿En el destino?- Repitió. –No lo sé.

-Yo creo en el destino-. Dijo Alice; levantó la cabeza y lo miró. –Si Bella está destinada a estar con nosotros, a convertirse en uno de nosotros...entonces, lo será, cuando sea el momento correcto. Y no habrá nada que tú ni otro puedan hacer para evitarlo.

Jacob la miró fijamente por un momento, y luego desvió la vista. –Yo no quise...arruinarle la vida a nadie. No quise que ninguno de ustedes perdiera nada. Aprecio todo lo que han hecho por mi.

-¿Aunque seamos sanguijuelas?- Preguntó Alice, descaradamente.

Jacob le ofreció una pequeña sonrisa. –Aunque sean sanguijuelas-. Su sonrisa se disipó. Levantó la cabeza, mirando al techo y a la nada. Alice deseó saber qué estaba pensando él. Pasó un largo rato, y volvió a hablar. –Jamás creí que ella lo dejaría. Lo deseé, supliqué, pero jamás creí que hubiera algo que haría que lo dejara. No hubiese...no me hubiese quedado aquí.

-Tienes que quedarte aquí-. Le respondió Alice, de inmediato. Era algo tan obvio, tan claro, le tomó las manos a Jacob, entrelazó sus dedos con los suyos y apretó. Sus manos pequeñitas parecieron perderse en las enormes manos de Jacob. Era cálido, tan cálido. –Este es el lugar a donde perteneces, cachorro, con nosotros.

Jacob la miró y luego a sus manos unidas. -¿Pertenezco?

-Sí, con nosotros-. Repitió Alice. 'Con él' pensó, sin decirlo en voz alta. Todavía faltaba mucho por interpretar, demasiado por comprender. -Edward estará bien. La ama, profundamente, absolutamente, pero no es...-. Se detuvo, preguntándose cómo decirlo. –Ellos no son una pareja.

Los ojos de Jacob se agrandaron, y pareció verdaeramente sorprendido. –Ellos...¿qué? ¿estás segura?

-No-. Dijo Alice, honestamente. –Pero estoy convencida.

-¿Por qué?

-Porque puedo ver el futuro-. Dijo ella. –Y Bella vivirá sin él, y él vivirá sin ella.

-¿...Y? Eso puede significar que vivirán miserablemente por el resto de sus vidas. ¿Qué te hace pensar que no son pareja?

-Porque yo jamás viviría sin Jasper. Su ausencia me mataría, y la mía lo mataría a él. Él es la otra mitad de mi alma. No se puede vivir incompleto, no por mucho tiempo.

Jacob se quedó mirándola, estudiándole el rostro. Callado, pensativo, hermoso. Alice le soltó una mano para poder tocarle la cara. ¡Qué cara adorable! Ante el contacto frío, sus ojos volvieron a enfocarse y la miró con una honestidad que partía el alma. –Quiero...-se interrumpió y suspiró. –Quiero que él sea feliz. y ella también...Pero, lo que quiero...lo importante para mi, es que él sea feliz.

Alice le apretó la mano que aún sostenía.

Jacob resopló. –Me estoy volviendo loco.

-Te importa.

-No debería-. Dijo Jacob. –Debería odiarlo.

-Pero no lo odias.

Jacob negó con la cabeza y se mordió el labio. –No-. Se quedó callado un momento, luego miró a Alice con una gran preocupación. -¿De verdad, estará bien?

Alice sonrió. Jacob es buena gente. Realmente. –Sí-. Dijo. –Estará bien.

xrxrxrxrxrxrxrx

Edward fue a Chicago. En general, la ciudad lo ponía incómodo. Es la ciudad en la que nació, la ciudad en la que murió. Ambas ideas eran un tanto espeluznantes, pero era su casa, de un modo u otro, así que cada vez que necesitaba escapar por algún lapso de tiempo, corría hacia allí.

Llovía -era un marco acorde con su estado de ánimo-, llovía con la fuerza suficiente como para que el agua golpeara en la ventana de la habitación del hotel y cayera como una cortina hacia los paneles más bajos, con demasiado ruido, pero a Edward le agradaba que fuese así. Seguía arreglándoselas para rumiar sus pensamientos, aunque era un poco más difícil que de costumbre con el sonido del agua; pero estaba bien.

Acostado a los pies de la cama, con las rodillas dobladas y los pies apoyados en el suelo, miraba fijamente hacia el cielo raso, donde el ventilador de techo giraba lentamente. Era una habitación ridículamente agradable, pero Edward ni siquiera lo notaba. No podía hacer que su mente se concentrara en otra cosa.

Ella ya no estaba, y le dolía. Le dolía tanto, y en lo único en lo que podía pensar era en que ya no iba a poder abrazarla, ni besarla. Que nunca más contaría sus respiraciones mientras ella durmiera, ni sentiría su cuerpo cálido contra el suyo. La había perdido, por segunda vez; por última vez. Ya no volverían a estar juntos.

Excepto que, eso no era en lo único en lo que pensaba, porque estaba eso otro en su mente, ese increíblemente fuerte e increíblemente vivo tirón en su cabeza que era Jacob Black. Edward no lo comprendía, pero en medio del daño que le causaba la pérdida de Bella, estaba su preocupación por Jacob. ¿Estaría bien? ¿Sentiría dolor? ¿Estaría enojado con él porque rompió su promesa y le dijo a Bella que estaba vivo? ¿Le importaba? ¿Qué estaría haciendo? ¿El resto de la familia cuidaría de él?

Y así, una y otra vez, preguntas, deseos. Estaba tan confundido y se sentía culpable, pero no sabía por qué razón, ¿tal vez porque debería estar pensando en Bella? ¿acaso no era ella el centro de su mundo?

No. No lo era. En este momento, no. Odiaba que ya no estuviera, la extrañaba muchísimo, pero, aunque sólo habían pasado tres días de pérdida, el dolor menguaba, y ya no dolía como antes, como cuando él se fue para protegerla. Esa vez, la pérdida había sido dolorosa, horrible, mortal e insoportable. Esta vez, era diferente. Sabía que ella estaría bien, sabía que estaría a salvo. La amaba, sí, pero no...

No era lo mismo. Antes, la mayoría de los momentos de sus días, los pasaba pensando en otros; y entonces, Jacob entró a su vida, tocó su vida y las cosas cambiaron. Inconcebiblemente, irrevocablemente. Tres semanas; sólo tres semanas habían pasado desde que salvó la vida de Jacob, esa noche. Pero, de todos sus años de vida, deben haber sido las tres semanas más significativas.

Y no lo comprendía.

Trató de llamar a Bella. Cuando recién llegó al hotel, la primera noche, no pudo evitarlo y trató de llamarla. Pero ella no respondió. Eso no lo sorprendió como ahora sí, cuando su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesita, junto a la cama. ¿Jacob? pensó, pero no era. Tomó el teléfono, y el nombre apareció en la pantalla, 'Bella'. El corazón de Edward se detuvo, con una mezcla de alivio y aprensión. Bella...

Atendió el teléfoco con gran alarma. -¿Bella?

-Edward- Dijo ella, sin aliento. Podía oír la nostalgia en su voz. -¡Edward, lo siento tanto!

Parpadeó, inseguro. ¿Cómo responder? ¿Ella se disculpaba? Inesperado y ridículo. -¿Por qué?- Preguntó, sintiéndose culpable por muchas razones. –No has hecho nada por lo que debas disculparte.

-Exageré- Dijo ella. –Estaba...sorprendida y herida, y nunca fuí buena en las confrontaciones-. Respiró hondo, y Edward pudo imaginarla negando con la cabeza y haciendo gestos con las manos, mientras hablaba, desesperada. –¡Ni siquiera les di la oportunidad de explicarse! ¡Fuí tan estúpida y apresurada! ¡Lo siento tanto, tanto!

-Bella…

-Jacob vino a verme-. Lo interrumpió.

Edward se quedó helado y su corazón cayó, como una roca, hacia sus zapatos; la preocupación y el temor, lo invadieron a niveles increíbles. ¿¡Jacob dejó la casa? ¿¡Sin él? ¿Por su culpa? ¿Lo descrubieron? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Está bien? Su cerebro disparaba las preguntas en rápida sucesión, y hasta que Bella volvió a interrumpirlo, no se dio cuenta de que hablaba en voz alta. -¡Edward, ey, cálmate! Está bien, no lo descubrieron, tuvo cuidado. Alice vino con él, y ya están de vuelta en la casa...Alice llamó para avisarme que llegaron bien.

Edward respiró aliviado y se pasó una mano por la cara. Su corazón seguía resonando por la preocupación.

-No fue tu culpa-. Continuó Bella. –Te pidió que lo hicieras y te sentiste responsable, por eso aceptaste. Lo entiendo.

-No te enojes con él-. Dijo Edward, suavemente. –Tuvo sus razones.

-No estoy enojada-. Dijo ella, sinceramente. –Bueno, no realmente. Me duele un poquito que no confiara en mi, pero eso es algo estúpido...ha pasado por tanto...soy egoísta pensado de ese modo. Como sea, nunca pude estar enojada con él por mucho tiempo. Sé que creyó que hacía lo correcto.

-Eso creyó-. Coincidió Edward. –En verdad lo creyó.

Bella se quedó callada por un momento, y luego dijo, esperanzada, con voz suave. -¿Me perdonas?

-Ah, Bella, por supuesto-. Dijo Edward, inmediatamente. –No hay nada que perdonar.

Ella emitió un sonido de alivio. –Bien. Ey, me alegro de que ustedes se lleven bien. Jacob parece...diferente, contigo...la manera en la que habla de ti...Alice dice que le importas. Nunca creí que podía pasar eso, sólo traté de hacer que te tolerara. Si hubiese sabido que iba a resultar tan bien, mucho tiempo atrás hubiese puesto su vida en peligro para que tú lo salvaras.

Había un humor irónico en su voz, pero el corazón de Edward dolió de una manera que no fue del todo desagradable, y luego inmediatamente giró, porque comenzó a darse cuenta de lo que iba a tener que hacer ahora.

-Probablemente estás exagerando-. Dijo él, sin saber qué más decirle.

-De ninguna manera-. Rió Bella. –Bueno, tal vez. De cualquier modo, eso es mejor que Jacob queriendo matarte, ¿no?

Edward sonrió un tanto. –Cierto.

Se hizo un silencio incómodo. Los pensamientos de Edward estaban llenos de Jacob, Jacob, Jacob, cuando deberían estar llenos de Bella, Bella, Bella. ¿Cómo sucedió eso? ¿Por qué? ¿Acaso Bella no era su pareja? ¿No era ella? ¿Sería eso posible, cuando su mente estaba tan profundamente centrada en otra persona? Quería a Bella, quería casarse con ella, que le perteneciera por siempre...pero...Pero, ahora tenía dudas. Dudaba, ¿ella era su pareja? Había tomado dos semanas de Bella en su vida, para que se enamorara de ella; ahora, necesitó dos semanas de Jacob en su vida para dudar de todo.

No quería perderla para siempre, no realmente, pero no podía estar con ella cuando tenía dudas. No podía condenarla a esta vida, si existían dudas en él.

-Entonces-, dijo Bella, un rato después. -¿Estamos bien?- Con voz avergonzada y dulce. Edward se odió a sí mismo.

-Bella, yo...- Se interrumpió, sin saber cómo empezar.

Sin embargo, rápidamente, ella notó la duda- -¿...Edward? Estamos bien, ¿verdad? Te perdoné y tú dijiste que me perdonabas por exagerar.

-Por supuesto que te perdono-. Dijo. –Y me alegra que me hayas perdonado, aunque no lo merezca...Pero...

Debió sentir que se venía la tragedia, porque respiró hondo y su voz se elevó un tono. -¡Ay, Dios! Arruiné todo, ¿verdad?

-No-. Dijo, de inmediato y firmemente. Sufría por ella, deseaba poder abrazarla. -No, Bella, no fiuiste tú, para nada. No has hecho nada malo, nada. Es sólo que...yo no puedo...

-Edward, por favor, no hagas esto. Vuelve a casa, quédate conmigo. ¡Yo quiero estar contigo, por favor! Podemos...podemos arreglar esto juntos. Todo saldrá bien, sólo ven a casa, ¿sí?

Edward tragó saliva, odiándose a sí mismo. No podía creer que le estaba haciendo esto a Bella. Por su bien, deseó no haberla conocido. –Lo siento-. Susurró.

¡Qué patético! Él era un brillante orador, poseía un vocabulario increíble y el don de la elocuencia; tenía un Doctorado en Lengua Inglesa y lo único que era capaz de decir era 'perdón'.

Bella lloraba, un llanto suave, que le apretaba las entrañas y mataba a Edward.

-¿Es por lo que hice?- Suplicó. –Fue la sorpresa, Edward. Te perdono la mentira. Entiendo. ¡Realmente lo comprendo!

-Bella, no-. Dijo Edward. La culpa lo sofocaba. –Tú no hiciste nada malo, te lo juro. Por favor, no te culpes. Es mía la culpa, sólo mía.

-Edward-. Sollozó Bella. –Por favor, no lo hagas. Te amo. ¡Te amo!

Si pudiera llorar, lo haría. Este era el momento más terrible que ha vivido. –Yo también te amo-. Susurró Edward, y era verdad. La amaba, sólo que ...no como debería amarla. No lo suficiente, no con absoluta certeza. No...no lo suficiente. –Pero no puedo estar contigo. Perdóname, Bella. Lo siento tanto.

Ella lloraba inconsolablemente, suplicándole que reconsiderara, que la perdonara. Volvía a disculparse, una y otra vez, hasta que se oyó la voz de Charlie, en el trasfondo. Debía haber llegado recién a su casa, porque sonaba sorprendido y preocupado. Le tomó unos momentos preguntarle a Bella, con voz aterrorizada, qué le sucedía; quitarle el teléfono –no sin que ella protestara-.

-¿Edward?- Gruñó.

Edward cerró los ojos. –Sí, señor.

-¿Otra vez? ¿Estás dejándola, otra vez?- Se oía furioso.

-Síó Edward.

-Maldito seas...No tendrás una tercera oportunidad. ¡Aléjate de ella! ¿Entiendes?

Edward asintió. –Sí, señor.

Por un momento se quedaron en silencio, con el ruido de fondo de los sollozos de Bella, y allí, con voz cansada y sincera, Charlie dijo. –Nunca encontrarás a nadie mejor que ella. Nunca la mereciste.

Antes de que Edward pudiera responder, Charlie colgó. Lentamente, Edward desconectó su telefono y bajó la vista hacia sus manos temblorosas.

Bella se merecía mucho más de lo que él jamás pudo darle.

xrxrxrxrxrxrxrxrx

Edward permaneció en esa habitación de hotel, en Chicago, por otras dos semanas y media. Cuando volvió a casa, volvió enojado: se encerró en su cuarto. 'Hervía', en silencio. Quería arrojar cosas, romperlas contra la pared y triturarlas en sus puños. Quería recorrer la casa violentamente y romper todo lo que se le cruzara; quería bajar las escaleras y darle una paliza a Jacob hasta dejarlo hecho una papilla sanguinolenta, por haber hecho que mintiera a Bella. Quería volver el tiempo tres semanas atrás y detenerse a sí mismo, y no salvar al lobo sino dejarlo desangrarse, solo, en el suelo del bosque.

Sólo pensarlo, disipó algo de la ira y la reemplazó con culpa. Jacob no causó esto...no completamente. Él no fue obligado a aceptar sus términos, podría haberle dicho la verdad a Bella, tan pronto como Jacob hizo su pedido, podría haber sido honesto. Pero no la dijo, y no fue honesto, y una parte suya se alegraba. Todo lo que acarreó, el resurgir de todos esos recuerdos de Adlai, y lo peligroso que era...él no quería que ese monstruo se acercara a Bella. De este modo, lejos suyo y de Jacob, ella estaría a salvo. De esta manera, estaría segura, siempre. Era lo mejor. Pero, ¿estaba haciendo lo correcto? ¿Y si ella era, en verdad, su pareja? ¿Y si ella era su todo y él había renunciado a ella a causa de un estúpido momento de inseguridad? (Eso no era cierto. Edward sabía que no lo era. Aunque no supiera nada más, sí sabía que llamarlo un 'momento de inseguridad' era un completo error).

Se sentó en el sofá y dejó caer la cabeza entre sus manos. El cuerpo le latía de dolor por haberla perdido y debió morderse el labio para no gritar de ira y dolor.

Fue feliz. Por primera vez en casi un siglo, fue feliz, completamente. Y le fue quitado, apenas en un momento. Y entonces, cuando tuvo la oportunidad de recuperarla, la dejó pasar. Porque no estaba seguro. No estaba seguro, y eso era culpa de Jacob.

-Edward-. Dijo Alice.

Levantó la vista y la vio, parada en el marco de la puerta abierta. Lucía bonita en su vestido púrpura y sus zapatos negros, con los ojos del mismo ámbar profundo que los suyos. Estaba triste, se le veía en la cara, pero a diferencia del resto de la familia, no parecía sorprendida por la repentina desaparición de Bella de sus vidas.

-Lo sabías-. Dijo Edward, con un dejo de acusación en la voz.

Alice ni siquiera intentó negarlo. –Sí.

Él apretó los puños, enojado. -¿Y por qué no me advertiste?- Gruñó. Si hubiese podido prevenirlo, jamás hubiese tenido que saber cómo lastimaba la falta de Bella. Nunca se hubiese dado cuenta de que estaba pensando demasiado en la persona equivocada. Nunca lo hubiese pensado y ahora las cosas estarían bien.

Alice hizo un sonido curioso y entró a la habitación. Se sentó en el borde de la cama que él había comprado para que Bella tuviera un sitio donde dormir cuando se quedara. Ella nunca la usó y nunca lo haría. Alice lo examinó con una mirada compasiva. –Merecía saber la verdad. Yo acepté no decírsela, pero ella la averiguó sola, y yo no iba a mentirle en la cara.

-Alice.

-¿Hubieses hecho algo diferente?- Preguntó, antes de que él pudiera decir algo más.

'Sí,' pensó Edward, y abrió la boca para decírselo, pero ella siguió, y no pudo articular palabra.

-Si pudieras volver a hacerlo, ¿te rehusarías a cumplir el pedido de Jacob y le dirías a Bella, sabiendo que él hubiese ido a enfrentarse solo con los Volturi?

No tuvo que pensarlo, dijo. -No.

-¿Y si yo te hubiese dicho antes, que ella iba a venir, le hubieses mentido o le hubieses dicho la verdad?- Edward entrecerró los ojos y no dijo nada, lo que fue una respuesta suficiente para Alice. –He visto su futuro.

Edward tragó saliva y resistió la tentación de preguntar, con desesperación, si él estaba allí.

-Ella no está en Forks. Se fue una semana después que tú. Está en Florida, con su madre.

Le dolía, Dios cómo dolía. Edward tragó saliva para bajar el nudo de su garganta. -¿Será feliz allí?

Alice sonrió y se levantó de la cama para sentarse en el sofá, junto a él; le tomó la mano. –Lo será.

Edward sonrió levemente, con el corazón aún doliéndole por la pérdida agridulce. –Gracias.

-Seguro, seguro-. Dijo Alice, repitiendo –irreflexivamente- la respuesta favorita de Jacob para todo. Cuando se dio cuenta, rió. –Es adictivo-. Dijo. –Y contagioso, aparentemente.

-Aparentemente-. Dijo Edward, con suavidad.

Alice le apretó la mano y se puso de pie. –Lo siento, Edward-. Dijo, sinceramente.

Edward asintió. –Yo también.

Alice sonrió y se acercó a la puerta, pero Edward la detuvo. -¿Cómo está él?

Ella parpadeó. -¿El cachorro?

Edward asintió.

-Se siente culpable; no quiso herirlos, a ninguno de los dos.

Edward resopló. –Probablemente esté contento.

-Probablemente-. Aceptó Alice. –Pero, probablemente se siente mal también por eso. Cree que estás enojado con él...Iba a dejarnos.

Las cejas de Edward se elevaron y una explosión de temor se disparó por su pecho. -¿Qué? ¿Por qué?

Alice lo miró como si pudiera verle el alma. –Pensó que si se iba, tú podrías volver con Bella...dijo que tú podrías culparlo a él de todo y que ella te perdonaría si él saliese del medio.

-Eso es ridículo.

-Sí, se lo dijimos. Esme lo convenció de no hacerlo.

Alivio, eso fue lo que sintió Edward al oír esas palabras. Un gran alivio. Suspiró. –No estoy enojado con él.

Alice sonrió. –Ya lo sé.

-Más tarde voy a ir a hablar con él...pero en este momento...

La sonrisa de Alice se tornó astuta. –Quieres estar solo y deprimirte en paz.

Edward le arrojó un almohadón del sofá, mientras ella salía danzando y su risa bella se oía a lo largo del pasillo. Edward suspiró, se acostó en en el sofá y cerró los ojos. Detrás de los párpados, sólo podía ver cómo Bella se alejaba de él, para siempre.

Horas más tarde, entró a la cocina y encontró a Jacob cocinando y a Rosalie haciéndole compañía. Rosalie pasaba mucho tiempo con Jacob; cosa rara, porque Edward nunca había visto que ella tratara gentilmente a ningún extraño; pero aún no podía decir si estaba manteniéndolo vigilado porque no confiaba en él o si lo hacía por genuina curiosidad. Jacob estaba parado frente a la cocina, revolviendo algo que hervía en agua, mientras ella lo observaba con ojos de halcón. Rosalie llevaba el cabello atado en una cola de caballo y sostenía un paquete pequeño en una mano. Curioso, Edward se acercó.

-¿Qué es eso?- Señaló el paquete.

-Queso rallado-. Dijo ella, con conocimiento y sosteniéndolo en alto para que él lo viera.

-Queso rallado-. Repitió Edward. –No entiendo.

-Yo tampoco-. Dijo Rosalie, le hizo un gesto de desinterés con la mano y apuntó a Jacob. –Pero él se lo va a comer.

Jacob miró alrededor y puso sus ojos en blanco. Edward arrugó la nariz. –Es asqueroso.

-¡No es asqueroso!- Defendió Jacob; giró y gesticuló desordenadamente con la cuchara roja brillante en la mano. -Es delicioso y es increíble.

'Se autoengaña,' pensó Rosalie, para Edward. 'Deben ser los genes de perro.'

Edward sonrió, desdeñoso y Jacob lo vio de reojo. Inmediatamente se puso a la defensiva. -¡Ey, ey!- Reprendió, sacudiendo la cuchara hacia ellos, otra vez. -¡No se habla mentalmente, si van a hablar, deberán compartirlo con toda la clase!

Rosalie sólo le sonrió de lado. Edward lo observó con curiosidad y volvió a mirar el paquete que sostenía Rosalie. -¿Vas a comerte ese polvo?

Jacob pareció horrorizado. -¡Qué asco! ¡No!- Dijo. –Es para los macarrones con queso-. Y allí se detuvo, como si eso lo explicara todo; pero antes de que Edward pudiera pedirle una explicación, el cronómetro sonó. Jacob apagó la hornalla, quitó la sartén de la cocina y volcó los fideos en un colador, dentro del lavabo. Preparó manteca, leche, un cuchillo y una taza medidora. Edward había visto esas cosas antes, pero nunca vio cómo se usaban. Parecía algo muy complicado. Jacob comenzó a mezclar cosas con los fideos, en la sartén –haciendo parecer que cocinar era divertido-. Sin embargo, Edward no lo creyó, sabía que no lo era.

Después de pasarse unos cuantos minutos revolviendo, Jacob puso a un lado la leche y los utensilios sucios, y extendió la mano hacia Rosalie. –Queso, por favor.

-Quiero hacerlo yo-. Dijo ella, de inmediato.

Jacob levantó una ceja, divertido. Rosalie se levantó de su asiento, majestuosamente, y caminó hacia la sartén. Jacob le dio instrucciones hasta que ella le espetó que no era idiota y que ella sabía. Eventualmente, el queso se derritió con los macarrones. Olía raro y no lucía para nada apetecible, pero Jacob festejaba como si fuese un banquete digno de rey; buscó un tenedor y comenzó a comer, directamente de la sartén.

Rosalie parecía disgustada. –No puedo creer que te estés comiendo eso.

-¿Por qué?- Preguntó Jacob, después de tragar. -¡Está tan rico!

-¿Te vas a comer todo?- Dijo ella.

Jacob le sonrió, encantador. –Soy un chico en edad de crecimiento.

Rosalie puso los ojos en blanco y sin decir palabra, giró y salió de la cocina. Jacob rió, Edward sonrió y ambos la observaron hasta que se perdió de vista. Entonces, sus sonrisas se esfumaron y se instaló un silencio incómodo entre ellos. Edward miraba cómo comía Jacob, y Jacob mantenía la mirada baja. Lucía pequeño e incómodo, y Edward se sintió culpable. Recién cuando Jacob comenzó a limpiar, Edward se movió. Tomó la sartén enjabonada, de las manos del hombre lobo, abrió la canilla de la otra mitad del lavabo y la enjuagó. Siguió con la cuchara, el batidor, la taza medidora, el cuchillo. Terminó de enjuagar y le alcanzó todo a Jacob para que lo seque. Todo muy doméstico y extrañamente cómodo, pero no duró mucho y una vez que terminaron y todo quedó limpio, la cocina se tornó tan silenciosa que los sofocaba, casi insoportablemente. Jacob habló.

-Puedo irme- Dijo, mirando a Edward a la cara. –Vas a poder recuperarla si yo salgo de en medio. Sabes que sí.

-No-. Dijo Edward, sin vacilar.

-De verdad-. Continuó Jacob. –Puedo ir solo a Volterra. Ahora estoy curado y tu familia me ha dado consejos sobre cómo manejar a los Volturi. No fue tu culpa, yo te pedí que mintieras. Ella te ama y tú la amas, van a poder arreglarlo. Dile todo, ella volverá contigo..Yo...

-Jacob-. Edward lo interrumpió, esperó a que Jacob levantara la vista y lo mirara a los ojos. –No quiero que te vayas.

Jacob lo miró casi tímidamente. –Tú...

-Quiero que te quedes.

Jacob frunció el ceño y tragó saliva. Levantó una mano hasta la cicatriz sobre su ceja. Instintivamente, Edward se acercó, un paso.

Jacob no dijo nada por un largo rato, y cuando habló, su voz sonó muy suave. –Lo siento.

Edward sonrió, apenas. –Está bien.

-No quise lastimarte...tampoco a ella.

-Ya lo sé-. Dijo Edward. –Estará bien. Alice me lo dijo.

Jacob lo miró con una intensidad desconocida. -¿Y tú?

Edward estudió la cara de Jacob por un buen rato. Pensó en lo sucedido en los últimos dos años: conoció a Bella, casi la perdió a manos de James; después sí, la perdió, y la recuperó, y ahora, la perdió por última vez...Dolía, y su mundo había sido puesto de cabeza, pero parecía que ahora estaba asentándose. Aún la extrañaba tanto que dolía, pero no podía evitar sentir que se había sacado un peso de encima: ella no iba a convertirse en un monstruo. Su alma estaba salvada. Ella iba a estar a salvo.

-Yo también, estaré bien-. Dijo, sorprendido, porque lo decía de veras.

Los labios llenos de Jacob se curvaron en una sonrisa pequeña y aliviada que le iluminó la cara y se reflejó en sus ojos. Edward se quedó estupefacto, era la primera vez que lo golpeaba darse cuenta de que Jacob Black, realmente, era bello.

-Yo fuí a verla-. Dijo Jacob, en voz baja. –Alice y yo, fuimos. Le expliqué todo. Ella dijo...dijo que te perdonaría. En verdad, creí que lo haría.

-Sí, lo hizo-. Dijo Edward.

Jacob se quedó quieto, miró a Edward con un ceja levantada. -¿Qué?

-Bella me llamó y me perdonó. Quería...

-¿Volver contigo?- Dijo Jacob. -¿Y entonces, por qué...?- Se interrumpió, confundido, y luego se dio cuenta y abrió más los ojos. -¿¡La rechazaste?

Edward inclinó la cabeza, confundido y sorprendido. Se imaginó que Jacob iba a estar contento porque Bella ya no corría el riesgo de ser convertida en vampiro. –Estás enojado conmigo-. Dijo Edward. No fue una pregunta.

-¡Por supuesto que estoy enojado contigo!- Gritó Jacob, mirando a Edward como si se hubiese vuelto loco. -¿Qué pasa contigo? ¿La dejaste ir, después de todo lo que pasaron juntos? ¿Después de lo que tú pasaste por ella? ¡Recién te recuperó y ahora volvió a perderte! ¿Por qué le hiciste semejante cosa? ¿Por qué la heriste de nuevo? ¡eres un jodido imbécil!

Edward agachó aún más la cabeza. La culpa volvía a hacerse presente, pero en verdad, esa enigmática atracción hacia Jacob era más fuerte. –La amo-. Dijo.

-¿Y entonces?- Preguntó Jacob.

-Pues, no la amo lo suficiente.

Sonó a poco y remanido, pero era cierto. Era desesperadamente cierto, sin importar lo mucho que doliera. Jacob lo miró como si quisiera discutir, pero no pudo. Edward continuó. –Y ella merece algo...alguien que pueda amarla lo suficiente-. Merecía una vida real, normal, pero aún más, merecía a alguien que pudiera amarla completa y absolutamente. Edward no podía ofrecérselo, ya no.

Edward notó que Jacob debía seguir enojado, pero de seguro, él debería lucir patético, porque Jacob sólo negó con la cabeza y dijo. -¿Y no podías darte cuenta de eso seis meses atrás? ¿tenías que regresar y volver a hacerle lo mismo?

-No quise-. Respondió Edward. –No quise que sucediera esto, no quise...- Se detuvo, porque no había palabras para lo que quería decir.

Jacob no dijo nada, se mantuvo en silencio mientras terminaban de poner en orden la cocina. Luego, giró para irse, volvió a mirar a Edward, puso los ojos en blanco y dio la vuelta. –Buenas noches, Edward.

Edward lo siguió con la vista. -¿Te veo afuera, mañana? ¿a las cinco?

Jacob asintió e hizo un gesto con la mano. –Seguro, seguro-. Dijo.

Edward sonrió.

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Pasaron dos meses, tranquilamente. Edward y Alice volvieron a graduarse de la escuela media y recibieron las cartas de aceptación de las universidades a las que mandaron sus inscripciones, y a las que no pensaban concurrir. Esta vez, todo era nuevo y fresco, todo era diferente porque tenián a alguien nuevo. Jacob se convirtió en una distracción bienvenida en la monotonía de las últimas décadas. Después de un mes, parecía parte de la familia, y después de dos, fue como si siempre lo hubiese sido. Todos disfrutaban el tenerlo cerca.

A Edward le gustaba tenerlo cerca.

Era más fácil no pensar en Bella cuando estaba con el hombre lobo. Jacob era gruñón, creativo, impredecible. Cuanto más lo conocía, Edward se sentía cada vez más fascinado por él; pasaban la mayor parte del tiempo juntos. Jacob lo hacía reír y Edward no estaba acostumbrado eso; le hacía bien.

Por las mañanas, seguían yendo al claro, para que Jacob pudiera transformarse.

Jacob era tan curioso; y estaba más abierto a responder preguntas en su forma de lobo, por eso, era entonces cuando conversaban. Aunque Edward, a través de los años, se hizo un experto en evadir preguntas, no lo hacía con Jacob. Hablaban, durante horas y horas, cada mañana; Jacob en su forma lobuna o humana, en la soledad del claro. Edward respondía a las interminables preguntas de Jacob sobre su vida, su familia, sobre él mismo. Y Jacob respondía las de Edward. Tres meses después del perpetuo juego diario de 'preguntas para conocernos', Edward comenzó a notar que conocía a Jacob mejor que a nadie...lo conocía mejor de lo que jamás conoció a Bella. Y quería saber más, quería saberlo todo.

De hecho, era algo ridículo, pero no podía evitarlo. Jacob era...deslumbrante. Es deslumbrante y Edward no puede parar de pensar en él, de preocuparse por él, de preguntarse por él. Se han acercado mutuamente, ahora son íntimos y eso es algo agradable y bueno.

Esta mañana, el claro estaba en silencio, frío y húmedo por la lluvia. Edward frunció el ceño, se dirigió hasta su acostumbrado árbol enorme y se sentó.

Jacob vagabundeó alrededor por un rato, con sus pensamientos en silencio. Empujó la raíz de un árbol con el hocico, levantó una rama con la boca, la dejó en otro sitio y pasó a otro árbol. Era extraño verlo actuar como un perro, cuando su forma de lobo era mucho más peligrosa y feroz y hermosa que la de cualquier perro doméstico. Edward inclinó la cabeza, observando cómo el lobo gigante iba de aquí para allá, con la cola meciéndose lentamente mientras caminaba. Finalmente, después de casi una hora de completa investigación, Jacob trotó hasta Edward y se echó a su lado con la cabeza levantada majestuosamente y los ojos sobre el vasto bosque de alrededor. Edward esperó la acometida de preguntas que, usualmente, brotaba de Jacob, y preparó algunas propias. Pero, cuando el hombre lobo hizo su primera pregunta, no fue una que Edward pudiera esperar.

¿Recuerdas a tus padres?

-¿Mis padres?- Repitió Edward. -¿Mis padres biológicos?

Ajá.

Edward se encogió de hombros, pensando. –Vagamente-. Respondió. –Recuerdo muy poco de mi vida humana. La mayor parte se ha desvanecido, y lo que recuerdo ahora, muy pocos son recuerdos míos. Son de Carlisle.

Jacob lo miró, y el lobo puso la cabeza de lado, con curiosidad. ¿Cuál es tu nombre real?

-¿Mi apellido?- Preguntó Edward. -Masen.

¿No recuerdas nada de tus padres? ¿Además de lo que sabe Carlisle?

Edward negó con la cabeza. –Realmente, no. A veces, creo que sí, pero entonces pienso que se trata de mi mente tomando los recuerdos de Carlisle. Cuando morí estaba muy enfermo.

Entonces, es probable que la fiebre te haya freído algunas neuronas. Pensó Jacob, traviesamente.

Edward lo reprendió tirando fruerte de una de las orejas del lobo. Después de tantos días pasados de ese modo, Jacob estaba acostumbrado a eso, así era cómo Edward le mostraba su desaprobación.

¿Desearías que Carlisle no te hubiese convertido?

Era una pregunta personal, pero Jacob nunca había tenido problema en hacerlas, por lo que Edward no se sorprendió. Inmediatamente, lo golpeó un pinchazo de culpa, y desvió la mirada hacia los árboles. –A veces-. Dijo, en voz baja. –Durante mucho tiempo, lo hice, pero ya no, realmente. Me necesitaba...necesitaba un compañero y mi madre le pidió que lo hiciera, así que aprovechó la oportunidad. Hubiese muerto a los dicisiete años, sin haber hecho nada. Desde que me convirtió, experimenté muchísimo, conocí gente que no hubiese podido conocer de otro modo...y lo agradezco.

Pero... Presionó Jacob.

Edward sonrió. –Desearía...no lo sé. Supongo que desearía no haberme convertido en un monstruo para llegar adonde estoy ahora.

El lobo apoyó la barbilla sobre el muslo de Edward. Edward bajó la vista, y miró en esos ojos oscuros, sabios, más allá de sus años. Tú no eres un monstruo. Eres demasiado bobo para ser un monstruo.

Edward volvió a tironear fuerte de la oreja de Jacob y el lobo rió mentalmente.

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Su familia estaba muerta, desparramados como muñecas ensangrentadas a su alrededor, sobre el suelo frío, afuera de su casa. En el fondo, alguien reía. Jacob sabía que estaba soñando, pero eso no hacía nada para aliviar el terror y el dolor. Estaba clavado allí, en el espacio gris entre los mundos, no podía moverse, difícilmente podía respirar. Impotente. Trató de parpadear y debió funcionar, porque su visón se aclaró y apareció Edward.

Jacob lo llamó, trató de alcanzarlo, y esta vez lo logró. -¡Edward!- Gritó. Corrió, corrió hacia el vampiro, tan rápido como pudo. Edward giró, lo miró, sonrió esa sonrisa matadora, suya. Jacob volvió a parpadear, y esta vez, cuando abrió los ojos, estaba junto a Edward, y Edward también estaba en el suelo, como los demás, con sus ojos ciegos hacia el cielo.

Jacob despertó de un salto, inspirando agudamente y con la garganta seca, tosió. Temblaba ligeramente y tenía los cobertores enredados alrededor. Suspiró y dejó que su cuerpo tenso se relajara. Cerró los ojos, se frotó la cara y el cabello con una mano.

Este sueño estaba tratando de matarlo. Plagaba sus noches desde hacía semanas, todas las noches, cada vez que cerraba los ojos...no lo sentía como una visión, ni como alguna horrible profecía, pero lo asustaba. Todas las veces, ese miedo que le paralizaba el corazón, que le aflojaba las rodillas, ese tipo de miedo que cambiaba la vida, se apoderaba de él, y no sabía por qué. Edward no podía morir, no sin un montón de trabajo, y Jacob no estaba seguro de por qué su subconsciente se preocupaba por eso. Los sueños sobre su familia, su padre, sus hermanas, la manada...esos eran comprensibles –dudaba que desaparecieran alguna vez-. Pero esos sobre Edward, con Edward herido y muriendo...y muerto, esos eran terribles. Más que nada, Jacob deseaba que terminaran. Al parecer, ni dormido podía sacarse de la cabeza al maldito vampiro.

Estuvo enojado con Edward, durante días, después de que volvió de donde sea que estuvo para alejarse de Bella; furioso. Se enojó porque Edward rompió su promesa y le contó a Bella, y luego, se sintió mal por lastimarla, fue a verla y a explicarle lo sucedido. Sabía que ella volvería con Edward. Por supuesto que lo haría, Bella era así de trágica. Su estado mental dependía completamente del vampiro que amaba. Toda su relación era dependiente y jodídamente enferma, pero ella nunca lo vio de ese modo, y era feliz. Eso era lo que a él le importaba, que ella fuera feliz. De verdad, realmente le importaba su felicidad. Por eso fue a verla, y como era predecible, Bella los perdonó a ambos, y todo debería haber terminado bien...pero entonces, Edward regresó a casa y le dijo que él no había vuelto con ella.

Fue ridículo cómo se sintió: esperanzado y furioso, al mismo tiempo. En ese momento no lo comprendió, y aún ahora, no lo comprendía. No importaba, probablemente, Bella no era feliz, pero tampoco se había convertido en vampiro, y jamás lo sería, y ese hecho hacía que Jacob durmiera un poquito más fácilmente por las noches. Pero, ¿por qué Edward terminó con ella? ¿por qué él no había aprovechado la situación? Nada tenía sentido. Edward dijo que no la amaba lo suficiente como para convertirla en vampiro, y Jacob tampoco creía amarla lo suficiente como para luchar con el dolor de Bella por perder a Edward; él tenía su propio dolor para pelear.

Resopló, autodespreciándose, y giró, acostándose boca abajo. Todavía temblaba, vestigios de su sueño le resonaban en la mente. Edward muerto. Edward sonriendo. Edward, Edward, Edward...

Jacob sacudió la cabeza, abrió los ojos y apartó el cobertor para levantarse. Hacía frío en el sótano, pero ni lo sintió. Tenía esa necesidad imperiosa de verlo, de asegurarse de que estaba bien. ¿Y si su sueño era real? Era verdad que su familia había muerto...tal vez Edward también lo estaba...tal vez esos meses pasados fueron un sueño...tal vez las caminatas hasta el claro fueron fruto de su imaginación.

Preocupado, subió las escaleras. Edward había llegado a ser importante para él, sentía que, ahora, conocía al vampiro. Sabía cuál era su color favorito y su lugar favorito en el mundo. Sabía cómo pensaba, cómo sentía, y lo comprendía. No por completo, no tanto como para que el vampiro no siguiera haciendo que se sintiera frustrado como la mierda o como para que no lo fascinara y sorprendiera a diario, pero sí lo suficiente. Se sentía cómodo con él; cuando estaba con Edward, todo lo malo y lo erróneo parecía desaparecer, un poco. Honestamente, los Cullen habían llegado a importarle a Jacob. Pasaba mucho tiempo con Emmett, quien realmente le agradaba, jugaban a los juegos de video, miraban películas y entrenaban en el gimnasio de la casa. Rosalie era artera e ingeniosa y graciosa y siempre era divertido tenerla cerca. Alice era loca, de un modo encantador, y una distracción siempre bien venida; y Jasper era fascinante y tranquilizador e interesante. Carlisle y Esme eran dos de las personas más amables que jamás haya conocido, y los respetaba más de lo que jamás respetó a la mayoría de la gente...Toda la familia era magnífica, en verdad.

Pero, Edward...

Había algo en Edward. Era exasperante y excitante, y Jacob sentía tanta curiosidad -parecía que no podía parar de hacerle preguntas cuando estaban juntos-. Quería saber todo de él, quería comprenderlo totalmente; quería tener acceso a esa increíble alma centenaria en ese cuerpo de un muchacho de diecisiete años. Jacob quería un Edward feliz, seguro, no quería que nadie amenazara ese deseo.

Y no sabía por qué.

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Era tarde, cerca de las primeras horas de la madrugada. Edward está bien despierto, como siempre - en su cuarto, tocando muy suavemente la canción de cuna de Esme en el piano-. Era catártico para él, la música fluía por él como si fuese una parte suya viviente, creciente, cambiante y pura. Algo que siempre tuvo, algo en lo que siempre fue excepcional; y lo amaba.

La canción terminó en silencio, Edward levantó las manos de las teclas; escuchó pasos en el pasillo y el olor le dijo que era el hombre lobo. Se levantó, se sentó al pie de su cama y miró hacia la puerta. Cuando llegó el golpe, aún fue inesperado.

-Adelante-. Dijo, educadamente. Jacob entró y cerró la puerta detrás suyo. Tenía puestos unos pantalones pijamas sueltos y colgando bajos sobre sus caderas, sin camisa. Lo distrajo; la boca de Edward, misteriosamente, se secó, y un calor surgió en su interior. Esto era ridículo, esta atracción magnética que sentía hacia Jacob se le estaba yendo de las manos. La complexión de Jacob era como la de Emmett, todo músculo, delgado, flexible y fuerte. Los moretones de sus heridas desaparecieron completamente, y la piel oscura de su torso estaba totalmente inmaculada, excepto por la cicatriz que dejó Adlai. Era bastante bella, o al menos, impresionante: un corte espantoso que había sanado formando una cicatriz en una línea larga y gruesa de tejido, rodeando la cadera de Jacob, desde abajo de la cintura hacia arriba hasta el ombligo. Edward quiso tocarla, pero no lo hizo. En cambio, obligó a sus ojos a levantarse de los abdominales marcados de Jacob hasta su cara. Por un segundo, el hombre lobo pareció alterado, luego el alivio le relajó las facciones. Edward inclinó la cabeza, preocupado.

-¿Estás bien?- Preguntó Jacob.

Edward parpadeó, miró alrededor, como si Jacob le hubiese hablado a alguien más, y después de no encontrar a nadie, se volvió hacia él. -...Sí.

Jacob suspiró profundamente, aliviado, cruzó el cuarto y se sentó junto a Edward, en la cama. El brazo tocó el de Edward, y sólo estar sentado junto a él fue como ser envuelto en un baño tibio. Algo agradable, tan agradable.

-Tuve un sueño-. Dijo Jacob, a modo de explicación. Se pasó los dedos por el cabello, bruscamente, despeinándolo -hacía tiempo que no lo cortaba y ya estaba lo suficientemente largo como para pararse en cualquier dirección-. De alguna manera, le resultó encantador a Edward.

-¿Un sueño dónde yo no estaba bien?- Preguntó Edward.

-Sí-. Dijo Jacob.

Sus pensamientos llegaban claros a la cabeza de Edward. Alivio y alegría, y esa atracción inexplicable hacia él, tal como la que Edward sentía. Aparentemente, la pesadilla dejó la mente de Jacob un poco menos cerrada que lo normal. Su preocupación y miedo, y el alivio porque Edward estaba a salvo, eran prístinos. Edward se humedeció los labios. -Estabas soñando conmigo.

Jacob se ruborizó y desvió la mirada. -Sí-. Murmuró. -Quiero decir...yo...he soñado contigo. Muchísimo. Es...Cristo, no importa. Ya me voy...- El vampiro sonrió levemente y Jacob lo miró con enojo. -Ey, no te agrandes...tengo un sueño una y otra vez, en el que estás muerto.

Edward hizo una mueca. -No, supongo que eso no es para nada halagador.

Allí, Jacob pareció sentirse más cómodo. Edward lo agradeció. -Estoy bien-. Dijo. -Sólo fue un sueño.

-Ya lo sé-. Murmuró Jacob. -¡Dios, soy un...! Voy a volver a la cama.

Se levantó, pero Edward le tomó la muñeca. No quería que se fuera, lo quería allí. Jacob miró alrededor; expectación y aprensión cargaban el ambiente en partes iguales. Edward tiró de la muñeca de Jacob, y Jacob volvió a sentarse junto a él. -¿Edward?- Preguntó Jacob, muy suavemente.

-Mm-. Murmuró Edward. Tomó la cara de Jacob con una mano y le acarició la mejilla con el pulgar. Los ojos del hombre lobo se oscurecieron con algo que Edward no pudo describir. Jacob se inclinó hacia la caricia de Edward, como si no pudiera evitarlo; estiró su mano y aferró el frente de la camisa del vampiro entre sus dedos. El calor que Edward sentía contra su abdomen era perfecto, se acercó un poco más. Jacob lo miró con los ojos velados y presionó su palma abierta sobre el abdomen de Edward, encima de la camisa.

Edward emitió un sonido suave y bajó la cabeza para rozar con sus labios la cicatriz sobre la ceja de Jacob.

Jacob inhaló agudamente y cerró los ojos; sus pestañas rozaron la mejilla de Edward. Estaban tan cerca y el aroma de Jacob era tan bueno: olía a limpio, a calidez. En cada sitio que se tocaban, lo que sentía era tan distinto a todo lo que Edward pudo haber sentido antes.

-Esto es una locura-. Susurró Jacob, pero su mano libre acarició el costado de Edward, se envolvió en su cintura y se quedó allí.

Edward se estremeció placenteramente. –Lo sé-. Murmuró. Apoyó la palma en el cuello de Jacob, deslizó la mano por el brazo, sobre su costado y trazó círculos en la espalda desnuda. Jacob emitió un sonido suave y caliente, tragó saliva y se apretó contra Edward, sin poder evitarlo. Edward envolvió más firmemente su brazo alrededor de la cintura de Jacob, y las puntas de sus dedos rozaron la cicatriz. Jacob pensaba en imágenes, imágenes de Edward y él juntos, de Edward solo, de la sonrisa de Edward, de la voz de Edward, de las caricias de Edward...

-Jacob-. Susurró Edward.

Jacob movió la cabeza ligeramente y la nariz rozó la mejilla de Edward. Luego se separó un poquito, lo suficiente para que sus ojos se encontraran con la mirada ardiente de Edward. Nadie, nunca antes, miró a Edward de esa manera, tan abierta, tan cálida. El aroma de Jacob era embriagador, y estaba cerca, tan cerca.

-Edward-. Murmuró Jacob.

-Shh-. Lo tranquilizó Edward. Estaban tan cerca. Edward dejó que sus ojos se cerraran y sus labios acariciaron los de Jacob. Gimió. Esa caricia simple envió chispas através de sus terminaciones nerviosas. Algo en su mente halló su lugar, de repente, podía sentir a Jacob, en su mente, en sus brazos, y podía sentir a Jacob sintiéndolo a él. Era algo intenso, y no pudo evitar hacerlo otra vez, su boca se cerró firmemente sobre la de su lobo. Jacob hizo un sonido adorable y respondió apasionadamente, abrazando a Edward con más fuerza. Jacob era calidez, y fuego, y tranquilidad, y pasión. Edward podía sentirlo tan completamente como a nadie, nunca, ni aún a sí mismo. Era como si Jacob se hubiera deslizado dentró de él, o él dentro de Jacob, y no pudiera decir dónde terminaba su mente y empezaba la de Jacob. Atrajo más a Jacob y deslizó sus manos sobre la amplia extensión de su espalda. La boca de Jacob se abrió bajo la suya y, tentativamente, Edward introdujo la lengua. Caliente, con una lentitud imposible, toda succión suave y caliente; Jacob gimió, tan dulcemente, y Edward gustó el sonido y lamió el techo de su boca, sus dientes y la mano de Jacob se enterró en su cabello hasta que la palma se abrió, sosteniendo la parte de atrás de su cabeza. La lengua de Jacob se deslizó junto a la de Edward. Bueno, tan bueno. Perfecto. La chispa ya era una corriente, zumbando entre ellos, uniéndolos. Edward no sabía qué significaba que sintiera esto, que pudiera sentir a Jacob tan profundamente dentro de su ser, pero le gustaba. No quería perderlo, ni ahora, ni nunca.

El beso se interrumió; Jacob respiraba pesadamente, con las mejillas ruborizadas y el corazón acelerado y latiendo fuerte. Edward podía sentirlo, donde sus pechos se tocaban. No soltó su agarre y Jacob tampoco lo soltó de su abrazo. Se miraron a los ojos, completamente sorprendidos. Edward se sentía...era indescriptible... Excitado, caliente, emocionado, abrumado, contento, completo. Quería...quería más, lo quería todo, quería saborear más. Era como si nunca antes hubiese sentido. Jacob estaba pensando exactamente lo mismo. Edward podía verlo, podía sentirlo, seguía sintiéndolo como si uno fuese parte del otro.

-¿Qué fue eso?- Preguntó Jacob, con la voz contenida, áspera, sensual, y Edward tuvo que volver a besarlo.

-No lo sé-. Susurró contra la boca de Jacob. La mano de Jacob se cerró un poco en el cabello de Edward y volvieron a besarse, perdidos uno en el otro. Jacob sabía a perfección, a magia, y esa electricidad entre los dos amenazaba con explotar. Jacob estaba dentro de su cabeza, anidado como si perteneciera allí, como si siempre hubiese estado allí. Era trastornante y consolador y extraño, y nuevo. Nunca antes le había pasado algo así, nunca. Ni con Carlisle.

Ni con Bella.

Se aferró aún más a Jacob, como si temiera perderlo. El beso volvió a interrumpirse y sus labios rozaron la mejilla de Jacob. Jacob besó suavemente su mandíbula, una y otra vez, y la mano sobre la espalda de Edward, se sentía firme, consoladora, fuerte. Edward suspiró, se humedeció los labios y volvió a presionarlos sobre la cicatriz. Jacob también sintió la conexión, el zumbido de calor y más que había entre ellos. Increíble.

-Puedo...puedo sentirte-. Susurró Jacob.

-Sí-. Coincidió Edward, en el mismo tono.

Jacob inspiró, estremeciéndose y tironeando del corazón de Edward de la mejor manera posible. Era tan caliente entre ellos, tan dulce; las manos de Jacob sobre Edward, sus cuerpos, uno contra el otro; se sentía tan bien. La mano de Jacob sostuvo la nuca de Edward y su pulgar acarició gentilmente la piel suave y fría. Edward juntó sus frentes. Esto era lo correcto. No había miedo, ni culpa. Se sentía, era lo correcto.

-Yo no vine a verte para...-. Comenzó Jacob. -No sabía que esto podía pasar.

Edward lo abrazó más. -Me alegra que hayas venido.

-Esto no es normal-. Susurró Jacob. -Puedo sentirte. Puedo sentir todo de ti, en mi mente...- Se detuvo, se humedeció los labios y luego susurró tan suavemente que fue casi inaudible. -No quiero que acabe.

Calor, deseo y algo aún más fuerte, más poderoso, surgió en el interior de Edward, y dejó caer los labios contra la piel sensible, justo en el oído de Jacob. -No te vayas-. Murmuró. -Quédate aquí esta noche.

Jacob suspiró dulcemente y colocó sus dedos contra la nuca de Edward. -Está bien-. Murmuró. -Está bien.