Cualquier cosa que podáis reconocer en esta historia pertenece a Stephenie Meyer, solo la trama es mía.
Este capítulo ha sido beteado por: Verónica Pereyra (Beta FFAD)
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¡Hola a todas! después de unos días sin actualizar, aquí llega el nuevo capi! Espero que os guste y que me dejéis un comentario diciendome que os ha parecido.
Una sugerencia... si os gusta la música os recomiendo una canción de Seal: I am your man. Preciosa canción.
Una chica (Evelyn Galván) me dejó un rr preguntándome si escribía una historia que se llama "En sueños". Ya que no puedo contestar su rr (lo dejó como invitada) lo contesto aquí. No Evelyn, esa historia no es mía, pero muchas gracias por las cosas bonitas que has dicho de esta historia. No tengo un calendario fijo para publicar peeeero, ya tengo escritos un par de capis más por lo que espero no haceros esperar demasiado.
Bicos!
Me despertó la fría luz de la mañana, que se colaba por la ventana de la habitación. El día fuera era invernal y parecía hacer bastante frío. El cielo estaba cubierto y el color de las nubes era de un gris plomizo, del color que presagiaba una gran tormenta. Pensé que podría comenzar a nevar en cualquier momento.
Por un instante recordé mis inviernos en Forks, los que había vivido cuando mis padres aún no se habían separado. Recordé las batallas de nieve en el colegio, los descensos en trineo por la ladera del monte, el patinaje sobre hielo en el lago cercano. El chocolate caliente que mi madre preparaba para que entrásemos en calor tras pasarnos la tarde en el frío. Y eché de menos la sensación de sostener la taza cálida en mis manos, mientras mis fosas nasales respiraban el suave olor del chocolate caliente, espeso, dulce.
Me levanté de la cama, dispuesta a recuperar aunque fuese un pequeño recuerdo, a vivirlo de nuevo. Quise volver a sentirme feliz en el frío invernal. Eché un vistazo a la cama. Edward dormía plácidamente, sobre su vientre. Su pelo estaba aún más alborotado, si eso era posible. Sus brazos se perdían bajo la almohada, podía ver su espalda y el comienzo de sus nalgas. Sus piernas estaban cubiertas por el suave y mullido edredón. Me metí en el cuarto de baño y rebusqué algo que ponerme. Aún recordaba su sonrisa cuando me había visto enfundada en aquel pijama tan infantil, y después de lo que había pasado anoche, no quería que me volviese a ver como a una niña pequeña.
Allí, en una percha, descansaba la que debía ser la camiseta de su pijama. Era de algodón, de manga corta, de color gris perla. La cogí y me la llevé a la nariz. Sí. Era de Edward, era su olor el que estaba impregnado en la tela. No lo dudé ni un segundo y me la puse.
Me miré al espejo, y apenas pude reconocer la imagen que éste me devolvía. ¿Quién era esa chica de cabellos alborotados y mejillas sonrosadas? ¿Quién era la mujer que me devolvía una mirada arrebatada, la que guardaba en la profundidad de sus ojos un oscuro secreto lujurioso? Nunca me había visto a mí misma de esta manera, claro que jamás había estado con un hombre como lo había estado con Edward. Lo de James no podía contarse como experiencia, ya que yo no tuve nada que decir al respecto, así que esta era como mi primera vez. Sí. Esta había sido mi primera vez y fue todo lo que una mujer desea para ese momento. Sonreí y la chica del espejo me devolvió una sonrisa cálida, auténtica. ¿Cuánto tiempo hacía que no sonreía de esta manera? Volví a sentirme como una colegiala, como la adolescente que debería haber sido, si no me hubiese ocurrido nada de lo que había vivido con James, si yo hubiese sido la joven inocente que descubre el amor y el desamor, la lujuria, las mentiras, poco a poco, enfrentándose a un problema cada vez, en lugar de haberme tenido que enfrentar a todo aquello, yo sola.
Salí del baño, suspirando satisfecha. Edward seguía en la misma posición, aunque el edredón parecía haber bajado un poco más, dejándome ver su magnífico trasero. Lo contemplé extasiada, durante unos breves segundos, preguntándome si le parecería mal que le despertase con un pequeño mordisco en aquellas redondas nalgas. Agité mi cabeza, como tratando de deshacerme de aquel lujurioso pensamiento, aunque en realidad no lo deseaba.
Hui a la cocina, tratando de dominarme. Era grande y espaciosa, de una madera de color claro, quizá arce. Los tiradores de las puertas eran de acero y tenían una línea moderna y minimalista. En el centro de la cocina había una isla, con una encimera y varios taburetes. Varias ventanas daban mucha claridad, dejando ver tanto la entrada de la casa como la parte trasera, donde se podía ver el lago helado.
Ver el lago cubierto de hielo volvió a traer a mi mente el olor, el sabor y la sensación reconfortante de una taza humeante de chocolate caliente. Rebusqué por los armarios, tratando de localizar el cacao y las tazas. Saqué la leche de la nevera y localicé un pequeño cazo donde hacer el delicioso chocolate.
Esperaba poder despertar a Edward con el aroma, llevarle a la cama su taza y sentarme a su lado, envuelta en su ropa, en su olor. Compartir con él esos primeros minutos del día, mirando al exterior desde la ventana de mi habitación. La nieve comenzó a caer, suave, lenta. Era algo que siempre me había maravillado de ver nevar; la lentitud, la tranquilidad que te aportaba el suave caer de los copos. Terminé de prepararlo todo y al girarme, con la bandeja en la mano, vi a Edward recostado sobre el marco de la puerta. Me miraba, sonriente, con esa sonrisa que ya se había convertido en una especie de droga para mí. Una droga que me volvía lujuriosa.
―Buenos días, preciosa ―su sonrisa se iluminó aún más, yo podía sentir como la piel de mis mejillas enrojecía, avergonzada. A pesar de que la noche anterior había sido como un sueño para mí, aún no sabía cómo se sentía él al respecto. ¿Estaría feliz, como yo? ¿O estaría arrepintiéndose de lo que pasó entre nosotros? Como si supiese exactamente lo que estaba pensando, se acercó a mí, despacio, vestido de nuevo solo con aquellos pantalones de pijama que pendían de sus caderas, dándole un aspecto bastante comestible. No pude evitarlo, una de mis cejas se enarcó, en un gesto de incredulidad ante mi propio atrevimiento.
―He preparado chocolate caliente ―dije, aunque era una obviedad, porque estaba enfrente de mí ya, lo único que me separaba de su cuerpo era la bandeja que sostenía en mis manos, la misma bandeja en la que reposaban las dos tazas con el humeante líquido. Cogió una de las tazas y olió el contenido, inspirando profundamente.
―Me encanta el chocolate, claro que verte a ti, ahí, de pie, enfundada en una de mis camisetas y sin bragas… hace que la elección sea muy difícil.
Un momento… ¿ha dicho "sin bragas"? llevé una de mis manos, tímidamente, a mi cadera. Ciertamente no se notaba la costura de ningún tipo de ropa interior, el rubor que hacía unos minutos era de un tenue tono de rosa, ahora debía ser de un furioso rojo. "Oh, Dios mío, ¡sin bragas! ¡Isabella Marie Swan! ¿En qué demonios estabas pensando?"
Sonreí como una idiota, pero ¿qué otra cosa podría hacer? No tenía ni idea de cuál debería ser mi comportamiento tras una noche de sexo. No sabía lo que era hacer un paseíllo de la vergüenza, no tenía ni idea de cómo actuar tras una cosa así, claro que era la primera vez que me veía en semejante situación. Además, no era como si pudiese coger mis cosas y volver a casa, no es que nos hubiésemos conocido en un club y hubiésemos terminado teniendo sexo en su casa. Compartíamos el mismo espacio, o al menos lo haríamos durante un tiempo, no tenía forma de escapar.
Traté de huir, como la cobarde que era, necesitaba ponerme ropa interior ya. Sólo con verle allí, ante mí, con su pecho desnudo y el cabello revuelto… casi podía sentir la humedad deslizarse por mis piernas. Me miró, recorriendo con su mirada todo mi cuerpo, lentamente, desde mi cabeza hasta mis pies. Podía jurar que se había detenido durante demasiado tiempo en mis pechos, en mi vientre, en el vértice de mis muslos. Miré hacia abajo, tratando de ocultarme un poco, pero él levantó mi cara con dos dedos, obligándome a mirarle.
―No te ocultes de mí. Ya no, Bella ― ¿cómo podía mi nombre sonar tan bien en sus labios, cómo podía su voz convertir algo tan normal como mi nombre en el sonido más hermoso. Si tan sólo tuviese ese matiz lujurioso, el que había escuchado anoche, mientras se enterraba en mí, mientras devoraba mi cuerpo―. Ven ―dijo arrastrándome hasta del centro de la cocina, tras haber conectado su ipod a los altavoces que había en la repisa de la cocina―. Baila conmigo ―dijo quitándome la bandeja de las manos y dejándola en la encimera.
¿Bailar? ¿Yo? Soy torpe y descoordinada, bailar nunca había sido algo que se me hubiese dado bien, a pesar de los intentos de mi madre, que insistía en que acudiese a clases de ballet, hasta que a los trece años, justo después de la separación de mis padres, me planté y me negué a volver. No importaba cuánto practicase, el ritmo y yo, no nos llevábamos bien.
La música comenzó a llenar la estancia, suaves notas precedían a la cálida y profunda voz de Seal cantando "I am your man". Tomó mis manos, situándolas en el lugar apropiado, una sobre su hombro, la otra en su mano, la apretaba suavemente. Su mano libre se situó en mi cintura y me acercó a su cuerpo, su cálido pecho.
Comenzó a guiar mis pasos. Mientras girábamos al ritmo de la música, le escuchaba susurrar la letra en mi oído.
For in your eyes I see (porque en tusojosveo)
What I was born to be (para lo que he nacido)
Se paró un momento, levantó mi mano y me hizo dar un gracioso giro sobre mi misma, antes de acercarme de nuevo a su pecho.
And now, nowmylife can begin (y ahora, ahora mi vida puede comenzar)
For I am yourman (porque yo soy tu hombre)
Reí, ante la elección de la música, me relajé y apoyé mi cabeza en su pecho, disfrutando del momento, inhalé profundo, dejando que su delicioso olor inundase mis pulmones, mis sentidos. Mi mano, que hasta entonces había reposado en su hombro, descendió por su pecho, delineando su contorno en una caricia lenta, hasta alcanzar su cadera. Me atreví a mirarle y vi fuego en sus ojos, pasión y lujuria. Nos detuvimos, pero solo porque necesitábamos sentirnos aún más cerca el uno del otro. Tomó mi cara entre sus manos y me besó, lenta y profundamente, explorando mi boca con su lengua. Sus manos se situaron en mi trasero y me apretaron contra su cuerpo. La evidencia de su deseo estaba allí, su miembro, duro, contra mi carne. Me levantó en el aire y me llevó a la encimera, donde me sentó. Sus manos subieron por mis costillas, retirando la única prenda que llevaba puesta. Cuando me tuvo finalmente desnuda, sentada sobre el frío mármol de la cocina, se retiró un paso, solo un paso, y me observó.
―Eres lo más hermoso que he visto en mi vida ―su voz sonaba jadeante.
Saboreó mis pechos con su lengua, rodeando mi pezón, endureciéndolo con sus labios y su aliento, no pude reprimir un gemido. Sus dedos dibujaron mi cicatriz y pude ver en su rostro un gesto mitad pena, mitad rabia. Su lengua delineó cada una de las líneas, como si tratara de borrarlas.
―Si no quieres que continúe, párame ahora, Bella. Dímelo ahora o te tomaré aquí mismo, sobre la encimera. Quiero estar dentro de ti, ahora. Lo necesito.
―No pares… por favor ―dije entre gemidos, mientras trataba de bajar sus pantalones con mis pies.
Se rió, y el sonido envió una descarga a mi sexo, como si fuese un desfibrilador, sólo que en mi caso, no revivía únicamente mi corazón, revivía mi cuerpo entero. El deseo se hizo presente, poderoso, intenso y delicioso. No quería algo calmado, lo quería ya dentro de mí. Me penetró de golpe, hasta el fondo, mientras sostenía mis piernas por debajo las rodillas, abriéndolas para tener espacio entre ellas.
―Te siento tanto, Bella, se siente tan bien… me aprietas y al mismo tiempo eres cálida. Te ajustas a mí como un guante, ¿lo sientes? ¿Me sientes?
¿Qué si lo sentía? ¡Dios! Podía sentirlo en todas partes, no había una sola célula de mi cuerpo que no fuese consciente de su invasión.
Su dedo pulgar comenzó a jugar con mi clítoris, dibujando sutiles formas sobre él, al principio de una forma lenta, para ir aumentando el ritmo, provocando que el nudo que había ido construyéndose en mi vientre, explotase. Sentí mis músculos contraerse en torno a él, oprimiéndole, tratando de retenerle en mi interior. Incrementó el ritmo de sus embestidas, acelerando su respiración, hasta que llegó su liberación. Me sujetó en un cálido abrazo, meciéndonos sobre la encimera de mármol, sin perder esa íntima conexión que acabábamos de compartir.
―Creo que se nos ha enfriado el chocolate ―dijo entre risas.
El sonido de mi teléfono móvil nos interrumpió, bajé de la encimera y fui a buscarlo. Edward me observaba, recostado sobre la pared, mientras lo cogía y contestaba.
― ¡Hola, Angela! ―saludé alegre a mi compañera de trabajo―, ¿necesitas algo?
Nadie me contestó, solo podía escuchar cómo alguien respiraba dificultosamente.
― ¿Angie? ―Edward me miró preocupado y cogió su teléfono, se dio la vuelta y entró en la cocina.
―Hola, Isabella…
No era Angela, era la voz de un hombre.
― ¿James?
―Hola, pequeña zorra. ¿Me echabas de menos?
― ¿Dónde está Angela?
―Chis… ni una palabra, Bella. Aquí soy yo el que hace las preguntas. La primera ¿cuánto aprecias a Angela Weber? ¿Te importa?
―Sabes que sí ―le aseguré―, aunque no la conociese como la conozco, claro que me importa que la tengas. Quiero saber si está bien.
―No estás en condiciones de exigir nada, Bella. No te atrevas a exigirme nada, no si realmente aprecias la vida de la chica.
― ¿Qué quieres? ―no pude evitar que la rabia se filtrase en mi voz. Había tenido una mañana tan maravillosa, con Edward, después de una noche increíble, y ahora, en apenas unos segundos, volvía a sentir que mi vida era una mierda.
―Eres una chica inteligente, Bells. Sabes lo que quiero. Te quiero a ti, tú vienes a mí y yo suelto a la chica, o… puedes seguir escondida, con esa rata de Cullen y la chica aparecerá en un par de días, sólo que no estará viva.
―No la toques… ―susurré amenazante―, no se te ocurra ponerle una mano encima o yo…
―Bella, Bella, Bella… un par de semanas fuera con el agente Cullen y de repente, ¿eres valiente? Vaya… ¿qué has estado haciendo pequeña putita escurridiza? ¿Te lo has follado, eh? ¡Has dejado que ese puto madero te meta la polla en MI coño! ¡Eres mía, zorra!
No pude evitar el estremecerme cuando le oí. Toda la valentía que había acumulado para hacerle frente se había esfumado como por arte de magia. Recordé lo cruel que había sido conmigo, y también que, lo que me había hecho, no era nada comparado con lo que había hecho con las chicas. Todas fueron torturadas horriblemente antes de morir.
―James… por favor, por favor… te lo ruego, deja a Angie en paz, deja que se vaya y yo…
― ¿Tú, qué?, ¿vendrás?
―Sí. Sólo, no la toques, no le hagas nada… si veo un solo golpe en su cara…
―Demasiado tarde para eso, nena… llevo quince días a dieta, necesitaba un alivio. Tengo que decir que la señorita Weber merece la pena. Está buena una vez que le quitas esas gafitas de abuela que lleva. ¿Sabes que tenéis un color de ojos muy parecido?
―Quiero hablar con ella… por favor, déjame hablar con ella, tengo que saber que está viva, que está bien.
― ¿Bella? ―la voz temblorosa de Angela me asustó.
― ¿Angie?... ¡Oh, Angela! ¡Lo siento, lo siento mucho! ―traté de disculparme con ella, era mi culpa que James la hubiese utilizado para llegar hasta mí.
―No lo hagas, Bella… ―susurró trabajosamente―, va a matarme igualmente, no lo hagas…
Oí un ruido, como un golpe seco y el gemido ahogado de Angela después.
―¡No le pegues, James! ¡No!
La llamada se cortó, y yo traté de llamar a su móvil, pero no conseguía establecer conexión. Un mensaje de la operadora me decía que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Yo sabía que no, que había sido James, probablemente había lanzado el teléfono contra una pared.
―¡NO! ¡No, no, no! ―sentí como los brazos de Edward rodeaban mi cuerpo tembloroso, cubriéndome con la manta que había en el sofá.
―Bella…, Bella por favor, tranquilízate…
―Tiene a Angela, es mi culpa, tiene a Angela y va a hacerle daño, ¡ya se lo ha hecho! Y mientras ella está sufriendo, siendo torturada por ese hombre ¿qué estaba haciendo yo? ¡Acostarme contigo!
―Bella…, no lo hagas, no te sientas responsable por los actos de un desequilibrado mental. No hemos hecho nada malo, es James quien lo está haciendo. No tú. Él, Bella.
Sabía que lo que me estaba diciendo era totalmente razonable, pero, una parte de mí seguía sintiéndose responsable de lo que le pudiese pasar a Angie. Mientras ella era golpeada y sabe Dios qué más, a manos de ese psicópata, yo estaba teniendo sexo, en una cabaña, con el agente del FBI que se supone que debía protegerme.
― ¿Con quién estabas hablando? ―pregunté curiosa, al recordar cómo había salido de la sala con el teléfono en la mano.
―Con Ben, mi compañero. ¿Le recuerdas? Estuvo en tu apartamento, le entregaste una foto del niño.
Le miré, esperando que me contase algo más, que me dijese por qué era tan urgente hablar con ese hombre.
―Han rastreado el móvil de Angela. La han localizado, ahora mismo cuatro agentes se dirigen hacia allí, incluido Ben Cheney. Te aseguro que la encontrarán, Bella.
Nos sentamos en el sofá, delante de la chimenea encendida. Edward había debido encenderla antes de entrar en la cocina. Él se había puesto los pantalones de su pijama, yo, por el contrario, seguía desnuda bajo aquella manta con la que me había envuelto.
El teléfono de Edward comenzó a sonar. Rápidamente lo cogió y lo acerco a su oído. Apenas contestaba con monosílabos a lo que fuera que le estaban diciendo.
― ¿Cómo está? ―me quedé a la espera, expectante, necesitaba saber si algo malo le había pasado a Angela―. Gracias a Dios ―dijo, tras lo que soltó el aire que estaba reteniendo―. Sí, se lo diré, gracias Ben, te debo una.
―La han encontrado, Bella. Está bien, tiene algunas magulladuras y golpes, pero parece que no ha hecho nada más, por desgracia, ese cerdo ya se había largado cuando llegaron. Al parecer, la golpeó, lanzándola contra el suelo, ella se hizo la muerta, sostuvo su respiración todo lo que pudo. James huyó cuando escuchó el sonido de las ruedas de los coches. Le han perseguido, pero se les ha escapado.
― ¿Ella está bien? ¿En serio no le ha hecho nada?
―Aparte de los golpes, no ―suspiré, aliviada. Sólo golpes. Uno puede recuperarse de los golpes.
― ¿Por qué le decías a Ben que le debías una?
―Porque ha aumentado la seguridad de Alice y Rosalie, además de tu madre y la mía ―Edward me observaba, atento―. Te lo dije, Bella. No permitiré que te haga daño, ni a ti ni a nadie más. Estás segura, estás a salvo.
