Capítulo 8: Quimeras en el Maquillaje
"¿Sabe el loco que está loco? ¿O los locos son los demás, que se empeñan en convencerle de su sinrazón para salvaguardar su existencia de quimeras?"
—Carlos Ruiz Zafón. "La Sombra del Viento"
El sueño le dejó abandonada en las puertas del insomnio cual bebé recién nacido en las puertas de un orfanato. Sin mostrar un ápice de compasión pese al desasosiego dibujado en las arrugas de las sábanas con cada revoloteo furtivo en la cama ya reducida a colchón magullado.
Le llamó con cuántas acciones pudo traducir su desespero: se arropó, desarropó, cubrió la cabeza con una almohada e incluso dedicó toda la tarde y parte de la noche a la lectura del libro, con más de trescientas páginas, sugerido por Kyoka; al final soltándolo hastiada por el único motivo de que en todas las páginas le parecía leer alguna seña de Katsuya.
Desde la narración de una sonrisa casta hasta la descripción de una brillante cabellera rubia.
En las letras perfilando el rocío de un pasto primaveral había recordado el verde como su color favorito, imaginándose las carcajadas del protagonista también escuchó las suyas burlando su mala suerte y en cada expresión amena se colaba el ojo miel guiñado.
El libro mismo se mofaba de sus intentos por obviar el hueco de aquella ausencia impregnando el aire de la pieza.
No, no solo el libro. Todo se reía de ella.
La sombra del rubio creyó sentir en la cocina remeneando los alimentos en el refrigerador, su voz henchida de ánimo le pareció oír gritando su nombre en la puerta e inclusive a dormir consideró negarse por temor a restaurar en su piel la frescura de cualquier vivencia pudiendo ser proyectada en los hologramas del sueño.
¿Por qué todo debía confabularse para hacerle rememorar a Katsuya cuando deseaba olvidarlo a cincelazos despiadados?
Se revolcó entre las sábanas por quién sabía qué enésima vez, formando la posición fetal buscó el aliento que comenzó a perder en el estrangulo de la incomodidad.
— ¡No soy tu niñero para estar protegiéndote! —
"— ¡Lárgate, Katsuya! ¡Déjame dormir! —"
En una rabieta desbarató la posición volteándose bocarriba. Las penumbras fueron traspasadas por un resquicio de luz proveniente de los somníferos bajo el primer colchón. La cantidad de píldoras disminuidas tal vez ameritaba una reposición venidera que procuraba siempre alargar para no incidir sospechas en Kyoka, quien se había marchado tan pronto el ocaso iniciado tomando así la responsabilidad de atender las lecciones virtuales impuestas por los padres como huérfana condición para consentir la residencia en Osaka.
Si el pulso le temblaba al tomar el frasco era por ella, por Kyoka. Ella ocupó en su vida un lugar que no era su obligación, sin embargo, procuró desempeñarlo cual si fuera ello su condición para vivir o su vida y la de ella una sola.
Su propia vida no le bastaba para retribuir la inmensidad del agradecimiento que albergaba por Kyoka, gracias a ella en sus pulmones aún circulaba el aire y la sangre por las venas. Aquello era el génesis de las millones de veces que se maldijo entre el sueño auspiciado por los somníferos, porque en ellos veía el puñal que a Kyoka clavaba por la espalda.
Como la cobarde que era.
Cobarde por huir de aquellas pesadillas cazando su tranquilidad.
Cobarde por huir de aquellos recuerdos.
Cobarde por huir de él… Tal cual ese día.
De sus labios liberó una porción de la frustración en el alarido aspaventado que bien pudo haber estremecido las coyunturas del techo.
Una de las dos almohadas tiró de bruces contra su rostro, con ambas manos la presionó queriendo hendirla sobre sus ojos hasta adormecerlos a pulso.
—Eres mi amiga, Yura. Por eso estaré siempre contigo aun cuando menos creas necesitarme—.
"— ¡Mentira! Aunque… ¿Por eso no me dejas dormir? —"
—.—
Mirar la pintura descolorida del techo no suscitó el aburrimiento horas después convertido en el sueño pueril solo interrumpido por la abrupta llegada de su Padre, como todas las noches. Entrelazar los dedos tras la nuca de igual manera fue inútil para agregar comodidad a la almohada y tampoco funcionó recapitular las caricias lascivas al cuerpo de Mai, a quien la decepción le impidió corregir su fecha de cumpleaños.
El sueño huyó, dejando sus ojos mieles como los de un búho al acecho.
No tenía un reloj que contestara sus dudas en torno a la hora, pero escuchar los golpes a la puerta sustituyó las manecillas señalando las dos o tres de la madrugada.
— ¡Mocoso del Demonio! ¡Abre la maldita puerta o no verás salir el sol de mañana!
Pensó ignorarlo por mero capricho. Orillarle a dormir entre las fundas de la basura donde él mismo le arrojó al mediodía. No obstante, llevar a cabo tal acción era ser la astilla de aquel palo, algo que jamás sería.
Se levantó, palpando sus pies la frescura del piso aseado en cuanto cruzó la puerta que su Padre pedía abrir a gritos. Sin apuro desalojó la recámara con el pecho descubierto y su intimidad cubierta por el calzoncillo rojo de rayas negras dispuesto como pijama.
Despegó el pestillo a una velocidad pausada, a la espera de enfrentar la botella que escuchó quebrarse en el otro extremo.
Al abrir a plenitud, de no ser corteses sus reflejos, lo que quedó de la botella rota le hubiera desfigurado el rostro.
— ¡¿Qué pretendías, canijo mal parido?! ¡¿Dejarme dormir en la calle?! — Los ojos de su Padre observó teñidos del carmín vivo por la cantidad de alcohol hinchando las tripas, mientras le apretaba la muñeca forcejando con las ansias de incrustarle los vidrios en el semblante.
—Que casualidad, eso mismo pensé. — La mano izquierda frenó el puño que su Padre premeditó hundirle en el estómago o quizás en un costado—. Pero luego recordé no ser un malnacido como tú.
Su Padre carraspeó y las venas en las escleróticas de los ojos parecían estar prestas a reventar en cualquier descuido.
— Tu verdadero Padre debió ser el mismísimo demonio. —Le obligó a recrudecer las fuerzas—. Ojalá hubieras muerto en el vientre que te parió…
Dolió...
Tanto, que por un momento él también deseó lo mismo.
No haber nacido en ningún lugar ni en ningún tiempo.
Por ello la rodilla derecha clavó sin remordimiento en el vientre contrario.
Le soltó las manos para verle así mismo soltar la botella quebrada y caer arrodillado abrazándose todo el vientre, acto seguido vomitó al menos una cuarta parte de todo el alcohol consumido.
Le dio la espalda, pero no por haber asqueado el vómito, sino por asquear su propia existencia.
—Gracias, Katsuya. —Escuchó un mascullo en la voz moribunda—Gracias por golpearme…
Lloró.
Lloró al reconocer su Viejo Cascarrabias de vuelta.
—De nada, Viejo Cascarrabias. — Tal vez fue su propio sollozo el oído a sus espaldas—. Pero mañana te tocará trapear a ti.
—.—
Organizaba sus herramientas culinarias tal cual la vespertina costumbre en el interior del quiosco ambulante, la única herencia de su Padre fallecido hacía más de diez años. De él aprendió que cocinar era una arte y de su Madre aún viva condimentar los alimentos con un toque de amor al ser que serían servidos.
En sus labios perfiló la dulzura del recuerdo mientras se amarraba el delantal, blanco como el resto de la ropa debajo.
Pasando el paño sobre el mostrador a propósito de adecuarlo a los rutinarios pedidos, alcanzó a divisar el andar ido de su apreciable amigo tras haber consolidado la higiene acorde a sus exigencias.
El de ojos amielados percibió todavía más extrañado que el día anterior cuando le visitó en las primeras horas de la mañana. El caminar cabizbajo, similar a los zombis que tanto terror le causaban no eran gestos comunes del rubio, en igual proporción el no haber mudado las ropas a excepción de la chaqueta gris evocada sin mangas.
Meditó cada cuestión recibiendo su llegada en silencio entretanto tomaba asiento en el taburete.
— ¡Buenas tardes, mi querido amigo de esponjosa cabellera rubia! — Le obsequió la misma sonrisa radiante con el mismo entusiasmo del día anterior, procurando subir los ánimos que intuyó bajos a niveles severos—. ¿Qué te sirvo? ¿Un delicioso y humeante Caldo de Pescado? ¿Un sabroso Okonomiyaki o un bien ovalado Onigiri envuelto en alga de nori? ¿O tal vez prefieras el irresistible...?
—No tengo hambre. —Su cliente de antaño respondió sin aupar la mirada, infundiéndole los augurios de un acontecer aciago.
Calló, debatiendo en su mente un sinfín de sucesos reapareció la ausencia de "La Marimacho" como eje central de todos.
Katsuya y Yura eran el sinónimo perfecto de la uña y la mugre. El uno debería sentirse en el limbo sin la compañía del otro.
— ¡Ya sé! — Chasqueó los dedos de una mano, usando la otra se agarró la cadera—. ¡Tienes hambre de Yura!
Decir el nombre fue una acción muy parecida a levantar el mentón con el dedo índice retorcido. Katsuya mostró al fin sus ojos carentes de quietud, no obstante a ser de pronto inundados por tal nostalgia que hacia un lado desvió la mirada.
—Yura y yo no somos nada desde ayer…
Dudó lo citado bajo el aval irrevocable de las quien sabía cuántas veces donde el rubio llegó proclamando un incidente ecuánime, y al otro día con la albina le veía transitar las calles todo campante.
La transida voz conjugada al nulo talante en su expresión fueron los únicos signos que amenazaron percudir su casi infalible argumento, al cual pensó dar carácter de dictamen vía su estratagema favorita: una broma.
—Ya veo— suspiró el desaliento ficticio—. Eso explica el por qué otro chico le acompañaba esta mañana.
Falacia cruda tersando sus gestos inocentes.
Katsuya no reaccionó como imaginó al principio, sino después, cuando un clic fugaz dio la impresión de entrecruzarse en las neuronas. Una chispa de enojo avivó la mirada hincada en su persona en menos tiempo del que le llevó pestañear a modo de respuesta.
— ¿Cómo era el chico con quien andaba? —Preguntó, el entrecejo fruncido antecedió al puño anudado encima del mostrador.
—Pero si nada de eso importa, Katsuya. —Se encogió de hombros e impuso las dos manos en cada costado—. Al fin y al cabo, ustedes dos ya no son na…
— ¡Eso no fue lo que te pregunté! —El blondo respingó y una trompada meció el mostrador previo al agarre instantáneo a sus solapas blancas—. ¡¿Cómo carajo era el tipo?! ¡¿Blanco?! ¡¿Mestizo?! ¡¿Tenía alguna cicatriz en el rostro?! —En el torrente color miel atisbó la vacilación de un corazón encelado.
Frente a las facciones encolerizadas estuvo a punto de restregarlo si no se hubiera arqueado el puño exigiendo una contestación.
— ¡Fue una broma! ¡Fue una broma! —Pregonó horrorizado. El llanto a roce de pestañas—. ¡No he visto a Yura desde la mañana de ayer cuando juntos visitaron el quiosco! ¡Pongo mis bolas en garantía!
De todas las partes del cuerpo, a los testículos dedicaba un cuidado preferencial por estar allí concentrados los espermatozoides que le harían Padre en el futuro lejano donde anhelaba tener diez hijos. Tal vez un balde de agua helada refrescó en la memoria del rubio las doscientas veces que lo declaró con él personado o las solapas blancas no hubiera excarcelado en vinculación al puño descendido, teniendo la certeza de la falsedad en sus primeras declaraciones al poner dichos testículos bajo fianza.
—Jamás vuelvas a bromear conmigo de esa manera…
Fue el estribillo que el rubio dijo antes de meter las manos en los bolsillos y marcharse con aire solitario.
Katsuya estaba desorientado, aquello leyó en la caligrafía de sus pasos.
—.—
Camisa negra, pantalón azul.
Camisa azul, pantalón negro.
Mezclilla blanca, blusa roja de mangas largas.
Boina gris, fucsia o blanca.
Zapatos bajos, grises, beige o blanco.
Toda una gama de colores pintaba su mueca de fastidio por no concebir una combinación que fuera el punto de concordia en su fuero interno.
Dos horas deliberó en vano a su criterio, dividido en dos por estar inclinado hacia la combinación del pantalón negro con la blusa roja de mangas largas, en el otro lado la selección opuesta con el conjunto formado por la mezclilla blanca y la camisa azul que Kyoka, ausente, quizás hubiera tachado de impecable.
— ¡Esto llegó a su fin! —Consecutivo al clamor buscó entre las ropas regadas en la cama el mismo pantalón ajustado y la misma camisa negra prendada el día anterior, todo ante la mirada siniestra que imaginó en Kyoka de haber estado presente.
No iría a una fiesta, sino a limpiar platos. Cualquier trapo cosido era de más suficiente.
Resiliente atavío su cuerpo cubierto entonces por la lencería en tanto convenía reordenar los ropajes desechados una vez retornara de sus labores a las seis de la mañana, como por ser martes le correspondía.
Abrochando el último botón de la camisa paró en seco todo movimiento: lo mismo aseguró en relación a los trastes de la cena que el rubio utilizó como arma definitiva en su contra.
Allí lo revivió de nuevo e insultándolo en sus pensamientos comprendió el verdadero significado de aquel asedio.
Katsuya era omnipresente.
—.—
Una locura, sí eso era.
Un vahído premonitorio a la demencia prematura que temió estar padeciendo y por la cual se enmarañó el cabello hasta una vez más sentir su alrededor girar en bucles infinitos. En la acera poco le faltó para con las nalgas darle las buenas noches al pavimento bañado en escarcha. No, darle las buenas madrugadas debía corregir.
Pero elegiría mil veces más, de tener la oportunidad, sufrir aquella demencia en lugar de la impaciencia que cobró en su garganta la forma de la Nuez de Adán y no le dejó respirar alivio en todo el resto de la tarde, tan pronto se alejó del quiosco.
Las palabras del ventero estropearon la línea de voluntad que se esforzó en trazar con los dominós representando su convicción de proteger a Yura al costo impagable de alejarse cuantos kilómetros su Viejole sugirió alcanzar. Tal cual un solo dominó derrumbaba a los demás, así mismo derrumbó aquella broma toda la tranquilidad ya puesta sobre aviso por el temor soterrado de haber tomado la decisión incorrecta.
No pudiendo controlar su desquicio, otra alternativa no catalogó más oportuna que la de lanzarse a las calles con la madrugada en plena cúspide, a sabiendas de que, por ser martes, la jordana laboral de la albina iniciaría a la medianoche.
En la mayoría de sus búsquedas de empleo fue rechazado gracias a la petición atrevida de ser ella también contratada, a sus espaldas, por supuesto. Desde que ella le confesó los requerimientos del trabajo, nunca lo consintió apto para una mujer, más por ser ella a sus ojos ya una amiga tanto o más valiosa que Anzu.
Veces de las cuales perdió la cuenta soñó con ella atropellada, violada y degollada en medio de un asalto, espejismos de su preocupación que llamó frente a ella la señal divina del ineludible porvenir fatídico si no abandonaba el empleo, mismo defendido con tanto fervor, que un máximo de dos días duraron sin dirigirse la palabra. En la reconciliación póstuma se propuso cazar para ella, a escondidas, un mejor empleo así sus puños debieran romper un par de narices más.
El frío invernal serpenteó su piel desprovista de la tela gruesa cuya costura yacía en el abrigo sucio ocupando el hamper.
Una corona los copos de nieve formaron en sus hebras rubias cuando divisó a lo lejos la silueta de una persona salir de la pieza donde residía Yura, a quien espiaba siendo tapado por un poste de luz y la neblina de invierno, persiguiendo cerciorarse de su bienestar aun sin tener el valor de mirarle la cara o si quiera cruzarle, con disimulo, por el lado.
En primera instancia no decodificó la identidad, pero la boina blanca se la confirmó. Al igual que el azabache cuero cabelludo encimado al blanco para solaparlo, en comunión a las gafas ocultando en el lente oscuro los ojos azul cerúleo.
Siempre le pareció chistosa la manera particular de Yura asistir al trabajo, en peluca y con gafas. Ella se defendía alegando emplear el modismo como un escudo de protección a su identidad si perdía de súbito el empleo, además salvaguardaba la mala reputación proveniente de los otros cinco arubaitos fallidos, en dos dimitió y en tres la despidieron.
Sin embargo, más cómico le fue percatarse de que, estando él en igual condición, la albina también vestía la misma ropa del día anterior; con la excepción de la boina blanca siendo en su caso la chaqueta gris ausente.
Resistir no pudo la carcajada grácil nacida de la coincidencia, más debió cortarla a medio camino con la mano derecha puesta en la boca al verle girarse en una dirección cercana a la suya. Se enderezó e intentó emular la rigidez del poste, aventurándose a inmiscuir la mirada solo cuando unos pasos se oyeron batallar con la poca nieve.
A la niebla vio devorar la silueta, como espectador insulso le golpeó el impulso de perseguirla, pero el sabor vívido de cada palabra nociva frenó sus ansias.
Por un momento sintió paz, en medio del remanso su razón adquirió nitidez.
Le bastó volver a verla por menos de diez segundos para recobrar el ánimo.
—.—
Diecinueve vasos.
Los contó en la bandeja, mordiéndose el labio al hervir en la rabia de capitular en el número la edad actual de Katsuya. Furibunda consigo misma se obligó a disponer premurosa el número veinte, en el intento flaqueó su mano al computar la edad futura en los próximos catorce días.
Harta, engullida, ofuscada hasta en los tuétanos armó borbollones de agua en el cúmulo del lavadero; salpicándose la ropa junto a la respiración descontrolada por la ira piloteando las manos con que agredía el agua. Acorralada en los callejones del fastidio sin otra salida que la resignación, creyó oír su orgullo revelar entre risas cuanto extrañaba a Katsuya.
Estando al punto de reconocerlo, la flamante voz identificada en la inmediatez acalló sus cavilaciones.
— ¡Yu, debes ver esto! —Su compañero de trabajo se adentró en la cocina con los ojos verde acuarela destellando emoción inusitada, a la vez exaltada en sus rasgos juveniles y cabello negro semi rizado.
Le sonrió como los rescoldos de su ánimo enteco le permitieron. Alejándose del lavaplatos pese a tener las manos húmedas, le siguió cual cordero manso sin modular oración alguna frente al monólogo disparatado donde a Kyoka recreó en carne viva.
La euforia de quien le aventajaba por tres años, muy a presar de no demostrarlo sus facciones juvenecidas, supuso tan inmensa que no percibió en su actitud el desinterés mostrado.
La cabeza dejó asomada en el umbral de la cocina, desde allí el asombro le dilató los párpados a un extremo inhumado.
— ¡Mira nuestro cliente estrella, Yu! ¡El imbatible John Claude Magnum! —En efecto, el aludido ocupaba una de las sillas en mesa de primores, vestido como todo galán extraído del suspiro en los labios de quinceañeras enamoradas.
El traje blanco planchado con esmero, la camisa de rayas verticales de un lila pálido, expuesta bajo el saco poniendo en evidencia los músculos bien torneados y el lazo púrpura débil con delicadeza entrecruzado por el pequeño broche a la altura del cuello. Pero no fueron tales atributos quienes dejaron a sus ojos azules tan tiesos como quien en las narices tenía el fantasma de un difunto, sino la acompañante sentada al lado.
El busier ajustado resaltaba los pechos de por sí enormes, acentuar los botines color morado ascender hasta la mitad de los muslos le llevó a deducir una falda corta, la ondulada melena rubia gozaba de albedrío y con las luces del Izakaya espejeaban las joyas en los zarcillos, así como el para ella excesivo maquillaje en el semblante.
Mai Kujaku.
Reía encaramada en su propio esplendor mientras el actor le servía más Sake en la copa cristalina, coqueteándole sin recato en cada sesgo de oportunidad, una que el tildado Magnum pareció interpretar al besarle indiscreto un hombro en cueros. Ella no replicó u gesticuló descontento.
Pensó en Katsuya.
En todas las ilusiones depositadas en aquel cofre inicuo.
Por sus venas corrió el deseo de halarle los cabellos y barrer con ella todo el Izakaya para después tirar su cuerpo raspado en el contenedor de basura más cercano donde al día siguiente el camión le recogiera dejándole abandonada en algún vertedero cundido en ratas que más tarde se desayunarían con su carne hedionda.
— ¡Es mi actor preferido! Lamento no tener batería en el celular para pedirle una fotografía…
No obstante, el anhelo escollado de su compañero encendió en ella el bombillo negro de la venganza.
No por ella, sino por Katsuya, quien no merecía tal abominación pese a estar con él enemistada.
Parada en el umbral tentó su cuerpo en busca del obsequio entregado en las pascuas pasadas, y al extraerlo del bolsillo agradeció mil veces haber prometido a Kyoka llevarlo siempre consigo repleto de carga por si alguna eventualidad ocurría.
Secándose una mano en la tela del pantalón, invitó a su compañero a volver a la cocina con un ademán discreto.
— Tómala con el mío, Ai. —Le guiñó un ojo, extendiéndole el móvil tan pronto como traspasó el umbral—. Yo también soy fan de Magnum, pero en esta facha no quiero ser retratada, solo te pido tomarle a él, antes de la tuya, una fotografía donde aparezca más encandilado con la rubia. —Su compañero ensanchó la curva de la sonrisa muy a la par con los surcos de las orejas—. Con la tecnología de punta en nuestros días, es bastante fácil cambiar en una fotografía el lugar de una persona por el de otra, ¿no crees?
La intención falsa dejó implícita en la última oración.
— ¡Muchísimas gracias, Yu! ¡Espera aquí tu fotografía!
Así lo hizo.
Tras sostener una vez más el aparato e ignorar la pila de agradecimientos por parte de su compañero, miró el retrato por mucho suficiente a su hambre de justicia.
El famoso John Claude Magnum besaba con sigilo el cuello blanquecino de la encantada Mai Kujaku.
"— Yaces en la palma de mi mano, zorra maldita—."
"Ai" NO es el nombre del compañero de trabajo de Yura, es la manera abreviada de la palabra "Aibou" que en japonés, como muchos saben, significa "Compañero". Ella lo llama así de cariño pues él también le dice "Yu" con la misma intención. Aunque "Ai" en japonés, también significa "Amor" (creo... ¡Corríjanme! xD).
*¿Recuerdan a John Claude Magnum? ¡Sí, es la misma versión animada de Jean Claude Van Damme que aparece en el capítulo 80 de anime! (?) Hasta entonces es la única referencia tomada del anime, luego casi todo seguirá siendo raído del Manga.
¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES, DE GRACIAS POR LEER/COMENTAR!
