Krilin despidió a los dos clientes y, atravesando el gran vestíbulo, se dirigió al despacho de la jefa.
—Creo que por hoy hemos terminado, señorita Saiyaman.
Pan sonrió de aquel modo en ella peculiar, mezcla de melancolía y tristeza, y asintió.
—Su esposa se acaba de marchar. Lo espera en casa.
—Sí, ya me llamó por teléfono —y suavemente añadió—, ¿no viene a comer con nosotros?
—Gracias, Krilin. Subiré en seguida a mi casa. Lunch me espera.
—Está usted siempre tan sola —se lamentó Krilin—. Lázuli y yo lo hablamos esta mañana antes de abrir el salón. Debería casarse usted.
—¡Quién piensa en eso! —y riendo—, no soy tan valiente como usted. Pero me satisface verlos felices.
Krilin apreciaba a su jefa. A su lado empezó a trabajar tres años antes.
En aquel entonces, Son Pan aún tenía el rostro enrojecido a causa de la cirugía estética a que se había sometido. Fue así como empezó. Cuidando su propia cara. Descubrió que se podían hacer cosas extraordinarias con el cutis. Krilin y ella coincidieron en un restaurante.
Krilin, químico, buscaba una colocación. Había llegado de una ciudad próxima a la Capital del Norte aquellos días. Le contó su historia. Sus padres habían muerto. No le dejaron dinero, pero sí un título con el que pensaba defenderse. Pan reflexionó mucho durante esos días. Krilin no tenía dinero, pero era químico… Una tarde se lo propuso.
—Krilin, han muerto las personas que me protegieron y me dejaron todos sus bienes. Los he vendido y he venido a la Capital del Norte, no sólo a arreglar mi rostro mutilado por la viruela, sino a hacer algo de provecho. Soy enfermera. ¿Qué le parece si unimos nuestras fuerzas?
Al cabo de seis meses, la clínica cosmética y el salón de belleza tanto en tan poco tiempo. Pero, ciertamente, se impuso.
—Pues debería casarse usted, insistió Krilin, tocándose la nunca.
—Cállese, Krilin. No es fácil encontrar el amor.
—Ya ve usted cómo yo lo encontré —se sonrojo.
Pan volvió a sonreír. Estaba guapísima. Había en ella una madurez prematura y en sus ojos, la hondura de una gran pena. Esto, lejos de restarle encantos, se los aumentaba.
—Su esposa lo está esperando, Krilin. Corra a su lado.
Krilin comprendió que la cansaba y se despidió hasta el día siguiente. Las manicuras y masajistas empezaban a desfilar en ese instante. Todas lo saludaban con una sonrisa. Krilin cerró todas las puertas y subió a su casa. Vivían en el primer piso del edificio. Pan en el segundo, sola, con una muchacha que se dedicaba a cuidar la casa.
"Mucho dinero", pensó Krilin, "pero sin felicidad." ¿Qué había en el pasado de Pan? No sabía de dónde venía ni quién era. Sabía únicamente que tenía pocas ilusiones respecto del futuro sentimental. ¿Acaso un amor desengañado?
Bueno, sería mejor olvidarse un poco de Pan. Tenía a Lázuli esperándolo en casa y la amaba.
Abrió la puerta. Casi inmediatamente unos brazos lo aprisionaron.
—Lázuli…
Lo besó en plena boca. Krilin tenía treinta y cinco años y ella lo enajenaba. Fue un flechazo por parte de ambos.
Sentía los pasos de Lunch. Era grato sentir su compañía.
—Señorita…
—Dígame, Lunch.
—¿No se acuesta? Yo, con su permiso, me voy a la cama.
—Buenas noches, Lunch. Yo me quedó un rato más.
—Pero si ya está apagada la televisión. ¿No terminó hace rato la programación?
—Sí. Me agrada este silencio. Invita a la reflexión.
—Está usted demasiado sola.
—Ande, váyase.
Pan echó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos. Evocó aquellos días… El esfuerzo de Lapis… Sabía que lo tenía a pocas manzanas de su casa. Durante esos terribles días llegó a creer que ya no era un egoísta. Incluso olvidó el engaño de que eran víctimas los clientes. Indudablemente ahora que tenía clientes millonarios, que era el médico de moda de la gente rica, aún engañaría. Con mayor motivo quizá, puesto que había más dinero. ¿Se había casado? No, mientras hubiera mujeres estúpidas como ella, dispuestas a hacerlo feliz.
Sintió rabia y vergüenza.
Pensó después en Lázuli. Una de los hampones convertida en mujer decente. Puede que algún día hubiese sido una canalla. Era una mujer enamorada, trabajadora y utilísima para el negocio.
¡Su negocio! Nunca creyó llegar a ser lo que era en realidad. La mujer de moda en cuestión de cosméticos. Las mujeres del jet set pasaban por su salón, se maquillaban y adquirían allí los productos más caros. Sonrió sarcástica. La fortuna acudió a sus manos desde ese día, cuando se vio por la noche amontonada entre los demás cadáveres.
Apretó las sientes. Le estallaban. Siempre que recordaba el pasado, sentía ese estallido infernal. Pero, terca o apasionada, seguía pensando.
Los viejos de la hacienda la recogieron.
Aquellos dos seres, que no hacía mucho habían perdido a sus dos hijas, recibieron a Pan con la misma ilusión que si fuera una de ellas resucitada. Quisieron llamar al médico.
¿Al médico? ¡Oh, no! Protestó enérgicamente. La fase de peligro ya había pasado. Permaneció allí, postrada en la cama, más de seis semanas, al cabo de las cuales, y cuando se miró al espejo y se vio horriblemente mutilada, lloró con desesperación.
Dos meses después, los dos pobres viejos, consumidos por el dolor de haber perdido a sus hijas, fallecieron. Pero antes enviaron a buscar a un notario y le donaron todos sus bienes.
Para entonces, ella ya sabía que Lapis se había ido de la pequeña ciudad. Y ni siquiera reclamó su cadáver.
Una vez muertos los dos ancianos, ella no esperó más que lo justo para arreglar todos sus asuntos y vender cuanto antes lo que le quedaba. Luego se trasladó a la Capital del Norte, porque si se mudaba a ciudad Satán, seguramente estaría ahí Lapis triunfando como siempre quiso, pero después estaría totalmente equivocada. Lo primero, una cirugía estética. Lo que nunca creyó fue vencer en aquella lucha y salir totalmente victoriosa.
Suspiró. La rendía el sueño. Nunca más pensaría en todo aquello. Seguro que un día cualquiera leería en los periódicos la noticia de la boda de Lapis Diecisiete… Sí, una boda a medida de sus ambiciones.
Era la hora de mayor trabajo en el salón de belleza.
Lapis no entendía nada de semejantes cosas. Esa tarde, antes de abrir su consulta y tras hacer unas visitas profesionales, al pasar ante el edificio de la calle 53, detuvo su auto y saltó al suelo.
Tal vez, pensó, Lázuli lo había engañado. En el fondo, él sintió una gran satisfacción de saber que su hermana se había casado.
Tiró el cigarrillo al suelo. Después miró a lo alto. Subiría un rato y conocería a Krilin. No tenía familia y se sentía muy solo. A veces experimentaba un loco deseo de compartir con alguien sus penas.
Se perdió en el ascensor y presionó en el piso de su hermana.
Salió una sirvienta uniformada.
—¿Qué desea, señor?
—Ver a la señora Dieciocho.
—¡Oh! Está abajo, en su oficina.
—Gracias.
Bajó las escaleras. Empujó la puerta y se perdió adentro. Puertas y más puertas. Todo deslumbrante. Sonrió. "Nunca pensé", se dijo, "que las mujeres necesitaran tanto para embellecerse".
Una joven vestida de azul celeste se le aproximó.
—¿En qué puedo servirle, señor?
—Busco a la señora Dieciocho.
—En la oficina. Ahí, al fondo.
Con gran curiosidad, Lapis observó por una puerta. Un amplísimo salón y muchas mesas. Parecían operatorias. Envueltas en batas blancas, las clientas. Moviéndose por allí jóvenes con batas azules.
"Esto parece una clínica" —murmuró—. Siguió por el pasillo. Contaba con una hora antes de abrir su consulta. Encontró a dos jóvenes que portaban un carrito de mano, en el cual se entremezclaban montones de frasquitos blancos y rosas. Lo miraron con curiosidad.
No era un gran tipo. Pero tenía algo que llamaba la atención. Tal vez el brillo de sus ojos o, pudiera ser, la expresión de su boca.
Empujó la puerta donde decía Administración. No cedió.
Tocó por dos veces.
Casi inmediatamente se abrió la puerta y apareció Lázuli con los cabellos cayéndole sobre la frente y los ojos protegidos por gafas.
Al ver a su hermano se las quitó y se echó a reír.
—Como ves —gruñó—, ya no soy la joven de ojos de lince. Pasa, Lapis. No te esperaba.
—Soy tu hermano, dijo Lapis.
—Ciertamente. Pasa y cierra la puerta. Eres mi hermano, pero nunca lo exteriorizamos, ¿no es cierto? Siéntate, Lapis. ¿Cuentas con mucho tiempo?
—Una hora escasa.
—Entonces llamaré a Krilin. Verás qué chico más lindo.
Como siempre, Lázuli hablaba hasta por los codos. Rodó los ojos.
Lázuli marcó el teléfono y en seguida se oyó una voz.
—¿Qué desea, señora Dieciocho?
—Por favor, avise al señor Krilin que pase por mi oficina.
—Sí, señora.
Colgó y miró a su hermano.
—¿Te das cuenta, Lapis? Esto es casi tan importante como tu clínica. Ya sé que ganas mucho dinero.
—Soy un buen médico.
—Lo sé. Pero tuviste más suerte que inteligencia.
—Lázuli… tú siempre la misma.
La hermana mayor se echó a reír.
—No seas susceptible —y sin transición, añadió—, ¿qué haces que no te casas? ¿Sabes —agregó, como si recordara algo interesante— que serías un marido estupendo para la señorita Saiyaman? Ella también se pasa la vida sola. Es una mujer linda —prosiguió en voz baja—. Bajo la voz —rió— porque si viene Krilin y me lo oye decir…
—¿Qué pasa, Lázuli?, preguntó Krilin entrando.
