Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.
Edades:
Edward: 10
Bella:10
Alice: 10
Jasper: 10
Emmett: 11
Rose: 11
Capitulo 9: Asimilando las malas noticias.
Bella se removió en la cama. Sentía el desagradable olor del alcohol impregnarse en su nariz.
— ¿Isabella? —llamaba Alice. Le costaba reconocer a quien le pertenecía pues era lejana. Fue venciendo la oscuridad poco a poco; se desvanecía con una lentitud desesperante. Alice tenía el rostro anegado en lágrimas y, apenas abrió sus ojos ella gritó: — ¡Bella!
Los rayos de sol lastimaban sus ojos, acostumbrados a la oscuridad. Los recuerdos eran borrosos, como si los viera a través de un manto. Se cuestionaba si solamente había estado soñando.
Por la ventana entraban los rayos de luz iluminando la habitación. Tenía recuerdos borrosos. ¿Qué había pasado? ¿Había sido todo un sueño?
— ¿Qué está pasando? —inquirió, dudosa.
Alice la ignoró, siendo interrumpida por sus propios lamentos.
— ¡Oh, Bella! Estaba tan preocupada… Creí que habías muerto —dio ella entre lágrimas, brotando si tregua de sus ojos.
—Alice —negó con la cabeza, ella siempre se adelantaba a los hechos. Se sentó con cuidado en la cama y la abrazó. Le dio una pequeña sonrisa y, como ella había hecho el día anterior, enjugó sus lágrimas. —No llores—soltó una risilla —. Estoy bien, nadie ha muerto.
Alice se tensó entre sus brazos.
—No recuerdas lo que sucedió antes de que te desvanecieras, ¿cierto?
—Bueno, recuerdo a Charlotte llorando y… nada. ¿Hay algo que debería de recordar? —la brillante curiosidad en sus ojos hizo a Alice tragar en seco.
Alice mordió su labio inferior, manía que había copiado de Bella.
—Bella, no creo que yo sea la indicada para decírtelo —vaciló, moviendo sus manos nerviosamente.
A Bella le irritaba que le ocultaran secretos. Enarcó una ceja, escrutando a su amiga, intentando averiguar de qué hablaba.
—Claro que eres indicada —dijo un par de octavas más alto. —Eres mi mejor amiga.
—Oh…Está bien —cedió —. Siéntate.
—Alice, —puso los ojos en blanco—estoy sentada.
—Oh, claro —soltó una risilla tonta, nerviosa de lo que se vería obligada confesar.
—Dilo —instó —. Ahora.
—Tu abuela, Bella —dijo con un hilo de voz, escapando de su mirada. Entre sus dedos estaban su cabello oscurísimo, suave al tacto, alborotándolo. —Ella…
Comprendió que no había estado soñando. Con el aire atorado en la garganta, cerró los ojos, esperando a desmoronarse ahí mismo. Sentía su pecho arder, como si le hubiera arrancado una pieza fundamental.
—Murió —terminó. Respiraba profundo, pero el oxigeno nunca era suficiente.
—Lo siento —farfulló. —Lo siento muchísimo.
Podía comprender que también representaba una pérdida de un ser querido para ella, pero estaba segura que era algo que podría olvidar pronto; para ella sería mucho más que eso.
Alice le dio el soporte que necesitaba. La dejó mojar su hombro hasta que volver a conciliar un sueño profundo, turbado por pesadillas en las que se veía sola, sin nadie a quien llamar o acudir.
Corría por un interminable pasillo, con desesperación cuando chirrido de la puerta la hizo abrir los ojos. Nunca había agradecido tanto despertar; no hasta que la realidad la golpeó con incluso más fuerza que la madrugada de ese mismo día.
Se incorporó con lentitud. Miró a su alrededor tratando de guardar la calma y no romper a llora de nuevo. Se encontró con Charlie a su lado, sobresaltándose.
—Papá —gimió. — ¡Mi abuela, papá! —soltó un sollozo ahogado. Abrazó sus rodillas, hundiendo su rostro entre sus piernas. La pena que la embargaba era ineludible. Sus lloriqueos eran estridentes, tiritaba violentamente, aún sin dar la cara.
Charlie la envolvió en sus brazos. A ella se le antojó una sensación extraña; habían pasado semanas desde la última vez que la había abrazado. La estrechaba entre sus brazos con el cariño que jamás demostraba, pero ambos sabían que existía. Sus brazos largos abarcaban fácilmente su menuda y temblorosa figura.
—Tranquilízate —rogó —. Sé cuánto te afecta, pero es irremediable, Bella. A tu abuela no le hubiera gustado que sufrieras por ella.
—¿Mamá…? —. Había tantas cosas que quería preguntar que todas se arremolinaban en su lengua. Finalmente, decidió que no podía terminarla.
—Está Phoenix—explicó con pesar. —Alguien debía encargarse de tu abuela.
—¿Iremos a Phoenix?
—No —dijo tan rápido, como si su veredicto hubiera sido tomado mucho antes de que formulara la pregunta. —Tu abuela descansará aquí, junto a tu abuelo. Renée estará de regreso mañana por la noche —intentó animarla pero su rostro no esbozó ni la más mínima sonrisa. Suspiró, acomodándose en la cama para poder explicarle a su pequeña hija que no estaría su lado. —Debo viajar también.
Bella se desasió de su abrazo, incrédula. ¿Una vez más pondría su trabajo sobre ella? ¡Ella era su hija!
—Bien —murmuró con resentimiento, aunque su voz sonaba tan débil que él no pudo advertirlo. Intentaba permanecer inmóvil para no despertar a Alice.
—Iré a Phoenix, con tu madre —dijo, vacilante. —Ella me necesita. ¿Puedes comprenderlo?
—Sí —susurró. Una parte de ella se alegraba de que el trabajo de su padre no estuviera interfiriendo una vez más; pero otra anhelaba gritarle con todas sus fuerzas que no se fuera, que no la dejara sola. No de nuevo.
—Gracias, cariño —sonrió, mientras besaba su frente. —Tu mamá me pidió que te dijera que lamentaba mucho no estar aquí contigo, —la miró a los ojos, mostrando tanta sinceridad que Bella no pudo evitar derramar una lágrima más —pero debía ir a Arizona. Espera que puedas perdonarla.
Miró sus rodillas un segundo, analizando sus palabras. Se irguió, con semblante serio y mucho más calmado y, devolviéndole la mirada, aseveró:
—No hay nada que perdonar.
Charlie le dedicó una sonrisa. Pequeñas arruguitas rodeaban sus ojos y un solo hoyuelo se formaba en su mejilla izquierda.
—Necesito que Alice y tú se vistan —pidió amable, cosa que parecía imposible con una voz tan ronca. Las ojeras adornaban sus párpados inferiores, señal de una mala noche. —Las llevaré a casa de Esme.
La besó una vez más, rompiendo el record de besos que jamás le había dado en un solo día. Salió del dormitorio, desgarbado y encorvado, con pasos lentos.
Despertó a Alice, moviendo su hombro dulcemente. Ambas se arreglaron con fluidez, aunque ninguna puso especial atención en su aspecto. Bella pensó que debería acostumbrarse al color granate de su nariz, que parecía ser permanente.
No sabía si la forma en que Alice la miraba era lástima o compasión. Como fuera, ninguno de los dos sentimientos le agradaba; no cuando eran dirigidos a ella.
Charlotte fingía ser ajena a la situación, pero sus ojos cristalinos la delataban. Bella tenía un nudo en el estómago y dudaba poder ingerir cualquier cosa, pero le pareció una falta de educación desairar el desayuno que Charlotte le había preparado con tanta dedicación.
Alice, extrañamente, no había dicho ni una palabra. Parecía que sus labios hubieran sido sellados, pues apenas los movió susurrar un agradecimiento. Estaba abrumada, no tenía idea de cómo comportarse.
Bella agradecía su silencio; éste no era incómodo, pero sí angustiante. Le dedicó una pequeña sonrisa, sujetando su mano por encima de la mesa.
Estaban teniendo una de esas conversaciones visuales tan usuales en ellas cuando Charlie las interrumpió. Solamente necesitaban verse a los ojos para conocer los pensamientos de la otra.
—Es tarde —apremió —. Hora de irnos.
Se levantaron de la mesa despacio, desganadas. Tomaron sus suéteres del armario para subir al auto de Charlie. Nunca soltaron sus manos. Permanecían unidas sin ningún esfuerzo, ni siquiera ellas mismas se había percatado.
Se preguntaba si Esme estaría enterada de la situación; se debatió unos minutos si debería preguntar pero no tuvo las agallas suficientes. Ya se enteraría.
Conocía demasiado bien la gran casa de los Cullen, había pasado tantas tardes ahí que no podría contarlas.
Esme los escuchó aparcar desde el interior de la casa. Se apresuró a la puerta y, corriendo, atravesó el jardín para acercárseles. Sus ojos estaban tan rojos como la nariz de Bella. Ella evadió la mirada de Esme; apenas podía afrontarlo para sí misma, no sabría qué hacer cuando alguien más lo mencionar.
No necesitó pensar mucho la respuesta. Esme era maternal por naturaleza. La rodeó con sus brazos y de inmediato notó la diferencia de su abrazo al que Charlie le había brindado. El de su padre había sido torpe, inseguro de cómo seguir adelante y, en cambio, el de Esme era firme aunque compasivo.
—Lo siento tanto —musitó contra su oído.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, una vez más. No sabía con exactitud cuándo podría dejar de dolerle. En medio de sus gemidos, se coló el pensamiento de cuánto le gustaría que su madre estuviera ahí. Pero no estaba. Podía entenderla, pero no por eso su corazón dejaría de necesitarla. No estaba, pero estaba Esme. Ella estaba ahí, abrazándola, brindándole su cariño en el pórtico de su casa.
—Gracias, Esme —murmuró Charlie, bajando su mirada avergonzada. —No sé qué haría si no estuvieras aquí. Renée quería permanecer aquí pero…
—Está bien —lo interrumpió—. Ella siempre será bien recibida en nuestro hogar. Vete o llegarás tarde —sugirió mientras miraba su reloj de mano.
—Oh —murmuró para sí mismo. Besó la frente de su hija y, tras arrodillarse frente a ella, agregó: —Mamá y yo estaremos de vuelta antes de que puedas darte cuenta de que no estamos.
Él caminó hacia el auto, tan desanimado como antes. Observó cómo el auto de Charlie se alejaba por el sendero.
—Vamos, —Esme la sacó de sus cavilaciones —entremos.
Hasta el momento que atravesó el umbral notó que aún sostenía la mano de Alice. Dejó caer su brazo a su costado cuando Rosalie la abrazó tan fuerte como pudo. Sus brazos eran casi tan delgados como los de Alice.
—Lo lamento tanto.
Bella se resignó a que todos dirían exactamente lo mismo y, por sinceros que fueran, no aliviaban ni un ápice el sentimiento de pérdida que la hería segundo a segundo.
Emmett la miraba, tratando de sonreírle. Ella fue incapaz de corresponderle, incluso cuando rodeó su cintura. No tenía esa sonrisa contagiosa, jocosa, en bailando en sus labios; no de esa forma tan peculiar de Emmett, sonriendo con los ojos.
Jasper no dijo nada, solo la miró, atravesándola con sus ojos. Escrutó cada sentimiento reflejado en su rostro y, de alguna forma, le hizo saber cómo se sentía sin expresarlo.
Miró, detrás de Jasper, a Edward. Sus ojos estaban tan enrojecidos como los de ella. Sintió que su pecho se oprimía —más, si es que eso era posible. Edward jamás lloraba.
—Oh, Bella —suspiró. Torció los labios, observando que sus lágrimas reanudaban su trayecto a través de sus mejillas. Unas cuantas alcanzaban su cuello, secas, brillando a contraluz.
Una vez más, fue abrazada por unos brazos cariñosos que le demostraban cuánto la amaban y que no tendría que estar sola. Se permitió descansar su peso contra su cuerpo, devolviéndole el abrazo por primera vez con la necesidad de sentir apoyo.
— ¡Se fue, Edward! —sollozaba acongojada. — ¡Se fue! Me dejó sola.
—No estás sola —confortó —. Yo no te voy a dejar nunca.
Él era su mejor amigo; su pañuelo de lágrimas. Era la persona que siempre la comprendía y la hacía entrar en razón, por muy duro que fuera. Él era quien la aconsejaba y la cuidaba; la consolaba. Se había ganado su confianza con el tiempo.
Bella se decía a sí misma que lo que sentía hacia él era sólo un enamoramiento tonto, que olvidaría pronto. Y, a pesar de todo, era con él con quien quería desahogarse y llorar hasta quedar afónica.
Él hizo que se sentara en uno de los sofás. Estaba tan distraída que no se había dado cuenta que los demás se habían retirado.
—No llores —dijo suplicante. No era la primera persona que se lo pedía aquél día. —No me gusta verte llorar.
—La voy a extrañar tanto —sus hombros vibraban, lo que no le permitía hablar con claridad. —¿Sabes? Ella siempre decía que eras el mejor amigo que pudiera tener. Te estimaba.
—¿En serio?
Ella asintió. Inspiró profundo, tratando de relajarse, tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no derramar más lágrimas.
—¿Y tú piensas lo mismo?
—Sí, yo también lo pienso —murmuró con voz ronca después de haber gimoteado por un largo rato. Su rostro se ruborizó apenas un tono más del color que ya había alcanzado.
Edward le dio una de sus sonrisas torcidas, esas que nadie más podría esbozar y conseguir el mismo efecto en ella.
—Eres mi mejor amigo —confesó. Él mantenía su brazo firme alrededor del cuerpo de Bella, brindándole un sentimiento de protección.
—También lo eres —aceptó. —Nunca voy a dejarte sola, te lo prometo.
Habían adoptado una posición en la que ella no podría ver su rostro pero cuando él alzó su dedo meñique, no dudó en envolverlo con el propio.
Hicieron un par de confesiones que podrían tener más de un significado pero ninguno de los dos lo entendió. No se separaron ni un centímetro en varios minutos.
—Una moneda por tus pensamientos —dijo repentinamente.
Ella suspiró, sabiendo que de una forma u otra, lograría que ella le dijera la verdad.
—En mi abuela —contestó. —Y…
La sencilla palabra quedó en el aire, sin tener la más mínima intención de esclarecer la semilla de la duda que había plantado en la cabeza de Edward.
—¿Y…?
—En ti.
Levantó su cabeza para observar la reacción de Edward. Él había sonreído con divinidad, una sonrisa propia de alguna deidad. Quiso esconder su rostro, que se había sonrojado por su revelación.
—No te avergüences —rió. —Yo siempre pienso en ti, y no me apena admitirlo.
Se desasió de su abrazo para recargarse contra el cómodo respaldo del sillón. ¿Qué debía de responderle? «Pienso en ti más de lo que debería».
Él decidió que, aunque pudiera ser el peor momento, si no le decía lo que sentía justo en ese momento, quizá no tuviera otra oportunidad.
—Bella—llamó su atención.
Ésta movió sus ojos chocolate en su dirección penetrándolo con una sola mirada. Tragó en seco, nervioso.
—No sé cómo decirlo—admitió avergonzado. Su rostro había enrojecido, miraba en cualquier dirección menos hacia ella, fingiendo que sus zapatos eran lo más interesante que jamás había visto. —Te quiero —dijo en voz casi inaudible.
—Yo también —contestó ella de inmediato. —Mucho.
—No, —dijo entre dientes —no me estás entendiendo. Tú… yo… bueno…
—¡Aquí están! —chilló Emmett, feliz de haber logrado su objetivo.
—Estúpidos hermanos mayores —murmuró Edward por lo bajo.
— ¿Qué es lo que me ibas a decir? —inquirió Bella con auténtica curiosidad.
—Yo…—tartamudeó sintiendo que el mundo se le vendría encima. —Lo olvidé —mintió con descaro sin que ella pudiera notarlo.
—¡Emmett! —regañó Rosalie —. Lo has vuelto a hacer.
—¿Qué hice esta vez? —gimió resignado a aceptar su culpabilidad.
—Es evidente que estaban ocupados —reprochó ella sin una pizca de compasión.
Emmett se ruborizó, apenado de sus impulsos. Comenzó a murmurar disculpas sin sentido, combinadas con excusas acerca de que era su casa y no tenía porque imaginar que interrumpiría…
—Jasper, —dijo Alice —¿por qué no retas a Emmett a una de sus interesantes peleas? Estoy segura de que ganarás…
Fue suficiente para que Emmett detuviera su monólogo y se fuera contra Jasper, llevándolo muy lejos de esa habitación.
—Prepárate para perder —insinuó Jasper.
—¿Vienes, Edward? —preguntó con la inocencia refulgiendo en sus ojos. La mirada que Alice le brindó le indicó que era tiempo de partir.
—Jasper, sácalo de aquí antes de que no pueda controlarme —sugirió Rosalie, acomodando su melena rubia, mirando a Emmett con indiferencia.
—¿Sabes qué? Olvídalo, adiós —dijo el mayor de los Cullen, apresurándose a salir de la vista de sus hermanos.
La sala se llenó de un silencio. Era demasiado embarazoso pues Alice y Rosalie observaban fijamente la posición de sus amigos. Ellos se removían incómodos en el sofá sin mirar nada en especial. Alice creyó que era momento de retirarse.
— ¡Mira, Rosalie, una ardilla! —habló con voz estridente y aguda, fingiendo emoción. Señaló el ventanal que tenía vista hacia el jardín trasero.
— ¿Dónde? —cuestionó con ingenuidad, similar a la que Emmett había demostrado unos segundos antes.
—Ven, es por aquí —apuntó Alice en una dirección lejana.
—Pero no la veo —se quejó, queriendo ver lo que Alice.
—Rosalie, vamos a buscar a la maldita ardilla, ¿de acuerdo? —gruñó apretujando su brazo con los dedos. Su boca era una línea tensa. — ¡Oh, Dios mío! Capturaremos una ardilla —disimuló un entusiasmo inexistente, corriendo hacia la puerta.
— ¡Oh! —comprendió la rubia. —La he visto —actuó con excesiva naturalidad, dándole un aspecto completamente falso. — ¡Corre porque se escapa!
Cuando hubieron cerrado la puerta tras ellos soltaron una carcajada, su mala actuación era cómica. Ella creyó que la risa de Edward era musical, casi tanto como las notas que se desprendían del piano cuando se sentaba frente a él.
La cabeza de Bella estaba recargada en su hombro, sin importarle cuán despeinada pudiera lucir. Alzó el mentón acercándose despacio hasta el rostro perfecto de Edward y depositar un corto beso en su mejilla. Sus labios cosquilleaban cuando tocaban su piel y, aunque no fuera a admitirlo, era una sensación muy agradable.
—Gracias —soltó él en un momento de sinceridad en demasía. Ella enarcó una ceja, la confusión no duró mucho pues él agregó: —por el beso.
—Oh —atinó a decir. —Gracias por permitirme darte un beso.
Él le devolvió el gesto con un dulce beso. Ella pensó que la corriente eléctrica que bailaba entre ellos era lo más maravilloso que pudiera sentir
Se acercó a mi mejilla y le dio un beso. Fue el beso más maravilloso que alguien me había dado.
— ¿Estás mejor? —quiso saber, honestamente preocupado.
—Bueno, siento… siento un vacío dentro de mí. Sé que nadie podría llenarlo porque fue alguien muy especial y nada podría compararse con sus sonrisas que jamás volverá a mostrar, sus abrazos que no recibiré nunca más y sus consejos cuando me veía llorar—suspiró, evitando el dolor que amenazaba con instalarse de su cuerpo una vez más. —Pero me siento mejor, gracias.
—Me duele verte llorar —admitió con franqueza.
— ¿Qué más da? —bufó. —Todo el mundo llora.
—Pero tú eres diferente —defendió su punto de vista. —Eres especial.
—Tú lo eres —vaciló un segundo antes de continuar: —Nunca le digas a nadie pero te quiero más que cualquier otra persona que haya conocido.
—Nunca se lo digas a Alice —cuchicheó él con su voz de terciopelo—. Pero te quiero más que a ella, o quizá de diferente…—.Dejó pasar unos segundos en silencio, tal vez demasiado confortable como para interrumpirlo. — ¿Me prometes algo? —pidió, rogando porque aceptara.
— ¿Sobre qué?
—No vuelvas a llorar.
—Tengo una condición—negoció encontrando su mirada con la de él.
— ¿Cuál?
—Debes permanecer conmigo.
—De todas formas estaría contigo —se encogió de hombros, restándole importancia a su requerimiento.
— ¿En serio?
—Ajá —balbuceó Edward.
—No puedo prometerlo —lamentó —. Extrañaré mucho a mi abuela.
—De acuerdo, puedes llorar pero sólo si estoy contigo —bromeó.
— ¿Qué quieres decir?
—Prometo que estaré siempre para ti si tu prometes que me buscarás a mí —condicionó, remarcando el pronombre.
— ¿Por qué?
—Porque me pondría celoso —reconoció con simplicidad, dándole una sonrisa como respuesta a su mirada extrañada.
—Bien —accedió —. De todas formas no querría que alguien más estuviera conmigo. Pero no debes abrazar a otras niñas —advirtió, cual novia celosa. —Sólo Alice o Rosalie.
—Está bien, lo mismo para ti.
—Edward —murmuró entre dientes — ¿irás al funeral de mi abuela?
Él enjugó sus lágrimas apenas cayeron de sus ojos, escapando rápidamente por su piel. Besó su frente con cariño y aseguró:
—Lo que sea que necesites.
—Distráeme —pidió, en un intento de olvidar cuanto hubiera sufrido las últimas horas. —Por favor —agregó con un deje desesperado.
Edward se puso de pie de un salto, con garbo y sin el más mínimo traspié. Ocupó el banquillo frente al hermoso piano de cola ubicado en el salón. A través de los años había mejorado notablemente su ya evidente habilidad; sus dedos eran hábiles y se movían con sigilo sobre las teclas creando una sinfonía armónica y tranquilizadora, que transmitía sentimientos mediante las notas…
— ¡Es la canción de mi caja de música! —exclamó en voz baja, sin intención de distraerlo..
Esme le había regalado una delicada y antigua caja de música tiempo atrás; era absolutamente exquisita, de madera suave y sin una sola imperfección a pesar del tiempo. Ella amaba darle cuerda y disfrutar de la melodía brotando por algún lugar debajo de la bailarina que danzaba en círculos sobre la plataforma.
—Aprendí a tocarla cuando supe que te gustaba—reconoció en un susurro sin interrumpir el movimiento coordinado de sus dedos.
—Guau, gracias, Edward —murmuró con un sonrojo sutil que él no dejó pasar.
Se encogió de hombros suavemente, restándole importancia.
—Me gusta verte sonreír—confesó sin una pizca de timidez. —Y también cuando te ruborizas—rió, haciendo referencia al evidente color escarlata acumulado en sus mejillas. —Luces bonita.
Bella puso sus ojos en blanco, su tendencia a exagerar las cosas comenzaba a tornarse extrema.
—No soy bonita —replicó.
—Eres casi tan obstinada como bonita —argumentó. —No discutiré contigo sobre eso, sé que tengo razón y eso es suficiente para mí.
Por alguna razón, nadie trató de unírseles en sus actividades. Hicieron tantas cosas que perdieron la cuenta después de un par de horas… No era desperdiciar el tiempo en nimiedades, era aprender a divertirse sin tomar en cuenta la hora que marcaba el reloj.
Compartían miradas expresivas y sonrisas íntimas. Habían fortalecido la conexión entre ellos que ya existía y vibraba a su alrededor.
Él era la única persona capaz de hacerla olvidar la opresión en su pecho y sonreír abiertamente. No había hecho mucho por ella, excepto demostrarle que no era necesario encerrarse en sí misma y afrontarlo sola.
Permanecieron juntos sin distanciarse ni un segundo hasta que la noche cayó y sus estómagos gruñían hambrientos y vacíos. Habían olvidado por completo ese detalle de su estructura humana.
Una hora después, completamente satisfechos, se tumbaron juntos en un sofá mirando sin mirar la televisión que les mostraba una película animada, una de sus favoritas.
Toy Story se desarrollaba en la pantalla. Conocían tan bien los diálogos que eran capaces de repetirlos al unísono que los personajes. Antes de que Woody y Buzz pudieran alcanzar el camión de la mudanza, ella había caído rendida por el cansancio, recostada en el hombro de Edward. Él le sonrió, aunque ella no pudiera verlo pues se había sumido en un sueño profundo. Murmuraba palabras ininteligibles entre las cuales pudo escuchar su nombre.
Él no permaneció despierto mucho después. Durmió plácidamente con su mejor amiga entre sus brazos.
Nota Original
¡Lo siento! Se que dije que actualizaría ayer pero no pude T_T y veanme aqi... a las 6 de la mañana actualizando, no he dormido nada por escribir. Yosbelt, si voy a dormir preferiría escribir pero... bueno, si mi mamá me ve en la compu a esta hora me va fusilar, obviamente no me va a creer que me levante temprano, empezando por el pequeñisimo detalle que mi cama sigue alzada y terminando las enomes ojeras en micara
Quiero agradecer a todos por haber dejado su review, agragarme a favoritos, ponerme alertas o simplemente haberlo leido. ¡Son geniales, chicas! También gracias a Yosblet Cullen por haberme ayudado con la pelicula. TOY STORY! amo esa pelicula! jaja gracias yosbelt por ayudarme!
Espero que les haya gustado. Espero su review! YA saben, lo qe sea, no importa aunqe se un 'me gusto' o un 'lo detesto cono toda mi alma, no escribas más eres un insulto para fanfitction . net' eso si, por favor critica constructiva, tampoco qiero que me insulten...
Besos...
Editado. 20.01.11.
¿Reviews?
By,
LizBrandon
