Mi primer día de institutora había llegado, bueno aquí en Forks, y los nervios no paraban de atacarme

Dejé la maleta en el primer sitio que encontré y entre refunfuñando en casa.

Entré la cocina y abrí la nevera para coger un bote de leche del que bebí a morro.

Me senté en una de las sillas de la mesa. De repente. Unas estúpidas ganas de llorar me entraron. Las lágrimas salieron por si solas y las convulsiones empezaron a hacer mella, haciendo que todo mi cuerpo saltara.

Hoy había sido un día horrible. Ian parecía enfadado conmigo, no me había hecho el más leve caso cuando le esperé en el parking del colegio. Me había dado las llaves y sin pronunciar una mínima palabra se fue sin mirarme siquiera.

Edward Cullen, me odiaba y por eso quería cambiar la clase de biología.

-¿Algo más?-pregunté con rabia.

-De momento, no.

Salté en la silla cuando escuche esa dulce y alegre voz. No me esperaba contestación, era una pregunta retórica.

-Oh, vamos-murmuró-, no te quedan bonitas las lágrimas, quieres que yo también me sienta mal-añadió con un puchero realmente tierno.

-Dudo que te vayas a poner triste solo porque yo lo esté-critiqué.

-Pues créelo, soy capaz de sentir empatía.

Aquellas palabras estaban teñidas de tanto dramatismo que no pude evitar reírme y ella se unió a mí.

-Venga, vamos.

Tiró de mí para que me pusiera en pie y me arrastró hasta su coche.

El Volvo plateado de Edward Cullen descansaba justo delante de mi puerta y captaba toda mi atención. Me di el lujo de mirarlo con detenimiento y me di cuenta de que, de alguna manera, era perfecta para Edward.

-¿Sabes algo de Ian, Alice?

Mis pensamientos salieron solos, y le formulé esa pregunta a Alice, para saber si ella conocía su paradero. No tenía intención de buscarle, ni mucho menos, ya era mayorcito para hacer lo que quisiera, pero se estaba comportando de una manera realmente extraña.

-Si.

Su respuesta me cogió por sorpresa y me giré hacia ella mirándola con curiosidad. Lo había dicho segura de si misma, sin un ápice de duda.

-Está en la casa-respondió al notar mi confusión-, echando una partida de máquinas con Emmet.

Fruncí el ceño. ¿Por qué no me había avisado? Me había tenido muy preocupada por su comportamiento, y ha cambio, se ponía a jugar a las máquinas con Emmet.

Me senté, bastante afectada y me quedé mirando hacia la nada. Alice me miró preocupada, pero luego sonrió con disimulo.

Unos suaves, pero sonoros, golpes en la puerta me sobresaltaron.

-Alice, date prisa.

Reconocí la voz, pese al no haberla escuchado nunca. Mi corazón latió desbocado. Era realmente una voz muy melodiosa propia de los dioses y muy lejos de la imaginación de un buen afamado escritor.

Miré a Alice, que me miraba con una sonrisa expectante.

Negué con la cabeza rogando que no fuera él, pero Alice con una sonrisa made in Alice, asintió con orgullo.

-No puedo creer que me hayas hecho esto.

ME giré y me puse bocabajo en el sofá intentando esconder el rubor de mis mejillas e intentando calmar los desenfrenados latidos de mi corazón que parecía que de un momento a otro, iba a escalar por mi garganta, salir de mi boca y se iba a poner a correr por la habitación.

-Vamos, Bella-dijo cogiéndome de la mano, cuando ya había regulado mi respiración-. Tenemos que ser rápidas.

Comenzó a caminar hacia las escaleras, arrastrándome con ella.

-Eem, Alice…-dije intentando llamar su atención-. La salida está en la otra dirección.

-Ya lo sé-sonrió.

Tenía un plan, lo sabía. Tal vez…

-No pienso cambiarme de ropa-dije intentando deshacerme de su mano esposa.

-¿Por qué no?-se giró en las escaleras con un tierno puchero que pretendía llegar a lo más hondo de mi pobre y manipulado corazón.

-Porque ya tengo ropa-señalé con la otra mano la que tenía puesta.

-Vamos, Bella, te gustará.

-No, gracias.

-Hazlo por mí-hizo otro adorable puchero-. Por nuestra amistad.

Suspiré con resignación y asentí.

Entramos en mi desordenada habitación y dejé que Alice pasara primero.

No objetó nada al ver el gran desorden que reinaba: los calcetines sucios encima del balancín, la ropa sucia hecha una pequeña montaña en una esquina de la habitación. Estaba claro que debía limpiar un día de estos.

Cuando miré a Alice, ésta ya había revisado todo mi armario y me había dejado una camisa azul encima de la cama.

Cogí la camiseta y me la cambié sin mediar palabra con "mi modista".

-Tengo que llevarte de compras, Bella-asintió Alice-. Tienes muy poca ropa.

Ignoré su comentario; mi armario estaba lleno y no necesitaba más prendas.

-Toma-dijo Alice mientras me lanzaba un vaquero y una camiseta.

Me lo puse sin rechistar y con prisas. Era estúpido tener que cambiarse de ropa más de una vez. Si mi ropa estuviera mojada, manchada o algo por el estilo, lo comprendería.

-Bueno, ya estoy, Alice.

LA sonrisa aprobatoria, que me dirigió, hizo que un leve rubor empañara mis mejillas.

Volvimos a bajar las escaleras y cuando abrí la puerta para salir al exterior, le vi, otra vez. Estaba recostado en su coche, haciendo presión en el puente de su nariz, con el ceño fruncido, dándole un toque más sexy de lo normal.

Alice no podía pasar, yo estaba en medio del marco. El pequeño duendecillo se deslizó con gracia y agilidad, para poder salir al exterior, y lo consiguió.

Edward alzó los ojos y nuestros ojos se encontraron. Los suyos ahora eran dulces, aunque aún parecía molesto.

Sentí calor en mis mejillas y supe que se habían sonrosado. No me vi capaz de apartar la mirada, en unos segundos, mi corazón latió desbocado y mi respiración se volvió entrecortada. Me llevé una mano al corazón sintiendo su ritmo, poco inusual. Comencé a temblar de pies a cabeza y solo en ese momento, Alice me miró y me abrazó y Edward me dirigió una mirada interrogante, pero dolida.

-Déjala de mirar así, Edward-la voz de Alice parecía dolida-. Le da miedo…

-No-pude articular, aún agitada-. No… t-tiene… nada que ver… con él-tuve que respirar bastante entre palabras y sentía que la oscuridad me invadía, sintiendo las manos de Alice frotándome para que cogiera calor-Ian.

Fue lo último que pude decir antes de sentir como la oscuridad me envolvía.

Abrí los ojos lentamente dejando que la luz se infiltrara por ellos y miré a mi alrededor.

Debajo de mis pies crecía un gran campo de flores que se extendía por una amplia llanura.

El cielo estaba oscuro con enormes nubes grises, cargadas de lluvia y de electricidad, dispuestas a soltar su mercancía debajo del hermoso campo.

Una sensación de dejà vu recorrió mi cuerpo haciendo que se estremeciera. Yo reconocía este lugar y sabía que había pasado.

Giré sobre mí misma, mirando alrededor. Tenía mucho miedo, pero no de morir, sino del vampiro que me había jurado que volvería para beber mi sangre.

Un trueno resonó y pude distinguir una silueta a lo lejos. Se dirigía hacía mí y corría intentando alcanzarme. Intenté moverme, pero mis pies estaban pegados al suelo y no podía ni desplazarlos.

LA silueta sonrió con malicia y se lanzó a mí. Un chaparrón cubrió todo el campo, mientras el trueno seguía resonando.

Grité y pataleé cuando sentí la presión de un frío cuerpo sobre el mío. Las lágrimas se desplazaban por mi rostro o solo eran las gotas de lluvia que querían confundirme.

-Tu sangre huele tan apetitosa como siempre, Bells-dijo la voz.

Sentí algo húmedo desplazarse por mi cuello, justo encima de la vena principal.

Mi cuerpo tembló, tal vez de miedo, tal vez de frío. No importaba, solo quería deshacerme de él y despertar. Comencé a empujarlo, para que se deshiciera de mi abrazo. Un gesto inútil, mi pequeña fuerza humana no se podía comparar con su gran fuerza vampírica y no conseguí moverlo, ni un solo milímetro.

-Pronto volveremos a vernos-susurró en mi oído derecho-. Y esta vez, todo el que se ponga en mi camino, morirá.

Se apartó un poco de mí y la oscuridad me volvió a engullir.

Abrí los ojos con fuerza. Y distinguí a todos los Cullen pendientes de mí, preocupados.

-Bella-reconocí la voz de Ian y sin pensármelo, me lancé a sus brazos y dejé que me abrazara. Los temblores aún no me habían abandonado-. Va ha volver, ¿verdad?

Asentí sin mirar a nadie más. NO quería que lo que Él había dicho, sucediera. NO quería que nadie muriese por mi culpa.

Observé el exterior a través del gran ventanal. Fuera, llovía y antes de que pudiera evitarlo, una única lágrima resbaló por mi mejilla.

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Siento haber tardado tanto para poder haber hecho el noveno capítulo. Este es un poco más corto que los otros, pero solo un poco.

Bueno, como siempre agradecer, los reviews. Que son mi mella para poder escribir.

Me despido con un beso.