Os adelanto el capítulo un día porque mañana no estaré en casa. ¡Nos leemos el próximo domingo!

Capítulo 9:

Le gustaba su trabajo aunque por el momento sólo fueran prácticas. Le encantaba saber que hacía algo de utilidad y que tenía responsabilidades. Además, siempre había querido poder mantenerse a sí misma. Con lo que le estaba pagando el ministerio por las prácticas, le daba para mucho. Si pagaban tanto a una chica de prácticas, ¿cuánto pagarían a una auténtica secretaria? Su sueño estaba tan cerca.

Desgraciadamente, todo en la vida tenía siempre una pega. En su caso, la pega eran sus compañeros de trabajo. Lo había intentado por todos los medios, pero no había forma de llevarse bien con esos demonios. Si les ofrecía café, le enseñaban su taza llena, y, a veces, incluso estaba vacía. Si les saludaba, ellos apartaban la mirada. Si trataba de entablar una conversación, tenía suerte si le dirigían secas respuestas de dos palabras o menos. Muchos de ellos tenían la mala costumbre de girarse y cambiar de dirección cada vez que la veían. No esperaba un trato mejor, pues llamaron a su predecesora para que la insultara. Aunque, al menos, pudo defenderse de aquello. Sin embargo, ¿cómo podía romper esa tensión en la planta de cultura?

Bankotsu, recientemente, le había expresado su deseo de que ella continuara trabajando junto a él después de finalizar las prácticas. Inuyasha estaría encantado con la idea y seguro que él ya lo sabía. Siempre se enteraba de todo. Ella también deseaba quedarse. Ahora bien, no sabía si podría soportar por mucho más tiempo ese ambiente tan frío y hostil. Si se lo contaba a Inuyasha, seguro que él entraba en cólera. Se enfrentaría a todos ellos para defenderla. Por más dulce que le pareciera, eso no le ayudaría en absoluto.

Por lo menos, podía decir que no había nada que fallara en su relación con Inuyasha desde su reconciliación en la planta baja, donde se encontraban las salas de reuniones. Seguían haciendo el amor, se reían juntos, se abrazaban mientras dormían, se duchaban juntos y nunca sacaban a relucir el tema sobre su relación. Habían descubierto a la larga que ese tema sólo les traía problemas y disputas innecesarias. Preferían continuar tan bien como estaban. De todas formas, tenía la extraña sensación de que Inuyasha le ocultaba algo. A veces, la miraba, pensando que ella estaba durmiendo, y la acariciaba como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento. Ese extraño comportamiento la asustaba, y, añadido a sus numerosas advertencias respecto a su seguridad, la ponía nerviosa.

Su jefe le había encargado realizar una estadística sobre los resultados de la última encuesta realizada door to door cuando apareció aquella mujer que le resultó tan familiar. No recordaba dónde, pero había visto antes esa melena negra lacea. La miró asombrada por la elegancia y sensualidad que desprendía. Un vestido negro de tirantes y escote caído se ceñía a sus maravillosas curvas hasta las rodillas. Tenía unas piernas larguísimas, impresionantes. Le hubiera gustado ser tan alta como ella. Sus ojos rasgados eran de color negro. De repente, como si hubiera sido golpeada por un rayo, supo que era una mujer demonio. No tenía ningún rasgo fuera de lo normal. Podría camuflarse a la perfección entre una masa humana de no ser por el extraño escalofrío que la recorría al mirarla. Sus labios rojos y esa extraña sonrisa la intrigaron.

Salió de su ensoñación cuando la mujer la miró, expectante. Se percató entonces de que ella era la secretaría de Bankotsu Shichinintai, el Ministro de Cultura, y de que estaba trabajando. Esa mujer se dirigía a ella clarísimamente para visitar a su jefe y tenía que atenderla. Era increíble el poder subyugante que había tenido su imagen sobre ella durante unos instantes.

― ¿Puedo ayudarla?

La mujer sonrió de nuevo y puso los brazos en jarra.

― Me gustaría entrevistarme con el Ministro de Cultura.

― ¿Tiene cita?

Sacó su agenda antes de que respondiera y buscó en ese día las visitas que iba a recibir su jefe. En ninguna de ellas figuraba el nombre de una mujer.

― No tengo cita.

― Lamento decirle que no puede atenderle. ― se disculpó ― Es‐Está muy ocupado…

No había sonado nada convincente. La realidad era que su jefe estaba jugando al golf en su despacho. Él le dijo que no permitiera pasar a absolutamente nadie, y, teniendo en cuenta que no la conocía, a lo mejor era su esposa. Sus órdenes eran muy claras: jamás debía dejar pasar a la esposa del ministro.

― Seguro que puede dejar de jugar un ratito para atenderme.

Se atragantó con su propia saliva al escucharla. Sí que lo conocía. ¿Qué debía hacer en ese momento?

― ¿A qué espera? ― le insistió ― Llámelo.

― No sé si…

― Dígale que Kikio Tama lo busca. Él me atenderá en seguida.

Todavía insegura de lo que estaba a punto de hacer, levantó el auricular del teléfono y marcó el número que la contactaba con el despacho de su jefe.

― ¿Sí? ― se escuchó.

― Bankotsu, aquí hay una mujer que quiere hablar con usted.

― Te dije que no deseo recibir visitas.

― Pero dice que… ― insistió.

― A nadie. ― la cortó.

Era ahora o nunca.

― ¡Es Kikio Tama!

Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Por un momento, pensó que se había cortado. Se apartó el auricular del oído para examinarlo, comprobó que el teléfono funcionara bien, y se lo volvió a llevar al oído.

― ¿Bankotsu?

― Dile que entre inmediatamente y asegúrate de que nadie nos molesta, ni siquiera tú.

― D‐De acuerdo…

Dejó el auricular sobre el soporte, asombrada por las palabras de su jefe. ¡Qué comportamiento tan extraño en él! Se suponía que ella tenía carta blanca para llamarle y acceder a su despacho. Era la primera vez que le pedía que no lo hiciera. Sí que debía ser importante esa mujer. ¡Qué tonta! ¡Había estado a punto de echarla! Sonrojada por la vergüenza, se levantó y le indicó con un gesto la puerta del despacho.

― Puede pasar.

― Se lo dije. ― sonrió.

― ¿Quiere tomar algo?

Todavía estaba a tiempo de arreglar las cosas.

― No, dentro de poco estaré servida.

Kagome contempló a la mujer, moviendo las caderas exageradamente, entrar en el despacho de su jefe mientras que sus mejillas volvían a sonrojarse. ¿Era cosa suya o esa mujer había insinuado que…? ¡No! Su jefe estaba casado, tenía esposa y no estaría… ¿A quién quería engañar? Su jefe era un libertino. Bien sabía que lo había intentado con ella, pero había fracasado. ¿Por qué no intentarlo con otras? ¡Dios! ¿Iban a hacerlo en el despacho? ¿Y quién era ella para escandalizarse? Había hecho el amor con Inuyasha en una sala de reuniones, en un ascensor averiado, en su despacho, en los baños y sobre una fotocopiadora. De esa última, salieron unas fotocopias muy atrevidas que Inuyasha se negaba a desintegrar y guardaba en contra de su voluntad.

Dejó el gráfico en el que estaba trabajando en su lugar y se levantó para ir en busca de Inuyasha. Era la hora de su descanso. No le gustaba nada la idea de quedarse junto a la puerta escuchando. Subió en el ascensor a la planta del ministerio de trabajo. Cuando las puertas se abrieron en el piso, se encontró frente a frente con Inuyasha.

― Parece que los dos hemos tenido la misma idea.

Inuyasha agarró su mano y tiró de ella para llevarla a través de los pasillos hacia su despacho. Se le había ocurrido ir a visitarla durante su hora de descanso, pero le había ahorrado el tener que bajar y enfrentarse con la mirada a toda esa gentuza que se creía capaz de juzgar a Kagome, a su perfecta e inocente Kagome. No le gustaba la idea de tener que dejarla día tras día en ese nido de víboras que sólo deseaban causarle mal. No obstante, él fue quien le buscó el trabajo y le tocaba apechugar, tal y como decían los humanos.

Sólo se detuvo junto a la mesa de su secretaría para hacer algunas comprobaciones.

― ¿Está preparada la lista de invitados para el evento de Trabajo?

― Sí, señor.

― ¿Has podido contactar con mi padre?

― Sí, su pulmonía ha mejorado y se siente renovado. ― se inclinó y rebuscó una nota ― Literalmente me ha dicho: "Deja de escudarte detrás de tu linda secretaria y da la cara mocoso". Lo de lo linda lo he añadido yo, ― sonrió con inocencia ― el resto lo dijo su padre.

Su padre no cambiaba ni un poquito. Kagome, a su lado, tenía los ojos como platos por el estupor al escuchar aquellas palabras tan bruscas. Por lo que había aprendido de ella y de su hermano, los humanos eran mucho más cariñosos con los hijos, incluso los padres. Él sí que aprendió lo que era el cariño y la dulzura de su madre, pero a su padre le costaba ser "amable". Aunque dentro de lo que uno podía esperar encontrar en su especie, su padre era de lo mejorcito sin duda alguna. Además, él también tenía parte de culpa por no haberlo llamado personalmente desde que enfermó. Quiso hacerlo, pero todavía no le había perdonado sus duras palabras después de lo sucedido con Kikio Tama un siglo atrás. Un siglo enfadado con su padre por una tontería. Eso era mucho tiempo.

Suspiró exasperado, sin saber qué hacer con su padre para no dañar a su madre, quien no tenía la culpa de encontrarse entre los dos. Ahora bien, por más que se arreglara con su padre, su relación con Sesshomaru era algo que no tenía remedio alguno. Ni por influencia de Kagome. Su odio venía dado por su nacimiento.

― ¿Tengo algún otro recado?

― Sí, su madre está deseando que vaya a visitarla, le echa de menos.

Y él estaba deseando verla, pero su padre estaba en la casa y no sabía cuándo merodeaba por allí su hermano mayor.

― Bien. Cuando termines con el balance de este mes, llama a los organizadores de eventos que solemos contratar y concreta una cita.

Se volvió hacia Kagome.

― ¿Tienes hambre? ¿Quieres tomar algo? ― sugirió.

― Estoy bien.

― No te creo. ― le regañó ― Entre secretarias os asociáis, ¡eh!

Las dos mujeres se miraron cómplices y le sonrieron con falsa inocencia.

― Sango, tráenos una botella de vino y unas fresas.

Sango se dirigió inmediatamente hacia el ascensor para cumplir su mandato mientras que él arrastraba a Kagome al interior de su despacho.

― ¿Vino y fresas a media mañana? ― le preguntó ― ¿Este es tu concepto de trabajo?

― Soy el Ministro de Trabajo, puedo hacer lo que se me antoje.

Tiró de ella y la acercó a su cuerpo, deseoso de tenerla muy cerca de él. Rodeó su cintura con sus brazos y la miró, percatándose una vez más de que no podía apartar la mirada de ella.

― Esperaba que el Ministro de Trabajo diera ejemplo. ― bromeó la azabache.

― ¡Feh! Nadie puede verme.

― Yo puedo verte. ― se rió.

― Y seguro que me ves muy atractivo.

Kagome se rió bien alto para él, tal y como a él le gustaba, y disfrutó de la musicalidad y el timbre de su voz antes de inclinarse y silenciarla con sus labios. Kagome jadeó al sentir su lengua en contacto con la suya. Se entregó al beso y a él con tanta facilidad y naturalidad que le pareció incluso irreal. Ella era diferente a todas las mujeres que había conocido hasta la fecha. No le cabía la menor duda de que era todo lo contrario a su única "relación seria" y muy diferente a cualquier otra. Ninguna mujer se había acercado a él de esa forma nunca.

La apretó contra su cuerpo, deseoso de sentir cada centímetro de ella bien cerca de él y sus manos descendieron sobre sus nalgas, cubiertas por una diminuta falda que él odiaba para alzarla. No le gustaba nada que Kagome vistiera con ropa tan corta y ajustada. Otros hombres la miraban, se giraban en la calle para verla mejor y era su brazo protector sobre ella lo único que evitaba que recibiera proposiciones indecentes.

Caminó hacia el sofá de su despacho con ella en brazos, deseoso de más. Se detuvo abruptamente al escuchar el clic de la puerta al ser abierta. Ni siquiera habían dejado de besarse cuando Sango entró.

― No estoy mirando.

Separaron sus labios costosamente y contemplaron con una sonrisa a Sango, quien se estaba cubriendo con una mano los ojos mientras que en la otra llevaba un bol de cristal enorme, repleto de fresas, y una botella de vino bien aferrada entre su brazo y su costado. Si se chocaba contra algo, se iba a poner perdida.

― Puedes mirar Sango.

La mujer apartó un par de dedos de uno de sus ojos para echar un vistazo y comprobar que fuera cierto. Al ver que Kagome volvía a tener los pies sobre el suelo, apartó del todo su mano. Con su mano libre de nuevo, agarró la botella, y se dirigió a paso ligero hacia la pequeña mesita frente al sofá para dejarlo todo. Después, sacó un par de copas de uno de los muebles y las puso junto a la botella.

― Bueno, ¡qué aproveche!

Se marchó tan rápido como entró y lo dos la miraron con una sonrisa. Sango era con la única persona del ministerio a parte de Bankotsu con la que había visto hablar a Kagome. Con el resto del mundo se volvía introvertida y tímida. No obstante, Kagome era una mujer muy habladora. No soportaba verla tan retraída.

Pensó en el Ministro de Justicia. Le había contado a Sango el por qué de su interés en el caso Higurashi. De todas formas, sabiendo el apellido de Kagome, ya debía ser más que obvio para su secretaria cuál era su verdadero interés. Así pues, entre los dos habían estado investigando todos los archivos sobre la familia, matrículas, hipoteca, escrituras y todo documento y periódico que relacionara a los Higurashi con cualquier cosa. Sobre el juicio descubrieron poca cosa ya que estaba realmente encubierto. Sin entender tanto secretismo, buscaron otros casos simples de humanos para comprobar si se trataban todos los casos así o si se referían con tanto secretismo especialmente a ese. Efectivamente, el caso de la familia Higurashi fue toda una excepción. Constaba una demanda por incumplimiento de pago, una declaración de Kagome gritando por su inocencia y la sentencia de embargo. Nada más. ¿Dónde estaban las dichosas pruebas?

Miró a Kagome disfrutar como una niña comiendo una fresa y no se le ocurrió por qué alguien querría acusarla de algo que no había hecho; por qué alguien querría sumirlos a ella y a su hermano en la miseria. Ella era buena, dulce e inocente. Esa verdad le abrió camino a otra. Alguien deseaba a Kagome. Estaba seguro. Alguien había organizado todo aquello con la esperanza de tenerla, de poder alcanzarla, y tenía que haberlo hecho alguien con el suficiente poder como para encubrir todo aquello.

Se sentó junto a Kagome en el sofá y sirvió el vino en las dos copas. Costara lo que costase, averiguaría quién era el desgraciado que estaba detrás de ella. Después, lo haría pedazos. Nadie, absolutamente nadie, iba a quitarle a Kagome.

― ¿Ocurre algo? Te veo distante.

Le ofreció una copa a Kagome y brindó con ella.

― Todo está perfecto.

Kagome asintió aunque en su expresión fuera más que evidente que no terminaba de creerlo y probó el vino. Le volvió a ofrecer la copa y se la llenó encantado, pensando que como mucho podría darle otra copa más. Estaban trabajando, no podían terminarse la botella.

― ¿Qué tal el trabajo? ― le preguntó ella ― Antes, cuando hablabas con Sango, se te veía muy atareado.

― Y estoy muy atareado.― suspiró ― La reforma laboral me está dando más trabajo del que imaginaba.

― ¿Reforma laboral? ― se le iluminó la mirada ― ¿Los humanos…?

― Lo siento, Kagome. ― bajó la mirada ― No afecta para nada a los humanos.

La joven asintió con la cabeza y bebió un poco de vino.

― La reforma es para mejorar las condiciones de trabajo de los demonios y para aumentar sus posibilidades de empleo.

Ella apretó el puño y pudo entenderla.

― Querían que las mujeres demonio pudieran acceder a… bueno… a secretariado…

― ¿Qué? ― ella casi saltó del sitio ― ¡No es justo! ¡No…!

― Lo impedí. ― la interrumpió antes de que se alterara más ― Y no sabes lo que me costó hacerlo. Estaban muy decididos a quitaros más derechos a los humanos, y tuve que luchar con mis garras y mis colmillos para evitarlo.

― Inuyasha…

― Lo máximo que he podido hacer por los humanos ha sido manteneros tal y como estáis ahora. Sin ninguna mejoría, pero, al menos, no iréis a peor.

Kagome dejó su copa sobre la mesa cuando él terminó de hablar. Le pasó los brazos sobre los hombros para abrazarlo y apoyó la barbilla en el hueco entre su cabeza y su hombro.

― Gracias, hiciste lo que pudiste.

― Los demás humanos no pensarán lo mismo. ― masculló ―Tú eres diferente.

― Lo que pasa es que ellos no saben la presión a la que estás sometido. Si pudieran ver un poco más de la realidad…

― Jamás se lo permitirán. Cuando se publiquen las tasas de las pagas extras y la subida de sueldo de los demonios, me crucificarán. ― vaticinó ― Yo seré el único culpable de toda esa reforma, y, para colmo, tendré que defenderla como si estuviera de acuerdo con ella.

― ¿Por qué no puedes hacer más? ― le preguntó ― ¡Tú eres el Ministro de Trabajo, no ellos!

― El ministerio se compone por un conjunto de ministros que se ocupan independientemente de un sector. Cuando un ministro quiere hacer algún cambio, necesita que la mitad más uno de los ministros le dé su aprobación. Sólo un ministro me apoyó.

Aún recordaba esa horrible asamblea. Salió tan furioso y tan enfermo de allí que se fue directamente a casa sin terminar su trabajo y se dio una larguísima ducha fría. Después, se acostó y tuvo pesadillas con sus compañeros de trabajo, con aquellos que juraron hacer lo mejor por aquella sociedad y, en su lugar, estaban martirizando a aquellos que juraron proteger. Su deber como Ministro de Trabajo era proporcionarle un buen trabajo a cada miembro de esa sociedad, asegurarse de que tuvieran unos derechos y unos deberes, darles las libertades y las recompensas adecuadas. Ese poder era inútil si se lo negaban en cada votación.

― Va siendo hora de que vuelvas a tu trabajo.

Kagome asintió desilusionada, y se terminó su copa de vino además de coger una fresa para el camino antes de que él le agarrara la mano para partir. Se despidieron de Sango y se dirigieron hacia el ascensor. En su planta, los empleados estaban más que acostumbrados a verlos juntos y los cuchicheos iniciales ya habían desaparecido por completo. Sin embargo, en la planta en la que trabajaba Kagome, continuaban las malas costumbres. La acompañó con su brazo fuertemente afirmado a su espalda hasta su mesa y se despidió de ella con un beso tras las plantas para evitar mirones.

― Nos veremos a la hora de comer.

Y con esa promesa, dio media vuelta y se dirigió hacia el ascensor. Tenía mucho trabajo que hacer y su investigación sobre el caso Higurashi había dado un giro de ciento ochenta grados.

Kagome vio partir a Inuyasha con pesar. A los pocos minutos de su partida, salió Kikio del despacho de su jefe junto a él. Su jefe tenía manchado de carmín el cuello de su camisa, y, además, se la había abotonado mal cuando anteriormente estaba perfecta. Kikio no parecía tan descolocada, aunque su melena ya no se veía tan lisa e impoluta como antes de que entrara en el despacho. Tendría que ser tonta para no saber qué había ocurrido ahí adentro.

― Kagome, tengo un nuevo recado para ti.

Frunció el ceño extrañada porque la mujer permaneciera allí.

― Quiero que acompañes a Kikio. Se va de compras y está sola. ― le lanzó su tarjeta de crédito ― Cómprale todo lo que quiera.

Una mujer comprada, ¿cómo no?

― ¿Y mi trabajo? ― recordó entonces su gráfico y sus informes.

― No tiene importancia, puedes seguir mañana. Acompaña a Kikio, y, cuando terminéis, vete a casa.

Su jefe se inclinó para darle un apasionado beso a Kikio delante de ella, demostrando que le daba exactamente igual no ser discreto, y entró de nuevo en su despacho. En cuanto se cerró la puerta, la mujer avanzó hacia ella y se sentó sobre su escritorio, sonriendo de esa forma tan extraña. Sonreía como si tuviera un plan que se estaba cumpliendo a la perfección. Eso le resultaba desconcertante.

― Parece que vamos a ser amigas.

― Eso parece.

¡Qué mujer más rara! En fin, la cuestión era que tenía que comprarle ropa, hacerle compañía y marcharse. Tendría que llamar para avisar a Inuyasha de que no comería con él y volvería sola a casa. No le gustaría nada.

― ¿Qué ocurre? ¿Por qué dudas tanto? ― se percató la desconocida.

― Es… Es que… Debería llamar a alguien para avisar…

― ¿Tu novio, quizás? ― notó cierto resentimiento en el tono de su voz ― ¿Quién es él? ― se reclinó y se tumbó sobre su escritorio, logrando desconcertarla más si era posible ― ¿Trabaja aquí?

Todo el mundo lo sabía así que tampoco tenía mucha importancia decírselo a un demonio más.

― Es el Ministro de Trabajo.

― ¡Guao! ¡Un hombre importante! ― chasqueó la lengua ― Seguro que está muy ocupado, ¿por qué no llamas a su secretaria y le pides que le haga llegar el recado más tarde? Así no podrá impedírtelo.

― Yo… e‐eso… No sé si estaría bien…

¡En absoluto! Inuyasha la mataría, se enfurecería con ella, aunque debía admitir que era una buena forma de evitar que la detuviera.

― No te preocupes. Mi marido es el Ministro de Justicia y suelo usar ese truco con él. ― le guiñó un ojo ― Funciona muy bien.

Esas palabras la dejaron anonadada. El ministro de Justicia. Esa mujer estaba casada y con el Ministro de Justicia. Sintió que le faltaba el aire. Acababa de encubrir a su jefe, poniéndole los cuernos a su esposa, con otra mujer casada que, casualmente, era la mujer del Ministro de Justicia. La mujer del hijo de perra que le arrebató todo cuanto tenía y la sumió en la miseria. Si a Kikio la trataba tan bien como la trató a ella, no le extrañaba que le fuera infiel.

Agarró el auricular del teléfono, decidida, y marcó el número de Sango. Le haría caso, pues no le quedaba otra que cumplir con su trabajo. Inuyasha, con su posesividad natural, no le daba más opción que engañarlo.

― Despacho del Ministro de Trabajo, ¿en qué puedo ayudarle? ― se escuchó.

― Sango, soy Kagome. Hazme un favor y avisa a Inuyasha en una hora de que me he ido a cumplir un recado. Volveré a casa sola.

― Eso no le gustará nada.

― Por eso te pido que le avises en una hora. ― se explicó.

― Kagome, me hará picadillo si…

― Tranquila, yo cargaré con toda la culpa, ¿vale? No te ocurrirá nada, pero tengo que cumplir con mi trabajo y él no me lo permitirá.

― Está bien, tienes mi apoyo.

― ¡Gracias!

Volvió a colgar el teléfono, aliviada. Se levantó, cogió su bolso y le indicó a Kikio que podían marcharse.

Kikio la arrastró de tienda en tienda por el centro de la ciudad. Se hicieron con un chófer del ministerio que cargaba todas las bolsas de Kikio para guardarlas en el maletero. Kagome estudió ingenuamente a una mujer que en un día había gastado más de lo que ella había visto en toda su vida. Compraba, compraba y compraba sin mirar el precio tan siquiera, y, cuando el vendedor les daba el precio final, ella le entregaba la tarjeta de su jefe con dedos temblorosos. No podía creer en serio que estuviera pagando todo eso.

Se preguntó por un momento si ella podría vivir como Kikio. Por lo que le había contado, tenía varios amantes, y, actualmente, le tenía echado el ojo a un hombre que se estaba trabajando mucho. Al parecer, se le resistía. Eso en verdad le extrañaba con lo atractiva y atrevida que era su acompañante. Su pasatiempo favorito era comprar ropa y joyas, y le encantaba que la adorasen. No, jamás podría vivir como ella. A ella le gustaba pasear tomada de la mano de un solo hombre, el hombre de su vida, y se conformaba con poca cosa. Sólo buscaba amor, no adoración absoluta.

Estaban recorriendo la séptima tienda de precios fuera de la órbita cuando Kikio dejó su montón de ropa de lado, agarró un atrevido vestido y lo puso frente a ella. Kagome se sonrojó de solo imaginarse a sí misma con algo así puesto y apartó la mirada.

― No te avergüences, con tu figura te quedaría estupendamente esta clase de vestido. A mí nunca me quedaría bien. ― hizo un mohín.

Kagome no se lo creyó ni por un momento. No podía haber nada en ese mundo que no le sentara bien a Kikio Tama. Seguro que con un viejo y ajado saco de patatas también se veía hermosa.

― No podría… ― musitó.

― Pruébatelo, no pierdes nada.

Sin saber por qué le hizo caso y se metió en uno de los probadores. Tras quitarse toda la ropa, se miró con tan solo la ropa interior en el espejo, y pensó que le quedaría mejor sin el sujetador. Colgó el sujetador de la percha y se puso el atrevido vestido. La verdad era que no le quedaba mal o, al menos, no tan mal como imaginaba. Nunca había llevado toda su espalda al descubierto, le resultaba extraño girarse y verse en el espejo. Se veía muy sexi. Las diminutas tiras que hacían de tirantes se ajustaban a la piel y el escote elevaba su pecho de tal forma que parecía a punto de desbordarse en cualquier momento. Se ceñía a cada curva y se abría en la cadera, mostrando su pierna.

Salió del probador para pedirle su opinión a la experta. Al cruzarse sus miradas, le pareció ver… En realidad, no sabía bien qué había visto. ¿Furia? ¿Celos? ¿Por qué iba a tener celos de ella? Kikio Tama era perfecta.

― ¡Estás increíble! ― le aseguró ― Aunque…

Se calló abruptamente, como si no quisiera ofenderla.

― ¿Qué? ¡Dímelo por favor! ― exigió, ansiosa.

― Bueno, no te ofendas. Antes de ponértelo deberías hacer un poco de ejercicio. ― le hizo ponerse de perfil ― Se te ve el trasero muy grande.

¿Se le veía el trasero grande? ¿Inuyasha también se lo vería tan grande? Tenía que hacer dieta y apuntarse a un gimnasio. De ahí en adelante subiría las escaleras. ¡Se acabaron los ascensores! Y tampoco se compraría el vestido. No pensaba llevar puesto algo que le hiciera el trasero gordo delante de Inuyasha.

Estaba a punto de entrar en el probador a cambiarse de nuevo cuando se escuchó un alboroto que provenía de fuera. Kikio, temblorosa, se aferró a ella como si en verdad temiera esos sonidos. Ella era un demonio, ¿qué temía? Las puertas de la tienda se cerraron automáticamente y el equipo de seguridad del local se colocó frente a las puertas y las ventanas con armas preparadas. El motivo fue evidente cuando vio a través del cristal al dispositivo de seguridad de la ciudad desplegado, enfrentándose a una revuelta por parte de los demonios de alcantarilla. Incluso alguien como Kikio los temía.

Los demonios de alcantarilla se estaban sublevando, cada vez más. Habían matado a un ministro, amenazaban con hacer lo mismo con los demás, y empezaban a atacar la zona rica de la ciudad. La cosa se ponía fea.

Continuará…