Capítulo 8
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El ajetreo de la mañana ya estaba en su apogeo, los autos iban y venían, se detenían y seguían; las mareas de personas se estancaban en las luces rojas y los tumultos formaban cortinas que corrían por los cruces a paso uniformemente acelerado. Sasuke e Itachi caminaban cerca de la orilla de la acera, donde el embotellamiento no era tan notorio y pudieron adelantar el paso.
Había estado perdido todo el trayecto, hasta que se encontró con un edificio conocido, al cual le dirigió Itachi; un poco incómodo y molesto, se arrepintió de no haber corrido cuando tenía la oportunidad.
La recepción era como cualquier otra, carente de muebles y solo con un enorme recibidor a media estancia, habían cerca de seis recepcionistas perfectamente uniformadas, con sus rostros polveados, las mejillas artificialmente ruborizadas, y sonrisas cordiales. No tuvo mucho tiempo para mirar la estancia, Itachi le dirigía, tomándolo sutilmente por el hombro y empujando suavemente, obligándolo a caminar.
—Puedo ir solo —exclamó, soltándose.
Itachi le miró en silencio unos momentos y lo tomó del brazo, esta vez sin disimularlo. —Usaremos las escaleras.
Fueron ocho hileras de escaleras las que tuvieron que subir y a pesar de su condición física, cuando llegaron al piso, ambos exhalaron aliviados y cansados.
Con los calambres desvaneciéndose de sus piernas, caminaron por un pasillo de mármol recién pulido y puertas de madera muy bien lustradas, el aroma a productos de limpieza era más fuerte que el aromatizante que intentaba ocultar el olor en el aire viciado. Sasuke caminó en silencio, sintiéndose observado, el horario de trabajo iniciaba a las nueve de la mañana y faltando menos de diez minutos el pasillo estaba muy transitado; el ir y venir de las recepcionistas, el sonido de puertas abriéndose y cerrándose, uno que otro teléfono timbrando en algún lugar y el golpeteo de los tacones hicieron eco en sus oídos.
El olor a café empezó a llenar el aire, se escucharon los últimos portazos del día y se detuvo detrás de Itachi, frente una puerta, igual a las que había en aquel pasillo, la placa que llevaba rezaba: "Ala de Psiquiatría."
—Debo tomar mi primera clase a las diez menos cuarto —le recordó a Itachi.
—Una falta no afectará tu currículo —aseguró, dedicándole una mirada vacía, y abrió la puerta.
Se encontraron con un recibidor más pequeño, rodeado por ocho puertas. Itachi caminó hacia la recepcionista y luego de hablar con ella, la muchacha asintió y señaló el despacho a donde deberían de entrar dentro de poco. Sasuke miró su destino en silencio, mientras esperaba que Itachi le obligara a caminar, aquella era una cita a la que podía llegar tarde. La recepcionista anunció su andar con el sonido de sus tacones y abrió suavemente la puerta, luego de anunciarlos con el psiquiatra que les atendería.
Un hombre alto, moreno y con cicatrices en el rostro les dio la bienvenida, sin sonrisas, solo un saludo cordial y la invitación a pasar. La puerta se cerró tras ellos, quedando dentro de lo que parecía ser una pequeña sala de estar, en la cual se encontraba un muchacho de cabellos negros, acompañado de una niña que no parecía ser mayor a los diez años.
—No creí que tuvieras consulta antes de nosotros, Ibiki —saludó Itachi.
—No la tengo —contestó con simpleza el hombre. —Por aquí.
Sasuke vio la enorme mano del hombre, también con algunas cicatrices, señalar hacia lo que parecía ser el consultorio. Caminaron en silencio hacia la siguiente habitación, que resultó ser la imagen típica de un consultorio, algo que decepcionó ligeramente a Sasuke.
El imponente doctor entró tras ellos y cerró la puerta, caminó rodeado por un aire de misterio hasta su silla y luego de invitarlos a sentarse, hizo lo propio, cruzado las manos sobre la reluciente superficie y mirándolos en completo silencio, analizando hasta el aire que expulsaban sus pulmones.
—¿Me equivoco al pensar que esta diligencia es de carácter personal, Itachi? Tu padre no me ha contactado.
—Te pido discreción.
—¿Incluso de tu padre?
—La tendrán —aseguró, su gesto carente de expresión más allá de la comprensión. —¿En qué te puedo ayudar?
Sasuke decidió no hablar.
—Mi hermano necesita un diagnóstico.
Ibiki tardó más de la cuenta en hablar, Itachi supo que le había tomado desprevenido aquello. El hombre enarcó una ceja y se recargó en la silla, mirando ahora a Sasuke, entretenido e interesado.
—¿Podemos hablar libremente de cualquier tema?
—Claro —contestó Sasuke.
—¿Esto tiene relación con algún evento pasado? —ninguno contestó. —Por ejemplo… el suicidio de Mikoto
Sus manos se extendieron en el aire, dándole un énfasis a sus palabras que le heló la sangre a Sasuke; miró de reojo a Itachi, notó la manera en que la mandíbula estaba apretada, pero no le miró, ni hizo comentario alguno. El hombre le miraba de nuevo.
Exhaló y relajó su postura. —¿Sasuke…?
Asintió.
—Tengo que tratar esto a solas contigo, ¿tienes algún inconveniente? —al verlo negar, asintió una sola vez y miró a Itachi; se preguntaba qué había hecho ese muchacho para que el mayor hubiese recurrido a él. —Necesito que te retires.
Itachi asintió y salió del consultorio. Sasuke no miró hacia atrás, como lo hacían la mayoría de las personas que entraban ahí, se había quedado mirándolo, sin demostrar alguna señal de temor, nerviosismo o desorden.
Tiene agallas… pensó, un poco divertido, pocas veces llegaban pacientes complicados a su consultorio, todos eran un manojo de nervios, traumas psicológicos a causa de algún padre represivo o simples perdedores que querían culpar a las enfermedades y los síndromes, por su ineptitud. Tomó su libreta y el bolígrafo, se reclinó un poco sobre la silla, para lucir y sentirse más cómodo e invitar a Sasuke a sumergirse en un ambiente de familiaridad que le ayudara a desenvolverse.
Se saltaría el monólogo sobre la confianza, los secretos de profesión y todas esas palabrerías, el muchacho no parecía del tipo de persona que lo necesitara.
—¿Sasuke, hay algo que quieras decirme?
Enarcó una ceja. ¿Qué podía decir? Las cosas que más lo mortificaban en esos momentos estaban lejos de ser entendidas por aquel hombre de ciencia.
—Parece que intenté hacerme lo mismo que mamá se hizo.
No hubo titubeos, ni dudas, ni temor, ni nerviosismo, ni desesperación. Ibiki anotó aquello en su libreta, sin dejar de mirar a Sasuke; caso curioso, no había detectado aquellas sensaciones típicas en las personas que intentaban quitarse la vida y habían sido descubiertas en el acto. Claro que no pasó por alto otras cosas, que le parecieron interesantes: había vergüenza y confusión, sin olvidar lo que había dicho el muchacho, que venía siendo más importante: "parece." No estaba seguro y a la vez lo estaba. Curioso en verdad
Se inclinaba hacia los desórdenes de personalidad y algún tipo de delirio, tal y como había visto en la madre… a ese muchacho le habían tocado los peores años de la dulce y gentil Mikoto.
—¿Alguna vez lo habías intentado antes?
Negó una sola vez.
—¿Lo habías pensado siquiera?
De nuevo una negativa. Antes de entrar al análisis profundo y saber si requeriría algún tipo de estudio en alguna clínica, necesitaba agotar los recursos básicos.
—Mencionaste la palabra parece. ¿No estás seguro de lo que hacías?
Sasuke enarcó ambas cejas, luciendo cínico. —No recuerdo haber estado a punto de cortarme el cuello.
—Entonces, ¿por qué dices que intentaste hacerlo?
—Por esto —se llevó una mano al cuello de la camisa que llevaba y le mostró el pequeño corte sobre su piel. —Itachi me quitó el vidrio de la mano y, me imagino, que después se puso en contacto con usted.
—¿Recuerdas lo que pasó antes de eso?
—Iba a cerrar el grifo, había una gotera y no me dejaba dormir.
Ibiki se quedó en silencio unos momentos y luego comenzó a buscar en uno de los cajones, encontrando de inmediato lo que precisaba para el análisis que debía hacerle a Sasuke.
Dejó que su mirada viajara por el despacho, sus ojos se toparon con algo que no pudo creer de inmediato, pero luego de unos segundos, estuvo seguro de lo que veía. Era una fotografía, la única que había en el despacho, en ella estaba Ibiki luciendo tan serio como al recibirlos, a su izquierda había una muchacha de cabellos oscuros y alborotados, sacando la lengua, guiñando un ojo y haciendo la seña paz y a la derecha del hombre, estaba una muchacha de cabellos negros, largos y ondulados, piel blanca y ojos rojos como la sangre, sonreía alegre mientras sostenía entre sus manos un diploma.
No pudo evitar levantarse de la silla y caminar hacia la foto, para asegurarse de que esa muchacha era la misma persona en la que él estaba pensando. Miró a Ibiki al escucharlo cuestionar su actitud y no pudo evitar señalar la foto. Sabía que no estaba actuando con naturalidad, también estaba consciente del extraño aumento en su ritmo cardiaco, pero necesitaba saber quién era ella y si Ibiki tenía una foto con la muchacha, en lo que parecía ser el día de su graduación, estaba seguro que debía saber perfectamente de quien se trataba.
—La conozco.
Ibiki miró a Sasuke confundido. —¿A quién?
—A ella… la de ojos rojos.
Miró el diploma con detenimiento, pudiendo leer el nombre de la mujer. Yuhi Kurenai. Se dijo a sí mismo, en un intento por no olvidar. Ibiki miró la fotografía unos instantes, antes de mirar a Sasuke de nuevo.
—¿En serio?
Sasuke asintió. —Si…
Volvió a mirar la fotografía, Sasuke no estaba seguro de si lo que veía en los ojos negros del hombre, era melancolía, pero de algo estaba seguro, su rostro ya no lucía tan serio y cordial. Miró la foto de nuevo, intentando parecer escéptico y sonar aún más.
—Una amiga y yo la vimos hace tres días.
—Qué curioso… —no se movió, su rostro no cambió ni un ápice. —Puedes volver a sentarte, Sasuke, la foto no se moverá de ahí.
Miró una última vez la foto. Derrotado, se sentó de nuevo frente a Ibiki, duró cerca de cuarenta y cinco minutos ahí dentro, haciendo distintas pruebas, siendo duramente analizado por el hombre del rostro lleno de cicatrices. El tiempo le pareció eterno, no pudo evitar mirar de vez en cuando la fotografía y tampoco pudo detener sus pensamientos, quería saber todo acerca de esa mujer y aparentemente había conocido a la persona indicada, pero esa persona parecía no querer hablar sobre el tema.
Terminaron las pruebas e Itachi entró al fin al consultorio de nuevo, expectante, Sasuke miraba su reloj impaciente.
—Tendré un diagnóstico confiable luego de unas sesiones más, por ahora solo recetaré unos antidepresivos.
Itachi permaneció en silencio, no estaba convencido. Se tornó hacia Sasuke, lo encontró leyendo la prescripción médica, aparentemente tranquilo, pero lo había pillado mirando su reloj de pulso.
—Bien. ¿Es todo Ibiki?
—Por hoy —respondió, con tono aburrido.
Sasuke se levantó y caminó hacia la puerta, ignorando por completo la mirada reprobatorio de Itachi; miró una última vez la fotografía, recordando el nombre de la mujer y anotándolo en las notas de su teléfono móvil. Salió del consultorio y caminó hasta la recepción, en donde casi arrolló a la niña, que le miró desde abajo, con un rostro demasiado familiar. Lo observó, sorprendido, no pudo pasar por alto las similitudes que había entre ese niña y la muchacha de la fotografía, las únicas diferencias serían el color de ojos y algo en la nariz y el mentón.
—Mira-chan, ten cuidado.
—¡Deja de decirme Mira-chan, Konohamaru-chan! —se quejó la niña, quien al girar hacia Sasuke, no lucía un rostro molesto e hizo una reverencia. —Lo siento, señor.
Sasuke estuvo a punto de volver sobre sus pasos y preguntarle a Ibiki quién era esa niña, quién era esa mujer y qué demonios estaba pasando, pero Itachi no tardó en darle alcance y más rápido de lo que podía imaginarse, ya se encontraba abordando el auto de su hermano y en camino hacia la universidad. Se fue el caminó entero en silencio, mirando por la ventana, buscando a aquella mujer, pero no la encontró. Apretó el móvil en sus manos y recordó el nombre.
Yuhi Kurenai…
~oOo~
Giró el grifo y observó el agua salir a borbotones, arrojando sedimento que teñía el lavabo de rojo, que luego se convirtió en naranja, hasta desaparecer completamente. Sonrió y limpio sus brazos y su rostro, luego llenó el balde con agua y tamborileó los dedos, sin dejar de mirar por el rabillo del ojo hacia la puerta.
Cuando estuvo lista, suspiró y se armó de valor, enredó su mano a un trozo de tela que había cortado para hacer una soga provisional y salió del baño en silencio, cuidando de no tirar el agua. Una vez en el pasillo observó la dirección por la que había llegado y sonrió aliviada al ver que los retazos de tela seguían en el suelo. Dio unos cuantos pasos y escuchó un débil llanto provenir de la dirección contraria a la que debía tomar; miró sobre su hombro, hacia el otro lado del pasillo, y vio una estela de luz azulina que alumbraba a lo lejos.
Tragó saliva con dificultad y volvió la mirada al frente, temerosa de que aquello fuera otro de los juegos del niño.
—… ayuda.
Miró hacia atrás, de nuevo, con el corazón latiéndole en la garganta. Dejó el balde con agua en el suelo y desenredó su mano de la tela, la ató a la manija de una puerta y luego contó las que faltaban para llegar a la luz, arrastró sus dedos por la pared, deshaciéndose de capas y capas de polvo y dejó el número escrito ahí.
Recogió el balde de agua y siguió con la mirada el trayecto marcado por la soga improvisada, hasta que estuvo sana y ligeramente salva en la habitación donde había dejado a Hanabi.
Luego de dejar el balde a lado de la enferma y confirmar que Gaara había desaparecido, cerró la puerta silenciosa y la atoró con los restos de una silla. Volvió a su lugar a lado de su paciente y al colocarle la toalla en la frente respingo, los parpados se abrían, mostrando unas blancas y vidriosas pupilas, que la miraron fijamente, antes de que la muchacha se sentara de un sobresalto y volviera a caer sobre el colchón.
—¡¿Quién eres tú?! —preguntó, mareada. —¡¿Dónde está mi hermana?!
—Shh… tranquila —susurró, temerosa de que las escucharan. —Tranquila, soy Haruno Sakura, soy estudiante de medicina.
Hanabi recogió su mano al sentir que se la tomaban y observó a la desconocida, aun no comprendía la situación en la que se encontraba, ni recordaba del todo lo que había pasado antes de quedarse dormida.
—¿Cómo te llamas?
—¿Me estás cuidando y no sabes cómo me llamo? ¿Qué clase de hospital es este? ¿Dónde está mi hermana? —demandó. —¡Hinata!
Sakura se abalanzó sobre ella y le cubrió los labios. —Shh… por favor… por favor no grites, nos encontrará.
Detuvo sus manos y sus ojos observaron el lugar con detenimiento, recordando lo que había sucedido. Su cuerpo se relajó y luego de unos segundos fue liberada; vio a la muchacha sentarse frente a ella y volvió a recostarse cuando las manos la empujaron ligeramente hacia el colchón. Las lágrimas se acumularon en sus ojos.
Sakura la miró con pena, sus conclusiones no habían estado tan erradas. —¿Cómo te llamas?
—… Hyuuga Hanabi —susurró luego de unos segundos.
—¿Te molesta si te llamo Hanabi-chan?
La miró unos momentos, ¿le molestaba? Se cubrió el rostro con el antebrazo y dejó que las lágrimas escurrieran de sus ojos. Negó.
Sonrió y le acarició el cabello suavemente. —¿Cómo te sientes? Estuviste inconsciente un par de días.
—¿Qué? —preguntó, sentándose de nuevo. —Un… Un par de días. ¿Cuántos días?
Se encogió de hombros y clavó la mirada en el suelo. —¿Cuál es el último día que recuerdas?
—El día que me internaron —contestó, sin entender cómo podía esa mujer cambiar de tema tan fácil.
—Me refiero a día y mes… y año.
Separó los labios y volvió a recostarse, el incómodo dolor se le clavaba en la boca del estómago. Se llevó una mano a la frente y rascó, pero Sakura la detuvo, tomándole con suavidad el antebrazo y devolviéndoselo a un costado.
—Septiembre —contestó al fin. —Doce de septiembre.
—¿Dos mil trece?
Asintió y Sakura se deprimió unos instantes.
—¿Dónde estamos?
Una sonrisa irónica escapó de sus labios y se llevó la mano a la cabeza. Rascó unos momentos, antes de negar y dejar que las lágrimas escurrieran por sus mejillas.
—No lo sé…
~oOo~
—¿Qué? —preguntó, no confundido, ni asombrado, simplemente incrédulo.
Itachi suspiró pesadamente y limpió sus gafas para el sol con el borde de su playera, ahogó un bostezo. —Lo que escuchaste.
—¿Castigado? ¿En verdad? —miró alrededor, asegurándose que nadie lo escuchara. —Me estás jodiendo.
—¿Tartamudee?
Miró a Itachi como lo haría un adulto que acaba de escuchar una de las mentiras más grandes de su pequeño hijo; quería reírse como un maniaco y decirle que eso era lo más estúpido que podían hacer. Castigarlo como a un niño era absurdo. No pudo evitar sonreír, aunque su sonrisa fue sarcástica y cruel; se burló de su brillante plan, aunque no lo culpaba y al fin de cuentas tampoco tenía idea de lo que estaba pasando en realidad.
—Ríete cuanto quieras —no era momento de caer en los juegos infantiles de Sasuke.
Inspiró y dejó de sonreír. —¿Y? ¿Me quitarás el móvil? ¿Me iré a la cama sin cenar?
El sarcasmo cargaba cada una de las palabras. Itachi guardó las gafas en el bolsillo de su pantalón de manera descuidada.
—Solo saldrás de casa para lo estrictamente necesario: escuela y trabajo.
—Genial, entonces ¿tendré que quedarme aquí todo el día? De ocho de la mañana que tengo la primer clase a las cinco de la tarde que tengo la otra… No.
—Es una orden, Sasuke.
—No eres mi jefe, ni mi padre.
—¿Quieres involucrar a Fugaku en esto? —preguntó, sacando su móvil y buscando el contacto.
Se mordió la lengua. —Sabes, si en verdad estuviera deprimido, esto haría que terminara el trabajo.
Se acercó amenazante a Sasuke y lo tomó por la solapa. —¿Quieres que esta vez si te quede el ojo morado?
—Ya qué.
En cuanto Itachi le soltó, se dio media vuelta y empezó a caminar.
—Naruto y tus demás amigos pueden visitarte… ¿a dónde vas? —preguntó, al ver que no se detenía.
Ni siquiera se giró, solo habló en voz un poco más alta. —A la oficina, cargaré más materias.
Si tenía que fingir que iba a quedarse ahí, esperando clases, mínimo fingiría que avanzaría sus estudios y añadiría más materias a su año. Se alejó directo a la oficina, sabiendo que Itachi no le quitaba la mirada de encima. Sacó su teléfono móvil y al entrar a la oficina, saludo cordial a la recepcionista y luego de crearse una excusa para estar ahí, pidió acceso al baño de la enfermería. Salió por la puerta trasera y se llevó el teléfono al oído.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada… —contestó la voz de Naruto, entre sonidos de videojuegos.
—¿No tienes clases?
—Nah, voy atrasado y solo llevo tres materias.
—¿Puedes venir por mí? Ya salí.
—¿Por qué?
—Solo… ven por mí, te digo cuando llegues.
~oOo~
Cuando creyó que Hanabi había vuelto a dormir, se levantó del suelo y se asomó al pasillo. La oscuridad no suponía un alivio, pero se sintió lo suficientemente segura para salir de la habitación y seguir los retazos anudados de tela que había dejado en el suelo. Caminó agachada, intentando no hacer mucho ruido y con pasos cortitos y veloces, hasta que la soga terminó y se encontró con el numero escrito en la pared.
La estela de luz no había desaparecido.
Miró hacia atrás, y armándose de valor, corrió hasta quedar frente a la puerta. Una de las esquinas faltaba y por ahí se trasminaba la luz azulina. Abrió la puerta lo más suave que pudo, creyendo que encontraría luz de día, pero lo que había ahí adentro excedió todas sus expectativas.
Sus manos seguían aferradas a la puerta, pero ella ya estaba dando pasos al frente.
Al final de la habitación había una enorme burbuja que emitía esa luz azulina y dentro, flotando, se encontraba el cuerpo de una mujer. Sus ojos siguieron los largos cabellos negros que ondulaban, como si se encontraran flotando en agua. Se acercó hasta poder palpar la superficie y le sorprendió sentir que su palma se mojaba y ver que ondas se formaban y recorrían la esfera; el cuerpo no se movió, pero el contacto pareció extenderse incluso dentro, ya que vio las ropas y el cabello ondear al compás de las ondas que recorrían la superficie.
Observó la piel blanca que no era cubierta por ropa y le sorprendió ver un sinfín de cicatrices.
Dio un paso atrás y se frotó los ojos, creyendo, por un momento, que estaba imaginándose aquello en un intento por hacer más agradable su estancia en ese infierno, pero al abrir los ojos la mujer seguía ahí.
Notó entonces un ligero tono rojo entre todo el azul, diminutas esferas carmín se suspendían alrededor de la mujer... tardó minutos en comprender que se trataba de sangre, probablemente perteneciente a la mujer. Sus piernas temblaron, pero por alguna razón se mantuvo en pie. Siguió observando a la extraña y al llegar a su rostro, reconoció en él el gesto que había visto en Hanabi y en sí misma. Presionó con sus manos la superficie, que no cedía y pegó un respingo al ver que los ojos se abrían.
Reconoció con horror de quién se trataba: la mujer del kimono, la que le atormentarla con alucinaciones.
A punto de salir corriendo, la detuvo el susurro que escapó de los labios.
—Ayúdame…
La miró por encima de su hombro, con desconfianza y temerosa, pero se encontró con unos ojos rojos que lejos de estar llenos de odio, parecían profundamente desolados.
—… ayúdame…
La observó, detenidamente; no parecía ser la misma que le perseguía por los pasillos, esta era más bien un cadáver bien conservado, estaba flacucha y maltratada. Miró de nuevo el rostro y vio que una lágrima se formaba y al salir, en lugar de rodar por el rostro se elevó y flotó sin rumbo.
—¿Quién eres? —preguntó apresuradamente, acercándose a la burbuja y recargando sus palmas en ella. —¿Quién eres? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Ayúdame…
Permaneció en silencio, mirando aquellos ojos rojos que desconocía. Por alguna razón perdió la esperanza, si esa mujer estaba allí… ¿qué iba a ser de ella? La respiración se le entrecortó y a pesar de las lágrimas que rodaban por sus mejillas, tuvo que obligarse a mantener la calma. Notó como los ojos rodaban lentamente, alejando la atención de ella, los labios volvían a cerrarse y la mirada dejaba de verse centrada, se perdía.
Un grito masculino en la lejanía la sacó de su ensimismamiento.
Gaara.
Miró hacia la puerta y luego regresó la mirada a la mujer; se mordió el labio inferior y luego se pegó lo más que pudo a la burbuja y la golpeó con ambas manos. Las gotitas de sangre se movían, al igual que el cabello y las ropas, alejándose de ella. Los ojos rojos volvieron a mirarla y se sintió desesperada.
—¡Voy a volver, lo prometo! —gritó. —… no mueras.
La única respuesta que obtuvo fue una lágrima.
Corrió por el pasillo, llamando a Gaara a gritos y guiándose por los de él, que en ningún momento le contestó a ella. Luego de unos minutos lo encontró en el piso anterior, en la última habitación, estaba completamente fuera de sí y en esos momentos le daba un puñetazo a un espejo, rompiéndolo en pedazos. Lo miró sin poder intervenir, el muchacho le había contado sobre esos episodios de descontrol. Planeaba quedarse mirando, hasta que Gaara dejara de destrozar cosas, pero el muchacho se detuvo y la miró, sin emociones en el rostro, sin el ceño fruncido.
—¡Encontré…!
—Largo.
Dio un paso al frente. —Gaara, esto es imp-…
—¡Lárgate!
Lo último que pudo ver del pelirrojo, fue el semblante completamente colorado y las venas marcarse en su frente y cuello, antes de que un enorme montículo de arena la mandara fuera de la habitación y la puerta se cerrara en su cara. Se levantó del suelo rápidamente y golpeó con sus puños el muro de arena que se encontró tras la puerta; sus dedos se clavaban y arrancaban trozos que se deslizaban entre sus dedos.
—¡Gaara, tienes que venir! —golpeó de nuevo. —¡Gaara encontré a alguien que puede ayudarnos!
Pero Gaara jamás dio muestras de interés. Se recargó en la arena que bloqueaba la puerta y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo; siguió intentando, tenía la esperanza de que sus palabras alcanzaran al pelirrojo y lo ayudaran a volver en sí… hasta que su garganta desgastada comenzó arder. Sin poder gritar más, pronunciaba el nombre del muchacho, casi con susurros, pero ya no golpeaba el muro.
Un ligero toque en el hombro la asustó. Hanabi daba un salto hacia atrás y se sobaba la mano que le había golpeado al sacudírsela de encima; suspiró al reconocerla y recargó la frente en sus rodillas.
—No hagas eso…
—¿Quién? —le interrumpió.
—¿Quién qué? —preguntó Sakura, recobrando el aliento.
—¿Quién nos puede ayudar?
—¿Quién es tu nueva amiga mami?
Sakura se tensó. Hanabi se giró y sus cejas se juntaron un poco al encontrarse con un niñito.
—¿Cómo se llama tu amiga, mami?
Volteó a ver a Sakura, incrédula, estaba a punto de recriminarle que dejara a su hijo solo en ese lugar, pero el gesto deformado por el terror que encontró en la muchacha la convenció de alejarse del niño. Miró de nuevo al infante, que ahora sonreía, ampliamente, de una manera que no era humanamente posible, con colmillos diminutos en lugar de dientes.
Temblaron y antes de que Hanabi pudiera reaccionar, Sakura ya la había tomado del brazo y tiraba de ella con fuerza, obligándola a correr. Miró hacia atrás y notó como el pequeño se llevaba ambas manos al rostro y escuchó el llanto infantil, pero prefirió no hacer preguntas y dejar de mirarlo.
Mierda, Hinata, ¿dónde estás? Pensó, sintiendo como el dolor comenzaba a volver. Tengo miedo…
~oOo~
—¿Qué traes entre manos? —preguntó Naruto por todo saludo, Sasuke le había hecho esperarle a unas cuadras de la universidad.
—Creí que querías hablar con Ino —respondió, cerrando la portezuela.
Sonrió y apretó las manos en el volante. —¡A casa de Yamanaka Ino, dattebayo!
Recargó la cabeza y escuchó a Naruto aullar… sopesaba las posibilidades de quedarse dormido unos momentos durante el trayecto, cuando recordó la razón por la que no lo había hecho por la noche y con disimulo se acomodó el cuello de la camisa.
Estornudó y luego de asegurarse que no lo haría más, siguió andando escaleras abajo, perezosa, mientras desenredaba su cabello. Estaba convencida de que se encontraba sola; había llamado a sus padres y a su hermano, sin obtener respuesta alguna, y en esos momentos se preguntaba qué hora era. Cruzaba el pasillo hacia la cocina cuando un sonido que provenía de la planta alta la obligó a detenerse y volver sobre sus pasos. Extrañada se asomó por las escaleras.
—¿Mamá?
El sonido volvió a escucharse, con insistencia, y lo reconoció entonces como el cajón descompuesto. Subió los escalones, sonriendo, ligeramente cansada.
—Creí que ya habíamos arreglado el problema del cajón.
—Yo igual.
Al estar arriba, detuvo sus pasos al sentir que sus calcetas se humedecían y observó el agua que iba cubriendo el suelo lentamente. Juntó las cejas al notar que la puerta del baño estaba abierta y que se podía escuchar el sonido de agua correr.
—¿Por qué dejas el agua correr? —preguntó, fastidiada. —¿No te habías duchado ya?
Caminó rápidamente hacia el baño y cerró el grifo, llamando de nuevo a su madre, que de pronto se había vuelto extrañamente silenciosa. Torció los labios y suspiró, al tiempo que estiraba la mano para tirar de la cadena, pero sus dedos jamás la tocaron; miró la tina y notó que el tapón se encontraba en uno de los bordes. El agua ondeaba gracias a su brazo y gruñó al no poder ver qué obstruía el desagüe.
—¡Mamá, tu hijo volvió a tapar el desagüe!
Murmuró maldiciones, mientras sacaba el ganchillo que usaban para destapar y se preparaba mentalmente para ver los cabellos asquerosos, que seguramente Deidara no había recogido.
Clavó el ganchillo, asqueada por la sensación que el cabello producía y tras girarlo un poco tiró de él, al instante escuchó un burbujeo; sonrió de lado, pero la sonrisa se le borró casi de inmediato, al ver que insectos salían del desagüe y flotaban a la superficie. Gritó y entre tropiezos salió del baño sin caer, milagrosamente, al suelo.
—¡Asco, asco, asco!
Dio unos cuantos brinquitos al ver que las cucarachas y gusanos comenzaban a trepar los muros o caían pesadamente al suelo.
—¡Mamá, hay plaga de insectos!
Miró a la habitación de sus padres al notar que su madre se asomaba y casi corrió a su ayuda al verla caer al suelo, pero el rostro, virado hacia ella, estaba destrozado, podía ver la piel de las mejillas colgando, goteando sangre aun; sus ojos castaños miraban hacia arriba y parecían querer saltarse de las cuencas; lo que parecía ser la lengua, estaba tirada en el suelo y comenzaba a rodearse por un charquillo de sangre… había trozos blancos que seguramente eran dientes.
El cuerpo se le enfrío y las piernas se le debilitaron, pero no pudo hablar ni moverse del sitio. Veía aquello, pero no lo comprendía.
Un sonido ronco, que provenía de la habitación, la sacó de su ensimismamiento. Un escalofrío, similar al de la noche del puente, le recorrió el cuerpo y la neblina mental volvía a apoderarse, lentamente, de su consciencia. Corrió, antes de que no pudiera pensar con claridad. Sus pasos precipitados se enredaron y rodó escalera abajo, deteniéndose al topar contra la pared.
Su cabeza, encajada en la esquina, miraba directamente hacia el final de las escaleras, a través de las lagrimillas pudo ver una figura asomarse, los largos cabellos negros formaban una especie de velo oscuro. Intentó levantarse, pero el pie atorado en la baranda se lo impidió. Luchó contra las escaleras y su posición incómoda, mientras veía aquella cosa bajar el primer escalón, sosteniéndose con sus bracillos flacuchos y deformes.
—¡Ah! —se quejó al sentir que lastimaba su tobillo al liberarlo.
Cayó de nuevo al suelo y gateó hasta que pudo levantarse y correr. Atravesó la casa y se sintió aliviada al mirar atrás y no encontrar a aquella cosa asomándose por las escaleras.
Salió por la puerta trasera, dejando su móvil, identificaciones, llaves y dinero.
El sonido de algo rompiéndose la obligó a levantar la mirada y se cubrió la cabeza y el rostro con los brazos al ver que un cristal roto caía. Aquella cosa colgaba de la ventana de la habitación de su hermano, estirando sus largos brazos hacia ella, gruñendo y gritando. No pudo evitar dejar salir un sollozo y volvió a correr. Quitó la cadena en la verja con manos temblorosas y corrió hacia la acera, topándose de frente con un muchacho al que ignoró y empujó lejos de su camino.
—¡Hey! ¡Ino!
—¡Entra al auto, dobe!
No tardó en saltar al auto y encender el motor. Siguieron a Ino por tres cuadras, hasta alcanzarla. Sasuke fue el primero en bajar del auto, alcanzándola.
Ino sintió que la tomaban de la muñeca y sin dudarlo, impactó su puño contra el rostro de Sasuke, que no había esperado aquello; luego se desató un extraño forcejeó, hasta que él logró tomarla por la cintura y alzarla. Pataleó y lanzó golpes y manotazos, sin dejar de pedir ayuda.
—Tranquila mujer, no vamos a matarte —aseguró Sasuke, sintiendo que le dolían las canillas por los golpes. —¡Quieta!
—Suéltame… tengo que irme… ¡suéltame, suéltame!
Naruto no tardó en llegar y tomar a la muchacha por las manos, para que dejara de manotear, Sasuke hubiera preferido que le tomara de las piernas. Ino gruñó y pateó con fuerza al rubio en el estómago, esperando que cayera sofocado, pero este aguantó de pie y logró inmovilizarla. Ahora, su extraña lucha alarmaría con más razón a cualquiera, pero la calle estaba vacía.
—Solo queremos… hablar —pronunció con dificultad el rubio.
—Suéltenme… va a matarme… ¡Auxilio! —gritó con fuerza, sintiendo la furia llenar sus venas. —¡Auxilio!
La subieron al auto con dificultades y la amarraron de las manos con los cinturones de seguridad traseros, además le cubrieron los labios con un trozo de tela que rasgaron de su vestido; movió la cabeza, erráticamente, para evitar que le cubrieran los labios, pero no lo logró. Intentó desatarse y escupir el trozo de tela que no le permitía hablar. Gritó con fuerza, raspándose la garganta y miró fijamente a Sasuke, que se alejó antes de que le diera un cabezazo.
Miró por la ventana, su casa pasó frente a sus ojos un segundo y al otro ya no estaba. Las lágrimas se juntaron en sus ojos y comenzaron a deslizarse por sus mejillas, pero los sollozos se quedaron ahogados en su garganta gracias a la imagen del rostro desfigurado que no podía quitarse de la cabeza.
—Solo queremos saber algo —resonó la voz aburrida de Sasuke. —Si nos respondes te largas, fácil.
Naruto miró al frente, rendido, la patada que Ino le había dado aún dolía y no tenía ganas de reñirle a Sasuke sus maneras de actuar.
Sasuke miró a Ino, esperando que contestara, pero al encontrarse con un rostro desconsolado volvió la mirada al frente y cerró los ojos, de ser posible, dormiría un poco, hasta que la muchacha quisiera contestarles.
Llevaban cerca de una hora manejando sin rumbo, después de haber estado media hora cerca de una plaza, intentando convencer a la rubia de que no la estaban secuestrado y que no le harían daño, que solamente querían preguntarle algunas cosas; pero aparentemente la muchacha no les quería poner atención y cada que le decían que volvería a casa sana y salva, que sus padres ni cuenta se darían, ella lloraba con mayor sentimiento y les ignoraba aún más. Naruto estaba convencido que escuchar los suspiros de Ino sería menos estresante si pudiera escuchar algo de música, pero no quería despertar a Sasuke.
Avanzaban lentamente por una de las calles más concurridas de la ciudad; los bocinazos resonaban como un eco confundido y el reflejo del sol en los vidrios lastimaba la vista. Miró por el retrovisor a la rubia, ella miraba por la ventana y de sus ojos hinchados e irritados no dejaban de salir gruesas lágrimas. Regresó la mirada al frente y, sintiendo que estallaría si la seguía escuchando llorar, dio una vuelta un poco agresiva y se metió en el estacionamiento de una tienda de autoservicio. Apagó el motor, puso el freno de mano y se quitó el cinturón de seguridad para poder girarse y ver a la rubia.
—Solo queremos que nos digas algo —comentó con un tono de voz tenue, impropio. —Voy a quitarte esa cosa de la boca, ¿ok? No vayas a gritar.
Ino lo observó en silencio y asintió; hipaba e intentaba tragarse el llanto, pero fallaba estrepitosamente. Desvió la mirada a la ventana de nuevo y suspiró con pesadez, apretando los labios al sentirse libre de la mordaza.
Naruto dejó caer los hombros, derrotado antes de que la batalla empezara. Recordó la manera en que había salido de su casa, como si huyera de algo, la manera en que sus ojos miraron con desesperación antes de que fuera arrojado a un lado.
Ino hipó de nuevo y Naruto regresó a la realidad.
—Ino, en verdad no estamos secuestrándote, solo queremos hablar contigo.
Suspiró entrecortadamente y se limpió la mejilla derecha en el hombro. —Ya… sé…
—¿Entonces porque no dejas de llorar?
—Porque te está viendo la cara —intervino Sasuke, que había despertado con la vuelta agresiva y aprovechaba la oportunidad para molestar al rubio y hacer las cosas más fáciles a Ino.
Ino solo hizo un gesto extraño.
—¿Qué quieren saber? —preguntó entre pausas a causa de los suspiros causados por el llanto. —Solo… solo… díganlo…
Sasuke y Naruto se miraron unos momentos, sin saber qué preguntar… o si preguntar era lo correcto.
—Es sobre la desaparición de tu amiga —aclaró Sasuke, con tono de voz neutral.
—Ya le… dije a Itachi-san todo lo que se…
—Si…
Se estiró y liberó las manos de la rubia, que de inmediato se limpió el rostro lo mejor que podía, aunque las lágrimas volvieran a inundarle las mejillas.
—Necesitamos otro tipo de detalles —no sabía qué más decir para no demostrar que Itachi no le había confiado toda la información.
Derrotada, suspiró y dejó que las lágrimas siguieran fluyendo… no le interesaba ocultarlas, había visto, si sus ojos no le estaban jugando un mala pasada, el cadáver de su madre.
Naruto los observaba en silencio, sin saber cómo intervenir.
—El día que las encontramos, venían del puente largo, ¿cierto?
Contuvo la respiración al recordar aquel día. —Si…
Miró a Sasuke alarmado, el azabache simplemente se acomodó mejor en el asiento. —¿Ustedes tuvieron algo que ver con el suicidio de esa noche?
Incluso Naruto se sobresaltó por aquella conclusión; Ino negó con vehemencia, Sasuke enarcó una ceja.
—¿Segura? Es extraño que tu amiga desapareciera después de eso… ¿no será que el esposo busca venganza?
Ino respiró con dificultad unos instantes y miró a Sasuke ofendida. —¿Qué estás queriendo decir? ¡¿Qué nosotras matamos a esa mujer?!
—Sí.
Ino enmudeció, como pocas veces en su vida. Apretó los labios y desvió la mirada. Cerró los ojos al recordar lo que había pasado en el puente y entonces sintió que quizá si se trataba de una venganza, pero por parte de Sasame. Si así era, ella tenía toda la culpa de que Sakura estuviera desaparecida… y que su madre… Un sollozo escapó de sus labios y negó frenéticamente.
—¡Es mi culpa! —gritó de pronto, rompiéndose por completo. —Oh, no… no, no… ¡No!
Naruto se pasó al asiento de atrás con dificultades y tomó a Ino por los hombros, que había comenzado a golpear el respaldo de asiento, llorando con fuerza. Sasuke miró hacia el exterior, esperando que nadie estuviera pasando por ahí, temiendo que fueran a acusarles de algún tipo de agresión.
—Ino… ¿de qué hablas?
Vio al rubio, antes de enterrar el rostro en sus manos, mientras pronunciaba palabras inentendibles. Naruto hizo lo que su padre hacía cuando su madre se encontraba así, tomó a la muchacha y la abrazó con fuerza, sintiendo como ella de inmediato se aferraba a su playera, como las lágrimas comenzaban a mojarle el pecho lentamente.
—Ino, tranquila, no se entiende nada…
Sasuke los observó, desesperado, quería regresar al hospital y esperar a que Hinata despertara.
Sollozó de nuevo y hundió su rostro aún más. —Es… ¡mi culpa!
—¿Qué cosa?
—Que Sakura y-y m-mi… m-mamá… ¡Oh, Dios!
Se cubrió los labios con ambas manos, mientras su cuerpo se sacudía ligeramente. La imagen de su madre no dejaba de atormentarla, pero una parte de ella no creía aquello y le daba tranquilidad en ciertos momentos. Se alejó de Naruto y limpió las lágrimas de nuevo. Observó a los muchachos, notando el rostro extraño de Sasuke y el preocupado y confundido del rubio.
Respiró profundo, las últimas lágrimas se deslizaron hasta su mentón.
—N-No… matamos a esa mujer… —su voz temblaba.
—El mismo día que la mujer se tiró, más tarde, casi las arrollamos y no querían volver por el puente —comentó Sasuke con voz tranquila. —Y en la imagen del periódico salen dos linternas, que seguramente dejaron olvidadas tu amiga y tú.
Casi se atragantó con el aire que inhalaba, fue incapaz de molestarse con Sasuke, la culpabilidad carcomía cualquier otro tipo de sentimiento. Se encogió de hombros, sintiendo la carga en ellos volverse más pesada.
Sasuke se sorprendió por la manera en que la muchacha cambió de completa devastación a indiferencia. Apretó los puños, quizá estaba jugando con ellos y todas esas lágrimas habían sido un estúpido cuento para que la soltaran.
Naruto jugaba con el cierre de su chaqueta, nervioso, su mente recordaba las teorías que Sasuke le había explicado días antes.
—¡Está bien! ¡S-Sakura y yo fuimos a ese estúpido puente! ¿Feliz? —admitió, olvidándose de todo prejuicio. —S-Si, vimos a la mujer, pero les juro que saltó…
Naruto, sorprendido, separó los labios para hablar, pero Sasuke se le adelantó. —No te creo.
—Es la verdad —insistió, retando a Sasuke y olvidándose de los escalofríos que le habían erizado la piel al recordar. —Nos… asustamos mucho y corrimos, nos detuvimos en un teléfono público y llamamos a emergencias… y luego corrimos de nuevo y nos topamos con ustedes. Es todo.
—¿Y qué hacían en el puente? —insistió Sasuke, buscando aquella falla en la coartada de la muchacha que le diera entrada a la intimidación efectiva.
—Estábamos acampando —la voz perdía fuerza de pronto. —Regresábamos de acampar, esperábamos un aventón.
—¿Solas? —preguntó Naruto con voz ronca y preocupación genuina.
Miró a Ino fijamente, pudo ver como los ojos de la muchacha temblaron un poco y se llenaban de lágrimas, luego de asentir débilmente y agachar el rostro, clavando la mirada en sus manos, las cuales descansaban sobre su falda. Volteó a ver a Sasuke, por la manera en que el muchacho miraba a Ino, podía estar seguro que no creía en sus palabras, pero a él algo le decía que estaban diciendo la verdad y que no debía indagar más en ese asunto.
—Quizá es hora de llevarte a casa…
Levantó el rostro de pronto, sus ojos asustados se clavaron en el rubio, al tiempo que se arrojaba sobre él, negando y suplicándole porque no lo hiciera.
—Estás ocultando algo —insistió Sasuke.
Volteó a verlo, sorprendida, y soltó al rubio de inmediato. Guardando silencio se sentó recatadamente, no era su estilo ser tan dócil, pero en esos momentos se sentía entre la espada y la pared. Suspiró pesadamente y volvió a cubrirse el rostro con ambas manos, enojada, porque no iban a creerle.
—¡Queríamos comprobar una leyenda urbana! —gritó, rompiendo en llanto de nuevo. —Fue… fue mi idea
—¿Una leyenda urbana? —repitió el rubio, confundido.
Sasuke se encogió de hombros. —Historias estúpidas… casi siempre son cosas de terror.
—El papá de Shikamaru, un amigo, me-me contó la leyenda de una muchacha que aparece en el-el puente… y quería saber si… si pasaría, si algo aparecería… pero solo vimos a una mujer tirarse del puente…
Naruto no pudo ocultar el miedo que sintió al escucharla, los fantasmas eran cosas con las que no se metía. Miró a Sasuke de soslayo, se mantenía tan escéptico como le era posible y nada interrumpía su análisis, al parecer.
Sasuke no se percató de la manera en que Naruto lo estaba mirando, estaba demasiado preocupado por lo que había escuchado. Nunca había creído en leyendas urbanas, pensaba que eran cosas estúpidas, historias que los padres contaban a sus hijos para que se portaran bien… pero eso había cambiado el día que en que esa extraña mujer de ojos rojos y vestidos raros comenzó a acosarlo.
—¿Le crees teme?
—Por supuesto que no, esas son estupideces —aseguró, con un tono tan seguro que incomodó a Ino.
De pronto sentía que eso que Ino no le contaba, era peor que el secreto de haber cometido un asesinato. Le interesaba conocer la leyenda urbana y lo que había pasado en ese puente, porque, si la memoria no le fallaba, aquella noche había sido la primera vez que esa mujer de ojos rojos había aparecido en su vida, pero no quería mostrarse muy interesado en esas cosas, ya que aún no podía creer en ellas por completo… no quería.
—¿Qué vamos a hacer ahora, teme?
Se despeinó el cabello y recargó la cabeza en el respaldo, con los ojos cerrados. —Ir al hospital…
Naruto asintió y encendió el motor. —Entonces dejemos a Ino en su casa.
—Puedo irme sola.
Sasuke frunció el ceño y miró su móvil. Enarcó una ceja y miró fijamente el nombre que aparecía en la pantalla: Itachi. Conteniendo las ganas de mandarlo al carajo, leyó el mensaje. Volteó a ver a la rubia, que insistía en irse a casa caminando y luego a Naruto, que no parecía ceder y se aferraba a llevarla.
Guardó el móvil en su bolsillo de nuevo. —Cambio de planes, necesito volver al a universidad.
—Creí que no tenías clases.
—Itachi me está buscando —respondió, mirando al rubio.
Naruto juntó ligeramente las cejas, pero decidió no decir nada al respecto.
—De camino podemos dejar a Ino en una parada de autobús.
Ino los observó en completo silencio, la salvaba la impaciencia de Sasuke o Itachi. Se recargó en el asiento y se dedicó a mirar por la ventana, mientras el corazón se le apretaba. No podía volver a casa y no tenía pensado hacerlo. Cerró los ojos unos momentos y recordó que su hermano volvería temprano y que seguramente se encontraría con esa cosa al llegar; la saliva se le atoró unos momentos en la garganta y buscó su móvil en los bolsillos de su vestido y de su chaqueta, pero no lo encontró y entonces recordó que no lo había llevado consigo antes de salir huyendo de su hogar.
—¿Puedo hacerte una pregunta incómoda? —dijo Naruto, te pronto.
Sasuke lo volteó a ver, no sabía que esperar. Ino tragó saliva con dificultad y asintió luego de unos instantes, en esos momentos, las preguntas podrían ser sobre cualquier cosa, por más loco que eso pareciera y le aterraba.
—¿Qué pasó en el puente?
Desvió la mirada hacia la ventana, se frotó un brazo y apretó los labios. —Pues… no se… fue muy raro…
Torció los labios, aquella historia no iba creérsela. —¿Raro cómo?
No habló, ni siquiera se atrevió a mirarlo, pero palideció y eso no pasó desapercibido.
Sasuke oteó por la ventana, con intenciones de mantenerse al margen. La sangre se le congeló al toparse con aquella mujer de kimono. Un escalofrío le recorrió al notar que ella le sonreía. La boca se le secó.
Se enderezó y miró hacia el frente, a la razón por la que el carro no se alejaba de ahí y maldijo al semáforo. Decidió no mirar por la ventana, pero aun podía sentir la mirada, erizándole los vellos de la nuca. Se frotó el cuello y regresó la mirada hacia los rubios, que permanecían en silencio. Una sensación fría en la espalda lo hizo desviar la atención de nuevo a la ventana, la mujer se encontraba, ahora, en la acera, justo al lado de ellos y seguía sonriendo, seguía viéndole.
Era fácil ignorar a las acosadoras, pero eso era demasiado.
—¿Alguno de ustedes la conoce? —preguntó, con la esperanza de que alguno de ellos pudiera verla.
—¿A quién? —preguntaron los rubios.
—A la mujer que está en la acera.
Los muchachos miraron hacia donde les había indicado y se dedicaron un vistazo extraño, antes de mirarlo a él, confundidos. Volvieron a mirar por la ventana, pero sus ojos lucían tan perdidos que no le cupo duda alguna, no podían verla. Apretó los puños, sintiéndose impotente, y al mirar por el rabillo del ojo, pudo ver a la mujer de pie, a no menos de dos metros de distancia de él; prefirió no insistir y llegó a la conclusión de que solo él podía verla.
—Olvídenlo…
El auto arrancó y del otro lado de la acera, un niño de cabellos rubios saludó a la mujer enérgicamente; Hone-onna inhaló y juntó las cejas, le dedicó una mirada asesina al pequeño y desapareció del lugar.
—Me decías…
Enarcó una ceja, Naruto en verdad podía ser una persona irritante o quizá ella no le tenía paciencia. Se removió, incómoda. Quizá lo mejor sería contarles, así la tacharían de loca y la dejarían en paz.
—Cuando era niña, me contaron una leyenda… Sasame, de catorce años, aparece en el puente anterior y pide que la lleven, para reencontrarse con su bebé. Quienes aceptan llevarla, terminan atascados en el puente y… escuchan al bebé llorar. Supuestamente si miras al bebé, estás destinado a morir tirándote de ese mismo puente.
Sentía que la piel se le erizaba de solo recordarlo, se frotó los brazos y cerró los ojos.
Naruto no lo diría en voz alta, pero estaba muriéndose de miedo, los relatos de terror jamás habían sido de su agrado; Sasuke ni se inmutó.
—¿Y qué pasó?
—Escuchamos al niño llorar… Sakura, la señora y yo —al hablar su voz sonó un poco más grave y era casi un susurro.
Naruto sentía el cuerpo vuelto piedra, Sasuke quería reírse por la ironía de todo aquello.
—¿Y la señora que se aventó?
Asintió.
Ahora que lo contaba, se daba cuenta de que perdía demasiados detalles y que todo parecía demasiado irreal. Al escucharse hablar parecía que alguien más estaba contando la historia y no ella; juntó las cejas unos momentos, tratando de dar un orden cronológico a todo eso.
—El motor del auto murió al llegar al puente… y luego comenzó a llorar el bebé, ella corrió a rescatarlo y Sakura y yo fuimos tras ella… fue entonces cuando la vimos, a Sasame, estaba colgada y el niño… fue horrible…
Sasuke llevaba la mirada clavada en el tablero del auto, no creía en esa historia, pero los últimos acontecimientos de su vida le dijeron que, por primera vez, debía creer por más estúpido que pareciera. Naruto estaba pensando en cosas lindas para perder un poco del miedo que comenzaba a sentir.
Ino se mantuvo en silencio unos segundos, recordando ese día y sintiendo la culpa volver a inundarle las entrañas, apretándole con fuerza, dejándola casi sin aire y produciéndole nauseas.
—No recuerdo bien que pasó luego, solo… recuerdo el grito de Sakura en mi oído y de pronto ya estábamos corriendo… al mirar atrás vimos a la… a la señora saltar.
—Y después casi las arrollamos —concluyó Sasuke, Naruto había perdido la habilidad para hablar minutos atrás. —Vaya… parece mentira.
—¿Qué cosas dices? ¡Claro que es una mentira! —exclamó Naruto, intentando convencerse a sí mismo de que aquello no era real.
Sasuke rodó la mirada, Naruto jamás entendería… él no era acosado por mujeres, aparentemente invisibles, en kimonos, ni escuchaba una jodida canción que lo mandaba a dormir. Se cruzó de brazos.
Naruto se rascó la nuca. —Ay, no se… ¿no estás jugando?
—Pues puedes ir al puente y darle un aventón a Sasame… si no me crees, no me importa —contestó en tono mordaz.
Rio nervioso. —Nah, si te creo.
Y tras esas palabras, permanecieron en silencio el resto del trayecto.
~oOo~
Hinata abrió los ojos y permaneció recostada en la cama.
La habitación se encontraba en la mayor oscuridad posible y aunque las persianas estaban cerradas, la luz del día se trasminaba por las rendijas lo suficiente para que las siluetas fueran definidas. Su única compañía eran los sonidos de los aparatos a los que se encontraba conectada y las enfermeras que entraban ocasionalmente a medicarla o asegurarse que todo estuviese bajo control con su recuperación. Ya había perdido la cuenta de las veces que le habían tomado la temperatura o revisado la herida en su pecho.
Luego de despertar por segunda vez y encontrarse más tranquila, un doctor había ido a hablar con ella y ponerla al tanto de su situación. Neji mantenía una presencia intermitente, pero había demostrado entera disposición. Habían tocado vagamente el tema de Hanabi, así que seguía en la oscuridad. Aunque había algo que le decía que el policía que quería interrogarla no solo quería saber sobre el ataque que ella había sufrido y que las cosas marchaban mucho peor a lo que Neji había descrito y asegurado. Miró las flores que la nana de Hanabi le había llevado y las lágrimas asaltaron sus ojos de inmediato al recordar la mirada de su padre; cerró los ojos, sintiendo como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas y se concentró en mantener acompasada su respiración, no quería que le suministraran otro tranquilizante que la mandara a dormir un par de horas más.
Se relamió los labios, sintiendo como la reseca piel se humedecía y absorbía la saliva rápidamente. Entonces el recuerdo de una muchacha de cabellos platinados la asaltó. Abrió los ojos y miró el techo confundida, no sabía si aquella muchacha era real o había sido un sueño o una alucinación, pero un recuerdo de un papel picándole la mano, la hizo reconsiderar el que aquello no hubiera sido del todo una fantasía. Movió suavemente los brazos por la cama, en un vano intento por encontrar el papelillo y luego intentó impulsarse, pero el dolor que sintió en el tórax fue suficiente para dejarla sin aliento.
Dejó caer la cabeza en la almohada y con la respiración agitada y la frente perlada en sudor, miró sobre la mesa de noche. Una extraña figurilla cuadrada descansaba en la superficie. La miró durante unos segundos, antes de estirar la mano y prender la luz, pudo ver que se trataba de una hoja doblada. La tomó, reconociendo la sensación del papel, y al tenerlo frente a su rostro comenzó a extenderlo, descubriendo el dibujo de un rostro masculino que desconocía por completo. Apretó un poco los labios y miró el reverso, encontrándose con una lista y al final venía el nombre de una persona y una dirección, para concluir con una firma que se basaba en una solitaria S.
Akimichi Chouji. Valle del Fin #345, Konoha.
Juntó un poco las cejas al intentar ubicar aquella calle, pero jamás antes había escuchado hablar de ella. Dubitativa, volvió a doblar la hoja, escondiéndola muy bien dentro de su bolso.
¿Quién era Akimichi Chouji?
~oOo~
Se removió y abrió los ojos lentamente, lo único que pudo ver fue una imagen borrosa de algo blanco y lleno de luz. Su cabeza cayó hacia un costado y sus ojos volvieron a cerrarse. Suspiró. Apenas era consciente del fuerte dolor de cabeza y la protuberancia que sentía en la parte trasera, juntó un poco las cejas, intentando recordar el momento en que se había golpeado, pero ningún recuerdo llegó a su mente. Suspiró de nuevo.
—¿Gaara?
Abrió los ojos de nuevo, obteniendo la misma imagen de momentos antes, aunque poco menos difuminada. No reconocía el lugar en el que estaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, a comparación del resto del hospital, aquella habitación no olía a tierra, estaba iluminada y el aire no se sentía viciado. Dejó salir un suspiro pesado e intentó levantarse, pero las ataduras en sus tobillos y muñecas, al igual que la cintura, se lo impidieron. Extrañada, abrió los ojos de inmediato e intentó enfocar la vista, lo único que podía ver en su abdomen era algo oscuro atravesando de lado a lado, de sus tobillos no tenía idea y en sus muñecas vio algo similar a lo que había en su abdomen. La respiración se le agitó e intentó zafar sus extremidades, pero luego de unos minutos lo único que consiguió fue un terrible ardor en la piel, así que se detuvo.
—¿Hanabi?
Miró al frente y cerró los ojos al toparse con una brillante luz, similar a la de los reflectores que había en los quirófanos de la escuela de medicina. Aquella relación no había pasado de su mente cuando un frío le bajó por la espalda y se obligó a mirar la habitación de nuevo; una vez más movió sus piernas y brazos.
Si la vista no le fallaba, ni su sentido del tacto, ni la memoria, asumía que estaba recostada sobre una plancha de cirugía.
El estómago se le acalambró y un sonido la distrajo. Al mirar se topó con el pequeño niño, que se esforzaba para poder alcanzar a mirarla; notó como los ojillos violáceos sonrían y las lágrimas le distorsionaron la vista. ¿Qué iban a hacerle ahora? Las lágrimas bajaron por su rostro y el miedo le trepó por la piel. De nuevo intentó zafarse, sacudiéndose con desesperación, lastimando más y más la piel de sus muñecas y tobillos; desvió la mirada del pequeño, hacia el lado contrario, pero luego de unos segundos, él apareció, primero las manitas sobre la plancha, luego la mitad del rostro. Decidió mirar hacia el reflector, a pesar de la luz.
—¿Qué vas a hacerme? —preguntó con voz cortada, las lágrimas escurrieron por sus mejillas, el miedo explotó dentro de ella. —¿¡Qué me vas a hacer ahora!? ¿¡Qué mierda quieres!?
Giró el rostro hacia el niño y lo miró, llena de ira, miedo y desesperación. El niño la miró completamente serio y eso solo la alteró más, logrando que un llanto histérico escapara de sus labios, impidiéndole hablar y paralizándola por unos momentos.
––Quiero que seas mi mami…
Se sacudió de nuevo, tirando con fuerza de sus manos y sus pies, en un vano intento por liberarse. —¡Déjame ir! ¡No voy a ser tu puta madre! ¡Déjame ir, suéltame!
—Ya sé… por eso es mejor que empecemos de una vez.
Estuvo a punto de gritar otra cosa, pero la voz resignada del niño hizo que guardara silencio y se tragara las palabras; lo miró aún más asustada y las lágrimas se amontonaron en sus ojos. La sonrisa que tenía el niño en ese momento le cruzaba el rostro por completo, no de una manera tierna o agradable… ni siquiera natural. Aquella sonrisa atravesaba por completo el rostro, que se había llenado de gruesas arrugas y los ojos lucían más grandes.
—¿¡Qué me vas a hacer!? —susurró.
Lo único que obtuvo por respuesta fue silencio.
Se sacudió de nuevo y chilló, quizá molesta, pero más asustada, mientras intentaba soltarse. Una mano sobre su mentón la obligó a mantener el rostro inmóvil y luego algo le cubrió la mitad del rostro; un extraño y penetrante aroma le llenó la nariz y comenzó a marearse y debilitarse. Cuando sus ojos rodaron lentamente hasta mirar hacia arriba, quitaron la gasa de su rostro, la obligaron a enderezar el cuello, con un movimiento brusco, y luego de acomodar algo incómodo en su nuca, movieron el reflector, apuntándolo a su rostro, impidiéndole ver más allá de sombras bajó la intensa luz.
Miró de reojo a la persona que la estaba inmovilizando y se encontró con una mujer que cubría su rostro con un cubrebocas; los ojos negros miraban fijamente la inyección que preparaba. Intentó negar y alejar el brazo al ver que la aguja se acercaba a su piel, pero estaba perdiendo la fuerza, sus movimientos eran torpes y la mujer le sostuvo de inmediato. Sintió el pinchazo y una sensación tibia recorrerle el cuerpo, sus sollozos llenaron la estancia y la vista se le nubló ligeramente. Intentó enfocar la mirada y solo consiguió ver una mancha más grande que otra, que se alejaba, se mantenía alejada unos segundos y luego comenzaba a acercase. Gimoteó e intentó zafar sus pies y manos, sin conseguir moverse más de un centímetro; intentó negar y sacudirse, pero su cuerpo no reaccionaba con la intensidad que ella estaba pensando.
La lengua la sintió adormecida y por más que intentara, no podía hacer que las palabras se formaran.
Un destello llamó su atención, lo podía ver, acercarse a ella lentamente… a su rostro. Se atragantó con el aire que había estado inhalando y su saliva, mientras veía el destello desaparecer, sin saber a qué parte de su cuerpo se dirigía. Lloró con fuerza y gritó. Pidió ayuda de todos los modos que podía imaginar. Y entonces la tomaron con fuerza del rostro y la obligaban a abrir la boca. Entre lágrimas y borrones pudo ver una sombra acercarse a su rostro y luego el olor inconfundible de la sangre podrida le inundó la nariz. Podía sentir unas uñas clavándose en sus mejillas y el agarre se volvió tan fuerte que dolía, no pudo seguir luchando.
Algo frío y con sabor a metal se introdujo en su boca.
Y entonces lo sintió.
Una sensación de presión, un agudo dolor, seguido de calidez y el sabor de la sangre.
Y gritó con fuerza.
Sus brazos y piernas se sacudieron sobre la plancha, de sus labios escapaban gritos y gemidos de dolor que inundaban las cuatro paredes y rebotaban en ellas. Abrió los ojos al sentir que le metían algo húmedo a la boca y volvió a cerrarlos al sentir que le escocía la herida; volvió a gritar y tosió con fuerza al atragantarse con su saliva, la sangre y el algodón. La morusa salió disparada y la sangre le salpicó el rostro.
Movió la cabeza de un lado a otro para deshacerse del agarre.
Tosió de nuevo, incapaz de tragarse la sangre que salía de su encía. Una mano le acarició el cabello con delicadeza.
—¿Te duele?
Las lágrimas salieron de sus ojos y un sollozo arrastrado escapó de sus labios, al tiempo que asentía vehemente; el niño sonrió y la mujer volvió a tomarla del rostro. Apretó los párpados y se tensó completamente cuando la mujer le apretó con el pulgar la mejilla, justo sobre el lugar del que habían arrancado la muela. Su cuerpo volvió a sacudirse.
—¿Duele mucho?
—¡S-Si!
Otro sollozo escapó de sus labios y volvió a toser, sintiendo como su rostro se salpicaba de nuevo. Cualquier movimiento le dolía hasta la médula.
Pronto sintió que era liberada. Un fuerte empujón la tumbó de la plancha al suelo y tembló de dolor mientras protegía su rostro con sus manos, sintiendo lo hinchado que comenzaba a ponerse. Se acurrucó en el suelo, sin dejar de llorar y sacudirse, sabía que si no dejaba de moverse no dejaría de dolerle, pero dolía tanto que permanecer inmóvil no parecía ser una tarea fácil. Agotada, acomodó mejor la cabeza sobre su brazo y respiró profundo.
—Eres tan linda… —comentó el niño, con pena en su voz.
Sakura no supo a que atribuir aquel tono de voz
Era el inicio de una nueva tortura, que no sabía si podría aguantar por mucho tiempo. Si tan solo tuviera el valor para arrancarse de ese sufrimiento…
Las lágrimas, la sangre y la saliva escurrieron por su rostro durante largos minutos.
Publicación original: Sábado, 22 de febrero de 2014
Edición publicada: Viernes, 31 de agosto de 2018
