CAPÍTULO 9 – El frío nocturno

- Definitivamente no. – Dijo John, que tras escuchar las muchas explicaciones teóricamente razonables de Sherlock la idea de orinar en un bote para que lo examinara no le parecía menos repugnante.

- Por favor. – Pidió Sherlock. – Lo necesito para un experimente.

- No. – Repitió.

- Por dios, John, estudias medicina. No deberías tomártelo así, pareces un crio. – Se quejó el gabacho mientras tiraba la revista que estaba leyendo al suelo.

- ¿Quién es aquí el crio? – Rio el joven viendo como su amigo tenía una de esas rabietas a las que ya acostumbraba.

Había pasado un tiempo desde aquel día en la piscina cubierta y la relación entre aquellos dos muchachos no había cambiado demasiado. Bueno, sí lo había hecho pero en el sentido de que ahora eran más cercanos como amigos.

Y eso estaba bien, probablemente.

El joven galo, frente a él, se tumbaba en la cama para envolverse en sus sábanas blancas y refunfuñar.

- Sherlock. – Lo llamó. – Sherlock, sal de tus sábanas.

- No. – Gruñó.

- Sherlock, sal de tus sábanas y estudia tu propia orina.

- Oh, por dios. – murmuró.

- No me pides cosas normales, piénsalo. – Le empezó a explicar. – Cuántas veces te ha pedido a ti un amigo tu orina.

El muchacho sacó la cabeza para poder verlo. Los rizos negros estaban totalmente desordenados.

- Si me hubiera picado una medusa y no pudiera orinarme yo mismo sobre la herida, ¿no lo harías por mí? - John hizo una mueca imaginándose la escena que le planteaba. – Yo lo haría por ti.

- Te pondría pomada. – Contestó. – Y no me gusta que me digas que me orinarías encima.

- Sería por tu salud. – Recriminó Sherlock. – Así actuaría un buen amigo.

- Ya veo. – Dijo John.

El muchacho salió de entre las sábanas y se recolocó la ropa.

- Además, ya he estudiado mi orina.

- Dios, Sherlock, no quería saberlo. – Se quejó el joven mientras se giraba para mirar hacia otro lado.

- No seas nenaza. – Le recriminó.

- ¿Nenaza? – Repitió.

- Se supone que los médicos tenéis que tener estómago.

- ¿Nenaza?, ¿en serio?

- Vais a ver sangre y tripas y heces… - Empezó a enumerar.

- Vale, lo pillo.

- No podéis decir "no puedes pedirme que te meta el dedo por el culo" cuando tengas que hacer un examen rectal.

- No es lo mismo. – Intentó cortarlo John.

- Ah, ¿preferirías que te pidiera que me hicieras un examen rectal?

Unos golpes en la pared impidieron a John elaborar una respuesta más que sarcástica y sonó una voz al otro lado de la misma.

- ¡¿Queréis bajar el volumen?!

Los dos chicos se miraron en silencio. Quizá salir fuera más apropiado.

- Empieza a hacer menos frío. – Dijo cuando ya estaban apoyados en el pasamanos de las escaleras mirando la bella Londres extenderse ante ellos. Infinita como era.

- El mes que viene tenemos vacaciones. – Recordó Sherlock. – Iré a mi casa durante cuatro días.

- Ah. – John se sintió triste de tener que pasar aquellas vacaciones solo en la residencia. Erik se iría otra vez. - ¿Dónde vives exactamente?

- En las afueras de Londres, en una casa de campo.

- ¿Una casa de campo?

- Sí. Una grande con piscina y jardín, lo normal.

- A mi no me parece muy normal. – Rio el joven. – Niño rico.

- Mis padres son los ricos. – Dijo él. – De todas formas mi vida no ha sido tan diferente a la del resto.

John sonrió un poco.

No, su vida tenía que haber sido increíble. En un colegio privado, con aventuras fantásticas y experimentos extraños.

- Ven conmigo. – Dijo el gabacho. – Hay sitio de sobra.

- ¿Cómo?

- No vas a irte a tu casa, ¿No? – Preguntó el joven.

- No. Pero… no quisiera molestar. – Dijo él. – Te vas a reunir con tu familia y hace tiempo que no la ves, no quiero estar en medio.

- John, créeme, ese no va a ser un problema. – Lo cortó. – No tenemos esa clase de relación. Lo de visitarlos es puro convencionalismo.

- ¿Cómo?

- No estamos lo que se dice… unidos. – Explicó.

John frunció el ceño. Ya se había planteado la idea de que Sherlock y su familia tuvieran problemas pero confirmarlo era algo diferente. De todas formas le picaba la curiosidad; le apetecía saber dónde se había criado Sherlock y de qué clase de familia intelectual podía haber salido aquél genio. ¿Serían sus padres como él?

- Vale. – Dijo entonces. – Sí.

- Bien. – Dijo Sherlock antes de mirar el horizonte, allí donde las calles y los edificios se convertían en no más que una línea que separaba la tierra del cielo.


La pintura azul se extendía a lo largo y ancho de todo el lienzo. Unas líneas negras rompían aquella clara imagen para hacer aparecer una figura en medio de aquel triste color.

El azul, pensaba, era un color melancólico.

Un hombre de espaldas medio sentado en un taburete observaba la nada en un rincón de la pintura. O quizá algo no pintado.

El hombre, completamente desnudo, tenía el pelo revuelto y una expresión extraña.

- John. – Lo sacó de sus pensamientos una voz a su lado. - ¿Te gusta?

- Sí. – Dijo el muchacho mientras observaba la pequeña nota en la que se indicaba al artista y el nombre de la obra. – ¿"La soledad azul"?

- Sí. – Dijo ella. – Creo que es un buen nombre.

- ¿Por qué?

- Fíjate bien en el cuadro, John. Ese hombre está lleno de ganas de vivir. Es un alma indomable y solitaria.

- ¿Porqué azul entero?

- El azul es el color de las llamas más calientes del fuego. – Dijo.

John volvió la vista al hombre del cuadro. Aquel hombre que miraba algo no parecía exactamente triste, más bien pensativo.

- ¿Y qué mira? – Preguntó.

La muchacha río un poco.

- No sé. – Dijo ella. – Quizá… a una pareja bailar.

John frunció el ceño sin entender y la muchacha, alegre como era, negó con la cabeza quitándole importancia.

- Bueno, ¿qué me cuentas? – Preguntó. - ¿Algo interesante que te halla pasado últimamente?

- No especialmente. – Dijo ella. - ¿Qué tal está Annie?

- Bien. – Dijo. – Es toda una luchadora. ¿Qué tal estás tú?

- Bien.

- ¿Qué tal Sherlock?

- Bien. – Repitió. - Como siempre, ya sabes.

- Sí. – Dijo ella. – Parece buen tipo, ¿qué tal es?

- Extravagante. Mucho.

- Ya… - Rio Elise mirando a través de la ventana de la sala de arte. – ¿Sois buenos amigos?

- Sí.

- ¿Sabes? Parecía muy solo cuando lo conocí en la fiesta. – Le dijo la muchacha mirando su propia obra. – Cuando estudiamos la historia y vemos a los genios me siento triste. Son gente excepcional y fantástica pero mueren solos. Todos viven siendo unos completos incomprendidos sin nadie que les diga desde la más sincera de las opiniones lo increíble que son. Lo necesarios que son. Parece como si las grandes mentes estuvieran condenadas a vivir penurias.

- ¿No hubo un escritor que dijo que la felicidad era de tontos?

- Pero no deja de ser triste… me gusta pensar que incluso Sherlock puede encontrar alguien que considere su compañía agradable. – Dijo la joven sonriendo.

Erik tenía buena suerte. Bajo toda aquella efusividad exagerada y poco autocontrol Elise tenía un buen corazón.

- Oye, me alegra haber hablado contigo, hacia tiempo que no te veía el pelo.

- Sí, perdona. – John recogió su mochila de la silla en la que la había dejado minutos atrás y se la colocó sobre el hombre. – Tengo que irme, mis clases empiezan dentro de poco.

- Te acompaño hasta el ascensor.

Caminaron sin hablar hasta el pequeño ascensor a pocos pasos de la habitación donde habían estado y, una vez se hubo abierto, John entró y se despidió de la joven.

- Oye, John. – Lo llamó la voz de Elise ya dentro del pequeño habitáculo. – buena suerte.

- Gracias. – Dijo John antes de que las puertas del ascensor se cerraran, sin entender a qué se refería.


En la pequeña habitación en la que hacía vida cada día el espacio y, por lo tanto, el aire se veía reducidos por aquella gran cantidad de desorden desmesurado. Había ropa en sitios en los que no debía haberla, apuntes por la mesa, basura en el suelo, revistas debajo de la cama, todo aquello sin mencionar el terrible olor por la poca ventilación que había dentro, y es que nunca abía las ventanas.

John abrió la ventana y recibió una primera bofetada del viento. Tuvo que decidir si moría intoxicado o congelado y decidió visitar a su buen vecino Sherlock.

Tocó la puerta y los golpes sonaron por todo el pasillo, en el cual gobernaban el silencio y el frío. No se había dado cuenta de que ya era bastante tarde.

- Shelock. – Lo llamó. Pero no hubo respuesta alguna.

No estaba en la escalera de incendios y no estaba en su habitación pero no conocía otro lugar en la tierra donde pudiera encontrarse el joven galo. Bajó las escaleras hasta llegar a la sala de estudios donde, por supuesto, tampoco estaba.

John subió por las escaleras tranquilamente y vio, entonces, las luces del cuarto de baño encendidas.

Se asomó tentativamente por la puerta primera, la que daba al pequeño pasillo de duchas, para ver si había alguien. Se escuchaba una ducha abierta.

Fue a llamarlo cuando lo encontró dentro de uno de los pequeños habitáculo. Sherlock no había cerrado del todo la persiana y había suficiente espacio entre esta y la pared como para ver parte del muchacho.

Sherlock era un chico alto y de buena constitución. Con la espalda y los hombros fuertes y la piel blanca como de marmol. Tenía las piernas largas y los brazos fuertes. Sus rizos negros ahora estaban lisos y la larga melena se le pegaba al cuerpo. Tenía los ojos cerrados y el agua le caía en la cara y le bajaba por el cuerpo.

John se encontró a sí mismo pensando en lo seductor que estaba su amigo. No era culpa suya porque Sherlock era pura atracción y el vapor del agua era demasiado caliente como para no estar sonrojado.

Sacudió la cabeza y la sacó del aseo, volviendo a la oscuridad del pasillo y sintiéndose protegido.

¿Desde cuándo le pasaba eso?

Tomó aire y volvió a asomarse. Dentro Sherlock se secaba el pelo con una toalla tranquilamente, mirando su reflejo en el espejo.

- John. – Lo llamó.

Este se sobresaltó. ¿Lo había visto?

- Sherlock. Yo…

- Me buscabas, ¿no?

- Sí. – Dijo rápidamente. Su ojos seguían el camino de una gota que había caído de su barbilla y bajaba por su pecho y estomago hasta llegar a…

- John.

- ¿Qué? – Dijo sonrojándose y subiendo los ojos hasta los de Sherlock, de un verde mar.

- ¿Y? – Preguntó con una sonrisa torcida.

Por dios, ¿Cuándo iba a ponerse una toalla?

- ¿Cómo? – Preguntó desorientado.

- Que qué querías.

- Ah. – Exclamó sonrojándose más. – Solo quería hablar un rato contigo. Es algo tarde pero sé que no sueles dormir y… en mi habitación hacía frío y tú tienes un calefactor.

Sherlock, divertido, volvió los ojos al espejo y, por fin, se enrolló la toalla en la cadera.

- Pues aquí me tienes para lo que quieras. – Le dijo.

Entonces se sobresaltó un poco. A su amigo le gustaba ser poco preciso, crear confusión. John escuchaba su pulso acelerado.

¿Estaba jugando con él? ¿Se estaba riendo de él?

Carraspeó un poco.

- Háblame de tu casa en las afueras, ¿es bonita? – Dijo intentando cambiar de tema.

El joven galo sonrió un poco.

- No está mal, es una casa antigua de vacaciones que tenían mis abuelos. – Le explicó mientras recogía sus cosas. – Con papel de pared y muebles de madera buena.

- Vaya, como en las películas.

- No está mal. – Admitió.

- Mi casa era pequeña en un pueblo pequeño. – Dijo él. – Sencilla; con las paredes amarillentas por los años y unos tapetes de ganchillo hechos a mano por mi madre.

Sherlock alzó las cejas y empezó a andar hacia su habitación.

- Pero estaba bien. No tenía que compartir habitación con mi hermana ni nada y había suficiente espacio como para que mis amigos se quedaran a dormir.

- Oh, qué divertido. – Ironizó Sherlock.

- Para mí si lo era. ¿Qué tienes en contra de la gente?

- La gente, John, es idiota.

- No todo el mundo. Tú eres demasiado frío y cerrado como para que la gente se acerque a ti, te hablen y te demuestren que pueden ser buenas personas.

- No estoy hablando de bondad sino de inteligencia. La gente, repito, es idiota. – Sherlock abrió la puerta de su habitación y le hizo un gento para que entrara y se sentara en su cama. – Unos inútiles.

- Lo siento, no todos podemos ser genios como tú e ir haciendo genialidades sin pensar en las consecuencias.

- No tenéis que ser genios. Solo pensad de vez en cuando.

- Ah, bueno, mucho mejor. – Rio John mientras observaba como el gabacho se cambiaba de ropa. – Tu problema es que ni siquiera intentas conocerlos.

- No necesito hablarles para que me cuenten sus tristes y aburridas vidas. – Le dijo. – Se quien es y quien no es un idiota solo observándolos un poco.

John lo miró a los ojos.

- ¿Yo soy un idiota? – Preguntó serio.

Sherlock lo miró y luego sonrió un poco.

- Si. – Contestó con tono relajado.

- ¡¿Qué?!

- Pero un idiota agradable. – Se burlo el gabacho sentándose a su lado, hombro con hombro.

- Imbécil.

- Hoy hace bastante frío. – Dijo mirando por la ventana.

- No cambies de tema.

- Arrímate, tengo frío. – Dijo mientras lo empujaba para que se tumbara y cogía la manta para taparlos a ambos.

- Sherlock, ¿qué haces?

- Hazte a un lado, que esta cama es pequeña. – Shelock lo abrazó y apoyó su cabeza en su hombro.

- Oye, no te pegues tanto. – Dijo mientras empezaba a sonrojarse, eso ya era lo que le faltaba. Después de mirarlo desnudo, meterse en la misma cama que él.

¿Se habían alineado los planetas o algo así? ¿Estaba Dios en contra suya últimamente?

- ¿No tenía frío en tu cuarto? Llevo dos noches sin dormir y tengo sueño. – Le dijo mientras apagaba la luz. – Cállate y arrímate.

John notó una mano fría en la cadera, debajo de su camiseta, y el aliento caliente en su cuello. No se movió y no dijo nada más.

Los brazos de Sherlock lo agarraban con fuerza y su pelo le hacía cosquillas allí donde tocaba. Miró al joven galo a través de la penumbra y le colocó su brazo por encima, atrayéndolo más hacia él. Suavemente. Despacio.

- Tú si que eres idiota. – Murmuró.

Puedo notar los labios de Sherlock curvarse contra su cuello.


Bueno, en el próximo capítulo veremos a John con una crisis de identidad sexual (ya era hora) y habrá, por fin, una escenita (guiño, guiño, codazo, codazo)

Así que, por favor, ahora sí decidme que me queréis y que no estáis enfadados por haber esperado diez capítulos para el sexo y que, aunque yo crea lo contrario, mi fic no se está haciendo coñazo ni nada.

Como premio por vuestra paciencia actualizaré antes… ¿el domindo? Si puedo sí, pero de el martes no pasa, eso seguro.