Al parecer nuestras chicas tienen un momento de calma, pero ¿durara esto? ¿lograran salir de Grecia? ¿Qué planes se trae Gold haciendo doble jugada? y sobre todo ¿Qué sucederá con la lista?... Una vez más reitero que esta historia no me pertenece ni los personajes que actúan en ella. También quiero agradecer a todas la que siguen la historia y agradecer sus atinados y animantes comentarios. Sin mas que decir me despido esperando que disfruten esta entrega. bye bye :)

13

Después de caminar unos diez kilómetros desde el centro de Chelandri. Se encontraron con una granja y una huerta. Regina condujo a Emma por un sendero en dirección a una casa. Al llegar ante ella, desviaron por otro sendero que discurría entre un limonar hasta divisar la caseta de una bomba hidráulica que aparecía en medio del campo.

Ella abrió la puerta, entró primera y encendió una lámpara de petróleo. Les dio en la nariz un fuerte olor a humedad y a pesar de que era mediodía, la caseta estaba muy oscura. La única abertura, además de la puerta, era un agujero que mediría escasamente treinta centímetros de diámetro, situado cerca del techo. La caseta hacía tiempo que no era utilizada y el motor de la bomba estaba estropeado. Había en ella un par de catres, una mesa y una silla. Encima de la mesa estaba la lámpara de petróleo y una lata de combustible. Una docena de libros encima de uno de los catres llamaron la atención de Emma.

Dejo caer la bolsa en la mesa, se sentó en uno de los catres y dio una ojeada a los títulos de los libros. El retrato de Dorian Gray, La Iliada, La Odisea, Marianela, La Gitanilla. Otros volúmenes llevaban los nombres de Aristóteles, Sócrates y Platón.

―Un poco de lectura ligera ―bromeó―. Será un buen pasatiempo hasta que vea al Dr. Whale ¿Cuándo lo veré?

―No lo sé. Será complicado con toda la Gestapo tras la resistencia, es posible que esto dure semanas, quizá meses.

Emma continúo mirando los ejemplares sin verlos realmente. Pensaba en Henry, deseaba verlo y poderlo abrazar. Necesitaba partir cuanto antes, pero por otro lado…

―Lo sé. Necesitas salir de Grecia, ahora no se podrá, pero te prometo que haré todo lo posible para que regreses a San Francisco.

―No es solo eso

― ¿A qué te refieres?

―Me pregunto si sería capaz de partir y ver que te quedas.

―Este es mi hogar. Crecí y vi morir a mi padre en este lugar, no me siento preparada para salir.

―Entiendo… ―murmuró Emma

―Ahora debo irme.

Emma se levantó cuando Regina se dirigió a la puerta.

―Regina…

Ella se volvió.

―Gracias por todo

―No hace falta

―Estoy segura que sí. Cuando alguien hace algo bien hecho, es obligación agradecerle. Gracias por ayudarme a seguir viviendo.

Regina sonrió levemente, pero su mirada recobró aquella frialdad que tenía al principio. No podía seguir dejando que los sentimentalismos continuarán estorbando y apoderándose de ella. Tenía una venganza que cumplir y no estaba dispuesta a ceder.

―Bien… hasta la vista, Regina.

―Hasta la vista.

Emma no pudo descansar en lo que restaba del día. Cada vez que tomaba un libro o cerraba los ojos para dormir, aparecía la imagen de Regina. Besarla había sido su condena ¿Ahora como sacaría a aquella morena de su mente?

Miró desesperadamente el techo de la caseta. De todos modos, aunque no la hubiera conocido en aquellas circunstancias, viviría con su recuerdo. Era absolutamente lógico y humano que pasara mucho tiempo pensando en ella, ¿no es eso lo que vuelve al amor tan interesante?

Recordó su primera novela, que versaba sobre el gran amor de un hombre. Su editor, con el cinismo de todos los editores, le dijo que el gran amor sólo existía en las novelas. En realidad, un hombre podía amar muchas veces, y cada vez con toda su sinceridad. Su editor también le informó de que tan sólo en los libros se encontraban individuos dispuestos a vivir toda la vida con un recuerdo. Emma se daba cuenta de que el editor tenía toda la razón

Suspiró derrotada por sus pensamientos. No, no podía abandonarla en aquel lugar. La quería e insistiría en ello.

Las visitas de Regina habían sido breves, pero en el poco tiempo que se quedaba se aseguraba que Emma tuviera lo necesario.

Los días pasaban y Emma sentía que la extrañaba cada vez más.

Al llegar el sexto día, alrededor del mediodía, oyó sus pasos en el camino. Nunca había venido a aquella hora.

Se abrió la puerta y entró Regina. Parecía más atractiva que nunca. Le miró directamente y dijo con la frialdad:

—Esta noche debes ir a Atenas sola. Ha de estar a las nueve en una de las mesas de la terraza del «Café Andreas», en la plaza de la Constitución. Un hombre llamado Nico, se pondrá en contacto contigo. Vestirá de negro y llevará un anillo masónico. Nico le llevará hasta el doctor Whale.

Dio la vuelta y abrió la puerta.

—Regina, ¿te veré de nuevo?

—No —repuso ella, abandonando la caseta.

14

Hook tamborileó con los dedos encima de la mesa. Miró a Jones y al Dr. Whale con aire de desconfianza.

—Esto es muy arriesgado.

—También yo me arriesgo —repuso Jones.

—Necesito pensarlo —concluyó Hook.

―No lo creo amigo ―hizo una señal y la puerta se abrió apareciendo en ella un pequeño de unos cinco años aproximadamente.

― ¡Papá! ―exclamo emocionado y corrió hacia Hook.

No lo podía creer. Su hijo estaba allí sano y salvo. Lo abrazó y luego miró al Dr. While, finalmente a Jones.

―No sé cómo agradecerles

―Por supuesto que lo sabe. Es de los nuestros, siempre lo hemos sabido ―Está vez fue el Dr. Whale el que habló―. Tenemos una refugiada norteamericana en Grecia y una lista que necesita salir de aquí cuanto antes.

―No creo que mi relación con la señorita Swan me lo permita. A estas alturas debe odiarme.

―Lo sentimientos son lo de menos cuando hablamos de la vida de diecisiete personas y una guerra en juego ―intervino Jones―. Cora está segura que la prioridad de los alemanes es esa lista.

―Tiene razón, pero hay un problema. Selena incendiara las aldeas en donde sospeche que se encuentre Regina y aquella norteamericana. Es posible que sea una buena estrategia para hacerlas salir.

―No lo creo. Ya tenemos un plan

― ¿Un plan?

―Así es, le daremos algo de información a Selena y estoy seguro que la considerará, tomando en cuenta su situación es claro que está desesperada por aquella lista.

―Estoy dispuesto a colaborar ―dijo Hook resueltamente―. Solo pido algo más.

―Haber, dispare señor Hook.

―Quiero que mi hijo y yo podamos salir de Atenas.

―Es un trato ―Jones se levantó y extendió su mano.

―Gracias ―Hook extendió su mano también. Tenía una misión que cumplir. Pero había algo más. Algo que Jones no consideraba y eso era lo dispuesta que estaba Selena a acabar con su hermana.

Cuando salió se encontró con una noche encantadora. Era como si una nueva historia se comenzara a escribir en Grecia. Respiró hondo y avanzó en la dirección que se le había indicado. Solo esperaba que los planes salieran bien.

15

Emma se guardó la pistola en el bolsillo, echó una mirada a la caseta y salió afuera.

El medio vacío tranvía la llevó a Atenas.

Las ocho y media.

A Emma le dio un vuelco el estómago. En el cruce de la calle Kifissia y la calle Alexandrou, cogió otro tranvía, lleno hasta los topes. Había muchos soldados alemanes. Se aplastó contra la ventana y no tuvo más que rogar mentalmente para que no la reconocieran.

Una vez fuera de allí caminó hacia el «Café Andreas» y buscó una mesa vacía. Pidió una botella de krasi y estuvo sentada rígidamente, sin atreverse a mirar a derecha e izquierda. Bebió un largo trago de vino, intentando tranquilizarse.

Las nueve.

Las nueve y cinco.

Las nueve y diez.

Comenzaba a ponerse nerviosa. Otro vaso de vino. Ni el vino le aligeraba de aquella tensión. Emma miró el gran reloj. Esperaría cinco minutos más a Nico. Luego, se marcharía.

— ¿Puedo sentarme?

Un individuo de rostro familiar se sentó frente a Ella. Llevaba un cucurucho de aceitunas negras en una mano y una botella en la otra. Lo dejó todo encima de la mesa. Luego se llevó una aceituna a la boca.

—Espero a alguien —dijo Emma en griego.

—Nico no puede venir. Se ha… retrasado. Eso es, retrasado.

El hombre hablaba como un americano. Encendió un cigarrillo y echó dos o tres bocanadas de humo mientras miraba a Emma. Emma se levantó dispuesta a marcharse.

—No lo haga. Yo no lo haría. Basta con que yo levante la voz para que no llegue usted ni al final de la acera.

Emma se volvió a sentar y observó con cuidado a aquel hombre.

― Como es obvio, Nico no podrá atenderla hoy ni nunca ―hizo una pausa y bebió de su vino para luego continuar―. Por lo tanto seré yo quien lo atienda.

― Que es lo que quiere

―Solo ayudarle, digamos que soy uno de esos buenos samaritanos que se encuentran muy poco

―Bien, entonces hable

―Hay una lancha lo suficiente rápida y un capitán con suficiente valentía para sacarla de aquí hasta África. De allí se le será más fácil regresar a su país.

― ¿Cuánto me costaría eso?

―Solo unos tres millones

―No tengo ese dinero

―No se preocupe. Hay buenas personas dispuesta a ayudarle, estoy seguro.

― ¿Quién me garantiza que no me está engañando? —preguntó Emma.

―Tendrá que creer en mi palabra. No creo que tenga muchas opciones.

―De acuerdo ―Emma bebió un trago de krassi y estudio a aquel hombre sentado frente a ella. Era cierto, no tenía muchas opciones y no perdía nada con seguirle el juego.

—Todo puede salir bien. Me parece que es usted una mujer de bastante sentido común. Véame el jueves en el «Café Piccadilly», en la plaza de la Concordia, al mediodía. He ayudado ya a escapar a cuatro fugitivos. Todos ellos están sanos y salvos en Egipto, me permito añadir.

― ¿Sabe usted lo que le espera si me engaña?

―No. Dígamelo.

—Le mataré.

Él suspiró.

―Mi querido amiga, esto es melodramático y no está bien decirlo como usted hace. Y ahora, fíjese en una cosa. ¿Ve a aquellos dos caballeros que están al otro lado de la calle?

Emma miró por encima del hombro de aquel hombre. Un par de paisanos con ropas de corte claramente germánico charlaban aburridamente apoyados contra la pared.

—Son de la Gestapo. Pasan el tiempo en la plaza esperando que aparezcan fugitivos como usted. Puede que le estén observando. Pero usted, señorita Swan, si tiene el cerebro la mitad de ágil que la lengua, les despistará sin dificultad. Son bastante estúpidos. Nos veremos el jueves en el «Café Piccadilly». Por cierto, puede llamarme Goold.

Aquel nombre le era familiar. El corazón se le agitó a Emma cuando aquel hombre se levantó y se marchó. De no ser por aquellos agentes, lo hubiera matado en ese mismo lugar.

16

Emma se bebió otro medio vaso de krasi. Los dos agentes de la Gestapo, situados al otro lado de la calle, vigilaban. Se levantó y avanzó para cruzar la plaza. Los dos hombres comenzaron a seguirle a cierta distancia. Emma aceleró el paso y tuvo que luchar contra el impulso de echar a correr.

Dobló la primera esquina y pasó ante una hilera de tiendas. A mitad de la calle se detuvo, miró hacia el escaparate en el que aparecía un letrero que decía: «Anton's» y disimuló ver los estantes.

Los dos agentes de la Gestapo doblaron también la esquina y se detuvieron repentinamente cuando vieron dónde se había detenido Emma.

Ella miró frenéticamente a su alrededor. Se acercaba un tranvía en dirección a la parada situada en el cruce con la próxima calle. El tranvía se acercaba, aceleró la marcha y llegó a la altura de Emma que dio un salto desde la acera y fue a parar a la plataforma trasera. Vio un gran coche que se detenía junto a los dos agentes de la Gestapo. Uno de ellos señaló al tranvía y el coche comenzó a seguirlo.

El tranvía se detuvo en una parada y Emma saltó y echó a correr por una callejuela oscura.

¿Dónde se encontraba? ¿Dónde?

Estaba como paralizada por el miedo. A mitad de la calle dobló por otra todavía más oscura. Avanzó por la oscura callejuela hasta que se dio cuenta de que no tenía salida. Un muro de cuatro metros y medio de altura le cerraba el paso. Saltó para alcanzar su extremo superior, pero sus botas resbalaron haciendo que cayera sobre la superficie áspera y fría. Al otro lado de la pared oyó ladrar a unos perros. Miró en torno suyo. Le rodeaban los muros traseros de varias casas. Se aplastó contra una pared y preparó la pistola.

Al extremo de la calle oyó el sonido de puertas de coches que se abrían o cerraban, pasos y órdenes susurradas a media voz. Se deslizó a lo largo de la pared y de varias verjas bajas. El faro de uno de los automóviles enfocó la callejuela. Se apretó contra una verja, la atravesó de un salto y se escondió detrás de ella. Oyó que se detenía otro coche.

― ¿Hay alguien aquí? —preguntó alguien a espaldas de Emma.

Dio la vuelta de un salto. Se había abierto la puerta trasera de una casa.

―Ayúdame… ―murmuró

—Entre rápido —susurró enérgicamente la voz.

Se cerró la puerta detrás de ella. Emma se apoyó en ella, jadeante. Una mujer vestida con una bata le dijo:

—Sígame.

Pasaron por un largo corredor. La mujer abrió una puerta.

—Entre aquí. Dentro de poco vendré.

Emma entró y se dejó caer en una silla apretando la cabeza contra las manos.

—Dios… Dios mío… —murmuró.

Levantó la cabeza y echó una ojeada a la habitación. Estaba alumbrada por una lámpara de color azul, situada junto a una cama cubierta con una colcha de satén. Cerca de la cama había un sofá y cuadros de mujeres desnudas en todas las poses adornaban la habitación. Al otro lado risas y gemidos rompían el silencia. Sin lugar a duda se trataba de un burdel.

Varias veces se abrieron y cerraron puertas.

Calma y silencio. Luego más risas y gemidos.

Alguien golpeó suavemente a la puerta y ésta se abrió. La mujer de la bata entró, cerró con llave y dijo:

—La Gestapo. Está registrando toda la calle.

Hizo una mueca y añadió:

—Están registrando todo y han cercado el barrio por completo.

Emma se levantó y se secó el sudor de la cara.

—Puede guardar su pistola. Aquí está segura.

La mujer se dirigió al sofá y se acostó en él. Era joven, contaría unos veinticinco o veintiséis años y no carecía de belleza.

—Me llamo Ketty. Siéntese. Será una larga noche.

17

― ¡No puedo creer que le hayan perdido la pista! ―gritó Selena enfurecida dando un puñetazo a su escritorio―. Nunca hacen nada bien. A veces desearía tener aliados más competentes. Sin tan solo una Emma Swan estuviera de nuestro lado, ¡pero no! ―volvió a gritar. Se levantó de su imponente escritorio de cedro y caminó hacia el agente de la Gestapo.

Él la miró con temor, sin otra cosa más que hacer que quedarse inmóvil y esperar lo peor.

―En cambio tenemos incompetentes como ustedes, ambiciosos como Gold y estúpidos como Neal… ¿Dónde está Hook?

―No lo encontramos por ningún lado, señor ―respondió el agente.

―Me temo que Hook nos ha dejado ―intervino Gold cerrando la puerta tras sí

―Tenemos a su hijo, no creo que se atreva a jugar con la vida de su pequeña criatura

―No lo creo, a menos que ya lo tenga consigo

Selena dio una patada a una de las sillas que se encontraban en la habitación y se recostó al escritorio. Respiró hondo tratando de recobrar la calma.

―Una vez más me han visto la cara

―Solo van un paso delante de nosotros ―aclaro Gold

―En cuanto vean a Hook disparen, es una orden

El agente de la Gestapo asintió y se retiró de la habitación.

Selena miró a Gold.

―Esta guerra es una mierda. Si continuamos así terminares perdiendo

―Tengo información que le puede interesar y puede cambiar el rumbo de todo.

―Comience a hablar

―Recibí información valiosa de un infiltrado en la resistencia. Tienen planeado sacar a la norteamericana en un submarino ingles dentro de tres días. Si actuamos con cautela, tal vez logremos interceptarlos y conseguir esa lista.

― ¿Que me asegura que esa información es real?

―Lo es ―afirmó Gold―. ¿Tiene elección?

Selena jugueteó con la daga que estaba en su escritorio y luego la acercó al cuello de Gold.

―No la tengo y espero que esto sea una buena idea. Por tu bien, ahora sal de aquí. Necesito pensar.

18

La noche era estrellada. Emma distinguió el limonar de la granja. La tierra pareció ascender en el borde del campo. Se cayó en una zanja.

Era peligroso continuar adelante sin luna. Cualquier perro podía comenzar a ladrar si se metía equivocadamente en otro campo. El bosque estaba varios kilómetros lejos, por lo menos a una hora de camino. Se detuvo en el fondo de la zanja y decidió esperar el día. Desde allí podía ver la granja y la caseta de la bomba. Se hallaba todavía afectado por los sucesos de aquella noche. Estaba cansado y se dejó caer en el fondo de la zanja. Hacía frío, pero no se preocupó de ello.

Emma se incorporó y movió las manos y los pies para devolverles flexibilidad. Se frotó las dormidas piernas. Apuntaba un ligero resplandor en el horizonte. Salió de la zanja y miró en torno suyo. Podía ver el lejano límite del bosque. Debía probar suerte.

Mientras miraba en dirección a la granja, oyó un extraño ruido que llegaba del limonar. Vio una figura que se escurría bajo los árboles y, poco después, un resplandor en la caseta.

Emma se quedó como helada. Estuvo inmóvil durante diez minutos, quince… Se sintió invadida por el furor. Echó mano a la pistola y corrió hacia la caseta.

Pegó una patada a la puerta y ésta se abrió.

―¡Emma! ¡Gracias a Dios!

Emma cerró la puerta y la miró con frialdad.

―Nico fue cogido por la Gestapo. Está en Averof. El doctor Whale está escondido…

Se calló y se acercó de nuevo a Emma. Éste la amenazó con la pistola. Ella levantó la mano y le acarició la mejilla.

Se miraron la una a la otra llena de odio.

—La Gestapo descubrirá este lugar —dijo ella—. Debemos ir a otra parte.

Emma permaneció inmóvil, atravesándola con sus ojos azul claro.

Ella se dirigió hacia la puerta.

Emma dio vuelta al cerrojo cogió a Regina del brazo y la empujó contra su pecho.

― ¿A dónde vas ahora? —le preguntó, evitando que se soltara.

―Emma…

Ella le acarició el cabello con la punta de los dedos y apretó su cara contra los labios de Emma.

—No. No podemos. Aquí no. No es seguro… Pueden venir los de la Gestapo.

Emma se acercó a sus labios y la besó. Deseándola. Sintiendo que estaba en sus manos. Sabía que se había condenado a sí misma a otra temporada de soledad. Se había enamorado desesperadamente de Regina. Todo era irreal y fantástico.

―Me importa muy poco la Gestapo.

Regina la miró y sonrió.

Se encontraba tranquila y en paz consigo misma, tal como no lo había estado en mucho tiempo. Emma había colmado sus más descabellados sueños y había dado respuesta a todas sus no formuladas preguntas. La quería ¿Esta dispuesta a verla partir? No, definitivamente que no.

―No me permito dejarte ir.

―Y yo no puedo dejarte, Regina.

―Mañana debemos salir de aquí e idear un plan. Estoy segura que habrá una salida.

―Siempre la hay ―animó Emma―. Solo espero que escojamos la mejor.

Continuara…