En la oscuridad

By: Tommy Hiragizawa

Aclaraciones: Los personajes no son míos. Ya quisiera yo ser la escritora más rica de Reino Unido.

Parejas: Hermione/Sirius y Harry/Draco, pero en un futuro.

Advertencias: Violencia, Indicios de Violación y Lemon.

N/a: ¡Dioses! Se han superado con este episodio. Creo que cada episodio que subo me llegan más reviews, y debo agradecer de ello a Anónimo, que me ha estado promocionando entre sus amigos. ¡No se preocupen por revelar el nombre de Anónimo! Con que me lea y podamos hablar de vez en cuando vía review-reply, me vasta y me sobra.

Intentaré subirlo el viernes, como muy tarde el sábado.

Este episodio está dedicado a Smithback, porque hace listas para acordarse de lo que debe comentar. ¡Yo también las hago cuando dejo reviews!

Un beso y disfruten de su lectura.

Atte: Tommy.

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Capítulo nueve: Aceptada. En casa.

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Mientras intentaba conciliar el sueño recostada en la amplia cama de la habitación que le habían asignado, Hermione dejó que sus sentidos se expandieran y prestó especial atención a los múltiples sonidos que la rodeaban como si fueran una cálida manta. La envolvían con su variedad y su frescura. Rítmicas voces masculinas en diferentes puntos de la casa. Baritoneas, roncas y graves. Todas ellas hermosas. Las risas de dos niños que no deberían de estar despiertos a esas horas de la noche. El golpe raudo del viento contra las paredes de la casa que hacía crujir los marcos de madera de las ventanas del segundo piso. Soplando, caprichoso e irregular. Los sonidos sordos de las pisadas sobre las alfombras y los suelos de mármol, con diferentes colores y diseños en cada estancia de la casa.

Se obligó a cerrar los ojos.

La oscuridad de sus párpados sobre los ojos seguía llevándola de regreso a las mazmorras de la morada de Voldemort.

Se había retirado a su habitación mucho antes de que Severus regresara del orfanato. Llevaba varias horas fuera cuando se disculpó con los demás y se encerró entre las cuatro paredes de la recámara. Solo sabía que había regresado porque escuchó el ruido de la chimenea y las risas de Harry, que parecía feliz de tener un compañero de juegos.

Tenía la sensación de que la angustia que le oprimía el pecho era tan explosiva que volaría en pedazos en cualquier momento con la más mínima chispa de luz, así que, previniendo los desastres, ni siquiera encendió las velas al cerrar la puerta, quedando en penumbras. Se sentía tan insegura que no le cabía en la cabeza que pudiera haber forma alguna de que su cuerpo de piel quebradiza y huesos frágiles pudiera contener por mucho tiempo esa cantidad de emociones. En su mente, se veía como algo tan frágil como una hoja.

Aún en medio de aquella parcial oscuridad, solo perpetrada por la luz de la noche que entraba por las ventanas, logró distinguir los cuadros que adornaban las paredes, la belleza de la cama de doseles tan primorosamente tallada. Una conjunción de arte y belleza que la abrumó.

Si tuviera que describir lo que sentía, diría que algo muy parecido a lo que seguramente sentiría un pordiosero que se gana la lotería. Un montón de incredulidad aderezado con una pizca de felicidad.

Cansada de intentar lo imposible, se resignó a no poder dormir. No era la cama, mucho menos las almohadas. El colchón era más cómodo que el que tenía en la enfermería de Hogwarts y había tantas almohadas, de tamaños y durezas diferentes, que de no gustarle una, podía simplemente echarla a un lado y tomar otra. Era, tal vez, a novedad.

Hogwarts le era familiar, le daba paz.

Ese lugar, no.

Cinco minutos más tarde estaba levantada y se paseaba descalza sobre la fría superficie de mármol recién pulido. O al menos parecía estarlo. Caminando de un lado a otro de la habitación de manera frenética, trazando al hacerlo un nervioso circuito cíclico que repitió una y otra vez. De la cama a la mesa de noche. Alrededor de la cama. Hacia la silla al lado de la puerta. Una vuelta por la ventana. Luego un recorrido por los muebles antiguos que se apoyaban en la pared. Primero la cómoda, el peinador, el escritorio francés, hasta llegar a la puerta del baño privado. También pasó por la chimenea y una estantería vacía. Otra vez la cama y volver a comenzar.

En otras palabras: caminó. Caminó y caminó. ¡Ah! Sí. Volvió a caminar. Hasta que le dolieron los pies de tal forma que tuvo que sentarse.

"Señor, no me corrijas en tu cólera, en tu furor no me castigues."

Todas las comodidades y los lujos que la rodeaban no tenían ningún sentido para ella. La vida normal le era ajena. Se había convertido en un idioma extranjero que había olvidado como hablar y leer por falta de práctica y necesitaba de un diccionario para poder traducirlo.

El reloj sobre la mesa de noche marcó las once. Muy tarde para los niños pero muy temprano para los mayores. ¿En qué categoría debía incluirse? Ella se sentía tan cansada que bien podría dormir una década completa. Tal vez más.

Las manecillas del reloj se mantuvieron bajo la atención de su mirada, inmutables. En ningún momento detuvieron su caminar. Las once y cinco. En la planta baja alguien comenzaba a subir las escaleras y otra persona en alguna de las habitaciones del otro corredor abrió la ducha. Una lechuza ululó en los jardines y la brisa movió las hojas de los árboles. Las once y ocho. James y Severus discutían en las cocinas. Sally los calló ofreciéndoles canapés de espinaca. Alguno de los dos gimió de gusto. Las once y once.

¿Cuánto tiempo hacía que estaba libre? ¿Cuánto hacía desde que Severus había entrado a las mazmorras de aquella mansión infestada de mortífagos y la había liberado de los grilletes? ¿Una semana? ¿Un mes? Quién sabe. A ella le habían parecido unos minutos. Quizá hubieran sido milenios. El concepto de tiempo le era confuso. Parecía ir muy lento en ocasiones y muy rápido en otras. Caprichoso como él solo.

Al igual que su visión borrosa, era algo que la aislaba y la asustaba.

Se tensó al escuchar pasos en el pasillo, pasando muy cerca de la puerta. Tras pasar de largo, ella volvió a sentarse en la orilla de la cama, relajando muy poco a poco los músculos. Y había que recalcar el "poco".

¡Virgen Santa… se sentía diminuta!

Daba igual qué tomara como base. En medio de la enorme habitación, o en la cama en la que bien podían caber cuatro personas sin llegar nunca a tocarse. En comparación con los ruidos, los olores y las texturas que la sobrecogían. Se sentía agobiada pro la cantidad de estímulos sensoriales.

El mayor problema del temor y la vergüenza era que no te hacían encoger ni desaparecías por arte de magia. Tampoco te volvías invisible a los ojos de los demás. Únicamente te daban la sensación de ello. Y en ese preciso momento hubiera dado lo que fuera por tener a mano la capa de invisibilidad.

Se fue encogiendo sobre sí misma, poco a poco, hasta que tuvo los pies metidos debajo del cuerpo. Estiró las manos y cogió uno de los muchos almohadones enfundados en satén, usándolo tanto de escudo como de camuflaje. Se abrazó con tal fuerza a él que se oprimió el pecho dolorosamente en el proceso. Inmediatamente y de manera inconsciente, comenzó a acariciar la suave y perfumada tela. Olía a rosas y a madera.

"Tenme piedad, Señor, que estoy sin fuerzas, sáname…"

Hermione estranguló en cojín. ¿Qué demonios le sucedía? Debería de estar feliz. Pletórica, de hecho. Después de sabría Dios cuánto tiempo encerrada y torturada, con Voldemort ocupándole personalmente de su maltrato, debería de estar llorando de alivio. Y lo había hecho, pero ahora deseaba llorar de coraje, enfadada consigo misma y con el mundo. En lugar de estar feliz, todo lo que la rodeaba le parecía falso. Como una enorme, gigantesca casa de muñecas. Ella era la Barbie que había sido descabezada en un arranque de furia.

"Ahora estarás a salvo" había dicho Dumbledore. Ella, por otro lado, no sentía como si todo aquello hubiese acabado. Y tenía la impresión de que no lo estaría hasta que tuviera la cabeza del desgraciado del Lord como trofeo en su mesita de noche. Bañarse en su sangre pútrida.

Los mismos pasos de antes volvieron a pasar frente a la puerta, siguiendo de largo hasta el final del pasillo. Al cabo de unos minutos, volvieron a hacer el mismo recorrido, solo que a la inversa. Iba y venía. Iba y venía. Una y otra vez. Cerró los ojos, concentrándose. Conocía esos pasos. Eran rítmicos y fuertes. Como si avanzara marcando en ritmo de una música imaginaria y al mismo tiempo caminara dando grandes zancadas.

Había oscilado ya unas quince veces cuando al fin se detuvo frente a la puerta.

El aroma a hombre entró por los resquicios de la puerta, llenándole los sentidos. Mareándola. Ese aroma le provocada el mismo efecto que una docena de cervezas de mantequilla. La cabeza le daba vueltas comos si estuviera borracha. Además, ese olor a chocolate fundido le había querer tener a mano una cuchara de las grandes y un cuenco de fruta cortada para poder zambullirse de cabeza en ese mar del delicioso dulce que era su aroma natural.

Quería darse un festín.

¡Dios! Una mujer perdería su virtud, vendería sus órganos y a su madre por ese aroma. Si hubiera manera de embotellarlo y venderlo, seguro que estaría más forrado que Bill Gates.

Necesitó toda su fuerza de voluntad para lograr volver a respirar con normalidad y tranquilizarse.

- Pasa, Sirius –

Habló lo suficientemente alto como para que él pudiera escucharla por sobre las pesadas puertas de madera, tan anchas como una mano. El picaporte giró y la puerta fue empujada hacia dentro. A través de la entrada pasó un haz de luz que abrió una brecha en medio de la oscuridad reinante de la habitación. Los goznes no hicieron el menor ruido al moverse pero sus pisadas sobre el suelo fueron suficientes para indicarle sin necesidad de verlo de su proximidad. El sonido la estremeció.

A cada paso podía ver como sus músculos se endurecían bajo la piel y sus ojos brillaban con un toque predador. No respetó límites por su miedo, como habían estado haciendo toda esa tarde Remus y James. No la trató como si fuera una muñeca de cristal.

Fue él solamente. Verdadero.

Y hasta entonces, fue la única cosa que le pareció real en medio de ese sueño. Hermione deseó que se quedara a su lado.

"Que mis huesos están desmoronados"

- ¿Qué sucede? –

La pregunta debió tomarlo por sorpresa, porque los hombros se le tensaron bajo la chaqueta y contuvo la respiración por unos segundos. Finalmente, exhaló ese mismo aire retenido en un largo y profundo suspiro con el que le dio la impresión de que se estaba desinflando. Aliviando sus presiones. Abrió la boca y la cerró. La volvió a abrir sin decir nada. En el tercer intento soltó una palabra soez y se revolvió el cabello. Inhaló, listo al fin para hablar.

- Venía a darte las gracias –

Recargó la espalda contra la pared, apoyando también la pierna derecha en ella. Hermione no contestó lo dicho, porque en primer lugar, no sabía de qué estaba hablando. En segundo, su presencia la abrumaba hasta el punto de desconectarle todas las neuronas. "Gracias por su apoyo, chicas" les dijo mentalmente con la voz cargada de sarcasmo, sintiendo el ya habitual cosquilleo debajo de la nuca. Se limitó a verlo, en espera de que dijera algo más. Cualquier otra cosa.

Por extraño que pudiera sonar, su voz la relajaba.

La oscuridad de la habitación le impedía ver más allá que su silueta, recortada por la precaria luz que entraba por la ventana. Aún así, a su lado, la habitación parecía llenarse con su presencia. Su cuerpo de pecho y hombros fornidos abarcaba por completo su campo de visión, y en algún momento dejó de respirar aire para solo inhalar ese magnífico perfume suyo. Sus ojos brillaban como si fueran fluorescentes.

- También quería pedirte perdón – murmuró, mucho más bajo.

Exhaló un suspiro mientras sus hombros suavizaban la pose y las cejas se le elevaban, hasta que sus ojos mostraron algo parecido al arrepentimiento, mezclado con mucha determinación.

- Mentiría si digo que no quise hacer lo que hice. ¡Claro que deseaba hacerlo! Incluso se me pasaron por la cabeza ideas peores de las que ahora me siento muy avergonzado. Tampoco lamento que estés aquí, porque has impedido que todo aquél horror se repita. Lo que si siento es el haberme comportado como un bárbaro y que tuvieras que pasar por todo eso –

No hubo necesidad de que explicara a qué se refería con lo último. El tono asqueado con el que pronunció la última palabra fue suficiente para que ella lo dedujera. Se encogió un poco más, enterrando la cara en uno de los cojines.

- No tienes que disculparte por eso. Tu no tuviste la culpa de nada – farfulló, incapaz de decirle más alto.

- Nadie se merece que se le trate así. Mucho menos tú, que… -

Antes de que pudiera seguir su monólogo, ella lo interrumpió, lanzándole a la cara el cojín que hasta ese momento había tenido contra su pecho. Sirius la miró sorprendido, cosa que a ella no le importó. Ni siquiera lo notó. Estaba furiosa. Y "furiosa" era quedarse lago corta.

- Escúchame bien, Black – gruñó sin proponérselo, pero queriendo hacerlo con todas sus ganas – no quiero la lástima de nadie. Puede que ahora tenga el aspecto de un animal pero no soy un perro callejero al que le das unas palmaditas en la cabeza para animarlo y sentirte menos culpable. Sigo siendo una persona – "Si tan solo no estuvieras tan lejos…" pensó, conteniendo el impulso de levantarse e ir hasta donde estaba él para darle dos golpes. O algunos cuantos más. En ese momento lo detestaba por hacer que todo su mundo se tambalease. ¿En verdad era tan humana como afirmaba? – Sigo siendo una persona – repitió, aunque esta vez, lo hizo para convencerse a sí misma de ello.

Se detuvo y lo fulminó con la mirada de su único ojo.

- Estabas furioso por lo de Peter. ¡Yo lo estaba aún más cuando lo maté! – chilló, enloquecida – No pienso pedir disculpas por ello –

Para ese momento, Sirius había comenzado a caminar de un lado a otro, yendo y viniendo sobre el camino que sus pasos ya habían marcado. Como un león enjaulado. Y al igual que la fiera, de vez en cuando la miraba, como esperando a que se acercara lo suficiente para atacar. Cuando terminó de gritarle, el león se detuvo y la asechó desde el otro lado de la protección de su flequillo largo. Sin previo aviso encendió una de las velas de la habitación.

"Desmoronada totalmente mi alma"

Cuando por fin pudo verle el rostro completo, advirtió que sonreía. Y que dentro de sus ojos no había rastro de compasión.

- No te tengo lástima – sonrió aún más, mostrando sus dientes aperlados – jamás podría sentir lástima por alguien tan fuerte como tú. Siento lástima por cualquier desgraciado que tenga la desgracia de cabrearte. ¡Chillas incluso más fuerte que Harry! -

El conjunto de su sonrisa y sus palabras la derrumbaron. Echaron abajo la fachada de mujer fuerte que se había puesto. Se odió cuando la voz le tembló al contestarle.

- No soy fuerte –

- Sí lo eres – se acercó a pasos lentos, dándole la oportunidad de apartarse. Siguió haciéndolo, y a pesar de su cercanía, no llegó a sentirse amenazada por su presencia - No entiendo cómo has conservado la cordura y soportado todo ese dolor – suspiró – Nunca podré saber lo que has sentido. Lo que has vivido. Lo que sí se es que eres valiente como pocas, y testaruda. Moverías una montaña si te lo propusieras –

Sin poder evitarlo, apartó la mirada de sus intensos y profundos ojos azules, posándola en sus manos, ampolladas y ásperas. Sólo una muestra más de lo cruel que había resultado ser la vida con ella. Las lágrimas comenzaron a correr por su mejilla derecha, terminando en su túnica. Deseó apartarlas de un manotazo, por delatarla en su debilidad.

¡Santo Cielo! No había llorado tanto en su vida.

Poco a poco se sintió más relajada, perdiendo incluso la noción de si él seguía en el lugar o no. Tenía la visión completamente distorsionada por sus ojos empañados, impidiéndole ver con claridad las manos que tenía delante del rostro. Sentía los ojos temblarle descontrolados a causa de los incontenibles y mudos sollozos.

Su olor a chocolate la arrulló, confortándola. Seria tan fácil confiar en él. Únicamente tenía que volverse, dejar que se acercara y la rodeara con esos brazos fuertes y robustos. Que la arropara y se quedara a su lado durante la noche. Confiarle su sueño. Con un sollozo más y aún más fuerte, se dio cuenta de que no podía hacerlo, a pesar de lo sencillo que parecía ser el proceso.

En su mente sólo había una cosa clara. Era la única verdad incuestionable en la cual podía fiarse. La gente siempre acababa haciéndote daño. Tarde o temprano. De una manera u otra. Los humanos tenían la absurda tendencia a traicionar o a morir. Maldito fuera el tiempo por ello. Si morían, te dejaban un hueco imposible de llenar en el pecho. Te dejaban un poco más vacío. Si te traicionaban, veías caer toda la confianza que habías depositado en ellos a lo largo de los años. Jamás se había visto defraudada en ese aspecto. Y tenía pensado hacerle caso a su experiencia.

Ya arriesgaba mucho al confiar en Severus. Abrirle su corazón a otra persona sería como bajar de golpe todas sus protecciones.

Dejarse expuesta.

Le dio la espalda. Sirius volvió sobre sus pasos hacia la puerta. Se disponía a marcharse. La dejaba sola otra vez en medio de la oscuridad de su interior. Un rayo de luz atravesó la penumbra, incidiendo en sus magníficos hombros masculinos.

Actuó con el corazón. Sin pensar en las consecuencias de sus actos.

"Vuélvete, Dios mío, recobra mi alma, sálvame, por tu amor"

- Espera – rugió de último minuto, justo a tiempo para evitar que él pudiera dar el primer paso fuera. – Yo… -

Más nerviosa de lo que nunca había estado, las palabras se le atragantaron, perdiendo completamente la coherencia. No lograba dar significado a una frase aunque fuera y ya comenzaba a sospechar que eso le pasaría siempre que estuviera con Sirius. A menos, claro está, de que estuviera lo suficientemente enojada para hablar sin pensar. Apretó más fuerte la almohada, hasta que casi pudo escuchar en medio del tenso silencio que se instaló entre ellos el sonido de las costuras reventando.

"¿Qué estoy haciendo?" pensó mientras sentía que perdía el valor.

- ¿Puedes… Puedes quedarte conmigo? –

Tartamudeó al hablar y no tuvo fuerza suficiente para elevar la mirada y verlo a los ojos. Temía que de hacerlo pudiera ver la desesperación que la embargaba, abrumadoramente aterradora. Lo ansiosa que estaba en ese momento. Las ganas terribles de que alguien la abrazara. De que un hombre la envolviera en sus brazos sin tener la compulsión de gritar.

Sirius frunció el ceño.

- ¿Qué estás…? – exclamó, sin molestarse en ocultar su sorpresa. O tal vez fuera el asco. Ella no sabía. Después cerró los ojos y negó con la cabeza, negándose a mirarla - No. No puedo –

Soltó el aire que no sabía que estuviera reteniendo en un pesado suspiro y se frotó distraídamente el lado izquierdo del rostro. Escondió la cara, ocultando así de él tanto sus espantosas cicatrices como su decepción. Su dolor. Sentía la cara arrugada en un gesto de angustia. No podía culparlo por sentir asco de ella. Tenía una ligera tensión en el perfil izquierdo, menos intensa que en el momento en que llegó gracias a las pociones y los ungüentos que tanto Poppy como Severus le habían preparado. El Slytherin incluso había pasado varios días buscando alguna combinación que la ayudara a desvanecerlas lo más que fuera posible. Y poco a poco se iban desdibujando, pero, con tristeza, el pocionista le advirtió que jamás se borrarían del todo. Estaba marcada de por vida.

Ni siquiera notó su cercanía mientras se lamentaba por su aspecto.

"No voy a llorar" se dijo.

"Porque, en la muerte, nadie de ti se acuerda"

La cama se hundió y unos brazos fuertes la rodearon. Ella trató de apartarse, pero no gritó. E hizo lo que hizo movida por su enojo, no por el miedo que pudiera haberle provocado su contacto cálido. Se sentía tan furiosa consigo misma por su debilidad que nada más importaba.

- No te atrevas a pensar que soy tan superficial como para negártelo por tus cicatrices – gruñó él, deslizando una mano hasta la que ella tenía en el rostro, la mano con la que había estado escondiendo su más evidente deformidad.

Hermione se desmoronó, recargándose contra el pecho se Sirius y pasándole los brazos alrededor de la fuerte cintura del hombre. Seguramente él no quería lidiar con semejante muestra de debilidad, pero ella no podía evitar necesitarlo. El cálido y seductor aroma le cosquilleó en la nariz. Sin proponérselo hundió el rostro en su pecho y respiró hondo.

No supo quién estuvo más sorprendido ante sus actos. Si ella, al darse cuenta de que sus cuerpos prácticamente estaban incrustados y no había echado a temblar. O él, por le hecho de que ella lo estuviese oliendo. Ambos se quedaron viendo a los ojos con expresiones idénticas de desconcierto, como si de repente tuvieran monos bailándoles en la cabeza.

Aquello, sin duda alguna, era más raro que un perro verde.

Hermione se sintió más ligera en ese instante, sosegada por el calor que irradiaban sus brazos. Pero no en el buen sentido. Tras lo vivido, toda ella estaba formada única y casi exclusivamente de rabia. El rencor que había acumulado en su cautiverio le había dado forma al cuerpo que había escapado y vida a su alma. Ahora, era como si su piel se hubiera convertido en un colador y todo se le escapara, evaporándose en el acto. Desapareciendo sin dejar rastro. Dejándola sin nada.

Se agarró con más fuerza a la chaqueta de cuero. No quería desaparecer.

"Estoy extenuado de gemir, baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama"

La voz con la que Sirius le habló después fue mucho más suave.

- Me importan una mierda las cicatrices, Hermione - no pudo evitar estremecerse al escuchar su nombre salir de sus labios. Era la primera vez que la llamaba así en lugar de usar su apellido – no me puedo quedar porque tú no estarías a gusto –

Ella no hizo caso a su réplica, desde luego llena de lógica, ni al tono autoritario de su voz o su mirada. La había abandonado el valor. Cierto. Pero la desesperación que sentía con tanta intensidad le dio fuerza suficiente para hablar.

Lo necesitaba. Con una desesperación que rallaba en la locura.

Esta vez, la voz no se le quebró al hablar. Gracias al cielo.

- Por favor – suplicó – quédate –

- Será mejor que me vaya –

Al notar su renuencia se echó a temblar. No por miedo, precisamente, que era por lo que él lo tomaría, sino por la angustiante necesidad que le corroía las venas como ácido.

- No quiero… No puedo estar sola. Por favor, quédate conmigo. Necesito… - Lo necesitaba. A él. A ningún otro. Lo cual era de lo más extraño – necesito estar con alguien –

- Entonces espera. Llamaré a Snape –

- ¡No! - Chilló, frustrada. ¿Es que ese hombre no podía hacer simplemente lo que le decían? – Él no es lo que busco –

"No eres tú"

Ciertamente, la idea de llamar a Severus nunca había pasado por su cabeza a pesar de lo bien que se sentía cuando estaba con él. En ese momento no deseaba estar con Severus. Quería la compañía del hombre que tenía enfrente. El que era capaz de todo por sus amigos. A pesar de la brutalidad con que la había tratado en el pasado, su cuerpo y corazón le pedían a gritos que confiara en él. Y la voz de su razón era apenas un susurro comparada con sus voces.

Era algo instintivo. Casi primitivo.

Un gesto de resignación cruzo en un segundo el rostro de Sirius, al siguiente, fue sustituido por un ceño profundamente fruncido. Se pasó las manos por la cabeza. Una y otra vez se frotó el puente de la nariz. Luego, el pecho se le expandió al tomar una profunda bocanada de aire.

- No te vayas – susurró.

"Mi ojo está corroído por el tedio, ha envejecido entre opresores"

Sirius soltó una maldición contra los dioses que la hizo sonreír. Había ganado la batalla en esa ocasión. Un taco era lo más parecido a un "sí" que podía esperar.

- Voy a ponerme un pijama –

Minutos después estaba de vuelta, ataviado con un costoso juego de pijama que consistía en un pantalón holgado, una camisa y una bata de noche. Tenía una cara de fastidio con la que no podía. Ella pensó que iba demasiado cubierto.

- ¿Sueles dormir con tanta ropa? –

En ese momento él estaba de pie al lado de la cama, sin atreverse a acostarse junto a ella a pesar del amplio espacio. Él asintió, mirando las sábanas como si tuviera una batalla campal con ellas. Y las sábanas iban ganando.

- ¿Entonces por qué tienen puestas las etiquetas?- le señaló los tres trocitos de cartón que colgaban de las prendas.

- Me tocaba estrenar – rumió, mintiendo con obviedad. ¿Cómo era que los profesores nunca los habían atrapado?

- Sueles dormir desnudo – afirmó, sin tener dudas de ello.

Sin decirle nada, o inclusive mirarla, ahuecó las almohadas y se sentó, hundiendo el colchón bajo su peso. Se recostó sobre el edredón y cruzó los pies sobre los tobillos. Dos segundos más tarde se acostó de lado, dándole la espalda. Luego rodó sobre sí mismo, hasta mirar al techo. Otros segundos después, se echó sobre el estómago.

- ¿Puedes quitarte eso de una vez? –

- No quiero incomodarte –

- Lo que me está incomodando es que des tantas vueltas. Me siento como en una batidora –

Asintió y comenzó a quitarse la bata y la camisa. Dejándose puesto únicamente el pantalón. Cuando volvió a acostarse, soltó un suspiro de alivio. Y se quedó quieto, lo cual, la hizo suspirar a ella.

- Me sentía como un regalo sobrecargado de papel y cintas –

Sonrió, apoyando la cabeza en la almohada.

"Apartaos de mí todos los malvados, pues el Señor ha oído la voz de mis sollozos."

Por todo lo que hacía por ella, sintió unos enormes deseos de abrazarlo. La idea la tomó por sorpresa, asustándola e incitándola en partes iguales, dejando la balanza muy equilibrada. ¡Dios! Tenía tanto miedo y a la vez tantas ganas de dejar que él se colara hasta lo más profundo de su vida. La necesidad de tocarlo fue tan intensa que sacó el brazo de entre las sábanas y tomó su mano.

"Mírame" pensó, sin saber muy bien por qué. Tuvo que morderse la lengua para no pedírselo en voz alta.

- Gracias - fue lo único que dijo al final.

"Mi Señor ha oído mi súplica, Mi Dios acoge mi oración"

Cerró los ojos, arrullándose con el sonido de su respiración.

Continuará…

¡Hola a todos!

Se preguntarán… ¿Qué hace esta loca subiendo tres capítulos en una misma semana? Es que me entró un ataque de inspiración, y estaba segura que de no escribir ahora, no iba a acordarme después de todo lo que quería escribir. Espero que les guste el episodio y advierto que no habrá verdadero Sirius/Hermione hasta el capítulo catorce o así.

Para Okashira Janet: sí, la vez que va a haber algo como el cicatricure made in Snape, pero también será como nuestro adorado Kenshin, las marcas siempre estarán ahí. Solo se le harán menos feas. Tampoco va a recuperar el ojo izquierdo.

Para todos los demás, gracias por sus reviews y por su apoyo. Este episodio espero que les guste, a pesar de que creo que es más corto que otros.

Para los que no lo hayan entendido. Lo de "En casa" del título, no es solo referente a la mansión Prince, sino también a los brazos de Sirius. Aunque eso, Hermione aún no lo sabe.

Sin más que decirles, un beso para todos.

Atte: Tommy.