- CAPÍTULO 9 -
Un poder desconocido
A la mañana siguiente, Harry y Ron esperaron a Hermione en la Sala Común para bajar a desayunar, observando mientras tanto a sus compañeros de Gryffindor, que bajaban de sus respectivos dormitorios con cara de cansancio y de estar poco acostumbrados a madrugar. Desalentado, Harry comprobó que, aparte de Seamus y de Parvati, faltaba mucha más gente. Allí estaban Colin y Dennis Creevey, pero los dos solos, sin su habitual cohorte de compañeros de expresión asombrada. No sin cierto alivio, descubrió que Romilda Vane tampoco había vuelto a Hogwarts. También faltaban, o al menos no los vio por ninguna parte, Andrew Kirke y Jack Sloper, que una vez fueron los golpeadores de Gryffindor. Siguiendo el hilo de sus pensamientos, buscó con la mirada y se alegró ligeramente al descubrir entre los que atravesaban la Sala Común a Demelza Robins, Jimmy Peakes y Ritchie Coote. Sin embargo, su ánimo decayó al recordar que no importaba que su equipo hubiera vuelto a Hogwarts casi al completo, porque aquel año no iba a haber campeonato de Quidditch.
Seguía alicaído cuando se sentó a la mesa de Gryffindor en el Gran Comedor, y tuvo que obligarse a servirse un plato de revuelto con arenques y una taza de té. Ron, sin embargo, parecía bastante animado, o al menos su apetito era el propio de una persona animada: se atiborró a huevos con salchichas antes de que Harry hubiera empezado a comerse el contenido de su plato. Hermione dejó la copa llena de zumo de calabaza cuando una lechuza parda le trajo su ejemplar de El Profeta, y depositó cinco knuts en la bolsita que el ave tenía atada a una pata.
- ¿Algo interesante? - preguntó Ron entre bocado y bocado de huevo, mientras Hermione desplegaba el periódico y lo observaba atentamente.
- No mucho - dijo ella al cabo de un rato, alargando la mano sin mirar para coger el zumo y dar un sorbo -. Bueno... siguen hablando de ti, Harry.
- ¿Sí? - preguntó él, indiferente, jugando con la comida -. ¿Y qué dicen?
- Pues... Nada, que eres estupendo y esas cosas - contestó Hermione encogiéndose de hombros -. "El Elegido", o, como se lo conoce en toda la comunidad mágica, "El Niño Que Vivió", Harry Potter, no ha vuelto a ser visto en el Ministerio de Magia desde aquella visita que realizó a principios de agosto. Sin embargo, fuentes bien informadas nos aseguran que el principal enemigo de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado (ahora que Albus Dumbledore ha muerto), del que se dice que es el único que podrá luchar contra él según una profecía oculta en el Ministerio, como ya hemos informado en anteriores ediciones, hace visitas regulares al Ministro, Rufus Scrimgeour, y al cuartel general de los aurores. El jefe de la oficina, Gawain Robards, no ha querido hacer declaraciones al respecto, pero ha insinuado que los aurores y Harry Potter trabajan codo con codo para descubrir la forma de acabar con Quien-Ustedes-Saben. Por otra parte, el secretario junior del Ministro, Percy Weasley...
- Ya me extrañaba a mí que no saliera ese imbécil por algún lado - gruñó Ron.
- ...ha asegurado a un periodista de este periódico que Harry Potter y el Ministro están estudiando un plan de acción contra los mortífagos, que, evidentemente, deben mantener en secreto, pero que podría suponer un ataque a gran escala con todos los efectivos disponibles de la oficina que dirige Gawain Robards. Harry Potter, de diecisiete años, ha iniciado este lunes su último curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, dirigido por la profesora Minerva McGonagall, blablabla. Las mismas chorradas de siempre - terminó Hermione.
Harry suspiró. - Hay que ver qué imaginación tiene esta gente - comentó, cogiendo un bol y llenándolo de gachas de avena.
- Y qué esperabas del idiota de mi hermano - gruñó Ron bebiendo un sorbo de zumo -. Menudo cretino que está hecho. De verdad que no sé a quién ha salido...
- Bueno - suspiró Hermione, pasando las páginas del periódico -, es evidente que, como te negaste a hacerles propaganda el curso pasado, han aprovechado el día que fuimos al Ministerio para hacer creer a la gente que estás con ellos.
Harry sacudió la cabeza.
- No sé cómo la gente puede ser tan crédula - dijo -. ¿En serio piensan que me he pasado todo el verano entrando y saliendo del Ministerio sin que me viera nadie?
- Hombre - comentó Ron, sonriente -, supongo que creen que, si puedes matar a Quien-Tú-Sabes, también puedes entrar en secreto en el Ministerio...
- Sí, claro - dijo Harry en tono burlón -, y resulta que, teniendo una forma de entrar tan ultra-secreta, voy un día y me meto en el ascensor acompañado por Hermione y en plena hora punta, por despiste, ¿no?
Ron hizo una mueca.
- Sólo a Percy se le podía ocurrir una excusa tan mala - dijo.
- No sé si Percy es el único responsable de esto - dijo Hermione desde detrás del periódico -. Me da la sensación de que, haya dicho lo que haya dicho, se lo ha dictado el Ministro. Igual que Gawain Robards "ha insinuado" que Harry trabaja codo con codo con ellos.
Ron frunció el ceño.
- ¿Y cómo...?
- Bueno - dijo Hermione -, porque no creo que Percy tenga mucho poder para ordenarle al jefe de los aurores que "insinúe" que trabaja con Harry. Además - continuó -, no sólo se trata de eso.
- ¿Qué más hay? - preguntó Harry, curioso -. ¿Qué ha pasado?
- Oh, bueno - dijo Hermione señalando el periódico -, es un artículo de opinión... ¿adivináis de quién?
- No - dijo Harry con voz implorante -. Dime que no.
- Sí - contestó Hermione -. Rita Skeeter.
- No sé si pedirte que me lo leas - dijo Harry.
- Oh, tampoco es tan preocupante - respondió ella bajando la mirada al periódico.
- Déjamelo - pidió Harry, tendiendo la mano. Hermione hizo una mueca y le pasó el periódico.
HOGWARTS CONTRA HARRY POTTER
Muchos nos preguntamos si los miembros del Consejo Escolar (el órgano que toma las decisiones en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, al menos nominalmente) siguen siendo aptos, o los padres de los alumnos deberían pedir que dimitieran todos en bloque. En primer lugar, por tomar la decisión de reabrir Hogwarts, cuando a todos los que todavía pensamos un poco nos resulta evidente que, cuando estamos en medio de una guerra, lo primero es garantizar la seguridad de los más jóvenes, y también es evidente que en Hogwarts la seguridad no está asegurada ni mucho menos. Después de lo ocurrido el pasado mes de mayo, cuando un grupo de mortífagos se infiltró en el colegio y asesinó al anterior director, la decisión razonable habría sido enviar a los alumnos a su casa, al menos hasta que el colegio pudiera garantizar su seguridad. Y eso es algo que, al parecer, no va a suceder en los próximos meses, o incluso años.
Pero la segunda decisión del Consejo es, si cabe, aún más inexplicable: el nombramiento de Minerva McGonagall como directora del centro. La profesora McGonagall, que fuera subdirectora en los últimos tiempos, ha demostrado su incompetencia al no negarse a abrir Hogwarts este año, y al negarse a permitir que un nutrido grupo de aurores permaneciese en el interior del castillo como protección para los alumnos, como el Ministerio había ofrecido. Pero, si hay algo que demuestre que McGonagall no es apta para llevar la dirección de un colegio, o incluso para continuar ejerciendo la docencia, es su aparente falta de interés en la seguridad del mundo mágico. No contenta con permitir que los alumnos de Hogwarts corran un peligro que se ha demostrado que es bastante real, la nueva directora ha decidido permitir que Harry Potter vuelva también al colegio, donde actualmente cursa séptimo y se prepara para examinarse de los ÉXTASIS. Al hacerle volver al colegio, no sólo ha colocado a Harry Potter en una situación palpable de peligro, sino que además le ha apartado de su labor en contra de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, que, como todos sabemos, ha estado desarrollando este verano en estrecha colaboración con el Ministerio de Magia.
La dirección de Hogwarts ha sico ostentada en los últimos tiempos por directores muy poco convencionales, el máximo exponente de los cuales fue Albus Dumbledore, fallecido el pasado mes de mayo, que obtuvo el cargo hace ahora cuarenta años. Sin embargo, si bien Dumbledore fue cuestionado en bastantes ocasiones por su forma poco ortodoxa de llevar el Colegio, al menos siempre dejó bien claro que la seguridad de Harry Potter era una de sus prioridades.
Si Minerva McGonagall no tiene interés por la seguridad de Harry Potter, que es, en última instancia, la seguridad de todos los miembros de la comunidad mágica, entonces quizás el Consejo Escolar debería plantearse destituírla y enviar inmediatamente a Harry Potter al Ministerio, donde, como es lógico, permanecerá mucho más seguro y podrá dedicarse por completo a la lucha contra Quien-Ustedes-Saben.
- Bueno - Harry se encogió de hombros -, me habría extrañado mucho que Rita no hubiera entrado en este tema, ahora que ya no la tienes amenazada, Hermione. De hecho, me pareció muy raro que el año pasado estuviera tan callada.
- El año pasado todos estuvieron muy callados - comentó Hermione -. Creo que fue porque esperaban a que Scrimgeour les dijese lo que tenían que publicar, y Scrimgeour todavía tenía la esperanza de conseguir llevarte a su terreno. Ahora que ya sabe que no vas a colaborar con él, El Profeta se ha dedicado a inventarse sus propias noticias para que la opinión pública piense que te estás dedicando en cuerpo y alma a salvarles el pellejo.
- Pero entonces - intervino Ron -, ¿por qué Rita Skeeter da a entender en este artículo que Harry está prisionero, o algo así, en el colegio, y que no puede ir al Ministerio a tener sus reuniones secretísimas con Scrimgeour?
- Hombre - dijo Hermione, pensativa -, supongo que será porque se les están acabando las excusas... Llevan un mes tirando de aquella vez que nos vieron en el Ministerio, pero como Harry no ha vuelto a dejarse ver por allí, Scrimgeour debe haberle dicho a Rita que escriba esto por cubrirse las espaldas. Así, si la gente sospecha que Harry ya no va a verle, siempre puede explicarlo diciendo que está en el colegio y no puede dedicarse a eso. Y, si le echan las culpas a alguien, será a McGonagall, no a Scrimgeour.
- Está bien pensado - dijo Ron, mojando un trozo de pan en la yema del huevo -. El Ministerio queda bien, que es lo que quieren, claro. Harry queda bien, porque si le intentan volver a dejar en ridículo como hace dos años sólo iban a llevar las de perder, ahora que vuelve a ser el niño bonito de la sociedad mágica y el super héroe hechicero de nuestros tiempos.
- No te pases - respondió Harry, abochornado -. No creo que...
- Tienes razón, Ron - asintió Hermione, ignorando a Harry -. Y, de paso, dejan mal a McGonagall por si acaso la gente protesta porque Harry esté estudiando en lugar de dedicarse a luchar contra Voldemort.
- ¿Sabéis una cosa? - dijo Ron, levantando un poco el tono, enojado -. Cada día me caen peor los que trabajan en el Ministerio. Estoy por escribir a mi padre y decirle que deje el trabajo, no sea que se le pegue algo y se convierta en un cretino integral como todos los demás funcionarios.
- Tu padre no tiene nada que ver con toda esta gente, Ron - dijo Hermione -. Si acaso, tu hermano Percy...
- Sí, bueno - gruñó Ron -. Pero es que Percy es un cretino desde que nació, así que tampoco ha necesitado cambiar mucho para adaptarse.
En ese momento pasó la profesora Sinistra, repartiendo los horarios del nuevo curso. Al igual que el año anterior, tenían espacios libres entre clases, porque cursaban menos asignaturas que antes de aprobar los TIMOS.
- Mira, hoy tenemos a Flitwick a primera hora - comentó Ron -. Y después de comer tenemos una hora libre... oh, vaya, y Defensa Contra las Artes Oscuras.
- ¿Pero es que nunca vamos a tener un lunes decente? - preguntó Harry, poniendo al cielo por testigo -. ¿Siempre vamos a tener algún disgusto?
- Por lo menos este año no tenemos a Snape - comentó Ron, paseando la mirada por el horario -. Eso sí que ya no podría soportarlo. McLaggen y Snape...
- Si Snape siguiera dando clases, McLaggen no tendría por qué estar aquí, Ron - dijo Hermione.
- Si Snape siguiera dando clases, yo no habría vuelto ni borracho - la contradijo Harry -. Bueno, igual sí, para matarlo un poco.
- Estábamos hablando en broma, Harry - dijo Ron.
- Qué pena - contestó él -. Yo no.
- Potter - dijo una voz, cuando Hermione iba a contestar. Harry levantó la mirada y la posó sobre las tres personas que se erguían frente a él, mirándolo con expresiones que variaban entre el disgusto y la inseguridad. Y no era extraño: en los seis años y pico que llevaba en Hogwarts, jamás había visto a tres personas que fuera menos probable que fueran juntos de paseo. Y mucho menos que fueran a buscarlo a él.
Allí estaban Robert Urquhart, Edmund Cadwallader y Anthony Goldstein: los capitanes de los equipos de Quidditch de Slytherin, Hufflepuff y Ravenclaw. Sin esperar invitación, los tres se sentaron frente a Harry, al lado de Ron, que se apresuró a alejarse de Urquhart con cara de fastidio. El Slytherin no se molestó en mirarlo.
- Potter - repitió Anthony Goldstein, que al parecer se había autonombrado portavoz; era lógico, porque Goldstein era el único de los tres con el que había tenido algún contacto, cuando estuvieron juntos en el ED dos años antes -. Mira, hemos estado pensando... Bueno - vaciló, como si no supiera por dónde empezar -, verás... Suponemos que tú también tendrás muchas ganas... Como te gustaba tanto y...
- Pensamos que igual podríamos ir a hablar con McGonagall para que nos permitiese volver a formar los equipos y seguir jugando al Quidditch - Cadwallader terminó la frase por él.
- ¿Cómo? - preguntó Harry, extrañado.
- Bueno - dijo Goldstein, incómodo -, si vamos los cuatro juntos, demostrando que estamos las cuatro casas de acuerdo...
- ...sería la primera vez - musitó Ron, sin levantar la cabeza de su cuenco de cereales.
- Precisamente por eso, Weasley - respondió Urquhart con cara de pocos amigos, pronunciando el nombre como si le supiera realmente mal -. Supongo que a McGonagall le gustará comprobar que, por una vez, los cuatro estamos unidos en algo.
- Perdonadme - interrumpió Hermione -, pero no creo que McGonagall tenga mucho que decir en todo esto. Al fin y al cabo, ya oísteis lo que dijo ayer: que había sido decisión del Consejo Escolar...
- Oh, bah - Goldstein hizo un gesto evasivo con la mano -, Dumbledore hacía las cosas a su manera cuando quería, supongo que McGonagall podría hacer lo mismo en este caso, ¿no?
- Pero la seguridad... - insistió Hermione.
- Ya encontraremos la manera de asegurarle a McGonagall que no correremos ningún peligro - dijo Cadwallader -. No sé, quizás podríamos decirle que sólo entrenaremos cuando esté la señora Hooch delante, o algo así...
Ron y Hermione miraron a Harry, sin decir nada. Él se encogió de hombros y se bebió el resto del te lentamente, con parsimonia.
- Bueno - dijo al fin -, supongo que nada se pierde con pedírselo, ¿no? Lo peor que puede hacer es negarse.
- Harry - dijo Hermione en tono sombrío -, no sé si...
- Déjalo, Hermione - la interrumpió Ron -. Yo estoy de acuerdo con él: ya vamos a tener un curso bastante malo, como para no intentar tener algún momento de diversión...
- ¡Pero es que no estamos aquí para divertirnos! - susurró Hermione, furiosa.
- Bueno - siguió Harry, ignorándola y dirigiéndose a los otros tres capitanes -. ¿Y cuándo vamos a ir a hablar con ella?
- Este... - Cadwallader vaciló -. Bueno, verás...
- Habíamos pensado - dijo Anthony Goldstein, que parecía un poco avergonzado -, que deberías decírselo tú, Potter. Como eres el que mejor relación tiene con ella...
- ¿Y de dónde habéis sacado eso? - preguntó Harry, frunciendo el ceño.
- Hombre, era la jefa de tu casa - explicó Goldstein, como si fuera lo más evidente del mundo.
- Y estaba muy unida a Dumbledore - continuó Urquhart -. Y todos sabemos que tú eras el favorito de Dumbledore...
- Nosotros iríamos contigo, claro - se apresuró a añadir Goldstein -. Para demostrarle que estamos todos juntos en esto...
- Sí, no me haría ninguna gracia que pensase que es una cosa mía - dijo Harry, sin saber si reír o enfadarse -. McGonagall no es precisamente una persona con la que quiera estar a malas, la verdad.
- Entonces, ¿lo harás? - preguntó Cadwallader, ansioso.
Harry volvió a encogerse de hombros.
- ¿Cuándo? - dijo, cogiendo un trozo de pan y untándolo de mantequilla.
- Habíamos pensado ir ahora, después del desayuno - respondió Goldstein -. ¿Por qué esperar?
- Tengo Encantamientos - dijo Harry con una mueca -. Pero después tengo libre hasta las tres...
- Yo tengo Herbología hasta la hora de la comida - dijo Anthony Goldstein.
- No sé si vamos a coincidir los cuatro con una hora libre - comentó Cadwallader -. Yo tampoco tengo clase después de comer, ¿y vosotros? - preguntó en dirección a Goldstein y a Urquhart.
- No, tengo la hora libre - asintió Goldstein.
- Creo que yo también - añadió Urquhart -. Si no, me puedo saltar la clase...
- Entonces, ¿quedamos después de comer? - preguntó Harry -. Podríamos abordarla aquí, pero casi prefiero subir a su despacho...
- ¿Por qué? - preguntó Cadwallader con curiosidad.
- Por si acaso se pone a gritarnos como una loca, supongo, ¿no? - dijo Anthony Goldstein, sonriendo.
- Sí, bueno, es una de las razones - Harry le devolvió la sonrisa -. Pero es que creo que a los directores les gusta tratar este tipo de temas en privado, y no rodeados de un montón de curiosos.
- Vale, entonces quedamos después de comer, ¿de acuerdo? - preguntó Goldstein, paseando la mirada por los otros tres capitanes.
- De acuerdo - contestó Cadwallader. Urquhart se encogió de hombros, y Harry asintió con la cabeza y mordió su tostada.
- Vale, hasta luego entonces - dijo Anthony Goldstein, y los tres se alejaron de la mesa de Gryffindor, cada uno en una dirección distinta. Harry sonrió. Qué poco había durado la unión entre las cuatro casas.
- Harry - dijo Hermione inclinándose hacia él -, en serio, no creo que...
- Mira, Hermione - la interrumpió él -. Ron tiene razón: ya vamos a tener un curso bastante malo. No creo que jugar al Quidditch vaya a hacernos ningún mal...
- ¡Pero si ni siquiera querías volver a Hogwarts! - exclamó ella -. Harry, tú mismo has dicho muchas veces que tu prioridad ahora mismo es encontrar y destruir los Horcruxes de Voldemort...
- Y no pienso dejarlo - contestó él, frunciendo el ceño -. No voy a dejar que el Quidditch me aparte de eso, Hermione. Voy a buscarlos, voy a encontrarlos y voy a destruirlos. Pero, ya que estoy aquí, creo que jugar al Quidditch no tiene por qué influir en eso.
- Hermione - intervino Ron -, escucha una cosa: es cierto que Harry tiene una misión, y todo eso que dice El Profeta. Y no sé a ti, pero a mí me preocupa que se obsesione con ello... No, esperad - dijo, al ver que tanto Harry como Hermione tenían intenciones de interrumpirle -. Nosotros dos vamos a ayudarle a encontrarlos, pero, mientras no tenga ninguna pista, no puede estar por ahí fuera buscándolos sin saber dónde buscarlos. Y tampoco puede pasarse la vida encerrado en la Biblioteca, por mucho que tú pienses que es lo mejor del mundo. ¿Qué hay de malo en que haga un poco de ejercicio? Él mismo lo ha dicho: ya vamos a pasarlo bastante mal, como para que no aprovechemos lo poquito que nos dejen para disfrutar un poco...
- Haced lo que queráis - dijo Hermione apretando los labios -. Pero no creo que jugar al Quidditch sea lo más inteligente. Siempre acabáis pensando que es lo más importante del mundo, cuando resulta que todos sabemos que, ahora mismo, Harry tiene cosas más importantes en qué pensar.
La clase de Encantamientos, la primera de todo el curso, comenzó, como ya habían esperado, con una advertencia del profesor Flitwick: aquel año era el último, tenían que examinarse de los ÉXTASIS, y por tanto iban a tener que trabajar como nunca en su vida. Harry suspiró. Si el año de los TIMOS ya había sido bastante agobiante, tenía la sensación de que los cinco profesores que seguían dándole clase iban a presionarles más aún que en quinto. Y, sin embargo, Harry no pudo evitar sonreír. Estaba allí voluntariamente, y, si decidía que había llegado el momento de marcharse antes de los ÉXTASIS, estaba dispuesto a "hacer un Weasley", como todavía llamaban en Hogwarts a escaparse del colegio antes de acabar los estudios después de la legendaria huída de Fred y George a bordo de sus escobas.
Sin embargo, en ese aspecto tenía que reconocer que Hermione tenía razón: ya que había decidido volver a Hogwarts, quizás podría intentar aprender algo útil hasta que llegase el momento de marcharse... Algo que le sirviese en su enfrentamiento con Voldemort. Frunció el ceño. Lo más útil, sin duda, era la Defensa Contra las Artes Oscuras... pero tenía a McLaggen de profesor. Suspiró. Últimamente parecía estar lleno de suspiros... Ni en sus sueños más esperanzados podía imaginar que Cormac McLaggen, el mismo Cormac McLaggen que había sido una estrella del Club Slug, el mismo Cormac McLaggen que había hecho huir de una fiesta de Navidad a la mismísima Hermione Granger, el mismo Cormac McLaggen que le había partido el cráneo durante un partido de Quidditch, pudiera enseñarle algo útil en clase.
Flitwick estaba hablando de algo relacionado con los encantamientos domésticos; Harry, que no estaba prestando atención, se dio cuenta de que el pequeño profesor de Encantamientos estaba diciéndoles que durante ese curso aprenderían bastantes de esos hechizos que Tonks jamás había sido capaz de dominar. No tenía ningún sentido: ¿por qué dejar esos encantamientos para séptimo? ¿No deberían aprender encantamientos más... importantes? Estaban en nivel ÉXTASIS... "Examenes Terribles de Alta Sabiduría e Invocaciones Secretas", eso era lo que significaban las siglas, ¿no? ¿Y qué demonios tenía que ver doblar las sábanas o fregar los cacharros con las Invocaciones Secretas?
Hermione estuvo a punto de soltar una carcajada cuando Harry le contó sus dudas en un cuchicheo.
- No estás prestando atención, Harry - susurró, sonriendo -. No ha dicho que vayamos a aprender "encantamientos domésticos", ha dicho que este curso vamos a aprender los Encantamientos Proteicos... Ya sabes, los hechizos miméticos, como el que les hice a las monedas del ED...
- Ah - respondió Harry -, ya me extrañaba a mí...
- Bueno, parece que este curso va a ser interesante - dijo Ron una hora más tarde, cuando se encaminaban a la Torre de Gryffindor -. Flitwick no ha tardado ni una clase en mandarnos prácticas extra, ¿eh, Harry? "Teneis que reconsiderar vuestra concentración... ¡practicad, practicad!" - imitó.
- Sí, bueno - respondió Harry, torciendo la esquina que daba acceso al pasillo del retrato -. Si pretendía que hiciéramos un Encantamiento Proteico a la primera, es que es él el que necesita reconsiderar su concentración. Corona de Flores.
- Amén - dijo solemnemente la Dama Gorda, franqueándoles el paso al agujero del retrato.
- Esta mujer cada día está peor de la cabeza - comentó Ron mientras trepaban por el agujero y entraban en la Sala Común -. ¿Te acuerdas cuando nos puso de contraseña "Abstinencia" porque una semana antes se había bebido toda una bodega con su amiga Violeta y todavía le duraba la resaca?
- Sí - asintió Harry -. Espero que nunca le dé por meterse en la secta de los monjes esos del pasillo del baño de los prefectos... Podría ponernos de contraseña "¡Arrepentíos, pecadores, el Fin está cerca!" y mantenerla todo el curso.
- Supongo que sí - respondió Ron, dejando caer su mochila junto a una de las mesas y sentándose en la silla -. Bueno, ¿nos ponemos a ello?
- No sé si seré capaz de acordarme siquiera de las palabras del encantamiento sin Hermione - dijo Harry -. Qué pena que tenga Runas Antiguas...
- Bueno, siempre podemos pedirle que nos ayude después de comer - Ron se encogió de hombros -. ¿Una partida de ajedrez?
- Después de comer tengo que ir a ver a McGonagall con esta gente, ¿recuerdas? - dijo Harry -. Lo que me apetecería ahora sería ir a ver a Hagrid... hace meses que no hablamos con él.
- Pero Hermione se volvería loca si se entera de que hemos ido a ver a Hagrid sin ella. Bueno - añadió con una mueca -, siempre está loca, pero ya sabes a qué me refiero...
- Sí, tienes razón - dijo Harry -. Bueno, entonces, ¿qué hacemos? No podemos hacer los deberes sin Hermione, no podemos ir a ver a Hagrid sin Hermione, y se supone que no debemos ir a dar un paseo por los terrenos sin la compañía de un profesor...
- Entonces tampoco podemos ir a ver a Hagrid - dijo Ron razonablemente.
- Eso no cuenta - respondió Harry -, si vamos a ver a Hagrid, vamos a estar en compañía de un profesor, ¿no?
- Siempre me ha encantado la forma en que interpretamos las normas del colegio, ¿sabes? - rió Ron.
- Bueno - dijo Harry, levantándose -, entonces, si no tenemos más remedio, tendremos que ir a ver a Hagrid, ¿no crees?
- Vale - asintió Ron -. Pero luego te encargas tú de darle explicaciones a Hermione, ¿de acuerdo?
Sin embargo, cuando llegaron a la cabaña de Hagrid tuvieron que conformarse con saludarle desde lejos y volver sobre sus propios pasos, porque en esos momentos Hagrid estaba en mitad de una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas con un reducido grupito de alumnos de cuarto de Hufflepuff y Ravenclaw. Desanimados, Harry y Ron volvieron al castillo bajo el sol brillante del mediodía, preguntándose qué harían para matar el tiempo hasta que llegase la hora de la comida.
- Bueno - dijo Ron cuando entraron a la sombra del Vestíbulo -, a lo mejor deberíamos hacer caso a Hermione por una vez, y subir a la Biblioteca...
- Todavía no tenemos deberes, Ron - respondió Harry -. Excepto "reconsiderar nuestra concentración" para hacer un Encantamiento Proteico. Pero bueno - añadió -, a lo mejor podríamos empezar a buscar a R.A.B., ahora que lo pienso.
- Hermione no lo encontró en la Biblioteca, ¿recuerdas? - dijo Ron, subiendo la escalinata de mármol -. Si ella no lo ha encontrado, no creo que nosotros... Pero bueno, por intentarlo que no quede.
Como había pronosticado Ron (pese a haber suspendido espectacularmente todos los examenes de Adivinación que había hecho en su vida), no sólo no fueron capaces de encontrar absolutamente nada acerca de R.A.B. en los escasos minutos que les quedaban antes de la comida, sino que, una vez en el Gran Comedor, Hermione se enfadó con ellos al saber que habían ido a visitar a Hagrid sin ella. Olvidó su enfado cuando supo que también habían estado un rato en la Biblioteca buscando pistas para encontrar a R.A.B., y empezó a elucubrar acerca de cómo llevar a cabo una buena investigación para encontrar al ladrón del Horcrux de Voldemort. Ron lanzó una mirada burlona en dirección a Harry, que hizo una mueca: pese a que no había nadie mejor que Hermione para encontrar pistas en Bibliotecas y lugares similares, no serían ellos mismos si dejasen pasar la oportunidad de meterse un poco con ella ante su entusiasmo por pasar horas y horas en la Biblioteca cuando fuera, en los terrenos, hacía un sol espléndido y una temperatura ideal.
Cuando todavía estaban con el postre aparecieron Anthony Goldstein y Edmund Cadwallader para acompañar a Harry al despacho de la profesora McGonagall; Robert Urquhart se les unió en la puerta del Gran Comedor, a todas luces intentando controlar la expresión de disgusto producida, seguramente, por tener que salir de la estancia en una compañía que no era precisamente santo de su devoción.
- ¿Has pensado qué le vas a decir, Potter? - preguntó Cadwallader en tono amistoso, mientras subían la escalinata de mármol hasta el segundo piso.
- No - respondió Harry -. Supongo que... improvisaré.
- Entonces, estamos listos - comentó Urquhart en tono desagradable -. Seguro que consigues que nos eche con cajas destempladas...
- Intenta ser un poco más positivo, Urquhart - dijo Goldstein en tono casual -. Si no, lo más probable es que McGonagall se dé cuenta de que venimos los cuatro juntos porque no tenemos más remedio...
- McGonagall no es tonta, ¿sabéis? - dijo Harry, encabezando el grupo hacia la gárgola de piedra que guardaba el despacho del director de Hogwarts -. Seguro que se da cuenta de eso nada más vernos.
Se detuvo frente a la gárgola de piedra, con un nudo en el estómago. En ese momento se dio cuenta de dos cosas: la primera, de que, al traspasar aquella puerta, no vería a Dumbledore, con su barba plateada, sus gafas de media luna y su extraña sonrisa conocedora... allí, en su despacho, probablemente sería consciente por primera vez de que la muerte de Dumbledore era real, cierta, irrevocable. Y también se dio cuenta de que ni él ni ninguno de sus compañeros conocía la contraseña para entrar en el despacho.
- Este... ¿Caramelos de toffee? - preguntó a la gárgola, inseguro. El monstruo de piedra no se movió. Harry se la quedó mirando, inmóvil -. Er... chicos - dijo, sin desviar la mirada de la gárgola -. Creo que tenemos un problema. No sé cuál es la contraseña.
Urquhart soltó una exclamación de burla, mientras Goldstein y Cadwallader se acercaban a Harry, mirando la gárgola con curiosidad.
- ¿Este es el despacho de McGonagall? - preguntó Cadwallader con curiosidad -. Nunca había estado aquí antes...
- El despacho está detrás de la gárgola, idiota - dijo Goldstein.
- Ya lo imaginaba, ¿vale? - respondió Cadwallader con acritud.
- Así no vamos a ninguna parte - les interrumpió Harry, observando la gárgola. Nunca había entrado en el despacho de Dumbledore, ahora de McGonagall, sin saber la contraseña. ¿Bastaría con llamar a la puerta?
Vacilante, alargó una mano para golpear la pared como si fuera una puerta. Dio un respingo cuando la gárgola aparentemente sin vida abrió un ojo para seguir con la mirada el puño de Harry.
- Eh... disculpe - dijo Harry, sintiéndose bastante tonto. La gárgola parpadeó -. ¿Podría... eh... avisar a la directora de que queremos verla?
La gárgola cerró de nuevo los ojos, y en ese momento, para asombro de Harry y de sus tres acompañantes, se apartó a un lado y la pared que había tras ella se partió por la mitad. Antes de que se hubieran repuesto del sobresalto, la profesora McGonagall surgió del hueco abierto en la pared.
- ¡Potter! - exclamó, desconcertada -. Y Goldstein, Urquhart y Cadwallader... ¿Qué hacéis aquí vosotros?
Los otros tres permanecieron en silencio, echándose imperceptiblemente hacia atrás para quedarse al márgen, en un inconfundible gesto que quería decir que Harry tenía ahora toda la responsabilidad. Éste se aclaró la garganta.
- Er... verá, profesora McGonagall - empezó, vacilante -. Queríamos hablar con usted, si... si no le importa.
McGonagall los miró de uno en uno, con los labios apretados pero una expresión de inconfundible curiosidad en los ojos medio ocultos por las gafas cuadradas. Al cabo de lo que parecieron horas, parpadeó.
- Seguidme, entonces - dijo, dando media vuelta y volviendo a entrar por el hueco dejado por la gárgola. Harry la siguió hasta la escalera de caracol, que subía dando vueltas sobre sí misma; detrás de él, Goldstein, Urquhart y Cadwallader no pudieron contener una exclamación de asombro al ver la escalera móvil de piedra.
Traspasaron la puerta de roble y entraron en el despacho circular del director de Hogwarts. Harry no pudo evitar el nudo que atenazó su garganta al ver que el despacho estaba exactamente igual que la noche que murió Dumbledore: McGonagall ni siquiera había retirado de allí la percha que Fawkes, el fénix, había abandonado aquella misma noche. Las mesitas de patas ahusadas, cubiertas de extraños y tintineantes mecanismos de plata, continuaban en el mismo lugar que siempre. El único cambio, que sin embargo Harry ya había visto la última vez que había entrado en aquel despacho, era el gran retrato enmarcado en madera dorada que descansaba ahora justo encima de la silla donde McGonagall se sentaba en esos momentos. Desde el cuadro, Albus Dumbledore, antiguo director de Hogwarts y mentor de Harry, le dirigió una mirada rápida y un guiño antes de cerrar los ojos y fingir estar profundamente dormido.
- Bien, ¿de qué se trata? - preguntó la profesora McGonagall, mirándolos desde detrás de la mesa. Harry miró a sus tres compañeros por el rabillo del ojo, y comprobó que los tres lo observaban, apremiantes.
- Verá, profesora - empezó, mirando directamente a McGonagall a los ojos -. Habíamos pensado que... Bueno, los cuatro - subrayó, para que la directora tuviese en cuenta que, por una vez, las cuatro casas estaban de acuerdo en algo -, habíamos pensado que quizás podría... Es decir - tragó saliva -, que quizás podría permitirnos seguir jugando al Quidditch este año...
- ¿Quidditch? - le interrumpió ella, sorprendida -. ¿Venís aquí sólo a pedirme que os deje jugar al Quidditch?
- Bueno, profesora - dijo Harry, sin dejarse amilanar por la mirada severa de McGonagall -, verá, es que no nos van a dejar ir de excursión a Hogsmeade, tampoco nos permiten salir a los terrenos ni al lago sin la compañía de un profesor, pero claro, los profesores están muy ocupados en sus clases y en proteger el castillo, de modo que ninguno va a poder acompañarnos... No podemos salir de las Salas Comunes más tarde de las ocho, y además han suspendido el campeonato de Quidditch... No es por alarmar, pero de aquí a que se declare una revuelta estudiantil hay sólo un paso, profesora - finalizó.
A lo mejor fueron imaginaciones suyas, pero por un instante creyó ver que los labios tensos de la profesora McGonagall se curvaban en una sonrisa, rápidamente reprimida.
- De modo - dijo McGonagall - que creéis que los estudiantes pueden rebelarse contra... ¿contra quién, exactamente?
Harry se encogió de hombros.
- No estoy diciendo que los alumnos estén en contra del profesorado, ni de usted, profesora - dijo, midiendo sus palabras e intentando evitar que sus propios labios se curvasen en una sonrisa -. Pero... bueno, ya vio lo que ocurrió hace dos años, cuando Dolores Umbridge fue nuestra directora e intentó instaurar una... dictadura - subrayó -. Sólo por quitarles a los alumnos algunos de sus privilegios, los alumnos se volvieron contra ella...
- Lo recuerdo, Potter - asintió McGonagall -. Yo misma participé en esa... ¿cómo la has llamado? Revuelta estudiantil. Bien - continuó, enderezándose las gafas y mirándolos de hito en hito -, entonces, dices que, en caso de que no os permita jugar al Quidditch, los alumnos pueden rebelarse contra mí, o algo parecido...
- Bueno, lo único que digo, profesora - dijo Harry -, es que, si pudiéramos retomar el campeonato de Quidditch, probablemente los pocos alumnos que han vuelto este curso no se sentirían tan... tan agobiados, por decirlo de alguna manera - se encogió de hombros -. Tan encerrados.
- Mi deber es velar por su seguridad, Potter - dijo McGonagall severamente -. Si se sienten encerrados, entonces deberían pensar que sería peor que se encontrasen gravemente heridos, o algo peor.
- Pero no tendría por qué ser peligroso, profesora - intervino Anthony Goldstein dando un paso adelante -. Si... si sólo entrenásemos con la profesora Hooch, o incluso todos los equipos juntos, no sé... Nadie tiene por qué correr peligro, ¿no cree? Además, nada de lo que pasó el año pasado tuvo que ver con el Quidditch...
La profesora McGonagall guardó silencio unos segundos, observándolos detenidamente. Encima de ella, el retrato de Dumbledore abrió disimuladamente un ojo y sonrió, con las manos juntas en el regazo.
- Podríais haberme pedido que diese permiso a los alumnos para salir a los terrenos de vez en cuando - dijo al cabo de un rato -. Sería más seguro.
- Pero, profesora - insistió Harry, desesperado -, para salir a los terrenos tendríamos que pedir la compañía de algún profesor, así que, o salimos todos a la vez, o no habría profesores suficientes para todos... Pero al Quidditch podemos jugar con un solo profesor, ¿no?...
- Supongo que sí - admitió la profesora McGonagall -. Me extraña que seas precisamente tú quien me pida que os permita jugar, Potter - añadió, con una mirada severa por encima de las gafas.
Harry permaneció callado, temiendo que la profesora McGonagall dijera delante de los otros tres que no pensaba haber vuelto aquel año. No quería que todo Hogwarts se enterase de aquello. Sin embargo, los ojos de McGonagall brillaban con una calidez que, por un instante, confundió con diversión.
- Precisamente tú - repitió la directora -, que has tenido más accidentes jugando al Quidditch que el resto de la escuela, e incluso que los jugadores de la selección nacional.
- Pero esos accidentes no fueron peligrosos, profesora - se apresuró a decir Harry -. Es decir, la señora Pomfrey...
- Si piensas que partirte el cráneo no es peligroso, es que la señora Pomfrey no te lo arregló bien la última vez - dijo Cadwallader en voz baja. Sin embargo, la profesora McGonagall pareció oírle, porque frunció los labios en un mueca de severidad.
- Bueno, supongo que podremos soportar los accidentes de Quidditch - dijo -, siempre que sean sólo accidentes de Quidditch. Está bien, Potter - añadió, con un suspiro -. No quiero tener una "revuelta estudiantil" el primer año que soy directora. Hablaré con el Consejo Escolar, pero no os garantizo nada, porque es decisión suya, ¿de acuerdo? Y, ocurra lo que ocurra, probablemente tendréis que entrenar los cuatro equipos a la vez; no puedo permitir que siete alumnos estén a solas en el campo de Quidditch. Si estáis todos estaréis más seguros. Y en cuanto vea algo sospechoso, cualquier cosa, o algo que no me guste por lo que sea, anulo el campeonato. ¿Está claro?
- Sí, profesora - dijeron los cuatro a la vez, intentando fingir humildad cuando lo que sentían eran ganas de ponerse a dar saltos.
- Cuando hable con el Consejo Escolar, os comunicaré su decisión. Sin embargo - añadió, mirándolos por encima de las gafas -, yo no tendría muchas esperanzas si fuera vosotros: no creo que quieran arriesgarse a dejaros jugar. Se les echarían encima todos los padres de los alumnos... Y ahora, marchaos - dijo -. No vaya a ser que alguno más tenga que saltarse una clase, ¿de acuerdo, Urquhart?
El capitán del equipo de Slytherin se sonrojó, y no dijo nada. Harry inclinó la cabeza en dirección a la directora y dio media vuelta, dirigiéndose hacia la puerta, seguido de Cadwallader, Goldstein y un mortificado Urquhart, que no emitió sonido alguno hasta que bajaron la escalera de caracol y se encontraron al otro lado de la gárgola.
- ¿Qué clase te has saltado, Urquhart? - preguntó Cadwallader con una sonrisa burlona.
- No creo que te importe en absoluto - fue la respuesta. Urquhart los miró un instante con profundo desdén y después siguió caminando, dejándolos atrás.
- Bueno - suspiró Anthony Goldstein, observando la espalda de Urquhart -, qué poco ha tardado en volver a ser un idiota, ¿verdad?
- Sí - asintió Cadwallader -, aunque no es que se le dé muy bien disimular, ¿eh?
- No - dijo Goldstein -. Verás qué bien nos lo vamos a pasar entrenando todos los días con él y con su equipo...
- Si es que el Consejo Escolar da permiso, claro - añadió Cadwallader -. Por cierto, Potter, lo has hecho muy bien - dijo, volviendo la cabeza hacia Harry, que caminaba a su lado -. Esa idea de amenazarla con una revuelta de estudiantes... Ha sido brillante, en serio.
- Sí, no creo que yo me hubiera atrevido a decirle algo así - dijo Goldstein con una sonrisa -. Parece muy capaz de reventarte la cabeza por mucho menos...
- Oh, bueno - respondió Harry con un gesto evasivo -. No pasa nada, digamos que, después de tantos años, McGonagall y yo hemos llegado a una especie de entendimiento.
- ¿Y cuál es? - preguntó Goldstein.
- Yo no llevo a los estudiantes a la huelga y ella no me revienta la cabeza - contestó Harry, sonriendo.
- Ah - dijo Goldstein.
- Bueno, yo me voy a clase de Defensa Contra las Artes Oscuras - dijo Harry, con un ademán de despedida -. Cuando hay un profesor nuevo no me gusta llegar tarde...
- Sí, no sea que te reviente la cabeza - exclamó Cadwallader, soltando una carcajada.
- En su caso, le creo muy capaz, Potter - asintió Goldstein, dándole una palmada en la espalda -. Bueno, pues mucha suerte.
- Mantén las bludgers lejos del profesor, Harry.
- Hasta luego - se despidió Harry, torciendo por el corredor a la derecha mientras ellos seguían adelante.
Pese a lo que les había dicho a Goldstein y a Cadwallader, sabía por qué McGonagall había aceptado hablar con el Consejo Escolar para que levantasen la prohibición de jugar el campeonato de Quidditch: una de las prioridades de la nueva directora era mantener allí a Harry, como fuera, y McGonagall debía haber visto en la amenaza implícita de Harry una amenaza aún más oculta: que si no les dejaban jugar al Quidditch, era posible que Harry decidiese que, después de todo, no le compensaba quedarse mucho más tiempo en Hogwarts.
Cosa que no era del todo cierta, en realidad. Harry no había ido a Hogwarts para jugar al Quidditch, ni mucho menos. Y, de hecho, le extrañaba mucho que McGonagall lo hubiera creído. Pero bueno, como le había dicho a Hermione, el Quidditch no le haría ningún daño, siempre que supiera que no podía convertirse en una prioridad. El Quidditch muchas veces incluso le había sido útil... gracias al Quidditch, por ejemplo, había encontrado las fuerzas necesarias para aprender a repeler a los dementores, ¿no? Aunque no creía que en esta ocasión fuera así.
Y tampoco estaba mal eso de saber que, con tal de que Harry permaneciera en Hogwarts, McGonagall era capaz incluso de replantearse sus decisiones, algo que jamás habría podido imaginar... Harry sonrió. Si volvían a jugar al Quidditch, y la directora aceptaba todo lo que le pedía, ese curso podía llegar a ser verdaderamente interesante... Y, sin embargo, Harry sabía de alguna manera que no debía abusar de aquel poder sobre McGonagall que acababa de descubrir.
