Capítulo 9: Corazón latente

Desconfiadas y con temor, las dos mujeres mantuvieron su distancia de los recién llegados, sin quitarles la vista de encima en ningún momento. Ambas presintieron el peligro y, por ende, la maldad que provenía de ellos.

—¿Quiénes son ustedes? —se aventuró a preguntar Kikyô primero, con firmeza y serenidad.

—¿Importa acaso? Sólo somos dos solitarios hermanos que han venido a divertirse un poco en las montañas de Furano —contestó aquel de bien cuidados cabellos trenzados con una sonrisa malévola.

—En ese caso, qué disfruten mucho de los bellos paisajes del lugar... Nosotras ya nos íbamos —indicó Kagome, ocultando el temblor de su voz—. Vámonos, Kikyô.

—Hey, hey, ¿por qué la prisa? —Las interceptó nuevamente el mismo hombre, parándose en su camino—. Nunca dije que no nos agradaría estar en compañía de dos hermosas mujeres, mientras exploramos un poco por los alrededores. ¿No es así, Manten?

El otro acompañante asintió tontamente, al parecer, muy embelesado con una de las jóvenesde las que no pudo quitar la vista de encima. Al fin la tendría sólo para él y su hermano mayor respetaría su elección.

—Eres mucho más bonita de cerca —balbuceó aquel de cabeza desproporcionalmente grande, acercándose peligrosamente a Kagome. Ella, junto con Kikyô, retrocedió dos pasos.

—¿Qué es lo que quieren? —inquirió la enfermera con tono altivo, confrontándolos.

—Bueno, para serte sincero, habíamos planeado atrapar a tu amiga en silencio, jugar un poco con ella hasta que mi hermano se harte y, no sé... ¿matarla? ¿Mantenerla cautiva? ¿Usarla de rehén? Cualquiera me parece una buena opción.

Kagome retuvo el aire, aterrorizada, dando intuitivamente otro paso hacia atrás. Ante tal revelación, Kikyô frunció levemente sus delgadas cejas y miró a la azabache de soslayo. Las dos intercambiaron sus miradas por un ínfimo instante, asustadas, antes de volver su atención a sus agresores.

—No sé el motivo, pero... —Kagome tomó aire, armándose de valor—, ¡a mí, no me metan en sus estúpidos juegos! No tengo nada que ver con ustedes, así que, ¡déjennos en paz!

—Vaya, una mujer con carácter —comentó Hiten sorprendido y, a la vez, fascinado—. Sin embargo, lamento mucho decepcionarte al tener que decirte que, fuiste tú la que se involucró con nosotros.

—¿De qué hablan? ¡Yo no los conozco!

—¿Me vas a negar que fuiste tú la que sacó a ese maldito niño de su miseria, ayudándolo para que nos denunciara a la policía? —Expuso con rabia—. Estás en deuda con nosotros, Kagome Higurashi —gruñó con tonó oscuro y siniestro, sorprendiendo a la joven mujer por saber su nombre.

—Ustedes son... —Kagome titubeó unos instantes, mas no dudó en enfrentarlos—. ¡Ustedes son los hombres crueles que asesinaron al padre de Shippô!

—Así es, somos los hermanos Relámpago —aclaró Manten, observándola con codicia—. Y tú te quedarás conmigo, lindura… siempre quise tener a una mujer tan hermosa a mi lado, sólo para mí.

—Bueno, supongo que yo tendré que conformarme con la otra para pasar el rato —añadió Hiten de lo más despreocupado. Después de todo, la amiga no estaba para nada mal tampoco.

La manera en que los dos hombres estaban sonriendo, les provocó escalofríos. Como dos lobos hambrientos, las asecharon y las acorralaron entre un pequeño precipicio y ellos. ¡No tenían escape! ¿Rendirse y, posteriormente, morir, sería su única opción? ¡De ninguna manera!

Kagome vio una oportunidad tras suyo y le hizo una señal a la enfermera con los ojos para que mirara hacia atrás. ¿La carcasa de un tronco vacío? Kikyô no comprendió las intenciones de la joven Higurashi, pero tampoco tuvo tiempo de dudar o de pensar, pues antes que cualquiera pudiese reaccionar, incluso sus agresores, Kagome la tomó fuertemente de la mano y la arrastró con ella.

Una idea suicida, y aun así, la única alternativa para sobrevivir.

—¡SALTAAAAAA! —exclamó la azabache, lanzándose al precipicio al tiempo que, junto con Kikyô, soltaba un desaforado grito.

El pedazo de madera las recibió y con él, las dos mujeres se deslizaron colina abajo, como si estuviesen en un trineo fuera de control sobre una superficie inestable. Kagome sólo pudo enfocar sus pensamientos a su amado en aquel momento de desesperación, esperando con el corazón, volverlo a versi es que salía con vida de ésta:

«InuYasha…»

._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.

Después de pasar todo el día peleando y retándose tontamente durante toda la mañana, finalmente, los dos hombres parecían haberse cansado. Cada uno mirando a un lado diferente y con los brazos cruzados, llegaron al comedor del hotel. Ya casi pasaba la hora del almuerzo, por lo que esperaban encontrarse con el grupo allí; sin embargo y para sorpresa de ellos, no vieron a ninguno de sus amigos.

—¿Ya ves?! Todo es por tu culpa! —acusó InuYasha a su acompañante de tez morena.

—¿Mía, por qué? ¿No será que se fueron a otra parte para no tener que ver tu horrible cara? —se defendió Kôga por igual.

—¿Qué tiene mi cara? ¿No habrá sido para no tener que sufrir el apestoso olor que despides?

—Yo me acabo de bañar, ¡así que échale ese cuento a otro perro!

Sí, como dos niños pequeños, InuYasha y Kôga repartieron insultos infantiles —y estúpidos— por más de cinco minutos, durante los cuales los pobres usuarios del mismo hotel, tuvieron que mandar a pedir que los sacaran amablemente del comedor para poder terminar de almorzar tranquilamente. Y, por supuesto, que el gerente del establecimiento cumplió con lo solicitado para evitar mayores molestias. Era lo menos que podía hacer.

Recibiendo cada lindo trasero una patada por igual, el par de escandalosos rebotó fuera del salón, aterrizando directamente en la estancia con la petición de solucionar sus problemas afuera. ¡Vaya bonita manera de tratar a los huéspedes!

—¿Todavía siguen peleando? ¿No se cansan de eso?

La conocida voz de una mujer los instó a alzar la vista, encontrándose con Sango delante de ellos. Su gesto parecía la de una madre, regañando a sus hijos por su mal comportamiento.

—Déjalos que se diviertan —agregó Miroku, quien había llegado junto a ella—. Siempre y cuando esa rivalidad sea por conquistar el corazón de una bella mujer, no le veo mayor problema —indicó astutamente, ayudando a sus amigos a levantarse. Había una clara intención en sus palabras y el moreno lo entendió muy bien.

El oji-dorado vaciló por unos instantes. ¿La causa de su rivalidad con Kôga? Hasta ahora, no se había detenido a pensar en eso. Es más, ni siquiera recordaba el origen de tan absurda pelea. ¿Qué si era por una mujer? No, claro que no. No había motivo alguno para generar una disputa por algo así. Después de todo, cada uno tenía a su propia novia consigo. Sus instintos, simplemente, lo habían llevado a actuar como un tonto e impulsivo cuando Kôga lo provocó con aquella joven y...

—Por cierto, ¿en dónde está Kagome? —Preguntó Sango después de un largo momento de silencio, buscando con la mirada a su amiga por los alrededores—. Ya se retrasó para la comida.

—¿Qué no se quedó con ustedes? —Inquirió Kôga con desconfianza.

—Por unos minutos, sí, pero luego mi querida Sanguito y yo fuimos a… —de la manera más desvergonzada, Miroku tuvo toda la intensión de contarles el motivo de su temporal desaparición, pero dado que era un tema demasiado íntimo y vergonzoso, Sango lo codeó fuertemente para que no fuese tan específico—, fuimos a resolver unos asuntos pendientes.

—¿Asuntos? Entonces, ¿dejaron a Kagome sola con esa mujer? —Se alteró Kôga, ciertamente frustrado, mirándolos con reproche—. Genial, ¿no pudieron esperarse a la noche para su escapada romántica?

—¿De qué te escandalizas? Las dos debieron irse a divertir a alguna parte de por aquí —indicó InuYasha de lo más despreocupado.

Si bien no le había gustado la manera despectiva en que el moreno se había dirigido a Kikyô, no comprendió el motivo de tanta exaltación. ¿Qué podía pasarles? Si las dos estaban juntas, entonces entre ellas estarían haciéndose compañía dentro de las mismas instalaciones. Ya no deberían tardar mucho en llegar.

—¿Kagome con Kikyô? No lo creo —bufó Kôga, no agradándole aquel tono desinteresado del oji-dorado.

—Veo que, incluso, olvidaste eso, mi querido amigo—intervino Miroku, palmeando el hombro del joven Taishô—. Aunque las dos sean capaces de llevarse bien, su relación no es precisamente… ¿cómo decirlo?...de buenas amigas.

—¿A qué te refieres? —InuYasha parpadeó confundido y frunció el ceño.

Sango, Miroku y Kôga intercambiaron sus miradas entre sí. ¿Cómo decirle que él era la razón por la que nunca podría existir real amistad entre las dos mujeres? Ambas estaban profundamente enamoradas de él y, no obstante, el corazón de él, sólo pertenecía a una de ellas. Con o sin memoria, la situación era y siempre seguiría siendo la misma. Una de las dos quedaría atrás, para que la otra pudiera ser feliz.

—Escucha, amigo —comenzó Miroku, considerando que ya era hora de que supiera la verdad, aun en contra de los consejos del doctor—; el motivo por el que Kagome y Kikyô no…

InuYasha…

Un fuerte pálpito golpeó el pecho del oji-dorado, escapándosele un pequeño gemido debido a la sorpresa, con lo cual, Miroku dejó de hablar. Con la mirada, InuYasha buscó, a su alrededor, a la persona que lo había llamado, pero no vio a nadie más que a sus amigos. ¿Una mujer? La voz de una mujer había clamado por él en un susurro afligido; estaba seguro de ello.

—¿N-no escucharon eso? —preguntó a sus confundidos acompañantes, titubeante. Los tres negaron con la cabeza—. Será mejor que preguntemos a alguien por si han visto a Kikyô y a esa mujer… Kagome. ¿Saben si llevaban sus teléfonos consigo?

—¿Qué ocurre? —inquirió Sango, ciertamente, preocupada.

—Sólo quiero estar seguro de que no tardarán en llegar —explicó el joven Taishô, tomando su celular para llamar a Kikyô—. Tengo hambre, es todo —se excusó, saliendo presurosamente de la estancia.

Había algo que lo molestaba y, si en un principio no le dio mayor importancia a la tardanza de las dos mujeres, ahora no podía dejar de estar inquieto por su ausencia. No tenía dudas. La voz de hace unos instantes había sido de…

«Kagome».

Definitivamente, algo andaba mal; lo presentía.

._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.

Sin detener sus pasos en ningún momento, ambas mujeres corrieron por el vertical sendero, cuán rápido sus piernas se lo permitieron. Cada bocanada de aire desesperado en busca de oxígeno, quemaba sus pulmones con el aire frío de la nevada montaña; y pese a ello, no se rindieron. Si en algún momento las fuerzas de una flaqueaba, la otra le daba ánimos para continuar; ninguna estaba dispuesta a dejar a la otra en esta inesperada lucha de supervivencia. Sí, ésta sería la oportunidad perfecta para deshacerse la una de la otra y así, dejar el camino libre para su amor; sin embargo, las circunstancias no eran merecedoras de tales viles pensamientos por ninguna de ellas. ¡Sería inhumano!

—¡No tardarán en alcanzarnos! —Anunció Kagome, mirando sobre su hombro—. ¿Qué tan lejos está el refugio de esquiadores?

—Creo que si seguimos por este camino…

Un disparo amortiguado por un silenciador surcó los aires, y una de las dos mujeres cayó de bruces sobre la nieve con brusquedad.

—¡Kikyô! —Asustada, Kagome se giró hacia la enfermera—. ¿Estás bien?

—Mi… tobillo… —indicó la mujer, sujetándose la sangrante herida de su pie.

Sin darle más oportunidad de quejarse o siquiera recuperarse del dolor, Kagome pasó el brazo de Kikyô sobre su hombro y siguió avanzando con pasos torpes, pero rápidos, hasta poder refugiarse detrás de unos abultados arbustos. Sus persecutores estaban muy cerca, y no podían darse el lujo de dejarse ver por ellos hasta pensar en alguna rápida y efectiva solución. Llamar a sus amigos para pedir ayuda, había quedado completamente descartado al darse cuenta que la zona en la que estaban, no poseía señal para sus celulares. ¡Estúpido alcance de las antenas telefónicas!

—Debes seguir sin mí… Sólo seré una carga —indicó la joven enfermera, controlando el dolor de su pie.

—¡No pienso dejarte aquí sola con estos sujetos! —refutó Kagome, molesta. ¿Qué se creía para decirle semejante barbaridad?

—Si cargas conmigo, nos atraparán a las dos —insistió Kikyô. Si bien no quería quedarse como la presa, no veía otra opción—. Alguien tiene que ir por ayuda.

—Pues entonces, tú serás la encargada de eso —la determinación de la joven Higurashi, sorprendió a la enfermera—. Además, es a mí a quien buscan.

—Pero...

—Sólo quédate aquí mientras los distraigo y los alejo de ti —con total decisión, Kagome se puso de pie, dirigiéndole una última mirada a una boquiabierta Kikyô—. Si te sucediera algo, alguien estaría muy triste por ti... —murmuró, reflejando tristeza en sus achocolatados ojos, mas esbozando una sonrisa. Increíble que, hasta en una situación tan peligrosa, antepusiera los sentimientos de su amado InuYasha a su propia seguridad—. Por favor, no te tardes, ¿sí?

Y, sin decir más palabras, se enfrentó al peligro de frente. Se dejó ver por Hiten y Manten, y corrió en dirección contraria para que, ni siquiera por casualidad, se encontraran con Kikyô en el camino.

._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.

Impaciente y sumamente preocupado, escuchó el timbre de espera a través de su teléfono, obteniendo por vigésima vez la inmediata transferencia al buzón de mensajes.

—Maldita sea... —masculló entre dientes, volviendo a marcar el número de Kikyô.

Se estaba haciendo tarde, además que había comenzado a nevar desde hace un poco más de una hora. Ya eran las cinco de la tarde, pero el cielo se había oscurecido tanto que parecían las siete.

—¿Lograste algo, InuYasha? —inquirió Miroku, encontrándose con él, Kôga y Sango en la recepción del hotel, tal como habían acordado.

El oji-dorado colgó el teléfono al no recibir ninguna contestación nuevamente y negó con la cabeza.

—Tampoco saben nada los encargados del parque —acotó Kôga—. Dicen que los esquís alquilados están completos, por lo que asumen que todos los visitantes regresaron al hotel a salvo.

—También confirmaron que en los refugios ya no había nadie —afirmó Sango, sentándose en un sofá, llena de preocupación—. ¿Qué pudo haberles pasado? —pensó en voz alta, revisando por reiterada vez su celular. Kagome no había contestado ninguna de sus llamadas.

—¿Qué hay con los equipos de búsqueda? —volvió a preguntar Miroku.

—Ya se están preparando para salir —InuYasha estaba considerando seriamente en ir con ellos. La paciencia nunca había sido una de sus virtudes y mucho menos cuando estaba preocupado.

—¡Ayuda! ¡Esta mujer necesita ayuda!

La repentina irrupción de un hombre envuelto en su grueso abrigo, botas de nieve, guantes y visores, llamó la atención de los cuatro amigos. Con pesados pasos y algo de esfuerzo, el agitado individuo se dirigió rápidamente a uno de los sillones de la estancia, dejando caer sobre éste, a un bulto que había estado cargando sobre su espalda.

—¡Es Kikyô! —expuso InuYasha, alterado, acercándose con pasos agigantados al reconocer a la mujer.

—Llamaré a un médico —indicó Miroku, apresurándose a uno de los encargados del hotel para que lo ayudara con su cometido.

En completa desesperación, el joven Taishô se acomodó en el sillón, de tal forma que pudiese tomar a la inconsciente mujer, protectoramente, en sus brazos. La escudriñó rápidamente con la mirada, notando la sangrante herida en su pie, no pudiendo evitar una increíble furia —y preocupación— recorrerle el ser entero.

—¡¿Qué fue lo que sucedió?! —demandó saber, dirigiéndose al hombre que la había traído—. ¡¿Quién la hirió de esta manera?!

—N-no lo sé. La encontré como a un kilómetro de aquí y a punto de desfallecer —explicó el hombre, igualmente preocupado por lo sucedido—. Este hotel era el lugar más cercano, por lo que no dudé en traerla en mi motonieve antes de que muriese congelada o, incluso, desangrada.

InuYasha asintió, tomando la explicación como aceptable. Aún había varias dudas rondando en su cabeza, pero esas sólo podrían ser aclaradas por la misma mujer que yacía entre sus brazos.

—Kikyô, ¿puedes escucharme? —La movió tenuemente, tratando de que vuelva en sí—. ¡Kikyô!

La joven enfermera se revolvió levemente, percibiendo una calidez rodearla. Su frió cuerpo comenzó a entrar en calor, así como también, el dolor de su pie volvió a ella. En medio de su subconsciente, escuchó una familiarmente alterada voz llamarla una y otra vez, por lo que trató de abrir sus párpados con pesadez. Para su consternación, se encontró con unos inquietos ojos dorados observándola.

—I-InuYasha… —murmuró, aún aturdida—. ¿En… en dónde estoy?

—El médico está aquí —anunció Miroku, llegando rápidamente junto al galeno responsable de la casa de huéspedes, e interrumpiendo el iniciado interrogatorio.

InuYasha se apartó, sólo lo suficiente para que el médico pudiera revisarla. La mujer no parecía estar herida de gravedad, sólo un poco débil por la pérdida de sangre y por el intenso frío al cual había estado expuesta por las últimas horas.

En medio de su confusión, Kikyô pareció despertar completamente, reaccionando de manera alterada. Con algo de brusquedad, se incorporó de medio cuerpo, recordando todo lo acontecido. Aun cuando había pensado mucho en guardar silencio —ésa sería la única forma de que InuYasha nunca le fuera arrebatado—, su consciencia no se lo permitió. Ella no era un monstruo, capaz de abandonar a una persona a su propia suerte, dejándola a merced de unos asesinos. Además, estaba segura de que Kagome haría lo mismo por ella si los papeles estuviesen invertidos.

—Kagome... ¡deben ir a ayudarla! —Exclamó atropelladamente—. Unos sujetos nos siguieron por la montaña cuando fuimos al lago y… —respiró hondo, haciendo una mueca de dolor cuando el médico tocó la herida de su pie—. ¡Kagome está en peligro!

Sango reprimió un gemido de espanto, llevándose ambas manos a la boca. Miroku y Kôga escucharon a la mujer horrorizados e intercambiaron sus miradas, posiblemente, con el mismo pensamiento de llamar inmediatamente a las autoridades del distrito.

InuYasha, por su lado, quedó paralizado de la pura impresión. Cual piedra, permaneció de pie en su sitio, mientras su mente, de pronto, quedaba absolutamente en blanco. Los sonidos a su alrededor parecieron desvanecerse y la gente de aquella estancia dejó de existir para él. Pudo escuchar claramente los fuertes y agitados latidos de su corazón, los cuales golpeaban angustiosos su pecho. Una sensación indescriptible de ansiedad que no supo identificar…

—Miroku, ¡tú llama a la policía! Yo… yo iré a buscar a Kagome —se apresuró a decir Kôga, sintiéndose desesperado por lo que pudiera sucederle a la mujer. Algo le decía que esos atacantes eran los mismos que aquel niño había denunciado con su ayuda.

—Espera Kôga, podría ser peligroso y...

Miroku se plantó delante del oji-celeste para detenerlo, sin esperarse que, en ese mismo instante, la persona menos imaginada se aventara a la salida a toda prisa, con su abrigo en mano.

Sango, Miroku y Kôga no fueron capaces de reaccionar, hasta que el hombre de largos cabellos negros y ojos dorados desapareció de su vista, escuchándose únicamente el sonido del motor de la motonieve al arrancar. Ni siquiera el dueño del vehículo fue capaz de detenerlo.

—InuYasha... ¿habrá recordado...? —murmulló la castaña perpleja y aún sin poder creérselo.

Una pregunta que ninguno de los presentes supo responder, ni siquiera Kikyô, quien hasta ese momento, valoró el peso de su pedido de auxilio.

Había vuelto a perder ante su rival pues, de alguna manera, Kagome seguía siendo parte del corazón latente de InuYasha, como el primer día, aun cuando él no recordara nada. ¿Cómo luchar contra el hilo rojo del destino que los mantenía unidos?

._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.

Existen momentos en la vida en que la imprudencia logra dominar a la misma razón. La misma razón que es aplastada para darle lugar al impulso de proteger lo que el corazón anhelaba y, al parecer, atesoraba en lo más recóndito de su mismo latir.

InuYasha ni siquiera se percató del instante en que su cuerpo tomó vida propia, lanzándolo a una implacable búsqueda de alguien a quien ni siquiera tenía en gran estima... o al menos, eso era lo que en su escaso entendimiento creía. Antes que pudiera darse cuenta, ya estaba conduciendo una motonieve a través de la montaña en medio de una nevisca.

Como alma que lleva el diablo atravesó el oscuro bosque, esquivando diversos obstáculos que se presentaban en su camino, sin tener otra cosa en su mente que no fuese aquella joven de azabaches cabellos. Desconocía cómo encontrarla, pero por alguna razón, parecía saber exactamente cómo llegar al lugar que Kikyô había mencionado brevemente. Sus ansias iban más allá de su propio raciocinio, logrando incluso controlar su propia voluntad. Era desconcertante y al mismo tiempo, algo en lo que ni siquiera se detuvo a pensar. Su instinto protector, simplemente, se había activado y no estaría tranquilo hasta no volver junto a esa mujer sana y a salvo.

«Kagome...»

A medida que avanzaba dificultosamente por el trayecto, varias imágenes invadieron su cabeza de manera abrumadora, alterando cada uno de sus sentidos. Nuevamente, aquella melodiosa y dulce voz que destellaba entre risas, aquellos ojos achocolatados que hechizaban su alma, los largos y sedosos cabellos azabaches que acariciaban su piel con su sólo roce y… un rostro borroso que cada vez parecía adquirir mayor nitidez ante sus ojos.

¿Quién era esa mujer? ¿Era ella el fragmento faltante de su corazón? ¿Era Kikyô? No. Definitivamente, no era ella. Aquella parte importante que había olvidado y que lo descontrolaba cada vez que su mente la invocaba, aun en contra de su voluntad, era alguien a quien amaba con todo su ser... alguien a quien su alma clamaba, pese a su frustrante olvido.

Donde quiera que tú estés, yo te encontraré, porque mi vida está ligada a la tuya. Tu naciste para conocerme y yo, para estar contigo...

La cabeza de InuYasha comenzó a doler punzantemente, a medida que una serie de flashes con un sinfín de escenas y sonidos lo impactaban. Y, de pronto, se sintió flotando entre las nubes. Las sensaciones que pudo percibir en esos instantes, fueron casi tangibles para él, tanto que creyó que comenzaban a alterar su sistema nervioso mientras conducía. De hecho, podía jurar que su alma se había desprendido momentáneamente de su cuerpo.

Un beso que le daba el aliento para vivir, una dulce y enloquecedora caricia que lo estremeció de pies a cabeza... Un susurro que llenó sus oídos de esperanza y alegría, y un gemido que descontroló su cordura, llevándolo al mismo éxtasis...

Mía…

Tuya por siempre…

Tomando una fuerte bocanada de aire, el oji-dorado volvió a la realidad y se sacudió la cabeza, perturbado y agitado. Parpadeó un par de veces para enfocar su camino perdido al frente; sin embargo, sus reflejos fallaron esta vez, viéndose a sólo centímetros de un tronco caído y una roca. Trató de esquivarlos, pero en el brusco movimiento, la motonieve se volcó, tirándolo a unos metros de ella.

Aturdido y lleno de confusión, cayó abruptamente sobre la gruesa capa de nieve, la cual amortiguó, de alguna manera, el duro golpe de impacto. Su respiración seguía siendo acelerada y las sensaciones percibidas tan sólo segundos antes, continuaban a flor de piel... todas esas emociones que habían permanecido profundamente resguardadas en alguna parte de su mente y que seguían latentes en su corazón...

—¡AYÚDENME!

Un grito desesperado llegó a sus oídos, encendiendo aquel fuego que había comenzado a arder en su interior.

—¡Kagome!

Continuará…

:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:

N/A: ¡Hola a todos!

¿Cómo están esos nervios de acero? Los míos están a punto de colapsar por no poder seguir escribiendo por ahora y así sacar todo lo que tengo en mi cabeza xDDD. Las cosas se están poniendo emocionantes y por lo que habrán podido ver, nuestro querido y desmemoriado InuYasha ha reaccionado favorablemente. ¿Será que recuperó ya su memoria o lo hará pronto? ¿Qué opinan?

Quiero agradecer a todos por su paciencia y, por supuesto, por sus reviews *-*. En verdad me han alegrado con cada uno de ellos; lamento mucho no poder responder personalmente a ellos, pero el tiempo lo tengo algo corto y quería publicar hoy como lo había prometido por face. Así que, especiales gracias a: Marlene Vasquez, Marianux, inuykag4ever, Raven Sakura, Nieve Taisho, Sele de la Luna, Faby Sama, Ranka Hime, KaterineC, MarikoAngel, lindakagome y Ahome23.

Gracias también a todas esas personas que me han agregado a sus alertas y favoritos. No duden en dejarme sus comentarios y alegrarme la vida con ellos ;).

¡Hasta la próxima!

Con cariño,

Peach n_n