Disclaimer: ningún personaje me pertenece, con lo bien que me vendría un contrato con la Warner y Bloomsbury. Todo es de JK que bien podría reescribir el epílogo o directamente borrarlo.

Música que escuchaba mientras escribía: Bon Iver "Re: Stacks"

Gracias por leer, pero si quieren dejar un review, me harían feliz, ya sea porque les gusta o por que no. Y si no, me haría bien saber por qué, para poder mejorar.

Este chap es para Elianela, lo hice más largo, espero que te guste!


Sin mediar aviso alguno, Hermione se desmorona. Rápidos, con los reflejos entrenados por años de quidditch, Ron y Harry la sostienen antes de que llegue al piso. Hermione está blanca como la tiza, suda, intensos temblores la sacuden y en medio de ellos, antes de caer desmayada, susurra: "dementores, hay dementores en el compartimiento de Draco…al final…por favor…Draco".

Los amigos se miraron y allí mismo, frente a una congregación tumultuosa de gente que iba y venía, desaparecieron.

Ginny, que entendió claramente lo que sucedía, no tardó ni medio segundo en abrazar a la castaña y también desapareció, sólo que ella se dirigió a la Madriguera.

La muchacha se apareció en el jardín y no había terminado de acomodarse que empezó a chillar llamando a su madre. Molly salió, asustadísima, algo muy grave estaría pasando para que su hija perdiera el control de esa manera. Cuando llegó a su lado y vio a Hermione, inmóvil y pálida, creyó que había muerto.

-Ginny, dime que no… dime que no es lo que creo –balbuceó la matriarca de los Weasley, con los ojos llenos de lágrimas.

-No sé, no sé –repetía frenética, en su voz se mezclaban a partes iguales la ira y el miedo. ¡No lo sé, mamá!

La desesperación de su niña, porque Ginebra sería siempre su niña, la sacó de su estupor, hizo levitar a Hermione y la condujo hacia la casa seguida de Ginny que, ya descargada toda la adrenalina, sollozaba quedamente.

Molly trajinaba sin descanso buscando todo lo necesario para ayudar a la ex prefecta de Gryffindor mientras Ginny arrullaba al pequeño James. George, alertado por su madre, dejó su tienda y fue hasta San Mungo a buscar a un sanador. Ambos hombres acababan de salir de la chimenea. El sanador se acercó a Hermione y pasó la varita por su cuerpo buscando la causa que puso a Hermione en ese estado. Nada. No encontraba ninguna explicación para ello. Muy confundido, inquirió a las mujeres por una respuesta.

-No sé si lo que le voy a decir le servirá de algo –comenzó a relatar Ginny- usted sabrá si es relevante o no.

-Apúrate, muchacha, no creo que tengamos mucho tiempo –sentenció, mientras miraba de soslayo a la figura que yacía perfectamente inmóvil en la cama.

Atropelladamente, Ginny le relató todo lo que había sucedido apenas algunas horas atrás, y por Morgana, que no podía creer que las cosas se hubieran desmadrado de tal manera.

El sanador estaba asombrado, hacía siglos que no se encontraban empáticos entre los magos, era algo tan raro como ser metamorfomago. Sin embargo, creyó que se debía más a una cuestión circunstancial producto de los angustiantes hechos vividos que a algo de origen natural. Aunque elaborar teorías acerca del por qué no lo iban a asistir para ayudar a la pobre muchacha.

Si lo que creía resultaba ser cierto, era algo que no tenía antecedentes, porque lo que Hermione sufría era la consecuencia del ataque de un dementor…sin dementores alrededor. Y mientras Draco continuara expuesto a esos seres, la chica sufriría su misma suerte. Él nada podía hacer, les confirmó abatido.

Molly que no podía quedarse de brazos cruzados buscó chocolate, levantó la cabeza de Hermione, le abrió la boca y esperó a que se disolviera y lo tragara. El medimago observaba las maniobras con semblante sombrío, atento a acudir en el caso de que la chica se ahogara. Ante la mirada atónita del hombre y reconfortada de los Weasleys presentes, la gryffindor comenzó a recuperar un poco de color aunque no la conciencia.

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Harry y Ron llegaron al compartimiento de Draco precedidos por sus patronus. Ciervo y terrier embistieron contra esas putrefactas criaturas dejando a la vista no sólo a Draco casi desvanecido sino a ella, la lugarteniente de Bellatrix Lestrange, casi tan loca y malvada como su maestra, lo único que la diferenciaba de ella es que su maldad nació al calor de los celos y la obsesión por ese rubio al que tenía entre los brazos y al que veía con una sonrisa tan delirante como su mirada.

En menos de un segundo Harry adivinó lo que estaba por suceder. Miró a Ron que entendió en el acto la intención de su amigo y alcanzó a escuchar la voz de Draco en un susurro apenas audible que decía "busquen a Theo…". Entretanto, Harry se lanzó sobre el rubio que ya empezaba a desaparecer cercado por Pansy Parkinson.

En la estación de Paddington ya había un escuadrón de desmemorizadores y algunos aurores a los que había enviado el ministro, en vista de que sus dos aurores estrella se encontraban ya en el lugar. Ron explicó brevemente lo que había ocurrido y se trasladaron al ministerio, necesitaba elaborar una estrategia y nadie más indicado que él, el mejor jugador de ajedrez que Hogwarts, la escuela de magia y hechicería, había visto en siglos.

Lo primero que hizo al llegar fue comunicarse vía chimenea a la Madriguera, quería saber cómo estaba Hermione. Las noticias que recibió no fueron halagüeñas, así que volvió rápidamente a lo suyo. Dos cosas eran importantes en ese momento, una hallar a Harry. Por situaciones como la que estaban viviendo es que ellos habían dedicado mucho esfuerzo, en conjunto con el departamento de Misterios, para diseñar un rastreador de magia. El rastreador consistía en un tatuaje que contenía esencia mágica élfica, unida a la del mago en cuestión. Los Inefables y algunos elfos que pertenecían al programa de rastreo eran los encargados de vigilar las esencias combinadas en un complicado dispositivo que les permitía ubicar, en un mapa multidimensional, a los magos que llevaran ese rastreador colocado, que eran, por supuesto, los aurores.

El otro asunto concernía a Nott. Y eso sí que era difícil, porque si algún slytherin había permanecido indescifrable para la mayoría de la ya desmembrada Orden del Fénix, ése había sido Theodore Nott.

Nunca se había desprendido de aquél galeon falso que Hermione había hecho en quinto año. Y mientras lo daba vuelta entre sus dedos, decidió que era hora de convocar a todos los que habían pertenecido al Ejército de Dumbledore. Con esta decisión tomada, Ron Weasley partió hacia el despacho de Kinsgley. Había llegado el momento de despertar a la Orden del Fénix.

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En la Madriguera, Ginny se paseaba sin descanso de un lado a otro de la sala. No saber de Harry estaba poniéndole los pelos de punta. Esperaba que pronto los Inefables ubicaran el rastro para que los aurores se lanzaran a rescatar a los muchachos, donde sea que estuvieran.

Hermione seguía manteniendo el color recuperado, pero no despertaba. El sanador estaba sentado a su lado y la miraba atento, cada tanto pasaba la varita por su cuerpo en busca de algún signo extraño. Pero nada. Nada que él conociera.

De pronto, George suelta un grito ahogado "pero qué mierda!..." y mira en dirección a Ginny y le muestra la moneda, él también la llevaba siempre consigo. Alertada por su hermano se precipita a su mochila y saca su galeon.

En Escocia, Neville Longbottom, interrumpe su clase y ante la mirada atónita de sus alumnos, se yergue cuan alto es, se desata el pelo que le llega por debajo de los hombros, y su mirada hasta hace un momento apacible, brilla peligrosa. De la nada, la espada de Godric Gryffindor aparece cruzada en su espalda. Sin decir adiós, gira y desaparece.

Luna Lovegood estaba atareada en el Quisquilloso, repartía su tiempo entre el diario que heredó de su padre, sus viajes en busca de bibblers maravillosos y su noviazgo con Ron. Sin embargo, se detuvo. Sus ojos soñadores, de pronto alertas. Rápidamente escribió un memo al que hechizó para que llegara al redactor en jefe, que era quien quedaba a cargo durante sus largas ausencias. Con rápido movimiento de su varita cambió su túnica por una cómoda y práctica ropa muggle, se ató el pelo rubio en una coleta alta y se abrigó con un sacón de cuero marrón. No necesitaba nada más, sólo llegar cuanto antes a su destino.

Lavander Brown, convertida en mujer lobo luego de la última batalla, Parvati Patil, Padma Patil, Dean Thomas, Seamos Finnigan, Michael Corner, Ernie Mcmillan, Hannah Abbott, Angelina Johnson, Alicia Spinnet, Katie Bell, Susan Bones, Justin Finch-Fletchley, Terry Boot, Lisa Turpin, Anthony Goldstein, Roger Davies, todos ellos acudieron al llamado. Ron Weasley convocaba a los soldados del ED. Los únicos que no acudieron fueron Cho Chang, Marietta Edgecombe y Zacharias Smith.

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Entre una cosa y otra, ya habían pasado 24 horas desde el encuentro de los amigos. Ron estaba fatigado pero de ninguna manera iba a descansar, no al menos hasta que pudieran encontrar a Theo.

Ron fue informado por el director de la prisión de Tintagel que Nott, fue liberado poco después que Draco Malfoy. El joven pelirrojo se dirigió a Cornwall con Remus Lupin. Entre los dos intentarían seguir la pista de la serpiente. Cabía la posibilidad de que se hubiera dirigido a Londres por la vía muggle. Pronto confirmaron que eligió la magia para regresar. Ahora tocaba pensar a dónde se encaminaría, a quién desearía ver, que querría hacer. Conocerlo tan poco no ayudaba para nada. Pero se decidieron por lo obvio, la puerta de entrada al Londres Mágico, El Caldero Chorreante y Tom, el ojo al que nada se le escapaba.

El tiempo escaseaba. Los elfos suponían que Harry Potter continuaba viajando porque en cuanto se detuvieran ellos serían capaces de seguir su rastro.

Kreacher, advertido por Ginny sólo esperaba una señal de su amo para aparecerse junto a él. Si bien ya estaba viejo, conservaba la astucia y las mañas, no en vano había servido a la casa de los Black. Eso y una panda de hijos tardíos que eran tan sagaces y escurridizos como él.

Theo Nott se despertó ahogándose y a los insultos limpios. Alguien había osado tirarle una jarra de agua helada en la cara. Las preciosidades que habían dormido junto a él brillaban por su ausencia y en su lugar la cara pecosa y los ojos azules de la comadreja menor lo miraban con cara de pocos amigos.

-¡Y un rayo te parta weasel, qué carajo quieres y cómo me encontraste!, -le espetó furioso.

-Draco te necesita- esas palabras bastaron para que todo el enojo de Theo se disipara. Se levantó como Merlín lo trajo al mundo, se vistió, recogió sus cosas, preguntó por Hermione. El pelirrojo le hizo un relato sucinto. En todo ese tiempo, Nott fumaba con la cabeza gacha; cuando por fin miró a Ron a los ojos, un infierno ardía en ellos. Un infierno que le era plenamente retribuido.

Quienes fueran los que estuvieran detrás de todo esto y fuera lo que fuese que estuvieran preparando…que tuvieran miedo. Porque pese a todo, el amor está a salvo.