El Príncipe Azul no existe, solo el de Ojos Verdes.

Como ya saben nada es mío…

Y como ya les había dicho leer bajo su propia responsabilidad con el contenido adulto. Gracias.

Noveno capítulo.- Aprovechando el Tiempo.

Hermione no podía dejar de sonreír mientras subía las escaleras del palacio. Creía en animales que cantaban canciones, en reinas perversas que mandaban manzanas envenenadas y en príncipes apuestos que durante el día luchaban contra dragones y por la noche hacían el amor con las princesas.

Una suave brisa le agitaba el pelo sobre los hombros y el cálido sol de la mañana le acariciaba la piel. Aunque también era posible que la calidez fuera por la noche que había pasado con Harry.

La sonrisa se le hizo más amplia.

Nunca, durante su vida adulta, había podido imaginarse tan deseada, tan necesitada, tan plena de amor.

Hasta ese momento, «estar en una nube» era una de esas expresiones románticas sin sentido y «radiante de felicidad» una fantasía inalcanzable.

Saludó con la cabeza al mayordomo y entró en el vestíbulo. Había sido una buena idea escabullirse de la cama de Harry y volver a su habitación antes de que el personal se hubiera levantado. No quería habladurías.

Sin embargo, como le pasaba a cualquier dama enamorada, habría querido quedarse desnuda junto a su príncipe. Además, ¿quién iba a verla a esas horas de la mañana excepto el mayordomo y una doncella o dos?

—Buenos días, doctora.

Hermione contuvo el aliento con un nudo en la garganta. Se dio la vuelta lentamente y se encontró con el rey vestido con una vestimenta entre informal y de alta costura.

—Buenos días, Alteza.

—Un día maravilloso.

—Sí — ¿por qué tenía que parecer un ratoncillo asustado?

—Se ha levantado pronto.

Hermione se llevó la mano al pelo. Tendría un aspecto espantoso.

—Sí, estaba...

— ¿Viendo a Glinda y los cachorros?

—Sí.

La mentira le brotó demasiado fácilmente. No sabía por qué fingía. Estaba casi segura de que el rey sabía exactamente dónde había estado.

Frunció ligeramente el ceño. Sabía de dónde llegaba y aun así había sido extremadamente discreto. Era un caballero y no había querido incomodarla.

El rey se pasó la mano por la barba.

—Hagrid me ha dicho que le ha tomado mucho cariño a uno de los cachorros.

—Los adoro a todos, Alteza, pero tengo que reconocer que siento cierta debilidad por el sexto.

—Quizá quiera llevárselo cuando vuelva a Estados Unidos.

Hermione se quedó boquiabierta. ¿Lo decía en serio?

— ¿De verdad?

El rey asintió con la cabeza y una sonrisa resplandeciente.

—Todavía es muy pequeño, pero...

El rey sacudió una mano.

—Se lo haré llegar cuando tenga el tiempo suficiente.

Hermione miraba al rey sin poder articular palabra. Era muy generoso y un verdadero caballero.

—Considérelo como un regalo por sus esfuerzos y dedicación.

—Alteza, estoy haciendo mi trabajo. Sinceramente, no tiene por qué regalarme nada.

—Quiero hacerlo, Hermione.

Hermione sintió cierto recelo. ¿Alguna vez la había llamado por su nombre? Creía que no.

Había algo que no encajaba, pero no sabía qué era.

—Hogwarts es un sitio maravilloso —esa vez la sonrisa no correspondía a la seriedad de los ojos—, pero su encanto puede ser engañoso.

La oleada de recelo le llegó hasta la raíz del pelo. En lo más profundo de su ser, donde tenía la intuición femenina, supo que la oferta de llevarse a Lucky no era un gesto de generosidad por un trabajo bien hecho.

El verdadero motivo llegó enseguida.

—Aquí no vivimos en un cuento de hadas —tomó aire pesadamente—. No. Nada de cuentos de hadas para la familia real. No podemos disfrutar del lujo del ensueño. Nuestra vida y nuestro compromiso con nuestro pueblo son muy importantes. Tenemos que ofrecerle estabilidad y una jefatura firme. Nuestras responsabilidades hacia él son muy, muy verdaderas.

Hermione, como Alicia en el país de las maravillas, parecía encogerse ante la mirada de aquel hombre. No porque le hubiera hecho la advertencia con un fondo malicioso. En realidad, había sido al contrario. La expresión de sus ojos era de tristeza y preocupación y Hermione había sentido compasión por él.

No le gustaba lo que había dicho, aunque sabía que tenía que decirlo.

La euforia que Hermione había sentido en su corazón había dado paso a la melancolía. ¿Cómo podía mirarlo a los ojos y decirle que lo entendía? ¿Cómo podía decirle que cuando terminara la semana, ella se marcharía sin hacerse ilusiones sobre su hijo?

Seguramente no podía porque ella misma no lo creía. Si era sincera, tenía que reconocer que sí se hacía ilusiones. No podía evitarlo. Sobre todo aquella mañana. Era una mujer ilusa que esperaba que Harry se enamorara de ella.

El rey frunció el ceño de preocupación. Quizá solo esperara que ella asintiera con la cabeza. Sin embargo, Hermione no podía hacer eso siquiera. Solo quería huir. Le parecía que su dormitorio estaba a miles de kilómetros.

—James... ¿Dónde te habías metido?

Hermione dejó escapar el aliento que no sabía que había contenido y miró por encima del hombro. Una mujer vestida con un traje amarillo pálido estaba en la puerta de la sala. Era la mujer que había pasado por las cuadras el día anterior.

—Voy enseguida, Fara —el rey sonrió delicadamente a Hermione—. Si me disculpa, doctora, mi hermana se empeña en desayunar a esta hora. Ha pasado dos meses en la India y acaba de volver. Todavía tiene los horarios un poco cambiados.

Hermione inclinó la cabeza.

—Naturalmente.

Vio al rey alejarse y se preguntó por qué no salía de estampida escaleras arriba. Quizá fuera porque esperaba algún signo de reconocimiento por parte de la hermosa princesa. Como si lo hubiera captado, la mujer llamada Fara sonrió a Hermione, le guiñó un ojo y desapareció en la sala detrás de su hermano.

Misterio resuelto, se dijo Hermione mientras subía las escaleras pesarosamente. Era la tía de Harry.

Otro miembro de la familia real que se preocupaba por su país y su pueblo por encima de cualquier otra cosa. Tanto compromiso era de admirar. Entonces, ¿cuál era el problema? Toda su vida había sido una niña buena y una mujer responsable.

Por amor de Dios, estaba a punto de abrir un quirófano con la última tecnología y eso era un sueño hecho realidad. Tenía que entender lo que era el deber y el honor. Tenía que saber aceptar el destino y las elecciones de los demás.

Aunque le elección de no volver a ver al hombre que amaba le encogía el corazón. Hermione entró en su habitación con el rostro avergonzado y se dejó caer en la cama primorosamente hecha. Daba vueltas a las palabras del rey y le resultaban como una cascada de agua fría. Hogwarts era un país que necesitaba estabilidad y una jefatura firme. Harry no era su símbolo de cuento de hadas, aunque lo pareciera. No, era un hombre para su pueblo. O como él había dicho la noche anterior, su futuro no le pertenecía.

Hermione se estiró. No olvidaría eso durante los nueve días que le quedaban. Aunque no fuera para entender completamente la situación, por lo me nos serviría para poder salir del país con un poco de dignidad y el corazón intacto.

Harry levantó la mirada.

—Se ha comido todas las patatas fritas, doctora.

Ella arqueó una ceja.

—Es porque has tardado media hora en hacer un movimiento.

Harry se rio y la miró. El resplandor de la luna le iluminaba media cara y el fuego de la chimenea la otra mitad. Estaba bellísima. Cada vez que ella le sonreía, lo hacía de una forma distinta. Esa forma que tenía de arrugar la nariz cuando estaba con centrada... Le gustaba tanto allí sentada como en la cama.

Sintió una punzada en la parte inferior de su cuerpo ¿Por qué—la anhelaba constantemente?

Antes de que ella llegara, era rara la vez que salía con una mujer durante más de una semana. Había perdido el interés. Una mujer tenía un cuerpo maravilloso y otra una cabeza increíble, pero nunca coincidían en la misma persona.

Hermione lo tenía todo. Cerebro, belleza, pasión, empuje, compasión y comprensión. Llevaban casi una semana juntos, habían ido al pueblo, a la playa y a la cama y Harry se sentía como si empezara a conocerla en aquel momento.

—Te lo aviso —Hermione se apoyó la barbilla en la mano y sonrió ampliamente—. Si tardas más de cinco minutos en hacer un movimiento, me comeré las galletas de queso y me tomaré tu batido de chocolate.

—Las amenazas no van a servirte de nada.

— ¿De nada? —arqueó una ceja sugerentemente. Harry dejó escapar un gruñido burlón.

—Canalla.

Ella soltó una carcajada.

—Quien mal anda, Alteza...

— ¿Mal acaba?

— ¿Sabes el refrán? — le agarró una mano—. Vaya sorpresa.

Harry bajó la mirada a la boca de Hermione y a sus pechos.

—No me obligues a tirar las piezas y a tomarte en la mesa de ajedrez.

El fuego crepitó. Hermione alargó la mano a través de la mesa y le levantó la barbilla con un dedo.

—Adelante. Nada de amenazas en vano para que me distraiga y así robarme la partida.

— ¿Robarte?

—No creas que no me doy cuenta de tus intenciones. Estoy ganando.

—Estás chiflada. Mira mi posición —le agarró el dedo, lo separó de la barbilla y lo besó.

Hermione fingió sentirse ofendida y retiró la mano.

—Créame, Alteza, he visto su posición y por eso estoy tan segura.

El sonrió.

—Quizá quieras apostar.

—Muy bien.

—Alguna propuesta...

—Ropa.

Harry arqueó una ceja.

— ¿Ropa?

Ella asintió con la cabeza. Los ojos le resplandecían como el fuego que consumía los leños de la chimenea.

—Cada vez que alguien coma una pieza, el contrario tiene que quitarse una prenda de vestir. Su pongo que cuanto antes llegues a jaque mate, menos prendas te habrás quitado.

Lo dijo con plena confianza, aunque dos sombras rosadas en las mejillas decían lo contrario.

— ¿Preparado, Alteza?

—Nunca había estado más preparado, doctora.

Avanzó dos casillas con el alfil y se comió un peón.

Las sombras rosadas se intensificaron de color, pero se quitó un pendiente sin alterarse. Luego tomó aire, sacó la reina y se comió el alfil.

Harry sonrió lentamente y se quitó la camisa con un solo movimiento. Cuando la miró, ella tenía la vista clavada en su pechó y se pasaba la lengua por los labios. Harry soltó un gruñido. Si llegaban a acabar esa partida, sería de milagro.

Harry volvió a mirar el tablero con la mente dispersa. Movió el peón y se comió uno de ella. Hermione se quitó el otro pendiente con dedos temblorosos.

Harry gruñó otra vez.

—Así que con esas andamos, ¿eh?

— ¿A qué te refieres? —preguntó Hermione con aire inocente.

—La bisutería no cuenta como ropa.

— ¿No?

—No.

—De acuerdo, don normas estrictas —metió las manos debajo de la mesa y las sacó con dos zapatos de lona.

—No hemos mejorado mucho, pero por lo me nos no haces trampas.

Hermione tiró los zapatos a la alfombra y miró el tablero. Dos minutos después movió y dejó la reina en posición para comerse la torre.

Harry se rio y se comió la reina.

—La veo un poco distraída, doctora...

Hermione paseó la mirada por el tablero sin poder comprender por qué no se había dado cuenta de ese movimiento.

—Hermione, estarás desnuda y derrotada antes de que den las diez campanadas.

Levantó la mirada con los ojos como ascuas.

—Ni lo sueñe, Alteza.

Diez minutos más tarde, a las diez menos cuarto, Harry había perdido los zapatos, los calcetines y el cinturón, solo le quedaban los vaqueros. Recorrió con la mirada a su oponente que llevaba puesta la camisa, el sujetador y las bragas. Naturalmente, también llevaba la fragancia que era su rúbrica.

Decidido a verla derrotada o simplemente a verla, Harry sacó la reina y comió la torre de Hermione.

Con una mueca, se desabrochó el sujetador y se lo sacó por una manga.

—Muy lista, doctora.

Ella se hizo con la torre de Harry y replicó.

—Gracias, Alteza.

—Me parece que los dos estamos algo distraídos. Harryim se levantó, se bajó la cremallera y se quitó los pantalones.

Cuando levantó la mirada vio a Hermione que no le quitaba los ojos de encima.

Arqueó una ceja.

— ¿Hay algo que te guste?

—Muchas cosas —hizo una mueca burlona con la boca—, pero no estaré contenta del todo hasta que estés completamente desnudo.

—Te digo lo mismo.

Se sentó con una risa. Calculó todos los movimientos con calma hasta que lo vio claro. Si quería podía darle jaque mate. Sin embargo, quería ganar la partida lentamente. Prefería ver cómo se quitaba la camisa y la cinta de encaje que le rodeaba la cintura.

Se comió uno de los peones que le quedaban a Hermione y se dejó caer en el respaldo.

Hermione frunció el ceño y lo miró fijamente.

—Has perdido un movimiento fantástico.

—Debo de estar pensando en otra cosa —se puso las manos en la nuca—. Será en la belleza que estoy a punto de presenciar.

— ¿Seguro?

Hermione se levantó con una sonrisa de suficiencia, se levantó y se quitó las bragas. La camisa era tan larga que le tapaba las partes más íntimas.

Antes de que él pudiera decir nada, Hermione movió la torre a dos casillas del rey.

—Jaque.

Harry contuvo una risa. Estaba crispada. No pensaba. Su alfil estaba en el rincón esperando la oportunidad que acababa de ofrecerle.

Hermione contuvo el aliento mientras Harry movía lentamente el alfil a través del tablero.

— ¡No puede ser!

—Sí, doctora, quiero ver esos maravillosos pechos suyos y voy a hacerlo.

Hermione miró fugazmente al alfil, levantó la frente y se puso de pie. Con dedos temblorosos, se desabrochó los botones de la camisa uno a uno. Él podía notar los pezones duros como piedras a través de la tela.

Sin mover un músculo fue viendo una Hermione de piel que se asomaba entre los bordes de la camisa. Hermione se detuvo y lo miró amarrándose la camisa.

Clavó los ojos en su regazo y en el bulto que parecía que iba a reventar.

— ¿Hay algo que te guste?

—Eres una provocadora.

El oyó el tono ronco de su voz y esperó que ella no hubiera notado el estremecimiento de ansia que lo acompañaba.

Se abrió la camisa lentamente. Los pechos maravillosos se mostraron altivos y orgullosos con los pezones erectos y rosados. Harry se agarró a los brazos de la butaca mientras ella se quitaba la tela de los hombros y la dejaba caer.

Sin pensárselo dos veces, se levantó y se puso delante de ella.

—Cierra los ojos, Hermione.

Sus ojos caoba con reflejos dorados reflejaron cierta aprensión, pero hizo lo que le pedía. Harry se inclinó y le besó los párpados, las mejillas y la boca. Ella separó los labios, pero todavía no era el momento.

—Escucha atentamente, Hermione.

—De acuerdo.

Harry bajó la mano hasta el tablero de ajedrez y tumbó el rey con la punta del dedo.

— ¿Has oído eso?

Ella asintió con la cabeza.

—Me rindo.

Hermione abrió los ojos de golpe, miró el tablero y también tumbó el rey.

—Los dos hemos perdido.

Volvió a mirarlo, le puso las manos en la cintura y le bajó los calzoncillos.

—Y los dos hemos ganado.

Las pieles se encontraron, la dureza se encontró con la delicadeza y Harry perdió la cabeza.

Al cabo de unos segundos, la había tumbado sobre la alfombra y al mirarla a los ojos comprendió que nunca había visto la libertad en su país ni en su corazón.

Un puño invisible le golpeó en el estómago. Dejó a un lado todos los pensamientos y se dispuso a disfrutar. Ella se arqueaba debajo de él y le decía exactamente lo que quería. Tenía la piel resplandeciente por el deseo. Los pechos le subían y bajaban al ritmo de la respiración entrecortada. Le rodeó el cuello con la mano y le bajó la cara hasta tenerla a su altura.

Las bocas se buscaron en un beso voluptuoso e interminable. Harry quería olvidarlo todo menos a ella y ella separó las piernas para cumplir ese deseo de Harry. El le lamió los pechos e introdujo los pezones entre los labios y entre los dientes.

Hermione dejó escapar un grito que transformó la virilidad de Harry en una piedra. Nadie había reaccionado como ella, con tanta franqueza y con un cuerpo tan anhelante.

—Hazme el amor, Harry. Ahora, por favor.

La súplica hizo que a Harry le hirviera la sangre. Acopló las caderas con las de ella y notó la húmeda calidez.

Le tomó la cara entre las manos y le acarició los labios rojos por el beso con el pulgar.

—Voy por...

—No.

Hermione alargó la mano, buscó en el bolsillo trasero de sus vaqueros y sacó un preservativo. Le sonrió sin aliento.

—Yo me ocuparé.

— ¿De dónde lo has sacado?

¿Sentía celos? Celos que le abrasaban las venas como cera líquida al preguntarse por qué tenía preservativos.

—De mi neceser. Una amiga me ayudó a hacer el equipaje y debió de meterlos ahí como una broma—sonrió y cimbreó las caderas—, pero me alegro de que lo hiciera.

Harry respiró aliviado.

— ¿Por qué se alegra, doctora? ¿Espera tener suerte?

Ella le rodeó la cintura con los brazos y le agarró del trasero.

—¿Necesito esperanza, Harry?

El le arrebató el paquete, rasgó el envoltorio y se puso el preservativo rápidamente.

—No, Hermione. Todo lo que tienes que hacer es rodearme la cintura con las piernas y aguantar.

Ella sonrió como una tigresa y le rodeó la cintura con las piernas. Harry se elevó un poco y entró en lo más profundo de Hermione.

No perdió el tiempo. Con las manos rebosantes de sus pechos, se abrió camino en la ardiente humedad de su cuerpo con embestidas potentes y profundas. Una y otra vez.

Ella quería más, necesitaba más y él lo notaba, notaba cómo se aferraba a él. Bajó la mano hasta acariciarle los rizos y con un empujón le alcanzó lo más profundo de su ser.

Ascendieron más y más entre embestidas cada vez más rápidas y jadeos. Hasta que Hermione gritó el nombre de Harry y se quedó rígida. Apoyó los puños abrasadores y completamente cerrados en la espalda de Harry, quien se separó y atacó una última vez para liberarse.

Se dejó caer junto a ella y la abrazó. Escuchó mientras Hermione recuperaba el aliento y se quedaba dormida en sus brazos junto al fuego de la chime nea que se extinguía.

Lo que había empezado como una aventura más y una forma de librarse de un futuro esclavo se había convertido en algo más; algo que no había conocido en su vida ni había querido conocer: cariño sincero.

¿Bastarían cinco días?

La abrazó con más fuerza. Tendrían que bastar.

El tiempo pasaba como los pájaros que volaban sobre sus cabezas. Hermione, con los pies en el agua y la espalda en el embarcadero, miraba a las gaviotas que surcaban el cielo azul. Era un día perfecto para sentarse junto al mar, pescar y robar algunos besos del hombre que amaba.

Se volvió hacia Harry quien iba a lanzar el sedal por décima vez en cinco minutos.

— ¿Han sido ocho horas u ocho días?

—No cuento el tiempo y tú tampoco deberías hacerlo.

Lanzó y el peso pasó rozando el brazo de Hermione.

—Cuidado con el anzuelo, Alteza.

—Lo siento muchísimo —le premió con una son risa—, mi señora.

Tenía un aspecto maravilloso con los vaqueros remangados y una camiseta. Tenía un aire infantil. Sin preocupaciones ni aires principescos. Hermione casi podía olvidarse de quiénes eran y dónde estaban.

Casi.

Hermione recogió su sedal para ver si la lombriz se guía en el anzuelo. Ahí estaba.

—Una vez mi padre me llevó a pescar y monté un buen lío con todo el asunto de lanzar el sedal.

Harry fingió sorprenderse.

— ¿Tú? No me lo creo.

—Ya sé que cuesta creerlo.

Harry soltó una risa irónica.

— ¿Que hiciste? ¿De qué lío estamos hablando?

—Clavé el anzuelo en la oreja de mi padre.

—No es verdad.

—Desgraciadamente, sí lo es —se tocó el lóbulo de la oreja derecha—. No sabía que una oreja podía sangrar de aquella manera.

—Tengo curiosidad. No hablas mucho de tu familia.

Era verdad, no lo hacía y prefería no hacerlo, pero ya que había empezado...

—Ya no me queda familia —clavó la mirada en el mar—. Mi madre murió cuando yo era un bebé y luego, cuando mi padre murió, yo me quedé con mi madrastra y dos hermanastros. Nunca nos llevamos bien.

¿Por qué crees que pasó eso?

Hermione suspiró.

—Para que te hagas una idea... ellos usan pieles y yo salvo animales —se encogió de hombros—. No es que sean unas personas espantosas, pero son distintas, no son una familia. Tienes mucha suerte de tener una familia que te quiere, Harry.

El no estaba de acuerdo, pero le concedió algo más personal.

—Mi madre también murió cuando yo era joven. De neumonía.

—Lo siento.

—Yo también —no siguió, quizá no pudiera—. Tenía una visión muy distinta de la vida y de Hogwarts. Ella, como tú, creía en las elecciones de cada uno.

—Por lo que dices parecía maravillosa. Harry se volvió para mirarla.

—Hermione, ¿esperabas que Viktor fuera una familia?

Ella asintió con la cabeza.

—Lo siento si yo fui el motivo...

—No lo fuiste. Viktor es un amigo, no un marido—un bote de pesca se balanceaba en el mar—. Yo precipité las cosas. La próxima vez me lo tomaré con más calma.

— ¿La próxima vez?

La pregunta sonó desenfadada, pero ella habría jurado que tenía cierto tono de irritación.

—La próxima vez —notó que las mejillas le ardían mientras seguía montada en aquel tren sin control—. Ya sabes.., cuando tenga un novio. Me tomaré mi tiempo antes de decidir si es... apto como marido.

Se le revolvió el estómago. No quería a nadie que no fuera Harry como novio.

—No me gusta esta conversación —farfulló Harry.

—A mí tampoco.

Durante un par de minutos no se oyó otra cosa que el batir de las olas y los graznidos de las gavio tas. Hasta que Harry sujetó la caña entre dos tablones y la tomó de la mano.

—Vamos a darnos un baño.

—No tengo traje de baño.

Harry arqueó una ceja.

—Además —Hermione bajó la mirada con las mejillas al rojo vivo—, el agua está muy fría.

—Yo te daré calor.

Hermione sintió una punzada de excitación solo de pensarlo.

—De acuerdo.

Harry la ayudó a levantarse y le dio un beso. Luego la llevó fuera del embarcadero, hasta una playa oculta. Se quitaban una prenda con cada paso que daban hacia la orilla.

Una vez en el agua, Harry la tomó en brazos y la abrazó. Hermione cerró los ojos, le rodeó la cintura con las piernas e intentó olvidarse de que dentro de tres días estaría en un avión caminos de California.

Fin de capitulo.

Quiero agradecer por seguir la historia y por todo el apoyo. Gracias totales.

Relenna Potter.