IN VINO VERITAS

CAPITULO IX


Desde esa noche en que Harry había pensado que Draco se le iba entre los brazos, no podía dejar de tocarle, mirarle, dejar pequeños besos en sus labios, mejillas, en su pelo. No importaba que estuviera dormido. A pesar de que Mike le había dicho que no había sido tanto como había parecido. Y debía ser cierto porque, desde que Draco había dejado de ingerir aquella maldita poción, se encontraba perfectamente, como si nada hubiera sucedido. Harry era consciente de que se estaba comportando de forma un poco paranoica. No esperaba que Mike lo comprendiera. Ni siquiera que Draco lo comprendiera. Sólo él sabía todo lo que se le había pasado por la cabeza en aquel momento. Y seguramente también Severus. Harry sonrió. El bueno de Severus.

Notó como Draco se estiraba a su lado, y tras un gran bostezo abría los ojos. Después sonrió.

—Me he quedado dormido —dijo con pereza— ¿Qué hora es?

—La una —respondió Harry— Ahora iba a despertarte —también sonrió— Aunque no tenía ganas de hacerlo.

Draco se incorporó un poco para poder alcanzar los labios de su compañero. Cada día era más duro levantarse y dejar a Harry en esa cama, abandonando su cuerpo tibio y acogedor.

—Mi padre empieza a tener la mosca detrás de la oreja —suspiró—. Ha comenzado a preguntarme qué estoy leyendo que me tiene tan entretenido. Ahora vengo aquí desde mi despacho. Es más seguro.

Harry asintió en silencio, mientras acariciaba el rostro de su amante.

—Scorp está todavía más raro, si cabe —habló Draco de nuevo—. Tiene unos repentinos cambios de humor que no acabo de entender —Draco frunció el ceño—. Es como si tuviera un malestar que le causara un desasosiego contra el que no puede pelear.

—¿Nos enfrentamos a algún tipo de hechizo, después de todo? —preguntó Harry.

—No a uno que yo conozca, al menos —admitió Draco—. Y créeme que sé unos cuantos.

Harry torció el gesto.

—¿Cuándo vas a admitir que tu padre está detrás de todo esto, Draco?

El rubio estaba a punto de responder cuando sonó el móvil de Harry. El moreno se dio la vuelta en la cama para alcanzarlo, sobre la mesilla de noche.

—Es Severus —dijo, tras leer el nombre que parpadeaba en la pantalla— Hola Severus, ¿qué hay? —durante unos instantes Harry escuchó atentamente antes de volver la mirada hacia su compañero— Escucha, Draco está conmigo. ¿Prefieres hablar con él?

Draco tomó el móvil que Harry le tendía, un poco sorprendido.

—Hola, padrino. Sí, sé que aquí es la una de la mañana —Draco esbozó una sonrisa irónica en dirección a Harry— ¿De verdad quieres que responda? —tras escuchar durante unos momentos lo que Severus le decía Draco preguntó a Harry— ¿Esto tiene altavoz para que podamos oír los dos?

El moreno tomó el móvil de la mano de Draco y apretó un botoncito antes de devolvérselo.

—Ya puedes hablar, padrino, te escuchamos.

Se me ocurrió de pronto —dijo la voz de Severus desde Nueva York—. Estaba leyendo sobre hechizos oscuros que utilizan lazos de sangre para ser efectivos, para conseguir fidelidad, obediencia u otros tipos de sumisión, pero ninguna encajaba exactamente en el comportamiento que me habéis descrito de Scorpius.

—Sí —coincidió Draco—, también yo leí sobre este tipo de hechizos. Pero los descarté porque necesitan rituales de sangre bastante largos y complicados. Sería difícil de ignorar si se hubiera realizado uno en casa.

Cierto —afirmó Severus—. Pero la cuestión de la sangre siguió rondando por mi cabeza, teniendo en cuenta que en las familias sangre pura siempre ha habido esa especial obsesión precisamente por la pureza de la sangre, la preservación de su linaje y mantener a todos sus miembros fieles a la familia. Al patriarca que la lidera —especificó.

Harry puso los ojos en blanco, con un pequeño gesto de exasperación. Draco frunció el ceño, tratando de seguir la línea lógica que estaba desarrollando su padrino.

En el mundo mágico siempre ha habido conflictos —continuó Severus— Y no siempre han sido amenazas como las que significaron Voldemort, o yendo un poco más lejos, Grindelwald. Durante siglos, los guerras fueron entre familias, la mayor parte de las veces por poder y liderazgo, lo que siempre llevaba de la mano más fortuna y riqueza. La familia más fuerte, la que tenía más poder mágico entre sus miembros, era la que lograba el liderazgo y sometía a las demás a su obediencia y capricho. Y era la que más se enriquecía, por supuesto.

Severus hizo una pequeña pausa, en la que le daba las gracias a Eileen por la taza de té tardío que acababa de servirle. En Nueva York eran las ocho de la tarde.

Pero como es lógico imaginar —prosiguió la voz del profesor— no siempre todos los miembros de una misma familia estaban de acuerdo con las decisiones que se tomaban, el papel que se les asignaba dentro de ella o estaban dispuestos a luchar por una causa que no les convencía. El hechizo que he encontrado debió crearse por aquella época. Es tan sencillo, como poderoso —en el tono de Severus denotó una cierta admiración.

—¿Cómo funciona? —preguntó Harry.

Es una especie de llamada o convocatoria —respondió Severus—. Cuando una familia se veía amenazada por algún motivo, el patriarca llamaba o convocaba a todos sus miembros para hacer piña y enfrentar juntos la amenaza que se cerniera sobre ellos, del tipo que fuera. No tenía que ser necesariamente una amenaza de derramamiento de sangre. Podía tratarse simplemente del riesgo de perder una cosecha, que pudiera llevar a la familia a la ruina, o para salvaguardar el honor de alguno de sus miembros. Cualquier cosa que supusiera un peligro, de la índole que fuera.

—Pero si no he entendido mal —intervino Draco— esa especie de "llamado" sólo se utilizaba para los miembros de la familia, digamos, poco dispuestos.

Exacto —confirmó Severus—. Era una manera de asegurarse la participación de todos. Cuanto menos numerosa era la familia, más se necesitaba a todos sus componentes. No podían permitirse deserciones.

—Entiendo —dijo Harry, pensativo— ¿Y cómo se convoca?

Ahí está la sencillez del asunto —respondió Severus—. Teniendo en cuenta que la sangre está llamando a la sangre, basta con un abrazo, un apretón de manos. Un beso. Cualquier contacto físico entre el patriarca de la familia y el miembro de la misma al que es necesario convencer, al tiempo que se pronuncian las palabras Accîtus Familiae.Es tan simple que da miedo.

—¿Sin varita? —preguntó Draco, sorprendido.

Sin varita —confirmó Severus.

Harry negó suspicazmente con la cabeza.

—Todo esto no se te ha podido ocurrir "de pronto" Severus…

Una risa profunda e irónica llegó a través del móvil.

¡Claro que no! Lo que se me ocurrió de pronto era que tenía algunos volúmenes que me había llevado de la biblioteca privada de Albus. Tan antiguos que temo que las páginas se deshagan entre mis dedos cada vez que las paso.

—Lo único que me interesa saber ahora, es el contra hechizo —la voz de Draco sonó fría y tensa.

No hay contra hechizo —dijo Severus. Y antes de que ninguno de los dos magos en Londres pudiera decir nada, continuó— Lo bueno, es que la magia sólo actúa mientras la causa por la que ha sido invocado el hechizo, perdura. Cuando el peligro, conflicto o motivo desaparece, el hechizo también desaparece, permitiendo que los miembros de la familia que han sido atados por él, queden libres.

Harry miró a Draco con los ojos brillantes.

—¿No lo entiendes Draco? ¡La cafeína en la poción era precisamente para eso! ¡Para mantener la causa por la que tu padre había hechizado a Scorpius continuamente activa!

Así es —confirmó Severus, aunque su voz no sonó tan entusiástica como la de Harry—. Tú eres la causa, Draco. Si tu salud no te permite asumir la dirección de los negocios de la familia, y de la familia misma más adelante, el patriarca debe asegurarse de que haya alguien que lo haga. Lucius te ha utilizado para que Scorpius asuma su lugar. Y no le soltará tan fácilmente.

—Después de todo, mi corazón puede darme un susto por su cuenta en cualquier otro momento, ¿verdad? —asumió Draco—. No es como si la causa hubiera desaparecido definitivamente.

Eso me temo —corroboró Severus—. Tal vez el hechizo se haya debilitado en los últimos días, desde que las taquicardias han cesado. Pero no creo que haya desaparecido.

—Y no desaparecerá nunca —afirmó Draco con rabia— ¡Hijo de puta!

Harry posó su mano sobre el hombro de Draco. El cuerpo del rubio temblaba de pura furia. Draco no le miró, sus helados ojos grises fijos en las sábanas, sus puños cerrados con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Aunque lo deseaba, Harry no estaba muy seguro de que abrazarle fuera una buena idea en ese momento.

Hay otra forma —dijo Severus instantes después—. Un nuevo patriarca.

Draco se tomó algo de tiempo antes de hablar.

—No voy a matar a mi padre, si es lo que estás sugiriendo —dijo finalmente, con los dientes apretados. Después alzó los ojos hacia Harry—. Y tú tampoco.

Harry no dijo nada. No es que la idea no acabara de pasársele fugazmente por la cabeza. Después de todo, no podían acusar a un muerto.

De momento, creo que sería una buena idea mantener a tu hijo lo más lejos posible de Lucius —dijo Severus—. Apartado del foco de hechizo. He estado mirando horarios de vuelos por internet —dijo a continuación—. Si tomo un vuelo que sale esta tarde a las cuatro, mañana a las once de la mañana hora local estaré ahí. Hay que solucionar esto de alguna forma.

Dos voces sonaron a la vez, igual de determinadas.

—¡NO!

—¡No, Severus, ni se te ocurra! —se negó Harry— Eileen, sé que estás escuchando, así que si se le ocurre hacer tontería semejante le atas a la cama o donde sea. Pero no le permitas venir bajo ninguna circunstancia, ¿me has entendido?

La voz de Eileen sonó un poco asustada por el tono casi histérico empleado por Harry, pero dijo:

No, cariño, no te preocupes. Sobre mi cadáver.

Y a continuación hubo una discusión entre el matrimonio, que Harry y Draco no pudieron entender ya que debían haber apartado el teléfono. Sus voces sonaban amortiguadas, pero enfadadas.

Harry… —era la voz de Severus otra vez.

—No, Severus —le cortó él, tajante—. Soy capaz de comprender que Draco no quiera hacer daño a su padre —dijo con voz apretada— Porque yo tampoco quiero que le pase nada al mío. ¿He sido los suficientemente claro?

La línea quedó en silencio desde Nueva York.

—Padrino, si te descubrieran, sigues siendo un mortífago para el Ministerio. No estamos dudando de tu sigilo y habilidad —remarcó con diplomacia—. Pero las casualidades existen —dijo también, en clara referencia a la identificación de Harry por parte de su hijo—. Nos sentiríamos más tranquilos si te quedaras donde estás. Desde allí nos estás ayudando mucho. Jamás hubiéramos averiguado lo de ese hechizo sin ti.

Finalmente llegó un pequeño carraspeo a través del teléfono.

Hacedme saber lo que penséis hacer antes de hacerlo —les advirtió Severus—. No me fío un pelo de vosotros dos. Especialmente de ti, Potter.

Harry sonrió. Severus sólo le llamaba por su apellido cuando estaba cabreado.

—De acuerdo —concedió—. Consultaremos contigo cualquier cosa que se nos ocurra.

¿Draco?

Los dos magos en Londres se miraron con cierta complicidad.

—No te preocupes, padrino.

Ninguno de los dos había empeñado su palabra de mago.

o.o.o.O.o.o.o

Hermione sostenía en su mano las dos hojas de pergamino que Minerva McGonagall le había enviado. Estaba releyéndolos para asegurarse de que no se le había pasado ningún detalle. Michael Davenport era un mago de origen muggle, como ella, lo cual en principio le suscitaba cierta simpatía. Sus padres eran médicos y tenía dos hijos más, completamente muggles. Michael era el mayor. Tenía la misma edad que Rose, su hija. Hizo nota mental de preguntarle a la joven sobre él cuando llegara a casa. Tal vez Rose le recordara y pudiera obtener más información. Volvió su atención al pergamino. Davenport había sido un Ravenclaw, según McGonagall, muy inteligente, con un expediente académico impecable. Su familia no era adinerada, así que se le concedió una de las becas Dumbledore para sufragar sus estudios universitarios. Se había graduado Summa Cum Laude en medicina por la universidad de Cambridge. Por lo visto, la medimagia no le entusiasmaba demasiado. Pero desde hacía unos años, las carreras muggles eran bien aceptadas en el mundo mágico, considerándose como una forma más de contribución y desarrollo de la cultura mágica.

Davenport no tenía un perfil de persona peligrosa. Tampoco parecía demasiado integrado en la comunidad mágica, pensó Hermione. McGonagall se había tomado la libertad de ponerse en contacto con sus padres, con la excusa de saber de sus antiguos alumnos, especialmente de los que habían recibido becas. Los Davenport se habían mostrado entusiasmados de poder hablar de los logros de su hijo. No podían ocultar que estaban muy orgullosos de él. Michael había conseguido otra beca que le había permitido trasladarse a Nueva York, donde estaba ampliando sus estudios, y hacer prácticas en un prestigioso hospital muggle de esa ciudad. Según le había contado el matrimonio, su hijo había estado en Inglaterra de vacaciones un par de semanas, pero había regresado a mediados de agosto a Nueva York. Lo cual no cuadraba con el registro de la varita del joven en el Ministerio, que se había producido a finales de agosto. En ese momento, unos ligeros golpes en la puerta de su despacho interrumpieron las cavilaciones de la Ministra. Era su asistente.

—Señora, ya tengo la información sobre el dueño de la propiedad de la dirección que me ha dado. La finca pertenece a Scorpius Malfoy, el hijo de…

—… Draco Malfoy —terminó Hermione.

¿Cuántos Malfoy había en el mundo mágico, después de todo?

—Gracias, Edward —después preguntó— ¿Algo urgente que no podamos dejar para mañana?

—No, señora —el asistente dejó sobre la mesa de la Ministra el portafirmas que había traído consigo—. Estas firmas pueden esperar a mañana.

—Perfecto, porque hoy quiero irme a casa temprano —dijo Hermione empezando a recoger—. Sólo una cosa Edward —él la miró, esperando la petición u orden que fuera a darle—, sé que el Sr. Malfoy viene con frecuencia al Ministerio por asuntos diversos. El día que esté por aquí, me gustaría hablar con él.

—Sí, Sra. Ministra.

Rose y Hugo fueron los primeros sorprendidos de que Hermione llegara a casa tan temprano. Más, de que le apeteciera cocinar. Seguramente, si hubiera sido viernes o sábado, Hermione no habría encontrado a ninguno de sus hijos. Rose solía pasar los fines de semana con su novio, cosa que ella no aprobaba totalmente, porque ninguno de los dos parecía tener mucha prisa por casarse. Aunque, después de la experiencia de sus padres, no podía culpar a su hija por sentirse un poco reacia al matrimonio. Rose había estudiado leyes mágicas y hacia un par de años había empezado a trabajar en un renombrado bufete de Londres. Había conocido allí a John, su novio. Hugo trabajaba con su padre y su tío George en Sortilegios Weasley. Había resultado ser un digno heredero de los bromistas gemelos. En la famosa tienda había ya numerosos artículos de su creación que se comercializaban con gran éxito. Hermione no veía a su hijo sentando la cabeza con ninguna chica, al menos a corto plazo. Hugo era un juerguista compulsivo, por mucho que a ella le pesara.

—Rose, ¿recuerdas por casualidad a un chico de tu generación en Hogwarts, que se llama Michael Davenport? —preguntó más tarde Hermione, mientras cenaban.

—¡Claro que lo recuerdo! —respondió ella—. ¡Cualquiera no! Si coincidías en cualquier clase con él, ya sabías quien se iba a llevar los puntos del profesor.

—Y cómo debía fastidiarte eso, ¿verdad hermanita? —se burló Hugo.

Rose le ignoró y miró a su madre con curiosidad.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por nada, en particular —respondió Hermione—. Estuve hablando el otro día con la Profesora McGonagall sobre algunos planes que queremos implementar en Hogwarts. Salió en la conversación como uno de los mejores alumnos que había tenido. Incluso fue becado. Pensé que a lo mejor le conocerías.

—Mamá ya está pensando en ficharle para el Ministerio —dijo Hugo, en tono conspirador—. Y quiere que tú le convenzas.

Rose dejó escapar un pequeño suspiro.

—Pues no me importaría. Por lo que recuerdo era guapísimo. Pero me temo que si quieres convencerle de algo, es mejor que envíes a Hugo, mamá —terminó Rose con una sonrisa maliciosa.

Hermione la miró, sin comprender.

—Bueno, eran rumores, de hecho. Pero nunca salió con ninguna chica. Como ligue, quiero decir. Las malas lenguas decían que le gustaban las colitas…

—¿Es gay? —preguntó Hermione, un poco sorprendida.

—En realidad, no lo sé —reconoció Rose— Cuando te cuelgan un sambenito en la escuela, ya sabes, no siempre se ajusta a la realidad. Tal vez sólo eran envidias porque era un chico guapo e inteligente. Hay gente que no soporta el éxito ajeno.

—Cuando el río suena… —canturreó Hugo por lo bajo con una mueca burlona.

—Ser gay no es nada malo —reprendió Hermione a su hijo. Después se dirigió a Rose— ¿Sabes si se relacionaba con Scorpius Malfoy?

—¿Con Malfoy? —se rió ella—. ¡Qué va! Eran como la noche y el día. Davenport era muy sociable, siempre echaba una mano al compañero que lo necesitaba —la carcajada de Hugo se ganó una mala mirada tanto de la madre como de la hija—. Me refiero a los estudios, animal.

Hugo se encogió de hombros, a pesar de todo, sin poder ocultar que se lo estaba pasando en grande con la conversación.

—Malfoy era más reservado —continuó Rose—. Muy buen estudiante, también. Pero tenía su grupito de íntimos y no se relacionaba demasiado con las otras Casas. Ya sabes, los hijos de quienes estuvieron relacionados con Voldemort de alguna forma, no gozaron nunca de una gran aceptación social, así que tenían su propio grupo —después miró a su hermano—. Y Malfoy salía con chicas.

Hermione suspiró. Los daños colaterales de una guerra siempre eran muchos más de lo que la gente pensaba. Y siempre solían afectar a los que nada habían tenido que ver en ella. Eran las consecuencias que jamás se plasmaban en los libros de historia.

—¿Vas a crear algún comité gay o un departamento o algo así? —preguntó Hugo con fingida candidez— Los muggles tienen cosas de ese estilo y a ti te encanta copiar cosas muggles para los magos.

Hermione simplemente le dio un pescuezo que casi hizo que Hugo estampara el rostro en su plato. Esta vez fue Rose quien se carcajeó.

A la mañana siguiente, Hermione llegó al Ministerio con la intención de poner en orden sus ideas y en cuanto pudiera hablar con Malfoy, convocar a los otros tres miembros de su pequeño grupo para explicarles las últimas novedades y decidir los pasos a seguir. Pasó la mañana encerrada en su despacho, inmersa en varios asuntos. Hasta que su asistente le recordó que había quedado para comer con el presidente del Wizangamot ese día, así que a las doce menos cuarto interrumpió su trabajo y salió de su despacho en dirección al ascensor. Y, casualidades de la vida, ahí estaba Draco Malfoy con su hijo, hablando con el Consejero Bordenet.

—¡Malfoy! —exclamó— Precisamente el hombre con el que quería hablar.

Los ojos grises de Malfoy se posaron en ella con su habitual expresión fría y distante.

—Señora Ministra —saludó, éste con una ligera inclinación de cabeza.

Hermione sonrió. Porque sabía que a Malfoy se le estaban revolviendo las entrañas por tener que concederle ese tratamiento. A ella. Una sangre sucia. Después se reprendió a sí misma por haber tenido ese pensamiento y se recordó que eso, precisamente, era por lo que había luchado tanto por evitar. Pensó primero en aprovechar la presencia del hijo de Malfoy para hablar también con él. Al fin y al cabo la red flu sobre la que se había quejado Davenport, era propiedad de Scorpius Malfoy. Sin embargo, consideró apropiado dar primero una oportunidad al padre para dar una explicación. Cortesía entre antiguos compañeros de escuela, se dijo. Ya habría tiempo para interrogar al hijo, si era necesario.

—¿Tienes unos minutos, Malfoy? Necesito resolver una cuestión en la que es probable tú puedas ayudarme.

Malfoy no pudo disimular su extrañeza. No obstante, asintió.

—Por supuesto, Sra. Ministra. Será un placer brindarle la ayuda que necesite. Discúlpeme, Consejero —después se dirigió hacia su hijo—. Por favor, espérame en el atrio, Scorp.

Intrigado, siguió a Hermione hasta su despacho, donde ella dio orden a su asistente de que anulara la comida con el presidente del Wizangamot por culpa de un imprevisto y le hiciera llegar sus más sinceras disculpas. Comerían al día siguiente, si tenía su agenda libre. Al contrario de lo Draco esperaba, la Ministra no se sentó detrás de su ostentosa mesa, sino que le indicó unos sillones frente a la chimenea del despacho, donde dijo que estarían más cómodos.

—Dejémonos de formalidades, Malfoy —dijo ella una vez se sentaron—. Digamos que esta no va a ser una conversación oficial. No todavía, al menos. Depende de lo que me respondas.

Los ojos grises del hombre sentando frente a ella la estudiaron con profunda atención.

—¿Voy a necesitar un abogado? —preguntó Draco, sin poder evitar la ironía.

Hermione sonrió con suficiencia.

—En realidad es tu hijo quien debería estar sentado aquí en tu lugar. Pero he preferido hablar contigo primero.

Ella notó inmediatamente como Malfoy se tensaba ante la mención de Scorpius.

—¿Conocéis tú o tu hijo a Michael Davenport? —preguntó a continuación.

—¿Por qué?

—Responde a la pregunta, Malfoy —le instó ella.

Draco apretó unos instantes los labios, como si responder le disgustara profundamente.

—Sí, le conozco. Es amigo de Scorp.

—¿Y es un amigo de su completa confianza? —inquirió Hermione, un poco extrañada. Eso no tenía nada que ver con lo que le había comentado Rose la noche anterior—. ¿Lo suficiente como para dar la dirección de una propiedad de tu hijo como su residencia?

Draco frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres, Granger?

Ella consideró si recordarle que ahora su apellido era Weasley, a pesar de estar divorciada. Después meditó unos instantes su respuesta. Tampoco quería darle demasiada información a Malfoy.

—Es extraño, porque según tenía entendido, tu hijo y Davenport nunca habían sido amigos. Al menos, en Hogwarts.

Draco cada vez entendía menos aquella conversación. Y no comprender a dónde quería llegar Granger, le inquietaba. Decidió que, de momento, respondería con la verdad.

—Es cierto —afirmó—. Su amistad empezó en la universidad.

—Eso es un poco difícil, Malfoy —Hermione sonrió con condescendencia—. Davenport estudió en una universidad muggle.

—Medicina en Cambridge, para ser más concretos. Al igual que Scorpius.

Draco se contuvo de cualquier comentario ante la expresión de estupefacción de Granger. Después de todo, era "su Ministra".

—¿Tú hijo ha estudiado una carrera muggle?

Ahora el que sonrió con suficiencia fue él.

—Sí, Granger. ¿Acaso has promulgado alguna ley que lo prohíba?

Ella negó con la cabeza.

—Lo siento. Sencillamente, me ha sorprendido.

Hermione se tomó unos instantes para considerar su siguiente pregunta, mientras se tragaba la mirada triunfal de Malfoy. Parecía estar diciéndole ¿quién tiene prejuicios ahora?

—Entonces, Davenport vive con tu hijo. Por eso vino al Ministerio para quejarse de los fallos de la red flú de su residencia.

Aquel empeño de Granger en situar a Mike en el Ministerio se le hacía cada vez más sospechoso. Sobre todo porque él sabía con quién estaba Mike ese día.

—Mira Granger, Mike y Scorp se conocieron en la universidad y entablaron amistad. Los padres de Mike son una buena familia, pero no gozan de un desahogo económico como el nuestro, así que Scorpius le ofreció compartir su casa para que no tuviera gastos de alojamiento. Sé que puede sonar extraño a tus oídos, Granger, pero los Malfoy también podemos ser generosos.

Hermione le miró intensamente durante unos instantes. No sabía qué pensar. Malfoy parecía estar convencido de lo que decía.

—Sin embargo, hay algo que no entiendo —insistió Hermione en tono punzante—. Y es por qué los padres de Davenport creen que su hijo está en Nueva York desde mediados de agosto, cuando lo cierto es que estaba en nuestro Ministerio la semana pasada, Malfoy. Dando la dirección de una propiedad de tu hijo donde se supone no debería estar.

Él la miró, harto de tanto circunloquio.

—De acuerdo, Granger. Di de una vez lo que quieras decir y deja de menospreciar mi inteligencia.

Ella pareció considerarlo unos segundos antes de hablar.

—Mira, Malfoy, no sé que tanto creéis conocer tu hijo y tú a ese Davenport. Pero lo cierto es que se presentó en el Ministerio acompañado de un tipo que registró una varita robada.

Draco primero la miró, con una perfecta expresión de incredulidad en sus ojos, y después soltó una sonora carcajada.

—¿Todo esto es por una varita robada? ¡Merlín bendito, Granger! Dime que la Ministra de Magia no está montando todo este circo por una puta varita.

Ella no pareció amedrentarse por la burla.

—Bien —dijo Hermione—, tal vez, como Ministra, lo que deba hacer es ordenar a los aurores que detengan a Davenport para interrogarlo. Y de paso también a tu hijo. Porque, ¿quién me dice que no era él quien le acompañaba esa mañana en el Ministerio?

Draco se levantó. A pesar de todo consciente de que no podía permitirse estrangular a la Ministra de Magia, por más deseos que tuviera.

—¡Maldita sea, Granger! ¿Acaso ese tipo llevaba consigo la Varita de Sauco para que montes tanto escándalo?

—No —respondió ella—. La de Harry Potter. Y si se te ocurre mencionar algo sobre esto fuera de este despacho, Malfoy, te doy mi palabra de Ministra de que conocerás los calabozos del departamento de aurores. Sólo para empezar.

Mientras aguantaba el tipo y miraba a Granger como si le estuviera perdonando la vida, Draco no podía dejar de pensar puta mierda, puta mierda, puta mierda.

—¿Cómo sabes que era la varita de Potter? —preguntó, tan calmado como si no tuviera ganas de salir corriendo de allí y mandar a Mike y su hijo a Nueva York lo antes posible. A Scorpius, aunque fuera bajo un Imperius. Incluyendo a Harry en el lote.

—Porque sólo hubo dos varitas, cuyo núcleo fuera una pluma de fénix —respondió Hermione— La de Voldemort fue destruida. La de Harry fue enterrada con él.

—¿Y cómo sabes que no sigue ahí? —insistió Draco. Ella se limitó a mirarle en silencio. Y la comprensión llegó a Draco como un puñetazo en el estómago— ¡Oh, mierda, Granger! ¿Cómo has podido…?

Ella adoptó una expresión desafiante, decidida.

—Antes que héroe, Harry era mi amigo, Malfoy. Haré lo necesario para llegar al fondo de este asunto.

Draco sabía que tenía que pensar en cómo resolver aquello y deprisa. La Ministra iba a echar a los aurores sobre Mike, sin ninguna duda. Y el chico no estaba preparado para la clase de interrogatorio que se le venía encima. Granger debía estar dolorida, rabiosa, ansiosa de venganza. Aquel era un asunto muy, muy personal para ella. Y quería respuestas

—Escucha, Granger. Un tipo registró una varita robada, admitamos por un momento que fuera la de Potter —ella iba a protestar pero el alzó una mano para detenerla—. Casualmente la registra junto a otro visitante, que resulta ser Mike. ¿Quién puede asegurar que iban juntos? Mike fue a presentar una queja sobre el servicio de la red flu. ¿Tenéis constancia de que lo hizo? —Granger afirmo con la cabeza— ¿Qué hizo el otro visitante? ¿Alguien lo sabe?

Por la expresión de Granger, supo que no, no lo sabían.

—Si quieres interrogar a Mike, yo mismo le traeré. Sin amenazas ni coacciones, Granger. Podrás preguntarle lo que quieras y comprenderás que no forma parte de ningún complot necrofílico.

Ella le estudió atentamente antes de decir:

—Dame tu palabra, Malfoy.

—Tienes mi palabra de mago, Granger.

Y Hermione le creyó. No podía comprender las razones de Malfoy, pero le creyó. No había mucho más que decir así que se levantó para acompañarle hasta la puerta.

—Tu hijo sigue soltero, ¿verdad? —preguntó, de pronto. Y añadió con una pequeña sonrisa—. Supongo que un anuncio de compromiso de un Malfoy habría sido portada de El Profeta, y me habría enterado.

A Draco le pareció un estúpido intento de Granger por relajar el ambiente.

—No logro que ese chico siente la cabeza —respondió, en un tono también más distendido.

—Tampoco el mío —reconoció Hermione—. Le gusta demasiado divertirse.

—Pues dejemos que se diviertan, Granger. Lo que nosotros no pudimos —ella asintió— Después de todo, siempre se intenta dar a los hijos lo que uno mismo no ha tenido ¿verdad?

—Cierto —ratificó Hermione. Después extendió su mano— Tráele mañana, ¿de acuerdo? A las nueve. Quiero acabar con este asunto cuanto antes.

Draco aceptó la mano que ella le ofrecía y la estrechó con firmeza.

—Mañana a las nueve —confirmó.

Cuando la puerta se cerró tras Malfoy, Hermione volvió a sentarse en el sillón, pensativa. ¿Qué diablos hacía Malfoy defendiendo con tanto ahínco a un hijo de muggles? ¿Sólo porque era amigo de su hijo? ¿Tanto había cambiado Malfoy en aquellos últimos años? No es que tuviera nada en contra de semejante cambio de actitud. Pero era demasiado sorprendente.

o.o.o.O.o.o.o

Draco salió de la chimenea del salón de la mansión londinense a las cuatro de la tarde. No había nadie. Y no tenía ni idea de dónde podían estar Harry y Mike. Era de esperar que no se pasaran encerrados en la casa todo el día. Pero no habían podido elegir momento más inoportuno para marcharse. Estuvo esperándoles durante dos horas, consumiéndose de impaciencia mientras trataba de trazar un plan que les permitiera salir airosos de todo aquel asunto.

Cuando Harry y Mike aparecieron, casi a las seis de la tarde, Draco había ensayado una y mil formas de decirle a Harry que la vida que había construido durante treinta años, estaba a punto de venirse abajo. Pero cuando le tuvo frente a él, con esa inmensa sonrisa provocada por la inesperada alegría de verle, con sus ojos brillantes de anticipación, se le hizo un nudo en la garganta.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó.

—Salimos a comer —respondió Harry—. Después estuvimos en varias bodegas y licorerías. Inspeccionando el mercado, ya sabes —explicó, sonriente. Después buscó en su bolsillo y sacó una tarjeta—. Tengo el teléfono de un tipo que puede suministrarme vino inglés a un precio bastante razonable.

—¿Para el bar?

—Sí, ya va siendo hora de ampliar la carta de vinos.

En aquel momento Harry parecía tan feliz y entusiasmado que a Draco se le estaba haciendo muy cuesta arriba soltar la bomba. Pero tenía que hacerlo.

—Ven, siéntate, tenemos que hablar —dijo tomándole de la mano para llevarle hasta el sofá—. Tú también, Mike.

El rostro de Harry perdió inmediatamente la sonrisa para dar paso a una expresión de innegable preocupación

—¿Qué pasa, Draco? ¿A tú padre se le ha ocurrido algún nuevo hechizo?

—No —trató de sonreír el rubio—, ya se ha lucido bastante con el actual. Se trata de la conversación que he tenido esta mañana con nuestra Ministra.

—¿Hermione?

Draco asintió.

—No me preguntes cómo, pero ha logrado relacionar el registro que hicieron de tu varita en el Ministerio, contigo. Cree que alguien te la robó y la ha estado utilizando.

Harry se quedó lívido. Mirando fijamente a Draco como si sus ojos acabaran de sufrir una especie de parálisis.

—¡Dios mío! —logró pronunciar por fin.

—Sí, hay que empezar a preocuparse —afirmó Draco con un deje de ironía—. Porque Granger ha ido más lejos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry, apenas sin voz.

—Supongo que sintió la necesidad de asegurarse —Harry le miró sin comprender—. De asegurarse de que la varita no estaba donde tenía que estar, ¿entiendes?

Harry pareció quedarse sin aire durante unos segundos, con el rostro desencajado como si estuviera a punto de sufrir un colapso.

—¿Ha exhumado…? —no fue capaz de terminar la frase.

—Y supongo que lo ha encontrado vacío —confirmó Draco.

Harry se dejó caer hacia atrás en el sofá, como si le hubieran lanzado una roca de inmenso peso que le estuviera aplastando hasta la asfixia. Cuando Draco tomó su mano, temblaba ostensiblemente.

—Ambos sabemos que no parará hasta descubrir quién ha robado tu varita y qué ha hecho con tu supuesto cadáver. Lo peor —Harry le miró dudando de que pudiera haber algo peor—, es que piensa que Mike puede tener algo que ver.

—¿Yo? —casi chilló el joven, abriendo desmesuradamente los ojos.

Draco procedió entonces a explicarles cómo habían relacionado a Mike con Scorpius, a través de la dirección de la mansión en la que se encontraban y como él había tratado de convencer a Granger de que el joven no tenía nada que ver con el visitante que había registrado la varita supuestamente robada, al mismo tiempo que lo había hecho Mike con la suya.

—He dado mi palabra de que mañana te llevaré al Ministerio para que Granger pueda interrogarte, Mike.

El joven le miró como si le hubiera dicho que iba a lanzarle a un pozo lleno de dementores.

—No puede estar hablando en serio —dijo Mike con un hilo de voz.

—No te preocupes —le reconfortó Draco—. Lo tengo todo pensado. Y tenemos muchas horas por delante para prepararte —le animó—. Toda la noche, si hace falta.

o.o.o.O.o.o.o

Draco no se sentía muy orgulloso de ello, pero había deslizado un ligero somnífero en la bebida de Scorpius la noche anterior. Era la única manera de poder salir de la Mansión Malfoy sin su hijo, quien se había convertido en su sombra durante las últimas semanas. Tenía un fuerte dolor de cabeza que martilleaba en sus sienes sin piedad, producto de la preocupación y de la noche sin dormir. Mike caminaba a su lado, ambos atravesando el atrio del Ministerio, pálido y nervioso. Draco no había querido darle ningún tranquilizante que pudiera interferir con la poción que iba a hacerle tomar justo antes de entrar en el despacho de la Ministra, destinada a paliar los efectos de Veritaserum que estaba más que seguro que suministrarían al joven de forma discreta.

Cuando llegaron frente a la puerta del despacho de la Ministra de Magia, Mike parecía al borde del desmayo.

—Tómate esto —ordenó Draco, pasándole un pequeño vial. El joven obedeció como un autómata—. ¿Recuerdas todo lo que hemos hablado y ensayado? —Mike asintió—. Respira profundamente y tranquilízate. Todo va a salir bien, ¿de acuerdo?

—Sí.

—Bien, yergue los hombros, cabeza arriba.

Mike hizo lo que se le indicaba y tomó una última y profunda inspiración.

—Estoy listo —dijo.

—Perfecto. Vamos allá.

o.o.o.O.o.o.o

Scorpius sentía los ojos pesados, los párpados pegados como si le hubieran lanzado un hechizo adhesivo. Tenía la boca pastosa como en una mañana de resaca, después de una noche de juerga.

—Amo Scorpius, el amo insiste en su presencia para el desayuno.

El joven gruñó por el nuevo zarandeo con el que el elfo insistía en despertarlo y lo apartó de un manotazo. Aunque era evidente que la pequeña criatura le temía más a su abuelo que a él, porque insistió.

—Amo Scorpius, el amo Lucius está impaciente.

—¡Puto Merlín! ¡Dile que ya bajo!

Scorpius oyó el sonido provocado por la desaparición del elfo doméstico y suspiró. No quedaba más remedio que levantarse. Abrió un ojo y calculó la distancia de la cama al cuarto de baño. Aquella mañana le pareció excesivamente larga.

Cuando Scorpius entró en el comedor eran las ocho y diez de la mañana. Lo cual significaba que le habían estado esperando durante veinticinco minutos. El abuelo Lucius tenía la expresión de estar conteniendo alguna maldición indeseable, mientras que su abuela le lanzó una mirada severa. Su madre parecía no saber dónde meterse y sentirse más bien aliviada cuando le vio. Su padre no estaba, lo cual era bastante extraño.

—Buenos días. Lo siento —se disculpó mientras tomaba asiento—, me he quedado dormido.

—¿Dónde está tu padre? —preguntó Lucius directamente, sin responder ni al saludo ni a la disculpa.

—No lo sé —reconoció Scorpius— ¿No ha bajado a desayunar?

—Según tu madre, se ha ido a las siete de la mañana —Astoria bajó un poco la cabeza y Scorpius supuso que ya había recibido su ración de recriminaciones antes de que él bajara—. Se supone que debes estar pendiente de tu padre, Scorpius.

Y, de pronto, las palabras de Lucius enervaron a su nieto como hacía mucho tiempo que no lograba hacerlo.

—Mi padre no es ningún niño, abuelo —dijo—. No le tiene que pedir permiso a nadie para entrar o salir de esta casa.

A pesar de no mirarle, Scorpius pudo sentir la presión de los fríos ojos grises de Lucius sobre él.

—¿Ya no te preocupa la salud de tu padre? —preguntó en tono cortante Lucius.

Scorpius dejó la tostada que estaba untando en el plato y alzó finalmente su mirada y la enfrentó a la de su abuelo.

—Mi padre goza de muy buen salud últimamente —respondió en el mismo tono—. Tal vez lo que necesita es no escucharte continuamente decirle lo preocupado que estás, agobiándole con lo que puede o no puede hacer.

Lucius entrecerró los ojos y estudió con atención a su nieto.

—Scorpius, por favor… —susurró Astoria.

Pero Scorpius ignoró a su madre, y siguió desafiando con la mirada a su abuelo.

—Nadie desea más que yo, que mi hijo recupere la salud, Scorp —dijo Lucius, tan suavemente que no parecía el mismo hombre que había hablado tan sólo unos segundos antes—. Significa mucho para mí, para todos —hizo extensivo con un gesto de su mano el agradecimiento de Narcisa y Astoria—, que te hayas quedado para cuidar de tu padre. Que le estés ayudando de la forma en que lo haces. Estamos muy orgullosos de ti, Scorpius.

Una incomodidad ya familiar se agitó en el pecho de joven. Era esa extraña sensación con la que batallaba casi desde que había llegado a Inglaterra para ver a su familia. Una especie de sentimiento que le dividía, impulsándole a mantenerse atento a su padre, a cuidarle, a ayudarle en su trabajo; que en definitiva le mantenía atado a la familia. Por otro lado estaba el intenso deseo de escapar y volver a su vida, a Nueva York, al hospital, a Mike. Mike…

o.o.o.O.o.o.o

—¿Un té, Sr. Davenport?

Seguramente te ofrecerá algún tipo de bebida. Acéptala. Es preferible para nuestros intereses que el veritaserum esté diluido en ella a que acaben obligándote a tomarlo directamente, más concentrado.

—Sí, gracias —respondió Mike.

El joven observó como la Ministra llenaba tres tazas de té del servicio que había preparado sobre la mesa. Se preguntó si el suero de la verdad ya estaba en el fondo de alguna de ellas.

Seguramente mencionará que ella también es hija de muggles, como tú. Intentará establecer una corriente de simpatía entre vosotros, contándote anécdotas o algo por el estilo. Pero tú no debes bajar la guardia.

Aunque seguramente el Sr. Malfoy no contaba con ese tipo alto y fornido, que se había presentado como Kingsley Shacklebolt, y que no parecía tener la menor intención de establecer una corriente de simpatía con él. A Mike le hubiera gustado que no hubieran invitado amablemente al Sr. Malfoy a esperarle fuera.

—La Profesora McGonagall tiene un alto concepto de usted, Sr. Davenport —dijo la Ministra, entregándole una de las tazas—. Hogwarts —suspiró un poco teatralmente—. Todavía recuerdo el día en que recibí mi carta. Fue una verdadera sorpresa. Mis padres también son muggles, ¿se lo he mencionado?

Da respuestas verdaderas siempre que puedas. Cuando éstas no comprometan el secreto que tratamos de guardar. Procura que sean cortas, sin dar más explicaciones de las necesarias. Reserva tu máxima concentración para cuando tengas que mentir.

—Sí, lo sabía —Mike trató de ofrecer una sonrisa abierta—. El Sr. Malfoy me lo dijo.

—Entonces, el Sr. Malfoy también le explicaría la razón por la que usted se encuentre aquí hoy—intervino Shacklebolt.

—Sí, lo hizo.

—¿No va a tomar su té, Sr. Davenport? —preguntó amablemente la Ministra.

—Oh, por supuesto —el trago de Mike fue casi convulsivo—. Excelente té —alabó después.

La Ministra sonrió. Mike pensó que si no supiera lo que sabía, habría pensado que era una mujer amable y simpática. Le habría caído bien.

—Earl Grey, para mí, el té aromatizado más exquisito —explicó ella.

Al principio te harán preguntas sencillas, cuyas respuestas ellos ya conocen. Responde con naturalidad, porque seguramente no serán preguntas comprometidas.

—Tengo entendido que ha estudiado medicina —habló de nuevo la Ministra—. Medicina muggle.

—Sí, en Cambridge —afirmó Mike.

—¿Y fue allí donde conoció a Scorpius Malfoy?

—Sí, así fue.

—Deben ser muy buenos amigos, ya que incluso vive en su casa.

—Sí, lo somos.

—Entiendo —intervino de nuevo Shacklebolt—. Es lógico que si hay algún problema en la casa usted colabore para resolverlo. Como el otro día cuando fue al Ministerio para presentar una queja sobre la red flu.

—Así es.

—Y, ¿fue usted solo?

Cuando tengas que mentir, procura dar una respuesta rápida, sin titubeos. La poción que te daré, ayudará. Pero todo depende de la fortaleza de tu mente, Mike.

—Sí.

—Cuando registró su varita en el mostrador de seguridad, ¿coincidió con otro visitante?

—Sí, otro mago.

—¿Le conocía?

De pronto, Mike comprendió que el interrogatorio había pasado a manos profesionales. El hormigueaba en la punta de su lengua con la misma intensidad que el no anterior. Luchó otra vez por detener la respuesta que no quería dar.

Cuando mientas, auto convéncete de que estás diciendo la verdad. La verdad que tú quieres que sepan. No la que ellos quieren oír.

—No, no le conocía —negó finalmente.

Shacklebolt y la Ministra intercambiaron una rápida mirada.

—¿Podría describirlo? —preguntó Shacklebolt a continuación.

Una pregunta abierta es mucho más sencillo de eludir. Todo lo que no necesite un sí o un no, te será mucho más fácil.

—Bueno —Mike arrugó el entrecejo, fingiendo hacer un gran esfuerzo por recordar—, la verdad es que no presté mucha atención.

—Inténtelo, nos sería de gran ayuda —habló la Ministra tras el prolongado silencio que había mantenido hasta ese momento—. Es muy importante.

Mike lo pensó detenidamente. No podía despistarlos diciendo que era alguien demasiado joven, porque 37 años de uso de varita llevaban a pensar en un mago con una cierta trayectoria de vida. Sin embargo, tenía algún margen de maniobra.

—No demasiado joven —dijo Mike, lo cual no era ninguna mentira—, teniendo en cuenta que para mí alguien que pase de los treinta y cinco es un abuelo. No se ofendan —añadió, un poco avergonzado.

La Ministra esbozó una sonrisa de compromiso, no muy feliz por la comparación.

—¿Color del pelo, altura…? —a Shacklebolt no parecía haberle afectado en absoluto que le llamaran abuelo.

—No era rubio, de eso estoy seguro —aunque no especificó si podía ser castaño o negro—. Y diría que algo más bajo que yo.

—No es mucho —musitó la Ministra dirigiéndose al hombre de color. Su tono parecía decepcionado. Después volvió el rostro hacia Mike— Le agradecemos mucho su colaboración, Sr. Davenport. Si recordara algo más, por favor, no dude en ponerse en contacto conmigo. Diré a mi asistente que le dé prioridad.

La Ministra se levantó y los dos hombres hicieron lo mismo.

—Me alegro de haber ayudado en lo posible —dijo Mike.

Estaba tan orgulloso de sí mismo, que la inesperada pregunta le cogió con la guardia baja.

—Por cierto, ¿por qué sus padres creen que está en Nueva York, Sr. Davenport?

Mike miró a Shacklebolt sin poder ocultar su turbación.

No trates de evitar ninguna pregunta, porque seguramente no podrás. Intenta resolverla lo mejor posible. Di la verdad si no compromete nuestro secreto.

—Responda Sr. Davenport —insistió el otro mago.

—Es un asunto privado —y era cierto. Su preocupación por Scorpius era íntima y privada.

—Seremos discretos, no se preocupe. Nada privado saldrá de este despacho.

Mike observó los rostros excesivamente serios de la Ministra y el mago que la acompañaba. Como si con esta última pregunta esperaran atraparle para que confesara lo que ellos querían oír.

—Estaba preocupado por Scorpius —dijo.

—¿Por qué?

—Nuestra relación está un poco deteriorada. Regresé para arreglarla —después de todo, no era completamente una mentira—. Mis padres no tenían porque saberlo.

—Scorpius Malfoy y usted deben estar muy unidos si ha regresado desde Nueva York sólo para arreglar las cosas entre ustedes —dijo la Ministra.

—Lo estamos.

Ella asintió, como si comprendiera mucho más de lo que él había dicho. Entonces le ofreció una sonrisa amigable.

—Espero que los problemas entre usted y el Sr. Malfoy se solucionen pronto —le deseó—. Muchas gracias por haber venido, Sr. Davenport.

Shacklebolt le abrió la puerta y a él le faltó tiempo para salir. Draco Malfoy le esperaba en la antesala del despacho de la Ministra, donde trabajaba su asistente. El Sr. Malfoy se levantó tan pronto le vio y esperó a que llegara a su lado para abandonar juntos las estancias de la Ministra de Magia.

Prudentemente, Draco decidió no preguntar nada hasta que abandonaran el Ministerio. Decidió llevar a Mike a tomar un buen desayuno. El chico se lo merecía. Aparte de que ninguno de los dos había logrado probar bocado antes de ir al encuentro de la Ministra esa mañana. Un rato después, entraban en una de las tantas cafetería que anunciaba un All-day breakfast, lo cual significaba que servían un completo desayuno inglés a cualquier hora del día. Mientras esperaban, Draco le pidió el móvil a Mike para llamar a Harry, que debía estar comiéndose los puños de impaciencia, y decirle que todo había ido bien.

—Por cierto, Mike, cuando regreses te está esperando una sorpresa —dijo Harry en tono misterioso antes de colgar—. No tardéis.

Mike ahogó un jadeo y lanzo la servilleta que tenía en el regazo sobre la mesa. Draco contempló con dolor el plato de panceta, huevos fritos, tostadas y salchichas que acababan de servirles, junto al zumo de naranja y una humeante taza de té. Resignado, pagó un desayuno que no habían tomado y siguió a Mike fuera de la cafetería para buscar algún lugar discreto desde el cual pudieran aparecerse en la mansión londinense.

Continuará…