–Sabes, Armin… Hay otra manera.
El chico rubio se sobresaltó al oír de pronto la voz de su compañero; dejó de ensimismarse tanto en sus pensamientos y volvió a centrarse en aquel extraño "presente", en lo alto del Muro de Shiganshina.
El pecoso miraba de nuevo a lo lejos, hacia aquel horizonte que ahora brillaba bajo los poderosos rayos del sol poniente; Armin casi ni se había dado cuenta de que estaba atardeciendo.
La potente luz del ocaso confería al paisaje una intensidad especial; como si los bosques, los prados y las montañas vibrasen con más fuerza, aprovechando los últimos instantes del día antes de caer la noche.
Aquellos tonos, carmesíes y dorados, resultaban tan sosegantes como inspiradores; una visión con la que el muchacho de quince años también sentía vibrar algo dentro de él.
Y si se hubiera limitado a seguir mirando en silencio, quizás podría haber fingido no oír las palabras ominosas de su compañero. De algún modo, estaba convencido de que continuar esa conversación le llevaría a un lugar muy poco agradable; un asunto perturbador, que él preferiría ignorar por el momento, dejándolo sumido en lo más profundo de su subconsciente.
Quizás por eso Marco luego no había dicho nada más sobre el tema; le estaba dando a Armin la opción de ignorarlo, fuera lo que fuese.
Y sin embargo, al mismo tiempo, era consciente de que saber que no sabía terminaría causándole una angustia mucho mayor; aunque fuera un secreto tenebroso y siniestro, oculto en lo más recóndito de su interior…
¿Acaso iba a ignorar deliberadamente algo que podría tener la solución, al menos, a algunos de sus problemas? ¿No debería enfrentarse a aquella idea y asumir la realidad, por muy dura que fuese?
Al final, como de costumbre, pudo más en Armin su curiosidad; su inquietud intelectual, su necesidad de saber.
–Marco… ¿A qué te estás refiriendo exactamente?
Durante unos segundos, sólo hubo entre ambos un silencio expectante, cada vez más difícil de soportar.
El chico de ojos azules tragó saliva (a él le pareció que ruidosamente) y continuó observando el paisaje, bañado por la nostálgica luz del atardecer; deseando, en parte, que su compañero jamás contestase aquella pregunta.
"Ese soy yo, ¿verdad?" Armin sonrió de manera forzada, con amargura. "No importa el resultado, al final siempre tendré miedo, cualquiera que sea."
Respiró profundamente y dejó escapar un hondo suspiro; se pasó una mano por la cara y luego la restregó con fuerza contra su mandíbula, rascándose una barba de la que en realidad aún carecía.
La respuesta del pecoso ya no tardó mucho más en salvar la escasa distancia que les separaba.
–Otra manera de conseguirlo.
–¿De conseguir el qué? –replicó Armin con rapidez, transformando en irritación parte de su nerviosismo.
"En serio, ¿qué pasa con este lugar y las respuestas poco claras?"
Miró de reojo a Marco y le vio sonreír levemente, aunque el gesto transmitía algo de incomodidad, como si él tampoco quisiese hablar del tema.
"Vaya, pues ya somos dos…" Armin volvió a tragar saliva; y sin embargo, le angustiaba más la idea de que ambos seguirían así toda una eternidad, turnándose para preguntar y responder de forma cada vez más confusa, sin llegar a ninguna parte.
De repente, pareció aumentar la tensión en el aire; por alguna razón, le vino a la mente la idea de un pelotón de fusilamiento.
–Verás, Armin, básicamente… –Marco suspiró, resignado–. Me estoy refiriendo a persuadir a Annie de otra forma. Tú mismo acabas de reconocer que se os está acabando el tiempo… pero hay una manera mucho más rápida de conseguir que ella se dé cuenta de lo que debería hacerse en este caso.
Y por un instante, el legionario rubio sintió que no podía respirar; como si su corazón hubiese dejado de latir.
Como si de pronto su mundo se hubiese venido abajo; no con grandes temblores ni tormentas, sino en medio de un estruendoso silencio, con una súbita lucidez cegándole cual potente fogonazo.
Como si aquella idea oculta, que instintivamente le repelía, hubiese estado siempre al alcance de su mano, tan sólo tapada por un fino velo; un enorme y terrible monstruo, escondido absurdamente debajo de unas sábanas.
Porque justo en ese momento, al oír aquello, le había venido a la cabeza algo que el pecoso ya había dicho antes.
"El poder es poder, Armin… Tú ya estás a otro nivel, completamente distinto, aunque aún no te hayas dado cuenta. Tu mente, tu sangre… Todo se ha juntado en ti para otorgarte un don."
También le venían a la mente las constantes comparaciones con Krista… no, Historia Reiss, ahora Reina; los dos se parecían mucho, hasta el punto de que él había hecho alguna vez de señuelo para que ella no corriese peligro.
Y aunque a Eren no le gustaba hablar del tema, cabía deducir, a partir de sus escasos comentarios, que sus recuerdos (y los de sus predecesores) ganaban en claridad y nitidez cuanto más estrecho era su contacto con Historia.
Armin no estaba seguro de hasta qué punto serían acertadas las bromas sobre que él era una especie de Krista; si de verdad compartiría con ella algo más que cierta semejanza física. Quizás en realidad no era tan distinta, la sangre que corría por sus venas…
Pero su posible parentesco con los Reiss, en ese momento, no era lo que más preocupaba a Armin. Hubiese o no alguna relación, las implicaciones de lo que había dicho Marco estaban claras; todas sus palabras tenían un propósito en aquel lugar.
"Poder es poder. Y se supone que el que yo tengo me permitiría convencer a Annie de hacer lo que yo le diga…"
Armin respiró de nuevo, con mucha más fuerza ahora; la misma con que retumbaban los latidos de su corazón, tan potentes que agitaban su cuerpo entero.
De repente, las visiones que había tenido antes (dominadas por un intenso azul) ya no parecían tan disparatadas… ni fuera de su alcance.
"Entonces, ¿podría conseguir que ella hiciese cualquier cosa por mí?"
Algunas de las ideas que se le ocurrían, inevitablemente, eran de las normales en un chico de quince años, que iba descubriendo cada día más cosas sobre sí mismo. Sin embargo, la mayor parte de sus pensamientos se enfocaban, con aquella responsabilidad suya tan característica, en asuntos mucho más serios.
Y por eso, cuando Armin se volvió hacia su compañero, le dedicó una mirada tan gélida como el tono de sus palabras, capaz de congelar un océano.
–Marco, ¿estás sugiriéndome que modifique los recuerdos de Annie para que luche en nuestro bando?
El pecoso todavía siguió observando unos instantes el horizonte, en apariencia impasible; pero ya había dejado de sonreír. Su expresión casi era resignada, como la de alguien que tuviese que dar una mala noticia, aun a sabiendas de lo que solía pasarle al mensajero; y cuando se giró hacia él, Armin pudo ver la misma resignación cansada en aquellos ojos marrones.
–Estoy sugiriéndote que hagas lo que sea necesario, si es que realmente eres capaz.
"Vale, vamos a calmarnos… Primero contaré hasta cinco, y después ya veremos."
El rubio ni siquiera llegó a "dos".
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de abalanzarse sobre Marco, hubo una fortísima ráfaga de viento que le dejó helado; al fin y al cabo, Armin sólo llevaba la chaqueta del uniforme, sin camisa debajo. El cabello se le metió en los ojos azules, cegándole por un instante; en vez de lanzarse hacia delante, tuvo que agarrarse al pretil del Muro para no perder el equilibrio
El estoico moreno, por el contrario, no pareció tener problemas para mantenerse firme sin variar su postura, a pesar de que su capa verde (todavía sin el emblema de la Legión) se agitaba en el aire como si fuese a salir volando en cualquier momento.
"¿Por qué tengo la sensación de que esto ya lo he vivido antes?"
Entonces cesó el viento, la capa dejó de moverse y…
Armin vio que Marco tenía una pistola en su mano izquierda.
"Espera, ¿desde cuándo es zurdo? ¿Acaso puede disparar con las dos?"
Naturalmente, después de aquello, el rubio ya no se planteó saltar encima de su compañero; aunque el pecoso no le apuntaba con el arma, la forma casual en que la sostenía (como si llevase cualquier otra cosa) también intimidaba.
Una vez más, Armin no tardó en convertir su temor en otra emoción mucho más práctica para él: ira.
–¿De verdad me estás amenazando? –gruñó, como un lobo preparándose para atacar–. ¿En mi propia mente?
Marco, que ni siquiera se había despeinado con la ráfaga de antes, respondió a aquella furia con una mirada tranquila, tan serena como sus siguientes palabras.
–Ya te lo dije antes, Armin. Es tu mente, eres tú quien hace que esto sea real. Lo que ocurre aquí, sucede porque a cierto nivel lo quieres. Sólo te muestro las cosas que has traído contigo.
–Oh, claro… –el joven legionario apretó los dientes con rabia; iba hablando cada vez más rápido y más alto, casi chillando–. ¡Entonces eso lo explica todo! Por supuesto, la idea de violar a Annie debe ser mía y no tuya, ¿verdad? ¡A pesar de que ella también hizo que te matasen! Naturalmente, ¿cómo ibas tú a querer degradarla de esa manera, aun teniendo algo así en su contra, con lo buena persona que eres? ¡Ah, pero espera un momento! Tú mismo lo dijiste antes, ¿no? Ya no te interesa seguir siendo una buena persona… ¡Así que ahora no me vengas tú a mí con ésas, creyéndote mejor que los demás! ¿O acaso es sólo casualidad que se me ocurran estas ideas, justo después de haberme encontrado contigo? ¡No te atrevas a echarme toda la culpa, Marco! ¡No tienes ningún derecho!
Armin terminó con un potente grito, que retumbó en el aire con un eco fácil de oír en el silencio que se hizo a continuación.
Ya no le importaba estar siendo injusto en su valoración, o irrespetuoso, en vez de intentar actuar de manera lógica y racional. En aquel momento no pensó (no conscientemente) que bajo toda esa furia, en realidad, podía ocultarse un miedo mucho mayor.
Marco, en cambio, sí fue capaz de mantener una calma casi sobrenatural; aunque en su expresión aparentemente serena también se adivinaban otras emociones, tan intensas y profundas como la ira del propio Armin.
Desagrado, decepción, desprecio; le traicionaban sobre todo sus ojos, ahora de un marrón bastante más oscuro que de costumbre.
"Desprecio… ¿Contra mí, o contra sí mismo? ¿Acaso hay alguna diferencia en este lugar? Más aún si realmente es una parte de mí, una representación de mi propio subconsciente…"
–Armin, yo no he dicho nada de hacerle eso a Annie. –Marco hablaba en voz baja pero firme, sin apartar la mirada; en sus ojos parecía brillar una sombra de angustia–. Tampoco voy a negar que la responsabilidad es en parte mía. Está claro que lo que te he ido mostrando, lo que ahora sabes y antes desconocías, ha tenido que influir algo en el hecho de que tú hayas llegado a esa conclusión… –tragó saliva lentamente–. Una conclusión equivocada. Suele decirse "esperar lo mejor y prepararse para lo peor", pero al menos en este caso lo peor no sería necesario, ni tendría mucho sentido. Sólo una ligera alteración de sus recuerdos…
–¿Sólo? –Armin dejó escapar, por entre sus dientes todavía apretados, un susurro capaz de cortar el aire.
–Sé a lo que te refieres. –Marco levantó una mano, conciliador; en la otra aún sostenía el arma–. A nadie le gusta que manipulen su mente, haciéndole creer en cosas que normalmente ni siquiera consideraría. Hay que reconocer, desde luego, que semejante poder en malas manos… –un leve escalofrío recorrió visiblemente su cuerpo–. La sola idea ya es aterradora. ¿Te imaginas por ejemplo a Eren con ese poder?
Armin ya estaba despegando de nuevo los labios, para defender lealmente a su amigo de la infancia, pero al final se contuvo y no dijo nada. Había recordado algo de pronto. "¿O son más recuerdos de Bertolt, filtrándose desde mi subconsciente?"
Cuando Reiner y Bertolt secuestraron a Eren, pasaron luego un tiempo recuperando fuerzas en un bosque, con su prisionero echándoles en cara el ataque a los Muros, despreciando sus intentos de justificarse.
"No sois más que unos putos asesinos. Espero que muráis los dos. Y ojalá lo hagáis de la manera más lenta y más dolorosa posible."
Ahora fue Armin quien sintió un escalofrío y tragó saliva, intentando controlar en vano su agitada respiración; notaba cada vez más acelerado su pulso. "Supongo que, en lo referente a esa muerte lenta y dolorosa, yo ya me encargué de Bertolt, pero…"
No costaba demasiado imaginarse a Reiner, ensartándose contra una espada o ahorcándose con sus propias entrañas, sólo porque Eren le había dado una orden imposible de desobedecer, utilizando ese poder que supuestamente tenía Armin. "¿Y qué no le haría él entonces a Annie, la traidora que mató a tantos de sus camaradas?" Eso ya no quiso ni imaginárselo; en efecto, le aterraba la sola idea… y también la posibilidad de que él mismo, o al menos una parte, fuese capaz de hacerle algo así a una compañera.
–Supongo, Armin, que ésa es la diferencia entre Eren y tú. –Marco volvió a sacarle con suavidad de sus lúgubres reflexiones–. Quizás tu amigo no se plantee de antemano ese tipo de cosas, pero luego en el calor del momento… Si de pronto se diera cuenta de que realmente tiene esa habilidad, ¿crees que dudaría en usarla?
Ahí verdaderamente Armin no pudo objetar. Durante el juicio había salido a relucir el asunto de los tres bandidos muertos a manos de Mikasa y Eren, cuando apenas tenían diez años. Él mismo reconocía que su amigo era una persona de reacciones extremas; y de nuevo, sintió un escalofrío al pensar en lo que Eren sería capaz de hacer, con el poder de manipular a su antojo las mentes ajenas.
–Tú en cambio –continuó Marco en el mismo tono–, eres capaz de plantearte "a priori" los peores escenarios posibles en una situación determinada, pero eso no significa que luego vayas buscando a propósito la peor de las soluciones. Al contrario, utilizas toda tu capacidad mental para descubrir la opción menos mala. ¿Te acuerdas, por ejemplo, de los primeros días después de la Caída? Antes de que el Gobierno diese a conocer su plan para "recuperar el Muro María", tú ya estabas pensando en cómo hacer frente al problema de los refugiados, ¿verdad?
–Sí, lo recuerdo… –Armin tragó saliva; era algo de lo que no se sentía especialmente orgulloso, aunque sólo hubiese estado sopesando aquellas ideas en un plano teórico.
"A la larga la situación habría sido insostenible, no había suficientes recursos para mantener a toda la población con un territorio reducido tras el ataque a Shiganshina. Sólo era cuestión de tiempo que terminase estallando una revuelta, o incluso una guerra civil…"
Y lo que Armin se planteó en aquellos días oscuros fue la posibilidad de que a los refugiados del Muro María les internasen en campos de concentración, forzándoles a trabajar constantemente para conseguir los recursos que tanto necesitaba el Reino… aun a costa de sus propias vidas.
"Las condiciones de los reasentamientos donde estuvimos antes de alistarnos no llegaban a esos extremos… pero me pregunto qué habría sido más inhumano en realidad: trabajar hasta morir o lo que al final hizo el Gobierno, utilizando a toda esa gente como carne de cañón en una operación condenada al fracaso."
–Así es, Armin. –Marco le hizo volver al "presente" con un susurro, claramente audible en aquella extraña atmósfera, bajo un cielo cada vez más oscuro–. Verdaderamente eres capaz de pensar, de darte cuenta de cosas que se les escaparían a otros. Eres consciente de todos los males posibles, incluyendo el que a veces es un mal menor, un mal necesario… –el pecoso le observaba con una seriedad en la que también se reflejaba cierto apremio por conseguir que su compañero entendiese–. Pero con una diferencia, Armin, tu poder ahora lo cambia todo. Puedes crear alternativas que antes ni siquiera habías imaginado, y convertirlas en la nueva realidad. No exageraba cuando dije que sostendrías el mundo en la palma de tu mano.
El rubio cambiante de ojos azules volvió a tragar saliva, esta vez por razones bien distintas. "Tener ese poder en la punta de los dedos…" Su excitado nerviosismo no se debía ahora al miedo, sino a la emoción de saber que sería capaz de hacer todo eso.
No conformarse con seguir las reglas establecidas por otros, sino alterarlas a voluntad… o incluso crear su propio juego.
"Por otro lado, me da la impresión de que esto no sería del todo justo para los demás…"
Marco dejó escapar entonces un gran suspiro, con un rastro de exasperada indignación.
–Y así llegamos, precisamente, al quid de la cuestión… –el moreno pecoso meneó un par de veces la cabeza y sonrió de manera algo forzada, clavando sus ojos oscuros en el legionario–. Permíteme, Armin, que use tus propias analogías. Parece que no tienes problemas en forzar al máximo, con una interpretación flexible, los límites establecidos por otros, buscando dentro de esos parámetros hasta encontrar una solución que no se le ocurriría a nadie más. Pero en cuanto tienes la oportunidad de crear tus propias normas, tu propio mundo, ¡de pronto te echas para atrás! –Marco gesticuló brusca y brevemente con los brazos, frustrado–. A ver, ¿me lo puedes explicar? En el fondo es lo que siempre habías querido, y cuando por fin se te presenta la ocasión, ¡en vez de aprovecharla te quedas paralizado! ¿A qué vienen ahora esas dudas, hombre? ¿Tanto miedo tienes de ti mismo, de lo que serías capaz de hacer?
–En realidad no es sólo cuestión de ahora –contestó el joven soldado, con voz un poco entrecortada por los nervios–. Ya sabes que siempre he dudado, prácticamente es mi lema, "dudo luego existo". ¿Y el miedo? ¡Pues claro que tengo miedo! Me asustaría saber que hay alguien capaz de hacer todas esas cosas, manipular hasta ese punto el mundo entero… –esta vez fue Armin quien meneó la cabeza, con una tensa sonrisa en los labios–. ¿Crees que voy a dejar de estar asustado, sólo porque yo soy precisamente esa persona? Al contrario, razón para tener más miedo todavía. ¿Y si se me sube el poder a la cabeza? ¿Y si de pronto me creo, como tú ya me has dicho en varias ocasiones, un dios, por encima del bien y del mal? Si pierdo el norte, si de verdad me creo con derecho a hacer algo por el mero hecho de poder hacerlo, sin nada ni nadie que me detenga, ¿dónde estarían entonces mis límites?
–Serían tus propios límites, Armin.
–¡Precisamente! Seguiríamos con el mismo problema. ¿Y si fijo unos "límites" que en la práctica significan que no hay límites? ¿Y si empiezo a hacer lo que me da la gana, sin pensar en las consecuencias…?
–¡JA! –Marco le interrumpió con una risotada tan estruendosa que Armin dio un pequeño salto en el aire; por un instante, la sonrisa del pecoso se pareció a la de un lobo–. ¿De verdad crees eso? ¡Permíteme que lo dude! Se ve que sigues sin confiar mucho en ti mismo, ni en tus posibilidades… ¡Pero tu falta de autoestima también afecta a los demás si tienes el poder para ayudarles y al final no haces nada! ¿Acaso estarías más tranquilo sabiendo que hay otra persona con ese mismo poder?
Ante el aprensivo silencio de Armin, que pensó en Eren por un instante, Marco sonrió con más amplitud todavía.
–Lo que me suponía. Tienes miedo de lo que otros sean capaces de hacer con ese poder, y por tanto crees que también deberías tener miedo de ti mismo, pero… Tú eres distinto. No dudas en asumir la responsabilidad por tus propios actos, ¡y a veces incluso por los que no son tuyos! Eres capaz de imaginarte lo peor y, precisamente por eso, intentar evitarlo. Reúnes una serie de características y habilidades que te permitirían utilizar ese poder con muchas más garantías para cualquier otro. Francamente, si alguien tiene que hacerlo, ¡prefiero que seas tú!
"Y si tú eres una parte de mí…" Armin tragó saliva. "¿Eso significa que puedo quedarme tranquilo? ¿O con esto sólo intento convencerme a mí mismo de que todo vale?"
Marco respondió a eso, no directamente sino desde otro ángulo, sonriendo ya con más normalidad.
–Acuérdate de lo que dije antes sobre tus amigos. Mikasa y Eren, todo lo que habéis pasado los tres juntos… No estás solo en esto, ¡también les tienes a ellos! Y si en algún momento dejas de confiar en ti mismo, ¡al menos recuerda que ellos sí confían en ti! Siguen a tu lado, apoyándote y creyendo en ti, después de tanto tiempo, ¡digo yo que será por algo! ¿O acaso…?
–¿Y yo sí puedo confiar en ellos? –interrumpió Armin, con súbita frialdad.
Se hizo el silencio casi al instante; apenas se oía el suave murmullo del viento, agitando sus ropajes y también, en la distancia, las copas de los árboles.
El sol se ocultaba tras las lejanas montañas; las últimas luces del atardecer bañaban en rojiza púrpura los prados y los bosques, confiriéndoles un aire melancólico, como rescoldos de un gran fuego ya apagado, tan sólo brasas entre las cenizas.
Marco no le quitó en ningún momento la vista de encima a Armin; volvió a suspirar con discreta resignación, como diciendo "para qué nos vamos a engañar, sé perfectamente a qué te refieres".
–Puedes confiar en Mikasa y Eren para algunas cosas –susurró el pecoso–. Son tus mejores amigos, prácticamente tus hermanos. Sois como una familia. Ellos siempre cuidarán de ti, del mismo modo que tú has cuidado y todavía cuidas de ellos, cubriéndoos mutuamente las espaldas.
Guardó silencio un momento; el rubio levantó una ceja, ligeramente irritado.
–Pero cada persona es diferente –continuó Marco, con suavidad, conciliador–. Algo que a uno se le da bien, se convierte en un peligro en manos de otro. ¿Puedes confiar en Mikasa y Eren para que te defiendan de tus enemigos? Por supuesto que sí. ¿Puedes confiar en ellos para distinguir quién es el verdadero enemigo? Ahí ya me parece que sabes muy bien la respuesta.
El moreno sonrió un poco, como disculpándose por decir aquello. Armin, sin embargo, no las tenía todas consigo; no terminaba de fiarse, quizás porque aún no había olvidado que su compañero llevaba un arma. "Por otro lado, suele decirse que se llega más lejos con una pistola y una palabra amable, que sólo con la palabra amable."
–Entonces –replicó Armin con acritud–, ¿ya está? ¿Eso es todo? ¿Se supone que debo convertirme en el tipo de persona que ve a otros como simples herramientas, cada una cumpliendo su función, incluso mis mejores amigos? Y si surge cualquier discrepancia –su tono se hizo aún más amargo–, ¿bastará con "una ligera alteración de sus recuerdos" para solucionarla?
Dejó de hablar en cuanto vio que la expresión de Marco se volvía mucho más seria.
–Si lo dices por lo de Annie… –el pecoso frunció el ceño, alzó la mano con la que no sostenía ningún arma y levantó un dedo–. Te recuerdo que tus amigos no han cometido ninguna traición, ninguna matanza, equiparables a las de ella… –apretó los dientes; después levantó otro dedo–. Y en el fondo, Armin, también sabes que se te está acabando el tiempo.
Marco bajó el brazo; de repente ya no parecía enfadado, sino sólo cansado… muy cansado.
–Estoy seguro de que si no tuviéramos prisa podrías convencer a Annie a tu manera, pero de verdad que no hay tiempo. La luz más intensa también se consume antes… y tú brillarás con mucha intensidad.
La aprensión del moreno iba reflejándose cada vez con más fuerza en Armin, haciendo resonar su propia angustia; la certeza de que efectivamente se le acababa el tiempo, que iba a morir y ya se había iniciado una cuenta atrás que no había forma de detener.
Ya había tenido antes esa misma sensación al recordar cómo devoraba a Bertolt: el temor de que tarde o temprano a él también le pasaría lo mismo, que tal como había matado así moriría, que inevitablemente alguien terminaría consumiéndole.
Sin embargo, ahora su desasosiego se veía aumentado por una duda (una teoría, una sospecha) que en el fondo siempre había estado ahí, acechando desde un rincón de su mente.
"¿Por qué los Reiss iban devorándose entre ellos, dejando pasar tan pocos años de una generación a otra? Si lo que dice Marco es cierto y la luz que más brilla también se apaga antes… Entonces está claro, ¿no? Un poder que te permite hacer grandes cosas, debe tener igualmente un gran coste. Pero eso significaría que todos los cambiantes, incluido Eren…"
La idea de que iba a morir, ser de pronto tan consciente de ello, en realidad no le atormentaba tanto como pensar que su mejor amigo también correría ese mismo destino; una idea que, a pesar de todo, no le desasosegaba tanto como podría haberlo hecho en otras circunstancias.
"Quizás porque, desde cierto punto de vista, ya deberíamos estar muertos, Eren en Trost y yo en Shiganshina. En cambio, gracias al poder del titán, todavía nos quedan unos cuantos años de vida… La cuestión entonces es cómo aprovechar el tiempo que nos ha sido concedido."
Y tal vez, en lo referente a sí mismo, también influía el hecho de creer (aunque sólo fuese en parte) que él se merecía la muerte, igual que ya se la había dado a otros.
Armin no malgastó demasiadas energías en autocompadecerse, sobre todo porque de su decisión dependía ahora la vida de muchas personas a las que apreciaba, aun siendo tan distinta la relación que tenía con cada una de ellas; pensó en Mikasa, pensó en Eren… y pensó en Annie.
"¿Se detiene la cuenta atrás con ella encerrada en su cristal, o sigue extinguiéndose de todas formas, como una vela encendida donde nadie puede verla? Entonces se trata de convencer a Annie para que reaccione, por su propio bien, y haga algo con los años que aún le quedan, intentar al menos reparar el daño causado…
"Claro que igual ella no quiere saber nada de eso al principio. ¿Y si prefiere hacerse daño, dejarse morir, creyendo que se lo merece? En este caso, no hacer nada casi es tan malo como inflarse a pastillas o probar el borde de un cuchillo, porque de verdad que no hay tiempo…
"Peor que eso no sería una ligera alteración de sus recuerdos, entonces. Manipular sus ideas y pensamientos, cierto, pero sólo lo imprescindible para ayudar a Annie a alcanzar la misma conclusión a la que habría llegado por sí sola, si hubiese tenido más tiempo para ello. Y si algo así beneficiase a todo el mundo, ¿sería realmente tan malo?
"Sigue sin gustarme la idea de decidir por otra persona qué es lo mejor para ella, por su propio bien, seguramente sea la misma excusa que utilizan muchos tiranos, pero… ¡De verdad que no se me ocurre nada menos malo!"
Y a la repentina lucidez que le sobrevino por aquella súbita revelación, se unió pronto la sosegadora y amable voz de Marco.
–¿Lo entiendes ahora? Hay que hacer lo que sea necesario, aunque a veces se trate de un mal necesario. Tomar la decisión difícil, cuando no existe una correcta, antes de que tu indecisión termine produciendo un mal todavía mayor.
"Un mal todavía mayor," repitió Armin para sí; y justo en ese momento, empezó a acordarse de cosas que también había dicho Marco antes, sobre cómo el mundo era mucho más grande de lo que la gente creía.
Eso, a su vez, le hizo pensar en aquellas visiones azules de un futuro que de repente ya no parecía tan improbable; aunque, en comparación con su estado actual, era como si esos recuerdos aún perteneciesen a otra persona.
"Cuesta asimilar como propio, algo tan extraño. Además, se supone que es un futuro posible, quizás nunca llegue a ocurrir… Antes tendría que convencer a Annie, ¿no? Ahora tengo el poder para hacerlo, pero… ¿Y si me falta determinación para hacer lo que sea necesario?
"Por otro lado, ese futuro parece cada vez menos incierto, podría ocurrir, ¿significa eso que las demás cosas que vi…? Aparatos voladores, aviones, y también carros blindados, tanques. Y los soldados enemigos… El auténtico enemigo."
De pronto, dejó de respirar; luego suspiró sonoramente y trató de recuperar el ritmo con normalidad. "Claro que, a fuerza de acostumbrarme, parece que este tipo de revelaciones me afectan cada vez menos."
Armin observó a su compañero con una calma que, en realidad, ya no le extrañaba tanto sentir; como si hubiera llegado un punto en el que todo aquello (conocimiento escondido y verdades medio ocultas en un entorno onírico) hubiese dejado de perturbarle, hasta terminar convirtiéndose en la nueva "normalidad".
–Dime, Marco… –el legionario rubio tragó saliva; fue eligiendo las palabras con cuidado–. Si eres una representación de mi propio subconsciente, si los recuerdos de Bertolt también están ahí… Entonces, ¿sabes la verdad sobre el mundo que hay más allá de los Muros?
El pecoso contestó a eso con un leve asentimiento de cabeza… y una sonrisa triste.
Armin siguió buscando las palabras, pero no las encontró; al final Marco se compadeció de él, dando voz a sus pensamientos.
–Todos esos conocimientos están ocultos dentro de ti, Armin, detrás de varias capas… Créeme cuando te digo que no sería buena idea intentar asimilarlo todo de golpe. –Marco dejó de sonreír; quizás se habría cruzado de brazos, si no llevase un arma–. Y no sólo por resultar difícil, sino también contraproducente. ¿De qué te sirve toda la información del mundo, si no estás dispuesto a hacer lo que sea necesario…?
–Sí, sí, aunque sea un mal necesario –interrumpió Armin sin muchos miramientos, algo irritado–. Esa parte me la conozco, que ya me la contaste.
–Las cosas no suelen ser tan sencillas como parecen –continuó Marco, con la misma seriedad de antes–. Lo cual nos lleva precisamente a otra cuestión importante. Entiendes que Reiner, Bertolt y Annie no atacaron por su cuenta, ¿verdad?
El pecoso mencionó aquellos nombres con un desprecio decreciente; escupió el primero, pero casi pronunció el de ella con un tono neutro. Sin embargo, en ese momento, Armin se centró en otra cosa: más recuerdos que en realidad no le pertenecían.
"No son más que peces pequeños. El verdadero enemigo es otro."
Algo que Bertolt no había dicho sino oído, en labios de…
–Te das cuenta, ¿no? –Marco le observaba atentamente–. Gente en una posición difícil, atrapada entre la espada y la pared. Decidieron que el mal menor era asaltar los Muros, si realmente lo fue o no ya es otra cuestión. Y ahora, yo te pregunto… ¿Estarías dispuesto a colaborar con esa misma gente, para acabar con los auténticos responsables? Los que dieron la orden, los que tomaron esa decisión, aunque luego no la ejecutasen personalmente… ni se manchasen ellos las manos de sangre.
Tal vez, si le hubiesen hecho esa pregunta al principio, Armin lo habría tenido muy difícil para asimilar la idea, ¿pero ahora? Había asumido la posibilidad de que Annie terminase cooperando a pesar de todo, así que dar el siguiente paso y aceptar lo mismo con respecto a más gente, bueno… Ya no parecía una alternativa tan descabellada.
"Además, también suele decirse que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, ¿no? Si hay otro grupo oprimiendo a Annie y los suyos, entonces…"
En sus ojos azules debió reflejarse algo que buscaba Marco, porque el pecoso asintió satisfecho y continuó preguntando.
–Armin, ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar, para convencer a los más reticentes de que esa idea de aliarnos sería la opción menos mala?
–Pues… –el muchacho rubio tragó saliva, nervioso, aun sin saber muy bien por qué–. Hasta donde sea necesario. Supongo.
Él mismo reconoció que una respuesta así no convencía a nadie; no le extrañó que la expresión de Marco se volviese vagamente desaprobadora.
"Sigue creyéndose con derecho a juzgarme…" Armin, sin embargo, se resistía cada vez menos a la idea. "Quizás también influya el hecho de que lleva un arma."
–Puede que haya sido culpa mía, por hacer una pregunta tan genérica. –Marco le dedicó una tenue sonrisa que no llegaba hasta sus ojos oscuros–. ¿Vamos con otra más concreta? Por ejemplo, supongamos que Eren se opone a formar esa alianza. ¿Qué estarías tú dispuesto a…?
–Venga ya, ¿cómo se supone que debo contestar ahora a eso? –Armin iba sintiendo crecer la irritación en su interior–. ¿Que intentaría convencerle con amabilidad y buenas palabras? ¿Que también le aplicaría a él una ligera alteración de sus recuerdos? ¿Que terminaré devorándole vivo si se resiste demasiado a la idea?
Su tono rezumaba sarcasmo, pero sólo el hecho de pronunciar las palabras ya casi le puso enfermo.
–Está bien. De acuerdo.
La sonrisa de Marco, de algún modo, se hizo más grande y menos amable al mismo tiempo; en su expresión había una serenidad disonante, un tanto fúnebre.
–Vamos entonces con algo más sencillo todavía, más… inmediato.
Entonces el pecoso dejó de sonreír y apuntó con la pistola a la cabeza de Armin.
–Contaré hasta cinco y después apretaré el gatillo –dijo Marco, con voz tranquila y firme.
