Capítulo VIII


Pavlin volteó los ojos cuando notó que Viktor parecía estar atento a las novedades de los participantes del four continents de ese año. El animal sabía que era para saber acerca de Yuuri Katsuki, sobre si iba participar o no en aquel campeonato. Y que no le vinieran con que era para evaluar a la competencia ―Viktor nunca se había interesado por ello de todos modos―, si apenas el pentacampeón se enteró que el otro no participaría, todo interés sobre el torneo se fue al tarro de la basura.

―Oye, Makkachin ―llamó Viktor a su compañero, que estaba sentado a su lado―, parece que Yuuri Katsuki no es tan interesante después de todo. Ni siquiera pudo clasificar al four continents. ―El can ladró en acuerdo, mientras Pavlin pensaba que al fin el otro había dicho algo coherente―. Tan solo es un patinador más del montón.

Y bueno, ¿qué podía decir Pavlin? Estaba orgulloso de que el pentacampeón al fin entrara en razón.

San Valentín pasó sin pena ni gloria. Viktor pasó esa noche en el bar de Ivan, conversando sobre cualquier cosa.

―¿Qué demonios haces acá un catorce de febrero en la noche? ―preguntó el hombre de casi dos metros.

―¿Es que acaso no es obvio? Vine a beber, tovarishch.

El hombre chasqueó la lengua.

―Tú no necesitas venir a beber. Lo que necesitas es un buen polvo para levantar el espíritu.

Evidentemente, pensó Pavlin. Ya habían pasado cerca de tres meses desde el ultimo revolcón, y Pavlin estaba sintiendo que sus plumas ya no eran tan brillantes como antes.

Viktor soltó una carcajada.

―Si hubiese alguien más aquí aparte de mí, podría seguir tu consejo.

Ivan se enfurruñó ante el recordatorio de los pocos clientes que solía tener, y lo dejó al fin solo.

Una semana después el four continents finalizó, siendo el ganador del oro un patinador canadiense del que no recordaba el nombre.

Un mes y medio más tarde se llevó a cabo el campeonato mundial. Viktor arrasó durante el programa corto, e hizo lo mismo en el programa libre del día siguiente.

Sin embargo, en esta ocasión Viktor pudo sentir de mejor manera los sentimientos que debía transmitir con su programa. Le estaba pidiendo desesperadamente a alguien que se quedara a su lado, aunque no supiera a quién estaba dedicada aquella petición.

Durante las entrevistas posteriores, se le preguntó qué tenía pensado para la siguiente temporada, y, por primera vez, Viktor dudó.

Y Pavlin no podía culparlo.

Hacía años que Viktor estaba teniendo un desgaste constante. Pavlin se podía dar cuenta de ello. Así como también de la certeza de que el amor por su carrera iba menguando, siendo reemplazada por una actitud mecánica, en que Viktor tan solo se dejaba guiar por las aguas, olvidando poco a poco las razones que lo habían impulsado a elegir esa vida, teniendo que ir en contra de casi la totalidad de su entorno. A la par había caído en una actitud conformista, decidiendo que ya había mostrado todo lo que tenía de sí, y aceptando un futuro que ya parecía ineludible. El ciclo vital normal ya no parecía tan descabellado. Casarse, tener descendencia, y eventualmente dejar aquel mundo, con el deseo de poder ser recordado por alguna de sus hazañas.

―¡Vitya, definitivamente debes ver esto! ―le dijo Natalya días después.

Y cuando vio a aquel patinador japonés emular uno de sus programas, tuvo solo una certeza: puede que en algún momento tuviera que seguir al rebaño que lo arrastraría eventualmente, pero ahí, en ese momento, pensó que ir contra las reglas una vez más no haría daño alguno.

Pavlin, por su parte, solo pensó algo en ese momento: tal parecía que los pterodáctilos no estaban muertos, andaban solo de parranda.

.

Nota de autora:

¿Merece un review? ¿Les gusta el rumbo que va tomando?