John se levantó dispuesto a ir en busca de Sherlock, cuando un pitido en su bolsillo le detuvo. Al extraer el objeto causante del mismo, John contempló, con cierta alarma, que el antiguo móvil de Sherlock, que siempre llevaba encima desde el día que el detective se arrojara desde la azotea del San Bart, apenas tenía batería. Eso le hizo cambiar de opinión. Se aferró a su bastón y bajó las escaleras con toda la rapidez de la que era capaz, despidiéndose rápidamente de la sra. Hudson para detener un taxi y volver a su piso en Thames Bulevar. Durante todo el camino, mantuvo la vista fija en la pantalla rajada del teléfono. Recordaba perfectamente cómo se había quedado con él.

Aquel día, tres años atrás, John se había quedado sentado en el suelo, junto al charco de sangre que Sherlock había dejado en su caída, abrazado a sus rodillas, con la mirada perdida. Greg, que no le había quitado la vista de encima pese a estar rondando por la zona desde que se le avisó, hizo procesar los efectos personales del detective allí mismo; al cabo de media hora, Greg se acercó a John y le puso el abrigo sobre los hombros en completo silencio. Aunque estaba manchado de sangre y esa zona ya estaba fría, aún mantenía el calor del cuerpo de Sherlock; también le entregó los efectos personales del detective en una bolsa de pruebas: el móvil, la bufanda, la cartera, las llaves... John no reaccionó. Ni siquiera le miró cuando notó la bolsa en su regazo.

Señor, aún no hemos acabado con el abrigo.- comentó un policía acercándose a Greg.

Suficiente.- atajó él con autoridad antes de girarse ligeramente para mirar a John, que no parecía reaccionar.- ¿No crees que ya es suficiente? ¿Qué más pruebas esperas encontrar en ese abrigo, cuando ya lo hemos escaneado y no hemos descubierto nada? La sangre es de Sherlock. Y la pólvora corresponde a la pistola de la azotea, donde Moriarty se ha pegado el tiro. ¿Qué más quieres saber, si Sherlock mató a Moriarty y luego se suicidó? Quién sabe. No podemos acusar a los muertos.

Entendido, señor.- asintió el policía antes de ir a rellenar unos informes sobre la escena del crimen.

Mientras tanto, un pitido sobre su regazo sacó a John de sus pensamientos. El móvil de Sherlock aún estaba en funcionamiento, a pesar de tener la pantalla rota y tener una esquina manchada con la sangre de Moriarty. Era como si se resistiera a averiarse. John observó el teléfono y lo sacó de la bolsa con movimientos lentos, como si el más mínimo error pudiera destruirlo. El teléfono emitió un nuevo pitido, como una pequeña protesta, mientras la batería iba gastándose. John se puso de pie como si tuviera un pequeño cachorro en las manos y su vida dependiera de él. Con paso rápido, abandonó el lugar llevándoselo todo consigo. Ya en un taxi, de vuelta a Baker Street, John mantuvo la mirada fija en el móvil para controlar que seguía funcionando, pero su angustia sólo se minimizó ligeramente cuando llegó a casa y pudo ponerlo a cargar. Era como si de alguna manera, hubiera salvado con ese gesto la vida que no pudo salvar gritando y suplicando delante del hospital.

Desde entonces, John no había permitido que el móvil se apagara ni una vez. Sentía que si eso ocurría, Sherlock moriría definitivamente. Que de alguna manera, su vida se había quedado enganchada en el interior de ese móvil, que era lo más parecido a Sherlock: una máquina con un tiempo de duración y una gran eficiencia en sus funciones. Pero aún así, capaz de sorprender con preocupaciones y sentimientos que no todo el mundo tenía la capacidad de ver. Y cada vez que viajaba, fuese adonde fuese, John siempre tenía la vista fija en el móvil de Sherlock. Pero esa vez se había despistado, y la batería estaba a minutos de agotarse. Con el corazón en un puño, John logró llegar a Thames Bulevar en media hora, cuando normalmente tardaría cuarenta y cinco minutos, y a toda prisa – dentro de sus posibilidades- entró en su piso para casi arrojarse al sofá y enchufarlo a la corriente, respirando aliviado cuando por fin, la batería empezó a responder. Con un suspiro, dejó caer la cabeza en el cojín del sofá, y cerró los ojos.

John, despierta.- una voz familiar y un suave zarandeo le obligaron a espabilarse. Cuando abrió los ojos, se encontró con que el salón estaba a oscuras, sólo iluminado por las farolas de la calle, y que Sherlock estaba agachado a su lado, con sus ojos azules clavados en él.

¿Qué...? ¿Qué hora es?- balbuceó.

Las siete. Llevas cuatro horas dormido.- informó mientras se levantaba para darle espacio mientras John se incorporaba atontado.

¿Y cómo has entrado...? Tú no tienes...

Te has dejado la puerta abierta.- replicó Sherlock al acercarle una botella con agua.- Tienes suerte de que tus vecinos estén ocupados en sus asuntos, si no, te hubieran desvalijado y no te habrías enterado de nada.- John extendió la mano para coger la botella y darle un trago.- Te hubiera hecho algo, pero... tienes la nevera vacía. ¿Hace cuánto que no comes en condiciones?

Si por "en condiciones" te refieres a una sopa... ayer.

Por "en condiciones" me refiero a una hamburguesa con patatas y refresco, o una comida en un restaurante con primer plato, segundo y postre.- replicó Sherlock, mirándole incisivamente.- Necesitas nutrientes, potasio, fibra, necesitas vitaminas... Tienes que reponerte. Estás muy débil.

Estoy bien.- se defendió John.

Sí, no hay más que verte.- replicó Sherlock.- ¿Por qué estás aquí en vez de estar en Baker Street? Greg fue a verte con información sobre el caso, ¿no?

Sí, y te la pasé.

Entonces, ¿por qué estás aquí?

Tenía que hacer una cosa.

¿De qué se trata? Quizá pueda ayudar.

No tiene importancia.- replicó John al cabo de unos segundos.- ¿Has descubierto algo sobre el caso? - preguntó incorporándose.

Unas cuantas cosas. Nuestro amabilísimo dependiente es inocente. Un encanto de hijo e inocente. Y además, Oswald tiene el vídeo de las cámaras de seguridad. El anciano recibió la visita de dos hombres con gabardina y sombrero que se lo llevaron. Por desgracia, no llevaban nada destacable, no que hayamos visto por el momento. El dependiente, no Christian sino su padre, salió con ellos tras intercambiar algunas palabras, todo de manera bastante cordial para estar bajo amenaza. Pero la cámara tiene un ángulo de vista cenital, lo que impide que veamos nada por parte de nuestros secuestradores.

¿Cómo puedes apuntar que son los secuestradores?

Con gabardina y sombrero, de noche, en Londres... ¿se te ocurre que puedan ser comerciales? Además, son los últimos que entraron en la tienda cuando ese hombre trabajaba allí. A partir de entonces, en las grabaciones aparece su hijo, por lo que podemos descartarle como sospechoso. Sabía dónde estaban las cámaras y no se arriesgaría a que se le relacionara con algún tipo de delito, no cuando es más que obvio que habría una investigación policial. Así que las preguntas son por qué se llevaron a ese hombre... y sobre todo, quiénes. Y por qué Luck ha aparecido muerto. Vamos, John. La noche es nuestra aliada para investigar más a fondo. Date prisa y sígueme.