Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Gracias ori-cullen-swan por la ayuda con el beteo.
Capítulo IX
"El árbol de la pradera"
Lamento la tardanza, pero… este es un cap muy extenso, así que espero redimirme un poco jaja, nos las entretengo más.
…
Bella no sabía si pararlo o permitirle que siguiera torturándola. Sentir su toque en aquel lugar la estaba matando y no dudaba que perdería el juicio si él seguía tentándola…
Edward no le dio tiempo para dudarlo, pues bajó repentinamente hacia el inicio de sus turgencias y comenzó a repartir besos húmedos que la hicieron contener el aliento y a su sensible piel temblar. Sentía los ligeros arañazos que la incipiente barba le dejaba, pero sólo sumaba en aquellas sensaciones tan desconocidas e intensas que amenazaban con destruirla. Estaba tan confundida… no se encontraba segura de lo que primaba en aquel instante, si sus deseos primitivos conjunto a su insatisfecha curiosidad o el sentido común.
Pese a sus vacilaciones, se encontró arqueando la espalda cuando la sostuvo de los muslos, acercándola a su cuerpo duro y masculino. Sus manos, como si de pronto hubiesen recordado que existían, se dirigieron algo temerosas hacia los hombros fuertes y luego al cabello despeinado.
Sintió las manos subir por su cintura hasta posarse en la parte trasera y que los dedos se pusieran a trabajar con los lazos.
Ninguno de los dos esperaba que Bella buscara la boca masculina en aquel momento, pero para Edward fue otro disparo de excitación y algo más, que no hicieron otra cosa que encender y endurecer aún más su cuerpo. Rozar aquellos labios suaves y movidos por el deseo lo estaba enloqueciendo. Sin embargo, el vestido no cedía y su paciencia era nula en aquel instante, por lo que sin pensarlo, se movió hacia el frente y cogiendo ambos extremos, los jaló con fuerza hasta que la tela cedió con un sonido que perturbó la respiración de la joven. Que pasó de ser agitada a contenerla.
Su sentido común pareció regresar de golpe, justo cuando él se deshacía de los jirones que había dejado en la parte delantera.
Bella usó sus manos para hacer presión en su pecho. Repentinamente, al oír su vestido desgarrarse había recordado quién era, dónde estaba y con quién saciaba su curiosidad. Había ido demasiado lejos.
Edward no supo interpretar la tensión de la chica y cegado por la pasión, apretó la piel desnuda de su espalda, acercando los pechos que ahora podía contemplar. Eran tan blancos como la leche con unas pequeñas aureolas rosadas.
De inmediato, quiso probarlos y tocarlos hasta emborracharse de ellos. Por lo que siguiendo los patrones de su deseo, bajó con la cara hasta besar uno, descendiendo rápidamente hacia la punta erguida.
— Eres mía, mía. — Prácticamente gruñó al sentir su resistencia. Enloquecido, la pegó a su cuerpo, obligándola a abrir más las piernas para recibirle.
— No— jadeó Bella, retorciéndose para apartarse. Había pasado de estar ardiendo a tener un miedo terrible. Él con su porte y perdido en su pecho la asustaba. No sabía la real magnitud de lo que podía pasar y ciertamente, no se encontraba lista. Olvidó la sensación de sus besos suaves por el simple anhelo de huir.
Hizo más fuerza para apartar su boca de la piel que jamás había sido tocada por nadie y se debatió con energías.
— No te escapes. — La voz de Edward era profunda al advertirle.
Sin embargo, cediendo a la parte de su razón que restaba, alzó la mirada y se encontró con los ojos temerosos y brillantes por las lágrimas. Recién entonces reparó en que ella temblaba bajo sus manos y que sus dedos la ceñían con demasiada fuerza, incluso pareciera que en un instante más iba a ser capaz de quebrarla. A otras mujeres les hubiera encantado desatar aquella loca y descontrolada pasión, pero la única que podía hacerlo perder el Norte, tenía miedo. Enfadado consigo mismo, la soltó lentamente, mas, al verla tratar de huir, actuó sin pensar.
La atrapó entre sus brazos, forzándola a esconder la cara en su pecho. Al principio se resistió, y se tensó más al sentirle acariciando las cicatrices en su espalda.
— Lo siento. — Habló con voz ronca, luchando por calmar sus instintos más primitivos. Había bastado un segundo para retroceder semanas de trabajo. Ella luchó un poco contra él, pero egoístamente se lo impidió e ignoró deliberadamente las llenas formas que lo rozaban a través de la fina camisa. Había tenido una probada del cielo y sabía que no se cansaría hasta obtenerlo todo. La deseaba, sin embargo, el quererla proteger, aquel instinto podía anular algunas cosas.
Bella no sabía qué más hacer para que se detuviera, no quería que tocara sus cicatrices porque la llenaban de vergüenza y le recordaban el pasado, pero al mismo tiempo… sentirlo tan íntimamente de un modo nuevo, le embotaba los pensamientos.
Finalmente, dejó de luchar y apoyó la cara contra el cuerpo masculino. La sensación de sentirse protegida la devastó, ella no debía sentirse de ese modo con él, pues simplemente la quería para una cosa y sabía que después… simplemente la olvidaría y Bella ya no estaba segura de poder vivir con su indiferencia.
— No quise asustarte ni romper tu vestido. Perdí el control— una de sus manos acarició su cuero cabelludo, haciéndola cerrar los ojos y respirar lentamente. Incluso había olvidado momentáneamente su desnudez de cintura para arriba. Ante eso, reforzó el abrazo auto-protector, que escondía sus pechos.
Edward quería decirle varias cosas más, pero no pensaba dejarse en evidencia. Por lo que se dedicó a calmarla con caricias tiernas, resiguiendo las formas irregulares en su piel. Ya no se enfadaba por ellas, mas, jamás permitiría que algo similar le volviera ocurrir. Antes tendrían que pasar sobre él.
— Creo que tendré que comprarte nueva ropa— susurró a su oído y le agradó cuando ella se estremeció.
— No es necesario. Puedo repararlo. — Oyó su voz y deseó besarla otra vez.
— Necesitas vestidos diferentes.
— No.
— ¿Por qué te niegas? — La obligó a alzar la cara, para poderla observar. Bella procuró sostener la tela sobre sus pechos. Prefería olvidar que él los había visto y tocado con su boca. Sin embargo, al recordarlo, la invadió un repentino escalofrío que no supo interpretar del todo.
— No tiene ningún deber de hacerlo, señor. Las chicas son muy amables y me han facilitado sus ropas.
— Quiero que uses otro tipo de vestido. — Insistió— Y que me llames Edward. He oído que a Jacob lo llamas por su nombre.
— Él es joven. — Susurró.
— ¿Y crees que yo soy muy viejo? La diferencia de edad no es más que de unos cuantos años.
— No, no estoy llamándolo viejo. Se-Edward— se le hizo extrañamente agradable decir su nombre. Y a él le encantó escucharlo de aquella boca que ya le pertenecía por voluntad.
Se la quedó viendo fijamente por unos segundos, y Bella le mantuvo la mirada, incapaz de faltarle el respeto a aquellos ojos verdes e intensos.
— ¿Quién eres realmente, Bella? — Suspiró lenta y masculinamente, mientras sus dedos ascendían hasta la mejilla y se enredaban en las hebras castañas. —Tu aroma es especialmente particular— dijo de pronto.
— Es que me he caído en el río. — La vio sonreír y adoró la luz cálida que adoptaron sus ojos. Le gustaba cómo se encendían por emociones agradables… y por el deseo. Sabía que no podría sacársela de la cabeza hasta que la tuviera, pero no quería forzarla y nunca lo haría.
— ¿Cómo pasó eso? — Se entretuvo jugando a rozar todo su rostro de muñeca, memorizando inconscientemente sus rasgos. Ambos se encontraban en una especie de dimensión en donde no había razón para amarguras.
— Fue un accidente. — De forma disimulada, la joven enterró la nariz en su pecho y capturó la esencia varonil que despedía aquel hombre. Se sintió tan frágil entre sus grandes brazos, y tan cerca que deseó, por un breve instante, que jamás se alejara.
Aturdida de su proceder, con horror, descubrió que sólo quería estar de ese modo con él. De hecho, pese a su pudor, no tenía reparos en recodar sus húmedos besos dirigiéndose hacia la punta más sensible de sus senos que justo en aquel instante se agitaban y endurecían por sus pensamientos.
Sacudió la cabeza y se debatió nuevamente. Tenía que salir de allí antes que cometiera una imprudencia. Debía centrar sus ideas. Él no era para ella, no podía albergar ningún tipo de sentimiento por el Lord.
Desconcertado por el cambio, la liberó y rápidamente escapó de su cuerpo, sosteniendo la tela desgarrada sobre su pecho desnudo. Se entretuvo un segundo en la visión de aquello.
— ¿Qué sucede?
— E-estoy cansada, señor. — Bajó la mirada y se negó a verlo. Había algo magnético sobre aquel hombre que no era capaz de resistir. Sujetó más fuerte su vestimenta, como recordatorio de lo que era. Sin embargo, eso ya no era suficiente excusa para odiarlo. Había conocido su faceta atenta, y también su indiferencia. La última le había pesado.
Su cabeza era un lío.
— Pero…
— Lo siento. Pero quiero descansar, espero disculpe mi falta de decoro. — Se valió de sus propias palabras para escabullirse a la habitación.
Corrió, literalmente, como alma despavorida por las escaleras, hasta entrar en los aposentos.
Se apoyó contra la puerta, y respiró profundo, cerrando los ojos, luchando por encarrilar.
Sólo tenía una cosa clara, si él iba por ella esta noche… su resistencia sería inexistente. Por lo que, pese a su ligera vacilación, echó cerrojo y se lo quedó viendo. Sin embargo, se obligó a regresar a su presente y dejar las ensoñaciones. Metió la llave dentro de un cajón del tocador y se obligó a dejarla allí.
Siendo completamente sincera, debía admitir que lo había deseado como nunca había querido a nadie, con todo su cuerpo rogando caricias, anhelando su boca… se sorprendió tocándose los labios, los que se había encontrado con los del Lord en una danza tan sensual como ardiente, que hacía peligrar su sentido común otra vez.
Aniquilando esos pensamientos, se quitó la prenda desgarrada y luego de ponerse un fino camisón raído, se metió dentro de las mantas. Cubriéndose hasta el cuello adoptó una posición encogida y forzándose a olvidarlo, cerró los ojos.
-o-
Al siguiente día, el Lord parecía perdido. De hecho, creía que lo estaba. La noche anterior apenas había pegado ojo, ardiendo de ganas por estar con la fémina, y cuando había reunido la determinación necesaria, se dio de golpe con la puerta cerrada.
Al principio la emoción fue de ira, más tarde, de algo similar al rechazo. Había creído que luego de compartir aquella experiencia, ella estaría abierta a continuar, Dios, él había sentido y visto su deseo, mas, pese a saberlo, Bella prefirió ocultarse. Ocultar aquel cuerpo que le pertenecía.
Ni siquiera se dio cuenta que paseaba por el estudio, hasta que se encontró frente a la ventana que daba al río y la zona donde solían tender la ropa. Se pasaba horas viéndola ejercer sus labores en silencio y sonriéndole de cuando en cuando a la amargada mujer. No es que no la entendiera, sólo lo ofendía que no supiera apreciar el gesto que le regalaba tan fácilmente. Él había sido un adolescente cuando Sue perdió a su esposo, y notó las profundas heridas que aquello había dejado en el alma de la mujer.
Tuvo que reconocer, que verlo tan cercanamente, marcó su mente y corazón. Desde entonces, se había convencido que nadie valía tanto la pena, que no era razonablemente correcto depender y querer tanto a otra persona. La muerte repentina de sus padres había dejado eso más que claro años atrás.
Apuró el licor en su copa, y volvió la mirada a la chica que parecía tararear mientras tendía la ropa.
Cuando los perdió, se cerró en su mundo y nadie más que Esme entró en él. Con el tiempo, comprendió que los criados de la casa, entendían lo que vivía y consiguió alivianar un poco de su dolor al compartirlo con ellos. Tenía una relación más que de jefe a servidumbre, ellos eran su familia.
Y sin darse cuenta, hasta ese entonces, había metido a alguien más ahí. A una persona que pese a todo, se había hecho un hueco entre ellos y la querían.
Repentinamente, pensó en lo que sucedería una vez que sus planes fueran concretados. Después que naciera su heredero, Bella debía desaparecer. Pero la idea lo hacía sentirse súbitamente ahogado, y con una creciente incomodidad que le hacía apretar el cristal entre sus manos. La vio allí, tan ajena a sus pensamientos, que deseó tenerla justo a su lado para contagiarse de su juventud ingenua, de aquella sonrisa y rostro jovial. No quería pensar en el futuro, por primera vez, desde que era un niño, sintió temor de él.
Se pasó la mano por el cabello y decidió que estar en el estudio no ayudaba en nada, por lo que abandonó la copa sobre la mesa con papeles que todavía no revisaba, y salió.
— Extiéndela un poco más o no se secará. ¿Hasta cuándo debo repetírtelo? — Regañó Sue nuevamente a la pobre joven. Para el pesar de Bella, era incapaz de concentrarse en su labor. Sus pensamientos a menudo se desviaban al Lord, volviéndola una torpe sin derecho a perdón.
— Lo siento muchísimo, señora Sue. — Se disculpó rápidamente.
— ¿Por qué mejor no te vas adentro a ver si te necesitan en algo más? Yo me las arreglo aquí por hoy. Tú no tienes mente para estas cosas. — Soltó con tono brusco.
Por una vez, pensó obedecer sin más y rendirse. No sabía cómo lidiar con sus cavilaciones en aquel momento y estaba exhausta de hacerlo. Y cansada de luchar contra sus impulsos, también. Sabía que una de las ventanas del estudio del Lord daba a esa parte de la casa, y casi forjó voluntad de hierro para contenerse de mirar en aquella dirección.
Debido a todo esto, creyó que imaginaba su voz profunda y murmuró una maldición por lo bajo.
Ya se encontraba más allá de los límites. Enfadada, recogió la ropa seca.
— Lord…— oyó decir a Sue y alzó la mirada, genuinamente sorprendida.
— Buenos días, Sue— le sonrió, antes de dirigir sus verdes y penetrantes ojos a la joven, que apretó el cesto contra su pecho. Luchó por mantener la compostura, pero su corazón ya latía fuera de su control y sentía que le temblaba el cuerpo. ¿Qué era eso? Se preguntó, gimiendo internamente.
— Buenos. — La anciana suavizó el tono y hasta permitió que un atisbo de ternura apareciera en sus ojos cansados.
— Espero no importunar— el hombre observó a ambas mujeres, centrando su atención y escrutinio en aquella que mantenía la vista baja. Podría jurar que sus mejillas pálidas estaban enrojecidas. Y el conocer la razón, le gustó, quizá, más de lo debido.
— Para nada. Bella ya se iba— señaló la arrugada fémina, antes de volver a tallar.
— ¿Por qué?
— Está muy desconcentrada. Creo que le vendría bien descansar.
— Estoy de acuerdo, Sue. — Sonrió encantadoramente y Bella se acaloró repentinamente, con los recuerdos aguijonándole la piel. — ¿Por qué no me acompaña a dar un paseo? Pensaba estirar las piernas y creo que le vendría bien. — Ofreció a la silenciosa muchacha.
—Yo… estoy o-ocupada ahora. Tengo que entrar a doblar y distribuir esto, señor.
El hombre contuvo un mohín de disgusto. No le agradaba en lo más mínimo ser rechazado, menos por ella y en aquel momento. Además el señor de sus labios le molestaba, quería escuchar su nombre.
— Yo puedo hacerme cargo, Lord. No tengo problemas, Bella siempre es eficiente y me cubre las espaldas. Cree que no me doy cuenta cuando cambia las prendas. — Bella quedó realmente estupefacta con las palabras de la anciana. Desde luego no las esperaba y la sorpresa le hizo entreabrir la boca y verla.
— Ah, eres muy amable— se sonrieron nuevamente y la joven sólo pudo ir de uno al otro. — Entonces, creo que debería dejar esto por aquí— cogió el cesto y arrebatándoselo de las manos, lo ubicó sobre una mesa. — Y venir conmigo— hecho eso, ofreció el brazo.
Bella lo observó por unos instantes. Por un segundo, pensó en negarse y tomar nuevamente la ropa, largarse y dejarlo ahí. Mas, por algún estúpido motivo, sólo lo vio a los ojos. Y cometiendo otra imprudencia, aceptó la invitación.
— No tardaré, señora Sue. Se lo prometo— murmuró a la anciana que ya los ignoraba.
Cuando se apartaron unos cuantos pasos, sintió el imperioso deseo de regresar. No sabía cómo comportarse, y que quisiera mirarlo no ayudaba. Su presencia la ponía nerviosa, pero no del mismo modo que antes y eso la asustaba incluso más.
— Sue parece tenerte cierto aprecio. — Comentó de pronto. Y Bella procuró mirar el suelo y concentrarse en qué decir, apartando los recuerdos de la anterior noche.
— Eh, no estoy muy segura de eso. Yo realmente no veo un gran cambio.
— Te mira con ternura, la he observado hoy.
Bella sintió la tentación de reír, mas, guardó silencio.
Oyendo el canto de los pájaros alrededor, y recordando súbitamente, que su mano tocaba el antebrazo firme del Lord, rememoró la fuerza que él poseía y la pasión que sus labios eran capaces de despertar. Si se esforzaba, le era posible percibir el ardiente deseo bajo su piel, fluyendo en sus venas…
Horrorizada de sus pensamientos, se soltó del Lord y apretó sus manos. Era necesario, pues de lo contrario dudaba poderse mantener apartada. Él había despertado algo en su interior, pero no estaba segura de qué. Sin embargo, era una obviedad, que ella sentía mucho más que un simple rencor por aquel hombre.
— ¿Prefieres coger esta o esa? — Alzó la mirada y abandonó sus cavilaciones cuando oyó la voz del Lord. Algo perdida, miró discretamente, tratando de ubicarse. Se había ido a lo más profundo de sus reflexiones y salir no era sencillo. Al observar a los caballos, despertó de su letargo.
Cierto temor cosquilleó en su espalda, pero cuadró los hombros para apartarlo.
— Uhm…— observó ambas yeguas que solía cepillar y alimentar.
— Creo que Shasha estará bien. — Lo vio intercambiar unas palabras con el otro cuidador del establo, y que corría por las sillas de montar. Con un creciente miedo, Bella acomodó su cabello tras la oreja.
En estado de trance, lo siguió afuera, donde Sam tenía los caballos preparados. El relincho del pura sangre del Lord, la hizo dar un brinco.
Ajeno a lo que vivía Bella por dentro, Edward la ayudó a subir sobre la yegua. Notó cierto temblor en su cuerpo y que miraba con avidez las riendas, sosteniéndolas, quizá con demasiada fuerza. No se animó a contemplar el rostro de muñeca, no quería entretenerse en pensamientos antes de siquiera haber empezado el paseo.
Por lo que procurando seguir la marcha de la mujer, se fue a su lado, pendiente tanto de su entorno como de ella. Era casi un instinto saber que se encontraba a salvo, casi como aquel extraño lazo que tenía con la chiquilla de rizos castaños y mejillas sonrosadas. Sacudió la cabeza, apartando sus memorias de jugarretas en los árboles y riachuelos, las risas infantiles y el comer frutas silvestres hasta hartarse.
Volteó hacia la joven, y observó su palidez y tensión. Con el ceñudo fruncido se acercó. Casi parecía petrificada y podría jurar que no había movido un músculo desde que la había puesto sobre Shasha.
— ¿Ocurre algo, Bella?
— Eh…— murmuró con voz temblorosa. Preocupado, tocó su mano y la encontró sumamente fría.
— ¿Qué te pasa? — Esta vez cogió la rienda de la yegua y la obligó a mirarlo. Vio miedo en sus hipnóticos ojos.
— Y-yo no sé montar. — Susurró.
— Y entonces tienes miedo. — Comprendió, reprendiéndose la falta de tacto. Debió preguntarle, pero había dado por hecho que lo sabría. Ella, rígida, asintió.
Edward suspiró.
— Debiste decírmelo. — Hizo que ambos caballos detuvieran la marcha. Se bajó ágilmente de su corcel y procedió a ayudar a la mujer que simplemente dejó que la tomara por la cintura y lentamente la pusiera sobre sus pies. Estaba casi cien por ciento seguro que ella no era consciente del férreo agarre que mantenía sobre sus brazos.
De un retorcido modo, le gustó que se aferrara a él para superar su miedo.
La acercó un poco más a su cuerpo, y acarició su espalda hasta que pareció relajarse paulatinamente.
— Lo siento. No lo sabía.
— Lo sé. Siento no habérselo dicho. — Entonces sus miradas se encontraron. Y fueron capaces de detectar el cambio de atmósfera. Repentinamente sus cuerpos recordaron quién era el otro, y una especie de fuerza los llevó a unirse más.
Bella luchó por resistirlo, temía quedarse atrapada dentro de aquellos sentimientos, pues sabía que al hacerlo, su corazón, mente y alma se destrozarían. El Lord jamás podría querer a alguien como ella, eso era una quimera posible en sus ensoñaciones.
Repentinamente consciente de sus ideas, se apartó.
— ¿Y ahora qué? — El guardó silencio un instante, resistiendo el impulso de alargar la mano, tocar su rostro y luego buscar sus labios. Sabía que ella no se lo negaría, acababa de leer el anhelo en su mirada.
— Ahora irás conmigo el resto del camino. No deseo regresar aún. Y si no te incomoda, preferiría seguir contando con tu presencia. — ¿Cómo ella iba a decirle que no?
Ya tendría tiempo de arrepentirse luego, meditó en apenas unos segundos.
Por lo que permitió y agradeció la ayuda del Lord, para ponerla en la silla de su propio caballo, delante de donde él se ubicó segundos más tarde.
-o-
Sentir la respiración del hombre en su nuca, la estaba haciendo sentir mareada. Y no era por el temor a cabalgar, sino, por su mera presencia. Él jugaba con sus sentidos de un modo incorrecto, pero que no podía enmendar. Y hasta cierto punto, le gustaba sentir la firmeza a su espalda, saber que con sólo reclinarse un poco, podría recostarse sobre su pecho masculino y fuerte.
Sin embargo, pese a no hacerlo, le era posible percibirlo, pues sus brazos fornidos se encontraban a cada lado de su cuerpo, manteniéndola en una especie de jaula que la hacía sentir a salvo, permitiéndole perderse en el paisaje verde y maravilloso que las tierras le proporcionaban. El viento golpeando su rostro le sentaba genial. Y sabía, que jamás olvidaría aquel momento. El calor, la sensación de seguridad y hasta cierta alegría, perdurarían por siempre en su juvenil memoria.
Por eso, experimentó cierta tristeza cuando amainó la marcha, susurrándole una palabra al caballo que se le antojó terriblemente seductora. Nuevamente, se preguntó qué ocurría con ella.
Ligeramente nerviosa, recibió ayuda del Lord para descender y se apartó enseguida, para evitar posibles escenarios, que pese a ser tentadores, eran inconvenientes para sus principios y propósitos.
Se quedó de frente a una extensa pradera, cubierta de flores de múltiples colores, y árboles de los cuales pendían frutos. Maravillada con la visión, sonrió y echó a andar hacia uno de los arbustos. Pasó las manos por las flores y aspiró con los ojos cerrados el aroma de la naturaleza, completamente ajena a los ojos que la seguían como un felino al acecho. Él había estado ciertamente complicado por la inesperada cercanía y sólo se había quedado con deseos de estrecharla contra sí y saciar su pasión. La deseaba mucho, pero tanto o más le gustaba verla con iniciativa propia dirigirse a los frutos.
La siguió con sigilo, para no perturbar su proyección de paz y tranquilidad. Se deleitó con su silueta y con sus hebras interminables agitadas por el viento. En aquel momento, lo que más anheló fue abrazarla y besar su frente, descender lentamente por su nariz hasta los labios, que él abriría con suavidad y gentileza, para someterla al mismo estado en que se encontraba. Pero se contuvo y contentó con verla hacer malabares para tratar de alcanzar una manzana.
Con una sonrisa, se acercó y sin previo aviso la cogió de las caderas y la alzó.
Ella dio un respingo, como si recién hubiera recordado su presencia, en vez de molestarse, sonrió divertido. Era como una niña y eso le gustaba.
Después que alcanzó su objetivo, la bajó. Repentinamente nerviosa, Bella bajó la mirada.
— ¿Y qué te parece?
— Es un lugar hermoso, se— colocó un dedo sobre los labios, deteniéndola. Y haciendo que lo viera con sorpresa.
— Edward.
— Es un lugar hermoso, Edward. — Se concentró en otra cosa para no abalanzarse sobre su boca, y procuró ocultar la mano que deseaba volver a tocarla.
— Me gusta venir aquí. Es tranquilo y muy silencioso.
Ella calló, sin saber qué decir. Él no había hecho nada más que ser gentil y atento, lo cual sólo promovía ciertas emociones que parecían burlarse de su inocencia. Y desde luego, de su sentido común.
Sintió que aquellas ridículas barreras que había creado para proteger su corazón y secretos se desmoronaban. Lastimosamente, Bella ya había depositado una gran confianza en el Lord… y algunas otras cosas.
Para distraerse, limpió la manzana con su vestido. Y él se entretuvo mirándola. Era hermosa, ¿cómo no lo había notado desde el comienzo? Desde su cabello, hasta la punta de sus pestañas.
— Recuerdo, que cuando era un niño solía correr y trepar mucho. — Dijo de pronto, ganándose una mirada de atención. Le gustaba contemplar el color chocolate de sus ojos, eran tan hipnóticos e incluso más bellos que los azules intensos de Tanya. Se sorprendió viéndola directamente, y carraspeó, volteando en otra dirección.
— ¿De verdad? Yo también solía hacerlo, cuando mis padres vivían, claro. — Sonrió al oírla y de pronto, entusiasmado con la idea de jugar con ella, le dio una mirada apreciativa.
— Uhm. — Murmuró, dándole la espalda y echando a andar.
— ¿Qué? — Luchó por disimular. Había descubierto otra cosa importante de aquella mujer: su curiosidad.
— Nada, es sólo que me cuesta creer que treparas. Luces más bien… discúlpame el atrevimiento, pero algo flojucha.
No se perdió el mohín de indignación.
— Claro que lo hacía. Y podría hacerlo si quisiera. — Siguió andando, y ella le siguió las pisadas. Podía oírla venir por la hierba. — Y disculpe mi falta de respeto, pero usted tampoco luce como si hubiera tenido una infancia. — Aguantó una carcajada y de pronto se detuvo, haciéndola chocar contra su espalda.
— ¿No me crees? — Ella adoptó una pose muy familiar de desafío. Con los brazos cruzados y los labios ligeramente estirados. — Entonces te reto.
— ¿Qué?
— ¿O tienes miedo de perder? — Se paseó alrededor de la mujer, evaluando su expresión corporal.
— Claro que no. — Prácticamente exhaló insultada. Era extraño, pero sentía que estaba tocando parte de sus recuerdos y no podía sentirse más alegre de aquello. — Diga qué y lo haré.
— Ah, pero ¿sin apostar? — Notó la rigidez. Ella lo siguió con la mirada. Realmente no sabía qué planeaba el Lord, sin embargo, podía darse cuenta que estaba aguijonándola y ella caía. Era casi graciosa su susceptibilidad ante los desafíos.
— ¿Y qué desea apostar? — Se acercó de pronto, y Bella contuvo el aliento.
— Primero, debes dejar de tratarme de usted. Y llamarme Edward. Y… no lo sé, hay cosas que quiero de ti.
— ¿Cuáles? — Interrogó cautelosa. Si le proponía una indecencia era capaz de abofetearlo.
— Ah, mi lady, no tema. Sólo se trata de un beso.
— ¿Entonces esa es tu apuesta?
— Sé que será como un castigo para ti, mi lady. Pero es lo que deseo. — Soltó en un tono algo burlón que la hizo enrojecer.
— ¿Y si yo gano? — Apretó más sus brazos.
— Podrás pedirme lo que desees.
Enarcó una ceja.
— ¿Lo que yo desee? ¿Cualquier cosa?
— Así es. — Asintió con las manos tras la espalda, mientras la joven escrutaba el rostro masculino en busca de signos de mofa.
— ¿Incluso si lo que deseo es marcharme de aquí?
Se tensó involuntariamente ante la idea de perderla. Pero se obligó a asentir, no había modo de que perdiera.
— Vaya, una apuesta alta. ¿Está seguro de que desea un simple beso? ¿Cuál es la trampa?
— Me insultas. — Se fingió ofendido.
— Bien.
— ¿Aceptas sin saber cuál es el reto, mi lady? — El Edward juguetón le gustaba tanto o más que el serio. Al percatarse de sus pensamientos, frunció el ceño y deseó golpearse.
— No importa cuál sea. Ganaré.
— Jamás vi tanta determinación en una mujer. Siempre consigues sorprenderme.
Se midieron unos instantes, comprobando las posibilidades del oponente.
— Muy bien. — Él habló primero, y se volteó hacia el árbol en el borde del prado. — El que llegue primero a la copa, es el ganador.
Se trataba de un frondoso y enorme roble, que se mecía al calmo viento.
Bella sonrió. Era muy capaz de subir sin problemas en un par de segundos. Su único objetivo, mientras iba con el Lord hacia allá, era su libertad. No tenía idea de lo que haría luego, pero este era su momento.
Él la observó y volvió a reforzar sus ideas de impedir a toda costa que ganara. Saldría vencedor y cobraría su premio con vehemencia.
Ambos llegaron al grueso tronco, lo observaron y luego se dirigieron una mirada de desafío.
— ¿Está lista, mi lady? — Preguntó con burlesca cortesía.
— Así es, mi Lord. — Edward quedó ligeramente fuera de juego al oírla pronunciar aquello, de ese modo tan coqueto. Bella jamás se había comportado así y decidió, que era un pésimo momento para distraerlo con esas triquiñuelas.
— Eso no es justo, Bella. — Se quejó.
— ¿Qué? — Batió las pestañas con fingida inocencia.
Soltaron una breve carcajada, antes que Edward dijera que podían empezar.
Ágilmente, él saltó hacia una rama alta y comenzó el ascenso. Por su parte, Bella tuvo ciertas dificultades para sujetarse a una, puesto que el vestido se le enredaba en las piernas. Pero no se dejó vencer, en su niñez, había sido la más diestra para aquello y no pensaba dejarse derrotar ahora. Por lo que dando un salto realmente diligente, logró casi igualar al lord.
Las manos poco acostumbradas del hombre, sufrieron ciertos arañazos al apretar las ramas de aquel árbol, pero se obligó a continuar. No permitiría que Bella saliera de su vida, no ahora, no en ese momento. Confiado, miró hacia abajo, y su sorpresa fue tal al verla escalar como si no existiera algo más simple que eso. Ella parecía un verdadero mono araña.
Atónito, la vio sonreírle a un metro más arriba.
Sólo demoró unos segundos en reaccionar y tratar de igualarla.
Bella rozó la rama y sonrió al saber que ahora podría hacer lo que quisiera, sentía el triunfo en sus dedos… sin embargo, no contó con que su zapato viejo fallaría justo en aquel momento, cediendo en sus costuras remendadas. Buscó apoyo en otra rama, mas, no encontró ninguna a su alcance.
Sólo tuvo un par de segundos para pensar en lo mucho que la caída iba dolerle. Era una altura considerable, y si Dios era grande, seguiría con vida. Pese a saber que nada podría hacer, con desesperación trató de dar con otro punto de apoyo. Fallando nuevamente.
Sintió un golpe en su espalda y luego que su caída se detenía repentinamente. Volvió la mirada hacia arriba y descubrió el rostro tenso del Lord.
— Voy a tirar de ti. — Se aferró a la mano fuerte del hombre con las suyas y cerró los ojos para que las hojas y ramillas no le hicieran tanto daño. En menos de lo que hubiera esperado, sintió el cuerpo de Edward y lo abrazó sin ser apenas consciente. Su respiración era acelerada y sentía que el corazón abandonaría su pecho en cualquier momento.
Por su parte, Edward la estrechó con todas sus fuerzas, respirando su aroma para convencerse de que estaba realmente ahí. Al verla perder el equilibrio, sintió del modo más horrible que hubiera recordado.
— Estás bien. — Suspiró con el pecho palpitando con energías. No recordaba otra situación en la que hubiera sentido tanto miedo.
— Gracias. — Susurró Bella contra su cuerpo y cerró los ojos apretadamente. Le gustaba demasiado sentirse rodeada por sus fuertes brazos, tanto que le daban ganas de huir por la magnitud de sus sentimientos.
— Bajaremos.
— Pero el reto…
— Olvida esa estupidez. No quiero que jamás vuelvas a intentarlo. — Le sorprendió el inesperado cambio de humor y el tono de orden, también extrañó que la tocara. Pero guardó silencio y bajó con cuidado, sobre todo ahora que el zapato se había roto.
Y de repente, se echó a reír.
— ¿Qué te parece tan gracioso? — Interrogó con gesto adusto una vez se encontraron sobre la hierba.
— Mi zapato se ha destrozado— simplemente no podía dejar de hacerlo.
— No me parece motivo de risa. Menos si eso casi te cuesta la vida. — El hombre echó a andar lejos del roble. Se sentía sobrepasado por las emociones y que su corazón todavía se encontrara alterado no colaboraba. La simple idea de no verla reír nunca más como en aquel momento, estrujó su alma. Y sabía más que bien, que eso no era correcto. Demonios, pensó, Bella sólo era parte de un plan. Plan que ni siquiera había comenzado a concretar. Porque sí era cierto que quería acostarse con la joven, pero no para alcanzar el propósito que suponía importante y que al final de cuentas la había puesto en su camino.
— Afortunadamente, estabas ahí. — La oyó susurrar tras él. Y se volteó con una máscara sobre el rostro, necesitaba desesperadamente hallar su control. — Y no creo que hubiera muerto, sinceramente. — Le obsequió una sonrisa radiante. — Gracias.
Algo incómodo por la repentina atención, asintió bruscamente.
La escuchó moverse entre la hierba, hasta que supuso se había sentado. Incapaz de acercársele todavía, debido a sus fuertes deseos de mantenerla contra su pecho hasta asegurarse que no se iría de ahí, permaneció de espaldas, contemplando sin ver la pradera repleta de colores.
Bella no sabía muy bien cómo portarse, se sentía de algún extraño modo alegre y jovial, quizá, después de todo, no deseaba morirse tanto como creía. Saber que aquello se debía al hombre de pie a unos cuantos pasos, la hizo suspirar. No cabía duda que las circunstancias de todo habían sido terribles, pero le había servido para abrir los ojos y darse cuenta que estaba cayendo, y que en ese trayecto no habría una mano que la salvara.
Se mantuvo quieta, mordiendo su manzana con la mente dispersa, hasta que lo oyó sentarse a su lado.
— Lo siento. No debí desafiarte a algo así. — Comentó áspero.
— No fue tu culpa. — Le sorprendió lo fácil que se le hacía estar a su lado y tratarlo de tú.
— Compraremos zapatos.
— No hace falta.
— Sí que lo hace. — Tomó el viejo calzado y observó las costuras rotas. Una inexplicable rabia consigo mismo le hizo apretarlo.
— ¿Y en qué quedará nuestro desafío? Iba más alto— sonrió Bella, apoyándose sobre sus rodillas y mirando al Lord. Él la esquivó.
— No ganaste.
— Ni tú.
Entonces se animó a verla. Su confusión era demasiada, pero no era tonto, y se daba cuenta de lo mucho que la fémina de cabello castaño y ojos chocolate le provocaba. Esos instintos de protección eran fuertísimos, quizá, alarmantemente poderosos.
Bella sintió de súbito el deseo de acercarse más y que él volviera a rodearla con sus brazos, y tal vez… alzar el rostro…
Se sorprendió observando la barbilla varonil, los labios tensamente apretados. Tuvo el anhelo de relajarlos con los suyos propios, y percibir la calidez del contacto. Tragó grueso.
— ¿Hay algo que quieras? — Interrogó el Lord, consciente de su intenso escrutinio, que despertaba sus ansias.
— Eh…— Bella dudó y se planteó seriamente la posibilidad de decir sí. Porque realmente quería un beso de su boca, pero era demasiado cobarde para ello. — No. — Dijo con cierto pesar.
Edward sonrió.
— Pues yo sí quiero algo. — El corazón de la joven latió rápidamente y un delicioso cosquilleo jugó en su espalda.
— Uhm… ¿qué cosa?
— Un agradecimiento como corresponde. — De pronto, el Lord la tomó de la cintura y la levantó hasta ponerla muy cerca. Bella contuvo el aliento.
— ¿Y eso cómo sería? — El había sentido las ganas de la mujer, cada vez se encontraba más familiarizado con sus gestos y expresiones.
— Con tu boca, desde luego. — Susurró a su oído, mientras una de sus manos cedía y apartaba el cabello de su hombro.
Bella miró aquellos ojos verdes que comenzaban a despertar un torbellino de sensaciones en su cuerpo, que la hacía vibrar y desear cosas… cosas que no eran correctas, pero que se le antojaban placenteras.
Edward le besó la punta de la nariz, y luego la mejilla. Ella sintió el hormigueo en su piel, y cerró los ojos, respirando de un modo más superficial.
— Pero no has ganado…
— Ni tú, pero sé que lo quieres.
— Qué arrogancia la su— súbitamente el Lord besó su boca, callando sus protestas insulsas. Y ella se dejó hacer. Se abandonó a su anhelo de una sola vez.
Correspondió el beso con su pecho ardiendo, y dejó que sus manos jugaran con el cabello de Edward. Edward, repetía en su mente, le gustaba su nombre, y le gustaba su boca. Sí, su boca definitivamente le atraía en demasía.
Suspiró cuando sintió su lengua pedir acceso, y aceptó, ya sabiendo lo que vendría. Esta vez, no fue desenfreno como la noche anterior; ambos se tomaron su tiempo para gozar y conocer el sabor del otro. Se entregaron a la caricia más antigua y permitieron que sus reservas cayeran.
Ella dejó que él probara sus labios y tocara su espalda, estrechándola, mientras la joven masajeaba los músculos de los hombros anchos.
Apenas notó que él la recostaba sobre la hierba y comenzaba a repartir besos por su mandíbula y cuello. Bella le cedió su piel, haciendo la cabeza a un lado y suspirando.
A Edward le fascinaba su entrega, adoraba sentir que su deseo le pertenecía y que era capaz de despertarlo, porque creía que la mujer tenía mucha pasión por descubrir y entregar. Él quería ser quien la desatara. Lo quería todo de ella.
Permitió que sus manos la estrecharan por la cintura y ascendieran un poco, sin embargo, notó la ligera tensión de la castaña al hacerlo.
— ¿Por qué le temes a esto, Bella? — Mientras hablaba, acarició su cabello y ella lo observó con los ojos abiertos. — ¿Aún no crees que puede ser muy placentero? ¿Debo esforzarme más?
Sintió que sus mejillas enrojecían, porque pese a su afán, tenía miedo de estar en esa clase de situación con él. Y el motivo era incluso más terrorífico, puesto que una vez entregada por completo a su pasión, hasta llegar al término de la unión… sabía que más que su virginidad estaría perdida. Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
— De acuerdo, no hay prisa. — Él le dio otro beso suave, que Bella respondió inmediatamente. — Aunque creo que sería mejor regresar, la tarde está cerca y empieza a hacer frío.
Lo cierto era que no se sentía precisamente capaz de controlar su deseo una vez encendido del todo, cuestión que se reducía a segundos si se trataba de Bella. Sus ideas y emociones se encontraban en la superficie y definitivamente, no era conveniente.
Un poco sorprendida, Bella aceptó la mano de Edward y se pusieron de pie. Sin embargo, no esperaba que él la cargara. Ruborizada, lo contempló.
— No tienes un zapato. — Fue su simple respuesta. Ella notó su determinación, por lo que supo no serviría de mucho protestar.
La llevó hasta el lugar donde pastaban los caballos y luego de acomodarla, se subió. Impelió al animal a avanzar y ella se aferró a la silla.
— Tranquila, no pasa nada— susurró a su oído, haciéndola estremecer. — No te preocupes, dentro de poco llegaremos a la casa y estarás caliente. — Se alegró de la confusión, y dirigiendo una última mirada al prado, se marcharon de aquel sitio que había resultado ser una completa revelación para ambos.
Cuando llegaron a las caballerizas, fue Jacob quien los esperaba para ayudarlos y a Edward le sentó fatal. Era tan simple como evocar el recuerdo de verla entrar a su casa y salir a la madrugada, para que su humor se agriara.
Rígidamente, se bajó del caballo y miró fríamente al joven moreno que trató de ayudar a Bella. Se apresuró en hacerlo él y dejarla sobre sus pies, para así marcharse pronto con ella. Quería meterla a su estudio o donde fuera que él se encontrara, para mantenerla siempre a la vista.
Aturdido por sus ideas posesivas, prefirió acomodar a ambos animales personalmente, para así calmar sus ridículos pensamientos. Declinó la oferta de asistencia con indiferencia.
Sin embargo, deseó no haberlo hecho cuando al asomarse por la puerta, los vio conversando. Fuera de su control, se acercó con sigilo para escuchar.
—… Sí, sí lo recuerdo. Mañana iré a tu casa. — Vio cómo le sonreía al muchacho y sintió que le ardía el estómago. No fue capaz de recordar el momento preciso en que sus manos se volvieron puños. Pero sabía que su determinación de impedir aquella clandestina cita, estaba dicha incluso antes que lo pensara.
Bella era suya, y pensaba demostrarle que así era.
Iracundo, regresó a la casa, realmente colérico porque apenas hubieran terminado de pasar una agradable tarde, estuviera buscando un acompañante para el siguiente día. Bien, si quería uno, Edward lo sería.
-o-
Cuando dieron las ocho, Bella abandonó sus labores y se quitó el delantal, sacudió su vestido del polvo y arregló un poco su cabello frente a uno de los tantos espejos. Tenía las mejillas sonrosadas por la carrera que había tomado escaleras abajo, por lo que respiró profundamente un par de veces antes de entrar al comedor.
Pese a haber estado con él aquella tarde, y permitido que la besara. Se sonrojó y se sintió seriamente intimidada, sin embargo, la sensación de expectación y mariposas dentro de su vientre, se disolvieron al toparse con la gélida mirada. De todos modos, se levantó a mover su silla.
Ligeramente confusa y atemorizada, tomó asiento con la mirada baja. Los sucesos recientes tenían su cabeza vuelta loca. Sus expectativas de tener un momento agradable, se fueron lejos cuando él cogió un montón de papeles y comenzó a leerlos con interés, olvidándose por completo de su presencia. Sentirse ignorada por él, dolió más de lo que le hubiera gustado admitir. Jugó con la comida en su plato, y finalmente dejó que se enfriara más de la mitad.
Cuando el reloj indicó las nueve, volvió la mirada al hombre concentrado en los números y se tragó un suspiro. Recuerda, niña tonta, que todo esto es una ilusión, se dijo. Debía recordar para qué estaba allí y no olvidarlo, pero… él tenía parte de la culpa. ¿Por qué se tomaba la molestia de invitarla a cabalgar o a jugar cosas estúpidas? Enfadada, de pronto, se puso de pie.
— Agradezco la invitación, señor, pero me retiraré a mi habitación. Estoy cansada. Qué tenga buena noche.
— Espera. — Llamó antes que pudiera irse.
— ¿Si?
— Mañana saldrás conmigo, a un baile. Usa algo apropiado.
— ¿Señor? — Se quedó sin aliento al oírle. Los colores abandonaron su rostro. Él debía estar bromeando.
— Lo que oíste. Irás a un baile conmigo. Y deseo salir temprano, así que no hagas más nada que prepararte. Puedes solicitar ayuda de quien quieras. — Ni siquiera despegó la mirada de los documentos, para ver el horror en el rostro de Bella. La simple idea le revolvía el estómago.
— N-no puedo ir… no…
— ¿Acaso tenías planes? — Esta vez sí la contempló, dejando caer el peso de su inexplicable ira.
— Es… n-no… señor, por favor no me obligue a ir. — Nerviosamente retorció sus dedos. No quería exponerse a esa clase de personas, ya no. Los recuerdos de las golpizas de Sue la azotaron, y sus cicatrices parecieron volver a abrirse. Estaba entrando en pánico total, ella creía haber enterrado esa parte de su vida, desde que cayó en las garras de su malévola abuela.
— No era una pregunta, Bella. Irás porque así lo ordeno yo. Ahora, si lo deseas, te puedes retirar. — Perdió la atención y a punta de tropezones se retiró.
Ya en su habitación, se sumió en la angustia. Se acercó a la ventana porque no parecía haber suficiente aire. Jadeante, se dejó golpear por la corriente fría nocturna. Se pasó las manos por los cabellos y se susurró palabras tranquilizadoras.
No tenía idea de por qué el Lord había pedido aquello, pero analizando la situación, no traería consigo nada bueno.
Hola! ¿Qué les pareció, aparte de muuuy largo? Jaja, las cosas avanzan y luego viene él y lo embarra todo, ¿no creen? Bueno, ya me dirán.
Primero que todo, ¡Feliz navidad! Algo tarde jaja, pero la intención es lo que cuenta. Espero lo hayan disfrutado mucho con sus familias y seres queridos, les envío un abrazote enorme desde Chile.
Por otra parte, quisiera decir que lamento mucho lo que me tardé en tener un cap, pero ya saben… hay otras cosas que requieren tiempo. De cualquier modo, quiero darles muchas, pero muchas gracias por los maravillosos reviews que siempre me dejan, aunque me demore en actualizar. Me cuesta creer que ya llevemos cien, ¡Cielos! ¡Cien! Jaja, se los agradezco de corazón, al igual que los favoritos y alertas. ¡Son las mejores chicas!
Por eso trataré de tener otro capítulo para antes de año nuevo. Si no alcanzo, espero lo pasen muy bien ese día y que el siguiente año esté lleno de bendiciones y cosas buenas para ustedes. (:
Bueno nenas, (nenes?) me despido hasta la próxima, ojalá el capítulo haya sido de su agrado, sino, me lo hacen saber. ¡Nos estamos leyendo!
Un abrazote enorme y muchas bendiciones.
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pudimos haber pasado por alto.
